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Portadores de fuego/5

Portadores de fuego/5

Estaba a punto de marcharme a descansar a mi habitación cuando su voz me llamó de nuevo.

—¿Qué ocurre? — le pregunté, dándome la vuelta. Sus ojos estaban fijos en el ejemplar de la Ilíada que tenía entre las manos.

—Hay un mapa de Madrid aquí dentro. Con algo marcado.

Me acerqué a ella, frunciendo el ceño. El mapa era viejo, con un tono amarillento, pero estaba lo suficientemente actualizado para que pudiéramos reconocer los lugares.

—Es el Palacio Real — apunté, al ver el elemento que estaba marcado.

—¿Por qué está esto en tu casa? — me preguntó, todavía sin mirarme—. ¿Crees que lo dejó mi hermano?

—Supongo que sí. Le di unas llaves, aunque creía que nunca las había usado.

Vi cómo repasaba con los dedos el símbolo estampado en la esquina del mapa. Un símbolo que yo ya había visto antes y del que esta vez no podría escapar.

—¿Qué es?

Tardé un instante en contestar.

—Las Musas. — Al oírme, sus ojos se despegaron con rapidez del papel. Los tenía tan oscuros como su hermano.

—Tienes que explicarme qué es eso de las Musas — me pidió, aunque casi parecía más una orden—. Es evidente que tienen algo que ver con la desaparición de mi hermano.

— Al ver que, pese a todo, no contestaba, resopló y se separó de mi lado, comenzando a caminar por el abarrotado despacho—. ¿Por qué marcaría mi hermano el Palacio Real? Creía que todo esto tendría que ver con la antigüedad. Pero ¿qué narices tiene que ver el Palacio con Roma y Troya?

La respuesta acudió con tanta rapidez a mi mente que me pregunté cómo no lo habíamos visto antes.

—No señaló el Palacio Real — dije, acercándome de nuevo a ella y cogiendo yo mismo el mapa—. Sino el Alcázar. Estaba allí antes de que se construyera el Palacio. Es el fuego. Eso es lo que tienen en común. Igual que Roma y Troya, fue incendiado.

Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

—¿Y qué tienen que ver las Musas con el Alcázar? — Esta vez no me dejó escabullirme—. ¿Quiénes son?

—Nunca llegué a creer en ellas — le confesé, intentando que mis palabras transmitieran mi sinceridad. Y puede que también mi miedo—. Parecían fantasías de tu hermano, totalmente irreales.

Se pasó una mano por el pelo, nerviosa e impaciente.

—Necesito que seas más preciso.

—Me dijo que eran una organización antiquísima, una especie de secta que se dedicaba al arte.

—¿Coleccionistas?

—Más bien ladrones. Robaban museos y palacios. Parece ser que consideraban que solo un grupo selecto era merecedor de contemplar el arte. — Suspiré, viendo como ella se mordía el labio, concentrada en mis palabras—. Tu hermano se obsesionó con las Musas.

Quería encontrarlas, saber qué clase de tesoros escondían. Pero dejó de hablar de ellas y supuse que se había dado cuenta de que todo eran leyendas.

Mi compañera tardó unos segundos en hablar.

—Parece ser que no todas las leyendas son falsas. — Deslizando la mirada de nuevo hacia el mapa, añadió—. ¿Crees que son ellas quienes tienen a mi hermano?

—Llevan siglos escondidas — respondí, dejándome caer sobre una silla. Las perspectivas de encontrar a mi amigo parecían cada vez más imposibles—. Si dio con ellas… probablemente no les gustara.

Mis palabras la hicieron cerrar los ojos y la oí inspirar con fuerza. Su relación con mi amigo nunca había sido fácil, pero seguía siendo su hermano. Si le quería solo una pequeña parte de lo que él la adoraba a ella, sabía que cada minuto que pasaba sin saber de él era una tortura.

No me sorprendió que cambiara de tema.

—El Alcázar fue incendiado y cientos de obras de arte se perdieron en el fuego —comentó, apoyándose contra el escritorio. Intentaba ocultar su incertidumbre, pero su pierna temblorosa apenas estaba a unos centímetros de mi cuerpo —. Supongo que eso explica por qué a mi hermano le trastornaba tanto todo esto. Cualquier pintor se volvería loco pensando en ese desastre.

—Parece mentira que el fuego pueda extenderse tan rápido — agregué. En el fondo,  yo también agradecía no pensar en lo que podría haberle ocurrido a mi amigo—. El incendio empezó por unas cortinas quemadas.

Su pierna se detuvo tan rápidamente que alcé la cabeza para mirarla. Se había quedado paralizada a medio camino de recogerse el pelo, sus manos todavía congeladas entre los mechones.

—¿Y si no fue así? — me preguntó, centrando de nuevo sus penetrantes ojos en los míos. Su mirada era tan atrapante que no entendí lo que me estaba preguntando.

—¿Qué quieres decir?

—¿Y si no fue un accidente? — aclaró, levantándose de nuevo. Empezaba a darme cuenta de que caminar la ayudaba a pensar—. ¿Y si fue provocado?

Fruncí el ceño, intentando imaginar qué estaría pasando por su cerebro.

—Siempre hubo rumores de que Felipe V quería deshacerse del Alcázar, pero no creo que fuera eso. — Me encogí de hombros— Los accidentes pasan.

—No hablo del rey — casi murmuró—. ¿Y si fueron las Musas?

Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que estaba insinuando.

—Creo que no me has entendido — le dije, intentando no sonar demasiado paternalista. Tenía la sensación de que, si caía en ese error, se marcharía de mi casa en ese mismo momento—. Por más elitistas que fueran, las Musas protegían el arte. Prácticamente lo veneraban, casi como si fuera una especie de dios. El incendio del Alcázar debió de ser un golpe durísimo para ellas.

Ella no se desanimó ante mis palabras.

—¿Y si fue una distracción? — volvió a preguntar, girándose para mirarme—. Has dicho que eran ladrones. A lo mejor querían robar una obra.

—¿Un cuadro? — Negué con la cabeza, confundido—. ¿Qué cuadro podría ser tan importante para que una organización así estuviera dispuesta a dejar morir entre las llamas a cientos de otros para robarlo?

Vi como todo su cuerpo se desinflaba ante mis palabras. Evidentemente, estaba dispuesta a agarrarse a cualquier teoría, pero parecía que el cansancio también estaba haciendo mella en ella.

—No lo sé — respondió finalmente. Se pasó de nuevo una mano por el cabello caoba—. Sé que no tiene ningún sentido, pero nada de esto lo tiene. Sólo era una idea.

La vi tan destrozada que no pude evitar maldecirme por haberla hecho dudar así.

—No, perdóname tú a mí — le dije, levantándome de la silla y acercándome a ella.

Era apenas unos centímetros más alto que ella, pero su cabeza gacha hacía que la diferencia pareciera mayor—. Es una locura de idea, pero no es la teoría más extraña que he escuchado sobre ese incendio. Y las Musas, por más amantes del arte que fueran, siempre han estado dispuestas a todo para conseguir sus objetivos.

Ella no me miró, pero dejó que la acompañara a la silla donde hasta hacía unos segundos había estado sentado. Yo me arrodillé frente a ella, sin saber muy bien qué hacer.

Siempre había sido un tipo solitario, pero los integrantes de esta familia parecían ser los únicos capaces de romper todas mis barreras.

—Si las Musas son las culpables de que mi hermano haya desaparecido — murmuró al cabo de casi un minuto, cuando yo ya pensaba que se marcharía sin volver a cruzar una palabra conmigo. Levantó la cabeza y nuestros ojos, rebosantes de la misma preocupación, se cruzaron—, ¿por qué te pide que las sigas?

Hubiera dado lo que fuera por responder a todas sus preguntas.

—No lo sé — fue mi respuesta, sin embargo. Ella volvió a apartar la mirada, aunque no parecía enfadada conmigo—. Deberíamos descansar. Seguiremos investigando por la mañana.

Esta vez, no puso pegas a mi propuesta. Se levantó de la silla tras responder con un ligero asentimiento. Su vista se detuvo sobre la carta de su hermano, que cogió con dedos temblorosos.

—¿Sabes? — empezó a decir, aunque tenía la sensación de que hablaba más para sí que para que la escuchara—. A mi hermano le encantaba hablar del significado de los nombres. Decía que influenciaban en nosotros, que nunca seríamos la misma persona con un nombre distinto. Solía recordarme el mío. — Hizo una pausa y sus ojos volvieron a mirarme— Beatriz: “la bienaventurada, la que trae felicidad”. — Soltó un resoplido que carecía de humor— Parece un poco irónico.

No pude evitar acordarme de otra Beatriz, una por la que Dante habría descendido a los infiernos, aunque sería en otro lugar donde la encontrara. Mi nueva amiga había intercambiado los papeles: esta vez, sería ella quien haría lo imposible por recuperar a su hermano. ¿Me convertía eso en Dante, el eterno enamorado? ¿O quizás en Virgilio, el poeta condenado? ¿Conseguiríamos llegar al Paraíso o, por el contrario, quedaríamos atrapados en los nueve círculos del Infierno?

—Hugo significa “perspicaz” e “inteligente” — le respondí, alejando de mi cabeza mis pensamientos sobre Dante. También había sido su hermano quien me había dado esa información.

Una pequeña sonrisa se instauró en sus labios.

—Entonces a lo mejor tenemos un poco de suerte. ¿Te dijo lo que significaba el suyo?

Sí. Lo había hecho. Mirando su firma en el papel, recordé su voz grave y risueña en aquel bar perdido entre las calles de la ciudad.

—Ignacio: “el que porta el fuego”— repetí las palabras que mi amigo una vez me había dicho.

Beatriz me miró de reojo, probablemente pensando lo mismo que yo. El fuego no dejaba de perseguirnos y quizás pronto llegaría el momento en el que no pudiéramos evitar empezar a arder.

Fijándome en su pelo, tan cobrizo que casi era rojo, me pregunté si no lo habríamos hecho ya.

 

María Peláez García

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