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NADA ES LO QUE PARECE

NADA ES LO QUE PARECE

El pasado verano Ana y yo estábamos hablando sobre los libros que nos habían gustado. Ella me habló sobre La metamorfosis de Fran Kafka, que narra la historia de Gregorio Samsa un comerciante que mantiene a su familia con su sueldo, pero de repente un día se convierte en un insecto. Esta historia me recordó a un fragmento que estaba escribiendo, por lo que decidí compartirlo con ella:

Charlie era el padre de una familia de Nueva York muy conservador y, por lo tanto, cuando él estaba en casa había que hacer las cosas tal y como sus padres le habían enseñado. Las semanas en casa eran rutinarias, todos los domingos había que ataviarse con las mejores galas para escuchar el sermón aleccionador del padre David, y una vez purificados podíamos volver a casa para degustar la comida. Un día tuvimos una comida especial, pues era el primer fin de semana que teníamos a Trump como presidente y eso en casa era motivo de celebración. Tras una comida y sobremesa llenas de halagos hacia el electo presidente y los numerosos beneficios que supondría la construcción de la fortaleza que textualmente “Nos separará de esos negros que no son dignos de nuestro dinero ni de nuestro país” llegaba un lunes más.

Para ir a la oficina, Charlie pasaba cada día por el Bronx, hecho que resulta curioso, ya que dicho camino le suponía un desvío de más de diez minutos, pero la satisfacción que a este le producía ver y regocijarse de las condiciones en las que vivían muchas de aquellas personas era mucho mayor que quedarse un rato más remoloneando en la cama. Esta postura de superioridad frente a los que él llamaba “los sucios negros” siempre la había mantenido en su círculo más íntimo, pero la victoria de Trump le dio el impulso para sacar a la luz la cara más oscura de su personalidad creyéndose, pues, con derecho de agredir a quien consideraba inferiores. Dichas agresiones empezaron a aumentar de forma exponencial, primero fueron los malos gestos y las miradas de desprecio, tras ver que con esto solo conseguía que sus víctimas apartasen de él la mirada, agachando la cabeza, empezaron las agresiones verbales con frases entre las que destacaban “Negros de mierda” o “Volved a vuestro País”. De igual forma, al no crear el revuelo que deseaba, pasó a las agresiones físicas eso sí, siempre hacia aquellos que eran más indefensos como los ancianos o hacia aquellas mujeres que se encontraban en una clara desventaja en cuanto a fuerza física.

Tras estas acciones que Charlie llamaba de “limpieza” volvía a casa orgulloso, hasta tal punto que con unas cuantas copas de vino era capaz de contarlas muy satisfecho y con todo lujo detalle a sus amigos, los cuales, en lugar de reprenderle y compadecerse de sus víctimas, únicamente se sorprendieron por unas diminutas manchas en forma de lunares que tenía Charlie por el principio del pecho a las cuales no les había dado importancia alguna.

El odio que tenía era tan grande que le producía una sed de violencia insaciable, lo que le llevó a la situación más crítica hasta el momento. Cuando ya había terminado por aquel día su “limpia” y se disponía a volver a casa pasó por su lado un niño, que por su aspecto no podía tener más de diez años, tenía el pelo más negro, recogido en unas curiosas y cuidadas trenzas de raíz y la piel más oscura que había visto hasta entonces, era muy delgado y bajito, es más, parecía que la mochila que llevaba colgada en la espalda iba a absorberle en cualquier momento, y no sabéis la suerte que hubiera sido eso… La inocencia que desprendía aquel niño paseando por la calle reactivó el odio de Charlie, que por ese día debería haber estado satisfecho. Cuando el niño salió de la calle principal, Charlie intentó aparcar el coche en el primer sitio libre, pero ante la falta del mismo y su ansia de violencia lo dejó en segunda fila con las luces de emergencia encendidas, se dirigió hacia el maletero, cogió el bate de beisbol que utilizaba su hijo mayor en los entrenamientos y, con paso firme pero sigiloso, se dirigió hacia el muchacho y de un golpe seco a la altura de los gemelos consiguió tirarlo al suelo. Allí siguió asestándole golpes hasta que el chico dejo de gritar al perder el conocimiento.

Tras este acto tan atroz Charlie volvió a casa y siguió haciendo su vida como si nada, pero a la hora de quitarse la ropa del trabajo para acomodarse se percató de que las marcas negras que tenía por el pecho empezaron a hacerse más grandes y a extenderse por el cuerpo, pero siguió sin darle importancia. A la mañana siguiente, su despertador fueron los gritos de su mujer pues Charlie había adquirido por completo el tono de piel de quien tanto odiaba.

Laura Sánchez Gomes.

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