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CARTA A DON MIGUEL DE UNAMUNO

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Estimado Don Miguel:

 

No crea usted, como don Augusto Pérez en el capítulo XXXI de Niebla, aquél que fue a verlo para consultarle acerca de la decisión de suicidarse, que le escribo esta misiva bajo las mismas circunstancias. No quiso usted salvar a su “pobre ente de ficción” en aquella ocasión; no creo que, aunque quisiera, pudiera hoy disuadirme de tomar cualquier determinación. Mi propósito es otro.

Leí Niebla por primera vez hace más de 20 años, cuando estudiaba Letras. Ahora, coincidiendo con mi estancia en España para estudiar el doctorado, he releído su novela y tanto entonces como ahora, Señor Unamuno, siento la misma sensación: hay algo en su actitud como autor que no termina de convencerme.

Ya en el prólogo mismo, escrito por un personaje de la novela, Víctor Goñi, el gran amigo de Augusto, el lector nota que algo extraño sucede (aunque a no todos les pasa lo mismo; hubo un editor que en la referencia bibliográfica añadió a Goñi como prologuista). Sigo avanzando en el relato y leo que es usted quien escribe el post-prólogo, lo cual no sería nada raro si se considerara que, en general, el autor de una obra puede escribir esa parte del libro, pero aquí me encuentro con que usted se altera por las indiscreciones de su personaje y además refuta sus dichos. Dice que no fue Augusto quien se suicidó, sino usted quien lo mató. Y además, le anticipa al pobre de Víctor que si se fastidia mucho, hará con él lo mismo que con Augusto, es decir, lo dejará morir o lo matará. Demasiada omnipotencia de su parte, Señor Unamuno.

Lo mismo ocurre cuando Augusto va a verlo a Salamanca. A pesar de los ruegos del desgraciado, que al principio quería terminar con su vida, pero ante la inminencia de la muerte pide por su salvación, se equipara usted con Dios, quien según su propia afirmación, cuando no sabe qué hacer con nosotros, los seres humanos, nos mata. Así es que usted le niega el suicidio y decide matarlo. Demasiada soberbia. No se olvide de que, como bien le dice Augusto, los autores no pueden hacer lo que les dé la real gana, tienen que seguir la lógica interna de su propia obra. Asimismo, y esto también lo refiere Augusto, podría ser que fuera usted y no él el ente de ficción, el que no existe en realidad. Tal vez los autores son sólo eso, pretextos para que las historias de ficción lleguen al mundo de los lectores.

Por eso, señor Unamuno, a esta altura de mi propia existencia y a tantos años de su muerte, quería aconsejarle dejar a un lado la soberbia, olvidar la omnipotencia y considerar tal vez la idea de que, si tuviera oportunidad de hacerlo, podría perdonarle la vida a Augusto y darle la oportunidad de vivir, aunque sólo fuera para envejecer junto su fiel perro Orfeo.

Espero no haberlo incomodado. Si me preguntara la razón de esta carta, podría asegurarle que la desconozco, tal vez simplemente sea para no caer también yo, como lectora, bajo la maldición de Augusto, que al final de ese último capítulo, cuando se da cuenta de que ha rogado en vano por su vida, dice con amargura:

 

“Pues bien, mi querido señor creador Don Miguel, también usted se morirá, también usted, y se volverá a la nada de que salió… ¡Dios dejará de soñarle! […], se morirá usted y se morirán todos los que lean mi historia, todos, todos, sin quedar uno!”.

 

Lo saluda respetuosamente,

 

Una lectora.

25/02/2009 13:28 Autor: Verónica Sierra Blas. Enlace permanente. Tema: Historias de lectores No hay comentarios. Comentar.

COMPRAR FRUTA Y LEER

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Ayer por la mañana fui a la frutería, a mi frutería. Es una frutería pequeña, de barrio, de estas fruterías de toda la vida, donde te conocen y siempre te dicen la verdad sobre lo que compras. Nada más abrir la puerta me quedé sorprendida. Mientras trataba de recitar de memoria y en silencio la lista de la compra a la que iba entrando vi, en la pared de la izquierda, un puestecillo de libros. Unos 15 ó 20 libros en una mesita en mi frutería. Le miré al frutero con ojos interrogantes y sin llegarle a preguntar nada me dijo: "son de un señor que vivía aquí arriba, justo aquí, en el segundo, y murió el hombre la semana pasada, estaba solo, y me pidió que repartiera sus libros, que se los regalara a quien quisiera porque le daba pena tirarlos y seguro que podrían servirle a alguien, así que, pues se me ocurrió ponerlos en la frutería y que cada cual los fuera cogiendo según quisiera". Así que compré manzanas, tomates, limones, kiwis, plátanos y mandarinas y me llevé "Bajo las ruedas" de Herman Hesse. De camino a casa, con el libro en la mano, pensé en cómo este señor, cuyo nombre ni conocía, habría ido reuniendo esa pequeña biblioteca personal a lo largo de su vida y cómo ahora ese conjunto a su muerte se estaba dispersando en manos desconocidas que se levantaban una mañana para comprar fruta y acababan el día en el sofá de su casa con un libro nuevo en la mano que había sido propiedad de un señor al que ni siquiera llegaron a conocer. Si los libros hablasen.

25/02/2009 13:33 Autor: Verónica Sierra Blas. Enlace permanente. Tema: Historias de lectores No hay comentarios. Comentar.
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