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Historias de lectores

UNA HISTORIA A LA HORA DE LA MERIENDA

UNA HISTORIA A LA HORA DE LA MERIENDA

El ladrido de un perro, los cantos de unos pajarillos, el estruendo de una persiana levantándose, el rugido del viento de abril. Todos esos sonidos son audibles desde mi cuarto, menos el más común en la ciudad: el motor de un coche. Miro por la ventana: nada, todo sigue igual. Es inevitable no sentir un escalofrío por todo el cuerpo cada vez que contemplo esta escena. Da igual la hora del día a la que mire, el resultado será el mismo. Suspiro y miro el reloj, las 18:02, puedo permitirme desconectar un poco. Me levanto del escritorio y voy a la estantería a escoger un libro, ¿qué puedo leer hoy? Aún no he acabado El niño del pijama de rayas», pienso. Pero no me convence, necesito animarme. Me desespero. Muevo con tanta efusividad los libros que acabo tirando algunos. Mi instinto me pide que me aparte para que no me aplasten un pie.

Cuando veo que todos los libros que tenían que caer se encuentran en el suelo, me dispongo a recogerlos. Bajo la misma estrella, Perdona si te llamo amor, Buenos días, Princesa... ¡qué cursi soy con tanta novela romántica! Me agacho y me presto atención a un cuarto libro un poco viejo: La montaña parlante, un libro de Tea Stilton, ¿de qué año será esto? Cojo el libro y lo ojeo por encima mientras me dirijo al escritorio. Se me escapa una sonrisa conforme avanzo en la lectura. Le tengo mucho cariño a este libro rosa. Recuerdo la ilusión con la que recibí ese libro como si hubiera ocurrido ayer, aunque fue ya hace diez años…

***

Llamé al timbre emocionada varias veces, tanto que mi madre me tuvo que pedir que parara porque al final lo iba a quemar.

Abrieron la puerta y ahí estaba.

–¡Ayyyy madre! ¿Quién está aquí?

–¡Abuela! –me abalancé sobre ella y le di un fuerte abrazo –¿Y el abuelo?

–Ha bajado a tomar algo con los amigos, ahora subirá para comer. –me dio un sonoro beso mientras asentía. Me adentré en el pasillo para llegar al salón y sentarme en el sofá a ver los dibujos animados. Toda la casa olía que alimentaba. No había nada como la comida de la abuela.

Al cabo de unos veinte minutos se escuchó el sonido de la puerta abrirse. Me levanté de un brinco del sofá y me asomé para ver quién era.

–¡Abuelitoo! –fui corriendo a darle un abrazo.

–¡Hola, cariño! –me dio un beso en la frente –Mira, tengo algo para ti. Le miré muy atenta, ¿un regalo? ¡Pero no es mi cumpleaños!

Observé que mi abuelo metía la mano en una bolsa y sacaba algo. Me dio un objeto pesado, cuadrado y de color rosa.

La cara se me iluminó y me quedé boquiabierta.

–¿Era ese el que querías? –me dijo mientras sonreía. No supe ni qué decir.

Le miré y lancé mi mejor sonrisa.

–¡Sí! ¡Muchas gracias, jo! ¡Pero no hacía falta! Tenía dinero para comprarlo yo...

–Anda no digas tontería, con la ilusión que me hace. –sonrió de nuevo. Estaba tan contenta que me iba a estallar el corazón.

–¡Esta noche os lo leo! –y acto seguido fui corriendo a la habitación a dejarlo sobre la mesilla para no ensuciarlo ni estropearlo –¡Qué feliz soy!

***

El tono del móvil me saca de mis pensamientos. Me están llamando. Me giro y lo cojo corriendo.

–Hola, abuela, ¿cómo estás?

–Hola, cielo, muy bien, ya he merendado y todo, ¿tú qué haces?

–Nada –le digo mientras sigo pasando páginas del libro –, estaba leyendo el libro ese rosa con la montaña naranja que me regaló el abuelo hace años.

–¡Ah, sí! Ya me acuerdo, –se ríe sin ganas –no sé quién tenía más ganas de comprar el libro si tú o él. – Suspiro y sonrío.

–Sí... me hizo mucha ilusión cuando me lo compró y me gustó mucho más cuando me lo acabé. Es un libro bonito.

–Sí, sí, me acuerdo que nos leíste un poco a tu abuelo y a mi esa noche. A él le encantaba siempre que le leías. –noto que suspira.

–Abuela, ¿te leo un poco hoy también? –sonrío, aunque no puede verme.

–Bueno... un poquito. Seguro que el abuelo también te escucha.

–Sí... –me aclaro la garganta y comienzo la lectura en voz alta. –Los ojos le brillaban de alegría. –cada vez me vienen más recuerdos a la cabeza– Mientras descargaban el equipaje, Pamela, que aún estaba dormida, –noto que me emociono y cojo aire con fuerza –Entreabrió los ojos y olfateó el aire. –sigo como puedo y suelto lentamente el aire.

Abuelo, allá donde estés, siempre te leeré un poco, como esa noche, igual que todas las demás en las que traía un nuevo libro a tu casa. Siempre con la misma ilusión y tú siempre tan atento para escucharme.

Te quiero.

 

Natalia Pérez Ramírez.

LEER ES PARA LA MENTE LO QUE EL EJERCICIO FÍSICO PARA EL CUERPO

LEER ES PARA LA MENTE LO QUE EL EJERCICIO FÍSICO PARA EL CUERPO

Los olvidadizos tienen en la escritura y la lectura su mejor herramienta.

Es dinamita pura para la imaginación.

Enseña que el mundo entero puede ser como un libro.

Rejuvenece a la vez que nos hace sabios.

 

Eleva el alma.

Se alivia la soberbia leyendo un buen libro.

 

Proporciona palabras para expresar sentimientos, emociones, creencias.

Autocomprensión. 

Reduce la pobreza, la marginación, la exclusión y la injusticia.

A veces cuando leo, descubro el universo.

 

Las palabras de un padre o una madre, escritas hace tiempo, los vuelven vivos.

Acaba por volverse una actividad de tiempo completo. 

 

Mejora la visión de las cosas y permite ver lo que antes nunca se había visto.

Enriquece los sueños.

Nos permite estar siempre acompañados, aunque también respeta nuestra soledad. 

Transporta nuestra mente a través de todo el espacio y el tiempo.

Evita enfermedades, intoxicaciones y envenenamientos.

 

Leer en la biblioteca, es como un safari en la selva pero sin víctimas.

Obliga a escribir.

 

Que te roben una lágrima, un suspiro, una risa o el aliento, vale la pena si el ladrón es un buen libro.

Un gozo que, cultivado, puede durar toda nuestra vida.

Es descubrir, explorar, escuchar.

 

Es algo sumamente productivo.

Leer, a veces, espanta.

 

Exige lo mejor de nosotros mismos.

Jamás es tiempo perdido.

Enriquece insospechadamente.

Recibir mucho a cambio de casi nada.

Constructora de sociedades y de sueños.

Ilumina.

Cultiva la humildad.

Invertir en nosotros mismos.

Obliga a aprender a escuchar.

 

Frenéticamente y en vehículos en movimiento, puede ocasionar mareos.

Intercambia.

Sirve también como un espejo.

Irradia energía.

Conduce a paradojas y se hace imposible aburrirse.

Ordena el alma.

Evita costosas reparaciones y composturas.

Salva.

 

Podemos leer en todas partes.

Ayuda a leer los síntomas, los rasgos, el clima, los rostros, las estrellas.

Regala amigos.

Abre innumerables puertas e ilumina innumerables caminos.

 

Es siempre perfecto.

Leer es hablar con los muertos por los ojos.

 

Cambia vidas.

Un gobierno que no alienta lectores, no tiene esperanza.

Ejercer el derecho de leer es el principio de la sabiduría.

Revela su inagotable riqueza a la luz de un gran libro.

Placer de ver cómo nuestra mente crea universos.

Ocupa tu corazón.

 

Rocío García Díaz

 

Bibliografía:

- Sánchez Velasco, C.A., 100 beneficios de la lectura.

http://blog.utp.edu.co/alejandropinto/files/2011/04/100-Beneficios-de-La-Lectura.pdf

ALFONSINA STORNI

ALFONSINA STORNI

―Déjame sola: oyes romper los brotes, ―leía Sofía en alto, con voz triste y melancólica.

―te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides. Gracias... Ah, un encargo;

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido... ―Y con lágrimas en los ojos, Sofía cerró el libro y se quedó sentada, quieta, pensando en lo que acababa de leer.

― ¿Qué te pasa? ―Le preguntó con tono de preocupación Martina.

― ¿A mí? Nada. Estaba leyendo.

―No me mientas, Sofía, no sabes. ― Martina miró fijamente el libro que Sofía tenía entre sus manos. ― ¿Es esto por lo que lloras? Cuéntame de qué va.

Y después de un largo suspiro Sofia comenzó a hablar.

―Es el último poema que escribió Alfonsina Storni, Me voy a dormir. Dos días después de publicarlo se suicidó arrojándose al mar.

― ¿Se suicidó? ¿Por qué? ―Martina preguntó, pero conocía perfectamente la historia.

Sofía no lo recordaba, pero esa misma historia que estaba a punto de contar la escucharon por primera vez en una clase de Literatura Universal juntas, donde se conocieron.

―No tuvo una vida fácil que digamos... Era pobre, su padre alcohólico, su marido se suicidó. A ella le detectaron esquizofrenia, un cáncer de mama y numerosas depresiones. Por eso acabó suicidándose y en este poema lo anuncia, pero nadie fue capaz de darse cuenta. ― Sofía no era capaz de terminar la frase. Una ola de emociones le abordó y rompió a llorar.

―Ya está, Sofía. ―Le dijo Martina mientras le abraza fuertemente. ―Vamos a hacer otra cosa para que te despejes, venga.

Martina sabía que Sofía se quedaba muy afectada cada vez que leía algo de Alfonsina, pero esa vez fue diferente. Esa vez a Sofia no se le había pasado tan rápido como otras veces, pero tuvo una idea que podía encantar a Sofía.

(Dos semanas más tarde)

― ¿Qué haces? ¿Dónde vas con una mochila? ¿Y las sillas? ¿Te vas?

― Nos vamos. ― Dijo Martina con un pañuelo en la mano, y con un gesto le indicó que se lo tenía que poner en los ojos.

― Si, bueno… No, Martina, dime a dónde vamos.

Después de mucha cabezonería de Sofía, Martina consiguió meterla en el coche con los ojos vendados. Aunque Sofía se sintió un poco incomoda, confiaba plenamente en Martina. Cuando se iban acercando al destino, Martina puso una canción.

― ¿Qué es esto, Martina? Vaya canción...

― Cállate y escucha la letra. ― Martina subió la canción, estaba sonando Alfonsina y el mar de Mercedes Sosa. ―Ya puedes quitarte el pañuelo, hemos llegado.

Cuando se lo quitó, Sofía se lanzó a Martina. Después de un largo abrazo le miró a los ojos, llenos de lágrimas y le preguntó que por qué estaban ahí. Mientras caminaban por la playa, Sofia se dio cuenta de que estaban en el Mar de la Plata. Cuando, por fin, terminaron de andar, se pararon delante de una estatua. Sofía, perpleja, preguntó:

― ¿Por qué me has traído aquí, Martina?

― Porque quería regalarte algo y no he encontrado un lugar mejor para dártelo que este.

Martina sacó de su mochila un paquete y se lo dio. Por la forma, Sofía ya se podía imaginar qué era. Cuando lo abrió sus pensamientos se volvieron realidad. Los libros que nunca había podido conseguir, la biografía de Alfonsina e incluso libros que no llegaron ni a ser editados, ahora eran suyos. Ese momento se convirtió en el más especial que la pareja vivió junta jamás.

 

Andrea Alba López

CARTA A CHRISTOPHER PAOLINI

CARTA A CHRISTOPHER PAOLINI

Dear Christopher Paolini:

I don´t know how to start this letter, or what to say in it. I have tried it several times, but emotions manage to cloud my words.

I met “Eragon” when I was twelve years old. I saw him on a bookshelf,with that magical blue, with a beautiful dragon in the frame.

Bright scales, deep look, and a lot of desire to read it. That´s how my adventure in the world of reading began. An adventure that still continues and helps me travel, learn and especially all… Feel.

I spent many hours reading in the morning: the appearance of Brom and hislessons,Saphira´s first flight, Eragon´s love and admiration for Arya, the wars that would unite the different races, Angela's charisma, the return of the ancient dragons, the junctionof a broken family… the end of a tyrant king.

I lived and felt it all. I read every word as if it were the last and I spent every second to imagine how it would continue. I looked forward to the last book and with it I felt that a part of me was staying there, flying over Saphira, fighting next to Eragon, but I didn´t care, I gladly gave that piece of me because good stories have to stay with us and, thus, I promise you, years later, that I continue reading your books as excited as the first day and the only thing I can say is… Thanks  you. Thanks for all.

Thank you for the smiles, imagination, happiness, tears… Thank you for guiding me and becoming the humanist that I am. Thank you for helping me find a shelter in the words. I have never been good at conveying mi emotions and I don´t know if I have managed to make you feel a piece of my inside, but it doesn´t matter, just remember that the little piece inside me is multiplied by a thousand.

Argetlam, atra gülai un ilian tauthr ono un atra ono waisé skölir frá rauthr

 

Noelia Martín López

CARTA A MIGUEL DELIBES

CARTA A MIGUEL DELIBES

Querido Miguel Delibes,

Abordo e inicio esta carta con la admiración y la ilusión de poder comunicarme con un escritor nacional tan consagrado como usted, y, presupongo, que con la misma inquietud y nerviosismo que siente cualquier lector al escribir a uno de sus autores favoritos. Soy consciente de que al dirigirme a una Fundación, la Fundación Miguel Delibes, esta carta será una más entre muchas, pero aun así antes de continuar me gustaría presentarme. Mi nombre es Aurora Rivera, y actualmente curso mi segundo año de carrera en la Universidad de Alcalá. Hace un par de semanas se propuso en la asignatura “Historia de la Lectura”, escribir una carta a un escritor o escritora, y fue en ese momento cuando decidí aprovechar la oportunidad y dirigirme a usted, lo que en otras circunstancias nunca me hubiera planteado. Una vez concluidas las presentaciones, es momento de reanudar la carta.

Siempre se ha considerado que su renombre como escritor fue gracias a, entre otras, novelas como “El camino” y “Cinco horas con Mario”, pero en esta ocasión le escribo por otra de sus novelas, “El príncipe destronado”. Considero que dentro de su trayectoria como novelista se trata de una obra bastante desapercibida, y que, de hecho, ni siquiera se encuentra entre sus obras ejemplares, pues en más de una ocasión se ha tachado de ser una novela con una trama excesivamente sencilla y, por tanto, una novela que no estaba a la altura de su excelente prosa. Si bien, aun pudiendo entender la postura anterior, mi opinión difiere. Realmente lo que convierte la obra en una novela preciosa, no es tanto su argumento o su trama, sino el trasfondo de la misma y lo que esta, fruto de una narración tan natural y creíble, insinúa; pues al final, la novela consigue que en ciertos aspectos, e incluso de manera constante, se pueda reconocer la propia infancia. Es decir, esta cándida historia ofrece, a través del personaje de Quico, su inocencia y sus travesuras, y mediante un viaje basado en la introspección y la nostalgia; la posibilidad de trasladarse en el tiempo, e inevitablemente rememorar y analizar momentos entrañables de la infancia.

Aunque han pasado cerca de seis años desde mi lectura de la novela, la recuerdo como una novela muy enriquecedora a nivel personal, así como también reflexiva y adictiva, pues inexplicablemente con el transcurso de la historia surge la necesidad de acompañar y proteger al pequeño Quico en su día a día.  He de reconocer que, puesto que fue una lectura obligatoria durante la etapa de secundaria y dado que lamentablemente no había leído con anterioridad ninguna obra suya, al comienzo de la misma carecía de expectativas, y supongo que por esa misma razón disfruté tanto de la novela. Sin embargo, resulta curioso y llamativo que, aun considerando “El príncipe destronado” una obra excelente y de fácil lectura, no tiendo a invitar a su lectura. ¿Por qué?, puede que inconscientemente, al sentirla como una novela tan significativa e importante en mi trayectoria como lectora, temo que se desvalorice o no se aprecie esa bonita reflexión asociada a ella.

No obstante, pese a mis ganas y mi necesidad de continuar comentando otras de sus novelas, especialmente “El camino”, ha llegado el momento de concluir esta carta. Es por ello que, aunque precipitadamente, me despido de usted, el gran Delibes, con el respeto que merece y sintiéndome muy afortunada de poder escribirle mi honesta opinión sobre su obra “El príncipe destronado”.

Atentamente,

Aurora Rivera.

 

CARTA A LAURA GALLERO

CARTA A LAURA GALLERO

Estimada Laura:

Tus libros han estado presentes en varias etapas de mi vida y muy diferentes entre ellas. Desde que nos mandaron leer en Primaria “Crónicas de la Torre” hasta hace unos pocos años con “Todas las hadas del reino”. Pero sin ninguna duda tengo clara mi elección sobre con qué libro me quedaría.

La lectura en mi vida ha tenido muchas idas y venidas, he tenido épocas en las que devoraba libros y otras de sequía en las que no quería saber nada. Fue un libro tuyo el que me devolvió la ilusión y las ganas de volver a leer.

En 2012 mi abuelo me regaló un libro por mi cumpleaños. Debo decir que él fue quien me enseñó a escribir mi nombre cuando era bien pequeña, siempre se preocupaba por cómo me iba en clase y me animaba a sacar las mejores notas que podía. También se preocupaba por los demás nietos, pero estaba claro que por mucho que intentara disimularlo yo era su favorita, aunque quizá este feo decirlo. Sin embargo, yo por esa época había dejado un poco los libros de lado y dediqué mi tiempo a centrarme en los típicos problemas de adolescentes que empiezan a conocer el mundo, así que le agradecí el regalo y lo dejé cogiendo polvo en la estantería de mi habitación. En julio de ese mismo año mi abuelo falleció. Me llevo mi proceso superarlo, la verdad, sobre todo porque empecé meses más tarde a comprender que en realidad no le iba a ver más. Fue un año después, reordenando la habitación cuando me encontré el libro en la estantería y lo abrí por la primera página: “Feliz cumpleaños. Te quiero. Fdo: Pepe”. Lloré y abracé el libro como si mi abuelo me lo volviera a regalar y me tumbé en la cama para empezar a leer. Así fue como “Donde los árboles cantan” se convirtió en mi libro favorito. Así fue como empecé a adentrarme en la historia de Viana y a vivirla como si fuera la mía propia mientras recordaba a quien me la regaló. Y así fue como, leyendo, volví a recobrar ilusión y ganas de conocer más historias. Por ello te lo agradezco, porque, aun sin pretenderlo, supiste estar en el momento oportuno en la estantería de mi habitación.

Soy estudiante de Magisterio y Humanidades (después de haberme cambiado de la carrera de Periodismo y Comunicación Audiovisual), tengo 21 años y pocas cosas claras en la vida, pero algo que desde hace mucho tiempo he querido es escribir un libro de fantasía. Siempre he tenido la cabeza en otros mundos, en mundos como los que relatas en tus libros y me gustaría plasmar el mío propio algún día. Es por eso que me haría mucha ilusión y me gustaría que me contaras, si no es un secreto, de dónde sacas la inspiración para crear todos esos mundos tuyos y personajes de tus libros. Gracias de antemano.

Con todo mi afecto y cariño.

Paula.

CARTA A MARIO BENEDETTI

CARTA A MARIO BENEDETTI

Querido Mario, salvador.

Tu no me conoces, nunca oíste hablar de mi,

nunca escuchaste mi voz,

nunca te estremeció mi lamento.

Cada mañana madrugué,

al amanecer,  

cada mañana,

después de una ducha de agua templada,

vestirme apresurado,

 sin ingerir alimento, sin ungüentos ni perfumes.

Cada mañana me acompañabas en mi viaje,

un viaje de ida y vuelta por el subsuelo.

Cada estación, cada capítulo,

cada carta en el metropolitano,

durante seis meses leí, releí.

Me acompañabas de esperanza,

anestesiando mi debilidad, impotente

Encarcelado en esos vagones,

entre desconocidos te soportaba en mis manos,

entre mis dedos, su piel agrietada, rayada como tu lomo.

La libertad robada, la libertad,

mi libertad entre tus líneas se desahogaba, vomitaba feliz.

Tu prisión era la mía, era la misma, diacronismo,

ese arco imaginario que nos unía.

Mi vagón era mi libertad encarcelada,

entre almas extrañas somnolientas,

tus palabras insuflaban pasión, emoción irreflexiva.

Lágrimas fugaces como las estrellas desplazándose a gran velocidad hasta ocultarse a mi mirada, leía,

releía tus desahogos.

Tus invenciones, tus esperanzas, sufrimientos, tu transcurrir, diacronismo,

arco de luz que nos unía.

Tu prisión en mi vagón,

apresado en mi libertad,

siempre de pie,

listo,

presto para correr,

para volar ese arco luminoso que me llevaba a ti.

Meses de sacrificios,

ritual,

de entregar mi conciencia consciente,

de pie,

erecta, a tus palabras.

Palabras olvidadas,

como criminal que olvida sus crímenes para sostenerse.

En esos vagones,

te olvidaba,

abandonaba durante unas horas,

en la superficie,

bajo el sol,

tu destino subterráneo, el mío.

 

Juan Francisco Muñoz Buenestado.

COPLAS CONTRA EL TIEMPO

COPLAS CONTRA EL TIEMPO

Anabel era una niña de 7 años muy alegre y risueña. Ese día se despertó emocionada porque por fin iban de viaje al pueblo de sus padres, Villamanrique. Después de las casi tres horas de viaje en coche, que a ella se le hacían como veinte horas, llegaron al pueblo. Aparcaron al lado de la casa de su abuelo, Modesto. Anabel llamó a la puerta con la aldaba. Siempre era ella quien llamaba. Abrió su abuelo.

—    ¡Moza! ¡Qué mayor estás!

Modesto siempre recibía así a su nieta. Se saludaron todos y metieron las maletas en casa. De comer, migas. ¿Qué mejor forma de llegar al pueblo? Luego Anabel se fue a jugar con Jorge, su hermano pequeño, mientras sus padres y su abuelo se echaban la siesta.

Pasado un rato, Anabel salió de su habitación a ver qué hacían los mayores. Su abuelo estaba en la mecedora leyendo.

—    ¿Qué lees, abuelo?

—    Este es mi poemario de Jorge Manrique, Anabel. ¿Sabes quién es?

—    No. ¿Quién es?

—    Jorge Manrique fue un poeta del siglo XV. Gracias a su padre, Rodrigo Manrique, nuestro pueblo hoy es independiente. Antes pertenecía al pueblo de al lado, ¿sabes? Se llamaba Belmontejo, pero en su honor le cambiaron el nombre a Villamanrique. Ambos vivieron aquí, y Jorge escribió unas preciosas coplas cuando su papá murió.

—    Hala, no sabía que este pueblo tuviera tanta historia, ¿y es eso lo que estás leyendo?

—    Sí, eso es. Me emocionan mucho las coplas que escribió, me recuerdan a los que ya no están. ¿Quieres que te lea un poquito?

—    Sí, porfi.

—    “Recuerde el alma dormida,

avive el seso y despierte

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando;

cuán presto se va el placer,

cómo después de acordado

da dolor,

cómo, a nuestro parecer,

cualquiera tiempo pasado fue mejor” —recitó Modesto. Anabel se quedó perpleja.

—    No has entendido nada, ¿eh?

—    La verdad es que no, pero suena bonito. Lees muy bien, abuelo.

—    ¿Sabes qué? Su casa aún está en pie en el pueblo, ¿quieres ir a verla? Es muy vieja, pero es la típica casa manchega, te va a encantar—. Modesto sabía que su nieta era muy curiosa y que le encantaban estas cosas, por lo que no se iba a poder resistir a esa oferta.

—    Pero, ¿cómo vamos a entrar?

—    Tu abuela vivió con su familia en una parte de esa casa cuando era niña. Como era muy grande, la dividieron en muchas partes para que la gente pudiera vivir allí. Su parte ahora es nuestra.

—    ¡Hala! ¿La casa de Jorge Manrique es nuestra? ¡Qué guay!

—    Sí, vamos antes de que se haga de noche.

Modesto y su nieta fueron al centro del pueblo. Resulta que la casa de Jorge Manrique era la casa grande que había al lado de los bares. Modesto abrió la puerta de fuera y la volvió a dejar cerrada.

—    Mira Anabel, este es el patio. Está muy desgastado por culpa de la humedad, pero es un patio típico manchego, con sus columnas y soportales.

—    ¡Qué bonito! Me gusta mucho. ¿Y cuál es nuestra parte?

—    Mira, ven por aquí.

Se dirigieron a la derecha de la puerta de entrada y abrieron otra puerta. La casa de su abuela tenía dos plantas. Era bastante grande para ser solo una de las muchas partes de esa casa.

—    Si esto solo es enorme, ¡ese tal Jorge vivía a cuerpo de Dios!

—    Sí, Anabel, es lo que tiene pertenecer a la nobleza. —dice Modesto, riéndose.

—    ¡Eh! ¿La bebé de esa foto de la pared soy yo? — pregunta Anabel al ver una foto de sus abuelos con una niña de pocos meses en brazos.

—    Sí, es una foto de tu bautizo. Tu abuela y yo pasábamos aquí mucho tiempo y decidimos poner aquí esa foto que nos mandaron tus padres.

—    Lo que menos me esperaba encontrar en casa de una persona famosa era una foto mía— dijo Anabel entre risas. —Oye, cuántos libros tienes aquí, ¿no? ¿Puedo mirar?

—    Claro.

Anabel se puso a rebuscar en la estantería, leyendo los títulos de los libros. Nada llamaba demasiado su atención, pero de repente creyó leer “Jorge Manrique” en un libro. Volvió la mirada y allí estaban: las coplas a la muerte de su padre de las que le había hablado su abuelo.

—    Abuelo, aquí tienes otra copia del libro de Jorge Manrique.

—    Ah, sí, no me acordaba. ¿Sabes que esa copia perteneció al padre de la abuela Isabel? Este libro tiene más años que yo y mira que soy mayor.

—    ¿En serio? ¿Cuántos años tiene?

—    Compruébalo tú misma.

Anabel abrió el libro, pasó una página en blanco y en la siguiente página descubrió que el libro fue impreso en 1918.

—    Abuelo, ¡si tiene casi 100 años!

—    Sí, es una reliquia… ¿Sabes qué? Te lo regalo. A partir de ahora te pertenece. Pero cuídalo bien y dentro de unos años léelo y seguro que ya lo entenderás.

Ese libro se convirtió en el mayor tesoro de la niña. Al volver a Madrid lo colocó en su estantería. Lo leía a pesar de no entender nada. Con ese libro fue perfeccionando su forma de leer, de recitar. Y cuando fue más mayor y estudió a Jorge Manrique en el instituto, lo volvió a leer y no solo lo entendió, sino que le emocionó tanto que se convirtió en su poema favorito. Su abuelo ya había fallecido unos años atrás, por lo que los versos de ese poema le recordaban a él enormemente. Gracias a su abuelo y a ese libro Anabel se convirtió en una amante de la lectura, y cuando recuerda a su abuelo lo lee para sentirle cerca.

Ana Isabel Nieto Alfaro.

NO IMPORTA QUÉ VINCULE, SINO QUE VINCULE

NO IMPORTA QUÉ VINCULE, SINO QUE VINCULE

La lectura es algo personal. Cuando leemos, viajamos a mundos paralelos, sentimos emociones indescriptibles, nos adentramos en pieles ajenas y el papel trasciende los cinco sentidos.  Ese paseo a velocidad de crucero es, además, un momento de desconexión e introspección. Por eso es algo tan íntimo, porque nos permite conocer otras realidades, pero, sobre todo, nuestra verdadera realidad. Esa conexión con uno mismo, al igual que no lo consiguen todas las canciones, no lo consiguen todos los libros. En mi caso, la relación lector-libro es algo curiosa, ya que podría diferenciar dos etapas en ella.

Que la educación escolar implemente la lectura obligatoria tiene sus ventajas, obvio, como crear el hábito de lectura, mejorar el vocabulario o ganar en expresión. Sin embargo, también tiene sus inconvenientes como ver la lectura como tarea y no como ocio o placer. Precisamente, son estos inconvenientes los que arrastro en esta primera etapa en mi relación con la lectura. La educación primaria y secundaria me hicieron ver la lectura como un mero trámite teórico para la examinación posterior. Esta aversión hacia la lectura cambió, afortunadamente, en bachillerato. Mi profesor de euskera (lengua vasca), una vez más nos mandó lecturas obligatorias. Esta vez, sin embargo, en euskera (anteriormente, solo tenía como obligatorias lecturas en castellano). Ya tenía la lectura cruzada, y las expectativas con las que cogí el primer libro no fueron nada positivas, pero a medida que iba leyendo, notaba cómo se me cambiaba la cara, cómo mi cabeza entraba en la de los personajes, cómo en vez de leer las historias parecía que las viviera. Tanto fue así, que me llegué a emocionar, algo que nunca me había pasado antes ni pensaba que nunca me fuera a pasar. Desde entonces, cada vez que el profesor proponía una lectura opcional, yo la cogía sin ninguna duda ya que leer en euskera me hacía sentir, vivir, lo sentía mío, algo único a lo que pocos podíamos llegar, me sentí privilegiado. Fue increíble. Esta es la segunda etapa de mi relación con la lectura, donde por fin y sin siquiera buscarlo ni esperarlo pude vincularme al mundo de la lectura. Tras esta experiencia tan positiva con la lectura en euskera, probé con el castellano, pensando que una vez forjado el vínculo y voluntariamente, podría adentrarme también en los libros a través de otra lengua. Al probarlo, no pude sentir la lectura mía. Ni se acercaba a lo que me hacía vivir y sentir el euskera. En ese momento entendí lo que era el lazo lectura-lector.

No soy capaz de vivir todos los libros que leo ni me gustaría poder hacerlo. No sería ni me sentiría tan especial. Esa es la verdadera razón de la lectura, el lazo que se crea entre mente y papel vinculados por letras que te susurran al oído poniéndote los pelos de punta. A algunos les pasa con ciertos autores, a otros con tramas o tipologías. A mí, con el idioma. No importa en qué nos basemos para crear el vínculo, lo importante es crearlo. Animo desde mi experiencia a todo aquel que sienta que la lectura no es lo suyo, a buscar, a indagar y a no darse por vencido. Cuando menos te lo esperas, ahí aparece la puerta a TUS nuevos mundos. Descúbrela.

 Xabier Gutierrez Zamakona.

 

LA LECTURA EN EL TIEMPO

LA LECTURA EN EL TIEMPO

La lectura cambia con el tiempo al ser las hojas un pasatiempo desde la niñez hasta la vejez sin tener un volver.

La lectura puede ser solitaria o acompañada pero siempre alimentada desde la ignorancia de la infancia hasta la madurez de la adultez.

La lectura nos otorga la sabiduría sin importar el papel o la tecnología y como un sabio decía no importa si se lee de noche o de día.

 

La lectura va desde la niñez con el cuento que es un gran descubrimiento hasta la vejez con las batallas que contamos sin ponernos medallas.

En la infancia como en la adolescencia leemos con los demás para terminar en un pispás sabiendo que algún día te autoeditarás.

En la madurez como en la adultez leemos a nuestros descendientes como lo hicieron nuestros parientes compartiendo nuestras lecturas para descubrir nuevas aventuras.

 

La lectura en el tiempo es el pensamiento desde la niñez hasta la vejez, sabiendo que este gran invento perdura en el descubrimiento de un mundo que es vivido sin que esté perdido.

Porque lo perdido desparece como el mal que habita en nuestro cuerpo desierto, hasta el momento en que despierto de un sueño sin diseño, que acaba con el tiempo de la lectura convertida en cultura.

 

Irene Villoria Menéndez

UN VIAJE DE 40 AÑOS

UN VIAJE DE 40 AÑOS

Cada vez que llama mi hermano es como si nos adentráramos en un capítulo de una serie de misterio y aventuras. Siempre nos cuenta historias inverosímiles que le han ocurrido, impregnadas siempre de un halo de fantasía. Pero hubo una de esas historias que no nos quedó más remedio que creer.

En mi familia somos muy aficionados a la lectura, pero también nos gusta ahorrar, algo que resulta bastante complicado si te gusta leer libros actuales. Por ese motivo, solemos hacernos con nuevas historias en mercadillos o tiendas de segunda mano. Una mañana de domingo, mi hermano decidió pasear por el famoso Rastro de Madrid. En el Rastro puedes comprar cualquier cosa, desde vestidos que jamás encontrarías en tiendas comunes o centros comerciales hasta cuadros pintados por artistas de los que jamás conocerás su nombre.

Entre todos estos artilugios y tenderetes se pueden encontrar libros, por supuesto. Estos se venden en pequeños puestos o, por el contrario, en grandes naves llenas de pilas de libros que escalan el espacio disponible desde el suelo hasta el techo. En ese bosque de libros, mi hermano compró “Facundo. Civilización y barbarie”, de Domingo F. Sarmiento, sin ninguna razón aparente, simplemente porque le llamó la atención. Comenzó a leerlo unos días más tarde y al llegar a la página 133 encontró un papel con una fecha y una firma: “30-3-79, A. Benito”. Entonces resolvió llamar a mi padre para preguntarle si ese libro era suyo, pues mi padre se llama Ángel Benito y tiene la costumbre de firmar sus libros junto a la fecha en la que los compró.

Al describirle la portada del libro y señalarle la fecha, mi padre recordó que cuando estaba en la universidad perdió ese mismo libro que mi hermano había comprado entre cientos de libros y cientos de puestos en el Rastro, 40 años después. Aquel día me quedé pensando en las múltiples historias que escondería aquel libro de segunda, o quizás tercera o cuarta mano, e imaginé cada uno de los viajes que debió recorrer desde que salió de la tienda por primera vez hasta llegar de nuevo a nuestras manos.

Lucía Benito Mercado.

 

 

 

THOT, EL MAESTRO DEL HOMBRE

THOT, EL MAESTRO DEL HOMBRE

Se encontraba Thot navegando por el Nilo, una lluviosa tarde en período de precipitaciones. Se contemplaba desde su barca un grupo de jóvenes muchachos que se encontraban refugiados dentro de una improvisada cabaña a la orilla del río. Éstos, estaban mirando hacia el lado oeste de la ribera del Nilo con evidentes signos de aburrimiento.

Apiadándose de estos jóvenes, Thot comenzó a pensar que debía de ayudarlos, debía crear algo para que los seres humanos pudieran pasar estos días de lluvia de manera más amena y distraída. Contactó con su compañera Uadyet, diosa de la tierra fértil y del papiro, y le pidió que hiciese crecer al lado de esos jóvenes una inmensa planta de papiro y que a cambio de esto, Thot (hasta el momento dios de la música y el tiempo) le compusiera la más bella canción jamás escuchada. La canción fue:

“Que llueva, que llueva,

la diosa de la cueva,

los pajaritos cantan,

las nubes se levantan.

¡Que sí! ¡Que no!

¡Que caiga un chaparrón!”

En honor al poder de fertilidad de Uadyet.

Se acercó entonces el dios Thot a los ociosos jóvenes y les dijo:

−       Cortad esta planta que acaba de brotar, secadla, y entrelazad las hebras. Por último, dejad secar el producto final.

A lo que éstos preguntaron:

−       ¿Y qué hacemos con el resultado de esa elaboración, dios Thot?

Thot se acercó al niño que le acababa de realizar la pregunta, y con un simple gesto, tocándole la frente con el dedo, le transfirió la capacidad de escribir sus pensamientos, con el objetivo de que pudiera plasmar historias en la hoja de papiro y después contárselas a sus amigos, para que, en días como aquel, gris y lluvioso, pudiera entretenerlos contándoles sus maravillosas historias.

Este gesto no era gratuito, el dios Thot les había legado la escritura a cambio de que a partir de ese momento, se le comenzara a venerar como el dios de la escritura junto a sus anteriores atribuciones divinas, y debían de transmitir ese regalo al resto de seres humanos a lo largo del tiempo.

Tras esto, se subió a su barca y navegando desapareció por el horizonte.

Irene Mansilla.

EL MANIFIESTO OBRERO

EL MANIFIESTO OBRERO

Carlos se despertó por la mañana y como todos los días se vistió y caminó dos manzanas hasta la fábrica de Adolfo. Carlos tenía como oficio el de soldador en una empresa dedicada a la producción de máquinas de vapor. Cuando llegó a la fábrica, preguntó por su camarada Federico, ya que, tras su llegada al trabajo, no se lo había encontrado por el camino.

José, un joven aprendiz, que hacía pocas semanas que había comenzado a trabajar en la fábrica, le comentó que había sido despedido a causa de haber sido visto en compañía de radicales socialistas y sindicalistas. Esta noticia provocó que Carlos comenzara a sudar, por haber sido él mismo quien le había introducido en estos círculos. Pero a su vez, le inundó una sensación de rabia hacia Adolfo. ¿Cuál es el problema de pedir una jornada más reducida para poderla conciliar con la crianza de sus hijos?

A la salida del trabajo fue a casa de su amigo para ver cómo estaba. La sorpresa fue que, al verlo, no estaba decaído por haber perdido el trabajo, sino todo lo contrario, se le veía con muestras de esperanza entremezcladas con muestras de coraje. Le habían ofrecido un puesto de trabajo mejor como periodista en el periódico obrero de la ciudad, y había una plaza más, en la cual había recomendado a su amigo Carlos. Así, ambos podrían continuar dentro del partido, sin miedo a represalias por parte de ningún patrón.

En muy poco tiempo los dos amigos se convirtieron en los periodistas más prestigiosos de todo el periódico gracias a sus artículos sobre la situación de los obreros en la actualidad. Con motivo de la publicación centésima del periódico, encargaron a Carlos y a Federico la escritura de una pequeña obra que describiera la situación histórica de las clases desfavorecidas y dar unas pequeñas putas sobre cómo poder salir de la situación de explotación en la que vivían. Esta obra tuvo un gran éxito y sirvió como inspiración a cientos de personas entre las que se encuentran Vladimiro, Ernesto, su antiguo compañero José y muchos más.

Luis Barrio.

MI CAJÓN DE LOS LIBROS INTOCABLES

MI CAJÓN DE LOS LIBROS INTOCABLES

Dicen que hay libros cuya historia te absorbe y otros que simplemente te limitas a leer.

Cuando era pequeña nunca me gustaba leer. Mi tiempo libre no lo dedicaba a ello, a no ser que me obligaran en el colegio. Tal vez por ello le cogí manía a la lectura, pues lo que leía no me gustaba, era géneros que personalmente consideraba “aburridos”, hasta que un día encontré el género indicado para mí, el género que de verdad me enganchó y me marcó la vida.  Descubrí que podía pasar horas y horas leyendo el mismo libro y que leer no era tan aburrido como creía. Ahí entendí el verdadero valor de los libros, cuando una cosa te gusta mucho no quieres que nada lo dañe ni que nadie lo toque, es lo que me pasa ahora con mis libros. Mi cajón contiene un total de 17 libros, pero no están en un cajón cualquiera si no, en el “cajón de los libros intocables”. El nombre viene dado porque me cuesta prestarlos o simplemente no quiero que nadie los toque, son mi pequeño tesoro. Dicen que hay libros que te marcan la vida… es verdad, cada uno tenemos nuestros libros intocables, los que de verdad nos han llegado al corazón o simplemente nos han hecho ver la vida con otros ojos.

Patricia Tejedor Santos

LA VERDAD SOBRE LA TITANOMAQUIA

LA VERDAD SOBRE LA TITANOMAQUIA

Corría el siglo III d. C. en Nimes, una localidad situada en la zona de la Galia que pertenecía por aquel entonces al Imperio Romano. Allí vivía Admes, un joven estudioso y pensador de unos veinte años de edad. Toda su vida y su carrera estudiantil se regía por el legado religioso que procedía de la Antigua Grecia. El Imperio Romano no sólo adoptó su religión, sino también su literatura, intentado emular su forma de hacer escritura.

Admes, sin embargo, siempre sintió gran admiración por el conocimiento y el origen de la religión politeísta que reinaba en el Imperio, y sobre el cómo el dios dominante sobre todas las cosas, Zeus, había llegado al poder. Hasta aquel entonces se sabía, gracias a los escritos, que Cronos (hijo de Urano y Gea) destronó a su padre para lograr el poder absoluto sobre el Universo. Pero, ¿entonces cómo llegó Zeus al poder? Se sabía que tuvo lugar la Titanomaquia, cuando los dioses olímpicos y los titanes se enfrentaron en dos bandos por el control total. La historia que Admes y el resto de la civilización latina sabían era que, en la batalla, ambos bandos se lanzaban rocas y trozos de montañas hasta que finalmente Zeus logró el poder con la ayuda del resto de dioses.

Sin embargo, Admes no estaba satisfecho con esa información, pues creía que faltaban datos, que algo más ocurrió en la Titanomaquia para que Zeus lograra dicho poder. Es por ello que comenzó a investigar. Rastreó bibliotecas y bibliotecas, pero nada de información, por lo que decidió acudir al “Templo de Cronos” situado a unos 700 km de Nimes, ya que creía que allí encontraría más información sobre su derrota. Tras un largo camino, una vez allí consigue hablar con el Sacerdote mayor del Templo, que se negó en rotundo a ayudar al joven. Pero tras una larga insistencia y tras hacer ver al Sacerdote mayor que sus intenciones eran buenas, fue llevado a una sala oscura y profunda del templo, donde nadie más podía pasar a excepción de dicho Sacerdote. Allí fue guiado hasta una estantería, vieja y roñosa con una serie de códices. El Sacerdote denominó a la estantería como “la estantería de los libros prohibidos”, y dio total libertad a Admes para leerlos. Tras más de 12 horas buscando y leyendo, no encontró nada. A punto de tirar la toalla y agotado por la situación, se incorporó para volver a colocar todos los libros que había cogido. Ahí fue cuando encontró uno, llamado Τιτανομαχία. En ese momento y sin pensárselo dos veces decidió leerlo, pues estaba seguro que podría encontrar más información de la que se sabía por todo el Imperio Romano.

Al acabar su lectura, pudo confirmar sus sospechas, Zeus logró el poder gracias a la astucia de su madre, Rea. El libro decía que Rea, ante la situación en la que se encontraba el mundo y decidida a que su hijo Zeus ganara, decidió intentar pactar con alguien partidista de Cronos, por lo que acudió a negociar con Gea. En un primer momento Gea sospechaba de las intenciones de su hija, pues deseaba que Cronos siguiese en el poder. Pero Rea, con gran astucia y labia, le propuso un pacto de paz, pues consideraba que aquella batalla solo traería desgracias para todos. Gea estaba de acuerdo en eso, pero sin embargo no iba a dar su brazo a torcer para que su nieto Zeus llegase al poder. Rea, astuta y consciente del pensamiento de Gea, le propuso que la guerra acabase si Zeus y Cronos compartiesen el poder del universo entre ambos. Gea y Rea quedaron en convencer a ambas partes de que la mejor opción para el universo era la unión de los dioses olímpicos con los titanes y así conseguir parar de alguna forma la batalla.

Pero lo que Gea no sabía eran las intenciones de Rea, pues su único objetivo era que Zeus llegase al poder y destronara a su padre. Si recordamos la profecía que le mencionó Urano a Cronos era que “sus propios hijos, se aliarían con el enemigo, para así destronarle”. Y ¿Quién era el enemigo de dioses y titanes? Pues unas criaturas inmortales y por tanto imperfectas, que solo traían a las divinidades dolores de cabeza, es decir, los seres humanos.

Mientras Gea hablaba con su hijo, el cual se negó en rotundo a una negociación con los olímpicos, pero su madre le convenció de que seguramente la mejor opción para preservar el poder sería compartirlo con Zeus, pues ella estaba segura de que la profecía se cumpliría. Cronos habló con sus hermanos, los cuales, cansados de luchar, accedieron al pacto. Por lo que Cronos estaba dispuesto a hablar con Zeus y así mantenerse en el poder.

Sin embargo, Rea bajó a escondidas de nuevo al mundo de los mortales, y allí comenzó a hablar con Corintio, el rey de una civilización griega. Ella le convenció para que sus habitantes les ayudaran en el destronamiento de Cronos, y a cambio, si Zeus ganaba, obtendrían algo. No fue nada difícil, pues los hombres y mujeres del mundo vivían descontentos con los titanes, pues abusaban de su poder sobre ellos. La labor de estos hombres y mujeres era conseguir distraer la atención de los titanes, pues ellos seguían estando bajo su poder. Una vez que estuviesen distraídos, los dioses olímpicos aprovecharían el momento para ganar terreno en la batalla.

Tras las negociaciones con Gea y Corintio, Rea acudió a su hijo Zeus para comentarle lo sucedido. Ante esto, Zeus se sorprendió por la astucia y la valentía de su madre por acudir a dichos encuentros. Por lo que ese mismo amanecer, los hombres y mujeres, siguiendo el plan establecido por Rea, distrajeron a los Titanes simulando una batalla en la que masacraban los templos y estatuas dedicados a ellos. Ante esta situación, Cronos y el resto de Titanes que lo apoyaban cesaron en su batalla de lanzar piedras y observaron cómo los hombres destrozaban todo. Esto produjo gran enfado en ellos, hasta tal punto que desviaron toda su atención hacia los mortales mientras que planificaban cómo castigarles por tal hecho.

Este fue el instante en el que los dioses olímpicos aprovecharon para lanzar a la vez todo el monte Tirano sobre los titanes. Ante tal impacto, todos ellos quedaron sepultados bajo los escombros del monte haciendo que ninguno de ellos pudiese salir. Por lo que los dioses olímpicos lograron ganar la Titanomaquia y Zeus se proclamó como el dueño y señor del Universo. Tras esto, Zeus les prometió a los hombres y mujeres que no abusaría de su poder por haberle ayudado, haciendo que así mejoraran sus condiciones en la tierra.

Por lo que, tras esta lectura, Admes verificó que no solo la Historia de su religión estaba incompleta, sino que la sociedad o los eruditos conocedores de la historia real no quisieron hacer saber la gran importancia que tuvo Rea en la victoria de los dioses. Algo totalmente esperado, pues por aquel entonces la figura de la mujer se encontraba en un segundo plano tras el hombre. Por lo que no era digno decir que el dios supremo del Olimpo había logrado todo su poder gracias a una mujer. Tras esto, Admes decidió hacer pública toda la información que había recogido en la Biblioteca prohibida del Templo de Cronos.  Ante tal hallazgo, Admes se convirtió en uno de los eruditos más importantes de su época, fundando así una biblioteca en Nimes con más de mil libros que le habían donado de la Biblioteca prohibida de Cronos, para que así toda la sociedad romana pudiese leer dichos textos.

Marta Navas Ajenjo

DANIELLE

DANIELLE

Montmartre, París, 17 de enero de 1941. Gran parte de la zona norte de Francia se encontraba ocupada por el ejército alemán. En este barrio bohemio de París vivía una joven de 15 años de origen judío. Creo que todos podemos imaginar la vida de cualquier persona durante la Segunda Guerra Mundial. Danielle, era una niña que durante toda su vida había creído ciegamente en su posibilidad de cambiar el mundo y las injusticias a través de la cultura y la educación. Sin embargo, llevaba un año sin poder ir a la escuela o simplemente realizar cualquier tipo de lectura personal. Danielle no aguantaba más esta situación. Cerca de su casa, o más bien cerca del refugio en el que ella y toda su familia se encontraban, había una librería abandonada que había pertenecido a una familia judía que había sido arrestada por los alemanes. Danielle adoraba esa librería, recordaba cómo se pasaba horas y horas en el patio interior con Lía, la hija de los dueños, leyendo cuentos y libros de todo tipo. Una mañana, Eva, la madre de Danielle decidió salir a buscar comida ya que todo parecía muy tranquilo y pensó que no sería peligroso salir. ¡Esta era la oportunidad perfecta para poder ir a la librería abandonada y poder coger unos cuantos libros! Al llegar, Danielle quedó petrificada, realmente parecía que un huracán había arrasado con todo… Continuó por el pasillo central y a mano derecha observó la mesa donde los dueños de la tienda cobraban y atendían a los clientes, realmente parecía que seguían allí… Con los ojos llenos de lágrimas, Danielle avanzó hasta el último pasillo de la librería, hacia su sección favorita: Fantasía. El pasillo se encontraba iluminado completamente por la luz del patio interior de la librería, donde Danielle solía pasar día tras día leyendo con Lía. De pronto, observó cómo un pequeño rayo de luz iluminaba un libro de la estantería, algo dentro de ella le dijo que debía coger ese libro… ¡¡¡¡¡PUMMMMM!!!!! Danielle escuchó un gran estruendo. Asustada, se metió el libro en el abrigo y salió corriendo hacia su casa. Dos soldados del ejército alemán sostenían a su madre y a su hermana Emma mientras ellas gritaban desconsoladas, al otro lado de la acera, tres alemanes habían logrado capturar a su padre y meterlo en un camión. La capturaron. Los cuatro miembros de la familia Paradis fueron capturados y llevados a Auschwitz. Nada más bajarse del tren, Danielle sintió que algo le aprisionaba con fuerza el pecho… ¡Lo había olvidado! Llevaba con ella el libro de la librería de Montmartre. Corriendo echó un vistazo para ver que todos los capturados se ponían en fila para ser registrados y separados por sexo, raza y edad. No perdió la oportunidad y corrió hacia una esquina en la que había un pozo tapado por unas piedras y unos matorrales, y escondió allí el libro. Al día siguiente, Danielle fue al pozo y se percató de que a primera vista era imposible ver el libro. No era un pozo, descubrió que era un túnel sin salida que los nazis habían tapado por posibles fugas. Danielle cogió su libro y comenzó a leer día tras día, el libro relataba miles de historias donde los seres humanos, seres mitológicos, fantásticos, en diferentes lugares de la tierra vivían aventuras luchando contra el mal, o aquello que para ojos de Danielle eran injusticias. La vida en el campo de concentración era muy dura, Danielle apenas tenía tiempo de escaparse para leer o para poder descansar, había sido separada de su madre y de su padre. Sin embargo, aún contaba con la compañía de su hermana Lía. La lectura era lo único que conseguía distraerla de todo aquel horror, se llevaba todos los días a su hermana pequeña al túnel, una leía y la otra escuchaba asombrada la historia que tocaba ese día. Esto las mantenía vivas, y en muchas ocasiones conseguían comparar historias con la realidad que estaban viviendo. Realmente se metían en todas sus lecturas, y ambas se dejaban transportar a aquellas historias y lugares lejanos. Danielle soñaba con salir de Polonia, conocer otros países y otras personas a las que poder ayudar y leer esas historias para enseñarles la belleza y la libertad interna que significaba para ella leer. Además, al final de cada historia que leía, anotaba una moraleja o un recordatorio de cómo se podría mejorar el mundo con algún punto positivo sacado del cuento. Día tras día Danielle fue leyendo estas historias que la ayudaron a sobrevivir psicológicamente y hasta físicamente en el campo de concentración y sobre todo ayudó a Lía a nunca sentirse sola y a tener esperanza. Lo más importante comenzó cuando, poco a poco, más niños, niñas y adolescentes del lugar, comenzaron a reunirse con ellas para las lecturas en las que todos se olvidaban por un rato de su presente en Auschwitz, cerraban los ojos y se imaginaban cómo podrían cambiar el mundo y ayudar poco a poco a la humanidad a mejorar como seres humanos. Entre todos, cada día que pasaba apuntaban una solución para cada historia, y esta fue la gran misión de Danielle durante su estancia en el campo de concentración hasta que fue liberada. Más tarde se convirtió en maestra. Una maestra que nunca olvidó su experiencia y ni cómo los libros pueden ser una gran vía de escape y de ayuda en momentos insoportables.

M ª ISABEL CUBILLOS DE ARCOS

LIBROS QUE DAN TECHO

LIBROS QUE DAN TECHO

Cerca de la estación de Avenida de América, en Madrid, hay un espacio donde los libros equivalen a abrazos. Me refiero a la sede de Bokatas y, a partir del mes de septiembre, también de Amaqtedu, dos organizaciones sin ánimo de lucro que intentan acompañar y dar un sentido a aquellos de nuestro alrededor que sufren la desigualdad. Con este objetivo, en Amaqtedu hay un espacio singular, un espacio reservado para un amigo que nos ha ido acompañando a lo largo de nuestra vida, el libro. Algunas personas no han tenido tanta suerte como nosotros, y notan que ese compañero que siempre había estado ahí ahora falta. Los fines de semana, cuando los voluntarios se reúnen con ellos en la sede, pueden coger un libro, decírselo a la coordinadora y devolverlo a la semana siguiente. Algunos cogen libros de tres en tres, ya que según dicen, las horas en la calle se hacen eternas y los libros tienen la capacidad de trasladarte a otro mundo, a otra realidad. De esta forma, semana tras semana, los usuarios de dicha biblioteca reciben abrazos, ternura y calor en forma de palabras, y no solo eso, sino que también pueden continuar su formación ya que la biblioteca dispone de libros académicos, así como apuntes universitarios o libros para aprender idiomas. Resulta curioso cómo tan sólo un “simple” objeto puede llegar hasta donde los seres humanos movidos por su egoísmo no pueden (me incluyo como la primera). Después de leer este artículo, te animo a que, si ves a una persona que está pasando necesidad, pienses que hay necesidades más allá de la ropa y los alimentos. Hablo de la inquietud, de la necesidad de saber, de una buena discusión, en definitiva, de humanidad.

Paula Alonso Lorente.

LA MESA

LA MESA

Cuando era pequeña, mi madre siempre nos regañaba a mi padre y a mí por dejar libros encima de la mesa del salón, entorpeciendo así la decoración de la misma. Ahora, años más tarde, es una batalla que ya da por perdida ya que la mesa siempre está inundada con torres de libros e incluso alguno que otro es suyo. Ayer llegué a casa para pasar las vacaciones de Semana Santa y lo primero que hice fue sacar de la maleta el libro que me estoy leyendo. Al ir a dejarlo en la mesa del salón, comprobé que mi padre había cambiado de libro. Tiene gracia, pero en mi casa solemos hacer cadenas de libros, me explico: las cadenas de libros en mi familia consisten en que alguien compra o coge de la biblioteca un libro y si está bien, va pasando por todos los miembros de la casa. Es muy entrañable cuando en las comidas nos ponemos a debatir sobre lo que hemos leído, y ahora que estoy fuera es una de las cosas que más echo de menos.

En estas fechas me acuerdo mucho de mi abuelo que murió hace un año. Gracias a él empecé a ver en los libros a auténticos amigos, confidentes mediante los cuales puedes convertirte en otro personaje sin necesidad de moverte de casa. En sus últimos momentos, El médico de Noah Gordon se convirtió en un compañero que alivió su dolor. 

Es curioso como hay libros que recuerdan no sólo a personas, sino también a lugares, experiencias y aventuras. Simplemente combinando palabras pueden hacerte sentir diversas emociones. Para nosotros, que nos creemos los reyes del mundo, qué contraste nos supone que unas cuantas hojas nos moldeen a su antojo.

 

LLAMAS

LLAMAS

Estaba desangrándome en una casa en ruinas del distrito Pankow. Los rojos nos habían estado presionando desde comienzos de año. ¿Cómo diablos les dejamos avanzar hasta Berlín? -me pregunté- No importa, ahora eso ya no importa Marcus, sobrevive -me respondí de manera melancólica-. Berlín estaba en llamas por culpa de los rojos, y la pierna me abrasaba a causa del disparo recibido esa mañana. Me levanté a duras penas y logré caminar hasta la única silla en pie del salón dejando un fino rastro de sangre tras de mí. Pensé en el dueño y supuse que no le importaría que un soldado manchase el suelo de su salón. Sentado, conseguí aliviar parte del dolor, pero otra herida me quemaba. Una llama de culpa sea de la forma que sea nunca se apaga del todo, siempre quedará una ceniza que la avive. ¿Cuándo la encendí y qué la avivó? -pregunté al vacío-. Sueños, fama, ser un héroe para la patria y el Führer o simplemente acabar siendo un imbécil en esa maldita guerra, como todos los demás, como el Führer, los rojos, los nuestros o los americanos, todos unos perfectos imbéciles que abrieron las puertas del infierno -respondí al vacío-. Hablar no me preocupaba, el sonido de las bombas a lo lejos tapaba mi voz y los rojos todavía estaban a 4 km de mi posición. Pero aún así, sabía que iba a morir y creí que sería buena idea pensar en otra cosa mientras llegaba el momento. Me pregunté en qué momento abrí yo las puertas de mi propio infierno, y supuse que fue aquel día de 1933.

Era un 10 de mayo y yo estudiaba en la universidad de Humboldt. Era un buen chico, un estudiante de ciencias sociales competente con un alto espíritu de camaradería estudiantil por aquella época. Los buenos tiempos -pensé en la casa en ruinas-. Quizá fueron los discursos del Führer, quizá fuera la camaradería de los nacionalsocialistas, o simplemente fuese el hecho de que no era más que un chiquillo que no sabía nada del mundo, lo que me llevó a unirme al Deutsche Studentenschaft, la DTs, en la universidad. Los primeros meses fueron muy agradables, me lo pasé muy bien, hice cosas buenas por una universidad y conocí a mucha gente que posiblemente estuvieran muertos cuando llegué a la casa en la que pensé todo esto. De toda esa gente, la persona más cercana a mí fue Adler Sheider, el típico ario alemán de la propaganda del partido. Fue mi mejor amigo hasta que murió en Stalingrado. Fue uno de los líderes de la DTs y quien me empujó a abrir mi puerta al infierno, a mí y a todos los chicos de la DTs.

Las semanas previas al día diez, Adler y otros lideres de la DTs nos pidieron que recogiésemos libros que atentasen contra los principios morales alemanes, libros judíos, comunistas y toda la porquería de izquierda que pudiéramos encontrar. Yo acompañe a Adler a requisar los libros de la biblioteca de la universidad. El bibliotecario, el viejo Jool, era un maldito viejo judío que no nos perdonaba ningún retraso con la devolución de libros, un tacaño que muy posiblemente acabara gaseado. Siempre me cayó mal, y la propuesta de Adler me gustó. Esos días fueron muy felices en comparación con los de ahora.

La mañana del diez de mayo nos dijeron que tendríamos que desfilar para que el pueblo viera el orgullo de la juventud alemana y que habría festejos que finalizarían con un discurso del mismísimo Goebbels. El atardecer de aquel día y todo lo que ocurrió en él se me quedaron grabados a fuego en mi mente. Al atardecer, nos dirigimos a la Plaza de la Opera y allí vi la llave de mis puertas del infierno, columnas y columnas de libros apilados para arder. Estas columnas tenían libros contra la nación y todas las buenas ideas del espíritu ario, pues eran basura comunista, judía y contraria a nuestros buenos principios, y al fondo estaba la tarima donde Goebbels daría su discurso. Adler, antes de entrar en la biblioteca de la universidad, me dijo que requisaríamos libros, pero aquel diez de mayo me di cuenta de que requisar significaba algo más. Parecía un funeral vikingo, pero sin ningún tipo de emotividad, solo odio y desprecio en el ambiente, yo lo notaba porque en el fondo lo sentía… -Nada- le dije en voz alta a la nada en la casa ruinosa-, y solo le faltaba una chispa para prender. Llegaron los jefes de la DTs con las antorchas que harían prender las llamas. Estaba embobado, no sabía qué hacer ni qué decir, por lo que no hice nada…y las columnas de libros ardieron. Esas fueron las primeras que yo vi arder en Berlín, y después vería muchas más. Tras la quema, Goebbels nos incendió el corazón con un magnifico discurso. En el fondo, dentro del odio que sentía por esos libros sentía un poco de lastima por su incineración, por el alma de todos los autores en esas columnas ardiendo en un grito sin ruido. Yo tenía parte de culpa, yo requisé esos libros. Pero quemar libros me llevo más tarde a quemar muertos, y de quemar muertos pasé a quemar vivos y de quemar vivos a ver Berlín ardiendo en la silla de la casa en ruinas desde donde muy posiblemente acabaría viendo el verdadero infierno. Me levanté y fui al corredor de la entrada, la sangre del suelo todavía seguía fresca, y a ella se le unió más sangre que todavía emanaba de mi herida, no le di más importancia tras ver y alcanzar la puerta. Entonces la abrí para ver las llamas de los edificios extendiéndose por Berlín, quizá ya estaba viendo el infierno.

Kevin Merinero Rodríguez

 

AVENTURA EN ZAPATILLAS

AVENTURA EN ZAPATILLAS

Amanecía en Tobago. Olía a café y a sábanas limpias. Entraba aire azul por la ventana abierta. La casa aún con los ojos abiertos estaba en calma. Se puso las zapatillas. Empezaba una nueva aventura. Bajó a la playa y sobre él se abría una inmensa manta color turquesa, era el mar, la mar, que tantas pasiones durante siglos había suscitado. Arena y agua virgen, allí no había nadie, salvo él para perturbar su serenidad y el despertador que de pronto apareció apagando su frágil ilusión.

Era lunes por la mañana, y al igual que en su sueño, también olía a café, pero esta vez soluble. Al abrir la ventana vio que sobre el campo se extendía una inmensa sábana blanca, era nieve. Aquella noche había nevado por primera vez en Toledo. Ismael recodaba pocas nevadas, y las que había presenciado habían sido todas fuera de la capital, en pueblos cercanos. Se puso el traje y emprendió camino a la oficina.

De camino se encontró con un gran atasco propiciado por la nevada. Los toledanos no estaban acostumbrados a la nieve y en cuanto caían cuatro copos entraban en modo pánico. Ismael aprovechó el parón para imaginar, le encantaba delirar inmerso en sus propios pensamientos mientras hacía algo tan rutinario como conducir, limpiar o ir a hacer la compra. En sus pensamientos siempre aparecía él como protagonista. Esta vez, se decantó por volver a Tobago, había descubierto un paraíso mental para sus puntuales delirios, así que regresó. Su piel se inundó de agua y su boca de aire. Estaba nadando entre los corales. De pronto, notó que el coche que tenía delante avanzó así que tuvo que moverse. No pudo volver a Tobago en todo el trayecto.

Al llegar a la oficina, Ismael se dio cuenta de una cosa y es que no necesitaba hacer viajes constantemente a Tobago, sino que podía hacer lo que hacen los grandes escritores, vivir permanentemente en la atmosfera de su obra. Las escaleras para ascender hasta su despacho serían palmeras a las que tendría que llegar a por cocos, la tranquilizante y cálida luz del sol sería el flexo situado en su mesa y el mar, el delicado y transparente mar, sería esa preciosa sábana blanca que recordaba haber visto situada junto a su casa. Sin embargo, se le olvidó que en Madrid el paisaje está tomado por asfalto y calles por lo que la nieve se situaba en pequeñas islas donde la acción del hombre no podía llegar.

A pesar de todo, Ismael estaba feliz, era feliz por haber descubierto que lo cotidiano también puede ser extraordinario si utilizamos las herramientas adecuadas.  

Paula Alonso Lorente