Descubrir la lectura desde el otro lado de la caseta
Hay recuerdos que se quedan pequeños cuando intentamos contarlos con palabras y, para mí, la Feria del Libro de Madrid es uno de ellos.
Desde que era pequeña, ir a la Feria era mucho más que un simple paseo; era una de esas fechas sagradas que esperas todo el año sin ser consciente de por qué. Recuerdo caminar por El Retiro de la mano de mi familia, detenerme en cada caseta queriendo mirar todos los libros y sentir que aquel lugar tenía una magia especial. Siempre volvía a casa con una historia nueva entre las manos y esa felicidad tan difícil de explicar que solo aparece en la infancia. Yo entonces no lo sabía, pero estaba creando recuerdos que se quedarían conmigo para siempre.
El año pasado tuve la suerte de trabajar allí por primera vez y nunca imaginé todo lo que iba a sentir viviendo la Feria desde el otro lado de la caseta. Porque cuando eres pequeña, ves los libros; pero cuando estás dentro, empiezas a ver también a las personas. Y creo que eso fue lo que más me emocionó.
Todavía recuerdo a los niños entrando en la caseta con los ojos completamente abiertos, acercándose a los cuentos con una ilusión imposible de fingir. Algunos abrazaban los libros contra el pecho antes incluso de comprarlos, como si fueran tesoros que temieran perder. Y mientras los miraba, no podía evitar verme reflejada en ellos; yo también fui esa niña que sentía que un libro nuevo era el mejor regalo del mundo.
También me llegaron especialmente al corazón los abuelos. Nunca olvidaré a tantos de ellos buscando libros para sus nietos, con una ilusión casi tan grande como la de los propios niños. Entraban preguntando recomendaciones porque tenían niños de edades muy distintas y gustos muy variados, y querían encontrar la historia perfecta para cada uno de ellos. Escuchaban cada sugerencia con una atención preciosa, como si no estuvieran eligiendo únicamente un libro, sino un momento que iba a quedarse en su familia para siempre.
Y hubo algo que me emocionó profundamente: las familias que volvían días después para agradecerme las recomendaciones, contándome con una sonrisa que habían disfrutado juntos de la lectura o que aquel libro había sido un descubrimiento para todos. En esos instantes sentía algo muy difícil de explicar, como si una pequeña parte de mí se quedara también en cada historia que se llevaban.
Había veces en las que levantaba la vista y veía todo aquello desde dentro de la caseta: las filas interminables, las manos sujetando libros con cuidado, las sonrisas y el ruido de las páginas pasando… y sentía algo muy difícil de explicar. Era como si, durante unas semanas, el mundo se volviera un lugar más bonito, más humano y más lleno de vida.
Trabajar allí me hizo comprender que los libros nunca son solo papel y tinta. Son recuerdos de infancia, conversaciones y niños descubriendo mundos que los acompañarán siempre. Porque en la Feria no solo se venden historias: allí se crean recuerdos. Y creo que hay pocas cosas más especiales en este mundo que eso.
Alba García Martín