El sudor de mis abuelos convertido en letras
Nací en Benamargosa, un pequeño pueblo de la Axarquía malagueña donde la tierra y el campo marcaban nuestro ritmo de vida y donde el tiempo parece avanzar de otra manera. Crecí rodeado de personas que aprendieron a resistir antes que a soñar. Mi familia ha vivido siempre trabajando bajo el sol, entre limones, mangos y aguacates, con la dignidad admirable de aquellos que llenan las carencias con sonrisas.
En mi casa nunca hubo grandes discursos sobre literatura o filosofía. No porque no se valoraran, sino porque la vida muchas veces no deja espacio para detenerse a pensar en esas cosas. Quizás el arte se entienda de manera distinta, tal vez se aprecie más ese duende del que hablaba Lorca y que he visto en mi abuelo desde bien pequeño. Despertarme escuchando a mi abuelo cantar coplas es una sensación difícilmente explicable con palabras, así como ese duende misterioso, pues volviendo a citar al magnánimo Lorca “solo el misterio nos hace vivir”.
Y, sin embargo, precisamente de esa tierra he salido yo, alguien obsesionado con las letras y con la necesidad de entender el mundo a través de las humanidades. Por eso pienso tantas veces en mi madre embarazada de mí trabajando en la biblioteca del pueblo, una biblioteca pequeña, silenciosa, casi vacía la mayor parte del tiempo. Me gusta imaginarla allí, ordenando libros mientras yo todavía no había nacido, rodeado ya de historias. Hay algo profundamente simbólico en esa imagen. Como si mi vida como futuro escritor hubiera empezado antes incluso de aprender a caminar.
Con el tiempo, aquella biblioteca terminó cerrando. Precisamente por eso sigo recordándola tanto, porque en este tipo de lugares, donde casi todo parece escrito de antemano, una biblioteca puede convertirse en una ventana por la que escapar. Una posibilidad. Un sitio desde el que imaginar otras vidas.
En mi entorno, muchos jóvenes han terminado atrapados por destinos que parecían inevitables, como abandonar los estudios demasiado pronto para dedicarse a trabajar, como resignarse a una vida que no eligieron o como perderse demasiado pronto. Perderse es frecuente en pueblos donde las oportunidades parecen quedar siempre lejos, o ni siquiera se llegan a plantear. Yo podría haber seguido ese mismo camino. Por eso agradezco profundamente las oportunidades que he tenido. Entender que podía estudiar y pensar el mundo de otra manera ha sido un privilegio construido sobre el esfuerzo de quienes vinieron antes de mí. Las humanidades no me alejaron de mi realidad, sino que me enseñaron a entenderla de otra manera.
Cada libro que sostengo entre las manos lleva, de alguna forma, el sudor de mis abuelas y abuelos. Ellos no pudieron dedicar su vida a la cultura (más bien a la agricultura), pero trabajaron para que las siguientes generaciones tuvieran la posibilidad de elegir otro camino. Y creo que pocas veces nos paramos a pensar en eso, en cuántas personas han sostenido, sin saberlo, la vida intelectual de otras. Detrás de cada estudiante, de cada lector, de cada persona que puede permitirse pensar libremente y escribir, suele haber alguien que se pasó la vida trabajando para hacerlo posible.
Por eso nunca he sentido vergüenza de mis raíces, ni siquiera cuando llegué a Madrid con mi madre en busca de oportunidades y se reían de mi acento. Al contrario. Todo lo que soy empezó allí, en los caminos de tierra, en la escasa agua del río, en las conversaciones cotidianas, en el cansancio de mi abuelo al volver del campo y en la humildad de una familia que, pese a no hablar nunca de cultura, me enseñó el valor más importante de todos: el sacrificio por aquellos a quienes amas.
Y aunque hoy mis pasiones sean el arte y la escritura, no sueño con alejarme de mi tierra. A veces imagino mi futuro y me veo regresando a mi campo, cuando todo en esta vida vaya más despacio. Volver a la tierra de mi familia y escribir desde allí, rodeado del mismo paisaje que me vio crecer a mí y a mis antepasados. Espero, algún día, hacer valer las heridas de sus manos y el sudor de sus frentes.
Ángel Cristóbal Rodríguez Lavado