Letras y Refugios: Un Paseo por Mi Biblioteca Personal
* Fragmento de la actividad académica "Mi biblioteca personal", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. Los alumnos/as debía escoger 50 libros de su biblioteca personal, inventariarlos y reflexionar sobre en qué medida estos hablan de las personas que son.
La identidad de cualquier lector no nace de la nada, sino de un momento inicial que marca la pauta de su futura curiosidad. En mi biblioteca, ese origen está representado por obras como Marimar, la sirena gruñona o Los viajes del rey Babar. Estos libros, que me acompañaron a los cinco o seis años, son los cimientos de mi edificio intelectual. Representan la etapa de la lectura compartida y el descubrimiento del código escrito. Si alguien analizara estas obras hoy, vería en sus páginas desgastadas el inicio de una vocación: la de una persona que años después elegiría la Educación para guiar a otros niños en ese mismo proceso. Cabe destacar que están guardados con especial nostalgia y cariño; además de que el segundo libro antes mencionado, fue tomado de la biblioteca del cole y finalmente acabó fundido en el mar de libros de mi estantería.
Durante los veranos de mi adolescencia, mi identidad lectora se configuró a través de la pantalla. Wattpad fue mi “biblioteca portátil”, un espacio de lectura extensiva, social y democratizada. Sin embargo, el hecho de que hoy esos títulos ocupen un lugar físico en mis estanterías (como la saga After o Perfectos Mentirosos) demuestra para mí una transición fundamental: el deseo de materializar la experiencia digital.
Para el lector humanista, el libro como objeto sigue teniendo un peso simbólico inigualable. Tener en papel lo que una vez leí en una pantalla es una forma de validar esas emociones adolescentes y otorgarles un lugar en mi historia personal. Refleja a una lectora “híbrida” que entiende la modernidad digital pero que aún busca refugio en el papel para sus ratos de ocio. Añado que a este espacio de mi estantería también le tengo un amor especial ya que me recuerda a tantas tardes de julio y agosto en el suelo de mi salón leyendo hasta la noche.
Como señalaba Borges, una biblioteca es también una biografía. Un libro destaca por su carga emocional: Memorias de una geisha. Al haberlo heredado de mi madre, este volumen deja de ser un simple libro para convertirse en un vínculo afectivo y cultural. Representa el traspaso de una sensibilidad, de una cultura familiar que me precede. En mi biblioteca, este libro “conversa” con clásicos modernos como 1984 o Fahrenheit 451, demostrando que mi identidad también se construye a través del diálogo con las distopías (las cuáles disfruto muchísimo) y la crítica social, elementos propios de mi formación humanista que busco cultivar.
Finalmente, la parte más reciente de mi biblioteca proyecta mi imagen hacia mi futuro profesional. Obras como rEDUvolution de María Acaso o los libros de Inger Enkvist y Marc Prensky no están ahí para solo el deleite, sino para la construcción de mi “yo” profesional. Aquí es donde ejerzo la lectura intensiva: subrayo, anoto y estudio estos textos. Esta sección de la estantería es la que “me representa” en mi ambición por transformar el aula. Si alguien recuperara mi biblioteca dentro de décadas, vería a una persona que no se conformó con ser una lectora pasiva, sino que buscó activamente las herramientas para ser una educadora crítica y actualizada. La convivencia entre las Princesas del Reino de la Fantasía y los tratados sobre Nuevas tecnologías aplicadas a la educación resume perfectamente mi trayectoria: soy la suma de mi fantasía infantil, mi pasión adolescente y mi compromiso docente adulto.
En conclusión, mi biblioteca no es solo un conjunto de libros; es un autorretrato. En esencia, es el mapa de una trayectoria vital que demuestra que somos en gran medida aquello que hemos leído y cómo hemos decidido conservarlo a nuestro lado a través del tiempo.
Leticia Mercedes González Zeballos
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