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Historias de lectores

CARTA A JOSÉ SARAMAGO

CARTA A JOSÉ SARAMAGO

Estimado José Saramago:

He tenido diferentes etapas en mi vida lectora que me han ayudado, todas ellas, a formar mi pensamiento, el modo de concebir la realidad que me rodea y mi propia realidad.

En mi adolescencia descubrí todo un mundo de emociones e ideas que no habían formado parte de mi vida infantil. Conocí a Antonio Machado, a Federico García Lorca, a Miguel Hernández. Todavía mi cuerpo zozobra cuando leo el “Niño yuntero”, me estremezco por un dolor injusto. Empecé a viajar por la Castilla y el Mediterráneo de Machado, era otra España que yo no había tenido la suerte de conocer. Todos ellos me hablaban de lucha y de compromiso. Abrieron mi mente a la crítica, a la posibilidad de que las cosas podían ser diferentes a lo que me habían enseñado (y no por ello peligrosas). Recuerdo todavía la primera vez que leí “La Casa de Bernarda Alba”, pues vi reflejadas a buena parte de las mujeres de mi familia en sus protagonistas, como vi reflejada en la obra mi ciudad, mi pueblo. Unas mujeres que no me gustaban, pero a las que amaba y comprendía, y que me hubiera gustado remover como la literatura me estaba removiendo a mí.

Años después, cuando entré en la Universidad me tropecé sin quererlo con Sartre, Camus, Simone de Beauvoir. Qué fantástica mujer, sus libros me introdujeron en el existencialismo, en el derecho de las mujeres, en el ateísmo. Me alejaba cada vez más del ambiente oscuro y fanático de mi infancia y me introducía en una juventud de protesta, de inconformismo y de reivindicaciones.

Al mismo tiempo Latinoamérica estaba llamando a mi conciencia. García Márquez,  Alejo Carpentier o Julio Cortázar, entre otros, me hacían ir más allá de la realidad.

En los años noventa, ya siendo una mujer profesional y adulta e incluso madre, tropecé con usted y con su Ensayo sobre la ceguera. Un libro donde se entrecruzan la literatura y la sabiduría. La ficción nos muestra de forma descarnada la condición humana. Somos capaces de sobrevivir en los momentos más difíciles, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Plauto escribió Homo homini lupus, línea de pensamiento que encontramos en el siglo XVIII en Thomas Hobbes, y que sigue tan vigente en la actualidad.

No hay un yin sin un yan, y también aparece en esta obra. La figura de la mujer que se hace pasar por ciega para ayudar a su marido y a personas queridas. La generosidad en estado puro, la solidaridad, el esfuerzo y el sacrificio por el otro.

Pero lo que más me hacía abandonar momentáneamente la lectura y quedarme con la mirada en el vacío, era lo vulnerable que podemos llegar a ser frente a la manipulación. Cómo podemos volvernos ciegos e insensibles ante la injusticia, el dolor ajeno, la impunidad, el maltrato. Cómo nuestra sociedad actual puede jugar con nosotros como marionetas para conseguir que consumamos, o que no votemos a un partido, o lo que es peor, que seamos capaces de justificar invasiones o guerras (o ni siquiera verlas).

En este verano de 2013 he vuelto a releerlo y me he dado cuenta de que es un libro atemporal, da igual el momento, la situación política o económica; la vulnerabilidad ante la manipulación está siempre vigente. Por eso me alegro tanto de haber tenido la oportunidad de conocerle y de leerle, porque me ha ayudado, a lo largo de mi vida, a intentar estar alerta y mantener un espíritu crítico. Y lo que es más importante todavía: transmitirles a mis hijos la necesidad que tenemos del conocimiento, de la lectura, del pensamiento, para ser lo más libres posibles y poder desprendernos de lo superficial y banal.

Gracias, Don José Saramago, a usted y a tantos otros autores por cruzarse en mi vida y por cambiarla.

Atentamente,

Soledad García Vaquero.

LECTORA COMPULSIVA

LECTORA COMPULSIVA

- Éste creo que no lo ha leído.

- Éste ya se lo llevé hace unos meses.

- Éste tiene la letra demasiado pequeña y luego se queja de que no lo puede leer bien.

- ¡Uy, éste seguro que le va a gustar porque es una novela histórica! Aunque luego se cree que es verdad lo que cuenta el autor y me tocará, como siempre, entrar en una discusión sobre los personajes.

¿Cómo, que de quién hablo? ¡Ah, no me había dado cuenta de que estaba acompañada y hablaba sola! Perdona, pero me has pillado en plena labor de elegir unos cuantos de mis libros para llevárselos a mi madre, porque me ha llamado por teléfono y me ha dicho que ha terminado la última remesa de hace un par de meses y que necesita más, ya que si no tiene nada para leer, no se queda dormida. Con esto no quiero decir que a ella un libro le sirva para dormirse, porque creo que (según me cuenta) todos los días apaga la luz sobre la una o las dos de la madrugada...

Para que te hagas una idea, te voy a hablar un poco sobre mi madre. Se llama Estrella, nombre que a mí me parece muy bonito, y que a ella no le gusta nada. Siempre alega que no le gusta porque en su tierra, Galicia, es un nombre que se pone a las vacas. No intentes que cambie de idea, porque no lo conseguirás. Nació en La Coruña y le tocó vivir tiempos malos a causa de la guerra, lo que supuso que su paso por la escuela fuera muy escueto, aunque le dio tiempo a aprender a leer, a escribir y saberse las cuatro reglas básicas de Matemáticas.

Desde que supo leer siempre tuvo en sus manos un libro o algo con lo que disfrutar leyendo. Los tiempos de su juventud no fueron nada propicios para el fomento de la lectura al escasear el papel. Además, tampoco se fomentaba la lectura en los hogares. ¡Había cosas más importantes en las que pensar y poder pasar el tiempo! La afición por la lectura le viene de mi abuelo, ya que tenía muchos libros que mi madre aprovechaba para leer. Curiosamente, mi abuela, que trabajaba en la Fábrica de Tabacos de La Coruña, era analfabeta. Nunca aprendió ni a leer ni a escribir, su firma era una cruz, pero fue una persona tan buena y siempre tan feliz que estoy segura que nunca echó de menos el no tener un libro entre sus manos.

Me cuenta mi madre que de joven se le pasaban las horas leyendo. Tal era la cosa que como hija mayor de una familia de ocho personas y estando encargada de los quehaceres de la casa mientras mi abuela iba a trabajar, en lugar de hacer los encargos diarios se entretenía con la lectura, gracias a lo cual, más de cuatro veces terminó castigada a causa de sus vicios.

Y ahí sigue, de devoradora de libros. Cae uno tras otro y por muy malo que sea el que le toque leer, ella siempre llega al final de la historia, nunca lo deja, tal y como yo le aconsejo, e inmediatamente percibo cierta mirada de regañina al oírme decir que lo deje, que no pierda el tiempo que tiene más. Pero no lo hará nunca, porque para ella es sagrado el terminarlo.

Voy a seguir con mi búsqueda, porque me acaba de volver a llamar para recordarme que no me olvide de sus libros.

Pero antes de terminar y, lo más importante de todo esto, es que mi madre acaba de cumplir 89 años y en su mesilla de noche hay siempre libros que conforman su lista de espera personal.

 Elisa Nuez Patiño.

CARTA A DON MIGUEL DE CERVANTES

CARTA A DON MIGUEL DE CERVANTES

Mi querido Don Miguel:

Cuántas veces te he querido escribir, mostrarte mi gratitud por tu inmortal Quijote, invitarte a disfrutar de las calles de nuestra tierra, las mismas que pisaron tus pies y en las que dejaste una huella imborrable. Súbete conmigo a Clavileño y sobrevolemos juntos estas letras que no son más que mi manera de darte las gracias.

Como de gente bien nacida es agradecer los beneficios que recibe, iniciemos el paseo  por tu ciudad natal, mi Alcalá de Henares. Qué recio y qué regio suena su nombre, suena a río, suena a sabios, y a Barroco, y a Renacimiento. Suena a medieval y a judío, a gloria pasada y a empujón de presente, a campo cercano y a industria, a monjas y soldados, a estudiantes y teólogos, a pecados de la carne en las migas de torrezno y en los suspiros de tuno, a almendra garrapiñada, a cardenales y obispos, a toga y sotana, a obrador y laboratorio, a universidad y a santos. Tantas y tantas palabras vienen a mi encuentro que, como tú dirías, la pluma es la lengua de la mente. Y ahora mi alma y mi corazón están pletóricos de alegría por poder ofrecerte este pequeño homenaje.

Empecemos por la vieja Universidad de Cisneros, por ese patio de las Tres Lenguas, donde he visto a la Reina (la de ahora, por supuesto), pisar la capa del tuno que adorna la cinta que una enamorada le bordó, muy cerquita de ese Paraninfo de la gloria donde, cada año, se entregan los premios que llevan tu nombre. Sus paredes, todavía, escuchan las más bellas palabras de Carlos Fuentes, de Alberti, de Vargas Llosa, de Delibes, de Cela, de Matute… Tú no los conoces, pero ellos son tus alumnos. Esos yesos dicen: "¡Cervantes, Cervantes, Cervantes…!". Me callo, alguien podría decirme: "¡no sigas osado, estás profanando el templo de los sabios!".

De patio en patio (Trilingüe, Filósofos, Santo Tomás de Villanueva, Aulas Viejas), hasta salir por esa maravilla del Plateresco, fachada de libro de arte, gesta de Condueños, puerta que custodia nuestro ser, como una reliquia, como un patrimonio, como un tesoro: nuestra Universidad, orgullo de patria y de pueblo, la que nos quitaron el siglo pasado, la que tuvo que volver, restaurada, porque era de justicia, porque los deseos se alimentan de esperanza.

El corazón de esta ciudad sigue latiendo en la otrora plaza del mercado, hoy también tu plaza, presidida por tu alta imagen, de fina estampa y lánguida pluma, cuya sombra da cobijo a miles y miles de niños que se enredan en las cadenas de la ilusión; y, desde arriba, contemplas cómo se encuentran los corazones de los jóvenes enamorados. A tu espalda, siguen erguidos los viejos colegios, desde donde vio Francisco de Quevedo los paisajes y las callejas de su Buscón, ahí donde Antonio de Nebrija concibió y parió la primera Gramática española. Entre ellos, resisten orgullosas las piedras de la Capilla del Oidor, que guardan tus llantos al recibir las aguas bautismales. A tu izquierda, el Corral de Comedias, el patio; todavía nos llega la algarabía, las risas de la cazuela y los duelos de los caballeros. En sus tablas, Lope de Vega alabó a don Quijote, ya quedaron atrás vuestras cuitas. El teatro, como bálsamo de Fierabrás, ha cicatrizado la herida que durante tanto tiempo ha supurado incomprensión.

Pero, vayamos al frente, pues nos aguarda la calle Mayor, como entonces, llena de judíos, musulmanes, cristianos y ahora de rumanos, de búlgaros, de polacos… Mil lenguas, mil culturas, mil religiones siguen moldeando con respeto sus columnas para mantener sólidos esos soportales bajo los que nos seguimos resguardando. Alegre, bulliciosa, incienso, música, ilusión, fiesta, eso y mucho más, sus adoquines saben gozar de la ventura cuando les viene y no se quejan si se pasa y los pasos nos llevan al centro de tu ser, al estar de tu niñez, a la que dicen tu primera casa, en la que naciste, y contigo todos nosotros, alcalaínos de ayer, de hoy y de siempre.

¡Pero, hagamos un descanso! Siéntate en este banco y comparte unos instantes con estos señores que el tiempo, y la mano del artista, han hecho bronce. Tú, al lado de Don Quijote; yo, al lado de Sancho. Si te parece, en el medio podemos hacer un hueco a Don Manuel Azaña, que desde el balcón de su casa sonríe pícaramente. Eso que escuchas al fondo es la voz de tu hermana Luisa, que en el convento del Carmen sigue rezando por ti y por nosotros. ¡Qué atrevimiento el mío, qué foto para el recuerdo! Cervantes y Azaña juntos en su banco, en su calle, en su Alcalá eterna.

Hemos llegado al final de la calle y también del camino. Una plaza donde un monumento sustituye a la picota que antaño le diera nombre: la de los Santos Niños, Justo y Pastor, que como tú, hicieron grande esta tierra. Ellos con su sangre regaron el Campo Laudable y lo hicieron fértil, para que después tú lo hicieras próspero. ¡Qué trilogía maravillosa! Allí, nos aguarda serena y sobria, la Magistral, elevando su torre como faro guía de un pueblo que en ella busca la salvación eterna. Sus frías piedras guardan con cariño a Cisneros, cardenal que Torrelaguna viera nacer. Nuestro tiempo, como el suyo, ya se acaban.

¡Oh, Alcalá! La vieja, la joven, la castigada, la de la Universidad, la de las tres culturas, la de todas las culturas, la del Medievo, la del Renacimiento, la del judío, la de Catalina de Aragón, la del almirante Colón, la de la vieja Puerta de los Burros y la de la mesa de Nebrija, la del ambiente del Buscón y la de la Santidad de San Diego. ¡Esa eres tú, Alcalá! Patrimonio Mundial, la ciudad de Cervantes, su ciudad, mi ciudad. ¡Tú, Alcalá!

Me despido, no espero de vuelta carta, tu respuesta ya la tengo y como más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo  ¡gracias, mil gracias!

Un lector,

Bartolomé González Jiménez.

ESTIMADO D. ANTONIO...

ESTIMADO D. ANTONIO...

Estimado D. Antonio:

Me ofrecieron, hace unos días, que le escribiera una carta para hacérsela llegar, pero entre unas cosas y otras, el tiempo ha pasado y, de pronto, me veo con la necesidad de que le tengo que escribir para contarle que nuestro amigo Fernando Ibáñez hace una semana que decidió emprender el último y el más largo viaje que puede hacer un ser humano.

¡Qué sencilla es la muerte, qué sencilla,

Pero qué injustamente arrebatada;

No sabe andar despacio y acuchilla

Cuando menos se espera su turbia cuchillada!

Quiero recordarle que, hace un año, Fernando le escribió una bonita carta en la que le hacía llegar su admiración por su gran obra. Había tenido la suerte de disfrutar viajando con su familia, hace mucho tiempo,  a través de escenarios sorianos en donde usted, don Antonio, supo recrear su pluma. ¡Cómo se notaba a nuestro amigo que estaba disfrutando al describir sus vivencias! Porque Fernando escribía muy bien y, además, últimamente con una pluma preciosa, regalo de su familia por Navidad. Según él, era con pluma como realmente se tenía que escribir. Nada de bolígrafos y menos aún de ordenadores.

Ahora, sus amigos nos encontramos con que Fernando se ha ido sin despedirse de nosotros; demasiado deprisa, sin ser el momento. Y como sé que usted le va a ver muy pronto, necesito que le diga que cada tarde seguimos encontrándonos con su presencia en clase, en los pasillos y las escaleras de la Facultad, en la cafetería, y que no nos importaría que se comiera de nuevo las galletas que nos ponen con el café con leche… ¡Ojalá que pudiera hacerlo!

Antes de despedirme le ruego que cuando le vea, le entregue este mensaje (y disculpe que no sea obra suya, don Antonio):

A las aladas almas de las rosas,

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas.

Compañero del alma, compañero.

 Atentamente,

Elisa Nuez Patiño.

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA

Estimado Sr. Vázquez-Figueroa:

Soy una estudiante de segundo curso del Grado en Humanidades de la Universidad de Alcalá. Cuando hace unos días me dijeron que tenía que escribir una carta a un autor del cual hubiera leído algún libro, inmediatamente me vino a la memoria aquel título suyo que data de principios de los noventa y, que a pesar del tiempo transcurrido, no sé por qué, o sí, dejó una huella especial en mí. Recuerdo que la historia me conmovió profundamente, y que la fluidez de la narrativa me produjo cierta “envidia”. Es una cualidad que siempre he admirado.

Como quiera que esta carta se lleva a cabo dentro del contexto de la asignatura "Historia de la Lectura", me ha parecido oportuno rescatar un pasaje de la obra que se me antoja harto interesante, pues el haber aprendido a leer bien podría haber cambiado el destino del protagonista.

Tristemente, convendrá conmigo, o no, pues a pesar de estar escribiéndole no sé si está Usted todavía entre nosotros (esta indagación he preferido dejarla para después de terminar esta epístola), que por más que hayamos cambiado de siglo la dramática historia que contiene su Best Seller de finales del siglo XX sigue siendo hoy una realidad.

La obra a la que me refiero comienza así:

Si usted quiere que le cuente mi historia, señor, yo se la cuento. No entiendo de qué puede servirle a nadie una historia semejante, pero si ha venido desde tan lejos por conocerla, sus razones tendrá y no soy quién para negárselas.

Chico, como su progenitora lo llamaba, pues no le había puesto ni nombre, cuenta que su madre, puta, borracha, ladrona y probablemente drogadicta, cuya ocupación no era otra que la más antigua del mundo que las mujeres profesan, que no lo tenía para quererle, sino para hacerle partícipe de sus desgracias. Y en una de las ocasiones en las que su madre iba a “ocuparse” le pidió, como tantas otras, que saliera del minúsculo cuarto hediondo en el que habitaban. Chico lo hizo. Pero, en esa ocasión, para no volver.

Se trasladó al centro de la ciudad con un amigo, Ramiro, cuya amistad había nacido a fuerza de encontrarse vagabundeando por las calles del barrio mientras sus madres estaban “ocupadas”.  A partir de ese momento comienzan juntos un periplo hasta que Ramiro decide aprender a leer. No así Chico, que dice al respecto de la decisión de su amigo:

Ramiro quería aprender a leer. Para él las letras eran como una cosa mágica; una especie de hechizo o brujería que podría llevarle a mundos muy distintos, y siempre insistía en el detalle de que si ninguno de cuantos vivíamos en las alcantarillas sabíamos leer, mientras que la mayoría de los que estaban fuera sí sabían, estaba claro que conocer las letras tenía que servir de mucho. Yo le respondía que si me tocaban veinte mil pesos a la lotería poco necesitaba saber leer para vivir fuera de allí [...]. 

El saber leer, ese acto tan habitual para muchos, y del que otros están privados solo por el hecho de haber nacido en un lugar donde da la impresión de que los dioses se confabulan y permiten tropelías, no fue algo que interesara a Chico, un niño que vino al mundo en un ámbito en el que ni su madre, por no tener, tenía ni cariño para darle. El haber tomado la decisión de aprender a leer bien podría haber cambiado el rumbo de su vida. Pues él mismo, en un acto quizá de arrepentimiento, acabaría diciendo... 

A veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si hubiera seguido el ejemplo de Ramiro.

Y yo me pregunto, mejor dicho, le pregunto: ¿con qué talante una persona, en este caso Usted, se sienta frente a otra, el protagonista, y recibe ese chorro de drama y miseria, no solo, que ya es bastante, de la vida del protagonista, sino también del “terrible drama de miseria y desarraigo” de los niños abandonados que se ven abocados a buscarse el sustento en la calle cada día desde muy temprana edad?

Sr. Vázquez-Figueroa, por inconcebible que nos parezca ese fenómeno social, del que dio buena cuenta su magnífico libro, y que entonces ya “reclamaba profundos cambios sociales”, hoy, en los albores del XXI, sigue siendo, lamentablemente, una realidad. Y no solo en las grandes ciudades de América Latina. Aún hay muchos Chicos en el mundo que no saben leer.

¡Por cierto! Hablaba de “Sicario”.

Afectuosamente,

Mª Carmen Rodríguez Andrés.

P. D. Ya sé que sigue Usted aquí y muy cerca de la ciudad cervantina. ¡Qué sea por mucho tiempo!

CARTA A D. BENITO PÉREZ GALDÓS

CARTA A D. BENITO PÉREZ GALDÓS

Querido D. Benito:

Disculpe si me dirijo a Vd. en un tono tan intimista, pero mi admiración por sus obras me hace quererlas y, como consecuencia, quererle a Vd. por escribirlas. Este pensamiento no es solamente mío, y como prueba de la gran admiración que sentimos todos los españoles en general, le adjunto una fotografía suya que el Banco de España decidió poner en los billetes de 1.000 pesetas que circulaban por España hace algunos años.

He tenido la ocasión y el placer de leer, así como de ver representadas en el teatro o trasladadas a la televisión, algunas de sus obras más representativas e interensates, como "Doña Perfecta" o "Electra" (se preguntará qué es eso de la televisión, así que sin entrar en detalles le diré que es un artilugio semejante a una caja que contiene gran cantidad de cables que permiten ver y oír cualquier cosa desde la propia casa, por muy lejos que se encuentre uno, pero este aspecto será objeto de explicación más profunda si continuamos con nuestra relación epistolar).

Y volviendo a lo que le quiero decir en esta carta, he observado en su literatura que de forma reiterada utiliza dos tipos de argumentaciones sobre las que se desenvuelven casi todos los personajes de sus novelas. Por un lado, y debido al gran conocimiento que posee de la sociedad de su tiempo, le permite centrarse de una forma casi constante en la figura del "cacique", un ser corrupto, dominante, manipulador, despiadado, me atrevería a decir también que inculto en algunas ocasiones, que lo domina todo y a todos.

Por otro lado, su opinión sobre el clero, es decir, la Iglesia y los miembros que la componen, a los cuales retrata como seres más interesados en acercarse a los grandes y poderosos que en socorrer y ayudar a los más necesitados, cuya miseria material e intelectual no parece molestarles demasiado, sujetos a unas prácticas más impuestas que sentidas, como mandaban las buenas costumbres en aquellos momentos.

Pues bien, para su conocimiento y tranquilidad (dicho esto en sentido metafórico, porque a Vd. conocimiento y tranquilidad le sobran), le diré que de estos dos aspectos mencionados, el primero sigue en auge cada día más y no porque no hayamos avanzado en el campo cultural y del saber, sino porque nuestra condición humana es inalterable a lo largo del tiempo y no se deja influir por cuestiones de tipo moral o social por muy ilustrado que se pueda ser. Respecto al segundo, sí creo que hemos cambiado considerablemente, y aunque le parezca casi imposible, aquí y ahora en esta España nuestra se puede creer o no creer en Dios e incluso decirlo abiertamente, ser practicante o no, es más, yo diría que se ha convertido en un acto social en muchos casos. Eso sí, creo que la gran mayoría de personas que hoy se acercan a la Iglesia y a sus ritos lo hacen convencidos y sin presión ninguna. En esto hemos conseguido que cada uno piense y actúe según sus convencimientos religiosos, nos hemos liberado de costumbres más o menos arbitrarias del pasado y hemos superado la famosa frase del "que dirán".

En fin, con mi carta solo pretendía manifestarle la gran admiración que siento por Vd. y aprovechar para informarle de algunas novedades que se han producido en nuestra sociedad durante su larga ausencia. ¡Cómo hemos evolucionado en poco más de un siglo! Y ya que resulta del todo imposible poder felicitarle personalmente, allá donde esté deseo hacerle estas palabras.

Una ferviente lectora suya,

Asunción Cobo Gómez.

RECUERDOS RELATADOS

Después de recorrer todo Ponterville durante una larga tarde, estaba muy cansada. Subí a mi habitación y me puse el pijama. No entendía cómo las figuritas de madera de mi padre decoraban toda la casa, ni tampoco entendía esa sensación de que hubiera alguien más en ella. Decidí tumbarme en la cama e intentar dormir. Pero fue inútil, muchas preguntas galopaban por mi cabeza a paso firme pidiendo respuestas sin saber que éstas, a su vez, formulaban más y más preguntas.

De pronto, algo rebotó en el cristal de la ventana despertándome de todas mis dudas. Me levanté y anduve hacia el ventanal. No había nada. Abrí la ventana intentando descubrir qué había sido. Nada. Sentí el frío rozándome en la rostro, esa salada brisa marina acariciaba mi cara y me hacía sentir relajada. Observé el océano, enorme y profundo, bello pero a la vez oscuro, tan oscuro que era incapaz de sumergirme en él. En la orilla vi cómo una pareja jugueteaba con las pequeñas olas que llegaban hasta ella, reían y eran felices, parecían despreocupados, simplemente tenían que hacerse feliz el uno al otro. Nada más. Más allá, en la lejanía del mar, vislumbré un barco pequeño que se iluminaba una y otra vez por la potente luz de un faro.

Decidí cerrar la ventana para que no entrase el frío y cogí la linterna de mi maleta. Abrí la puerta y comencé a bajar las escaleras. Todo estaba a oscuras y se podían oír los ronquidos de algunos inquilinos. Un ruido similar al de la ventana se oyó en la planta baja. El miedo empezó a apoderarse de mí. Bajé el último escalón cuando la puerta de la cocina se cerró de golpe. Pensé en volver a mi habitación, pero pude ver la ventana del salón abierta y el baile de las cortinas moviéndose al mismo compás que el aire que entraba. Eso había sido la causa de que la puerta se cerrase. El ruido volvió a sonar detrás de mí, haciéndome sentir un calor en la nuca, como un suspiro. Me giré y vi la abierta la puerta de la habitación donde mi padre construía sus figuritas de madera. Estaba iluminada. El ruido volvió a sonar, procedía de allí. Paso a paso tembloroso intenté llegar hasta la sala. mis piernas se movían sin que mi cerebro enviase esa señal, sentía la necesidad de ir, como si una fuerza me llevara hasta allí. Llegué hasta la puerta, el ruido se intensificaba y mi respiración cada vez era más potente y rápida. Comencé a explorar la habitación, pero la luz se apagó. Moví la linterna de lado a lado viendo montones de cajas, pero la linterna también se apagó. Me quedé quieta, cerré los ojos muy fuerte sintiendo el temblor de todo mi cuerpo. El sonido cambió produciendo un lloriqueo. Chillé. Abrí los ojos y empecé a correr, pero me tropecé con una de las cajas y caí al suelo junto a ellas. Miré al frente y lo vi. Me miraba. De repente aquel ser se quedó inmóvil a la vez que la bombilla del techo alumbró la sala de nuevo.

Gemma Soldevilla Jiménez.

HISTORIAS DE PUTAS

Pero fue justamente anoche cuando iba con uno de mis vestidos de guarrilla salidilla cuando cometí un pequeñísimo error.

Es cierto que iba vestida como una puta: vestido rojo que me cubría tan solo unos dedos bajo mis ingles, un escote de vértigo y unos tacones negros de quince centímetros. Pero sincera, juro que no estaba trabajando. Me había tomado la noche libre para dar un paseo y aclararme las ideas.

Me había ido de casa de mis padres porque no aguantaba más, pensando que trabajaría un tiempo como prostituta y en cuanto reuniera suficiente dinero me metería de cabeza a seguir con mis estudios de Medicina, pero entonces Fendi, Gucci y todos sus compis se cruzaron en mi camino. Los mensajes no paraban de llegar a mi perfil y era un dinero tan sumamente fácil y a menudo tan placentero, que me costaba muchísimo negarme y volver a coger bisturíes y demás. Pero de nuevo prometo que justamente ayer no estaba trabajando.

Paseé Gran Vía arriba, Gran Vía abajo, hasta que justamente me detuve en una bocacalle hacia la zona de Chueca para entrar en un bar a mear. Al no ser de noche, la mayoría de discotecas estaban cerradas y los bares abiertos pedían cinco euros por entrada, y aunque les aseguré que únicamente quería mear, me dijeron que si entraba en el baño vería suficientes cosas como para quejarme por cinco euros.

Si hubiera sido cualquier otro día habría entrado encantada pagando por mi consumición y observando hombres follando unos con otros, pero aquel día no tenía el chichi para tonterías y muchos menos tenía el chichi para mariquitas. Así que negué con la cabeza y me alejé un poco hasta que encontré un cómodo árbol en el que orinar. Cual perra, me puse de cuclillas, me alcé el vestido, me bajé las bragas hasta los tobillos y comencé a mear. Parecía que hubiera estado una semana sin ir al baño. Una vez me limpié con un pañuelo de papel que llevaba en el bolso me subí las bragas y me bajé el vestido. Me miré en un retrovisor y sonreí con mis preciosos dientes blancos. Perfecta. Fue entonces cuando un policía hijo de puta me dio dos golpes en el hombro:

-¿Sabe que acaba de orinar en la vía pública?- le miré extrañada. Un tío de no más de cuarenta, feo y con el pelo grasiento acababa de tocar mi vestido de mil doscientos euros. –Lo siento pero voy a tener que multarla.

-¿Por mear en la calle?- él asiente -¿Es en serio? ¿A caso está prohibido mear?

-Sí. Lo siento, señorita- me mira de arriba a abajo. -Pero mear en la vía pública está penado con hasta quinientos euros.

-¿Quinientos putos euros por echar un pis en un árbol?- él asiente, no sin antes volverme a mirar con entre desprecio y asco. -¿Y los perros? Ellos se cagan por todas partes. Y los niños, esos se pasan el día meando en las aceras...

-Los perros son perros y los niños niños- No me quedo satisfecha con la respuesta, pero me quedo menos satisfecha cuando me extiende la multa bajo la atenta mirada de algunos transeúntes y me dice -y las putas sois putas.

Puede que aún fueran los restos del copazo que me tomé como postre o puede simplemente que fuera mi orgullo de mujer, pero un tío feo con el pelo grasiento no iba a llamarme puta, y mucho menos en mi día libre. La ira se apoderó de mí, así que le abofeteé la cara. Teniendo en cuenta que era más alta que él no tuve problemas. Fue como golpearle a un viejo verde del metro que te mete mano bajo la falda. Él comenzó a gritar "alteración del orden público" y otros dos compañeros llegaron corriendo. Preguntaron por lo que pasaba y entonces la gente comenzó a acercarse a nosotros. Parecía un Gran Hermano en directo en las calles de Madrid.

Yo intenté controlarme mientras contaba la historia de cómo había tenido que mear en un árbol porque no me parecía justo pagar cinco euros por un pis de nada, y que el policía de pelo grasiento, omitiendo lo de su pelo claro, me había llamado puta.

-Porque lo es. Mire cómo va vestida. Además, la puta me ha pegado una ostia.

Me lancé sobre él. Aunque intenté clavarle uno de mis tacones en el ojo, los dos policías me sujetaron los brazos, así que únicamente conseguí derribar al horripilante policía de pelo grasiento mientras gritaba de nuevo "alteración del orden público".

-Joputa, abrón- intentaba llamarle hijo de puta y cabrón, pero entre la ira, los nervios y que dos policías tiraban de mí, no logré acertar con todas las letras.

La gente empezó a aplaudirme cuando yo, cual luchadora o cazadora de vampiros, intentaba darle patadas. Los muy idiotas me sujetaban la cintura y los brazos, pero tenía mis preciosas y largas, y por supuesto depiladas, piernas para dar patadas al pelo grasiento. Conseguí el propósito de clavarle un tacón en el estómago. Aunque no vi sangre, me sentí fuerte y feminista. Los dos policías intentaban meterme en el coche policial mientras que la gente me aplaudía a mí y les abucheaba a ellos. Hinqué mis tacones en la parte superior del coche evitando que pudieran meterme. Había visto demasiados desalojos últimamente en la televisión y sabía las mejores formas de alargar esa agonía, así que por mucho que empujaran mis tacones de quince centímetros no les dejé maniobrarme cual pieza de lego. Pero a los treinta segundos uno me enganchó de una de las piernas y consiguieron meterme dentro. No quería tampoco arriesgarme a romperme unos zapatos de quinientos euros.

Antes de que cerraran la puerta la gente gritaba que estaban de mi parte y que irían a la comisaría. Yo realmente no sabía si decían la verdad, si cuando llegara allí y estuviera metida en un calabozo, llegarían todos a una como los de "Fuenteovejuna" y contarían lo sucedido. De cualquier modo, el hijo de puta del policía me sonrió y me hizo un gesto obsceno con la lengua. Uno de los dos policías que me había metido al coche lo vio, pero no le dijo nada, únicamente negó con la cabeza y cuando se disponía a cerrar la puerta del coche no pude evitar gritarle con todas mis fuerzas:

-¡Hijoputa! Lávate ese puto pelo grasiento.

Él se quedó bizco por unos segundos mientras yo sonreía a mi nuevo club de fans y les saludaba con la cabeza, puesto que llevaba las esposas puestas tras la espalda. Intenté mirarme en el retrovisor delantero acercándome a los asientos de los policías para comprobar el estado de mis mejillas y ojos. El negro de los párpados no se había corrido y el pintalabios se encontraba impecable. Uno de los dos policías sostenía mi bolso, y recé para que no lo abriera, únicamente encontraría condones, y seguro que eso no diría mucho a mi favor. Reconoceré que uno de los polis era guapo, bastante guapo. Pero eso no importaba.

Me habían, al parecer, detenido. Iba esposada a la espalda, y aunque eso ocurriera más a menudo de lo que me gustaría, no pensaba acabar en un juicio por haber pegado a un policía que me había llamado puta y mucho menos pagar quinientos euros por mear en la calle. Seguro de que el pis era bueno para el árbol o, como mínimo, para los pájaros que tuvieran sed. Visto de cierta manera estaba haciéndole un favor al planeta entero.

Acabé sentada dentro de un calabazo, no sin antes captar la mayoría de miradas de la comisaría. No agaché la cabeza ni un segundo. No tenía nada de lo que avergonzarme. Había tenido un comportamiento justo y feminista. Nadie me empujó porque andaba con pasado decidido e ignoraba los silbidos de los detenidos. Aunque les sonreí cuanto pude. Me confiscaron el bolso y me metieron junto a una travesti. Mi primer impulso fue pedir un cambio  de celda, no porque no me gustasen las travestis ni mucho menos, sino porque Pamela, aunque más tarde me enteré de que se trataba de Pascual, llevaba un tatuaje de Cristo ardiendo en llamas en su hombro derecho. No es que yo fuera una fiel creyente y me lanzase de rodillas a rezar a diario (he dicho rezar), pero si me dio respeto y algo de miedo. Supe que no me cambiarían de celda, y que no habría ninguna celda cómoda, con ducha y espejos para revisar mi maquillaje, así que me conformé con hablar con Pamela.

La habían detenido por practicarle una mamada a un tío en plena calle Fuencarral. Calle en la que a menudo compro ropa. Pero nunca había visto felaciones en plena tarde. Lo que una se pierde por unos cuantos trapitos de firma. Era la segunda vez que le encerraban por lo mismo, pero no le habían denunciado ni multado por ello.
Yo pregunté por el hombre en cuestión y me arrepentí nada más hacerlo, puesto que esa preguntilla de nada a Pamela no le sentó nada bien y corrió a golpear a los barrotes de la celda con sus tacones de veinte centímetros o más. No me extraña que pareciera una giganta. Tenía una espalda el triple de ancha que la mía y me sacaba dos cabezas al menos. Vista de frente, yo tampoco me atrevería a multarla.

Pamela estaba furiosa porque al tío al que se la chupaba le habían dejado irse sin más, y estaba segura de que a ella le habían detenido por ser travesti, pues si hubiera sido una guapa española con pechos y vagina de nacimiento no habría tenido ningún problema. Intenté calmarla, pero yo misma me sentí furiosa. Aunque claro, fui incapaz de atizar a los barrotes con mis preciosos zapatos. Una conocía los límites.

Carlos Yebra Castillo.

COMO AGUA PARA CHOCOLATE

COMO AGUA PARA CHOCOLATE

INGREDIENTES:

1 lata de sardinas

½ chorizo

1 cebolla

Orégano

1 lata de chiles serranos

10 teleras

Manera de hacerse: la cebolla tiene que estar firmemente picada. Les sugerimos ponerse un pequeño trozo de cebolla en la mollera con el fin de evitar el molesto lagrimeo que se produce cuando uno la está cortando…

 

Estimada Sra. Esquivel:

Efectivamente, le escribo esta carta para hablar sobre su bella obra Como agua para chocolate, la cual me ha dejado una huella muy profunda desde que la leí hace algunos años durante un curso de literatura en la ciudad española donde vivo, Alcalá de Henares. No se hace idea del número de veces que la nombro, pues al igual que su protagonista, Tita, soy buena amante de la cocina y siempre que preparo alguna reunión familiar o de amigos me da por pensar lo que ocurriría si también influyeran mis sentimientos y estado de ánimo en las comidas que hago, porque por muy joviales que nos podamos sentir, ¿quién no ha pasado un mal momento que le haya coincidido con el deber de tener que cocinar? Espero no llegar a pasar por el trance de la protagonista de su libro, más que nada, por el bien de los invitados...

Su historia en Como agua para chocolate es impresionante. En toda ella se encuentra un cúmulo de sentimientos que hace que el lector tome partido rápidamente por la figura más débil de su historia. A Tita, como a tantas otras muchas mujeres aún en la actualidad, se le niegan derechos fundamentales, sobre todo, el de la felicidad. Ha nacido para, como mujer que es, cuidar a su madre hasta el fin de sus días pasando a su hermana el derecho a casarse, a tener hijos y a llevar una vida a la que no logra sacar ningún rendimiento bueno. ¿Podríamos ver en su protagonista algo así como una Cenicienta del siglo XX? Tita no tiene madrastra, pero sí que tiene una madre que dispone de su vida en exclusividad.

Deseo comentarle que cuando leí su obra me llamó poderosamente la atención la forma en que combina el contarnos un drama con muchas recetas de cocina que parecen exquisitas, además de muchos remedios caseros para toda una serie de circunstancias que se le puedan a uno presentar.

Aunque un poco tarde, le doy mi más enhorabuena por haber tenido tanta valentía como para plasmar en su obra una triste realidad en la que aún viven muchas mujeres en estos comienzos del siglo XXI.

Con todo mi afecto,

Elisa Nuez Patiño.

CARTA PARA LA SRA. HANFF

CARTA PARA LA SRA. HANFF

Mi muy estimada Sra. Hanff:

Estos días me han propuesto que escriba una carta a un escritor o escritora que admire y con ello he encontrado la oportunidad de poder dirigirle a usted estas letras que llevaba tiempo queriendo enviarle, pero que, por diversas circunstancias, hasta ahora no las he podido redactar.

En primer lugar, deseo presentarme. Soy una mujer de edad madura y gran consumidora de lectura. No puedo pasar ante una librería sin pararme en los escaparates para ver qué nuevos títulos han salido, así que cuando voy a los grandes almacenes trato de pasar disimuladamente por el departamento de libros, que casualmente suelen estar puestos en la misma entrada del establecimiento, lo que me hace tener que torcer la cara para otro lado aunque mi cuerpo vaya en dirección recta.

Por casualidad cayó en mis manos su obra 84, Charing Cross Road. Permítame que le dé detalles del cuándo y del cómo de que esto pasara. Tengo una librería a la que habitualmente acudo para adquirir mis libros y hablando con su propietario, Javier, a quien pido mis libros a través del correo electrónico, no sé cómo sucedió, pero buscó y sacó una pequeña novela, con una portada muy atractiva y nos pusimos a hablar sobre ella. Yo no la conocía, pero el entusiasmo con que me detalló el argumento me animó a llevármela a casa, comenzando a leerla esa misma noche.

Qué gran sorpresa me fui llevando según avanzaba en la lectura. Qué gran trabajo consiguió hacer usted solo con el intercambio de las cartas que a través de 20 años llevaron a cabo sus protagonistas: el señor Fank Doel, trabajador responsable y meticuloso de la librería Marks & Co. de Londres, y la señorita Helene Hanff, norteamericana, amante de la lectura de ediciones especiales que no duda en escribir a otro continente para adquirir las obras que le interesan aunque sea en la etapa de la posguerra, con todas las dificultades que ello podía conllevar en las comunicaciones.

La relación entre ambos personajes que usted describe en su obra es admirable, pues a pesar de la larga correspondencia que llegaron a mantener nunca se conocieron. Pero lo que más me enterneció al leer 84, Charing Cross Road, fue su forma de reflejar una etapa durísima, en donde Europa estaba destruida por las bombas, un Londres con largas colas para hacerse con los alimentos necesarios para sobrevivir. Y de pronto, gracias a los libros, un grupo de buenas personas se ven beneficiadas por la llegada, en fechas muy importantes, desde Estados Unidos, de hermosas latas de jamón cocido, huevos para hacer sus bizcochos e incluso auténticos lujos como las medias de “cristal” que conseguían elevar por unos instantes la dignidad personal de muchos de sus protagonistas. 

Quisiera parafrasear sus propias palabras: “Yo viví aquello…” . Por mi edad tuve la suerte de no vivir un desastre como es la guerra, aunque los datos me llegaran por boca de mis propios padres. “Yo estuve allí…”. Visité Londres en varias ocasiones, pero la ciudad que encontré no tenía nada que ver con la descrita en su obra, aunque aún se encuentren comercios con el mismo aspecto antiguo que bien pudieran pasar por Marks & Co., Libreros. “Yo me emocioné…”. Totalmente, porque por primera vez en mis muchísimos años de lectora he terminado llorando de emoción al concluir su obra. Y la volveré a leer y estoy segura de que volveré a llorar ante tantos sentimientos como se desprenden en sus párrafos.

Reciba los más cordiales saludos de su mayor admiradora,

 Elisa Nuez Patiño.

HISTORIA DE UNA HISTORIA

HISTORIA DE UNA HISTORIA

Noté que unas manos temblorosas me agarraban y cogían para echarme un ojo. Sentí la fría sensación de presión sobre mí que, aunque no es muy coherente, adoraba. Tuve esa agradable sensación de que aquellas manos volcaban sobre mí toda su tristeza, desesperación y desahogo, como siempre habían hecho.

Tuve la curiosidad y, sin poder hablar, le pregunte qué le estaba pasando, pues hacía falta mediar palabras entre ella y yo para que empezase a desahogarse. Petra me abrazó contra su pecho mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas sonrosadas de haber estado llorando antes. Me dio mucha pena verle pasarlo tan mal y le invité a que me contara lo que le había pasado.

Ella, poco a poco, me fue contando su día. Un chico de su clase, que le gustaba, se había acercado a ella y a su mejor amiga, Lorena. Petra se quedó muy quieta, pues tenía miedo de que se esfumara como la brisa en primavera y apenas respiró. Sin embargo, Lorena no se quedó callada y habló con él.

Petra se preocupó porque no le salían las palabras y, en cierto modo, intentó articular alguna, pero los nervios le habían secado la boca y la garganta. Además, allí, frente al chico, empezó a tener mucho calor y se dio cuenta de que sus mejillas se ponían coloradas. Ella intentó que su amiga dejara de hablar con él, pero lejos de conseguirlo presenció cómo Lorena, conocedora de su mayor secreto, se iba con aquel dulce y alegre muchacho, desapareciendo en la lejanía y dejándola a ella sola, triste y con la sensación de tener un hoyo en el pecho en el lugar donde debería estar su corazón.

En ese momento me confesó que yo era su mejor amigo, su mayor confidente, su mayor secreto, y que el día que yo me acabara, no encontraría otro diario mejor.

Carmen García Terriza.

CARTA A CARLOS RUIZ ZAFÓN

CARTA A CARLOS RUIZ ZAFÓN

Estimado Carlos Ruiz Zafón:

No sé si mi carta acabará en sus manos o si mis palabras se quedarán en el más profundo olvido, pero sea como sea, me gustaría que estas letras de agradecimiento llegaran hasta usted.

No sé muy bien por donde empezar, quizás por darle las gracias por convertirme en lectora, porque que yo desde chiquitita no amaba los libros, no me gustaba leer, pero, sin embargo, desde que leí "El príncipe de la niebla" para realizar un trabajo escolar obligatorio ya no pude parar de leerle. Lo que en un principio iba a ser un trabajo tortuoso y aburrido acabó siendo el principio de mi pasión por su obra. Sus libros se volvieron una droga para mí. Me encantaban hasta el punto de llegar a crear en mi propia casa una especie de librería personal donde todos sus libros forman parte de mi colección y en la que "La Sombra del viento" siempre ocupará un lugar muy especial por ser la mejor novela suya que he leído. Sí, me siento como Isaac en el Cementerio de los libros olvidados.

La verdad que no sé de quién estoy más enamorada, si de usted o de Daniel. Pero una cosa tengo clara. Que tengo que darle las gracias por hacerme amar la lectura y la escritura, porque usted también me ha proporcionado el gusto de escribir. Incluso me gustaría acabar obras y publicarlas, y cómo no, llegar a darle las gracias en persona e incluso hacerle la competencia en este mundo tan difícil en el que subsistir como es el mundo literario.

La carta está llegando a su fin, por lo que no me gustaría despedirme de usted sin escribirle algo que usted mismo dijo y que me hizo reflexionar: "Hay peores cárceles que las palabras”.

Se despide atentamente otra loca de los dragones que conoce un poco más los rincones de Barcelona y que espero que su nombre, Gemma Soldevilla Jiménez, esté, al menos por un instante, en su mente

Gemma Soldevilla Jiménez.

EL MIEDO A LA SOLEDAD

Volvía a estirar el brazo. Necesitaba cerciorarme de que él no estaba. Que se había largado. Mi mundo se desmoronaba un poco más cada día. Los secretos. Odiaba los secretos, odiaba no poder hablar o desahogarme con mis amigas. Me odiaba por no habérselo contado y fingir que soy feliz, que estoy bien, porque no lo estoy.

A veces pienso que me he vuelto loco, pero ¿quién no se habría vuelto totalmente loco en mi lugar? Mi novio me deja y me entero de mi enfermedad. No quería ser una víctima, no quería ser esa víctima que necesita que le abracen cada día y dar lástima.
Cada vez que pienso en la mirada de compasión de esa jodida doctora me dan ganas de lanzarme por la ventana.

Tengo muchísimo miedo. Tengo miedo a lo que me pueda pasar, miedo a lo que conlleve y miedo a la reacción de las chicas. ¿Cómo se lo tomarán? ¿Y si realmente me miran con lástima y si incluso me preparan magdalenas cada semana? ¿Y si acabo solo? No quiero morir, aunque empiece a volverme loco, aunque mi pelo se convierta en restos inertes alrededor de mi cabeza, aunque ningún tío esté dispuesto a tener una relación…, no quiero morir. Tengo miedo a no despertar. Tengo un miedo terrible a que una noche apague las luces y no vuelva a abrir los ojos.

Pero no creo que sea capaz, no creo que pueda seguir adelante, estoy jugando en el estadio cuatro, están a punto de lanzarme la bola y tengo dos opciones: utilizar el bate o abandonar la partida. Basta decir que desde que él se largó y me dejó solo, mis ganas de jugar aunque fuera al scattergories se esfumaron. Por ende, mis ganas de luchar, de batear fuerte, se habían desbanecido al enterarme del cáncer, quizá fuera cobarde, quizá sencillo, pero no creía que fuera capaz de seguir con la medicación y el tratamiento.

Y lo peor es que me lo he buscado yo, no digo que me lo merezca, no creo que por tomar el sol sin protección cada verano en Benidorm me hayan salido los dichosos bultitos, no creo que por ello merezca enfermar y morir. No lo creo. Pero es cierto que me lo he buscado yo. Es una enfermedad que la he encontrado por mis actos. Quizá la suerte influyera, pero ha sido mi culpa. Todos salimos a la calle cada día, sonrientes del día tan sumamente soleado que hay fuera, olvidándonos por completo la gran bola de cáncer que es en realidad esa estrella de fuego que nos hace tostarnos cada verano.

¿Qué si hubiera preferido una enfermedad venérea? Posiblemente sí, al fin y al cabo la habría conseguido por tener sexo sin protección, nada que ver con el uso de nivea y su dichoso balón. ¿Significa esto que acabaré sentado en una habitación acolchada durante el resto de mi vida? ¿Con miedo a que me rechacen por tener pelo de rata moribunda? ¿Y si me extirpan un testículo? ¿El otro seguirá funcionando? ¿Y si no hay nadie que me sostenga la mano mientras sigo dormido por la anestesia de la operación? ¿Y si despierto solo? ¿Y si él no viene para reunirse conmigo?

Apago la luz mientras me acurruco en la cama. Dejo que las sábanas me atrapen mientras comienzo a estirar lentamente el brazo. Pero él no está. No está.

Él no iba a volver, yo lo sabía, era evidente. Jamás volvería a estar en mi cama. ¿Cómo iba a volver? No lo hará. Es imposible. Pero, ¿por qué? ¿Por qué se fue? ¿Por qué tuvo que irse justamente él? Yo era feliz, pese a los últimos meses, yo era feliz. No pensaba en esas veces que había otros. No pensaba en ellos. Era feliz, de acuerdo, no todos los días que duró la relación, ni a todas horas, pero era bastante feliz.

Pero no entiendo por qué se fue. Tuvo que ser mi culpa. ¿Fue realmente mi culpa? Sí, soy yo quien lo ocasionó. Fue mi culpa. Aunque a veces no quiera verlo así, aunque mis amigas me suplicasen que no lo viera de esa manera, tenía claro que yo era el culpable de que él se fuera.

Cuando ocurrió, cuando él se fue, me pasé tres días en la cama. No salí de ella, tan solo para hacer pis y comer bollos de chocolate que me traían mis amigas. No podía creerlo, me negaba a que fuera verdad. No podía ser, no tenía sentido. Me hinchaba a valiums para poder pegar ojo por las noches y del chute me pasaba el día medio adormilado y sin dejar de llorar. Le quería. Le quería muchísimo y me dejó solo.

Yo había soportado constantes engaños, sus incontables escarceos con otros mientras yo esperaba sentado a la mesa con la cena caliente en el horno, esperando a que viniera, para luego sonreír y fingir, fingir quizá porque le quería demasiado como para decirle adiós, o fingir simplemente por el miedo a que se fuera, por el miedo a quedarme solo, por el miedo a que nunca más me sacaran a la pista de baile.

No me atrevía a salir de casa, el mundo real me daba demasiado miedo y no tenía valor para enfrentarme a él. Cada día realmente parecía más duro que el anterior, porque cada día que pasaba era más evidente que él no volvería. Nunca había dejado de quererle, es cierto quizá que mi amor por él pareció ir en un ligero descenso desde que me propuso lo de la relación abierta, pero aún así, el día que se fue, le seguía queriendo muchísimo y habría hecho lo que hubiera estado en mi mano porque volviera.

El tiempo no lo hacía más fácil, porque cada día que pasaba era no únicamente otro día más sin él, sino un día más en que me daba cuenta de que él no volvería. Que me había dejado. Me había dejado solo.Todo se volvía horrible y sin sentido. Cada día le veía: iba a tirar la basura y ahí estaba él. Tan alto y guapo. Con el pendiente en la oreja izquierda. Pero no era él. Ni siquiera se le parecía. Mi mente me comenzaba a causar muy malas pasadas cada día creyendo verle donde no estaba. A menudo le veía sentado en un autobús o incluso una vez le vi anunciar cereales en la televisión.
Tenía que ser él, pero no era él. A veces preso de la desesperación corría al teléfono y empezaba a marcar, dejaba escuchar los tonos y su voz me ofrecía dejar un mensaje. No dejaba mensaje. Pero me consolaba escuchar su voz. ¿Relajarme? No está claro. Nada está claro desde que se fue.

A diario paseas entre la gente, intentas evitar mirarles a la cara, toda la calle está plagada de él. Cada persona a la que miras directamente, aunque sea calvo o lleve el pelo verde, es él. No volverá. Lo sabes. Sabes que no lo hará. Intento no pensar, evitar pensar en que él ya no está y no volverá. Pero no es fácil. Esperas verle, esperas que el tiempo pase y le recuperes. Pero cada mañana te das cuenta al despertar que el otro lado está frío. Está vacío. Lo estará mucho tiempo. No puedes hacerle volver, por muchos planes que intentes diseñar, él no volverá. Nadie vuelve. No, nadie lo hace. Cada día esperas que se meta en tu ducha y te enjabone la espalda, pero no ocurre, ni ocurrirá. No volverá. Cada noche me meto en la cama esperando que vuelva, que llame al telefonillo, que abra con sus llaves y se meta conmigo en la cama. Notarle en mi espalda.

Me odio por ello. Me odio por volver a pensarlo. Hacía dos meses que me había dado cuenta de la realidad. Hacía algo más de dos meses que había aceptado que él no volvería, que mi vida había cambiado y debía pasar página. Pero con el tema del cáncer todo había vuelto a mí. Mi desesperación, mi dolor y la angustia por su abandono me golpeaban de nuevo en la cara cada noche.

Conseguí aceptar que no volvería a verle. Aceptar que seguía con mi vida, aunque sin olvidarle, sin olvidar toda nuestra historia, pero seguía caminando. Lo había aceptado, lo había entendido, pero ahora de nuevo me veía impulsado a hacerme preguntas, a desear que volviera, a esperar realmente que algún día volvería de verdad. Que  llegaría y olvidaríamos todo. Que estaría a mi lado.

Me quede dormido. Pero en plena noche me desperté y, de nuevo, como cada noche, alargué el brazo entre sollozos. Pero ahora no estaba vacío. Había algo o alguien. Su olor invadió la habitación. Él había vuelto. Me senté en la cama y le miré. Estaba realmente guapo. No veía gran cosa y me daba miedo encender la luz por si eso le hacía alejarse de mí, por si le hacía desaparecer de nuevo, por si me mostraba la realidad:

-¿Has vuelto?

-No Fran, pero tenía que decirte algo.

-¿Cómo es posible que estés aquí?

-Siempre estaré contigo, jamás dejaré de amarte, pero debes seguir. Debes seguir. Debes seguir aunque no esté contigo. Debes cuidarte y ni se te ocurra pensar en no seguir el tratamiento. Debes hacerlo Fran. Debes hacerlo por ti y por mí, por nosotros. Debes luchar por vivir. Te vigilaré. Estaré atento de ti y jamás dejaré que te sientas solo... Siempre estaré contigo. Te quiero.

-Yo también te quiero.

Él desaparece justo después de besarme en una mejilla, pero su lado de la cama pese a todo está helado. Me recorre un escalofrío... Él está muerto. No volverá. Nadie vuelve de allí. Aunque es un consuelo saber que siempre estará junto a mí, guíandome. Justo en ese instante noto un cosquilleo en mi mejilla. Sí, lo estará.

Carlos Yebra Castillo.

YO VOY SOÑANDO CAMINOS... CARTA A DON ANTONIO MACHADO

YO VOY SOÑANDO CAMINOS... CARTA A DON ANTONIO MACHADO

Estimado D. Antonio:

Yo sabía de Vd. desde que era pequeño, cuando iba con mis padres a Burgos en el autobús y parábamos en Soria al subir la cuesta que lleva al centro, justo en la curva que hay enfrente del Instituto del que Vd. fue profesor de francés. Hacíamos el viaje casi todos los años y siempre parábamos en el mismo sitio “a echar un bocao”, que decía mi padre. Mientras almorzábamos comentaba: “Mira, pequeño, ahí enseñaba D. Antonio Machado”.

De tanto repetirlo mi padre, se me quedó su nombre y, cuando en mi Instituto nos enseñaron sus poemas, me empeñé en conocer más profundamente quién era Vd. Y sí que lo he intentado, aunque, seguramente, no lo he conseguido.

He recorrido, con sus poemas, las tierras de Alvargonzález. He subido a la Laguna Negra y una vez, en pleno verano, hasta la crucé a nado. Le puedo asegurar que, cuando iba por la mitad, me entró una especie de sensación como si, desde el fondo, alguien me atrajese. Incluso tuve miedo; pero me sobrepuse y logré llegar a la orilla. "A ver si me va a pasar a mí lo que a los hijos de Alvargonzález”, me dije; pero no, sólo era una sensación.

Bajando por el río Revinuesa, en el pueblo de Vinuesa, casi siempre me comía un par de truchas pescadas allí mismo. Hay una placa que recuerda su paso por aquellas tierras.

En Soria he visitado varias veces los arcos de San Juan del Duero, he paseado desde San Polo a San Saturio, me he detenido junto al olmo seco (al que “con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido”) y se me ha pasado el tiempo sin pensar, sólo sintiendo que estaba leyendo su poema, sin leerlo, de tanto como lo he leído. El Duero sigue remansado a lo largo del paseo, descuide D. Antonio.

Recuerdo, en estos tiempos de crisis, su terrible profecía: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios: una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Que no se cumpla, D. Antonio.

Y ya en mi tercera (o cuarta, no sé) edad sólo aspiro a que, cuando me llegue el momento de partir, me encuentre “ligero de equipaje, como los hombres de la mar”.

Pero, mientras tanto, aquí me tiene Vd., en Alcalá, estudiando Humanidades, donde, cuando guste, será siempre bienvenido. Y que sepa que en la primera planta de la Facultad está su foto, y que sale bastante favorecido, con su sombrero y su esbozo de sonrisa que tanto le caracteriza.

Un abrazo y hasta siempre.

Fernando Ibáñez Martínez.

¡ADIÓS, BUEN DAVID! ¡ADIÓS, BUEN ABAD!

¡ADIÓS, BUEN DAVID! ¡ADIÓS, BUEN ABAD!

Mi padre es periodista y siempre tenía entre manos algún escrito. Pequeños relatos, Felipe, el sereno de la esquina, por ejemplo, también poesía o alguna obra de teatro, teatro loco y divertido, muy similar al que escribió Wenceslao Fernández Flores (1885-1964). Recuerdo su tragedia en tres actos para ser representada sobre un armario, Los amantes de Sanlúcar de Barrameda, y alguna novela o libros relacionados con su labor profesional. En fin, sus cosas...

A mi padre le gustaba mucho escribir a mano, y corregía y anotaba al margen... Incluso hacía pequeños dibujos y composiciones antes de hacer el texto definitivo para llevarlo a imprenta. Puedo verlo aún en su mesa de madera, concienzudamente inmerso entre papeles, tintas y secantes.

En la imprenta lo esperaba siempre David, quien componía las páginas y le sugería, le indicaba, le aconsejaba..., y yo iba con él, y el sonido de las máquinas, de las linotipias, aún resuena en mi mente. Cuando llegábamos, mi padre, indefectiblemente, le decía, "¡Hola, buen David!", y él respondía, "¡Hola, buen abad! No sé por qué, nunca les pregunté a qué se debía ese saludo suyo. Entre mis recuerdos infantiles lo guardo y debía pensar que era una de tantas cosas de mi padre que tenía una gracejo especial y, dicho sea de paso, también era muy religioso (de ahí, quizás, lo del "buen abad").

Recientemente, con estas lecturas y el hecho de “contemplar” a los monjes en los monasterios copiando libros, y escribiendo glosas y comentarios en sus márgenes, he comprendido ese guiño cómplice y por qué se saludaban y se despedían de esa manera David y mi padre. Y hoy, cuando ya no se volverá a repetir ese saludo, ni podré comentarlo con ninguno, los vuelvo a oir a los dos, los vuelvo a ver despidiéndose en la puerta de la imprenta "Raimundo", en la Plaza de San Francisco de Sevilla...

¡Adiós, buen David! ¡Adiós, buen abad!

Isabel García Conde.

CUÉNTAME UN CUENTO ABUELITA...

CUÉNTAME UN CUENTO ABUELITA...

Sólo ahora, al comenzar esta asignatura, he sido consciente del momento de mi vida en el que se inicia mi contacto con los cuentos, mi curiosidad por las historias, ese amor por la lectura que se hizo posible tan pronto aprendí a leer, cuando contaba con apenas cuatro años. Fue entonces cuando me regalaron los primeros libros que me acompañan desde entonces.

Mi madre, como un aedo, me cantaba cuentos cuando era pequeña. Sí, me cantaba... Entonaba historias que me transportaban a reinos multicolores, a espacios inalcanzables. Recuerdo aquella que decía, tras una música suave, en cadencia envolvente:

Cuéntame un cuento abuelita, antes de irme a acostaaaaaaaaaar.

Cuéntame un cuento abuelita, aquí cerca del hogaaaar...

Está cayendo la nieve en la lejana extensión,

los árboles son como espuma y las nubes son de algodón...

O aquel poema de Rubén Darío, musicado, Margarita está linda, la mar y el viento, etc., Margarita, te voy a contar (cantar) un cuento. Y surge el cuento-cantado: de un rey que tenía un palacio de diamantes, una estrella hecha de día y un rebaño de elefantes...

Tal vez, por eso, aprendí tan pronto a leer, para poder disfrutar las historias cuando quisiera. Las buscaba en cada página de los libros que tenía mi padre... Es curioso, mi madre con sus historias cantadas, pero mi padre era el que tenía los libros...

Con el tiempo, yo también canté cuentos a mis hijos. Cuando los bañaba, cuando los daba de comer, cuando los dormía. Igual que me inculcó mi madre, así hice yo con mis hijos, y los cuentos-cantados pronto fueron reemplazados por la lectura de otros cuentos. Nunca dejé de leerles historias. Había cuentos, muchos cuentos en casa, grandes y pequeños, pero cada uno de mis hijos, en su momento, tuvo fijación por uno en concreto, y por más que yo eligiera uno nuevo para leerles, al final terminábamos con el de siempre.

Cada día comenzaba la lectura: Un hombrecillo un verano, encontró una esponja a mano... Éste fue el de Israel. El osito Tedy Ruspin y sus amigos...., era el que atraía a Pablo. No Fernandito, así no..., éste fue el de Paula. Y de tanto leérselos aprendieron a decirlos de memoria antes de ir al colegio, incluso antes de aprender a leer. A todos les sucedió lo mismo, en la etapa en la que contaban  tres, cuatro años... No es difícil, la cantilena constante hacía que casi sin percibirlo se les quedase grabado. A menudo gustaban de abrir el libro y lo decían como si estuvieran leyendo... En más de una ocasión sorprendieron a sus abuelos, a nuestros amigos. Hoy son buenos lectores, la lectura les ha acompañado siempre, porque incluso antes de nacer debían sentir que yo disfrutaba leyendo, siempre me han esperado silenciosos, tranquilos, anhelantes, los libros…

M. Isabel García Conde.

UN PUZZLE DONDE TODO ENCAJA. CARTA A AGATHA CHRISTIE

UN PUZZLE DONDE TODO ENCAJA. CARTA A AGATHA CHRISTIE

Estimada Agatha Christie:

Te escribo esta carta para expresar la profunda admiración que siento por ti y por tus magnificas obras literarias, que atrapan al lector en un mundo lleno de aventuras y misterios que, aunque al principio parecen indescifrables, al final la verdad siempre sale a la luz.

Señora Christie, la verdad es que nunca me había planteado escribirla una carta, pero ahora que tengo la oportunidad de hacerlo, me gustaría abrirme y decirle todas aquellas sensaciones que producen en mí sus fantásticas novelas. A mí, desde niña, siempre me han encandilado las novelas de misterio, no sólo por la trama en sí, sino porque te trasladan al espacio donde se está produciendo la acción. Es un mundo en el que te pones en la piel de cada uno de los detectives, te rompes la cabeza tratando de descubrir o adivinar antes del final de la novela cuál de los personajes, que al principio todos parecen tan inofensivos y poseen la coartada perfecta que les exculpa del crimen o asesinato cometido, es el culpable de dicho delito.

Lo más curioso de sus novelas es que todas las que he leído giran en torno a un asesinato o a un envenenamiento. Eso me lleva a preguntarme cómo es posible que una persona tenga tanta imaginación como para desarrollar una trama en la que todo detalle está perfectamente calculado y cuidado. Los detectives siguen cada huella, cada pista que les conduce al asesino, y si de antemano saben quién es éste, no se apresuran a delatarlo, sino que dejan que por sí mismo acabe haciéndolo. Todo es como un puzzle en el que cada pieza acaba encajando.

Me imagino que sus novelas han sido el punto de apoyo o de partida que han utilizado muchos detectives privados, policías, etc., para resolver sus casos, ya que, como leí en una de las novelas de Sherlock Holmes, las pequeñas pistas que consideramos insignificantes son las que nos llevan a descubrir la verdad. Sus obras, incluso, me han hecho plantearme la cuestión de querer estudiar algún día la carrera de Criminología. Espero que llegue a realizar ese deseo, porque cada vez que leo una novela policíaca o de misterio se me ponen los pelos de punta, sobre todo en los capítulos donde se desarrolla una acción peligrosa o cuando está a punto de suceder un hecho importante. Soy una persona que cuando me pongo a leer o a ver una película me meto de lleno en la trama, todo lo que le pasa a los personajes en cierta forma me afecta a mí, aunque sepa que lo que ocurre no es real. Sufro cuando sufre el protagonista, lloro cuando llora, sonrío cuando sonríe...

También he visto que algunas de sus novelas se han trasladado al mundo del cine. La única que he visto y que es mi novela favorita es Asesinato en el Orient Express, en la que Hercules Poirot, el detective más famoso de sus novelas, se dispone a resolver un crimen que se ha cometido en un tren y que parece el crimen perfecto, pero como en todo crimen, siempre hay cabos sueltos. Me gustaría ver El misterio de Pale Horse. Será la siguiente. Aunque en el mundo del cine se esmeran en que los personajes de las películas realicen las mismas acciones que los personales de papel, eso es algo que no logran hacer del todo, porque el mundo de la lectura y la imaginación sobrepasan cualquier otro. Cuando primero lees una obra y después la vas a ver al cine, te das cuenta de que hay detalles que no concuerdan o que no se consiguen transmitir del todo.

Espero no haberla aburrido con mis fantasías y las locuras que pasan por mi cabeza. Aunque sé que esta carta no llegará a leerla, me satisface el simple hecho de haberme desahogado de la misma manera que usted se desahogaba al relatar las vivencias y sucesos que acontecían en su entorno: mediante la escritura.

Le mando un abrazo muy fuerte y espero llegar a leer todas sus novelas.

Su admiradora,

María José Okue Elo.

A ESA PLAYA EN PENDIENTE Y A ESE FARO AL QUE VOLVÍ... CARTA A ERNESTO FILARDI

A ESA PLAYA EN PENDIENTE Y A ESE FARO AL QUE VOLVÍ... CARTA A ERNESTO FILARDI

Estimado Ernesto Filardi:

Tal vez te sorprenda, en estos tiempos que corren, recibir una carta, y creo no equivocarme si digo que es un hecho que nos sorprendería a todos, pero de igual manera me atrevería a asegurar que la sorpresa te será grata.

Ante la sugerencia académica de realizar esta labor como ejercicio de clase, mis opciones eran infinitas, mi devoción por un número tan ingente de escritores me da la posibilidad de publicar varios libros en los que se reunieran cartas de admiración, exclusivamente. Pero mi decisión no se ha hecho esperar, he optado por escribir dos cartas. La primera va dirigida a Virginia Woolf y la segunda ya ves que está en tus manos.

He leído diversos trabajos tuyos y no sólo eso, he presenciado tus puestas en escena, sé de tu participación en numerosa actuaciones y sé cuántas actividades has realizado, amén de las lecturas de poesía en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares, inolvidables.

Pero en esta ocasión quiero significar, quiero celebrar un libro de poemas que despertó mi interés, llamó mi atención tan pronto lo distinguí entre tantos otros que lo acompañaban en el estante de la librería. Antes de elegir un libro me gusta pasear la mirada por ellos, mientras descansan; siempre espero que alguno me haga una señal, que se distinga de alguna manera, y el tuyo, La niña y el mar, lo consiguió, porque tranquilamente o tal vez anhelante me esperaba.

En una ocasión tuve oportunidad de comentarte la emoción que este libro me había causado, por tanto ya eres depositario de mi agradecimiento. No obstante, hoy quiero dejar constancia y hacerte partícipe de este juego tan hermoso, tan sugerente.

Lo que en origen me llamó la atención del poemario fue su título, del que al percibirlo en el anaquel ordenado, tan sólo atisbé dos palabras, "el Mar", y es que el mar, la playa, el sol, son para mí esenciales, vitales. Me acerqué a acariciarlo y ver qué me decía, porque también me gusta mantener ese mudo diálogo con los libros antes de vivirlos. Al tenerlo en mis manos vi que era tuyo y, entreabriéndolo, paseé mi mirada lentamente por las líneas de sus páginas esperando, como siempre, que algo me sorprendiera. En una de esas páginas decías: “Playa de Regla, Chipiona. Una niña le pregunta a su padre por qué el mar tiene esas olas…”, y entonces se desbordó mi asombro y, por un instante, se me encogió el alma. En esas palabras, entre estas líneas de sal y espuma, estábamos mi padre y yo.

Has escrito y escribirás, indudablemente, obras mejores o, tal vez, más eruditas, pero La niña y el mar tiene la ternura, la sensibilidad  y los aires salinos de las playas del sur y, por añadidura, sentimientos e imágenes que, por tan cercanos, parecen míos, sobre todo ese principio y ese final que me conmueven.

En el transcurso de su lectura me he descubierto en otras páginas, entre los deseos e ilusiones, alegrías o decepciones de la chiquilla, de la joven, de la mujer, que con ese sentimiento diverso llevas de la mano, envuelto en esa media sonrisa, tan a menudo irónica, que te precede.

He regalado este libro en multitud de ocasiones y te confieso que lo regalo personalizado, lo hago un poco mío, sobre todo con la imagen última de “…esa playa en pendiente y a ese faro” donde volví, casi treinta años después con mi esposo y con mi niño, igual que esta niña, la joven, tu mujer.

Gracias por la emoción causada.

Un abrazo,

M. Isabel García Conde.

LA FELICIDAD EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS. CARTA A IMRE KERTÉSZ

LA FELICIDAD EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS. CARTA A IMRE KERTÉSZ

Estimado Sr. Kertész:

Quiero, primeramente, felicitarle sinceramente por la consecución del Premo Nobel de literatura en 2002. Realmente lo merece.

Aunque es entristecedora para mí su decisión de abandonar la escritura, reconozco que finalizar su carrera literaria a tan tardía edad muestra su gran vocación hacia la profesión, al igual que considerar por zanjado el tema del Holocausto corrobora que sentía usted el deber de realizar una función especial en la literatura. Por otra parte, tengo entendido que ha escrito usted sobre otros temas y que, incluso, ha traducido obras filosóficas de autores tan apreciados por mí como Nietzche, Freud o Wittgenstein. Todo ello me lleva a sentir hacia usted una gran admiración.

Desde mi preadolescencia, mi predilección hacia lo filosófico ha fundado en mí un fuerte interés por las causas, los fenómenos ideológicos y los hechos no específicamente militares de la controvertida Segunda Guerra Mundial, que nos hacen comprender el verdadero sentido de esta fase de la historia en la conformación del ser humano actual.

A los 15 años, cuando leí Sin Destino, había buscado en distintas fuentes información sobre el Holocausto, e incluso había visto documentales sobre campos de concentración y de exterminio; sin embargo, la lectura de su novela me dejó marcada, pues jamás había tenido entre mis manos la experiencia de alguien que hubiera vivido tal desastre humano en primera persona.

El Holocausto era para mí raíz de una incógnita que aún estoy por resolver, y cuya respuesta he buscado con mayor empeño desde el conocimiento de su obra. El nacionalsocialismo me hace constantemente cuestionar mi concepción positiva del ser humano. He intentado convencerme de que quizá los nacionalsocialistas no veían a sus perseguidos como personas, y no consideraban que hacerles sufrir era algo moralmente malo. Pero me resulta imposible creer que, en un contexto de gran desarrollo de los derechos humanos, naciera en Europa una posición política que negara la humanidad a individuos, que son, por definición, humanos. Los nazis veían que eran humanos a los que hacían daño, y todavía no puedo comprender cómo es posible que ese tipo de personas se reafirmaran en su posición, que no se arrepintieran de lo que hicieron.

A pesar de ello, el ejemplo está en mi propia familia: los tres hermanos de mi abuela materna fueron fusilados por los franquistas después la Guerra Civil, tras permanecer al menos un año encarcelados sin haber cometido delito alguno. Por otra parte, mi abuelo paterno, aun sabiendo esto y conociendo el Holocausto nazi sin negarlo, siempre fue fascista. Murió hace pocos años, esquelético por negarse a comer lo necesario y llevando una actitud que hacía que pareciera que sufría la vida en vez de vivirla. Nunca le comprendí ni le aprecié, y eso es algo que me resulta realmente muy triste.

Quizá preguntarle esto no me lleve a la respuesta de por qué existen personas así. Pero sí sé que, al menos, podrá hacerme comprender mejor al ser humano, y acercarme a la solución. Dice usted textualmente al final de su novela: “Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas, algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los horrores, cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración debería hablarles la próxima vez que me pregunten. Si me preguntan. Y si todavía me acuerdo.”

Estas palabras me provocaron una emoción realmente profunda. Es cierto, creo, como usted afirma, que el ser humano es capaz de ser feliz, si quiere, en las peores condiciones, y es esa una de las potencialidades que más valoro de nosotros, y que, como observo, puedo valorar en usted. Así, me gustaría preguntarle sobre su felicidad en los campos de concentración, si es posible que me conteste sobre ello, y si todavía lo recuerda, para que pueda comprender mejor cómo el ser humano llega a su propia felicidad. Pues a veces me parece creer que la felicidad procede del propio individuo y de su esfuerzo y método para encontrarla, lo que me lleva a pensar que, ojalá, quien hace el mal sea quizá porque no sabe cómo llegar a ser feliz.

Atentamente,

Diana Tejón Pérez.

El amor a los libros, a la historia y a Dios

El amor a los libros, a la historia y a Dios

Estimado Jesús Sánchez Adalid:

No puedo sino en primer lugar darle la enhorabuena por el recién conseguido “Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio”. Creo sinceramente que dicho reconocimiento es el fruto de su gran obra literaria.

Es hace unos años cuando tuve la oportunidad de leer El Cautivo, y valga la redundancia, cautivo quedé yo de su arte de la escritura. Fue en mi colegio de Miajadas, donde alguna vez tuve la oportunidad de escucharle. Su serenidad y su sabiduría me sorprendieron a mi temprana edad. Y joven era también aquel Luis María Monroy de Villalobos que aún recuerdo nítidamente en mi pequeña memoria. Ese interesante retrato de época, en la que nuestro paisano extremeño para hacerse militar, siempre siguiendo los pasos de su padre, se pone a la servidumbre de un gran señor y lo que la vida le depara, narrado con esa capacidad suya, me ayudó a reafirmar algunas cosas que a esa temprana edad están aún en nebulosa. El proceso de aprendizaje del joven Luís María me hizo reflexionar mucho sobre el mío propio. La Sublime Puerta, segunda parte de este libro, también cayó en mis manos, o mejor dicho, en mis ojos, hace ya algún tiempo, así como lo han ido haciendo cada una de sus obras.

Y es que no puedo evitar sobrecogerme con la lectura de algunos pasajes, esos en los que describe la tierra extremeña, sus gentes, sus hazañas de entonces, aquellos hidalgos... Recuerdo especialmente como Luis María llega a Guadalupe y se deshace de las cadenas como en aquel tiempo hacían quienes acudían a la Virgen morenita, patrona de las Españas. Así que mientras escribo esto acudo al libro y copio dicho fragmento en esta carta, fragmento que tengo subrayado:

En la penumbra del templo, a pesar de las muchas velas y lámparas encendidas, parecía que Nuestra Señora brotaba de la nada, entre los humos, los resplandores de oro, la platería, las cintas, guirnaldas, flores, telas y bordados. Estaba la Virgen rodeada de exvotos de cera: cabezas, pies, mortajas y cabellos cortados. Pero, de entre todo ello, me sobrecogía la visión de una infinidad de grilletes, cadenas y anillos traídos por los cautivos liberados del suplicio de sus prisiones tras reclamar el auxilio de la Virgen de Guadalupe.

Ese amor a la Virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura, que tan bien sabe usted transmitir, como los paisajes en los que se enclava el monasterio, me traen magníficos recuerdos, producen en mí emociones difícilmente descriptibles:

Pero, sentado en un peñasco, me distrajo enseguida la soberbia visión del inmenso santuario que se alzaba al pie de las montañas. Con la última luz de la tarde los muros parecían dorados, resplandeciendo por encima de ellos las claras yeserías de pulcros estucos, los esmaltes verdeazulados de los chapiteles y los detalles policromos de las chimeneas. Alcanzaba a oír el tañido alegre de la campana, persistente, neto, que llamaba a la oración de vísperas dejando que su eco se ahogara en el valle.

Y es que admiro de su obra esas descripciones tan bien hechas, tan reales, que me hacen sumergirme, como si de una película se tratara, en la propia obra; y no se puede obviar tampoco esa carga moral y espiritual de la que dota a todos sus libros. Pensando en esto me viene a la cabeza Félix de Lusitania, que asustado por esa nueva religión no aceptada en el momento, quedó preso de la misma, admirado de aquellos cristianos que, como se dice en la Carta a Diogneto, “están en el mundo como el alma en el cuerpo”.

No es mi intención importunarle ni que gaste su tiempo, ni tampoco hacerle un resumen de su propia obra, que nadie conoce mejor que usted, sino compartir las frases, los momentos, las ciudades, los pueblos, los campos que tan maravillosamente es capaz de reflejar sobre el papel...

Únicamente le puedo animar y alentar a que continúe escribiendo, a que lo siga haciendo, además, con el rigor histórico con el que lo hace, captando nuestros ojos, nuestro entendimiento y nuestra alma, que es lo más importante.

Al final de esta carta, en el primer borrador que preparé de la misma, le preguntaba cuándo saldría su próximo libro, pero hoy mismo me he enterado que Alcazaba acaba de publicarse, por lo que ya le tengo de nuevo entre mis próximas lecturas. Además, le hacía otra pregunta, que mantengo en esta versión final, y es que quería saber si ha pensando en escribir sobre la Extremadura de la Ilustración o del Siglo XIX en sus próximas obras.

Sin más, con el final del libro Félix de Lusitania, me despido. 

Ahora vuelvo a alegrarme al contemplar esta naturaleza que me parece sagrada, en la hermosura de sus paisajes, en su aire limpio y en la profundidad azul de su cielo; que me habla de Él. Porque abro los ojos, los ojos de la fe, que me hacen ver más allá, con una sabiduría más alta y un entender más sereno. Y comprendo que sólo hay una tierra y una ciudad, adónde todos queremos regresar. Él vive en ella, en el silencio de sus santuarios y en el bullicio de sus plazas. Este pensamiento alegra mi vida y me reconcilia con la existencia, con sus males y sus bienes, durante mi permanencia en este mundo.

Reciba un abrazo afectuoso.

Juan Jesús Gutierro Carrasco.