El primer libro que subrayé
Soy de la opinión —siempre lo he sido— de que los libros tienen que cambiarnos de algún modo. Cuando terminas un libro, pierdes una parte del alma que ni siquiera sabías que tenías y que, sin embargo, te deja incompleto para siempre. Si un libro no te remueve y no cambia algo dentro de ti, entonces ha fallado como libro. Por eso me resulta tan complicado elegir una sola lectura, una sola amistad peligrosa, un solo libro que me haya cambiado la vida porque, ¿cuál no lo ha hecho? Creo que podría medir mi vida en libros, cada uno de ellos ligado a una emoción, a un momento, a una etapa, incluso a una persona. Por esto he decidido ceñirme a otros criterios para escoger la lectura.
El peligro de estar cuerda de Rosa Montero fue el primer libro que subrayé. Nunca antes había marcado un libro (aquello era casi una aberración para mí), pero había demasiadas frases, demasiadas reflexiones que quería retener, a las que quería regresar sin detenerme en leer de nuevo toda la obra. Así que elegí el subrayador amarillo más chillón que tenía y empecé a embadurnar las impolutas hojas de papel. “Somos lo que subrayamos en los libros” escuché una vez. He escogido este libro porque en él encontré una parte de mí.
Lo leí por primera vez cuando tenía diecisiete años, en el final del verano posterior al segundo curso de Bachillerato, cuando atravesaba una complicada época personal. Lo había comprado un año antes en la Feria del Libro y me lo llevé firmado por la autora, pero tenía una larga lista de libros pendientes y lo dejé en la estantería, acumulando polvo. Agradezco haberlo hecho. Con los libros ocurre como con las canciones; uno no siempre está preparado para entender lo que dice la letra y si lo hubiera leído entonces o incluso unos meses más tarde, no hubiese sido capaz de apreciarlo; de entenderlo.
En apariencia, se trata de un volumen bastante corriente, con una cubierta que refleja a la perfección el contenido del volumen. Tres niñas se aferran a una barra de ballet mientras fijan la mirada en un elemento más allá de la imagen; una última la utiliza para colgarse de ella bocabajo, mientras esboza una mueca (encuentro pocas cosas más rompedoras que una niña oponiéndose a las instrucciones de una clase de ballet).
Pero, como es lógico, el verdadero tesoro es su contenido. El Peligro de estar cuerda es, en esencia, un ensayo sobre la genialidad (por extensión, también sobre la locura). Recuerdo leerlo a principios del mes de septiembre, tan solo unos días antes de comenzar el primer curso de Universidad. Seguía anocheciendo bastante tarde, pero el calor se había reducido considerablemente y sobre las ocho empezaba a refrescar. Era el mejor momento para salir fuera, leer y leer. Recuerdo sentir que aquel libro me hablaba, nombraba y materializaba pensamientos que circulaban inconexos por mi mente. Por encima de todo, aquel libro me permitió sentir aceptación. El peligro de estar cuerda es, para mí, un libro que hace abrazar aquellas excentricidades que, día tras día, uno se esfuerza en ocultar bajo una capa de normalidad (“una de las cosas buenas que fui descubriendo con los años es que ser raro no es nada raro” confiesa la autora). Es un libro sobre la intensidad de sentir la vida y aquellos pequeños momentos que la construyen (simplemente leer bajo las últimas luces del verano); pero también sobre cómo la vida asusta, precisamente, si se siente con demasiada intensidad.
El peligro de estar cuerda no cambió quién era yo, pero sí cómo percibía una parte de mí, y también cómo me aproximaba a la realidad que conozco. Es un libro que se llevó un trocito de alma, quizá un poco más grande que los demás, que está guardado en cada una de las frases subrayadas en amarillo chillón.
Carmen Martínez Narros
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