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SECRETOS DE POLVO

SECRETOS DE POLVO

Nahar sacudió el polvo que se acumulaba sobre el enorme volumen. Era un libro tan grande como el atril en el que se encontraba reposando, los brazos del armatoste de hierro casi parecían tambalearse con el peso del libro. La encuadernación era de un cuero desgastado y roído, carcomido por las esquinas y cubierto por una capa imperecedera de polvo. La luz le llegaba oscilante y perpendicular, proveniente del candelabro que sujetaba con su mano izquierda: un naranja pálido que oscilaba con el viento que se colaba por las rendijas de la ventana. Ni siquiera los contrafuertes de madera eran capaces de impedir que se colaran ráfagas heladoras.

Había tardado mucho en conseguirlo, pero por fin lo tenía delante de él. Se lo había imaginado de otro modo. Más colorido, o por lo menos, sin tanto desgaste. Pero ni por asomo se lo imaginaba tan grande. ¿Cómo se supone que tan siquiera iba a poder pasar una de esas enormes hojas? Casi era tan grande como la extensión de su brazo, y eso que había crecido mucho ese otoño: más de dos palmos.

Dejó el candelabro apoyado en el soporte y sopló la cubierta. No fue la mejor de sus ideas. El polvo revoloteó hacia sus ojos, provocando un remolino de toses y lágrimas. Pero cuando logró enfocar la vista, la cubierta que se escondía apareció mucho más brillante. Ahora sí que era el libro prometido. Tenía una fina película de lo que parecía ser pan de oro, casi tan fina que se perdía con las sombras del sótano, pero para sus ojos expertos no se le escapaban los detalles. Las letras aparecían y desaparecían, según la luz que las iluminaba. Pero él se sabía el título de memoria. ¿Qué persona de Ashyr no había oído hablar de él? Dejó la portada a un lado y pasó de página. Quién iba a pensar que la magia podría empezar por leer un simple libro. 

Sergio Durango Arias

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