Mar de pensamientos
Viernes 8 de mayo, 22:00, mis colegas y yo estamos bajando las escaleras del metro en dirección hacia Moncloa para celebrar el cumpleaños de Jorge. Nos montamos en el metro, disfruto de nuestras voces y del tintineo de las botellas dentro de las bolsas de plástico.
Nos sentamos frente a frente ocupando los 8 sitios de las filas y comentamos el plan de la noche. En este instante mi mirada se desvía de la conversación hacia un cartel pegado cerca de la ventana contraria a mí. Intento leerlo desde la distancia, pero, como casi siempre, me he dejado las gafas en casa y me levanto, ajeno a la conversación que entablaban mis acompañantes.
Se trata de una de las muchas impresiones que encontramos diariamente en el metro, partes de textos que observan cómo miles de transeúntes suben y bajan del vagón, muchos desconocedores de la existencia de estas, mirando las pantallas de sus teléfonos, hablando con sus compañeros o simplemente tratando de llegar a su destino. Me fijo y el autor me habla de lo mucho que añora el mar, de que, aunque él se considerase de Madrid —dado que allí había vivido toda su vida— echaba de menos su vida en Montevideo y Barcelona. Recordaba esos tiempos con cercanía y exactitud, como si de ayer se tratase. Sin embargo, se da cuenta de que son tiempos pasados y no le cuesta reconocer que esa añoranza tiene cara en ambos lugares. ¿De quiénes se tratará?, me quedo pensando.
Justo en ese momento, recuerdo el mar de Mallorca, sus playas bañadas en agua cristalina y la compañía de mis amigos después de la EVAU; mismos amigos con los que, dos años después, estoy montado en el metro. Recuerdo el hotel en el que estábamos alojados y todas aquellas cosas que vivimos, los garitos cutres, los amaneceres y, como el autor, una cara. ¿Qué será de esa persona? ¿Cómo recordará ese viaje? ¿Se acordará de mí de la misma forma en la que yo me acuerdo de ella? La voz de mi cabeza se entremezcla con el ruido de los vagones, los avisos de las paradas y el entrar y salir de gente. Esa cara ocupa ahora mismo mi mente, con nombre y apellidos, pero su significado para mí es ajeno al que ahora tiene en mi vida. De repente escucho que me llaman: “Empanao, que nos vamos”. Vuelvo en mí y tardo en recordar dónde estoy mientras mis amigos se ríen, fruto del ensimismamiento en el que me había encontrado durante los últimos 40 minutos.
Salimos y solo puedo pensar en cómo el mar, al igual que la mente, nos acerca y aleja recuerdos de los que, por mucho que creamos, pocas veces podemos escapar. El mar y la mente, las olas y los recuerdos, siempre en un vaivén que solamente si nos paramos a mirar podremos sentir cómo terminan por mojar nuestros pies. Supongo que la nostalgia habrá hecho estragos en el recuerdo, pero gracias a estas lecturas que encontramos en nuestro día a día, podemos transportarnos a otros lugares a los que con otros medios no podemos.
Víctor Fernández Ricote