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De la revolución sentimental al ocaso del adjetivo: ¿maestros o arqueólogos de cerebros fritos?

De la revolución sentimental al ocaso del adjetivo: ¿maestros o arqueólogos de cerebros fritos?

Como bien señala Antonio Castillo Gómez en su Historia mínima del libro y la lectura (2004), el libro es un objeto y un producto cultural que muta con las prácticas de sus lectores. Si en el siglo XVIII la revolución de la lectura sentimental permitió que el lector movilizara su sensibilidad hasta romper la distinción entre el mundo del texto y su propia realidad, hoy, con la era de la digitalización, parece que estamos viviendo la deshumanización del acto de leer.

Al hilo de las múltiples entrevistas de quienes dicen que las humanidades han muerto de aburrimiento y están destinadas a desparecer con la llegada de la IA, la realidad es que las estamos enterrando nosotros bajo una montaña de eufemismos pedagógicos. El futuro de la figura del maestro y de la profesora aterra, augurando que su labor ya no será enseñar a leer, sino realizar excavaciones en los cerebros de las personas para encontrar restos de lo que alguna vez fue la capacidad de atención.

Estamos criando a la generación del swipe, sujetos que confunden la lectura digital con el bombardeo de estímulos que no dejan huella. Nos obsesionamos con la digitalización de las aulas como si una tablet fuera a obrar el milagro de la comprensión lectora, cuando lo único que estamos logrando es que el niño vea el libro como un muro de papel.

Como colaborador del departamento de Filología, Comunicación y Documentación de la Universidad de Alcalá, pienso que la paulatina desaparición del adjetivo se asemeja a esta falta de atención. Me resulta cínico ver cómo simplificamos el lenguaje en los libros de texto bajo el pretexto de la legibilidad. Estamos desnudando a los sustantivos, quitándoles sus matices, sus colores, su capacidad de calificar la realidad, convirtiendo al niño en un analfabeto con estudios. Esta falta de atención es similar a no entender la lectura, a no conocer el adjetivo. Una persona que no sabe matizar el mundo solo entenderá de blancos y negros tradicionalmente, o de likes o bloqueos actualmente. Estamos fabricando los robots que la sociedad demanda, alejándonos de esa función de la lectura que mencionaba Manguel, la de respirar.

Los manuales recuerdan que el aprendizaje es un proceso integral de mente y cuerpo. La verdadera utilitas —ya no de un maestro, sino de toda persona— no es rellenar fichas, sino ser guía que se pierde en la selva de los libros, enseñando a los que están a su cargo que leer es el acto más subversivo y humano que nos queda.

Si las humanidades son aburridas es porque hemos olvidado leer, a resolver un enigma, a jugar un juego de misterio y suspense donde el premio es una construcción de nuestro propio YO. El día que se entre en un aula y los alumnos dejen de mirar la pantalla por debajo de las mesas, para empezar a mirar diferentes mundos en un párrafo será como la profundidad que da un adjetivo bien puesto. Porque, al final, no estamos destinados a ser another brick in the wall de Pink Floyd.

Christopher Jiménez Martínez

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