ANTES DE LA BIBLIOTECARIA
El tren avanzaba por las vías oxidadas lentamente hasta que se detuvo justo a mis pies. Abrí la puerta para poder respirar ese olor concentrado tan característico de los vagones y subí a la planta de arriba para poder sentarme. Iba de camino a una entrevista de trabajo para ser taquillera del cine más grandioso que había en toda la ciudad. Estaba muy nerviosa.
Cuando subí los escalones plastificados por la suciedad y algún que otro chicle, vi que sólo quedaba un asiento. Pensé que el destino me había brindado la oportunidad de sentarme y así lo hice. Mis vaqueros azules, que me llegaban hasta la rodilla, se acomodaron en el terciopelo del asiento. Mis botas altas marrones no permitían que se me viese ningún centímetro de piel entre el pantalón y ellas, y mi camisa roja ancha hacía el contraste perfecto con mi cabello rubio. Sentía que la entrevista iba a marchar sobre ruedas, pero la confianza no me quitaba el miedo y las inseguridades. «Todo puede ir bien aun estando nerviosa», pensé para autoconvencerme. Me puse los cascos para calmarme con la música de una cantante japonesa que había descubierto hacía poco y fue entonces cuando las luces del vagón empezaron a parpadear.
Las letras del libro que estaba leyendo se empezaron a distorsionar. No sentía que me marease, pero la mirada confundía todas las palabras en mi mente. Alcé la mirada por si algún otro pasajero en ese vagón con aire concentrado sabría darme una solución a lo que estaba ocurriendo dentro de mí, y, para mi sorpresa, todos me estaban mirando.
No me sentí incómoda al verme observada por un vagón lleno de mentes pensantes, pero sí cuando me percaté de que todas esas miradas no eran desconocidas. El señor que tenía más cerca, con barba blanca, tenía el iris de los ojos en forma de relámpago; la mujer de al lado, en forma de corazón, y la de más al fondo, en forma de serpiente.
Algunas otras tenían tatuada en la mirada una corona, y era su pelo o su vestimenta lo que me hacía saber quiénes eran. Al fondo del vagón sobresalía una lanza y, un poco más a la derecha, pude apreciar a una señora muy mayor que se levantó para preguntarme si tenía algún amor escondido del que poder sacar provecho. Un lobo y también un ladrón se podían distinguir entre la multitud, e incluso un dinosaurio, que desaparecía cada vez que intentaba despertarme de ese misterioso sueño que estaba teniendo en el vagón.
De pronto, un gran destello apareció delante de mí, cegando toda mi visión a esas miradas familiares. Sentí que era una señal divina, y me acordé de que yo siempre confié en la existencia de los dioses grecorromanos.
—No soy ningún dios, no pienses eso —no sabía quién de tantos personajes me había soltado esas palabras al oído derecho hasta que volvió a asesorarme —: Nadie está hablando contigo. Lo único que debes saber es que tienes que seguir a tu corazón.
El destello blanco desapareció y el vagón volvió a la normalidad. No había ningún ser extraño, y sentadas junto a mí, estaban simplemente otras muchas personas con vidas tan ajetreadas como la mía. Me quité los cascos y cerré el libro; ya había llegado a mi parada. Cuando cogí el bolso que había apoyado entre mis pies, el señor de enfrente me guiñó el ojo. Fue entonces cuando supe lo que realmente había ocurrido. Fue una señal para que siguiera lo que mi corazón me pedía a gritos en aquel momento: ser la nueva bibliotecaria de mi ciudad. Ser la gran guardiana de las muchas historias que amo.
Jorge Vázquez Rodríguez
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