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LAS RAZONES DE MI PADRE

LAS RAZONES DE MI PADRE

Tenía unos diez años cuando le pregunté a mi padre por qué le gustaba tanto leer. Le veía a todas horas con un libro en las manos, perdiéndose en sus páginas como si el mundo real quedara en pausa. Cuando nosotros descansábamos viendo la tele, saliendo al parque o jugando a videojuegos, él se sentaba en su típico sillón con su libro y desconectaba de todo. Me intrigaba saber qué había en esos textos que le hacían sonreír, fruncir el ceño o soltar un suspiro.

—Leer, Diego, es viajar sin moverte del sitio. Es como abrir una ventana a otros mundos, conocer personas que nunca existirán y vivir experiencias que de otra forma jamás tendrías —me respondió aquella vez.

No lo entendí del todo en ese momento. Para mí, los libros eran solo una obligación del colegio o una fuente de conocimiento sobre temas que me gustaban como los dinosaurios o la mitología. Pero él continuó:

—Los libros te enseñan, te hacen pensar, te permiten entender a los demás. A veces te muestran cosas que nunca habías imaginado, y otras veces te hacen sentir acompañado, como si alguien más en el mundo hubiera pensado o sentido lo mismo que tú. Te dan la oportunidad de crear todo un nuevo mundo a partir de unas palabras. ¿Qué hay más bonito que imaginarse cualquier historia a tu gusto?

Pasaron los años, y aquella conversación quedó guardada en algún rincón de mi memoria. No fue hasta hace poco que he vuelto a pensar en ella. Ahora, cuando me sumerjo en un libro, comprendo lo que mi padre quiso decir. He viajado a tierras desconocidas sin salir de mi cuarto, he sentido emociones que parecían mías y he aprendido lecciones que ningún maestro me enseñó.

Ahora sé por qué le gustaba tanto leer. Ahora, también me gusta a mí.

Diego Alonso del Amo

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