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Historias de lectores

LECTURAS EN EL ENCIERRO

LECTURAS EN EL ENCIERRO

Durante tres meses los libros han sido para mí un medio de supervivencia. En las cárceles las cartas que el preso escribe y las que recibe de su familia y amigos, se constituyen en reductos de libertad y consuelo. La escritura, los diarios y el ir tachando los días en el calendario, te dan fuerza y esperanza de lograr la libertad que se atisba en el horizonte y que tiene un día marcado para la libertad.

Hoy el futuro no tiene futuro, no sabemos cuándo podremos disfrutar de la libertad, con esta incertidumbre, no tachamos los días en el calendario, nos dejamos ir sin más pensando cómo actuaremos en el reencuentro con nuestros familiares y amigos si podremos abrazar, besar, compartir. Esta incertidumbre está pudiendo conmigo y necesito cerrar el libro.

Avelino Barriopedro.

APRENDER HISTORIA A TRAVÉS DE LA LECTURA

APRENDER HISTORIA A TRAVÉS DE LA LECTURA

Recuerdo momentos de mi infancia en los que visitábamos o nos visitaba una buena amiga de la familia, Mercedes. Yo me llevaba especialmente bien con ella y me encantaba pasar el tiempo a su lado, ya que podía pasarse hasta una hora contándome historias, y sabía muchos datos históricos, sobre todo de mi ciudad, Alcalá de Henares. Recuerdo que, en ocasiones, nos perdíamos entre las calles alcalaínas y me organizaba tours personalizados en los que me enseñaba una gran cantidad de secretos, eso a mí me fascinaba ya que me interesaba la historia en especial. Recuerdo también que me resultaba extraña la idea de que Mercedes supiera todos esos datos, ya que su profesión no tenía relación con ese tipo de temas, así que un día le pregunté:

—Merche, ¿tú por qué sabes tanto de historia?, yo también quiero.

Ella me dijo:

—Javier, este conocimiento se debe a mi pasión por los libros, tú también deberías leer, tu madre me ha dicho que no te gusta leer los libros del cole.

La verdad es que siempre que la visitábamos ella estaba leyendo en su sofá. Me quedé un rato pensando y respondí:

—Me gusta mucho lo que me enseñas y lo que aprendes, pero si hay que leer prefiero que me lo sigas contando tú.

A Ella le hizo gracia mi respuesta y me mandó aguardar un momento en el salón. Regresó y me trajo varios libros y revistas, abrió una de las revistas y comenzó a leerme un artículo sobre San Diego de Alcalá en el que hablaba sobre la costumbre alcalaína de exponer su cuerpo incorrupto cada 13 de noviembre. Ella me explicó sobre lo que hablaba el artículo y recuerdo que aluciné con que eso fuera posible. Cogí la revista y la leí para, finalmente, confirmar que era cierto. Al acabar, me preguntó si había cambiado de idea. Yo le dije que no, que seguía prefiriendo que ella me leyera. Mercedes, después de unos segundos de risa, me dijo que alucinaba conmigo, que cómo podía ser tan vago para que ni siquiera fuera capaz de leer algo que me interesaba muchísimo. En realidad, yo sí leía, lo hacía a través de ella y para mí eso era una experiencia de lectura mucho más enriquecedora.   

Javier López Oteros.

MIL Y UNA HISTORIAS DE PUMUKI

MIL Y UNA HISTORIAS DE PUMUKI

Era un viernes cualquiera y, como cada día, mi hermano y yo esperábamos en la cama una maravillosa historia.

—¡Otro de Pumuki!

—¡Sí!, otro de Pumuki —me seguía mi hermano.

—Pero si ya llevamos toda la semana con el duende…

—¡Da igual, es nuestro favorito!

—Porfaaa…

—Bueno, otro de Pumuki...

Acto seguido mi padre comenzó a narrar: Érase una vez un duende que vivía en el Bosque Verde. Estaba acostumbrado a que le molestasen constantemente, que si las brujas, que si los ogros. Pero últimamente eran los humanos, sobre todo las crías humanas, quiero decir… los niños.

—Y el niño, ¿cómo se llama?

Un día, una niña llamada Marta fue en busca de Pumuki. Necesitaba ayuda. Cuando tenía que seguir la lectura en voz alta delante de toda la clase se quedaba en blanco y era incapaz de comenzar a hablar.

—A mí también me pasa…

A Marta, con tantos nervios, le costaba mucho concentrarse —prosiguió mi padre—. Ese día, había acudido al rincón de libros en el patio para relajarse leyendo y había encontrado un libro mágico. Lo abrió y los dibujos se movían para contar la historia. En la contraportada, además, ponía: «si tú también puedes ver la historia, tienes magia dentro. Te invito a que vengas a conocerme al Bosque Verde. Att., tu duende, Pumuki». Marta se quedó desconcertada, no recordaba haber visto ese libro en el rincón de lectura, además, aquello no se trataba de una lectura, sino de las imágenes que se presentaban en su mente cuando leía. A pesar de lo extraño que resultaba, decidió acudir al Bosque Verde. Habían ido muchas veces a hacer proyectos para Naturales con el colegio y se conocía todas las cuevas y madrigueras. A las cinco, después de las actividades extraescolares, antes de ir a casa, decidió entrar en el bosque para buscar a Pumuki. Lo encontró discutiendo con un zorro que le había mojado el traje y le contó su historia:

—Hola Pumuki…

—Hola, ¿quién eres? Seguro que también vienes a quejarte por el nuevo acuerdo entre…

—Soy Marta —lo interrumpió Marta, impaciente.

—No te conozco.

—Yo tampoco. He encontrado un libro y dentro salían unas escenas que se movían.

Ponía en la parte de detrás que…

—Sí, en la contraportada puse yo que vinierais a conocerme, pero nadie ha venido. Estaba probando unos polvos complejos, ya que no es sencillo que de los textos puedan surgir buenas imágenes. Quería probarlos para ver si surgía el efecto.

—Yo veía las escenas.

—Entonces tienes magia dentro… ¿En qué decías que puedo ayudarte?

—Necesito ayuda para poder seguir la lectura en voz alta que hacemos en clase, me quedo en blanco…

—Te daré tres bellotas para cuando necesites ayuda. Lo único que debes hacer es tocar las bellotas. Te recomiendo que las lleves en el bolsillo.

—Oh, ¡muchas gracias! Y, ¿cómo te las devuelvo?

—Cuando ya no las necesites ven al bosque y tíralas en la tierra.

Al día siguiente Marta fue a clase. Ahora que tenía la ayuda, pidió para leer la primera. Tocó las bellotas que llevaba en el bolsillo y, como estaba tranquila, pudo leer en voz alta perfectamente. Pasaron unos meses y Marta ya no necesitaba tocar las bellotas para leer en alta voz. Fue al bosque a tirar las bellotas y se volvió a encontrar a Pumuki discutiendo con el zorro Lucas.

—¡Hola! Vengo a tirar las bellotas, ya no las necesito.

—Tampoco las necesitabas cuando viniste.

—¿Cómo que no? Sin tu ayuda no hubiese sido capaz de leer en clase.

—Sí que lo eras. Como te dije cuando viniste, tienes magia en tu interior. Las bellotas eran únicamente para que creyeses en la magia. En el momento en el que confiaste en la magia empezaste a ser capaz de hacer uso de tu propia magia.

—Oh…

Marta, confundida, le dio las bellotas a Pumuki. A partir de ese momento era capaz de leer en las clases en alta voz y, además, podía seguir leyendo para sí en el rincón de lectura en los patios. Ella misma, con el tiempo, se dio cuenta de que en ningún momento había tenido ningún problema para leer.

Muchas gracias, papá. Crecer a través de las historias es crucial durante la infancia.


Carmen Cañabate Álvarez.

LA LECTURA COMO AGENTE DE CAMBIO

LA LECTURA COMO AGENTE DE CAMBIO

Boris se hallaba tendido en la cama, sudoroso y agitado por una de esas pesadillas que le visitaban por las noches, cada vez con más frecuencia. Le perseguían desde hacía años a causa de un alma maltratada por un pesimismo que le había usurpado hasta el último ápice de ilusión. Esto le recordaba que era un pobre infeliz, descontento con su vida pese a haber cumplido con las expectativas que de él se esperaba. Había conseguido un trabajo y un hogar, además de permitirse comprar cualquier sandez que la publicidad le ofreciera. Pero con el paso de los años esto era insuficiente y sentía sobre los hombros una abrumadora soledad.

Tras mantenerse tendido mirando las musarañas durante un largo rato alcanzó un libro que resaltaba entre todo el desorden que reinaba en su habitación. Era un ejemplar de Farenheit 451 que había comenzado a leer hacía tiempo. Una vez sumergido en la lectura pensó lo terrible que sería erradicar la cultura literaria, sobre todo para sí mismo ya que era la única actividad que le hacía sentir verdaderamente libre. Boris era un aficionado lector de los que escaseaban en un mundo gobernado por la inmediatez y el entretenimiento de consumo. Esto le entristecía, pero no impedía que siguiera con sus lecturas, sin embargo, cada vez le resultaba más difícil encontrar buenos libros. Sus lecturas despertaban su imaginación y le invitaban a reflexionar, aunque estas reflexiones solo las compartía con su perro, Cerbero. No tenía muchos amigos y los que tenía no estaban dispuestos a escuchar sus constantes divagaciones, aunque quizás era él mismo quien no se atrevía a compartirlas.

Avanzada la mañana y absorto en su lectura empezó a experimentar una crisis existencial cuestionando su finalidad en el mundo y su felicidad entre otras muchas cuestiones. Llegó a la conclusión de que la soledad que vivía era un veneno que le consumía y la lectura era lo que le mantenía a flote. De este modo pensó que podía utilizar esa misma balsa, es decir la lectura, para ayudar a otros en su misma situación que desde luego serían muchos. Pero, ¿cómo?, ¿cómo podía vencer a la soledad y además ayudar a los pobres infelices como él? De repente le vino la idea perfecta, sencillamente debía de compartir sus libros con otras personas para que la imaginación de estas volase libre y les recordase que realmente son libres si sus mentes lo son.

Ello, además, tendría otras ventajas como que saldría de su asfixiante soledad, que era la causante de esas aterradoras pesadillas, e incluso le hizo pensar que podría provocar un cambio. Un cambio causado por el contacto entre las personas y un mayor flujo de ideas que convertiría a la gente en personas curiosas e inquietas, las mayores armas contra el cautiverio de nuestras almas. De esta forma, descubrió que su afición lectora podía convertirse en un poderoso agente de cambio que aparte de contribuir a su plenitud personal, podía también llenar el vacío cultural y reforzar las relaciones humanas que tanta falta hacían.

Lucas Joachim Drechsel.

Cuando era pequeño me gustaba imaginar que era un cazador de historias y misterios, allá a donde deambulaba llevaba conmigo un saco en el que iba recopilando aquellos objetos únicos en su especie. A veces tenía suerte y encontraba reliquias dignas del ajuar de un faraón, como un escarabajo pelotero verde que estaba perdido en el césped de mi vecina Luisa. Otras veces me encontraba objetos perdidos o abandonados, como un anillo, o una carta de amor… Mi singular actividad no tenía ningún propósito en especial, pero me gustaba recopilarlos y al final del día darles vida. Mi misterio favorito se llama Frany, un collar de gato rosa como las Betónicas silvestres que pertenecía a una gata siamesa llamada Mía, o eso me imaginé.

Sin duda tenía una necesidad de dar vida a las cosas olvidadas por el hombre, de darles un nombre y una historia, pues sus anteriores dueños se las habían arrebatado. Siempre tendré en mente un misterio que revolucionó mis esquemas, este ha sido mi preferido hasta el día de hoy y su historia, por supuesto, no tiene parangón. Un día lluvioso de octubre decidí dar una vuelta por mi querida ciudad en busca de algún que otro misterio, los días lluviosos eran peculiares porque la gente se desesperaba por huir de aquella inevitable naturaleza en estado apoteósico, los urbanitas en su intento de huida dejaban caer sin esmero alguna que otra cosa, que si se encontraban en el momento y el lugar idóneos se podían salvar. Ese día, volviendo a mi casa de la expedición vi a lo lejos algo oscuro debajo de un árbol, me acerqué y vi que era nada más y nada menos que un libro con encuadernación de cuero negro que pedía a gritos su salvación de aquella lluvia maltratadora. Cuando lo recogí me pregunté si tendría salvación, aunque estuviera debajo de un árbol, no se había salvado de las gotas que resbalaban por las hojas frondosas de aquel árbol.

En cuanto llegué a mi casa me dispuse a secarlo sin más demora. Tras la ardua tarea vi que tenía un ligero grabado en la portada, pero no era visible debido a que el cuero había perdido la forma debido al agua. En cuanto me dispuse a ojear su interior me di cuenta de que era un libro escrito a mano, sólo se podían leer algunas vagas palabras como «cuervo», «oscuridad» o «travesía», estas palabras no me ayudaban a saber su historia por lo que se me ocurrió apodarle Cuervo oscuro, las dos primeras palabras visibles que llamaron mi atención, muy acordes a su aspecto en cierto modo.

Al día siguiente entendí que el libro debía ser restaurado, ya que el agua no le había sentado bien a su cuero y a sus páginas, por lo que decidí buscar a algún librero o algún restaurador de libros que me pudiera ayudar. Tras un largo recorrido vi una pequeña tienda escondida en la esquina de una calle solitaria, me dispuse a entrar y el librero me recibió. Tras una breve conversación con el librero me aseguró que haría todo lo posible para salvarlo pero que no me aseguraba nada. La duda me carcomía, ¿de dónde había salido?, ¿era de algún famoso escritor o de un escritor amateur?, tal vez era el diario de algún o alguna joven que lo abandonaría al ver que empezaba a diluviar… No paraba de dudar y dudar, me llamaba en exceso su misterio y la necesidad de saber su historia o por lo menos si tenía algún título.

A los tres meses el librero me llamó, he identificado a tu libro, dijo, y como si de un nuevo compañero se tratase, corrí en su busca para saber su nombre. ¡Por fin!, me dije. Cuando llegué a la tienda le di las gracias al librero y le pagué lo debido, tras salir de la tienda me paré en seco y abrí la bolsa en la que estaba metido el libro, cerré los ojos con fuerza, quería que fuese una gran sorpresa, noté el tacto de cuero del libro, que era suave y mullido, e incluso olía a cuero nuevo. Rocé con mi palma su portada, su grabado poseía más definición de la que tenía antes. Entonces, abrí los ojos, Fate… encantado de conocerte al fin, Fate.

 

Iciar Payol Guerrero.

LA HISTORIA DE TU VIDA

LA HISTORIA DE TU VIDA

Me dolía la vista de estar con el móvil, pero supongo que era el único entretenimiento que me quedaba. Realmente solo había encendido la pantalla para ver la hora, pero vi una notificación de WhatsApp y acabé en Twitter y sin estar muy segura de qué hora marcaba el reloj. Debería ocupar mi mente en algo más enriquecedor, leyendo un libro, por ejemplo, como diría mi madre. Aunque, al fin y al cabo, revisar las noticias en el móvil es leer. Sacudí la cabeza con la intención de que el pensamiento se desvaneciera, como si alguien fuera a escucharlo.

Al reflexionar sobre una lectura más intensa, mi vista se dirigió rápidamente a la estantería, buscando ayuda entre los lomos de los libros. Fue un vistazo rápido ya que, inmediatamente, miré hacia un rincón de la habitación, con la mirada perdida y soltando poco a poco el hilo de mis pensamientos. Pero un destello de la imagen que acababan de recoger mis ojos relampagueó en mi subconsciente haciendo que, aun con la mirada en ninguna parte, frunciera el ceño extrañada. Hay un libro descolocado, era la idea que retumbaba en mi cabeza. Enfoqué mis ojos de nuevo y observé la estantería. Ahí estaba, uno de los libros se adelantaba al resto, saliéndose de la perfecta formación en la que estaban los demás. No es que sea una obsesa del orden, pero esa estantería estaba intacta desde hacía tiempo, ya que son historias de una época pasada y que no han vuelto a suscitar mi interés.

Me acerqué para colocarlo, pero al observarlo de cerca, no reconocí el lomo. Era oscuro y no tenía título, tampoco autor. Pensé que era debido a que se había caído la cubierta, pero cuando lo cogí para inspeccionarlo, un sudor frío resbaló por mi nuca. En el centro, una sola inscripción: La historia de tu vida, por María Mata. Debía ser una broma, yo nunca había escrito un libro y tampoco había tenido la intención de hacerlo. Lo abrí intrigada. No había editorial ni fecha de edición, tan solo un par de páginas en blanco y tras ellas, el primer capítulo: 31 de julio del 2000, once y media de la noche, Ana María nota el líquido amniótico resbalar por su pierna…. Lo cerré inmediatamente, asustada, con el corazón desbocado y el sonido de la sangre circulando en mis oídos, dejándome sorda. Es cierto, es la historia de mi vida. Cuando el pavor irracional se disipó, llegaron a mi mente preguntas a borbotones. ¿El final estaría escrito o habría páginas en blanco?, si lo estuviera, ¿me atrevería a leerlo? Conocía la respuesta a la última cuestión: no, no lo leería. No sabría decir si por miedo o porque siempre había tenido la extraña certeza de que el destino no existía y que la vida era azar. Sin embargo, me sorprendía descubrir que no habría tenido esas reparaciones leyendo la historia de un personaje ficticio, ya que siempre deseaba conocer el final, por muy doloroso que fuera cerrar una historia.

Otra duda me asaltó, ¿No es demasiado corto? Lo estudié con la mirada, llegando a la conclusión de que en esa misma estantería había libros más extensos que el que sujetaba entre mis manos. Un sentimiento pesaroso me invadió, no he vivido lo suficiente. Pero no me dejé tumbar por el pensamiento, sino que, reformulé la cuestión, ¿a caso la vida de una persona cabe en un solo libro? Al fin y al cabo, una vida no es una sucesión de acontecimientos dispuestos uno tras otro, tampoco las personas se hacen solas. No creo que existiera un libro capaz de albergar todas las conversaciones que han influido en un individuo, tampoco los pensamientos acerca de las películas que ha visto o las canciones que ha escuchado. ¿Un libro capaz de albergar los sentimientos que nos llevan a realizar ciertas acciones y que ni nosotros mismos sabemos describir? Tampoco uno que hable de las amistades que nos definen o los libros que hemos leído. La vida no es un concepto que se pueda acotar o definir en páginas y si lo fuese, debería ser digital, donde, en la historia de una persona existieran links a otras vidas, libros, historias e incluso canciones que definieron un momento en concreto.

María Mata Rey.

SOLO UN CAPÍTULO MÁS

SOLO UN CAPÍTULO MÁS

Estaban a punto de descubrirla, no se me ocurría cómo iba a conseguir escapar de aquello y tenía ganas de averiguarlo cuanto antes. No podía pensar en nada más. Llevaba todo el día dándole vueltas y por fin había llegado el momento.

«Helga se quedó inmóvil, sabía que el más mínimo ruido que hiciera significaría su final. Oyó cómo entraron en la cabaña y empezaron a rebuscar sin cuidado alguno entre todas sus pertenencias, lo que no les servía lo echaban al fuego de la chimenea que parecía hacerse cada vez más grande, les daba igual, estaban quemándolo todo, solo buscaban una cosa, y ella lo tenía. Si esos hombres conseguían arrebatarle las páginas clave que había arrancado descubrirían dónde se hallaba la isla y lo que en su interior se escondía antes que ella, pues ellos tenían el resto del libro. No podía ver nada de lo que pasaba arriba, la alfombra de piel en la que se recostaba de pequeña cubría el suelo, pero podía escuchar los pasos que avanzaban sobre ella, los tenía encima. Recuerda cuando su padre le enseñó la trampilla, “nunca se sabe” le dijo, pero ahora pensaba que él sí sabía. Se les oía enfadados, no habían encontrado lo que buscaban, quizá se vayan ya, pensó Helga, pero eso habría sido demasiado fácil.

Entonces dejó de oírse ruido, de repente todo quedó tranquilo y en silencio, pero su corazón latía más fuerte que nunca, tanto que pensaba que la iba a delatar. Una minúscula ráfaga de luz entró desde arriba, habían retirado la alfombra, iban a bajar. La trampilla se abrió y vio cómo dos hombres bajaban lentamente las escaleras, con las manos en sus espadas, dispuestos a utilizarlas en cuanto vieran que estaba ahí abajo. Helga aguardó, paciente, escondida detrás de la escalera, a que hubieran bajado, estaba en desventaja numérica y debía ser rápida si no quería que la pillaran. Apenas se veía con claridad entre la oscuridad de la estrecha y larga habitación que quedaba bajo la trampilla, pero divisó las siluetas de los dos hombres, que parecía que la llenaban entera. Esperó a que estuvieran lo más alejados posible de la escalera para salir de su escondite y empezar a subirla con la rapidez que caracterizaba al dios Hermóðr, cuando se dieron la vuelta para ir tras ella. Mientras subía, uno de ellos llegó a agarrarle el tobillo con la mano, mientras el otro subía detrás de este. Helga le atizó una patada en el brazo lo suficientemente fuerte para que se le doblara y perdiera el equilibrio cayendo sobre su compañero, consiguiendo el tiempo suficiente para terminar de subir y cerrar la trampilla. Pero cuál fue su sorpresa al descubrir que arriba no estaba sola, dos hombres más, y por supuesto Einar, le sonreían haciéndola comprender que había quedado atrapada. Parecía que los dioses no estaban de su lado esa noche. O sí.»

—¡LA CENA ESTA LISTAAAA!

«—Parece que no tienes otra opción que darnos las páginas, querida.

Siempre había odiado esa voz. Sabía que, aunque les diera las páginas iban a matarla igual, pues ya sabía demasiado y solo era un estorbo para ellos. Observó su casa, todo revuelto, todo destrozado, habían arrojado los libros que había conseguido al fuego, incluso el primero que le regaló su padre y con el que aprendió a leer.

—Me parece que no, Einar —y tras pronunciar estas palabras se sacó las páginas arrugadas del pecho de la camisa y las lanzó al fuego mientras todos observaban cómo se consumían.»

—¿No me has oído? He dicho que la cena está lista

—Si mamá, ya voy.

«Ya no podían matarla, no siendo la única que conocía el contenido de esas páginas, ahora la necesitaban y no podían hacer nada contra ello.»

Me moría de ganas de saber si la jugada de Helga había funcionado, pero mi madre me había llamado ya dos veces y tenía que ir, así que cerré el libro, coloqué el marcapáginas y lo dejé en la mesilla para luego seguir, no podía pensar en otra cosa.

 

Paula Lesaola Palacios.

 

PALABRAS

PALABRAS

Cuando las palabras se dejan escribir

se significan plenamente sin

remordimientos.

 

Cuando purifican el alma confusa

atormentada.

 

Cuando iluminan una sonrisa en el

que las pronuncia.

 

Se encadenan sin ligaduras en

una mañana de enero mansas

formando ondas y reflejos.

 

Cuando crujen bajo mis pisadas,

me describen árboles desnudos,

piedras desgastadas, irregulares.

 

Cuando traen excitación

desmedida como notas de

una sonata, agitando los sentidos,

agudizando los olores.

 

La belleza se desmorona mostrando

la realidad inexistente.

 

Cuando no alcanzo a comprenderlas

produciéndome vergüenza o

pierden su pudor emigrando

libres a mares templados,

desiertos helados, noches

iluminadas.

 

Juan Francisco Muñoz.

LA LECTURA EN VERANO

LA LECTURA EN VERANO

Como cada verano, mis amigas y yo intercambiamos aquellos libros que durante el otoño, invierno y primavera nos han hecho sumergirnos en otro mundo. Ya se ha vuelto una tradición, nos encanta comentar todas las partes de estos libros con las que nos identificamos o que nos llevan a una reflexión más allá de lo personal.

La playa, mis amigas y conversaciones sobre la vida son unas de mis tres cosas favoritas en el mundo. Sentarnos en la toalla con la brisa del mar y pasarnos horas imaginando que somos las protagonistas de las historias que escriben nuestros escritores favoritos.

En la casa de la playa, mis abuelos tienen varias estanterías repletas de libros a los que siempre acudo, es más, todos los años termino leyendo algún libro repetido porque me hace recordar muy buenos momentos. Me encanta sentarme con ellos y ver cómo disfrutan leyendo al igual que yo y poder compartir nuestras opiniones.

Recuerdo cómo el verano pasado bajé de mi habitación y vi a mi abuelo subido en una escalera: «Estoy buscando libros que te puedan gustar», me dijo, y cuando me los dio, recuerdo que uno era de directores de fotografía del cine español y otro de los grandes maestros del Museo del Prado. Y la verdad es que acertó por completo. Sentir que alguien te conoce tan bien hasta el punto de saber qué libros te puedan gustar es una de las mejores sensaciones del universo, y más si son tus abuelos. Cambio lo que dije en el segundo párrafo sobre mis tres cosas favoritas para añadirles a ellos en primer lugar. No podía escribir un post sobre la lectura sin nombrarles a ellos, ya que han sido los que en gran parte han fomentado en mí este interés y amor por los libros y el arte, la música, el teatro, el cine...

Leer es aprender, es ampliar nuestra fuente de conocimientos, es abrir nuestra mente a cosas que nunca nos hubiésemos imaginado, es desarrollar nuestra imaginación, nuestra capacidad de empatía. Leer implica muchas más cosas de las que creemos, por eso a mí me gusta decir que «leer es magia».

En conclusión, leer es maravilloso en todas las estaciones del año, pero yo encuentro una paz distinta navegando por historias diferentes en esta estación que me tiene tan maravillada, por eso he querido titular esta historia Lectura en verano. Ojalá que esta maravillosa tradición que se ha ido forjado con los años sea tan duradera como la amistad y el amor de las personas que lo han hecho posible.

Paula Ruiz.

YO TENÍA UN DIARIO

YO TENÍA UN DIARIO

Otro estúpido y aburrido día se avecina, qué pereza me dan las clases de Gema. Me cae bien, pero nos llena la cabeza con tonterías que no tienen que ver con la asignatura. Llego tarde, como siempre, con una fruta en la mano porque no me ha dado tiempo a comer. Empiezo a bajar las escaleras corriendo intentando coordinar mis piernas cuando de repente… ¡PAM! Menudo golpe me he llevado, he bajado dos escalones de culo. Pero no te creas que ha sido culpa mía únicamente, me he tropezado con un libro. Y no uno cualquiera de lectura, una libretita rosa muy bonita de purpurina y pegatinas de corazones, y un escrito en la primera página: Diario secreto de Rosa, ¡Juan no mires!  Qué gracioso me ha parecido, no sabía que tenía una vecina pequeña llamada Rosa. Me ha recordado a mi infancia a todas las veces que intenté escribir diarios contando mis dramas de niña pequeña y que al final abandonaba porque la constancia no es lo mío.

He decidido que una caída por las escaleras es bastante excusa para no ir a clase y que Gema seguro que me perdona.  He subido a casa y he dejado el diario en la mesa, he creído que una cosa tan privada no tendría que estar al alcance de cualquiera y que podría investigar en qué piso vive Rosa y dárselo después de las clases. Me he preparado un café y un poco de hielo para mi trasero y al sentarme en el sofá, ahí estaba el diario mirándome.

—A lo mejor si lo leyera un poquito podría descubrir de quién es… —intentaba convencerme a mí misma para saciar mi faceta de maruja de escalera.

—¡No puedes hacerlo! Un diario es algo privado y la niña podría sentirse ofendida si lo hicieras.

Después de esta conversación conmigo misma en voz alta, he encendido la televisión y daban «Mentes Criminales», así que me he quedado embobada un rato. De golpe, me ha empezado a sonar el reloj. ¡Vaya! Ya son las tres, hora perfecta para devolver el diario. Me he dirigido al 4C, con un poco de vergüenza, pero con toda mi buena fe. He tocado al timbre y me ha abierto una señora con pelo teñido de rojo y cortito, de unos cuarenta y largos años.

—Toma Rosa, creo que esto es tuyo. He visto tu nombre en la primera página y no creo que te apetezca que lo tenga alguien que no eres tú.

La señora ha puesto cara entre de preocupación y de alivio. Te preguntarás que cómo he sabido que esa mujer era Rosa. Pues de la misma manera que me he enterado de que cree que su marido la está engañando, que su hija ya no quiere que la llamen María sino «la Mari», que su novio, el Rulas, no termina de transmitirle confianza, y que pesa los tomates en el supermercado y luego pone algunos más en la bolsa para sentir algo de emoción en su vida. Si es que esto de escribir tus secretos en un diario es muy peligroso, alguien que no quieres puede encontrarlo y leerlo. Además, las cosas en papel ya están obsoletas, ahora se lleva más escribir lo que te pasa en plataformas de la web, como hago yo contigo «MiDiarioOnline», mucho más seguro, nadie puede acceder a una nube en la red, ¿o sí?

Alicia Moll.

LEE

LEE

No todos estábamos listos

no todos estábamos preparados

ni física ni psicológicamente

tú, que eres claridad entre tanta oscuridad

tú, que eres alegría entre tanta tristeza

quien diría que ahora te puedes apagar

no eres tú, si no las consecuencias de tus actos

no soy yo, sino lo que tú has provocado

yo era blanco y tú tan negro

yo era carmín y tú carboncillo

yo era fuego y tú tan frío

tú eras hielo y yo leña

cuando te dije ven

tú ya te habías ido

 

todos extrañamos un abrazo

no el abrazo en sí

sino la persona en sí que nos lo da

tú no te encariñas de la persona

sino del alma de esa persona

y su alma se encariña del tuyo

quien fuera abrazo, para poder tocarte

quien fuera ventana, para poder mirarte

quien fuera vela, para poder sentir tus suspiros

lo único que quiero yo es tenerte a mi lado.

 

la lectura es lo único que me hace sobrevivir

la lectura es mi única unión a ti

lo malo es que no se leer sin ti a mi lado

leer es otro mundo

leer te inspira

leer te atrapa

leer te engancha de manera que te olvidas de ser

ser o leer esa es la cuestión

porque si no lees no eres tú

sino eres tú, ya no podrás leer

porque si no lees, pierdes el alma

así que aprende a leer

porque las mejores cosas

las entiendes si lo lees 2 veces

aunque prefiero leer a tu lado

debido a que no sé leer y si lees conmigo

yo te oiré, te escucharé y contigo me quedaré.

 

José Carlos García Arteaga.

CARPE DIEM

CARPE DIEM

Llevo delante del ordenador más de media hora, tratando de poner mi mente en blanco y empezar de cero algo que, ironías de la vida, no puede partir de cero. Supongo que es la sensación de que vas a escribir algo que alguien más va a leer, ya sea una, dos u ochenta personas. Qué más da. Y el caso es que el tema no es nada difícil, quiero decir, ¿cuántas veces se habla a lo largo del día de lo que leemos, de los libros, de autores y autoras que escriben esos libros? Seguramente más de las que nos imaginamos.

Y, aun así, hay quienes no sucumben a la magia de las historias ajenas. Aun así, hay quienes se resisten a tocar un libro, a sentir por alguien que no existe, aunque sea solo por un momento, o incluso a una historia que, a veces, es más real que la realidad. Y, ¿por qué? No lo sé, pero tampoco estamos aquí para juzgarnos unos a otros. Estamos aquí para hablar de libros, aunque eso sea bastante ambiguo. Digo ambiguo por la sencilla razón de que no hay dos personas iguales, no hay dos libros iguales, ni siquiera dos historias iguales, y, lo más importante, si no hay dos personas iguales, significará que no hay dos personas que lean igual, por mucho que lean lo mismo. He ahí la magia del maravilloso mundo de la tinta y el papel.

Hay quienes dicen y aseguran que la felicidad normalmente se encuentra en las cosas más pequeñas, como en una taza de café por la mañana, un aprobado en Historia del Arte, una canción, un gesto, un libro… y puede que tengan razón. Puede que algo tan pequeño como un taco de folios con portada sea capaz de hacernos felices por momentos, puede que incluso haya quienes consideren estos objetos la fuente de su felicidad. Pero… ¿por qué? Es el segundo «por qué» que pregunto, al igual que es el segundo «por qué» que no sé responder con certeza. De lo que sí puedo estar más que segura es de que, más que el libro físico, más que la cantidad ingente de palabras impresas en esas hojas, más que lo que ha costado y quién lo ha escrito, es lo que te hace sentir, es la forma en que haces tuya cada acción, cada palabra, cada verso o cada diálogo. Supongo que es una buena forma de abordar este tema, aunque esto de los sentimientos sea un tema harto delicado, para qué mentirnos.

Leer debería ser considerado un arte. Igual que la literatura, igual que la pintura o la arquitectura, leer es algo tan singular, tan propio y nuestro, que debería ya de por sí considerarse un arte por el hecho de que es tan complicado que parece hasta simple. Leer por pasión, por ocio, leer por obligación, por curiosidad o por aburrimiento. ¿Quién habría dicho alguna vez que existirían tantas formas de leer como etapas artísticas? Tendemos a infravalorar tantas cosas a lo largo de la vida que, cuando queremos darnos cuenta, ya es demasiado tarde. Trágico, ¿verdad? Podría decir que no, que solo estoy exagerando, pero no es el caso. Hay tantas cosas que nos perdemos por miedo a probar, que al final nos conformamos con leer solo La Celestina porque tenemos que hacerlo, y por ello cerramos la puerta a miles de historias cuyo origen apenas en ocasiones es la primera mitad del siglo XX. Y es una pena.

Ni mucho menos pretendo parecer una fiel defensora de la lectura o de los libros, no. Tampoco escribo para eso. Pero, para lo que sí escribo, es para hacer ver que hay cosas que, aunque no nos lo creamos muchas veces, sí merecen la pena, y ya no estoy hablando solo de libros. Hablo de vivir en general.

¿Cuántos de vosotros querréis levantaros una mañana con más de seis o siete siglos sin tener la oportunidad de decir «yo hice/vi/leí/dibujé/canté/bailé/escribí/dije/viví eso»? Apostaría mi libro favorito a que todos tenemos algo a lo que aferrarnos en esas opciones de la frase anterior que está entre comillas, y no apuesto menos a que esté cien por cien segura de que voy a conseguir ganar en algún momento.

Se trata de vivir, de no dejar las cosas atrás, de perseguir sueños aunque pensemos que al resto les va a sonar raro, de decir las cosas como queremos decirlas (a ver, aquí he de hacer un inciso: no está bien decir las cosas que queremos decir siendo malas personas, por favor, ante todo civismo, que últimamente no queda mucho de eso y la gente se olvida de que eso siempre suma), de hacer las cosas que nos gusta hacer y de respirar como queremos respirar. Hay muchísimas, pero muchísimas cosas que todos anhelamos hacer, decir… y todo por el «qué dirán», por miedo a arriesgar, por conformismo, por timidez o, a lo mejor, porque no pensamos que algo como lo que queremos hacer «pegue» con nosotros. Pero todos ellos son crasos errores.

Al igual que no hay dos libros iguales, tampoco hay dos personas iguales. Todo lleva su tiempo, todo llega en su momento, es solo cuestión de… probar. Supongo que eso podríamos aplicarlo al mundillo de la magia de las historias ajenas, de la tinta y papel, del arte de leer, porque quiero pensar que, para determinar un sentimiento, un gusto, una opinión, puede que también sea cuestión de eso, de… probar.

Paula Sánchez Barrientos.

OTROS TIEMPOS

OTROS TIEMPOS

Recuerdo cuando era niña oír leer a mi abuelo. Él leía murmurando, muy despacio, pronunciando cada sílaba con claridad, palabra a palabra hasta que terminaba una frase, y entonces la repetía en voz alta con más fluidez. Su gesto era de sorpresa, como si acabasen de darle una gran noticia, mientras que su voz sonaba a una mezcla de confusión y diversión. Cuando terminaba la frase, me miraba y sonreía, después continuaba con su lectura, que nunca se prolongaba más de unas cuantas frases de una noticia del periódico o las instrucciones de algún producto.

A medida que fui creciendo, y con ello leyendo con más fluidez, me di cuenta de que había algo extraño en su manera de leer. Yo avanzaba, cada vez leía libros más complejos y era capaz ya de leer en voz baja, pero él continuaba leyendo con la misma inocencia y timidez que poco a poco yo iba perdiendo.

Una tarde de verano hace ya muchos años, los dos estábamos sentados tranquilamente en la cocina mientras escuchábamos la radio. Él cogió una revista que estaba encima de la mesa y comenzó a leer el titular que aparecía en la portada. Entonces me armé de valor y le pregunté que por qué leía tan despacio. Él se paró y levantó la vista para mirarme, se quedo pensando durante unos segundos, buscando las palabras exactas. Entonces comenzó a explicarme que él no sabía leer de otra forma, que con once años había dejado la escuela, en su casa había necesidad y tuvo que ponerse a trabajar para unos albañiles portugueses que construían casas.  Yo le miré asombrada, pues no me imaginaba a alguien de mi edad dejando la escuela para trabajar en una obra, él al notar que estaba estupefacta me dijo: Cariño, eran otros tiempos.

Ahora que soy más mayor, y especialmente en estos días de incertidumbre, puedo llegar a entender esa frase. Uno tiene que vivir con las circunstancias que le tocan. Mi abuelo leía así porque no pudo estudiar, sus tiempos no eran los míos. Para un niño de una familia pobre en la Galicia rural no había muchas opciones. Lo que para mí resulta casi tan fácil como respirar, para él era un lujo. El leía para sobrevivir, para poder entender el mundo que le rodeaba, para no perderse… aunque si lo pensamos bien no es tan diferente de cómo leemos nosotros.

Nuestros abuelos conocieron un mundo que nosotros no, y por eso no debemos olvidar nunca que leer es un privilegio.

Fátima Permuy Valín.

NONENAL

NONENAL

Aquel ajado rostro parecía ocultarse entre la penumbra y el trémulo de ya solo un cuarto de vela. Bajo unos límpidos ojos cansados, trasparentes como dos canicas de cristal enterradas en unos párpados caídos, que dejaban solamente una exigua rendija de visión, en parte, debido a la ausencia de pestañas, no se hallaba más latir que el de navegar por las letras abisales de aquel rozado libro, bañado en años, estigmas y soledades.

Había pasado demasiado tiempo ya, pero como si aquella tinta hubiese sido vomitada por la mismísima Medusa, él yacía petrificado. Sólo sus pupilas y el interior de sus vísceras parecían estallar en tormenta.  

Ya no quedaba cera cuando levantó su arrugada y huesuda mano del velador. Amanecía; con la larga y rolliza uña azafranada de su dedo pulgar, recorrió tan aprisa como delicadamente todas las páginas hasta llegar a la primera que ahora lo cerraba.

Seguido se incorporó con aparente dificultad, tardo y jadeante. Atenazó el ultimado libro y paciente avanzó hasta situarse debajo de una gran estantería sumándolo a la cantidad ingente que allí reposaban. Una vida entera depositada que hoy parecía lo suficientemente grande como para cobijarlo en su sombra.

Juan Marínez Córdoba

EL DÍA QUE LEÍ EL MIEDO

EL DÍA QUE LEÍ EL MIEDO

No había forma de conciliar el sueño y ya era muy tarde. Daba vueltas en la cama sin saber en qué postura ponerme, en qué más pensar ni qué hacer. Me incorporé sobre la cama y encendí la luz de la mesa de noche. Abrí uno de los cajones, el último concretamente. Ese que nunca se abre porque solo sirve para acumular aquello que no sabes si tirar o guardar. Entre revistas, la caja de un antiguo teléfono, algún cable y una gorra, encontré una libreta, algo pesada y con fotos metidas entre las páginas.

Las fotos eran recientes, la más antigua tendría cuatro años. Sin embargo, aquella libreta era preciosa, de color morado con letras grabadas que cumplía casi los diez años. Lo recuerdo como si fuese ayer, fue un regalo de mi tío. Siempre que iba a casa de mis abuelos invadía su biblioteca y buscaba obras bastante impropias para un niño de diez años. Obras de Edgar Allan Poe o la de El Exorcista (hay que admitir que mi tío tenía unos gustos algo siniestros). Me podía pasar noches enteras leyendo fragmentos del libro, preguntado aquello que no entendía y por supuesto fantaseando y escribiendo mil historias parecidas. Dejaba la habitación llena de folios con mala letra y tachones. El día que me regaló esa libreta me dijo: «Ya tienes donde escribir sin que se pierda, intenta escribir todos los días una línea». Ipso facto abrí la libreta y vi una bonita dedicatoria con una frase que jamás conseguí cumplir pero que me marcó en aquel momento, nulla diez sine línea, que significaba: ningún día sin una línea.

Comencé a leer el contenido de la libreta, tenía apuntadas partes de letras de canciones que me gustaban, citas célebres, alguna reflexión, entradas de tipo diario… Me detuve en una página que comenzaba con el título El Miedo. Faltas de ortografía y no muy buena expresión pues era una de las primeras entradas que hacía. Pero en cuanto al contenido, no tenía palabras. No sabía que con esa edad tenía esa opinión, no lo recordaba.  Hablaba de que el miedo era algo que formaba parte de nosotros desde que nacemos hasta que morimos y que quizás cuando morimos es porque ya hemos superado todos nuestros temores después de toda una vida. Por ejemplo, si me tiro desde un rascacielos, ¿por qué me muero realmente? ¿por el impacto contra el suelo o por superar el miedo a la caída ya que he sido capaz de saltar? ¿si me muero por causas naturales, es porque por fin he superado el miedo a vivir? Durante la vida, ¿tenemos miedo a esta? Hablaba también de lo que tiene para mi acompañarse de buenos compañeros durante la vida, de que las personas estamos fabricadas para estar acompañadas, para compartir nuestros mejores y peores momentos y exprimir ambos al máximo.

Hoy en día, casi siete años después, continúo pensando igual, con la salvedad de que antes lo admitía sin pudor en una libreta. Ahora es todo más difícil, o así nos lo ponemos, pero me di cuenta de que, en estos días de aislamiento, quizás lo que más me pese no es el no salir de casa, si no el sentimiento de soledad por no poder estar con todos los míos. Cerré la libreta, apagué la luz y me dispuse a dormir después de haber hecho una de las lecturas más raras, pero a la vez más constructiva en mucho tiempo. Después de haberme leído a mí mismo, a mi propio interior, a mi pasado, mi presente y a mi miedo.

Salvador Barreiro Miguel.

LA ÚLTIMA VEZ

LA ÚLTIMA VEZ

Yo tenía un vuelo programado, no sabía de su existencia, pero lo tenía. El día que recibí aquella notica estaba junto a Luna y Galia, mis mejores amigas desde que tengo memoria. Aquella notica cambió mi mundo, pero estuve semanas sin saber de su existencia, hacía mi vida normal, sin pensar en el futuro y a rienda suelta, como siempre.

Un par de meses antes, Bethany, la hija de Luna, había cumplido 3 años. Luna pasó un embarazo complicado, ser madre a los 17 no es fácil para nadie, pero desde que nació ese hermoso ser de luz todo cambió.  El día de su cumpleaños no supe que comprar y opté por comprarle El Soldadito de Plomo, no le hizo gracia, ella prefería… ella quería el Furby que tenía en mi habitación.  Yo era su tía, o «yía», como me llamaba ella.

Yo vivía con mis abuelos, con Victoria y David, hijos de mis abuelos, y Lucyana, hija de Victoria. Mi madre ya no estaba y había dejado la universidad, el marketing no era lo mío, opte por un año sabático. Luna estudiaba medicina y ya había empezado las practicas. A veces, se quedaba a hacer guardia en la clínica.

Un día Bethany se quedó a dormir conmigo, Luna tenía guardia. Recuerdo que cuando la dejó en mi casa Bethany llevaba un suéter rosa y un short diminuto, como ella. Luna me dijo que había puesto lo necesario y un libro por si la nena no dormía, no pensé que ese libro sería el que le compré. Aquel día note a Luna extraña, no solía dejarme a la nena cuando su madre estaba en casa, pero me dio igual, adoraba a Bethany.

Bethany se sentía tranquila y era normal, conocía a mi familia, todos los fines de semana Luna y ella iban a mi casa, éramos literalmente inseparables. Estaba poniéndole el pijama cuando me di cuenta del libro, lo dejé en mi mesita de noche y me llevé a la nena a cenar, mi abuela le había preparado una especie de papilla. Después de tomarse la papilla estuvo jugando con Lucyana en el salón hasta las 10 de la noche.

Era la hora de dormir y lleve a Beth a la habitación. Nos pusimos a ver Disney Channel Junior un rato. Beth tomo el libro de mi mesita de noche y dijo en su idioma «yee fofavoi». Estaba pidiendo que le leyera, pero no me apetecía leerle y seguimos viendo la tele, no sabía lo que eso significaría después.

Dos días después de aquello, estaba con Luna, Beth y Galia en mi casa. Tratábamos de animar a Galia porque no pasaba un buen momento, cuando de pronto recibí la llamada de mi madre, una llamada en la que literalmente me decía «te queda una semana en Lima, el viernes 21 tienes un vuelo a las 18 horas». Recuerdo que era una llamada privada, pero detrás de la puerta estaban mis dos mejores amigas y mi abuela y habían escuchado la conversación. No pude contener el llanto de las tres.

Aquella vez fue el último día que vi a mis dos mejores amigas. Aquella semana no paré de hacer cosas, aunque mi cabeza estaba en otro lado, ¿cómo procesar una idea así en tan poco tiempo? ¿Cómo iba a dejar a Lucyana? ¿Cómo iba a dejar a mis abuelos? ¿Cómo iba a dejar a Rocko? ¿Cómo se tomaría Rocko la noticia? ¿Seguiríamos juntos a distancia tras cinco años de noviazgo? La respuesta a esta última pregunta fue no. Pensaba en absolutamente todo, pero pensaba más en Beth, la vida de ellas no era fácil y siempre sentí la necesidad de protegerles. Esa semana pasó volando.

El libro que le compré a Beth se había quedado en mi habitación y no esperé hasta el día que me iba para ir a su casa y dejárselo, aquella vez fue la última vez que pude verle, estaba junto a su abuela. Era como si Beth supiese que no nos veríamos por un buen tiempo porque no me soltaba y no dejaba de llorar para que no me fuese, pero tuve que dejarla. Dejé a mi pequeña Beth en la ventana de su casa mientras yo me subía al coche.

La despedida de todos me dolió. Al llegar a Madrid no dejé de pensar en nadie, pero en especial en Beth, sobre todo en la vez que me pidió leerle El soldadito de Plomo. Debí leerle aquella vez. Hoy han pasado cuatro años de aquello y solo espero el día en que la vuelva a ver para leerle ese libro.

 

Arellis Carla.

EL LIBRO PERDIDO DE ZEUS

EL LIBRO PERDIDO DE ZEUS

Se dice que en la antigua Grecia existía un libro que podía crear la ruina de la persona a quien se lo regalaban. Este libro fue creado cuando Pandora abrió la caja que Zeus le había regalado, contenedor de todos los males del mundo terrenal. El libro fue pasando de manos en manos, creando la ruina de familias y descendientes de las mismas, hasta que este libro llegó a las manos de Aeneas Katsaros. Este muchacho vivía con su familia en un pequeño pueblo a las afueras de Esparta. La peculiaridad de este muchacho es que a él no le habían regalado el libro, sino que se lo había encontrado en la biblioteca de su abuelo, que falleció tras recibir el impacto de un rayo. Se dice que Zeus le había castigado por poseer el libro. El muchacho sintió gran cariño por el libro como si estuviera destinado a él y lo guardó.

Esparta entró en guerra contra Persia y estos endurecieron el registro de soldados y por lo tanto Aeneas tuvo que acudir a la guerra. En el primer combate, Aeneas no era consciente de lo duro que era la guerra y de lo mal que se pasaba. Durante el primer ataque los persas lanzaron una lluvia que inundó el cielo de flechas. Fueron muchos los espartanos abatidos y a Aeneas le acertaron justo en el corazón, pero el mismo libro que mató a su abuelo y que creaba la desdicha de quien lo recibiera, parecía haberle protegido. Aeneas entró en un profundo sueño y de repente vio caer del cielo un rayo super poderoso, era Zeus y se presentaba ante él. Zeus, con larga barba blanca y con un rayo en sus manos, le pidió el libro de vuelta.

—¿Porque el libro me ha salvado? —preguntó Aeneas.

—El libro solo crea la desdicha de quien lo utiliza y no me lo devuelve. El libro tiene poderes mágicos, pero solo puede ser utilizado una vez, si no el libro comienza a crear desgracias y problemas al portador. Tu abuelo, como tantos otros, descubrió los beneficios de dicho libro y al no querer devolverlo, tuve que castigarle. Por lo tanto, Aeneas Katsaros, ¿me devuelves el libro? —le dijo Zeus.

Aeneas se quedó embobado observando el libro ya que parecía atraerle cada vez más, pero tuvo una visión de su abuelo en la que le decía: «Aeneas siempre que tengas suerte en la vida agradéceselo a los dioses». Aeneas extendió la mano y le devolvió el libro a Zeus. Este le miró y le sonrió. Mientras despertaba Aeneas escuchaba en su voz «los dioses os sonríen…».

Esparta ganó la guerra.

 

Carlos Manuel Taboada Ventura.

DEMETRIO

DEMETRIO

— Odio Alemán.

— Ya empezamos –—susurré, no llevaba ni una hora estudiando para la recuperación y ya se estaba quejando.

— De verdad que lo odio.

— Pues haberlo aprobado en su día Julia, a mí qué me cuentas –—de verdad que a veces no la soportaba.

— ¿Qué lees? —preguntó.

Quería ignorarla, no solo porque ella necesitaba concentrarse, sino también porque no tengo ganas de hablar con nadie, solo quiero estar tranquila. Ni siquiera sé por qué he venido a la facultad, mis exámenes terminaron hace dos días y lo tengo todo aprobado, con lo bien que estaría en mi casa con mis perros.

— El sueño de una noche de verano —decidí responder al fin mientras daba un sorbo a mi Coca Cola Zero. Bien de cafeína a las diez de la mañana cuando la cafetera del bar del edificio no funciona.

— Ni idea, ¿de quién es?

— Julia… —respondí con resignación— ¿dónde ha quedado tu cultura general? Es una comedia de Shakespeare.

— Chica, yo qué sé –—volvió a fijar la mirada en sus apuntes y yo seguí leyendo.

…Y por ella se dice que el amor es niño, siendo tan a menudo engañado en la elección. Y como en sus juegos perjuran los muchachos traviesos, así el rapaz amor es perjurado en todas partes; pues antes de ver Demetrio los ojos de Hermia me juró de rodillas que era sólo mío; más apenas sintió el calor de su presencia, deshiciéronse sus juramentos como el grano al sol…

— Hallo Paula —no me lo puedo creer, pensé— wie geht es dir? Gott sei dank und dir.

— Julia —le dije con la poca paciencia que me quedaba— para tu mente, por favor.

— Mira, Marta, estás insoportable hoy, no sé qué te pasa —la ignoré y seguí leyendo.

… Yo le avisaré la fuga de la bella Hermia, y mañana por la noche le acompañaré al bosque para perseguirla; que si por este aviso me queda agradecido, recibiré en ello un alto aprecio, aunque si aspiro a mitigar mi pena, sólo es poder mirarlo a la ida y a la vuelta…

— Mira que es tonta —se me escapó un comentario a media voz.

— ¿Decías?

— Nada, el personaje, que me pone un poco histérica.

— ¿Por qué?

— Pues porque… —el sonido de las puertas del bar interrumpió lo que iba a ser una larga explicación acerca de la sororidad y la dependencia emocional que a veces sufrimos las mujeres por parte de machitos que juegan con nosotras. El que faltaba, pensé, rodeado de sus amigos del Doble Grado acababa de aparecer como si mis pensamientos le invocaran. Julia, que ya se olía el panorama, bajó la cabeza hacia sus apuntes. Yo, por mi parte, y con el libro abierto de par en par apoyado en la mesa, me dediqué a observarle. Ni siquiera se dignó a mirarme, pero sabía de sobra que yo estaba allí.

— Mamen, ponme uno de bacon y queso —dijo con su estruendosa voz. Era como si siempre quisiera llamar la atención.

— Enseguida Iván —respondió la cocinera. Yo no podía dejar de mirarle con el mayor desprecio que mi mirada podía transmitir. Ya no iba a agachar más las orejas por él. 

De repente, algo hizo que hubiera un cruce de miradas entre nosotros, y no solo eso, sino que, a la vez, la cara de Iván al ver mi mirada fría y furtiva cambió en milésimas de segundo.

Ya no jugarás más conmigo, Demetrio.

 

Juno.

NADA ES LO QUE PARECE

NADA ES LO QUE PARECE

El pasado verano Ana y yo estábamos hablando sobre los libros que nos habían gustado. Ella me habló sobre La metamorfosis de Fran Kafka, que narra la historia de Gregorio Samsa un comerciante que mantiene a su familia con su sueldo, pero de repente un día se convierte en un insecto. Esta historia me recordó a un fragmento que estaba escribiendo, por lo que decidí compartirlo con ella:

Charlie era el padre de una familia de Nueva York muy conservador y, por lo tanto, cuando él estaba en casa había que hacer las cosas tal y como sus padres le habían enseñado. Las semanas en casa eran rutinarias, todos los domingos había que ataviarse con las mejores galas para escuchar el sermón aleccionador del padre David, y una vez purificados podíamos volver a casa para degustar la comida. Un día tuvimos una comida especial, pues era el primer fin de semana que teníamos a Trump como presidente y eso en casa era motivo de celebración. Tras una comida y sobremesa llenas de halagos hacia el electo presidente y los numerosos beneficios que supondría la construcción de la fortaleza que textualmente “Nos separará de esos negros que no son dignos de nuestro dinero ni de nuestro país” llegaba un lunes más.

Para ir a la oficina, Charlie pasaba cada día por el Bronx, hecho que resulta curioso, ya que dicho camino le suponía un desvío de más de diez minutos, pero la satisfacción que a este le producía ver y regocijarse de las condiciones en las que vivían muchas de aquellas personas era mucho mayor que quedarse un rato más remoloneando en la cama. Esta postura de superioridad frente a los que él llamaba “los sucios negros” siempre la había mantenido en su círculo más íntimo, pero la victoria de Trump le dio el impulso para sacar a la luz la cara más oscura de su personalidad creyéndose, pues, con derecho de agredir a quien consideraba inferiores. Dichas agresiones empezaron a aumentar de forma exponencial, primero fueron los malos gestos y las miradas de desprecio, tras ver que con esto solo conseguía que sus víctimas apartasen de él la mirada, agachando la cabeza, empezaron las agresiones verbales con frases entre las que destacaban “Negros de mierda” o “Volved a vuestro País”. De igual forma, al no crear el revuelo que deseaba, pasó a las agresiones físicas eso sí, siempre hacia aquellos que eran más indefensos como los ancianos o hacia aquellas mujeres que se encontraban en una clara desventaja en cuanto a fuerza física.

Tras estas acciones que Charlie llamaba de “limpieza” volvía a casa orgulloso, hasta tal punto que con unas cuantas copas de vino era capaz de contarlas muy satisfecho y con todo lujo detalle a sus amigos, los cuales, en lugar de reprenderle y compadecerse de sus víctimas, únicamente se sorprendieron por unas diminutas manchas en forma de lunares que tenía Charlie por el principio del pecho a las cuales no les había dado importancia alguna.

El odio que tenía era tan grande que le producía una sed de violencia insaciable, lo que le llevó a la situación más crítica hasta el momento. Cuando ya había terminado por aquel día su “limpia” y se disponía a volver a casa pasó por su lado un niño, que por su aspecto no podía tener más de diez años, tenía el pelo más negro, recogido en unas curiosas y cuidadas trenzas de raíz y la piel más oscura que había visto hasta entonces, era muy delgado y bajito, es más, parecía que la mochila que llevaba colgada en la espalda iba a absorberle en cualquier momento, y no sabéis la suerte que hubiera sido eso… La inocencia que desprendía aquel niño paseando por la calle reactivó el odio de Charlie, que por ese día debería haber estado satisfecho. Cuando el niño salió de la calle principal, Charlie intentó aparcar el coche en el primer sitio libre, pero ante la falta del mismo y su ansia de violencia lo dejó en segunda fila con las luces de emergencia encendidas, se dirigió hacia el maletero, cogió el bate de beisbol que utilizaba su hijo mayor en los entrenamientos y, con paso firme pero sigiloso, se dirigió hacia el muchacho y de un golpe seco a la altura de los gemelos consiguió tirarlo al suelo. Allí siguió asestándole golpes hasta que el chico dejo de gritar al perder el conocimiento.

Tras este acto tan atroz Charlie volvió a casa y siguió haciendo su vida como si nada, pero a la hora de quitarse la ropa del trabajo para acomodarse se percató de que las marcas negras que tenía por el pecho empezaron a hacerse más grandes y a extenderse por el cuerpo, pero siguió sin darle importancia. A la mañana siguiente, su despertador fueron los gritos de su mujer pues Charlie había adquirido por completo el tono de piel de quien tanto odiaba.

Laura Sánchez Gomes.

SER O NO SER

SER O NO SER

Todo comenzó el verano pasado. La mañana del 15 de julio terminé de hacer la maleta y me dispuse a salir por la puerta. De repente, escuché un fuerte golpe en el piso contiguo, en el cual vivía Marta, una mujer de unos cuarenta años con la que mantenía muy buena relación. No le di demasiada importancia al golpe que había escuchado y decidí partir en dirección a la estación de autobuses mientras revisaba mentalmente si se me olvidaba algo. Cuando apenas me quedaban dos minutos para llegar, eché en falta lo más importante. Se me había olvidado mi obra favorita, la que llevaba siempre a todos lados, Hamlet.

Regresé a toda prisa y, cuando fui a meter la llave en la cerradura, pude oír cómo mi vecina Marta gritaba. ¿Estaría en peligro? Fue entonces cuando decidí llamar al timbre, pero nadie contestó, así que insistí y llamé por segunda vez. Se escuchaban pasos acercándose a la puerta, pero la puerta seguía cerrada. Fue en ese momento cuando me empecé a poner nerviosa, temiendo por la integridad de Marta. Dejé de llamar al timbre y comencé a golpear la puerta de manera insistente. De repente, y sin que me lo esperase, la puerta se abrió de golpe. Detrás de ésta se encontraba un hombre, alto, moreno, de una edad cercana a la de Marta. Con un tono serio y una sonrisa algo forzada me preguntó si necesitaba algo y que, si seguía así, acabaría tirando la puerta abajo.

—¿Dónde está Marta? —Fue lo primero que pregunté.

—Marta está en el baño, no se encuentra muy bien —me dijo él.

Pero en su mirada noté algo raro. Mantenía una sonrisa nerviosa que me dejaba entrever que algo extraño estaba pasando dentro de esa casa.

—¿Puedo verla? Necesito hablar con ella, —continué diciendo.

Y justo en ese instante, un segundo antes de que aquel hombre me diese una respuesta, Marta empezó a gritar mi nombre y a pedir ayuda de manera incesante. El hombre cerró la puerta con violencia. Sin moverme del sitio, cogí mi móvil, llamé a la policía y les conté todo lo que había sucedido en cuestión de segundos. Enseguida vinieron dos patrullas de policía y comenzaron a golpear la puerta mientras amenazaban con tirarla abajo si no les obedecían. Así tuvo que ser. Los cuatro agentes entraron en la casa en fila de a uno, lentamente y dando pasos cortos. El último de ellos me ordenó que me quedase al margen, por lo que me quedé a unos metros de la puerta. Pasados unos tres minutos aproximadamente, dos de los policías salieron de la casa con aquel hombre esposado, intentando controlar su ira, mientras le informaban de sus derechos.

Entonces decidí adentrarme en la casa, pues la incertidumbre de no saber qué estaba pasando y cómo estaba Marta, me tenía en ascuas. Efectivamente, Marta estaba en el baño, sentada en el suelo, recién incorporada gracias a la ayuda de los policías. Pude observar restos de espuma en la comisura de su boca. Entre lágrimas y de manera desconsolada, Marta se levantó y me abrazó. Me dijo que le había salvado la vida. Aquel hombre misterioso era su hermano, quien había intentado matarla echándole unas gotas de veneno en el café. Me explicó que el motivo era que sus padres, recientemente fallecidos en un accidente de tráfico, habían dejado toda su herencia en manos de Marta, y, por lo tanto, dejado a su hermano fuera del testamento. Afortunadamente todo acabó bien. El día comenzó olvidando mi libro de Hamlet en casa y, al final, la realidad superó a la ficción y Hamlet se convirtió en una historia cotidiana, la cual viví más cerca de lo que me hubiera gustado. Un acontecimiento que me recordó a mi obra favorita.

 

Andrea Zorrilla.