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Historias de lectores

YO VOY SOÑANDO CAMINOS... CARTA A DON ANTONIO MACHADO

YO VOY SOÑANDO CAMINOS... CARTA A DON ANTONIO MACHADO

Estimado D. Antonio:

Yo sabía de Vd. desde que era pequeño, cuando iba con mis padres a Burgos en el autobús y parábamos en Soria al subir la cuesta que lleva al centro, justo en la curva que hay enfrente del Instituto del que Vd. fue profesor de francés. Hacíamos el viaje casi todos los años y siempre parábamos en el mismo sitio “a echar un bocao”, que decía mi padre. Mientras almorzábamos comentaba: “Mira, pequeño, ahí enseñaba D. Antonio Machado”.

De tanto repetirlo mi padre, se me quedó su nombre y, cuando en mi Instituto nos enseñaron sus poemas, me empeñé en conocer más profundamente quién era Vd. Y sí que lo he intentado, aunque, seguramente, no lo he conseguido.

He recorrido, con sus poemas, las tierras de Alvargonzález. He subido a la Laguna Negra y una vez, en pleno verano, hasta la crucé a nado. Le puedo asegurar que, cuando iba por la mitad, me entró una especie de sensación como si, desde el fondo, alguien me atrajese. Incluso tuve miedo; pero me sobrepuse y logré llegar a la orilla. "A ver si me va a pasar a mí lo que a los hijos de Alvargonzález”, me dije; pero no, sólo era una sensación.

Bajando por el río Revinuesa, en el pueblo de Vinuesa, casi siempre me comía un par de truchas pescadas allí mismo. Hay una placa que recuerda su paso por aquellas tierras.

En Soria he visitado varias veces los arcos de San Juan del Duero, he paseado desde San Polo a San Saturio, me he detenido junto al olmo seco (al que “con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido”) y se me ha pasado el tiempo sin pensar, sólo sintiendo que estaba leyendo su poema, sin leerlo, de tanto como lo he leído. El Duero sigue remansado a lo largo del paseo, descuide D. Antonio.

Recuerdo, en estos tiempos de crisis, su terrible profecía: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios: una de las dos Españas ha de helarte el corazón”. Que no se cumpla, D. Antonio.

Y ya en mi tercera (o cuarta, no sé) edad sólo aspiro a que, cuando me llegue el momento de partir, me encuentre “ligero de equipaje, como los hombres de la mar”.

Pero, mientras tanto, aquí me tiene Vd., en Alcalá, estudiando Humanidades, donde, cuando guste, será siempre bienvenido. Y que sepa que en la primera planta de la Facultad está su foto, y que sale bastante favorecido, con su sombrero y su esbozo de sonrisa que tanto le caracteriza.

Un abrazo y hasta siempre.

Fernando Ibáñez Martínez.

¡ADIÓS, BUEN DAVID! ¡ADIÓS, BUEN ABAD!

¡ADIÓS, BUEN DAVID! ¡ADIÓS, BUEN ABAD!

Mi padre es periodista y siempre tenía entre manos algún escrito. Pequeños relatos, Felipe, el sereno de la esquina, por ejemplo, también poesía o alguna obra de teatro, teatro loco y divertido, muy similar al que escribió Wenceslao Fernández Flores (1885-1964). Recuerdo su tragedia en tres actos para ser representada sobre un armario, Los amantes de Sanlúcar de Barrameda, y alguna novela o libros relacionados con su labor profesional. En fin, sus cosas...

A mi padre le gustaba mucho escribir a mano, y corregía y anotaba al margen... Incluso hacía pequeños dibujos y composiciones antes de hacer el texto definitivo para llevarlo a imprenta. Puedo verlo aún en su mesa de madera, concienzudamente inmerso entre papeles, tintas y secantes.

En la imprenta lo esperaba siempre David, quien componía las páginas y le sugería, le indicaba, le aconsejaba..., y yo iba con él, y el sonido de las máquinas, de las linotipias, aún resuena en mi mente. Cuando llegábamos, mi padre, indefectiblemente, le decía, "¡Hola, buen David!", y él respondía, "¡Hola, buen abad! No sé por qué, nunca les pregunté a qué se debía ese saludo suyo. Entre mis recuerdos infantiles lo guardo y debía pensar que era una de tantas cosas de mi padre que tenía una gracejo especial y, dicho sea de paso, también era muy religioso (de ahí, quizás, lo del "buen abad").

Recientemente, con estas lecturas y el hecho de “contemplar” a los monjes en los monasterios copiando libros, y escribiendo glosas y comentarios en sus márgenes, he comprendido ese guiño cómplice y por qué se saludaban y se despedían de esa manera David y mi padre. Y hoy, cuando ya no se volverá a repetir ese saludo, ni podré comentarlo con ninguno, los vuelvo a oir a los dos, los vuelvo a ver despidiéndose en la puerta de la imprenta "Raimundo", en la Plaza de San Francisco de Sevilla...

¡Adiós, buen David! ¡Adiós, buen abad!

Isabel García Conde.

CUÉNTAME UN CUENTO ABUELITA...

CUÉNTAME UN CUENTO ABUELITA...

Sólo ahora, al comenzar esta asignatura, he sido consciente del momento de mi vida en el que se inicia mi contacto con los cuentos, mi curiosidad por las historias, ese amor por la lectura que se hizo posible tan pronto aprendí a leer, cuando contaba con apenas cuatro años. Fue entonces cuando me regalaron los primeros libros que me acompañan desde entonces.

Mi madre, como un aedo, me cantaba cuentos cuando era pequeña. Sí, me cantaba... Entonaba historias que me transportaban a reinos multicolores, a espacios inalcanzables. Recuerdo aquella que decía, tras una música suave, en cadencia envolvente:

Cuéntame un cuento abuelita, antes de irme a acostaaaaaaaaaar.

Cuéntame un cuento abuelita, aquí cerca del hogaaaar...

Está cayendo la nieve en la lejana extensión,

los árboles son como espuma y las nubes son de algodón...

O aquel poema de Rubén Darío, musicado, Margarita está linda, la mar y el viento, etc., Margarita, te voy a contar (cantar) un cuento. Y surge el cuento-cantado: de un rey que tenía un palacio de diamantes, una estrella hecha de día y un rebaño de elefantes...

Tal vez, por eso, aprendí tan pronto a leer, para poder disfrutar las historias cuando quisiera. Las buscaba en cada página de los libros que tenía mi padre... Es curioso, mi madre con sus historias cantadas, pero mi padre era el que tenía los libros...

Con el tiempo, yo también canté cuentos a mis hijos. Cuando los bañaba, cuando los daba de comer, cuando los dormía. Igual que me inculcó mi madre, así hice yo con mis hijos, y los cuentos-cantados pronto fueron reemplazados por la lectura de otros cuentos. Nunca dejé de leerles historias. Había cuentos, muchos cuentos en casa, grandes y pequeños, pero cada uno de mis hijos, en su momento, tuvo fijación por uno en concreto, y por más que yo eligiera uno nuevo para leerles, al final terminábamos con el de siempre.

Cada día comenzaba la lectura: Un hombrecillo un verano, encontró una esponja a mano... Éste fue el de Israel. El osito Tedy Ruspin y sus amigos...., era el que atraía a Pablo. No Fernandito, así no..., éste fue el de Paula. Y de tanto leérselos aprendieron a decirlos de memoria antes de ir al colegio, incluso antes de aprender a leer. A todos les sucedió lo mismo, en la etapa en la que contaban  tres, cuatro años... No es difícil, la cantilena constante hacía que casi sin percibirlo se les quedase grabado. A menudo gustaban de abrir el libro y lo decían como si estuvieran leyendo... En más de una ocasión sorprendieron a sus abuelos, a nuestros amigos. Hoy son buenos lectores, la lectura les ha acompañado siempre, porque incluso antes de nacer debían sentir que yo disfrutaba leyendo, siempre me han esperado silenciosos, tranquilos, anhelantes, los libros…

M. Isabel García Conde.

UN PUZZLE DONDE TODO ENCAJA. CARTA A AGATHA CHRISTIE

UN PUZZLE DONDE TODO ENCAJA. CARTA A AGATHA CHRISTIE

Estimada Agatha Christie:

Te escribo esta carta para expresar la profunda admiración que siento por ti y por tus magnificas obras literarias, que atrapan al lector en un mundo lleno de aventuras y misterios que, aunque al principio parecen indescifrables, al final la verdad siempre sale a la luz.

Señora Christie, la verdad es que nunca me había planteado escribirla una carta, pero ahora que tengo la oportunidad de hacerlo, me gustaría abrirme y decirle todas aquellas sensaciones que producen en mí sus fantásticas novelas. A mí, desde niña, siempre me han encandilado las novelas de misterio, no sólo por la trama en sí, sino porque te trasladan al espacio donde se está produciendo la acción. Es un mundo en el que te pones en la piel de cada uno de los detectives, te rompes la cabeza tratando de descubrir o adivinar antes del final de la novela cuál de los personajes, que al principio todos parecen tan inofensivos y poseen la coartada perfecta que les exculpa del crimen o asesinato cometido, es el culpable de dicho delito.

Lo más curioso de sus novelas es que todas las que he leído giran en torno a un asesinato o a un envenenamiento. Eso me lleva a preguntarme cómo es posible que una persona tenga tanta imaginación como para desarrollar una trama en la que todo detalle está perfectamente calculado y cuidado. Los detectives siguen cada huella, cada pista que les conduce al asesino, y si de antemano saben quién es éste, no se apresuran a delatarlo, sino que dejan que por sí mismo acabe haciéndolo. Todo es como un puzzle en el que cada pieza acaba encajando.

Me imagino que sus novelas han sido el punto de apoyo o de partida que han utilizado muchos detectives privados, policías, etc., para resolver sus casos, ya que, como leí en una de las novelas de Sherlock Holmes, las pequeñas pistas que consideramos insignificantes son las que nos llevan a descubrir la verdad. Sus obras, incluso, me han hecho plantearme la cuestión de querer estudiar algún día la carrera de Criminología. Espero que llegue a realizar ese deseo, porque cada vez que leo una novela policíaca o de misterio se me ponen los pelos de punta, sobre todo en los capítulos donde se desarrolla una acción peligrosa o cuando está a punto de suceder un hecho importante. Soy una persona que cuando me pongo a leer o a ver una película me meto de lleno en la trama, todo lo que le pasa a los personajes en cierta forma me afecta a mí, aunque sepa que lo que ocurre no es real. Sufro cuando sufre el protagonista, lloro cuando llora, sonrío cuando sonríe...

También he visto que algunas de sus novelas se han trasladado al mundo del cine. La única que he visto y que es mi novela favorita es Asesinato en el Orient Express, en la que Hercules Poirot, el detective más famoso de sus novelas, se dispone a resolver un crimen que se ha cometido en un tren y que parece el crimen perfecto, pero como en todo crimen, siempre hay cabos sueltos. Me gustaría ver El misterio de Pale Horse. Será la siguiente. Aunque en el mundo del cine se esmeran en que los personajes de las películas realicen las mismas acciones que los personales de papel, eso es algo que no logran hacer del todo, porque el mundo de la lectura y la imaginación sobrepasan cualquier otro. Cuando primero lees una obra y después la vas a ver al cine, te das cuenta de que hay detalles que no concuerdan o que no se consiguen transmitir del todo.

Espero no haberla aburrido con mis fantasías y las locuras que pasan por mi cabeza. Aunque sé que esta carta no llegará a leerla, me satisface el simple hecho de haberme desahogado de la misma manera que usted se desahogaba al relatar las vivencias y sucesos que acontecían en su entorno: mediante la escritura.

Le mando un abrazo muy fuerte y espero llegar a leer todas sus novelas.

Su admiradora,

María José Okue Elo.

A ESA PLAYA EN PENDIENTE Y A ESE FARO AL QUE VOLVÍ... CARTA A ERNESTO FILARDI

A ESA PLAYA EN PENDIENTE Y A ESE FARO AL QUE VOLVÍ... CARTA A ERNESTO FILARDI

Estimado Ernesto Filardi:

Tal vez te sorprenda, en estos tiempos que corren, recibir una carta, y creo no equivocarme si digo que es un hecho que nos sorprendería a todos, pero de igual manera me atrevería a asegurar que la sorpresa te será grata.

Ante la sugerencia académica de realizar esta labor como ejercicio de clase, mis opciones eran infinitas, mi devoción por un número tan ingente de escritores me da la posibilidad de publicar varios libros en los que se reunieran cartas de admiración, exclusivamente. Pero mi decisión no se ha hecho esperar, he optado por escribir dos cartas. La primera va dirigida a Virginia Woolf y la segunda ya ves que está en tus manos.

He leído diversos trabajos tuyos y no sólo eso, he presenciado tus puestas en escena, sé de tu participación en numerosa actuaciones y sé cuántas actividades has realizado, amén de las lecturas de poesía en el Corral de Comedias de Alcalá de Henares, inolvidables.

Pero en esta ocasión quiero significar, quiero celebrar un libro de poemas que despertó mi interés, llamó mi atención tan pronto lo distinguí entre tantos otros que lo acompañaban en el estante de la librería. Antes de elegir un libro me gusta pasear la mirada por ellos, mientras descansan; siempre espero que alguno me haga una señal, que se distinga de alguna manera, y el tuyo, La niña y el mar, lo consiguió, porque tranquilamente o tal vez anhelante me esperaba.

En una ocasión tuve oportunidad de comentarte la emoción que este libro me había causado, por tanto ya eres depositario de mi agradecimiento. No obstante, hoy quiero dejar constancia y hacerte partícipe de este juego tan hermoso, tan sugerente.

Lo que en origen me llamó la atención del poemario fue su título, del que al percibirlo en el anaquel ordenado, tan sólo atisbé dos palabras, "el Mar", y es que el mar, la playa, el sol, son para mí esenciales, vitales. Me acerqué a acariciarlo y ver qué me decía, porque también me gusta mantener ese mudo diálogo con los libros antes de vivirlos. Al tenerlo en mis manos vi que era tuyo y, entreabriéndolo, paseé mi mirada lentamente por las líneas de sus páginas esperando, como siempre, que algo me sorprendiera. En una de esas páginas decías: “Playa de Regla, Chipiona. Una niña le pregunta a su padre por qué el mar tiene esas olas…”, y entonces se desbordó mi asombro y, por un instante, se me encogió el alma. En esas palabras, entre estas líneas de sal y espuma, estábamos mi padre y yo.

Has escrito y escribirás, indudablemente, obras mejores o, tal vez, más eruditas, pero La niña y el mar tiene la ternura, la sensibilidad  y los aires salinos de las playas del sur y, por añadidura, sentimientos e imágenes que, por tan cercanos, parecen míos, sobre todo ese principio y ese final que me conmueven.

En el transcurso de su lectura me he descubierto en otras páginas, entre los deseos e ilusiones, alegrías o decepciones de la chiquilla, de la joven, de la mujer, que con ese sentimiento diverso llevas de la mano, envuelto en esa media sonrisa, tan a menudo irónica, que te precede.

He regalado este libro en multitud de ocasiones y te confieso que lo regalo personalizado, lo hago un poco mío, sobre todo con la imagen última de “…esa playa en pendiente y a ese faro” donde volví, casi treinta años después con mi esposo y con mi niño, igual que esta niña, la joven, tu mujer.

Gracias por la emoción causada.

Un abrazo,

M. Isabel García Conde.

LA FELICIDAD EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS. CARTA A IMRE KERTÉSZ

LA FELICIDAD EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS. CARTA A IMRE KERTÉSZ

Estimado Sr. Kertész:

Quiero, primeramente, felicitarle sinceramente por la consecución del Premo Nobel de literatura en 2002. Realmente lo merece.

Aunque es entristecedora para mí su decisión de abandonar la escritura, reconozco que finalizar su carrera literaria a tan tardía edad muestra su gran vocación hacia la profesión, al igual que considerar por zanjado el tema del Holocausto corrobora que sentía usted el deber de realizar una función especial en la literatura. Por otra parte, tengo entendido que ha escrito usted sobre otros temas y que, incluso, ha traducido obras filosóficas de autores tan apreciados por mí como Nietzche, Freud o Wittgenstein. Todo ello me lleva a sentir hacia usted una gran admiración.

Desde mi preadolescencia, mi predilección hacia lo filosófico ha fundado en mí un fuerte interés por las causas, los fenómenos ideológicos y los hechos no específicamente militares de la controvertida Segunda Guerra Mundial, que nos hacen comprender el verdadero sentido de esta fase de la historia en la conformación del ser humano actual.

A los 15 años, cuando leí Sin Destino, había buscado en distintas fuentes información sobre el Holocausto, e incluso había visto documentales sobre campos de concentración y de exterminio; sin embargo, la lectura de su novela me dejó marcada, pues jamás había tenido entre mis manos la experiencia de alguien que hubiera vivido tal desastre humano en primera persona.

El Holocausto era para mí raíz de una incógnita que aún estoy por resolver, y cuya respuesta he buscado con mayor empeño desde el conocimiento de su obra. El nacionalsocialismo me hace constantemente cuestionar mi concepción positiva del ser humano. He intentado convencerme de que quizá los nacionalsocialistas no veían a sus perseguidos como personas, y no consideraban que hacerles sufrir era algo moralmente malo. Pero me resulta imposible creer que, en un contexto de gran desarrollo de los derechos humanos, naciera en Europa una posición política que negara la humanidad a individuos, que son, por definición, humanos. Los nazis veían que eran humanos a los que hacían daño, y todavía no puedo comprender cómo es posible que ese tipo de personas se reafirmaran en su posición, que no se arrepintieran de lo que hicieron.

A pesar de ello, el ejemplo está en mi propia familia: los tres hermanos de mi abuela materna fueron fusilados por los franquistas después la Guerra Civil, tras permanecer al menos un año encarcelados sin haber cometido delito alguno. Por otra parte, mi abuelo paterno, aun sabiendo esto y conociendo el Holocausto nazi sin negarlo, siempre fue fascista. Murió hace pocos años, esquelético por negarse a comer lo necesario y llevando una actitud que hacía que pareciera que sufría la vida en vez de vivirla. Nunca le comprendí ni le aprecié, y eso es algo que me resulta realmente muy triste.

Quizá preguntarle esto no me lleve a la respuesta de por qué existen personas así. Pero sí sé que, al menos, podrá hacerme comprender mejor al ser humano, y acercarme a la solución. Dice usted textualmente al final de su novela: “Incluso allá, al lado de las chimeneas había habido, entre las torturas, en los intervalos de las torturas, algo que se parecía a la felicidad. Todos me preguntaban por las calamidades, por los horrores, cuando para mí ésa había sido la experiencia que más recordaba. Claro, de eso, de la felicidad en los campos de concentración debería hablarles la próxima vez que me pregunten. Si me preguntan. Y si todavía me acuerdo.”

Estas palabras me provocaron una emoción realmente profunda. Es cierto, creo, como usted afirma, que el ser humano es capaz de ser feliz, si quiere, en las peores condiciones, y es esa una de las potencialidades que más valoro de nosotros, y que, como observo, puedo valorar en usted. Así, me gustaría preguntarle sobre su felicidad en los campos de concentración, si es posible que me conteste sobre ello, y si todavía lo recuerda, para que pueda comprender mejor cómo el ser humano llega a su propia felicidad. Pues a veces me parece creer que la felicidad procede del propio individuo y de su esfuerzo y método para encontrarla, lo que me lleva a pensar que, ojalá, quien hace el mal sea quizá porque no sabe cómo llegar a ser feliz.

Atentamente,

Diana Tejón Pérez.

El amor a los libros, a la historia y a Dios

El amor a los libros, a la historia y a Dios

Estimado Jesús Sánchez Adalid:

No puedo sino en primer lugar darle la enhorabuena por el recién conseguido “Premio de Novela Histórica Alfonso X El Sabio”. Creo sinceramente que dicho reconocimiento es el fruto de su gran obra literaria.

Es hace unos años cuando tuve la oportunidad de leer El Cautivo, y valga la redundancia, cautivo quedé yo de su arte de la escritura. Fue en mi colegio de Miajadas, donde alguna vez tuve la oportunidad de escucharle. Su serenidad y su sabiduría me sorprendieron a mi temprana edad. Y joven era también aquel Luis María Monroy de Villalobos que aún recuerdo nítidamente en mi pequeña memoria. Ese interesante retrato de época, en la que nuestro paisano extremeño para hacerse militar, siempre siguiendo los pasos de su padre, se pone a la servidumbre de un gran señor y lo que la vida le depara, narrado con esa capacidad suya, me ayudó a reafirmar algunas cosas que a esa temprana edad están aún en nebulosa. El proceso de aprendizaje del joven Luís María me hizo reflexionar mucho sobre el mío propio. La Sublime Puerta, segunda parte de este libro, también cayó en mis manos, o mejor dicho, en mis ojos, hace ya algún tiempo, así como lo han ido haciendo cada una de sus obras.

Y es que no puedo evitar sobrecogerme con la lectura de algunos pasajes, esos en los que describe la tierra extremeña, sus gentes, sus hazañas de entonces, aquellos hidalgos... Recuerdo especialmente como Luis María llega a Guadalupe y se deshace de las cadenas como en aquel tiempo hacían quienes acudían a la Virgen morenita, patrona de las Españas. Así que mientras escribo esto acudo al libro y copio dicho fragmento en esta carta, fragmento que tengo subrayado:

En la penumbra del templo, a pesar de las muchas velas y lámparas encendidas, parecía que Nuestra Señora brotaba de la nada, entre los humos, los resplandores de oro, la platería, las cintas, guirnaldas, flores, telas y bordados. Estaba la Virgen rodeada de exvotos de cera: cabezas, pies, mortajas y cabellos cortados. Pero, de entre todo ello, me sobrecogía la visión de una infinidad de grilletes, cadenas y anillos traídos por los cautivos liberados del suplicio de sus prisiones tras reclamar el auxilio de la Virgen de Guadalupe.

Ese amor a la Virgen de Guadalupe, patrona de Extremadura, que tan bien sabe usted transmitir, como los paisajes en los que se enclava el monasterio, me traen magníficos recuerdos, producen en mí emociones difícilmente descriptibles:

Pero, sentado en un peñasco, me distrajo enseguida la soberbia visión del inmenso santuario que se alzaba al pie de las montañas. Con la última luz de la tarde los muros parecían dorados, resplandeciendo por encima de ellos las claras yeserías de pulcros estucos, los esmaltes verdeazulados de los chapiteles y los detalles policromos de las chimeneas. Alcanzaba a oír el tañido alegre de la campana, persistente, neto, que llamaba a la oración de vísperas dejando que su eco se ahogara en el valle.

Y es que admiro de su obra esas descripciones tan bien hechas, tan reales, que me hacen sumergirme, como si de una película se tratara, en la propia obra; y no se puede obviar tampoco esa carga moral y espiritual de la que dota a todos sus libros. Pensando en esto me viene a la cabeza Félix de Lusitania, que asustado por esa nueva religión no aceptada en el momento, quedó preso de la misma, admirado de aquellos cristianos que, como se dice en la Carta a Diogneto, “están en el mundo como el alma en el cuerpo”.

No es mi intención importunarle ni que gaste su tiempo, ni tampoco hacerle un resumen de su propia obra, que nadie conoce mejor que usted, sino compartir las frases, los momentos, las ciudades, los pueblos, los campos que tan maravillosamente es capaz de reflejar sobre el papel...

Únicamente le puedo animar y alentar a que continúe escribiendo, a que lo siga haciendo, además, con el rigor histórico con el que lo hace, captando nuestros ojos, nuestro entendimiento y nuestra alma, que es lo más importante.

Al final de esta carta, en el primer borrador que preparé de la misma, le preguntaba cuándo saldría su próximo libro, pero hoy mismo me he enterado que Alcazaba acaba de publicarse, por lo que ya le tengo de nuevo entre mis próximas lecturas. Además, le hacía otra pregunta, que mantengo en esta versión final, y es que quería saber si ha pensando en escribir sobre la Extremadura de la Ilustración o del Siglo XIX en sus próximas obras.

Sin más, con el final del libro Félix de Lusitania, me despido. 

Ahora vuelvo a alegrarme al contemplar esta naturaleza que me parece sagrada, en la hermosura de sus paisajes, en su aire limpio y en la profundidad azul de su cielo; que me habla de Él. Porque abro los ojos, los ojos de la fe, que me hacen ver más allá, con una sabiduría más alta y un entender más sereno. Y comprendo que sólo hay una tierra y una ciudad, adónde todos queremos regresar. Él vive en ella, en el silencio de sus santuarios y en el bullicio de sus plazas. Este pensamiento alegra mi vida y me reconcilia con la existencia, con sus males y sus bienes, durante mi permanencia en este mundo.

Reciba un abrazo afectuoso.

Juan Jesús Gutierro Carrasco.

"Los Cinco", "Los Siete", mi infancia

"Los Cinco", "Los Siete", mi infancia

Estimada Enid Blyton:

Quiero empezar esta carta diciéndote que eres mi autora favorita. Tus libros han sido una parte muy importante de mi infancia; siempre tenía uno en mi mesilla y además tenía una estantería en mi habitación dedicada sólo a ti, con tus libros. Los leía cada noche antes de dormir -tanto es así que, en muchas ocasiones, mis padres me echaron la bronca porque era demasiado tarde y yo seguía leyéndote-. ¡Recuerdo cómo me enfadaba porque no era capaz de leer más deprisa, de las ganas que tenía de terminar cada libro y saber qué pasaba!

Mis libros favoritos son las series de misterio, es decir, Los Cinco y los Siete Secretos. Las tramas son muy sencillas y todos los libros guardan una misma estructura, así que me parece que hiciste una combinación perfecta para animar a los niños y niñas a leer, porque ambas cosas, la sencillez y la homogeneidad, son muy importantes. En todos tus libros, los protagonistas viven una aventura,  se encuentran con personajes sospechosos, luchan contra los malos y viven felices para siempre... A mí me parecía fantástico volver a encontrarme libro tras libro con los mismos personajes, era algo reconfortante, emocionante, daba la sensación de que todo aquello era real, que ellos existían y que iban creciendo como yo. Eran mis amigos, mis ídolos. Crecí con tus libros. Cada lectura era para mí como la vuelta a la escuela después de las vacaciones: el regreso a un lugar familiar, con personas conocidas y queridas.

Mi personaje favorito de Los Cinco era George (Georgina). Como era un "chicazo", y yo también, me sentí muy identificada con ella. Cuando era niña yo no vestía como tal, prefería ir en pantalones, y además siempre elegía hacer algún deporte antes que jugar con muñecas. Me gustaba la fuerte personalidad de George, que fuera una niña que se saliera de lo tradicional y que su comportamiento fuera distinto al esperado. Ella me ayudó a seguir mis instintos, a no dejarme modelar por lo que la sociedad nos impone. En la serie de los Siete Secretos la que más me gustaba era Janet, porque era muy testaruda. Su relación con su hermano Peter se parecía mucho a la mía con mi hermano, y muchas veces durante nuestra infancia tratamos de emular las reuniones secretas que ellos celebraban en las páginas de tus libros. Pero si dejamos a un lado a los personajes humanos, sin duda, otro de mis preferidos era Timmy, el perro de Los Cinco. Nunca he leído otro libro en el que se le dé un papel tan importante a una mascota. Timmy es uno más, forma parte del grupo como cualquier otro. Y creo que eso ha influido mucho en otros autores del Reino Unido después. Recuerdo que cuando vi por primera vez la serie de televisión Scooby Doo me acordé mucho de Timmy...

Podría seguir escribiéndote páginas y páginas, contándote mis aventuras favoritas de cada uno de tus libros, ¡pero no tendría suficiente espacio para hacerlo! Así que sólo quiero darte las gracias por escribir libros tan increíbles como éstos. Tus libros han sido mi infancia y cuando ahora los releo no puedo evitar sentir nostalgia de ellos y de mi niñez. Muchos de tus libros me los regaló mi madre, eran suyos antes que míos. Algún día yo haré lo mismo, porque tus libros no tienen fecha de caducidad, son eternos. Siempre, siempre, tendrán un lugar especial en mi corazón.

Un abrazo de una lectora fiel,

Nicola Jackson

Una lectora corriente y moliente

Una lectora corriente y moliente

Querido  Knister:

Me llamo Lucía de los Ángeles Lozano Tejada, soy alumna de Humanidades de la Universidad de Alcalá, en España, tengo 20 años y soy una gran lectora y fan de tus libros, en especial de las aventuras de KIKA Superbruja.

Te escribo con el fin de contarte que desde que tenía 9 años he leído casi todas tus obras de KIKA Superbruja, y he de decirte que me encantan, porque siempre me he sentido identificada con esa protagonista tan alocada que es Kika, que nunca para hasta conseguir alcanzar sus objetivos. Por eso te quiero dar las gracias, por haber escrito esos libros, ya que desde pequeña nunca me apasionó precisamente la lectura hasta que los encontré en mi camino.

Todo comenzó un día de biblioteca en el que me encontraba con mi madre haciendo los deberes del colegio y al haber terminado pronto me puse a echar un vistazo por las estanterías. De repente vi un libro que me atrajo a primera vista. Se trataba de Kika Superbruja Revoluciona la clase, y decidí llevármelo a casa. En cuestión de dos días ya me lo había terminado. Mi madre, súper asombrada, al verme que quería ir a por otro libro, decidió comprárme más, y finalmente acabé leyendo todos los libros de Kika.

A día de hoy, con 20 años, sigo leyendo tus libros a mi hermano pequeño de 6, porque me sigue haciendo la misma ilusión o más que cuando era niña y me gusta trasmitirle esa sensación a él. Los dos nos sentimos muy identificados con los personajes de Kika y Dani, y sobre todo con sus trastadas.

Para terminar quiero darte las gracias nuevamente por haber hecho que más niños como “yo” hayamos podido tener la gran oportunidad de soñar y experimentar tantas aventuras emocionantes despertando nuestra imaginación. Pero siento decirte que en algún libro no pude resistirme a terminar la lectura para ver el truco de magia que siempre ponías al final e hice trampa y me leí antes el truco que la historia, pero no en todos los libros, en otros respeté esa “regla” que nos ponías a tus lectores y te aseguro que me resultaba muy emocionante terminar para descubrir ese truco.

Atentamente,

Una lectora corriente y moliente.

Lucía de los Ángeles Lozano Tejada

¿Pero existe el caballo de Mestanza?

¿Pero existe el caballo de Mestanza?

Sr. Javier Pascual:

Hace tiempo llegó a mis manos por recomendación de alguien el libro ¿Pero existe el caballo de Mestanza? Lo guardo en un estante al que podría llamar “de libros favoritos”, aunque la mayoría de las veces desconozco mi propio criterio para colocarlos ahí. Como es un librito pequeño y abulta poco se había quedado oculto entre otros más grandes, y como tengo muy mala memoria no sólo había olvidado la historia que contaba, sino su existencia misma. Sin embargo, cuando he tenido que abordar este trabajo de escribir a un escritor, casi por inercia he ido a ese estante de libros favoritos a buscarlo, porque yo sabía que lo tenía, solo que no lo recordaba.

Como hubiese sido absurdo escribirle por un motivo que no recuerdo, aunque sí intuyo, he vuelto a leerlo, y para mi sorpresa, descubro que las cosas que quisiera decirle acerca de su libro no puedo escribirlas, tan solo intuirlas, tal vez por esto lo puse donde lo puse. Aunque tal vez usted pueda entenderlo sin necesidad de explicarlo, porque esta incapacidad de transmitirle el por qué me gusta su libro es en sí misma el motivo por el que me gusta y eso no es más que mi modo de interpretar el sentido del texto. Así que podría decirle que el hecho de no entender su libro es la esencia misma de éste, y así, yo estaría entendiéndolo, y usted a mí. Por lo que tal vez debiera decirle simplemente: su libro me ha gustado, me ha gustado mucho; y dejar que usted interprete en ello lo que más convenga a su criterio, porque yo me dirijo a usted como escritor, pero usted me puede leer como escritor, como lector o como cualquier otra cosa que sus circunstancias le hayan llevado a ser. O dicho con sus propias palabras “el lector crea, más que descubre, el significado de un texto”.

Por si no me ha entendido, por eso de que “es el lenguaje, siempre el traidor lenguaje, el que comienza a decir cosas diferentes de su sentido literal”, lo que pretendo con esta carta no es hacer una crítica a favor o en contra de su libro, sino más bien, confesarle que he confraternizado de una manera muy especial con él. En caso de hacer crítica, haría crítica de la crítica, pues he leído sobre su libro lo siguiente: “La segunda parte está concebida como una explicación acerca de un determinado modo de entender la literatura” (L. BARRERA: Cuadernos de Extremadura, sábado, 27 de septiembre de 2003, p. VII).

En contra de esta opinión, lo que de la lectura de la historia del Caballo de Mestanza extraigo es que no hay modos sino circunstancias de entender la literatura. Pero más allá de eso, las palabras finales del libro: “una mierda, una enorme, asquerosa y bellísima mierda: las palabras”, me hacen interpretar, o más bien inventar, que todo cuanto hay escrito en él no es más que una queja, dirigida a ninguna parte acerca de lo que supone la tarea de escribir para quien irremediablemente, y contra su voluntad, se encuentra forzado a hacerlo.

Una lectora simpatizante,

Erika Fernández.

Desde mi rincón

Desde mi rincón

Yo no necesito soñar para cambiar de realidad,

tampoco me hacen falta maletas para conocer otros lugares

ni quiero esperar a que la suerte de mi destino

me sonría para darme una vida extraordinaria.

Sólo soy en la quietud de mi rincón.

Escucha el silencio, mira:

una ventanita por donde entra el sol.

La luz penetra en mis sentidos

y el viaje vuelve a incitar a mi alma aventurera.

Vuelve de nuevo porque viajo,

pero nunca viajo al mismo lugar,

unas veces oigo a lo lejos el chirriar de los molinos

movidos por el viento, que ondea mi pelo,

como a las olas, en el constante ritmo.

Me siento una loba de mar.

Otras veces, mi pupila se dilata al calor de tu pupila azul,

me empequeñezco ante los inmensos campos amarillentos de Castilla

y duermo en los tonos grisáceos de la soledad de Nueva York.

Navego, corro y salto,

viajo, duermo y amo.

Vivo despierta en un sueño,

el que me da la ventanita de mi rincón.

Inspiración que libera mi mente,

impresas permanecen en el tiempo

palabras eternas que esperan

a que me asome a la ventanita de mi rincón.

Blanco conejo descansa, duerme tic-tac,

hombres grises no negocio, tiempo no quiero ahorrar.

Y es que yo no necesito soñar para cambiar de realidad,

con un libro me basta para ser.

Es mi ventana, mi luz,

es mi rincón.

 

Elena Fg

CARTA DE UN LECTOR AGRADECIDO

CARTA DE UN LECTOR AGRADECIDO

En Madrid, a 5 de Febrero de 2012.

Estimado Santiago:

El motivo por el cual le escribo es para felicitarle por su trilogía Africanus. Aunque en realidad todo forma parte de un trabajo de una asignatura de la Facultad, no obstante, me permite, por un lado, realizar el trabajo, y por otro, agradecerle que haya dedicado buena parte de su tiempo a la realización de la novela histórica más apasionante ante la que un lector se puede enfrentar. Quería corresponderle con este agradecimiento los ratos tan agradables que he pasado y pasaré con sus futuras novelas. Pero no me gustaría dejar escapar la ocasión de narrarle cuáles han sido mis sensaciones como lector, cuando por casualidad y, en un orden que no corresponde al de la trilogía, comencé leyendo Las legiones malditas. Inicié la aventura de acompañar a dos de los más grandes generales de toda la antigüedad, con permiso de Alejandro Magno, en un enfrentamiento colosal, tanto en su magnitud, como en el derroche de todos los valores que se presumen en un gran estratega: inteligencia, honor, lealtad y sobre todo pasión, máxime cuando se trata de una novela que narra el desarrollo de la guerra en la que todos estos ingredientes son necesarios para llevar a un ejército a la victoria.

Creo sinceramente que desarrolla con maestría los tiempos de la novela, no deja que la gran fuerza de los personajes principales acabe por disipar la gran importancia de los personajes secundarios de la obra: Cayo Lelio, Catón, Plauto. Todos ellos son personajes para el disfrute y que no permiten que durante la lectura uno se relaje pensando que lo que viene después es lo interesante, sino que el interés es constante dentro de su obra.

Nunca olvidaré esta trilogía. Me ha acompañado en multitud de sitios y circunstancias diferentes: en el metro y el tren cuando iba a trabajar, a pesar de que no es precisamente un libro de bolsillo, o en el avión, cuando me disponía a disfrutar de mi luna de miel en Egipto (he de reconocer que tengo algo de miedo a volar pero que con la lectura esas horas no existieron, estaba tan sumergido dentro de la historia que los miedos se disiparon). Pero, sobre todo, me ha proporcionado dos de los instantes más maravillosos, mágicos e intensos que uno pueda tener, la combinación de la lectura con el ocaso del sol en el río Nilo, o el disfrute de un atardecer en el mar Rojo, en compañía de Escipión, Aníbal o Quinto Fabio Máximo, pues la lectura también tiene su propio contexto y, en mi caso, no pudo tener mejor marco que ése. 

Quería, por último, mostrar mi agradecimiento porque con su obra recuperé el interés por la lectura, así como desearle que su próxima trilogía tenga aún más éxito que la anterior. Sólo espero que la lectura de esta carta en mi clase anime a alguno de mis compañeros a leer sus novelas, pues ante todo la lectura también es compañía y se disfruta mucho más cuando tienes a alguien con el que comentar el desarrollo de la obra, la fuerza de los personajes, la intriga. El hombre es un ser social y la lectura lo demuestra.

David Cano López.

CARTA PARA LA REINA DEL CRIMEN

CARTA PARA LA REINA DEL CRIMEN

 

“La mejor receta para la novela policíaca:

 el detective no debe ser nunca más que el lector”.

Ésa fue su máxima, querida Agatha.

Ése fue el secreto de su éxito.

 

Estimada Agatha Christie:

Soy una de sus lectoras y admiradoras. Mi curiosidad por sus novelas comenzó cuando aún era niña, una de esas tardes de verano en las que tienes ganas de vivir una aventura, entendiendo por aventura realizar cualquier acto a escondidas, tener esa sensación de hacer algo “prohibido” por lo que merece la pena arriesgarse. Mi aventura consistía en algo tan simple, y tan corriente en la infancia, como cotillear en casa de mi abuela sin ser descubierta, abriendo y cerrando armarios sin parar…

En una de esas hazañas detectivescas, acompañada por mi hermana y mi prima, descubrí una colección de libros muy interesante. Todos ellos estaban escritos por la misma autora: Agatha Christie. Fue sólo una primera toma de contacto, pues apenas leí un párrafo de uno de ellos. Tuvieron que pasar varios años más para que despertase en mí el interés por la lectura, y entonces vino a mi mente la escena que acabo de contar, así que fui a aquel armario y elegí un título: El testigo mudo, una novela policíaca de lo más peculiar que logró hacer que me sumergiera en otro mundo. Recuerdo que me empeñé en buscar la razón de ese título y, al final, me conformé pensando que se refería al perrito (el testigo mudo era el perro, ¿verdad? Él tenía que haberlo visto todo). A partir de ese momento sus obras fueron uno de los mejores entretenimientos de mis veranos, lo tenían todo: intriga, relaciones familiares de lo más enredosas, cuidadosos procesos de investigación criminal, originales escenarios donde se desarrollaban las historias, entrañables personajes como Miss Jane Marple o Hércules Poirot…

Dicen que lo bueno, si breve, es dos veces bueno, y así es. Sus novelas no son muy extensas y eso es parte de su encanto, porque es como si estuvieras viendo una película con todos los elementos necesarios para cautivar al espectador, una película que puedes disfrutar en tu habitación, en la playa o en la piscina. En ella tú eliges los decorados, imaginas a los actores y, por eso, cada lector puede hacer que esa historia que la novela cuenta sea única e irrepetible.

Me despido con un sincero agradecimiento, porque gracias a usted he disfrutado mucho y espero seguir disfrutando de la lectura.

¡Hasta siempre, Reina del Crimen!

Natalia.

¿POR QUÉ LOS UNICORNIOS NO SE QUEDAN CON NOSOTROS? CARTA A ANA MARÍA MATUTE

¿POR QUÉ LOS UNICORNIOS NO SE QUEDAN CON NOSOTROS? CARTA A ANA MARÍA MATUTE

Admirada Ana María Matute:

Me gustaría felicitarla por haber ganado el Premio Cervantes. Todos los que seguimos su trayectoria nos alegramos muchísimo de ese triunfo que sentimos cercano, casi tanto como los personajes que pueblan sus obras.

Lo cierto es que hasta hace poco nunca había leído un libro suyo (y eso que me los habían recomendado en numerosas ocasiones). En cierto modo, los libros vienen a nosotros como las cosas importantes de la vida…, por eso hay que estar preparados para atender a su llamada. Paraíso inhabitado llegó a mis manos el año pasado, cuando fui a una biblioteca para buscar una novela que refrescase mi verano. Leí las primeras páginas (nunca suelo mirar la contraportada de los libros, lo mejor es leer directamente las palabras del autor) y pronto me vi sumergida en el mundo de Adriana. Me identifiqué tanto con ella, que me sorprendí a mí misma sonriendo mientras leía. Era el tipo de sonrisa que suele emerger cuando te encuentras con alguien que te entiende sin necesidad de que te veas obligada a dar mil explicaciones que no harán más que volver difícil lo sencillo.

Adriana halló una gran fuente de comprensión en Eduarda, una mujer fuera de lo normal, que es todo un ejemplo a seguir, porque se muestra tal y como es, con sus particularidades. Hay que ser muy valiente para ser uno mismo. El misterioso silencio de Adriana, que a menudo preocupa a su madre y que forma una muralla entre el mundo y ella, se rompe cuando ve que puede comunicarse con alguien, cuando sabe que sus palabras van a ser escuchadas de verdad.

Los sueños también se concentran en la noche (no sé por qué siempre relaciono el silencio con la noche), porque es cuando estamos más abiertos a la fantasía, perdemos la férrea noción de la realidad y los prejuicios nos abandonan durante unas horas. Creo que por eso a Adriana le gustaba pasearse en ese momento del día, porque no había ruido, podía soñar tranquila y descifrar aquellos secretos que se camuflaban en la monótona rutina. Los unicornios no se muestran a plena luz del sol…, tienen su instante.

¿Pero por qué no se quedan con nosotros? ¿Por qué se tienen que ir tan rápido? A lo largo de la obra me pregunté por qué Gavi tenía que desaparecer tan pronto, ¿es el sino de los unicornios? Yo no quiero pensar que se van (en esto tal vez delate el idealismo de mis diecinueve años), quiero creer que permanecen a nuestro lado. Aunque tal vez eso es lo que les hace tan especiales. La belleza de lo inalcanzable nos cautiva.

Por favor, Ana María, no deje nunca de escribir y continúe haciéndonos soñar con sus historias. Para todos los que aspiramos a ser escritores algún día, es todo un modelo a imitar, no sólo por el éxito bien merecido que ha alcanzado, sino también por conseguir que las personas se emocionen y vivan con intensidad en un mundo que no ha sido creado por ellos, pero al que se sienten muy unidos, como si hubiera estado siempre ahí esperándonos…

Un beso,

Guiomar Matarranz.

 

LA ODISEA REAL DE UN ULISES LOCO (Una visión muy personal de

LA ODISEA REAL DE UN ULISES LOCO (Una visión muy personal de

[…] y así lo ha de hacer el quiere alcanzar nombre de prudente y sufrido, imitando a Ulises, en cuya persona y trabajos nos pinta Homero un retrato vivo de prudencia y de sufrimiento, como también nos mostró Virgilio, en persona de Eneas, el valor de un hijo piadoso y la sagacidad de un valiente y entendido capitán, no pitándolo ni describiéndolo como ellos fueron, sino como habían de ser […].

Miguel de Cervantes Saavedra: El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (I, 25).

Los niños que hemos vivido y crecido en Alcalá de Henares siempre hemos tenido presente la figura de Don Quijote y de su autor, Miguel de Cervantes. Con una sensación de orgullo por el hecho de ser de la misma ciudad en la que había nacido el escritor nos le imaginábamos pequeño, en pantalones cortos y corriendo por las mismas calles empedradas por las que lo hacíamos nosotros al salir del colegio. Y después, al hacerse mayor y quedarse manco, lo creíamos escribiendo El Quijote en un habitación iluminada por una vela, y que si paseabas por la calle Mayor podías ver a través de su ventana de luz anaranjada cómo lo hacía. O, al menos, eso era lo que le habíamos entendido al maestro que nos daba clase.

Por eso, desde una edad muy temprana he entrado en contacto con la obra cervantina, aunque la primera vez que “nos obligaron” a leerla se me hacía muy difícil mantener una continuidad, enterarme de lo que aquel hombre tan raro decía y hasta sostener el peso de aquel libro enorme e interminable. Era mucho más divertido verlo en televisión en forma de dibujos animados.

Con el paso de los años fueron varias las ocasiones en las que volví a leer El Quijote en el colegio y en el instituto. Pero cuando más partido le he sacado a su lectura ha sido ahora, que con el devenir de los años y los acontecimientos poseo otro concepto de la vida y un pequeño conocimiento de la cultura, la mitología y los textos clásicos, que Miguel de Cervantes tuvo tan en cuenta a la hora de escribir su obra.

Cuando a mitad de la narración se puede leer el párrafo antes reseñado en el que Alonso Quijano hace mención a Homero, a Ulises, a Virgilio, a Eneas y a la areté que todo hombre que se precie anhela alcanzar con toda su alma, uno no puede evitar darse cuenta de que Cervantes era un gran conocedor de la literatura clásica griega y latina.

Hay que tener en cuenta que para que Cervantes entrara en combate en la batalla de Lepanto tuvo que recibir educación e instrucción militar en alguna academia militar española, donde sin duda entró en contacto con La Iliada de Homero, ya que ésta era muy utilizada con ese propósito por estar cargada tanto de valores como de tácticas y prácticas militares.

Aparte de que Cervantes hubiese estudiado en Italia y fuera conocedor de los grandes escritores clásicos, es muy posible que cuando más estrechamente entró en contacto con las obras de éstos, con la cultura que vivieron y su mitología, fue en esta época de su vida en que ingresó en la milicia y en sus años de cautivo en Argel. ¡Largas son las tardes de viaje en un barco, y largos se hacen los años hecho prisionero!, donde pudo haberse empapado de obras como La Iliada, La Odisea o La Eneida.

Todo esto me hace pensar en si Miguel de Cervantes, al ponerse a escribir El Quijote, lo que buscaba era poder llevar a cabo un acto casi experimental y realizar la obra a imagen y semejanza de las homéricas y virgiliana, pero dentro de su marco contemporáneo. ¿Qué pasaría si Ulises o Eneas se dieran una vuelta por los pueblos de La Mancha a finales del siglo XVI? Pero, además, con este proyecto conseguía otro fin, y era el de ofrecerle a la sociedad española de esa época la oportunidad de poder leer, escuchar en la mayoría de los casos, las aventuras de esos héroes homéricos, pero de una manera más cotidiana y en un escenario en que les fuese fácil presentar a estos personajes a unos españoles que, en su mayoría, rozaban el analfabetismo y a los que nunca les sería posible tener acceso a las obras clásicas.

De este modo, y con ese fin, podría haberse gestado en un principio la obra cervantina. Pero, en un momento dado, Cervantes habría imaginado lo que hubiese ocurrido si alguien se presentase en cualquier pueblo manchego defendiendo altos y nobles valores renacentistas inspirados en los que defendía Ulises en La Odisea o en La Iliada. La reacción primera y más segura habría sido el asombro y la sorpresa, que llevarían después a la risa y, posteriormente, a la burla.

Por eso, aún necesitaba el autor acercar más a esos héroes y a los españoles del siglo XVI, y para ello utilizó a los personajes más conocidos de entonces, defensores de esos mismos valores durante todo el Renacimiento: los caballeros. Pocas personas eran las que no habían oído hablar sobre ellos o habían leído las hazañas que contenían las novelas de caballería, que en muy diferentes formas y bajo muy diversos títulos corrían por todo Occidente. Poco a poco, el experimento le iba llevando más hacia la comedia que hacia la majestuosidad de las obras clásicas, al tiempo que su personaje viraba más hacia la locura y la burla que hacia la heroicidad.

Parecía claro el efecto que El Quijote iba a tener en la sociedad contemporánea cervantina, pero lo curioso es cómo ese efecto ha llegado a la actualidad, a la sociedad del siglo XXI. Actualmente, cualquier persona sabe leer y escribir perfectamente, ha tenido una educación y ha accedido, gracias a la misma, a las obras clásicas. De alguna manera, obligada o motivada por el entusiasmo, ha leído La Odisea de Homero al igual que El Quijote. Ahora bien, ninguno de nosotros afirmaría que Odiseo o Ulises estaba loco, aún cuando sus amigos son convertidos en cerdos, tiene que enfrentarse a un gigante con un solo ojo y le atacan monstruos de los acantilados en forma de bellas mujeres que le intentan engañar con maravillosos cantos.

Pero, ¿qué afirman esas mismas personas cuando ven a Alonso Quijano enfrentarse a unos molinos que se han convertido en gigantes, o a un ejército de ovejas como hizo el héroe homérico Ayax? Claro está que su opinión es que este señor estaba loco. Parece que lo que marca la diferencia es el marco y la época en la que ocurren unos mismos hechos, protagonizados por unos personajes con comportamientos similares y que defienden unos mismos valores.

Con esto, Miguel de Cervantes da inicio al fin de los valores que se intentaban inculcar a los miembros de la alta sociedad renacentista, quienes creían poseer inspirados en esa antigüedad y esplendor clásicos, pero que, sin embargo, a la hora de ponerlos en práctica  el resto de la población, nada tenían que ver con cómo lo hacía la nobleza. El hambre y las necesidades hacían imposible que este tipo de valores tuvieran importancia y, por tanto, sirvieran únicamente para la burla, la risa y para ridiculizar a aquellos que el escritor tuvo que aguantar y que le abandonaron en la indigencia.

Daniel Perrino López.

 

 

CARTA A QUEVEDO

CARTA A QUEVEDO

Querido Quevedo:

 

No seré yo la que ponga en duda la ingeniosidad de la literatura española del Barroco, pues sería una idea absurda, pero eso no quiere decir que la literatura de esta época no me deje una sensación desagradable cada vez que me pongo en contacto con algunas de tus obras líricas, en las que plasmas tu sentimiento misógino, el cual ha dejado una explícita huella en nuestra literatura, de la que, por lo visto, tú estás muy orgulloso, ya que en tu época se alardeaba de este sentimiento como si fuera una virtud y algo muy normal.

¿Qué pensaría tu madre si levantara la cabeza? Pues no te olvides de que, por fortuna o por desgracia, estuviste ligado a varias mujeres durante toda tu viuda, en la que en varias etapas bien que les dedicaste poemas bajo pseudónimos. Desde la Baja Edad Media, las mujeres hemos recibido numerosos juicios descalificativos, que nos han teñido de prejuicios y estereotipos.

Te preguntarás por qué saco el tema de la misoginia cuando tú estás ya más que muerto y yo estoy en un siglo tan «adelantado». La respuesta está en que todavía queda mucho trecho que recorrer, pues, por ejemplo, el otro día navegando por Internet me topé con unas palabras que denotan, sin lugar a dudas, una gran intelectualidad a favor del literato Francisco Umbral: «A uno la violación le parece el estado natural/sexual del hombre. La hembra violada parece que tiene otro sabor, como la liebre de monte. Nosotros ya sólo gozamos mujeres de piscifactoría». (A éste yo también le dedicaba un par de «cartitas» allá donde quiera que se encuentre).

Para que te quedes más tranquilo, no te voy a echar toda la culpa a ti solo, pues, seguramente, serías uno de esos pobres hombres amargados víctimas de su propia sociedad que necesitan esconderse en los defectos de los demás para poder ocultar los suyos.

 

Un cordial saludo,

Judit Marqués.

 

CARTA A ITALO CALVINO

CARTA A ITALO CALVINO

Estimado Sr. Calvino:

 

Me pongo en contacto con usted para expresarle mi más sincera admiración por su obra El barón rampante. Me ha parecido genial cómo, bajo un aspecto sencillo -el cuento de un niño travieso y respondón, que tras una rabieta se sube a un árbol y se niega a bajar-, ha conseguido plantear todo un sinfín de preguntas acerca de la vida, las normas, la moral o la libertad. Porque eso es lo que personalmente aprecio de un libro: que me haga dudar, que sea una puerta abierta al debate, tanto con los demás como, sobre todo, conmigo mismo. No puede ni imaginar cómo desconfío de aquellos autores de los que solamente puedo sacar una gran, clara y evidente conclusión. No voy a negar que éstos pueden ser también interesantes, sobre todo si vemos cómo influyeron en su tiempo o si los comparamos con otros, pero sigo siendo fan de aquellos que encierran las comparaciones dentro de sí mismos.

Y es que la vida de Cosimo, que usted narra de principio a fin en El barón rampante, es tan irracional, pero a la vez tan lógica, que obliga a reflexionar sobre la vida real: sobre quién soy, quién quiero ser, qué camino (o rama) escoger -la establecida, una más rebelde, ¿es mejor una que otra o no son tan opuestas?-. Yo tengo mi visión. La persona que me recomendó su libro tiene otra muy distinta y supongo que encontraré tantas versiones como lectores hayamos compartido su obra.

Me despido de usted con la firme promesa de volverle a escribir (espero que para felicitarle de nuevo) una vez lea las otras dos obras que conforman la trilogía de Nuestros antepasados, estoy hablando, cómo no, de El vizconde de mediado y El caballero inexistente. Ya las he encontrado en la Biblioteca de la Facultad donde estudio, en la Universidad de Alcalá, y creo que me atreveré con la edición en italiano. Siempre se pierden matices con las traducciones y para un idioma que conozco no estaría mal que lo pusiese en práctica. Vaya, no tenía que habérselo comentado, ahora me siento un poco mal por no haberle escrito en su propia lengua.

Le deseo lo mejor y vuelvo a darle las gracias por hacerme disfrutar a la vez que filosofar y por concederme un poco de su tiempo leyendo estas humildes líneas. Solamente me queda esperar que la carta llegue sin problemas. No sé cómo funcionará la Posta italiana del Más allá, pero como funcione igual que la del Más acá, será mejor contactar con usted por teléfono.

 

Un saludo,

Javier Fernández.

CARTA A ANA MARÍA MATUTE

CARTA A ANA MARÍA MATUTE

Querida Ana María:

  

Soy una estudiante de Historia a la que le gusta mucho la literatura de los siglos XIX y XX. He leído prácticamente toda su obra. Empecé desde niña con sus cuentos y tanta huella dejaron éstos en mí, que seguí leyendo sus novelas. Mi abuela me leía sus cuentos. Los que más me gustaron fueron: «El Saltamontes Verde», «El Polizón del Ulises», «Caballito Loco», «Carnavalito»..., realmente todos me gustaron, porque me hacían soñar, incluso aunque era niña me hacían reflexionar.

De sus novelas (Pequeño Teatro, Los Abel, Primera Memoria, El Tiempo, A la Mitad del Tiempo, La Torre Vigía, Olvidado Rey Gudú...) aprendí lo complicado que es tener esperanza cuando estás sumergida en una Guerra Civil. Aunque nunca he vivido una guerra de cerca, en sus obras es muy fácil penetrar en el interior de los personajes e identificarse con algunos de ellos. Me he sentido en muchos momentos, mientras leía sus novelas, partícipe de ellas, como si estuviera dentro del libro. Esto es, precisamente, lo que me cautivó de toda su obra.

En un momento dado de mi vida, en el que tuve que enfrentarme a una enfermedad, volví a leer sus cuentos, los cuentos que había leído de niña. Uno de ellos, «El Saltamontes Verde», me ayudó a no perder la esperanza, como el niño protagonista, Yungo, el cual no tenía voz y fue a buscarla, y nunca perdió la esperanza de encontrarla. Esto me enseñó que, aunque estuviera enferma, tenía que seguir adelante, como Yungo, y que la felicidad no estaba en el fin que yo buscaba (curarme), sino en aprender de mi enfermedad y ayudar a los demás, ser un testimonio de ánimo para los que me rodean. Y como dijo Benito Pérez Galdós, en su obra Marianela: «¡Adelante, siempre adelante!».

Muchas gracias por todo lo que he aprendido de usted y de su obra y por los momentos tan maravillosos que me han hecho pasar sus cuentos y novelas.

 

Con todo mi cariño,

Mª Carmen.

 

CARTA A VÍCTOR HUGO

CARTA A VÍCTOR HUGO

Estimado Víctor Hugo:

Soy una estudiante de Filología Hispánica. Elegí esta carrera porque desde pequeña me han gustado mucho los libros y a lo largo de mi estancia tanto en el instituto como en la universidad he podido leer todo tipo de libros de diversos autores. Sin embargo, mi afición por la lectura se afianzó por completo en mí cuando en 1º de Bachillerato me leí para clase de Historia Los Miserables. Hasta entonces no había leído ningún libro sobre la Historia de Francia y las revoluciones burguesas del siglo XIX. Mi profesora me recomendó que, a partir de la lectura del libro, realizara un trabajo sobre los temas tratados y, gracias a ello, pude tener una visión mucho más cercana y objetiva sobre aquella época.

A partir de esa lectura decidí leer otros libros suyos y, por eso, me compré Han de Islandia, que era totalmente diferente a Los Miserables. Gracias a este libro tuve una visión mejor de la novela de aventuras del romanticismo y me sirvió para leer otras del género.

Al cabo de un tiempo descubrí otro libro suyo sobre la Revolución Francesa que recordaba bastante a Los Miserables. Así que, a pesar de que me costó mucho encontrarlo, decidí hacerme con el Noventa y tres y leérmelo. La verdad es que me gustó muchísimo, porque el reflejo que se hace en él de la etapa del Terror en Francia es bastante detallista y refleja muy bien los dos bandos enfrentados que se establecieron en Francia tras la ejecución de Luis XVI y el odio existente que había en esa sociedad. El final me pareció desgarrador, pues muestra cuál es el resultado que provoca este odio entre personas que están dominadas por un rencor absoluto y que han sufrido una tiranía durísima a lo largo de los siglos. Sin embargo, también me pareció que el toque humano que del libro se desprende nos permite comprender mejor que detrás de toda la política y las ideologías están las personas, que son las que finalmente deciden su futuro y realizan los actos, ya sean buenos o malos.

Por último, sólo decirle he recomendado a compañeras de la universidad que también leyeran todos estos libros y la verdad es que, de momento, a todas les han gustado.

Un saludo,

Raquel Navarro.

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ FIGUEROA

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ FIGUEROA

¡Buenas, Don Alberto Vázquez Figueroa!:

Uno de los últimos libros que leí suyos fue Tuareg, y créame, me hizo ver cómo en algunos pasajes del libro aparecen los obstáculos que, en determinados momentos de la vida, se le presentan a las personas, y cómo éstas deben sobreponerse a ellos, ya que el ser humano, creo yo, está hecho para responder ante el sufrimiento y los grandes retos.

Para el Tuareg es primordial la familia, con quien vive en el desierto, así como lo es para las personas en general. A sus huéspedes los trataba también como si fueran de su familia, tal y como se demuestra cuando se entera de que los franceses han matado a uno de sus huéspedes y él promete vengar su muerte. Y le digo esto para enlazarlo con la otra parte de esta carta que le remito. Porque la familia te ayuda, te aconseja, en fin, lo es todo, pero ¿y los amigos? Los amigos son como los huéspedes para los Tuareg: muchas veces hay que tratarlos como si fueran de la familia, ya que están ahí tanto para lo bueno como para lo malo. Y como el jefe de los Tuareg, que pone en juego su vida para vengarse de los franceses, así habrá que hacer con los verdaderos amigos, estar ahí también, defenderles y protegerles siempre.

Al igual que describe usted cómo el Tuareg tiene que pasar las distintas penurias y adversidades en el desierto y cómo se las ingenia conociendo el terreno para sobreponerse a todo el ejército de los franceses engañándoles y consiguiendo llegar a la ciudad, en la vida hay también retos que hay que ir superando con esfuerzo y tranquilidad… Durante este último lustro es cuando más ha cambiado mi vida, puesto que he tenido que hacer frente al fallecimiento de mi padre hace cinco años por un cáncer fulminante. En estos años me he sobrepuesto a eso y a mucho más. Y en diciembre de 2007 operaron a mi madre de otro cáncer con éxito, pero a primeros de febrero de 2008 la tuvieron que volver a operar de urgencia por otras complicaciones y falleció. Mi madre era la que siempre me acompañaba de un sitio a otro. Aunque la vida es dura (como lo fue en otro sentido la del Tuareg) y todavía me está costando reponerme, me levanto y me digo: «Algunos sueños se han truncado, sí, pero entre otras cosas intentaré conseguir la mayor autonomía posible por mí y para que se sientan orgullosos todos los que me rodean y me apoyan». Y con esto no quisiera parecer una víctima.

Me gustaría darle algunos detalles más. Siempre he sido feliz y lo soy, pero con todo esto me empecé a dar cuenta realmente de mis limitaciones y de las consecuencias que conllevaba no tener a mis padres, como el hecho de que tenga que depender para pequeños detalles de una tercera persona. Y esto me lleva a otro tipo de pensamientos relacionados con la discapacidad, porque cuando estás en la etapa de niño no te das cuenta de estas cosas y en la adolescencia es cuando ya te vas percatando de que no puedes seguir el ritmo de otras personas. Cuando piensa uno en todas esas cosas es cuando se viene un poco abajo y se frustra consigo mismo, como a mí me ha pasado.

Se preguntará usted porque le cuento todo esto, pues bien, me ha parecido interesante relacionar algunos aspectos de su libro con las cosas imprevistas que puede depararle la vida a una persona. Por eso siempre intento tener una sonrisa, pues eso ayuda a sentirse mejor, a intentar hacer cada día más amistades y superarse cada día más y más, ya que la vida no deja de ser una carrera que nunca termina.

Para terminar, y aprovechando para despedirme, le quería dar las más sinceras gracias por darme la oportunidad de escribirle esta carta y mostrarle en ella mis sentimientos, así como por encontrar un hueco, espero, para leerla. Tendría que agradecer tanto que no sabría como pagarlo, pero lo resumo en dos líneas: MI HERMANA, que sin ella habría estado bloqueado durante mucho tiempo, y tanta y tanta gente que por fortuna la tengo ahí. Todos ellos son la razón por la que cada día me levanto con una sonrisa (aunque a veces sea difícil) y vivo y disfruto de cada momento.

Reciba un cordial saludo,

Daniel Archilla.