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MIL Y UNA HISTORIAS DE PUMUKI

MIL Y UNA HISTORIAS DE PUMUKI

Era un viernes cualquiera y, como cada día, mi hermano y yo esperábamos en la cama una maravillosa historia.

—¡Otro de Pumuki!

—¡Sí!, otro de Pumuki —me seguía mi hermano.

—Pero si ya llevamos toda la semana con el duende…

—¡Da igual, es nuestro favorito!

—Porfaaa…

—Bueno, otro de Pumuki...

Acto seguido mi padre comenzó a narrar: Érase una vez un duende que vivía en el Bosque Verde. Estaba acostumbrado a que le molestasen constantemente, que si las brujas, que si los ogros. Pero últimamente eran los humanos, sobre todo las crías humanas, quiero decir… los niños.

—Y el niño, ¿cómo se llama?

Un día, una niña llamada Marta fue en busca de Pumuki. Necesitaba ayuda. Cuando tenía que seguir la lectura en voz alta delante de toda la clase se quedaba en blanco y era incapaz de comenzar a hablar.

—A mí también me pasa…

A Marta, con tantos nervios, le costaba mucho concentrarse —prosiguió mi padre—. Ese día, había acudido al rincón de libros en el patio para relajarse leyendo y había encontrado un libro mágico. Lo abrió y los dibujos se movían para contar la historia. En la contraportada, además, ponía: «si tú también puedes ver la historia, tienes magia dentro. Te invito a que vengas a conocerme al Bosque Verde. Att., tu duende, Pumuki». Marta se quedó desconcertada, no recordaba haber visto ese libro en el rincón de lectura, además, aquello no se trataba de una lectura, sino de las imágenes que se presentaban en su mente cuando leía. A pesar de lo extraño que resultaba, decidió acudir al Bosque Verde. Habían ido muchas veces a hacer proyectos para Naturales con el colegio y se conocía todas las cuevas y madrigueras. A las cinco, después de las actividades extraescolares, antes de ir a casa, decidió entrar en el bosque para buscar a Pumuki. Lo encontró discutiendo con un zorro que le había mojado el traje y le contó su historia:

—Hola Pumuki…

—Hola, ¿quién eres? Seguro que también vienes a quejarte por el nuevo acuerdo entre…

—Soy Marta —lo interrumpió Marta, impaciente.

—No te conozco.

—Yo tampoco. He encontrado un libro y dentro salían unas escenas que se movían.

Ponía en la parte de detrás que…

—Sí, en la contraportada puse yo que vinierais a conocerme, pero nadie ha venido. Estaba probando unos polvos complejos, ya que no es sencillo que de los textos puedan surgir buenas imágenes. Quería probarlos para ver si surgía el efecto.

—Yo veía las escenas.

—Entonces tienes magia dentro… ¿En qué decías que puedo ayudarte?

—Necesito ayuda para poder seguir la lectura en voz alta que hacemos en clase, me quedo en blanco…

—Te daré tres bellotas para cuando necesites ayuda. Lo único que debes hacer es tocar las bellotas. Te recomiendo que las lleves en el bolsillo.

—Oh, ¡muchas gracias! Y, ¿cómo te las devuelvo?

—Cuando ya no las necesites ven al bosque y tíralas en la tierra.

Al día siguiente Marta fue a clase. Ahora que tenía la ayuda, pidió para leer la primera. Tocó las bellotas que llevaba en el bolsillo y, como estaba tranquila, pudo leer en voz alta perfectamente. Pasaron unos meses y Marta ya no necesitaba tocar las bellotas para leer en alta voz. Fue al bosque a tirar las bellotas y se volvió a encontrar a Pumuki discutiendo con el zorro Lucas.

—¡Hola! Vengo a tirar las bellotas, ya no las necesito.

—Tampoco las necesitabas cuando viniste.

—¿Cómo que no? Sin tu ayuda no hubiese sido capaz de leer en clase.

—Sí que lo eras. Como te dije cuando viniste, tienes magia en tu interior. Las bellotas eran únicamente para que creyeses en la magia. En el momento en el que confiaste en la magia empezaste a ser capaz de hacer uso de tu propia magia.

—Oh…

Marta, confundida, le dio las bellotas a Pumuki. A partir de ese momento era capaz de leer en las clases en alta voz y, además, podía seguir leyendo para sí en el rincón de lectura en los patios. Ella misma, con el tiempo, se dio cuenta de que en ningún momento había tenido ningún problema para leer.

Muchas gracias, papá. Crecer a través de las historias es crucial durante la infancia.


Carmen Cañabate Álvarez.

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