Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2009.
CARTA A ITALO CALVINO

Estimado Sr. Calvino:
Me pongo en contacto con usted para expresarle mi más sincera admiración por su obra El barón rampante. Me ha parecido genial cómo, bajo un aspecto sencillo -el cuento de un niño travieso y respondón, que tras una rabieta se sube a un árbol y se niega a bajar-, ha conseguido plantear todo un sinfín de preguntas acerca de la vida, las normas, la moral o la libertad. Porque eso es lo que personalmente aprecio de un libro: que me haga dudar, que sea una puerta abierta al debate, tanto con los demás como, sobre todo, conmigo mismo. No puede ni imaginar cómo desconfío de aquellos autores de los que solamente puedo sacar una gran, clara y evidente conclusión. No voy a negar que éstos pueden ser también interesantes, sobre todo si vemos cómo influyeron en su tiempo o si los comparamos con otros, pero sigo siendo fan de aquellos que encierran las comparaciones dentro de sí mismos.
Y es que la vida de Cosimo, que usted narra de principio a fin en El barón rampante, es tan irracional, pero a la vez tan lógica, que obliga a reflexionar sobre la vida real: sobre quién soy, quién quiero ser, qué camino (o rama) escoger -la establecida, una más rebelde, ¿es mejor una que otra o no son tan opuestas?-. Yo tengo mi visión. La persona que me recomendó su libro tiene otra muy distinta y supongo que encontraré tantas versiones como lectores hayamos compartido su obra.
Me despido de usted con la firme promesa de volverle a escribir (espero que para felicitarle de nuevo) una vez lea las otras dos obras que conforman la trilogía de Nuestros antepasados, estoy hablando, cómo no, de El vizconde de mediado y El caballero inexistente. Ya las he encontrado en la Biblioteca de la Facultad donde estudio, en la Universidad de Alcalá, y creo que me atreveré con la edición en italiano. Siempre se pierden matices con las traducciones y para un idioma que conozco no estaría mal que lo pusiese en práctica. Vaya, no tenía que habérselo comentado, ahora me siento un poco mal por no haberle escrito en su propia lengua.
Le deseo lo mejor y vuelvo a darle las gracias por hacerme disfrutar a la vez que filosofar y por concederme un poco de su tiempo leyendo estas humildes líneas. Solamente me queda esperar que la carta llegue sin problemas. No sé cómo funcionará la Posta italiana del Más allá, pero como funcione igual que la del Más acá, será mejor contactar con usted por teléfono.
Un saludo,
Javier Fernández.
CARTA A QUEVEDO

Querido Quevedo:
No seré yo la que ponga en duda la ingeniosidad de la literatura española del Barroco, pues sería una idea absurda, pero eso no quiere decir que la literatura de esta época no me deje una sensación desagradable cada vez que me pongo en contacto con algunas de tus obras líricas, en las que plasmas tu sentimiento misógino, el cual ha dejado una explícita huella en nuestra literatura, de la que, por lo visto, tú estás muy orgulloso, ya que en tu época se alardeaba de este sentimiento como si fuera una virtud y algo muy normal.
¿Qué pensaría tu madre si levantara la cabeza? Pues no te olvides de que, por fortuna o por desgracia, estuviste ligado a varias mujeres durante toda tu viuda, en la que en varias etapas bien que les dedicaste poemas bajo pseudónimos. Desde la Baja Edad Media, las mujeres hemos recibido numerosos juicios descalificativos, que nos han teñido de prejuicios y estereotipos.
Te preguntarás por qué saco el tema de la misoginia cuando tú estás ya más que muerto y yo estoy en un siglo tan «adelantado». La respuesta está en que todavía queda mucho trecho que recorrer, pues, por ejemplo, el otro día navegando por Internet me topé con unas palabras que denotan, sin lugar a dudas, una gran intelectualidad a favor del literato Francisco Umbral: «A uno la violación le parece el estado natural/sexual del hombre. La hembra violada parece que tiene otro sabor, como la liebre de monte. Nosotros ya sólo gozamos mujeres de piscifactoría». (A éste yo también le dedicaba un par de «cartitas» allá donde quiera que se encuentre).
Para que te quedes más tranquilo, no te voy a echar toda la culpa a ti solo, pues, seguramente, serías uno de esos pobres hombres amargados víctimas de su propia sociedad que necesitan esconderse en los defectos de los demás para poder ocultar los suyos.
Un cordial saludo,
Judit Marqués.

