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Historias de lectores

LAS MUJERES Y LA NOVELA: UN DISCURSO FICTICIO DE UNA LECTORA DECIMONÓNICA

LAS MUJERES Y LA NOVELA: UN DISCURSO FICTICIO DE UNA LECTORA DECIMONÓNICA

¡Buenas a todos/as, chicos/as!

Os quiero dejar una especie de "discurso" ficticio que he escrito y que bien podría ser obra de una de esas nuevas lectoras decimonónicas de las que hablamos la semana pasada en las clases de "Historia de la lectura". Como vimos, fue en el siglo XIX cuando la mujer comienza a transformar sus gustos lectores al tiempo que va cambiando de mentalidad, de intereses, de expectativas, etc., gracias al despertar de la conciencia de género y a su inserción en el mundo laboral.

He escrito este "discurso" releyendo "Una habitación propia" de Virginia Woolf (¿os acordáis de que la profesora dio mucha importancia a las habitaciones propias en relación a esa conquista de la lectura femenina que empieza a hacerse realidad en este siglo?).

Me gustaría, pues, que os imaginaseis a una de esas mujeres, como la retratada en este lienzo de la artista australiana Florence Ada Fuller, “Mujer leyendo” (1900), que se dirige a otras mujeres que, como ella, están inmersas en ese proceso de luchar por la "peligrosa relación" entre la mujer y la lectura, y por ello deciden rebelarse. Las frases en cursiva son de Virginia Woolf. 

¡Disfrutadlo!

LAS MUJERES Y LA NOVELA

Las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas; o quizá estos tres sentidos inexplicablemente unidos (Virginia Woolf).

Las mujeres y la novela seguiremos siendo problemas sin resolver. Este collar que nos habéis atado al cuello, nos hace bajar la cabeza. La vida se nos apaga sutilmente sobre las manos que sujetan un libro.

A nosotras, las mujeres pasionarias de rubor carmesí en las mejillas, de espléndidas lágrimas que las recorren al crecer entre las verjas. A nosotras, las que tenemos corazones pájaro-cantores, cáscaras de arcoíris que chapotean sobre nuestros labios subterráneos. A nosotras, ¡sí, nosotras! Nuestros maridos nos están quitando a Tólstoi y a Flaubert, nos desaconsejan leer cualquier cosa que no sea La cuisinière bourgeoise ¡Y estamos hartas de leer consejos sobre la cocina y el hogar o los buenos modales! ¡Tenemos que dejar actuar a la revolución, que para nada es catástrofe! No deberíamos estar llenas de hilos ni de cuerdas como si perteneciésemos al corazón de un avaro. Aquí estamos, pensando en todas las mujeres, y un millar de estrellas relampaguean por los desiertos azules del cielo... Releo cualquier novela por entregas y se me salta desde un precipicio el corazón excitado, ¡qué pasión! Yo estoy harta, no quiero que me prohíban leer en voz baja cualquier amorío en mi propia habitación con la luz y los cantos de los pájaros por la ventana… Pero os estoy viendo las caras, y lo comprendo… Seguimos con miedo al veneno. Sigue resultándonos difícil abrazar a aquellos instintos e ilusiones más primarios que son desagradables para otros que lo único que quieren es que no nos apartamos del camino correcto.

Pero, mujeres, que estáis aquí presentes, ¿acaso no seguimos teniendo nuestras manos, nuestras mentes? Abrid las palmas, poco a poco y hacia arriba. ¿Veis vuestras manos? Las vuestras. Vuestros dedos, vuestras plumas, y vuestra libertad escondida entre las uñas. Ahora, enganchemos mano con mano, punta con punta, y ¡rasguemos esta tela de araña por el medio! ¡Ardamos como faros en esta sociedad machista, burguesa y patriarcal!

¡Somos heroicas, mezquinas, espléndidas y sórdidas, infinitamente hermosas y perfectamente libres! ¡Somos tan grandes como los hombres, de esquina a avenida, de un par de páginas de revista de moda a libro sobre carpintería o anatomía! Somos recipientes derramados para dejar fluir todas las fuerzas que nos acompañan en esta noche de reunión.

Vale, ahora calmaos. No os agobiéis por no estar viviendo la vida que queréis. Yo hablo de defender nuestra igualdad al hombre, a todos los hombres. ¡Hablo de poder tener una habitación propia! ¿No lo entendéis? Yo lo sé. Somos raras, desequilibradas, pero sobre todo, somos reales. Sí, reales. Imperfectas. A veces escondemos un guiño, una sonrisa o quizás una lágrima, pero desde nuestro corazón y siempre hacia el vuestro -mujeres y hombres luchadores- no podemos escondernos. Mujeres que estáis aquí presentes, os miro directamente y os digo: Quien quiera censurarnos, que lo intente. Que nosotras, poco endebles, hemos consumido todos los obstáculos volviéndonos incandescentes, que no caeremos por injusticias ni tampoco deberán esperar que carezcamos de intereses. Nuestra esperanza de éxito nunca, jamás, debería volver a no-superar los temores, ¡pues el fuego arde de calor en nuestro interior!

No somos culpables, amigas, compañeras. Somos mujeres. Somos mujeres. ¡Ahora bien, levantaos! ¡Vamos a correr como si tuviésemos alas en los talones y pudiésemos volar después! Vamos a hacerlo, amigas, compañeras, mujeres; sí, porque, aunque nos las quieran cortar, las tenemos.

Sofía Morante Thomas

VIAJAR EN UN "BARCO DE VAPOR"

VIAJAR EN UN "BARCO DE VAPOR"

Realmente nunca sé cómo empezar a escribir y creo que compartir ese pensamiento con quienes me leéis es lo más indicado para empezar este post que es, como podéis ver por el título, una invitación a viajar juntos. No será un viaje en avión, ni en coche, ni siquiera en tren… Vamos a viaja en un barco... En un "Barco de Vapor".

Estoy seguro de que este viaje será nostálgico para muchos de vosotros, como lo es para mí. En las líneas que siguen intentaré que en vuestros recuerdos aparezcan esos pequeños libros que tantísimas horas se han llevado de nuestra vida, ya sea de forma voluntaria o incluso medio forzada (más adelante explicaré esto), aunque es obvio que a tiernas edades hay que dar una especie de “empujoncito” al niño para que entre en el maravilloso mundo de las letras. Esas letras que forman palabras, y esas palabras que forman imágenes en nuestras mentes y nos hacen vivir mil y una historias, recorrer mundos reales o ficticios, conocer y comprender a personas y personajes, distintos o parecidos a nosotros, de cualquier parte del mundo. De todo esto y de muchísimo más tiene la gran culpa esa colección de libros que seguro todos, antes o después, hemos tenido en nuestras manos: la colección de literatura infantil y juvenil "El Barco de Vapor" de la editorial SM.

En mi caso fue en los años noventa, cuando tenía aproximadamente unos siete u ocho años, cuando por vez primera uno de esos libros cayó en mis manos. Estaba cursando el primer ciclo de EGB (Educación General Básica) y la profesora alzó la voz para proponernos una actividad que iba a ser semanal: cada alumno tenía que comprar 4 libros, cada uno de diferente color (blanco, azul, naranja y rojo), y los libros que comprase, además, no podían ser los mismos que los que comprasen los demás compañeros. El porqué de estas instrucciones lo descubriría más tarde. Gracias una lista elaborada por la profesora, y previo sorteo de los títulos consignados en ella, cada uno supimos cuáles iban a ser nuestros 4 compañeros de viaje.

En fin, la actividad era la siguiente: tenías una semana para leer el libro blanco. Una vez pasaba la semana, el viernes, rellenábamos una ficha en la que, si la memoria no me falla, debíamos anotar el título del libro, el nombre del personaje principal, contar qué era lo que sucedía y, por último, darle una puntuación del 1 al 10. Una vez hecho esto, teníamos que cambiar nuestro libro por el de otro compañero, y así sucesivamente, hasta leer todos los libros blancos de la clase.

En ese momento no era consciente, pero ahora, como futuro maestro de primaria y humanista, me doy cuenta de lo que la profesora consiguió gracias a esta actividad: convertirnos en lectores. Empezamos a leer un libro cada semana, pero al poco tiempo ya fueron dos, tres… ¡Creo recordar que llegamos hasta 5 libros semanales! Tenemos que tener en cuenta que la colección blanca estaba destinada a niños que se iniciaban en la lectura: en cada página no había más de cinco ó diez líneas y eran libros profusamente ilustrados con numerosas imágenes muy coloridas y explicativas.

Uno de los aciertos de la colección de "El Barco de Vapor" fue, creo yo, la codificación de sus libros por colores en función de la edad de los lectores. El primer nivel, como acabo de señalar, era el blanco, para niños de entre seis y ocho años de edad, como El domador de monstruos de la gran Ana María Machado. Sin duda, este es uno de mis libros favoritos. Prácticamente llegué a aprendérmelo de memoria, era maravilloso leerlo… Siguiendo con el recorrido de la gama cromática de estos libros, nos detenemos en el color azul. Los libros azules tenían un texto más extenso y un vocabulario mucho más variado y complejo. Recuerdo tener que preguntar alguna palabra a mis padres y apuntarla después en la ficha por no saber aún su significado. Esto me gustaba mucho: me hacía sentir que había aprendido algo nuevo que la mayoría de mis compañeros seguramente desconocían. Ya me entendéis, la competitividad de los niños… Las historias de los libros azules están protagonizadas por personajes muy canónicos, cuya peculiaridad es que viven muchas y diferentes aventuras. De esta serie azul recuerdo especialmente el libro La fábrica de nubes de Jordi Sierra i Fabra.

El tercer nivel de lectura correspondía a los libros de color naranja. Cuando llegabas al color naranja era increíble, ¡porque leías libros de mayores! Te enfrentabas, de este modo, a historias que se volvían cada vez más completas y complicadas en las que aparecían multitud de personajes, escenarios... No puedo dejar de mencionar aquí Fantasmas de día, de Lucía Baquedano. Y finalmente llegamos a la serie roja, compuesta por libros para niños de 10 a 12 años. Es lo que podríamos ya denominar como novelas hechas y derechas, historias que reflejaban la sociedad en la que vivíamos por aquel entonces. En este caso, resulta curioso, no recuerdo ningún título de manera especial. A esas edades ya empiezas a leer más y quizás por ello no retengamos en nuestra memoria de la misma manera títulos, nombres de autores, de personajes...

Me consta que la misma profesora sigue introduciendo a la lectura de este modo a sus alumnos de primaria año tras año con los libros de "El Barco de Vapor". Guardo de ella un recuerdo especial y nunca la olvidaré, aunque seguramente ella ya no se acuerde de mí después de haber dado clases a tantos niños tantos años. Inevitablemente los niños crecen y cambian; sin embargo, ella sigue igual, con la misma sonrisa de hace dos décadas, esa sonrisa con la que nos decía: "Chicos, hoy es el día de la lectura, hoy es el día de las fichas". Metafóricamente, estas fichas simbolizaban para nosotros el billete para emprender la siguiente aventura.

Cada vez que vea un libro de "Barco de Vapor", te recordaré. Y ese recuerdo me llevará a difundir estos libros y tu labor generación tras generación. Espero saber transmitir tu pasión por las letras, tu pasión por las historias, tu capacidad de imaginar con nosotros, de crear aventuras, de inventar finales.

Simplemente y para terminar quiero desde aquí hacerle llegar mi gratitud eterna a esa MAESTRA con mayúsculas. Gracias “seño”. Gracias por hacerme entender que la primera palabra que leemos en una hoja es el primer paso para emprender un nuevo viaje. Por poner la primera piedra de las letras en mí y hacerlo de tal forma que, aun habiendo tomado un pequeño rodeo por las ciencias, hoy estoy aquí, preparándome para ser futuro maestro de primaria y humanista. Si es así, es por ti.

Y cómo no, no podría acabar este post sin dar las gracias a "Barco de Vapor" y a la editorial SM por todas estas aventuras que nos han regalado y nos siguen regalando, por apostar por y confiar en los niños como lectores, por brindarles la oportunidad de leer a grandes escritores nacionales y extranjeros, por hacerles entrar en este maravilloso mundo de la lectura.

Yo voy a continuar con este legado, con esta responsabilidad, con este compromiso. Voy a seguir viajando por las páginas de los libros y a invitar a viajar a otros... ¿Cuál será la siguiente parada?

José Corchero García

¿DESTRUIDA, DESAPARECIDA, SALVADA? LA LEYENDA DE LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

¿DESTRUIDA, DESAPARECIDA, SALVADA? LA LEYENDA DE LA BIBLIOTECA DE ALEJANDRÍA

En un pequeño barrio del norte de África, más concretamente en Zamalek, en la poblada ciudad de El Cairo, Egipto, se narran mil historias, cuentos y leyendas que, acompañadas de los olores exóticos tan característicos del mundo árabe, como el jazmín, el incienso y numerosas variedades de especias, hacen disfrutar a niños y mayores. Si algo hace especiales y distintas estas naraciones es, sin duda, la potente voz interminable de “El astro de Oriente”, de "La señora del canto árabe”, de la grandiosa diva Oum Kalthoum.

Recuerdo perfectamente que estábamos en el sagrado mes de Ramadán, en la noche del 27 de agosto, rodeados de un ambiente caluroso y húmedo tan agobiante que apenas dejaba respirar, y que provocaba un cansancio continuo que solo apetecía acostarse en la cama. Sin más. Pero esa noche era especial, era la “Noche del Decreto” o “Leilat al Qadr”, una noche en la que el sagrado libro islámico del Qoran fue revelado al profeta Muhammad por el arcángel Gabriel o Yibril. Esta noche, más que nunca, es nuestra oportunidad para arrepentirnos de los pecados o “harams” cometidos a lo largo del año. Pedimos paz, aprobados, suerte, éxitos, alejarnos del mal… Mientras mi padre me convencía para ir a la mezquita a rezar durante toda la noche con él, como es costumbre, me fijé en una estantería situada en el salón, repleta de libros, libros que probablemente nadie haya leído. Entre ellos encontré uno muy curioso, en árabe, que hablaba del Egipto antiguo. Decidí cogerlo, pero mi padre no hacía más que meterme prisa para que subiéramos al coche y poder llegar, así, puntuales al rezo nocturno en la Mezquita voladora (donde se cuenta que el día del Juicio Final todo aquel que se encuentre en ella ascenderá al Paraíso o "Firdaws").

Mientras íbamos de camino, le pregunté al taxista, conocido de la familia, sobre cuál era su pensamiento respecto al Egipto faraónico, qué era lo que él creía acerca de las pirámides, los faraones o la mismísima Biblioteca de Alejandría… Me miró un tanto entusiasmado y a la vez sorprendido, pero rápidamente me contestó: “Todo es por culpa de los extraterrestres y los genios malignos", me dijo. En el Islam son conocidos como jinns y son entes demoníacos, invisibles, que te vigilan en todo momento para dar constancia de tus actos el día en que fallezcas y debas rendir cuentas ante Dios. No supe qué hacer en ese momento porque, aunque ahora sea una de las cosas más comunes entre los adolescentes, no creo en los aliens o extraterrestres; sin embargo, su respuesta, la de un hombre cincuentón, me resultó tan curiosa que quise indagar más, por lo que le dije que, por favor, siguiera y desarrollara su respuesta.

Elías, el taxista cincuentón, en resumidas palabras me dijo que mirase las pirámides y que, si yo era capaz de creerme que eso es una obra de la humanidad, de nuestros antepasados, hecha por esclavos hebreos y comandada por egipcios, era un iluso. Me dijo que observase muy atentamente los jeroglíficos y los misteriosos seres que aparecen representados en ellos, que me fijase en sus cuerpos zoomorfos, mitad hombres, mitad animales, sirenas, seres con cabezas de chacal o águilas… ¿Acaso es eso normal para nosotros? ¿Te encuentras eso por la calle? Claramente NO.

Esto me dio mucho que pensar... A la semana siguiente decidí ir a la pequeña biblioteca de un amigo de mi padre a ver sus interminables estantes con libros de historia nacional, geografía y religión (obras acerca de las teorías del trono de Iblis, de la existencia de los ángeles, etc.). En estos libros encontré lo que buscaba, y pude observar lo que Elías me comentó… Seres con cabezas de animales, sirenas, glifos, matanzas de niños hebreos que eran lanzados a los cocodrilos para mantenerlos en sus aguas... Pero lo más curioso para mí fueron los cráneos, la forma de las cabezas; cabezas alargadas como si de verdaderos alienígenas se tratara, con un cráneo casi interminable… Entonces, ahí estaba el amigo de mi padre para contarme las historias interminables tan características de los cafés árabes, acerca de nuestros antepasados, historias entre las que destacó la Biblioteca de Alejandría.

Todos sabemos hoy, “a ciencia cierta”, que la biblioteca pereció en el incendio del 391 ordenado por Teodosio el Grande y llevado a cabo por el cristiano Teófilo de Alejandría; sin embargo, una minoría intelectual egipcia considera que esto no fue así, es decir, que la biblioteca no ardió, sino que fue salvada.Todos, o al menos casi todos, conocemos la historia de la Atlántida... Pues algo parecido ocurrió con nuestra célebre biblioteca, según el hombre que me contó la historia, es decir, se cree que los propios habitantes de Alejandría sumergieron la biblioteca en las aguas para evitar que algo tan bello cayese en manos de los cristianos y lo destruyeran, como hicieron con toda la cultura pagana.

Al parecer, antes de sumergir la biblioteca, se tomaron y repartieron las obras más importantes que se encontraban dentro de ella… Unas se vendieron a comerciantes árabes que se dedicaban a ir de ruta en ruta, otras sirvieron como trueque, se exportaron a Roma, a Grecia... Lo más curioso fue lo que vino después... Un sector muy reducido de la sociedad egipcia, y que yo considero surrealista, prefiere creer que los propios extraterrestres que se encontraban en Egipto en aquel entones huyeron con ella a un lugar desconocido donde no se pudiera destruir. La verdad es que me cuesta creer esta última versión, aunque hay películas de ciencia ficción en las que se ve cómo las pirámides son meros OVNI que algún día despegarán...

Desgraciadamente, y por mucho que me duela, la biblioteca ardió, y ahí están las pruebas, no hay más que ir al norte de Egipto, a la ciudad que le da nombre, para comprobar que todas estas historias no son más que cuentos y leyendas que sirven para provocar misterio y duda, pero que se quedan en eso, en meras fantasías. Sin embargo, que estas historias existan creo que ayuda a que sigamos haciéndonos preguntas. Os planteo algunas de las que me he hecho yo: ¿Qué creéis que hubiera sido del mundo si esta biblioteca hubiera permanecido intacta hasta nuestros días? ¿Acaso hubiera cambiado algo? ¿Tendríamos obras de referencia que ahora ni siquiera sabemos de su existencia? ¿Nos veríamos obligados a cambiar nuestra visión sobre la Filosofía, las Matemáticas o la Geometría?

Rida Ezzahif Chahinaoui

LAS MUJERES QUE INVESTIGAN LA LECTURA SON PELIGROSAS

LAS MUJERES QUE INVESTIGAN LA LECTURA SON PELIGROSAS

Piii…. Pii… Pii… Pii...

¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado? Son las preguntas que rondan mi mente... No me acuerdo de lo sucedido aquella noche... Únicamente recuerdo la sensación de dolor permanente en mis ojos y un sonido muy tenue, parecido al que hacen las sábanas al sacudirlas. Un vaivén de imágenes inunda de repente mi cabeza y no me deja pensar con claridad. Solo tengo que abrir los ojos para hallar una respuesta a mis preguntas, pero tengo miedo... Y si... Mis pensamientos se detienen ahí, mi cuerpo se estremece, noto cómo una suave brisa acaricia mi blanca piel, cómo la luz atraviesa mis párpados. Oigo unos pasos y unas voces muy apagadas y roncas, pero no llego a entender lo que dicen. En ese momento, mi curiosidad gana a mi miedo. Abro lentamente los ojos y observo a mi alrededor... Puedo ver una ventana por la que acaba de salir el sol. Está abierta de par en par. Me encuentro en una cama, en una habitación rectangular; a mi derecha hay una carpeta sobre una mesa, en la carpeta hay un sobre con un papel encima. Ese papel me resulta peligrosamente familiar... No pueden haberlo encontrado. Me inclino para leerlo y confirmar mis sospechas. Justo en ese momento entran dos personas a la habitación.

Rápidamente cierro los ojos y me quedo muy quieta esperando poder encontrar respuesta al porqué de mi estancia aquí. El corazón me late muy rápidamente, espero que no se den cuenta de que me he despertado...

- Alexander, ¿crees que se habrá despertado?

- Debería, lleva inconsciente ya tres días...

Al oír esas voces me siento tranquila y reconfortada, como si esas personas me estuvieran protegiendo de alguien o algo superior. Pero también noto alivio debido a que empiezo a recordar, aunque eso me puede perjudicar…

Me llamo Myra Printon, tengo 19 años y vivo en una acogedora casita con una valla verde y un buzón azul en la calle Weston, en Londres. Aquella noche estaba muy emocionada, ya que ese día era esencial para mi vida, iba a presentar mi gran descubrimiento ante un gran número de intelectuales. Todo gracias a un trabajo de investigación en la Universidad y a mi gran suerte. Llevaba meses preparándome para ese gran día. Antes de acudir al evento pasé por casa de mi mejor amiga para despejarme un poco y ensayar la exposición. Recuerdo que ella estaba muy inquieta, no paraba de dar vueltas por la habitación, murmurando cosas en un idioma desconocido para mí. Estuvo así más de media hora, hasta que de repente cesó. Yo no sabía qué pasaba, pero no me gustaba. Ver a Sophie de aquella manera no era normal, pero inquietantemente en los días anteriores ya se había hecho habitual. Hasta ese momento su estado no me dio tanto miedo. Me gritó que me fuera, que algo malo iba a pasar muy pronto, que me pusiera a cubierto porque me perseguían. Me asustó... Decía que había descubierto su secreto y que no lo podían permitir. Yo no entendí nada, pero aún así la hice caso y me fui al auditorio.

Durante el camino fui dándole vueltas al tema, ¿qué he descubierto que pueda molestar a alguien tanto? Me pasó por la cabeza que podría ser por la investigación que había realizado... ¿Hasta qué punto los soportes de lectura que utilizamos actualmente son novedosos? Mi investigación había consistido en observar si a lo largo de la historia se han utilizado soportes que cayeron en el olvido, pero que nosotros los hemos vuelto luego a reutilizar, soportes que surgieron de experimentos clandestinos. Por ello no encontramos información clara y directa sobre ellos, sino que se debe cambiar el punto de vista y buscar errores en la propia Historia de la lectura. Pero de todos modos, no pensada que nadie fuera a interesarse tanto por mi investigación y muchos menos perseguirme por lo resultados obtenidos.

Lo que pasó después fue muy confuso. Me encontré en una calle por la que nunca había pasado. Notaba cómo mis músculos se contraían y cómo mis ojos miraban hacia todos los lados sin ver nada, pero aún así me sentía observada. Algo o alguien me miraba. En ese mismo instante una sombra negra se arrojó hacia mí. Yo me encontré gritando y girando sobre mí misma, y en el momento en el que estaba dando gracias a Dios por la vida que había tenido, una figura perfecta, que hacía daño a la vista, salió a mi rescate. Este héroe era irreal, tan perfecto como un ángel, tanto que incluso llegué a pensar que lo era. Mientras yo estaba en el suelo mojado la noche caía y el tiempo pasaba, aunque yo no me daba cuenta. No podía retirar la mirada de esos dos seres asombrosos. Pude apreciar que no tenían miedo, como si esa batalla la hubieran librado más veces... Y lo que más me llamo la atención fue que en la mirada de mi salvador no había furia, solamente paz y dolor, y esto me dejo desconcertada...

De repente volví en mí, intenté moverme, irme de allí, pero recibí un golpe en la cabeza y justo en ese momento el ser luminoso debió vencer porque me cogió en brazos... Intenté descifrar quién podía ser, pero solo llegue a ver su hermoso rostro, tenía unos ojos muy bonitos... Antes de perder la consciencia conseguí oír cómo mascullaba mi salvador, decía algo de que hay temas por los cuales es mejor no interesarse… Algo de Grecia… De personas adelantadas a su tiempo… De visionarios… Y entonces me desmayé. Caí en la cuenta de la causa del pitido y del dolor de cabeza que siento, algo me golpeó...

Al recordar me sobresalto y las dos figuras de la habitación siguen conmigo. En ese momento abro lentamente los ojos, como alguien que no quiere despertar de un bonito sueño y entonces me topo con dos pares de ojos que me miran con interés, como si intentaran descubrir lo que pienso, abrir mi mente. Lo primero que me preguntan es cómo he conseguido la información, mientras que señalan a la carpeta y al papel que tanto me sonaba. Definitivamente es mío. Qué poco tacto por su parte, me han dado un golpe en la cabeza, estoy en un sitio desconocido para mí y me preguntan por mi investigación. Cuando se lo cuente a la Decana para excusar mi asistencia a la exposición… Insisten de nuevo:

- ¿Cómo has conseguido encontrar el material necesario para fundamentar tu teoría? ¿Eres consciente de lo que has descubierto? ¿Lo has hecho público? ¡Respóndenos de una vez!

Creo entonces que lo más adecuado es contestar con monosílabos. Esta gente es muy extraña. ¿Por qué visten como si fueran romanos? Me acabo de dar cuenta que llevan una vestimenta propia del mundo antiguo, esto tiene que ser una cámara oculta. Carraspeo y les contesto:

- Investigando en libros y otras fuentes. Creo que sí soy consciente. Y no, lo iba a hacer público la noche que…

Pero me interrumpe un hombre joven, creo que es el que me salvó la otra noche:

- Menos mal, se te nota por tu cara de desconcierto que en verdad no tienes ni idea de lo que has descubierto. Voy a explicártelo rápidamente y de forma muy breve: has encontrado un problema en la Historia, nunca se ha hecho algo novedoso debido a que los griegos y romanos se encontraban mucho más evolucionados que nosotros. Durante años se ha estado ocultando, incluso se cambiaron los libros de historia para que no se produjera ninguna revuelta y mantener el equilibrio. Nadie en su sano juicio hoy en día creería que nosotros, griegos y romanos, ya conocíamos hace miles de años la existencia de muchos avances que estáis realizando hoy en día. 

No sé ni qué contestar, este hombre está loco. Se cree griego, dice que son anteriores en cuanto a tecnología… Tengo que reconocer que yo he encontrado manifestaciones de nuestra tecnología en la Edad Antigua… pero en ningún momento he pensado que funcionaran como hoy en día, yo pensaba que era solo en diseño, la funcionalidad… No también en su funcionamiento. Yo creo que me están tomando por tonta y quieren algo de mí, dinero por ejemplo. Cada vez me duele más la cabeza, mis ojos no quieren seguir abiertos. Reparo en que tengo colocada una vía, están intentando dormirme. La mujer comienza a hablar:

-Bueno, vamos a hacer como que todo esto ha sido un sueño y mañana te despertarás en tu casa como si no hubiera pasado nada. No vas a recordar esta conversación ni tampoco tu investigación. Nosotros nos encargamos de presentar otro trabajo en su lugar y de que te pongan el 10, pero tú pensarás que ese ha sido tu trabajo. Si vuelves a mostrar el más mínimo interés por este tema actuaremos. Piensa que es por tu bien, no podemos permitir que nadie conozca este secreto, mucha gente lo ansía.

Quiero replicar, pero no me da tiempo, un segundo después ya estoy totalmente dormida...

- ¡Buenos días por la mañana! ¡Ya son las ocho de la mañana!

Ya está el despertador sonando… Parece que hace buen día. Estoy muy orgullosa por el día de ayer, me han dado un reconocimiento por mi trabajo de investigación sobre las causas del fracaso escolar, quién me lo iba a decir. Sabía que era un tema muy recurrente y muy conocido, pero parece que he hecho algo novedoso que les ha gustado. Me siento con ánimos de empezar un nuevo día....

Alicia María Calderón González.

ANIMAR A LEER

ANIMAR A LEER

Con motivo del Día del Libro me parece más que oportuno reflexionar sobre el fomento de la lectura en la actualidad. En numerosas ocasiones oímos a padres, madres y profesores/as decir que los niños/as no tienen interés por leer y, a su vez, escuchamos a niños/as, adolescentes y jóvenes cómo confirman dicha falta de interés porque nadie les ofrece lo que necesitan. Pero, ¿por qué es así? ¿Y si en vez de quejarnos todos tanto comenzáramos a hacer algo? Reflexionar, por ejemplo. Saber cómo ha sido nuestro primer contacto con la lectura, cómo hemos aprendido a leer, cómo se ha despertado en nosotros el gusto por los libros, cómo ese gusto puede perderse si no se fomenta a través de iniciativas adecuadas...

El primer contacto que tenemos con la lectura es anterior a lo que podríamos pensar, pues se produce por parte de otros que nos leen, generalmente en el entorno familiar, a muy temprana edad, o en algunos casos más tardíamente con la incorporación a la escuela, en los primeros años de la Educación Infantil. Este es el momento de generar en el niño/a el gusto por los libros y por la lectura. Cuando yo era pequeña, mis padres me leían siempre cuentos. En la escuela Hontanar, todos los niños/as esperábamos con gran ilusión al “hada de los cuentos” que cada miércoles por la tarde venía a clase y nos escondía uno... Al encontrarlo, nos lo contaba...  Dedicar en la escuela un día a leer ayudaría a generar expectación, entusiasmo, deseo, ganas de libros en los niños/as... Cualquiero cuento bien contado es capaz de llamar la atención de los más pequeños. Sólo hace falta encontrar el momento...

En los últimos años de Educación Infantil y en 1º de Primaria se despierta ya la lectura personal: la descodificación de signos, del significado de las palabras y sus relaciones, todo ello con la práctica continuada de la lectura, que permite adquirir una velocidad de lectura media. Si no se dominan estas destrezas, la tarea resultará una actividad dura y aburrida. Soy consciente de que muchas veces el profesor/a se ve solo a la hora de enseñar a leer y que no se puede centrar en cada alumno/a de forma individualizada, pero ahí es donde entra en juego la familia o, en su defecto, con voluntarios (como se hace, por ejemplo, en algunas asociaciones como Pueblos Unidos).  Si un rato al día el niño/a puede leer con alguien, eso supondrá ya un gran avance en su formación y experiencia lectora. No hace falta que lea todo el libro, pues puede resultarle cansado. La persona que le acompañe puede leer algunos fragmentos para ayudarle e incluso desarrollar juegos en torno a la lectura, como el de “Tu boca se equivoca”, que consiste en cometer pequeños errores al leer para que el niño/a oyente se dé cuenta y los corrija, logrando de este modo que mantenga una atención constante.

A la vez que el niño/a aprende la lectura de manera mecánica, es necesario cultivar la lectura comprensiva. Para ello es importante, según han confirmado estudios recientes, pasar del concepto de lectura como un proceso de naturaleza predominantemente pasiva al de la lectura como un proceso de búsqueda de significado en el que los lectores sean eficaces, activos. Es por ello necesario trabajar la prelectura, que consiste en efectuar una preparación preliminar activando conocimientos previos, determinando las expectativas del niño/a sobre el contenido del texto, generando interrogantes y conjeturando respuestas a los mismos. Todo esto ayudará a mejorar la comprensión de los pequeños lectores/as.

Ahora bien, es necesario comprobar lo que el niño/a ha entendido y animarle a ser crítico con su aprendizaje. Las actividades que habitualmente se desarrollan en el aula para adquirir esta destreza solo conducen a respuestas que se pueden obtener extrayendo información del texto sin que realmente haya habido una comprensión real. Propongo, por tanto, que se hagan otro tipo de actividades enmarcadas en un aprendizaje de carácter cooperativo. Por ejemplo, divididos en grupos, los niños/as pueden leer distintos fragmentos y contárselos a los demás, o bien pueden escribir ellos el fragmento -desarrollando así su escritura creativa- y a continuación intercambiarlo con sus compañeros/as para que éstos participen en el proceso modificando algunas frases. Finalmente tendrán que explicar, en voz alta, en qué sentido ha cambiado la historia tras introducir en el texto original las modificaciones realizadas en común.

Cuando el niño/a ya sepa leer sin dificultades, a lo largo de Primaria, es importante seguir fomentando en él/ella el placer de la lectura. Ésta no ha de verse como algo impositivo, sino como algo lúdico. Es bueno contar con diversos recursos en el aula para lograr este fin. Por ejemplo, en mi colegio, el Arquitecto Gaudí, había un proyecto llamado “El club de lectura”, al que considero, en buena medida, responsable de que a mí me fascine leer. En una habitación decorada y acondicionada con suelo almohadillado y cojines, y con las paredes repletas de estanterías con todo tipo de libros, los alumnos/as podíamos acceder a todo tipo de libros en nuestro tiempo libre y en algunas horas pautadas por el centro para el desarrollo de la lectura fuera del aula. Algunos viernes podíamos quedarnos a pasar la noche en la habitación leyendo y comentando libros con otros compañeros/as.  Recuerdo que esta pequeña biblioteca no tenía solo libros, sino también cómics, que atraían a los más recelosos (los que no querían libros sin dibujos). Al compartir nuestras lecturas unos con otros con tanto entusiasmo al final acabábamos leyendo lo que había leído el de al lado...  

Por último, me voy a centrar en los adolescentes, etapa en la que disminuye el ritmo y el hábito lector. Creo que las razones pueden ser varias, en concreto dos: que al aumentar los contenidos curriculares se reduce su tiempo de lectura en los centros educativos; y que los adolescentes rechazan todo lo que sea una imposición y, a menudo, lo que se les obliga a leer les resulta totalmente ajeno a su mundo. Parece mentira que no hayamos interiorizado todavía la idea de que en la adolescencia se presta mucha más atención al grupo de iguales... Esto es algo que debemos saber aprovechar. Una forma de hacerlo es aplicar la iniciativa del Bookcrossing en el propio Instituto. La idea sería que los alumnos/as tuvieran un lugar donde compartir los libros que más les han gustado dejando, por ejemplo, un post-it pegado encima con una breve explicación de por qué lo recomiendan; de este modo, durante todo el curso sus compañeros/as podrían disfrutar de él. Además, cada lector/a podría ir añadiendo más información con sus propios comentarios. Otra iniciativa podría ser el contacto con autores/as participando en debates, recitales, redes sociales, etc. 

Para finalizar, quiero realizar una última invitación. Estoy segura de que todos hemos vivido situaciones relacionadas con la lectura que nos han hecho desarrollar un mayor gusto por ella o, a veces, todo lo contrario, que nos han hecho odiarla. Como futuros maestros/as, padres y madres considero que compartir esas experiencias lectoras podría resultar muy útil para saber qué hacer y qué no. Aunque, por supuesto, cada persona es diferente y entrará en el mundo de la lectura a su manera, hay que conseguir siempre que entre, porque si no se va a perder una de las cosas más fascinantes del mundo... LEER.

 

Helena Gonzalo Badia.

EL FESTIVAL DE LA PALABRA

EL FESTIVAL DE LA PALABRA

El Festival de la Palabra es una convocatoria para la creación literaria y la lectura que tiene como actividad principal la entrega del Premio Cervantes en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá. Es un tiempo para la reflexión y el debate en torno a la lengua española y la difusión de la obra del autor/a premiado con este importante y prestigioso galardón.

Este festival comenzó el pasado 31 de marzo y finalizará el próximo 2 de mayo. Podéis ver el programa completo de actividades simplemente pinchando en este link: https://drive.google.com/file/d/0B21V_b5Nb_6Dc2V6MmE1S3MzOUE/view. Echadle un ojo, porque aún estáis a tiempo de ir, y es algo que os recomiendo mucho hacer, ya que es una experiencia bonita. Hay presentaciones de libros, encuentros con autores/as, mesas redondas, obras de teatro, cuentacuentos, talleres, microrrelatos en Twitter, recitales de poesía... ¡y hasta una Feria del Libro!  

El otro día asistí a la presentación del libro de un muy buen amigo mío, Guillermo Martínez, y de otros tres chicos. El libro, titulado Cinco segundos, es una antología de poemas. Cada autor recitó sus poemas, y aunque todos lo hicieron muy bien, la verdad es que mi amigo destacó por encima de los demás. Él ya tiene un poemario publicado, La razón de mi locura, y ha colaborado en revistas (como OMNIA) y periódicos (como 20 Minutos) publicando en sus páginas algunos versos. Os copio el link a su blog, por si alguno/a estáis interesados en leer algo suyo: http://guille8martinez.blogspot.com.es.

Espero que os gusten mucho tanto la breve entrada que he realizado como los poemas de Guillermo. ¡Y no olvidéis asistir a algún acto de este maravilloso Festival de la palabra!.

 

Sara Fernández de la Peña.

ESTIMADO D. TORCUATO

ESTIMADO D. TORCUATO

Estimado Torcuato Luca de Tena:

En la contracubierta de uno de sus libros, concretamente "Los renglones torcidos de Dios", se le define a usted como "periodista y escritor de gran prestigio, que se ha convertido en uno de los autores más importantes de nuestro país, con cientos de miles de ejemplares vendidos de todas sus obras".

Me gustaría que supiese que este libro, "Los renglones torcidos de Dios", fue una de las primeras obras que realmente disfruté leyendo, analizando cada parte y cada personaje. Solo tenía 16 años cuando mi abuelo, que es un lector activo, me recomendó que la leyese sin decirme apenas de qué trataba. Solo me dijo que me iba a gustar, y no se equivocó, puesto que es una obra muy bien estructurada no solo por su carácter adictivo, sino también porque sé que usted entró en numerosos manicomios en los que me supongo conoció los distintos grados de "locura" y, lo mejor de todo, supo quedarse con cada uno de esos matices para escribir una obra ficticia, pero a la vez extremadamente real.

Este libro me abrió la puerta del gusto por la Psicología y la Psiquiatría. Gracias a él pude aprender cómo se comportan los distintos enfermos, porque los lectores, gracias a usted, podemos hacernos una idea de lo que ocurre en la cabeza de una persona enferma, ya que no solo define al enfermo por fuera, físicamente, lo que se ve, sino que también es capaz de contar cómo se comporta e incluso cómo piensa. Una de las preguntas que me vienen a la cabeza es si usted tuvo miedo en algún momento en esos manicomios o si pensó abandonar su investigación. Creo que a mí me hubiera pasado.

En cuanto a la famosa frase de Henrich Heine, me parece que se trata de una cita totalmente perfecta para introducir el libro y un consejo estupendo para la vida de cualquiera. Sin duda, hay que estar un poco loco para poder vivir. La cordura y la locura deben ir de la mano, porque esta vida ya de por sí es una verdadera locura: "La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca".

Para terminar, solo decirle que ojalá algún día pueda llegar a leer una carta como esta que hoy le escribo, pero sobre mí, puesto que creo que el arte de la lectura y el placer de un buen libro no pueden morir jamás, porque leer es vivir y si es un autor es bueno, leer es la locura más maravillosa que una persona puede experimentar.

Un saludo y gracias por proporcionarme horas de lectura sin igual.

Marta Montero.

CARTA A JOSÉ SARAMAGO

CARTA A JOSÉ SARAMAGO

Estimado José Saramago:

He tenido diferentes etapas en mi vida lectora que me han ayudado, todas ellas, a formar mi pensamiento, el modo de concebir la realidad que me rodea y mi propia realidad.

En mi adolescencia descubrí todo un mundo de emociones e ideas que no habían formado parte de mi vida infantil. Conocí a Antonio Machado, a Federico García Lorca, a Miguel Hernández. Todavía mi cuerpo zozobra cuando leo el “Niño yuntero”, me estremezco por un dolor injusto. Empecé a viajar por la Castilla y el Mediterráneo de Machado, era otra España que yo no había tenido la suerte de conocer. Todos ellos me hablaban de lucha y de compromiso. Abrieron mi mente a la crítica, a la posibilidad de que las cosas podían ser diferentes a lo que me habían enseñado (y no por ello peligrosas). Recuerdo todavía la primera vez que leí “La Casa de Bernarda Alba”, pues vi reflejadas a buena parte de las mujeres de mi familia en sus protagonistas, como vi reflejada en la obra mi ciudad, mi pueblo. Unas mujeres que no me gustaban, pero a las que amaba y comprendía, y que me hubiera gustado remover como la literatura me estaba removiendo a mí.

Años después, cuando entré en la Universidad me tropecé sin quererlo con Sartre, Camus, Simone de Beauvoir. Qué fantástica mujer, sus libros me introdujeron en el existencialismo, en el derecho de las mujeres, en el ateísmo. Me alejaba cada vez más del ambiente oscuro y fanático de mi infancia y me introducía en una juventud de protesta, de inconformismo y de reivindicaciones.

Al mismo tiempo Latinoamérica estaba llamando a mi conciencia. García Márquez,  Alejo Carpentier o Julio Cortázar, entre otros, me hacían ir más allá de la realidad.

En los años noventa, ya siendo una mujer profesional y adulta e incluso madre, tropecé con usted y con su Ensayo sobre la ceguera. Un libro donde se entrecruzan la literatura y la sabiduría. La ficción nos muestra de forma descarnada la condición humana. Somos capaces de sobrevivir en los momentos más difíciles, cueste lo que cueste y caiga quien caiga. Plauto escribió Homo homini lupus, línea de pensamiento que encontramos en el siglo XVIII en Thomas Hobbes, y que sigue tan vigente en la actualidad.

No hay un yin sin un yan, y también aparece en esta obra. La figura de la mujer que se hace pasar por ciega para ayudar a su marido y a personas queridas. La generosidad en estado puro, la solidaridad, el esfuerzo y el sacrificio por el otro.

Pero lo que más me hacía abandonar momentáneamente la lectura y quedarme con la mirada en el vacío, era lo vulnerable que podemos llegar a ser frente a la manipulación. Cómo podemos volvernos ciegos e insensibles ante la injusticia, el dolor ajeno, la impunidad, el maltrato. Cómo nuestra sociedad actual puede jugar con nosotros como marionetas para conseguir que consumamos, o que no votemos a un partido, o lo que es peor, que seamos capaces de justificar invasiones o guerras (o ni siquiera verlas).

En este verano de 2013 he vuelto a releerlo y me he dado cuenta de que es un libro atemporal, da igual el momento, la situación política o económica; la vulnerabilidad ante la manipulación está siempre vigente. Por eso me alegro tanto de haber tenido la oportunidad de conocerle y de leerle, porque me ha ayudado, a lo largo de mi vida, a intentar estar alerta y mantener un espíritu crítico. Y lo que es más importante todavía: transmitirles a mis hijos la necesidad que tenemos del conocimiento, de la lectura, del pensamiento, para ser lo más libres posibles y poder desprendernos de lo superficial y banal.

Gracias, Don José Saramago, a usted y a tantos otros autores por cruzarse en mi vida y por cambiarla.

Atentamente,

Soledad García Vaquero.

LECTORA COMPULSIVA

LECTORA COMPULSIVA

- Éste creo que no lo ha leído.

- Éste ya se lo llevé hace unos meses.

- Éste tiene la letra demasiado pequeña y luego se queja de que no lo puede leer bien.

- ¡Uy, éste seguro que le va a gustar porque es una novela histórica! Aunque luego se cree que es verdad lo que cuenta el autor y me tocará, como siempre, entrar en una discusión sobre los personajes.

¿Cómo, que de quién hablo? ¡Ah, no me había dado cuenta de que estaba acompañada y hablaba sola! Perdona, pero me has pillado en plena labor de elegir unos cuantos de mis libros para llevárselos a mi madre, porque me ha llamado por teléfono y me ha dicho que ha terminado la última remesa de hace un par de meses y que necesita más, ya que si no tiene nada para leer, no se queda dormida. Con esto no quiero decir que a ella un libro le sirva para dormirse, porque creo que (según me cuenta) todos los días apaga la luz sobre la una o las dos de la madrugada...

Para que te hagas una idea, te voy a hablar un poco sobre mi madre. Se llama Estrella, nombre que a mí me parece muy bonito, y que a ella no le gusta nada. Siempre alega que no le gusta porque en su tierra, Galicia, es un nombre que se pone a las vacas. No intentes que cambie de idea, porque no lo conseguirás. Nació en La Coruña y le tocó vivir tiempos malos a causa de la guerra, lo que supuso que su paso por la escuela fuera muy escueto, aunque le dio tiempo a aprender a leer, a escribir y saberse las cuatro reglas básicas de Matemáticas.

Desde que supo leer siempre tuvo en sus manos un libro o algo con lo que disfrutar leyendo. Los tiempos de su juventud no fueron nada propicios para el fomento de la lectura al escasear el papel. Además, tampoco se fomentaba la lectura en los hogares. ¡Había cosas más importantes en las que pensar y poder pasar el tiempo! La afición por la lectura le viene de mi abuelo, ya que tenía muchos libros que mi madre aprovechaba para leer. Curiosamente, mi abuela, que trabajaba en la Fábrica de Tabacos de La Coruña, era analfabeta. Nunca aprendió ni a leer ni a escribir, su firma era una cruz, pero fue una persona tan buena y siempre tan feliz que estoy segura que nunca echó de menos el no tener un libro entre sus manos.

Me cuenta mi madre que de joven se le pasaban las horas leyendo. Tal era la cosa que como hija mayor de una familia de ocho personas y estando encargada de los quehaceres de la casa mientras mi abuela iba a trabajar, en lugar de hacer los encargos diarios se entretenía con la lectura, gracias a lo cual, más de cuatro veces terminó castigada a causa de sus vicios.

Y ahí sigue, de devoradora de libros. Cae uno tras otro y por muy malo que sea el que le toque leer, ella siempre llega al final de la historia, nunca lo deja, tal y como yo le aconsejo, e inmediatamente percibo cierta mirada de regañina al oírme decir que lo deje, que no pierda el tiempo que tiene más. Pero no lo hará nunca, porque para ella es sagrado el terminarlo.

Voy a seguir con mi búsqueda, porque me acaba de volver a llamar para recordarme que no me olvide de sus libros.

Pero antes de terminar y, lo más importante de todo esto, es que mi madre acaba de cumplir 89 años y en su mesilla de noche hay siempre libros que conforman su lista de espera personal.

 Elisa Nuez Patiño.

CARTA A DON MIGUEL DE CERVANTES

CARTA A DON MIGUEL DE CERVANTES

Mi querido Don Miguel:

Cuántas veces te he querido escribir, mostrarte mi gratitud por tu inmortal Quijote, invitarte a disfrutar de las calles de nuestra tierra, las mismas que pisaron tus pies y en las que dejaste una huella imborrable. Súbete conmigo a Clavileño y sobrevolemos juntos estas letras que no son más que mi manera de darte las gracias.

Como de gente bien nacida es agradecer los beneficios que recibe, iniciemos el paseo  por tu ciudad natal, mi Alcalá de Henares. Qué recio y qué regio suena su nombre, suena a río, suena a sabios, y a Barroco, y a Renacimiento. Suena a medieval y a judío, a gloria pasada y a empujón de presente, a campo cercano y a industria, a monjas y soldados, a estudiantes y teólogos, a pecados de la carne en las migas de torrezno y en los suspiros de tuno, a almendra garrapiñada, a cardenales y obispos, a toga y sotana, a obrador y laboratorio, a universidad y a santos. Tantas y tantas palabras vienen a mi encuentro que, como tú dirías, la pluma es la lengua de la mente. Y ahora mi alma y mi corazón están pletóricos de alegría por poder ofrecerte este pequeño homenaje.

Empecemos por la vieja Universidad de Cisneros, por ese patio de las Tres Lenguas, donde he visto a la Reina (la de ahora, por supuesto), pisar la capa del tuno que adorna la cinta que una enamorada le bordó, muy cerquita de ese Paraninfo de la gloria donde, cada año, se entregan los premios que llevan tu nombre. Sus paredes, todavía, escuchan las más bellas palabras de Carlos Fuentes, de Alberti, de Vargas Llosa, de Delibes, de Cela, de Matute… Tú no los conoces, pero ellos son tus alumnos. Esos yesos dicen: "¡Cervantes, Cervantes, Cervantes…!". Me callo, alguien podría decirme: "¡no sigas osado, estás profanando el templo de los sabios!".

De patio en patio (Trilingüe, Filósofos, Santo Tomás de Villanueva, Aulas Viejas), hasta salir por esa maravilla del Plateresco, fachada de libro de arte, gesta de Condueños, puerta que custodia nuestro ser, como una reliquia, como un patrimonio, como un tesoro: nuestra Universidad, orgullo de patria y de pueblo, la que nos quitaron el siglo pasado, la que tuvo que volver, restaurada, porque era de justicia, porque los deseos se alimentan de esperanza.

El corazón de esta ciudad sigue latiendo en la otrora plaza del mercado, hoy también tu plaza, presidida por tu alta imagen, de fina estampa y lánguida pluma, cuya sombra da cobijo a miles y miles de niños que se enredan en las cadenas de la ilusión; y, desde arriba, contemplas cómo se encuentran los corazones de los jóvenes enamorados. A tu espalda, siguen erguidos los viejos colegios, desde donde vio Francisco de Quevedo los paisajes y las callejas de su Buscón, ahí donde Antonio de Nebrija concibió y parió la primera Gramática española. Entre ellos, resisten orgullosas las piedras de la Capilla del Oidor, que guardan tus llantos al recibir las aguas bautismales. A tu izquierda, el Corral de Comedias, el patio; todavía nos llega la algarabía, las risas de la cazuela y los duelos de los caballeros. En sus tablas, Lope de Vega alabó a don Quijote, ya quedaron atrás vuestras cuitas. El teatro, como bálsamo de Fierabrás, ha cicatrizado la herida que durante tanto tiempo ha supurado incomprensión.

Pero, vayamos al frente, pues nos aguarda la calle Mayor, como entonces, llena de judíos, musulmanes, cristianos y ahora de rumanos, de búlgaros, de polacos… Mil lenguas, mil culturas, mil religiones siguen moldeando con respeto sus columnas para mantener sólidos esos soportales bajo los que nos seguimos resguardando. Alegre, bulliciosa, incienso, música, ilusión, fiesta, eso y mucho más, sus adoquines saben gozar de la ventura cuando les viene y no se quejan si se pasa y los pasos nos llevan al centro de tu ser, al estar de tu niñez, a la que dicen tu primera casa, en la que naciste, y contigo todos nosotros, alcalaínos de ayer, de hoy y de siempre.

¡Pero, hagamos un descanso! Siéntate en este banco y comparte unos instantes con estos señores que el tiempo, y la mano del artista, han hecho bronce. Tú, al lado de Don Quijote; yo, al lado de Sancho. Si te parece, en el medio podemos hacer un hueco a Don Manuel Azaña, que desde el balcón de su casa sonríe pícaramente. Eso que escuchas al fondo es la voz de tu hermana Luisa, que en el convento del Carmen sigue rezando por ti y por nosotros. ¡Qué atrevimiento el mío, qué foto para el recuerdo! Cervantes y Azaña juntos en su banco, en su calle, en su Alcalá eterna.

Hemos llegado al final de la calle y también del camino. Una plaza donde un monumento sustituye a la picota que antaño le diera nombre: la de los Santos Niños, Justo y Pastor, que como tú, hicieron grande esta tierra. Ellos con su sangre regaron el Campo Laudable y lo hicieron fértil, para que después tú lo hicieras próspero. ¡Qué trilogía maravillosa! Allí, nos aguarda serena y sobria, la Magistral, elevando su torre como faro guía de un pueblo que en ella busca la salvación eterna. Sus frías piedras guardan con cariño a Cisneros, cardenal que Torrelaguna viera nacer. Nuestro tiempo, como el suyo, ya se acaban.

¡Oh, Alcalá! La vieja, la joven, la castigada, la de la Universidad, la de las tres culturas, la de todas las culturas, la del Medievo, la del Renacimiento, la del judío, la de Catalina de Aragón, la del almirante Colón, la de la vieja Puerta de los Burros y la de la mesa de Nebrija, la del ambiente del Buscón y la de la Santidad de San Diego. ¡Esa eres tú, Alcalá! Patrimonio Mundial, la ciudad de Cervantes, su ciudad, mi ciudad. ¡Tú, Alcalá!

Me despido, no espero de vuelta carta, tu respuesta ya la tengo y como más vale una palabra a tiempo que cien a destiempo  ¡gracias, mil gracias!

Un lector,

Bartolomé González Jiménez.

ESTIMADO D. ANTONIO...

ESTIMADO D. ANTONIO...

Estimado D. Antonio:

Me ofrecieron, hace unos días, que le escribiera una carta para hacérsela llegar, pero entre unas cosas y otras, el tiempo ha pasado y, de pronto, me veo con la necesidad de que le tengo que escribir para contarle que nuestro amigo Fernando Ibáñez hace una semana que decidió emprender el último y el más largo viaje que puede hacer un ser humano.

¡Qué sencilla es la muerte, qué sencilla,

Pero qué injustamente arrebatada;

No sabe andar despacio y acuchilla

Cuando menos se espera su turbia cuchillada!

Quiero recordarle que, hace un año, Fernando le escribió una bonita carta en la que le hacía llegar su admiración por su gran obra. Había tenido la suerte de disfrutar viajando con su familia, hace mucho tiempo,  a través de escenarios sorianos en donde usted, don Antonio, supo recrear su pluma. ¡Cómo se notaba a nuestro amigo que estaba disfrutando al describir sus vivencias! Porque Fernando escribía muy bien y, además, últimamente con una pluma preciosa, regalo de su familia por Navidad. Según él, era con pluma como realmente se tenía que escribir. Nada de bolígrafos y menos aún de ordenadores.

Ahora, sus amigos nos encontramos con que Fernando se ha ido sin despedirse de nosotros; demasiado deprisa, sin ser el momento. Y como sé que usted le va a ver muy pronto, necesito que le diga que cada tarde seguimos encontrándonos con su presencia en clase, en los pasillos y las escaleras de la Facultad, en la cafetería, y que no nos importaría que se comiera de nuevo las galletas que nos ponen con el café con leche… ¡Ojalá que pudiera hacerlo!

Antes de despedirme le ruego que cuando le vea, le entregue este mensaje (y disculpe que no sea obra suya, don Antonio):

A las aladas almas de las rosas,

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas.

Compañero del alma, compañero.

 Atentamente,

Elisa Nuez Patiño.

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA

Estimado Sr. Vázquez-Figueroa:

Soy una estudiante de segundo curso del Grado en Humanidades de la Universidad de Alcalá. Cuando hace unos días me dijeron que tenía que escribir una carta a un autor del cual hubiera leído algún libro, inmediatamente me vino a la memoria aquel título suyo que data de principios de los noventa y, que a pesar del tiempo transcurrido, no sé por qué, o sí, dejó una huella especial en mí. Recuerdo que la historia me conmovió profundamente, y que la fluidez de la narrativa me produjo cierta “envidia”. Es una cualidad que siempre he admirado.

Como quiera que esta carta se lleva a cabo dentro del contexto de la asignatura "Historia de la Lectura", me ha parecido oportuno rescatar un pasaje de la obra que se me antoja harto interesante, pues el haber aprendido a leer bien podría haber cambiado el destino del protagonista.

Tristemente, convendrá conmigo, o no, pues a pesar de estar escribiéndole no sé si está Usted todavía entre nosotros (esta indagación he preferido dejarla para después de terminar esta epístola), que por más que hayamos cambiado de siglo la dramática historia que contiene su Best Seller de finales del siglo XX sigue siendo hoy una realidad.

La obra a la que me refiero comienza así:

Si usted quiere que le cuente mi historia, señor, yo se la cuento. No entiendo de qué puede servirle a nadie una historia semejante, pero si ha venido desde tan lejos por conocerla, sus razones tendrá y no soy quién para negárselas.

Chico, como su progenitora lo llamaba, pues no le había puesto ni nombre, cuenta que su madre, puta, borracha, ladrona y probablemente drogadicta, cuya ocupación no era otra que la más antigua del mundo que las mujeres profesan, que no lo tenía para quererle, sino para hacerle partícipe de sus desgracias. Y en una de las ocasiones en las que su madre iba a “ocuparse” le pidió, como tantas otras, que saliera del minúsculo cuarto hediondo en el que habitaban. Chico lo hizo. Pero, en esa ocasión, para no volver.

Se trasladó al centro de la ciudad con un amigo, Ramiro, cuya amistad había nacido a fuerza de encontrarse vagabundeando por las calles del barrio mientras sus madres estaban “ocupadas”.  A partir de ese momento comienzan juntos un periplo hasta que Ramiro decide aprender a leer. No así Chico, que dice al respecto de la decisión de su amigo:

Ramiro quería aprender a leer. Para él las letras eran como una cosa mágica; una especie de hechizo o brujería que podría llevarle a mundos muy distintos, y siempre insistía en el detalle de que si ninguno de cuantos vivíamos en las alcantarillas sabíamos leer, mientras que la mayoría de los que estaban fuera sí sabían, estaba claro que conocer las letras tenía que servir de mucho. Yo le respondía que si me tocaban veinte mil pesos a la lotería poco necesitaba saber leer para vivir fuera de allí [...]. 

El saber leer, ese acto tan habitual para muchos, y del que otros están privados solo por el hecho de haber nacido en un lugar donde da la impresión de que los dioses se confabulan y permiten tropelías, no fue algo que interesara a Chico, un niño que vino al mundo en un ámbito en el que ni su madre, por no tener, tenía ni cariño para darle. El haber tomado la decisión de aprender a leer bien podría haber cambiado el rumbo de su vida. Pues él mismo, en un acto quizá de arrepentimiento, acabaría diciendo... 

A veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si hubiera seguido el ejemplo de Ramiro.

Y yo me pregunto, mejor dicho, le pregunto: ¿con qué talante una persona, en este caso Usted, se sienta frente a otra, el protagonista, y recibe ese chorro de drama y miseria, no solo, que ya es bastante, de la vida del protagonista, sino también del “terrible drama de miseria y desarraigo” de los niños abandonados que se ven abocados a buscarse el sustento en la calle cada día desde muy temprana edad?

Sr. Vázquez-Figueroa, por inconcebible que nos parezca ese fenómeno social, del que dio buena cuenta su magnífico libro, y que entonces ya “reclamaba profundos cambios sociales”, hoy, en los albores del XXI, sigue siendo, lamentablemente, una realidad. Y no solo en las grandes ciudades de América Latina. Aún hay muchos Chicos en el mundo que no saben leer.

¡Por cierto! Hablaba de “Sicario”.

Afectuosamente,

Mª Carmen Rodríguez Andrés.

P. D. Ya sé que sigue Usted aquí y muy cerca de la ciudad cervantina. ¡Qué sea por mucho tiempo!

CARTA A D. BENITO PÉREZ GALDÓS

CARTA A D. BENITO PÉREZ GALDÓS

Querido D. Benito:

Disculpe si me dirijo a Vd. en un tono tan intimista, pero mi admiración por sus obras me hace quererlas y, como consecuencia, quererle a Vd. por escribirlas. Este pensamiento no es solamente mío, y como prueba de la gran admiración que sentimos todos los españoles en general, le adjunto una fotografía suya que el Banco de España decidió poner en los billetes de 1.000 pesetas que circulaban por España hace algunos años.

He tenido la ocasión y el placer de leer, así como de ver representadas en el teatro o trasladadas a la televisión, algunas de sus obras más representativas e interensates, como "Doña Perfecta" o "Electra" (se preguntará qué es eso de la televisión, así que sin entrar en detalles le diré que es un artilugio semejante a una caja que contiene gran cantidad de cables que permiten ver y oír cualquier cosa desde la propia casa, por muy lejos que se encuentre uno, pero este aspecto será objeto de explicación más profunda si continuamos con nuestra relación epistolar).

Y volviendo a lo que le quiero decir en esta carta, he observado en su literatura que de forma reiterada utiliza dos tipos de argumentaciones sobre las que se desenvuelven casi todos los personajes de sus novelas. Por un lado, y debido al gran conocimiento que posee de la sociedad de su tiempo, le permite centrarse de una forma casi constante en la figura del "cacique", un ser corrupto, dominante, manipulador, despiadado, me atrevería a decir también que inculto en algunas ocasiones, que lo domina todo y a todos.

Por otro lado, su opinión sobre el clero, es decir, la Iglesia y los miembros que la componen, a los cuales retrata como seres más interesados en acercarse a los grandes y poderosos que en socorrer y ayudar a los más necesitados, cuya miseria material e intelectual no parece molestarles demasiado, sujetos a unas prácticas más impuestas que sentidas, como mandaban las buenas costumbres en aquellos momentos.

Pues bien, para su conocimiento y tranquilidad (dicho esto en sentido metafórico, porque a Vd. conocimiento y tranquilidad le sobran), le diré que de estos dos aspectos mencionados, el primero sigue en auge cada día más y no porque no hayamos avanzado en el campo cultural y del saber, sino porque nuestra condición humana es inalterable a lo largo del tiempo y no se deja influir por cuestiones de tipo moral o social por muy ilustrado que se pueda ser. Respecto al segundo, sí creo que hemos cambiado considerablemente, y aunque le parezca casi imposible, aquí y ahora en esta España nuestra se puede creer o no creer en Dios e incluso decirlo abiertamente, ser practicante o no, es más, yo diría que se ha convertido en un acto social en muchos casos. Eso sí, creo que la gran mayoría de personas que hoy se acercan a la Iglesia y a sus ritos lo hacen convencidos y sin presión ninguna. En esto hemos conseguido que cada uno piense y actúe según sus convencimientos religiosos, nos hemos liberado de costumbres más o menos arbitrarias del pasado y hemos superado la famosa frase del "que dirán".

En fin, con mi carta solo pretendía manifestarle la gran admiración que siento por Vd. y aprovechar para informarle de algunas novedades que se han producido en nuestra sociedad durante su larga ausencia. ¡Cómo hemos evolucionado en poco más de un siglo! Y ya que resulta del todo imposible poder felicitarle personalmente, allá donde esté deseo hacerle estas palabras.

Una ferviente lectora suya,

Asunción Cobo Gómez.

RECUERDOS RELATADOS

Después de recorrer todo Ponterville durante una larga tarde, estaba muy cansada. Subí a mi habitación y me puse el pijama. No entendía cómo las figuritas de madera de mi padre decoraban toda la casa, ni tampoco entendía esa sensación de que hubiera alguien más en ella. Decidí tumbarme en la cama e intentar dormir. Pero fue inútil, muchas preguntas galopaban por mi cabeza a paso firme pidiendo respuestas sin saber que éstas, a su vez, formulaban más y más preguntas.

De pronto, algo rebotó en el cristal de la ventana despertándome de todas mis dudas. Me levanté y anduve hacia el ventanal. No había nada. Abrí la ventana intentando descubrir qué había sido. Nada. Sentí el frío rozándome en la rostro, esa salada brisa marina acariciaba mi cara y me hacía sentir relajada. Observé el océano, enorme y profundo, bello pero a la vez oscuro, tan oscuro que era incapaz de sumergirme en él. En la orilla vi cómo una pareja jugueteaba con las pequeñas olas que llegaban hasta ella, reían y eran felices, parecían despreocupados, simplemente tenían que hacerse feliz el uno al otro. Nada más. Más allá, en la lejanía del mar, vislumbré un barco pequeño que se iluminaba una y otra vez por la potente luz de un faro.

Decidí cerrar la ventana para que no entrase el frío y cogí la linterna de mi maleta. Abrí la puerta y comencé a bajar las escaleras. Todo estaba a oscuras y se podían oír los ronquidos de algunos inquilinos. Un ruido similar al de la ventana se oyó en la planta baja. El miedo empezó a apoderarse de mí. Bajé el último escalón cuando la puerta de la cocina se cerró de golpe. Pensé en volver a mi habitación, pero pude ver la ventana del salón abierta y el baile de las cortinas moviéndose al mismo compás que el aire que entraba. Eso había sido la causa de que la puerta se cerrase. El ruido volvió a sonar detrás de mí, haciéndome sentir un calor en la nuca, como un suspiro. Me giré y vi la abierta la puerta de la habitación donde mi padre construía sus figuritas de madera. Estaba iluminada. El ruido volvió a sonar, procedía de allí. Paso a paso tembloroso intenté llegar hasta la sala. mis piernas se movían sin que mi cerebro enviase esa señal, sentía la necesidad de ir, como si una fuerza me llevara hasta allí. Llegué hasta la puerta, el ruido se intensificaba y mi respiración cada vez era más potente y rápida. Comencé a explorar la habitación, pero la luz se apagó. Moví la linterna de lado a lado viendo montones de cajas, pero la linterna también se apagó. Me quedé quieta, cerré los ojos muy fuerte sintiendo el temblor de todo mi cuerpo. El sonido cambió produciendo un lloriqueo. Chillé. Abrí los ojos y empecé a correr, pero me tropecé con una de las cajas y caí al suelo junto a ellas. Miré al frente y lo vi. Me miraba. De repente aquel ser se quedó inmóvil a la vez que la bombilla del techo alumbró la sala de nuevo.

Gemma Soldevilla Jiménez.

HISTORIAS DE PUTAS

Pero fue justamente anoche cuando iba con uno de mis vestidos de guarrilla salidilla cuando cometí un pequeñísimo error.

Es cierto que iba vestida como una puta: vestido rojo que me cubría tan solo unos dedos bajo mis ingles, un escote de vértigo y unos tacones negros de quince centímetros. Pero sincera, juro que no estaba trabajando. Me había tomado la noche libre para dar un paseo y aclararme las ideas.

Me había ido de casa de mis padres porque no aguantaba más, pensando que trabajaría un tiempo como prostituta y en cuanto reuniera suficiente dinero me metería de cabeza a seguir con mis estudios de Medicina, pero entonces Fendi, Gucci y todos sus compis se cruzaron en mi camino. Los mensajes no paraban de llegar a mi perfil y era un dinero tan sumamente fácil y a menudo tan placentero, que me costaba muchísimo negarme y volver a coger bisturíes y demás. Pero de nuevo prometo que justamente ayer no estaba trabajando.

Paseé Gran Vía arriba, Gran Vía abajo, hasta que justamente me detuve en una bocacalle hacia la zona de Chueca para entrar en un bar a mear. Al no ser de noche, la mayoría de discotecas estaban cerradas y los bares abiertos pedían cinco euros por entrada, y aunque les aseguré que únicamente quería mear, me dijeron que si entraba en el baño vería suficientes cosas como para quejarme por cinco euros.

Si hubiera sido cualquier otro día habría entrado encantada pagando por mi consumición y observando hombres follando unos con otros, pero aquel día no tenía el chichi para tonterías y muchos menos tenía el chichi para mariquitas. Así que negué con la cabeza y me alejé un poco hasta que encontré un cómodo árbol en el que orinar. Cual perra, me puse de cuclillas, me alcé el vestido, me bajé las bragas hasta los tobillos y comencé a mear. Parecía que hubiera estado una semana sin ir al baño. Una vez me limpié con un pañuelo de papel que llevaba en el bolso me subí las bragas y me bajé el vestido. Me miré en un retrovisor y sonreí con mis preciosos dientes blancos. Perfecta. Fue entonces cuando un policía hijo de puta me dio dos golpes en el hombro:

-¿Sabe que acaba de orinar en la vía pública?- le miré extrañada. Un tío de no más de cuarenta, feo y con el pelo grasiento acababa de tocar mi vestido de mil doscientos euros. –Lo siento pero voy a tener que multarla.

-¿Por mear en la calle?- él asiente -¿Es en serio? ¿A caso está prohibido mear?

-Sí. Lo siento, señorita- me mira de arriba a abajo. -Pero mear en la vía pública está penado con hasta quinientos euros.

-¿Quinientos putos euros por echar un pis en un árbol?- él asiente, no sin antes volverme a mirar con entre desprecio y asco. -¿Y los perros? Ellos se cagan por todas partes. Y los niños, esos se pasan el día meando en las aceras...

-Los perros son perros y los niños niños- No me quedo satisfecha con la respuesta, pero me quedo menos satisfecha cuando me extiende la multa bajo la atenta mirada de algunos transeúntes y me dice -y las putas sois putas.

Puede que aún fueran los restos del copazo que me tomé como postre o puede simplemente que fuera mi orgullo de mujer, pero un tío feo con el pelo grasiento no iba a llamarme puta, y mucho menos en mi día libre. La ira se apoderó de mí, así que le abofeteé la cara. Teniendo en cuenta que era más alta que él no tuve problemas. Fue como golpearle a un viejo verde del metro que te mete mano bajo la falda. Él comenzó a gritar "alteración del orden público" y otros dos compañeros llegaron corriendo. Preguntaron por lo que pasaba y entonces la gente comenzó a acercarse a nosotros. Parecía un Gran Hermano en directo en las calles de Madrid.

Yo intenté controlarme mientras contaba la historia de cómo había tenido que mear en un árbol porque no me parecía justo pagar cinco euros por un pis de nada, y que el policía de pelo grasiento, omitiendo lo de su pelo claro, me había llamado puta.

-Porque lo es. Mire cómo va vestida. Además, la puta me ha pegado una ostia.

Me lancé sobre él. Aunque intenté clavarle uno de mis tacones en el ojo, los dos policías me sujetaron los brazos, así que únicamente conseguí derribar al horripilante policía de pelo grasiento mientras gritaba de nuevo "alteración del orden público".

-Joputa, abrón- intentaba llamarle hijo de puta y cabrón, pero entre la ira, los nervios y que dos policías tiraban de mí, no logré acertar con todas las letras.

La gente empezó a aplaudirme cuando yo, cual luchadora o cazadora de vampiros, intentaba darle patadas. Los muy idiotas me sujetaban la cintura y los brazos, pero tenía mis preciosas y largas, y por supuesto depiladas, piernas para dar patadas al pelo grasiento. Conseguí el propósito de clavarle un tacón en el estómago. Aunque no vi sangre, me sentí fuerte y feminista. Los dos policías intentaban meterme en el coche policial mientras que la gente me aplaudía a mí y les abucheaba a ellos. Hinqué mis tacones en la parte superior del coche evitando que pudieran meterme. Había visto demasiados desalojos últimamente en la televisión y sabía las mejores formas de alargar esa agonía, así que por mucho que empujaran mis tacones de quince centímetros no les dejé maniobrarme cual pieza de lego. Pero a los treinta segundos uno me enganchó de una de las piernas y consiguieron meterme dentro. No quería tampoco arriesgarme a romperme unos zapatos de quinientos euros.

Antes de que cerraran la puerta la gente gritaba que estaban de mi parte y que irían a la comisaría. Yo realmente no sabía si decían la verdad, si cuando llegara allí y estuviera metida en un calabozo, llegarían todos a una como los de "Fuenteovejuna" y contarían lo sucedido. De cualquier modo, el hijo de puta del policía me sonrió y me hizo un gesto obsceno con la lengua. Uno de los dos policías que me había metido al coche lo vio, pero no le dijo nada, únicamente negó con la cabeza y cuando se disponía a cerrar la puerta del coche no pude evitar gritarle con todas mis fuerzas:

-¡Hijoputa! Lávate ese puto pelo grasiento.

Él se quedó bizco por unos segundos mientras yo sonreía a mi nuevo club de fans y les saludaba con la cabeza, puesto que llevaba las esposas puestas tras la espalda. Intenté mirarme en el retrovisor delantero acercándome a los asientos de los policías para comprobar el estado de mis mejillas y ojos. El negro de los párpados no se había corrido y el pintalabios se encontraba impecable. Uno de los dos policías sostenía mi bolso, y recé para que no lo abriera, únicamente encontraría condones, y seguro que eso no diría mucho a mi favor. Reconoceré que uno de los polis era guapo, bastante guapo. Pero eso no importaba.

Me habían, al parecer, detenido. Iba esposada a la espalda, y aunque eso ocurriera más a menudo de lo que me gustaría, no pensaba acabar en un juicio por haber pegado a un policía que me había llamado puta y mucho menos pagar quinientos euros por mear en la calle. Seguro de que el pis era bueno para el árbol o, como mínimo, para los pájaros que tuvieran sed. Visto de cierta manera estaba haciéndole un favor al planeta entero.

Acabé sentada dentro de un calabazo, no sin antes captar la mayoría de miradas de la comisaría. No agaché la cabeza ni un segundo. No tenía nada de lo que avergonzarme. Había tenido un comportamiento justo y feminista. Nadie me empujó porque andaba con pasado decidido e ignoraba los silbidos de los detenidos. Aunque les sonreí cuanto pude. Me confiscaron el bolso y me metieron junto a una travesti. Mi primer impulso fue pedir un cambio  de celda, no porque no me gustasen las travestis ni mucho menos, sino porque Pamela, aunque más tarde me enteré de que se trataba de Pascual, llevaba un tatuaje de Cristo ardiendo en llamas en su hombro derecho. No es que yo fuera una fiel creyente y me lanzase de rodillas a rezar a diario (he dicho rezar), pero si me dio respeto y algo de miedo. Supe que no me cambiarían de celda, y que no habría ninguna celda cómoda, con ducha y espejos para revisar mi maquillaje, así que me conformé con hablar con Pamela.

La habían detenido por practicarle una mamada a un tío en plena calle Fuencarral. Calle en la que a menudo compro ropa. Pero nunca había visto felaciones en plena tarde. Lo que una se pierde por unos cuantos trapitos de firma. Era la segunda vez que le encerraban por lo mismo, pero no le habían denunciado ni multado por ello.
Yo pregunté por el hombre en cuestión y me arrepentí nada más hacerlo, puesto que esa preguntilla de nada a Pamela no le sentó nada bien y corrió a golpear a los barrotes de la celda con sus tacones de veinte centímetros o más. No me extraña que pareciera una giganta. Tenía una espalda el triple de ancha que la mía y me sacaba dos cabezas al menos. Vista de frente, yo tampoco me atrevería a multarla.

Pamela estaba furiosa porque al tío al que se la chupaba le habían dejado irse sin más, y estaba segura de que a ella le habían detenido por ser travesti, pues si hubiera sido una guapa española con pechos y vagina de nacimiento no habría tenido ningún problema. Intenté calmarla, pero yo misma me sentí furiosa. Aunque claro, fui incapaz de atizar a los barrotes con mis preciosos zapatos. Una conocía los límites.

Carlos Yebra Castillo.

COMO AGUA PARA CHOCOLATE

COMO AGUA PARA CHOCOLATE

INGREDIENTES:

1 lata de sardinas

½ chorizo

1 cebolla

Orégano

1 lata de chiles serranos

10 teleras

Manera de hacerse: la cebolla tiene que estar firmemente picada. Les sugerimos ponerse un pequeño trozo de cebolla en la mollera con el fin de evitar el molesto lagrimeo que se produce cuando uno la está cortando…

 

Estimada Sra. Esquivel:

Efectivamente, le escribo esta carta para hablar sobre su bella obra Como agua para chocolate, la cual me ha dejado una huella muy profunda desde que la leí hace algunos años durante un curso de literatura en la ciudad española donde vivo, Alcalá de Henares. No se hace idea del número de veces que la nombro, pues al igual que su protagonista, Tita, soy buena amante de la cocina y siempre que preparo alguna reunión familiar o de amigos me da por pensar lo que ocurriría si también influyeran mis sentimientos y estado de ánimo en las comidas que hago, porque por muy joviales que nos podamos sentir, ¿quién no ha pasado un mal momento que le haya coincidido con el deber de tener que cocinar? Espero no llegar a pasar por el trance de la protagonista de su libro, más que nada, por el bien de los invitados...

Su historia en Como agua para chocolate es impresionante. En toda ella se encuentra un cúmulo de sentimientos que hace que el lector tome partido rápidamente por la figura más débil de su historia. A Tita, como a tantas otras muchas mujeres aún en la actualidad, se le niegan derechos fundamentales, sobre todo, el de la felicidad. Ha nacido para, como mujer que es, cuidar a su madre hasta el fin de sus días pasando a su hermana el derecho a casarse, a tener hijos y a llevar una vida a la que no logra sacar ningún rendimiento bueno. ¿Podríamos ver en su protagonista algo así como una Cenicienta del siglo XX? Tita no tiene madrastra, pero sí que tiene una madre que dispone de su vida en exclusividad.

Deseo comentarle que cuando leí su obra me llamó poderosamente la atención la forma en que combina el contarnos un drama con muchas recetas de cocina que parecen exquisitas, además de muchos remedios caseros para toda una serie de circunstancias que se le puedan a uno presentar.

Aunque un poco tarde, le doy mi más enhorabuena por haber tenido tanta valentía como para plasmar en su obra una triste realidad en la que aún viven muchas mujeres en estos comienzos del siglo XXI.

Con todo mi afecto,

Elisa Nuez Patiño.

CARTA PARA LA SRA. HANFF

CARTA PARA LA SRA. HANFF

Mi muy estimada Sra. Hanff:

Estos días me han propuesto que escriba una carta a un escritor o escritora que admire y con ello he encontrado la oportunidad de poder dirigirle a usted estas letras que llevaba tiempo queriendo enviarle, pero que, por diversas circunstancias, hasta ahora no las he podido redactar.

En primer lugar, deseo presentarme. Soy una mujer de edad madura y gran consumidora de lectura. No puedo pasar ante una librería sin pararme en los escaparates para ver qué nuevos títulos han salido, así que cuando voy a los grandes almacenes trato de pasar disimuladamente por el departamento de libros, que casualmente suelen estar puestos en la misma entrada del establecimiento, lo que me hace tener que torcer la cara para otro lado aunque mi cuerpo vaya en dirección recta.

Por casualidad cayó en mis manos su obra 84, Charing Cross Road. Permítame que le dé detalles del cuándo y del cómo de que esto pasara. Tengo una librería a la que habitualmente acudo para adquirir mis libros y hablando con su propietario, Javier, a quien pido mis libros a través del correo electrónico, no sé cómo sucedió, pero buscó y sacó una pequeña novela, con una portada muy atractiva y nos pusimos a hablar sobre ella. Yo no la conocía, pero el entusiasmo con que me detalló el argumento me animó a llevármela a casa, comenzando a leerla esa misma noche.

Qué gran sorpresa me fui llevando según avanzaba en la lectura. Qué gran trabajo consiguió hacer usted solo con el intercambio de las cartas que a través de 20 años llevaron a cabo sus protagonistas: el señor Fank Doel, trabajador responsable y meticuloso de la librería Marks & Co. de Londres, y la señorita Helene Hanff, norteamericana, amante de la lectura de ediciones especiales que no duda en escribir a otro continente para adquirir las obras que le interesan aunque sea en la etapa de la posguerra, con todas las dificultades que ello podía conllevar en las comunicaciones.

La relación entre ambos personajes que usted describe en su obra es admirable, pues a pesar de la larga correspondencia que llegaron a mantener nunca se conocieron. Pero lo que más me enterneció al leer 84, Charing Cross Road, fue su forma de reflejar una etapa durísima, en donde Europa estaba destruida por las bombas, un Londres con largas colas para hacerse con los alimentos necesarios para sobrevivir. Y de pronto, gracias a los libros, un grupo de buenas personas se ven beneficiadas por la llegada, en fechas muy importantes, desde Estados Unidos, de hermosas latas de jamón cocido, huevos para hacer sus bizcochos e incluso auténticos lujos como las medias de “cristal” que conseguían elevar por unos instantes la dignidad personal de muchos de sus protagonistas. 

Quisiera parafrasear sus propias palabras: “Yo viví aquello…” . Por mi edad tuve la suerte de no vivir un desastre como es la guerra, aunque los datos me llegaran por boca de mis propios padres. “Yo estuve allí…”. Visité Londres en varias ocasiones, pero la ciudad que encontré no tenía nada que ver con la descrita en su obra, aunque aún se encuentren comercios con el mismo aspecto antiguo que bien pudieran pasar por Marks & Co., Libreros. “Yo me emocioné…”. Totalmente, porque por primera vez en mis muchísimos años de lectora he terminado llorando de emoción al concluir su obra. Y la volveré a leer y estoy segura de que volveré a llorar ante tantos sentimientos como se desprenden en sus párrafos.

Reciba los más cordiales saludos de su mayor admiradora,

 Elisa Nuez Patiño.

HISTORIA DE UNA HISTORIA

HISTORIA DE UNA HISTORIA

Noté que unas manos temblorosas me agarraban y cogían para echarme un ojo. Sentí la fría sensación de presión sobre mí que, aunque no es muy coherente, adoraba. Tuve esa agradable sensación de que aquellas manos volcaban sobre mí toda su tristeza, desesperación y desahogo, como siempre habían hecho.

Tuve la curiosidad y, sin poder hablar, le pregunte qué le estaba pasando, pues hacía falta mediar palabras entre ella y yo para que empezase a desahogarse. Petra me abrazó contra su pecho mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas sonrosadas de haber estado llorando antes. Me dio mucha pena verle pasarlo tan mal y le invité a que me contara lo que le había pasado.

Ella, poco a poco, me fue contando su día. Un chico de su clase, que le gustaba, se había acercado a ella y a su mejor amiga, Lorena. Petra se quedó muy quieta, pues tenía miedo de que se esfumara como la brisa en primavera y apenas respiró. Sin embargo, Lorena no se quedó callada y habló con él.

Petra se preocupó porque no le salían las palabras y, en cierto modo, intentó articular alguna, pero los nervios le habían secado la boca y la garganta. Además, allí, frente al chico, empezó a tener mucho calor y se dio cuenta de que sus mejillas se ponían coloradas. Ella intentó que su amiga dejara de hablar con él, pero lejos de conseguirlo presenció cómo Lorena, conocedora de su mayor secreto, se iba con aquel dulce y alegre muchacho, desapareciendo en la lejanía y dejándola a ella sola, triste y con la sensación de tener un hoyo en el pecho en el lugar donde debería estar su corazón.

En ese momento me confesó que yo era su mejor amigo, su mayor confidente, su mayor secreto, y que el día que yo me acabara, no encontraría otro diario mejor.

Carmen García Terriza.

CARTA A CARLOS RUIZ ZAFÓN

CARTA A CARLOS RUIZ ZAFÓN

Estimado Carlos Ruiz Zafón:

No sé si mi carta acabará en sus manos o si mis palabras se quedarán en el más profundo olvido, pero sea como sea, me gustaría que estas letras de agradecimiento llegaran hasta usted.

No sé muy bien por donde empezar, quizás por darle las gracias por convertirme en lectora, porque que yo desde chiquitita no amaba los libros, no me gustaba leer, pero, sin embargo, desde que leí "El príncipe de la niebla" para realizar un trabajo escolar obligatorio ya no pude parar de leerle. Lo que en un principio iba a ser un trabajo tortuoso y aburrido acabó siendo el principio de mi pasión por su obra. Sus libros se volvieron una droga para mí. Me encantaban hasta el punto de llegar a crear en mi propia casa una especie de librería personal donde todos sus libros forman parte de mi colección y en la que "La Sombra del viento" siempre ocupará un lugar muy especial por ser la mejor novela suya que he leído. Sí, me siento como Isaac en el Cementerio de los libros olvidados.

La verdad que no sé de quién estoy más enamorada, si de usted o de Daniel. Pero una cosa tengo clara. Que tengo que darle las gracias por hacerme amar la lectura y la escritura, porque usted también me ha proporcionado el gusto de escribir. Incluso me gustaría acabar obras y publicarlas, y cómo no, llegar a darle las gracias en persona e incluso hacerle la competencia en este mundo tan difícil en el que subsistir como es el mundo literario.

La carta está llegando a su fin, por lo que no me gustaría despedirme de usted sin escribirle algo que usted mismo dijo y que me hizo reflexionar: "Hay peores cárceles que las palabras”.

Se despide atentamente otra loca de los dragones que conoce un poco más los rincones de Barcelona y que espero que su nombre, Gemma Soldevilla Jiménez, esté, al menos por un instante, en su mente

Gemma Soldevilla Jiménez.

EL MIEDO A LA SOLEDAD

Volvía a estirar el brazo. Necesitaba cerciorarme de que él no estaba. Que se había largado. Mi mundo se desmoronaba un poco más cada día. Los secretos. Odiaba los secretos, odiaba no poder hablar o desahogarme con mis amigas. Me odiaba por no habérselo contado y fingir que soy feliz, que estoy bien, porque no lo estoy.

A veces pienso que me he vuelto loco, pero ¿quién no se habría vuelto totalmente loco en mi lugar? Mi novio me deja y me entero de mi enfermedad. No quería ser una víctima, no quería ser esa víctima que necesita que le abracen cada día y dar lástima.
Cada vez que pienso en la mirada de compasión de esa jodida doctora me dan ganas de lanzarme por la ventana.

Tengo muchísimo miedo. Tengo miedo a lo que me pueda pasar, miedo a lo que conlleve y miedo a la reacción de las chicas. ¿Cómo se lo tomarán? ¿Y si realmente me miran con lástima y si incluso me preparan magdalenas cada semana? ¿Y si acabo solo? No quiero morir, aunque empiece a volverme loco, aunque mi pelo se convierta en restos inertes alrededor de mi cabeza, aunque ningún tío esté dispuesto a tener una relación…, no quiero morir. Tengo miedo a no despertar. Tengo un miedo terrible a que una noche apague las luces y no vuelva a abrir los ojos.

Pero no creo que sea capaz, no creo que pueda seguir adelante, estoy jugando en el estadio cuatro, están a punto de lanzarme la bola y tengo dos opciones: utilizar el bate o abandonar la partida. Basta decir que desde que él se largó y me dejó solo, mis ganas de jugar aunque fuera al scattergories se esfumaron. Por ende, mis ganas de luchar, de batear fuerte, se habían desbanecido al enterarme del cáncer, quizá fuera cobarde, quizá sencillo, pero no creía que fuera capaz de seguir con la medicación y el tratamiento.

Y lo peor es que me lo he buscado yo, no digo que me lo merezca, no creo que por tomar el sol sin protección cada verano en Benidorm me hayan salido los dichosos bultitos, no creo que por ello merezca enfermar y morir. No lo creo. Pero es cierto que me lo he buscado yo. Es una enfermedad que la he encontrado por mis actos. Quizá la suerte influyera, pero ha sido mi culpa. Todos salimos a la calle cada día, sonrientes del día tan sumamente soleado que hay fuera, olvidándonos por completo la gran bola de cáncer que es en realidad esa estrella de fuego que nos hace tostarnos cada verano.

¿Qué si hubiera preferido una enfermedad venérea? Posiblemente sí, al fin y al cabo la habría conseguido por tener sexo sin protección, nada que ver con el uso de nivea y su dichoso balón. ¿Significa esto que acabaré sentado en una habitación acolchada durante el resto de mi vida? ¿Con miedo a que me rechacen por tener pelo de rata moribunda? ¿Y si me extirpan un testículo? ¿El otro seguirá funcionando? ¿Y si no hay nadie que me sostenga la mano mientras sigo dormido por la anestesia de la operación? ¿Y si despierto solo? ¿Y si él no viene para reunirse conmigo?

Apago la luz mientras me acurruco en la cama. Dejo que las sábanas me atrapen mientras comienzo a estirar lentamente el brazo. Pero él no está. No está.

Él no iba a volver, yo lo sabía, era evidente. Jamás volvería a estar en mi cama. ¿Cómo iba a volver? No lo hará. Es imposible. Pero, ¿por qué? ¿Por qué se fue? ¿Por qué tuvo que irse justamente él? Yo era feliz, pese a los últimos meses, yo era feliz. No pensaba en esas veces que había otros. No pensaba en ellos. Era feliz, de acuerdo, no todos los días que duró la relación, ni a todas horas, pero era bastante feliz.

Pero no entiendo por qué se fue. Tuvo que ser mi culpa. ¿Fue realmente mi culpa? Sí, soy yo quien lo ocasionó. Fue mi culpa. Aunque a veces no quiera verlo así, aunque mis amigas me suplicasen que no lo viera de esa manera, tenía claro que yo era el culpable de que él se fuera.

Cuando ocurrió, cuando él se fue, me pasé tres días en la cama. No salí de ella, tan solo para hacer pis y comer bollos de chocolate que me traían mis amigas. No podía creerlo, me negaba a que fuera verdad. No podía ser, no tenía sentido. Me hinchaba a valiums para poder pegar ojo por las noches y del chute me pasaba el día medio adormilado y sin dejar de llorar. Le quería. Le quería muchísimo y me dejó solo.

Yo había soportado constantes engaños, sus incontables escarceos con otros mientras yo esperaba sentado a la mesa con la cena caliente en el horno, esperando a que viniera, para luego sonreír y fingir, fingir quizá porque le quería demasiado como para decirle adiós, o fingir simplemente por el miedo a que se fuera, por el miedo a quedarme solo, por el miedo a que nunca más me sacaran a la pista de baile.

No me atrevía a salir de casa, el mundo real me daba demasiado miedo y no tenía valor para enfrentarme a él. Cada día realmente parecía más duro que el anterior, porque cada día que pasaba era más evidente que él no volvería. Nunca había dejado de quererle, es cierto quizá que mi amor por él pareció ir en un ligero descenso desde que me propuso lo de la relación abierta, pero aún así, el día que se fue, le seguía queriendo muchísimo y habría hecho lo que hubiera estado en mi mano porque volviera.

El tiempo no lo hacía más fácil, porque cada día que pasaba era no únicamente otro día más sin él, sino un día más en que me daba cuenta de que él no volvería. Que me había dejado. Me había dejado solo.Todo se volvía horrible y sin sentido. Cada día le veía: iba a tirar la basura y ahí estaba él. Tan alto y guapo. Con el pendiente en la oreja izquierda. Pero no era él. Ni siquiera se le parecía. Mi mente me comenzaba a causar muy malas pasadas cada día creyendo verle donde no estaba. A menudo le veía sentado en un autobús o incluso una vez le vi anunciar cereales en la televisión.
Tenía que ser él, pero no era él. A veces preso de la desesperación corría al teléfono y empezaba a marcar, dejaba escuchar los tonos y su voz me ofrecía dejar un mensaje. No dejaba mensaje. Pero me consolaba escuchar su voz. ¿Relajarme? No está claro. Nada está claro desde que se fue.

A diario paseas entre la gente, intentas evitar mirarles a la cara, toda la calle está plagada de él. Cada persona a la que miras directamente, aunque sea calvo o lleve el pelo verde, es él. No volverá. Lo sabes. Sabes que no lo hará. Intento no pensar, evitar pensar en que él ya no está y no volverá. Pero no es fácil. Esperas verle, esperas que el tiempo pase y le recuperes. Pero cada mañana te das cuenta al despertar que el otro lado está frío. Está vacío. Lo estará mucho tiempo. No puedes hacerle volver, por muchos planes que intentes diseñar, él no volverá. Nadie vuelve. No, nadie lo hace. Cada día esperas que se meta en tu ducha y te enjabone la espalda, pero no ocurre, ni ocurrirá. No volverá. Cada noche me meto en la cama esperando que vuelva, que llame al telefonillo, que abra con sus llaves y se meta conmigo en la cama. Notarle en mi espalda.

Me odio por ello. Me odio por volver a pensarlo. Hacía dos meses que me había dado cuenta de la realidad. Hacía algo más de dos meses que había aceptado que él no volvería, que mi vida había cambiado y debía pasar página. Pero con el tema del cáncer todo había vuelto a mí. Mi desesperación, mi dolor y la angustia por su abandono me golpeaban de nuevo en la cara cada noche.

Conseguí aceptar que no volvería a verle. Aceptar que seguía con mi vida, aunque sin olvidarle, sin olvidar toda nuestra historia, pero seguía caminando. Lo había aceptado, lo había entendido, pero ahora de nuevo me veía impulsado a hacerme preguntas, a desear que volviera, a esperar realmente que algún día volvería de verdad. Que  llegaría y olvidaríamos todo. Que estaría a mi lado.

Me quede dormido. Pero en plena noche me desperté y, de nuevo, como cada noche, alargué el brazo entre sollozos. Pero ahora no estaba vacío. Había algo o alguien. Su olor invadió la habitación. Él había vuelto. Me senté en la cama y le miré. Estaba realmente guapo. No veía gran cosa y me daba miedo encender la luz por si eso le hacía alejarse de mí, por si le hacía desaparecer de nuevo, por si me mostraba la realidad:

-¿Has vuelto?

-No Fran, pero tenía que decirte algo.

-¿Cómo es posible que estés aquí?

-Siempre estaré contigo, jamás dejaré de amarte, pero debes seguir. Debes seguir. Debes seguir aunque no esté contigo. Debes cuidarte y ni se te ocurra pensar en no seguir el tratamiento. Debes hacerlo Fran. Debes hacerlo por ti y por mí, por nosotros. Debes luchar por vivir. Te vigilaré. Estaré atento de ti y jamás dejaré que te sientas solo... Siempre estaré contigo. Te quiero.

-Yo también te quiero.

Él desaparece justo después de besarme en una mejilla, pero su lado de la cama pese a todo está helado. Me recorre un escalofrío... Él está muerto. No volverá. Nadie vuelve de allí. Aunque es un consuelo saber que siempre estará junto a mí, guíandome. Justo en ese instante noto un cosquilleo en mi mejilla. Sí, lo estará.

Carlos Yebra Castillo.