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AEDO

Historias de lectores

PALABRAS

PALABRAS

Cuando las palabras se dejan escribir

se significan plenamente sin

remordimientos.

 

Cuando purifican el alma confusa

atormentada.

 

Cuando iluminan una sonrisa en el

que las pronuncia.

 

Se encadenan sin ligaduras en

una mañana de enero mansas

formando ondas y reflejos.

 

Cuando crujen bajo mis pisadas,

me describen árboles desnudos,

piedras desgastadas, irregulares.

 

Cuando traen excitación

desmedida como notas de

una sonata, agitando los sentidos,

agudizando los olores.

 

La belleza se desmorona mostrando

la realidad inexistente.

 

Cuando no alcanzo a comprenderlas

produciéndome vergüenza o

pierden su pudor emigrando

libres a mares templados,

desiertos helados, noches

iluminadas.

 

Juan Francisco Muñoz.

LA LECTURA EN VERANO

LA LECTURA EN VERANO

Como cada verano, mis amigas y yo intercambiamos aquellos libros que durante el otoño, invierno y primavera nos han hecho sumergirnos en otro mundo. Ya se ha vuelto una tradición, nos encanta comentar todas las partes de estos libros con las que nos identificamos o que nos llevan a una reflexión más allá de lo personal.

La playa, mis amigas y conversaciones sobre la vida son unas de mis tres cosas favoritas en el mundo. Sentarnos en la toalla con la brisa del mar y pasarnos horas imaginando que somos las protagonistas de las historias que escriben nuestros escritores favoritos.

En la casa de la playa, mis abuelos tienen varias estanterías repletas de libros a los que siempre acudo, es más, todos los años termino leyendo algún libro repetido porque me hace recordar muy buenos momentos. Me encanta sentarme con ellos y ver cómo disfrutan leyendo al igual que yo y poder compartir nuestras opiniones.

Recuerdo cómo el verano pasado bajé de mi habitación y vi a mi abuelo subido en una escalera: «Estoy buscando libros que te puedan gustar», me dijo, y cuando me los dio, recuerdo que uno era de directores de fotografía del cine español y otro de los grandes maestros del Museo del Prado. Y la verdad es que acertó por completo. Sentir que alguien te conoce tan bien hasta el punto de saber qué libros te puedan gustar es una de las mejores sensaciones del universo, y más si son tus abuelos. Cambio lo que dije en el segundo párrafo sobre mis tres cosas favoritas para añadirles a ellos en primer lugar. No podía escribir un post sobre la lectura sin nombrarles a ellos, ya que han sido los que en gran parte han fomentado en mí este interés y amor por los libros y el arte, la música, el teatro, el cine...

Leer es aprender, es ampliar nuestra fuente de conocimientos, es abrir nuestra mente a cosas que nunca nos hubiésemos imaginado, es desarrollar nuestra imaginación, nuestra capacidad de empatía. Leer implica muchas más cosas de las que creemos, por eso a mí me gusta decir que «leer es magia».

En conclusión, leer es maravilloso en todas las estaciones del año, pero yo encuentro una paz distinta navegando por historias diferentes en esta estación que me tiene tan maravillada, por eso he querido titular esta historia Lectura en verano. Ojalá que esta maravillosa tradición que se ha ido forjado con los años sea tan duradera como la amistad y el amor de las personas que lo han hecho posible.

Paula Ruiz.

YO TENÍA UN DIARIO

YO TENÍA UN DIARIO

Otro estúpido y aburrido día se avecina, qué pereza me dan las clases de Gema. Me cae bien, pero nos llena la cabeza con tonterías que no tienen que ver con la asignatura. Llego tarde, como siempre, con una fruta en la mano porque no me ha dado tiempo a comer. Empiezo a bajar las escaleras corriendo intentando coordinar mis piernas cuando de repente… ¡PAM! Menudo golpe me he llevado, he bajado dos escalones de culo. Pero no te creas que ha sido culpa mía únicamente, me he tropezado con un libro. Y no uno cualquiera de lectura, una libretita rosa muy bonita de purpurina y pegatinas de corazones, y un escrito en la primera página: Diario secreto de Rosa, ¡Juan no mires!  Qué gracioso me ha parecido, no sabía que tenía una vecina pequeña llamada Rosa. Me ha recordado a mi infancia a todas las veces que intenté escribir diarios contando mis dramas de niña pequeña y que al final abandonaba porque la constancia no es lo mío.

He decidido que una caída por las escaleras es bastante excusa para no ir a clase y que Gema seguro que me perdona.  He subido a casa y he dejado el diario en la mesa, he creído que una cosa tan privada no tendría que estar al alcance de cualquiera y que podría investigar en qué piso vive Rosa y dárselo después de las clases. Me he preparado un café y un poco de hielo para mi trasero y al sentarme en el sofá, ahí estaba el diario mirándome.

—A lo mejor si lo leyera un poquito podría descubrir de quién es… —intentaba convencerme a mí misma para saciar mi faceta de maruja de escalera.

—¡No puedes hacerlo! Un diario es algo privado y la niña podría sentirse ofendida si lo hicieras.

Después de esta conversación conmigo misma en voz alta, he encendido la televisión y daban «Mentes Criminales», así que me he quedado embobada un rato. De golpe, me ha empezado a sonar el reloj. ¡Vaya! Ya son las tres, hora perfecta para devolver el diario. Me he dirigido al 4C, con un poco de vergüenza, pero con toda mi buena fe. He tocado al timbre y me ha abierto una señora con pelo teñido de rojo y cortito, de unos cuarenta y largos años.

—Toma Rosa, creo que esto es tuyo. He visto tu nombre en la primera página y no creo que te apetezca que lo tenga alguien que no eres tú.

La señora ha puesto cara entre de preocupación y de alivio. Te preguntarás que cómo he sabido que esa mujer era Rosa. Pues de la misma manera que me he enterado de que cree que su marido la está engañando, que su hija ya no quiere que la llamen María sino «la Mari», que su novio, el Rulas, no termina de transmitirle confianza, y que pesa los tomates en el supermercado y luego pone algunos más en la bolsa para sentir algo de emoción en su vida. Si es que esto de escribir tus secretos en un diario es muy peligroso, alguien que no quieres puede encontrarlo y leerlo. Además, las cosas en papel ya están obsoletas, ahora se lleva más escribir lo que te pasa en plataformas de la web, como hago yo contigo «MiDiarioOnline», mucho más seguro, nadie puede acceder a una nube en la red, ¿o sí?

Alicia Moll.

LEE

LEE

No todos estábamos listos

no todos estábamos preparados

ni física ni psicológicamente

tú, que eres claridad entre tanta oscuridad

tú, que eres alegría entre tanta tristeza

quien diría que ahora te puedes apagar

no eres tú, si no las consecuencias de tus actos

no soy yo, sino lo que tú has provocado

yo era blanco y tú tan negro

yo era carmín y tú carboncillo

yo era fuego y tú tan frío

tú eras hielo y yo leña

cuando te dije ven

tú ya te habías ido

 

todos extrañamos un abrazo

no el abrazo en sí

sino la persona en sí que nos lo da

tú no te encariñas de la persona

sino del alma de esa persona

y su alma se encariña del tuyo

quien fuera abrazo, para poder tocarte

quien fuera ventana, para poder mirarte

quien fuera vela, para poder sentir tus suspiros

lo único que quiero yo es tenerte a mi lado.

 

la lectura es lo único que me hace sobrevivir

la lectura es mi única unión a ti

lo malo es que no se leer sin ti a mi lado

leer es otro mundo

leer te inspira

leer te atrapa

leer te engancha de manera que te olvidas de ser

ser o leer esa es la cuestión

porque si no lees no eres tú

sino eres tú, ya no podrás leer

porque si no lees, pierdes el alma

así que aprende a leer

porque las mejores cosas

las entiendes si lo lees 2 veces

aunque prefiero leer a tu lado

debido a que no sé leer y si lees conmigo

yo te oiré, te escucharé y contigo me quedaré.

 

José Carlos García Arteaga.

CARPE DIEM

CARPE DIEM

Llevo delante del ordenador más de media hora, tratando de poner mi mente en blanco y empezar de cero algo que, ironías de la vida, no puede partir de cero. Supongo que es la sensación de que vas a escribir algo que alguien más va a leer, ya sea una, dos u ochenta personas. Qué más da. Y el caso es que el tema no es nada difícil, quiero decir, ¿cuántas veces se habla a lo largo del día de lo que leemos, de los libros, de autores y autoras que escriben esos libros? Seguramente más de las que nos imaginamos.

Y, aun así, hay quienes no sucumben a la magia de las historias ajenas. Aun así, hay quienes se resisten a tocar un libro, a sentir por alguien que no existe, aunque sea solo por un momento, o incluso a una historia que, a veces, es más real que la realidad. Y, ¿por qué? No lo sé, pero tampoco estamos aquí para juzgarnos unos a otros. Estamos aquí para hablar de libros, aunque eso sea bastante ambiguo. Digo ambiguo por la sencilla razón de que no hay dos personas iguales, no hay dos libros iguales, ni siquiera dos historias iguales, y, lo más importante, si no hay dos personas iguales, significará que no hay dos personas que lean igual, por mucho que lean lo mismo. He ahí la magia del maravilloso mundo de la tinta y el papel.

Hay quienes dicen y aseguran que la felicidad normalmente se encuentra en las cosas más pequeñas, como en una taza de café por la mañana, un aprobado en Historia del Arte, una canción, un gesto, un libro… y puede que tengan razón. Puede que algo tan pequeño como un taco de folios con portada sea capaz de hacernos felices por momentos, puede que incluso haya quienes consideren estos objetos la fuente de su felicidad. Pero… ¿por qué? Es el segundo «por qué» que pregunto, al igual que es el segundo «por qué» que no sé responder con certeza. De lo que sí puedo estar más que segura es de que, más que el libro físico, más que la cantidad ingente de palabras impresas en esas hojas, más que lo que ha costado y quién lo ha escrito, es lo que te hace sentir, es la forma en que haces tuya cada acción, cada palabra, cada verso o cada diálogo. Supongo que es una buena forma de abordar este tema, aunque esto de los sentimientos sea un tema harto delicado, para qué mentirnos.

Leer debería ser considerado un arte. Igual que la literatura, igual que la pintura o la arquitectura, leer es algo tan singular, tan propio y nuestro, que debería ya de por sí considerarse un arte por el hecho de que es tan complicado que parece hasta simple. Leer por pasión, por ocio, leer por obligación, por curiosidad o por aburrimiento. ¿Quién habría dicho alguna vez que existirían tantas formas de leer como etapas artísticas? Tendemos a infravalorar tantas cosas a lo largo de la vida que, cuando queremos darnos cuenta, ya es demasiado tarde. Trágico, ¿verdad? Podría decir que no, que solo estoy exagerando, pero no es el caso. Hay tantas cosas que nos perdemos por miedo a probar, que al final nos conformamos con leer solo La Celestina porque tenemos que hacerlo, y por ello cerramos la puerta a miles de historias cuyo origen apenas en ocasiones es la primera mitad del siglo XX. Y es una pena.

Ni mucho menos pretendo parecer una fiel defensora de la lectura o de los libros, no. Tampoco escribo para eso. Pero, para lo que sí escribo, es para hacer ver que hay cosas que, aunque no nos lo creamos muchas veces, sí merecen la pena, y ya no estoy hablando solo de libros. Hablo de vivir en general.

¿Cuántos de vosotros querréis levantaros una mañana con más de seis o siete siglos sin tener la oportunidad de decir «yo hice/vi/leí/dibujé/canté/bailé/escribí/dije/viví eso»? Apostaría mi libro favorito a que todos tenemos algo a lo que aferrarnos en esas opciones de la frase anterior que está entre comillas, y no apuesto menos a que esté cien por cien segura de que voy a conseguir ganar en algún momento.

Se trata de vivir, de no dejar las cosas atrás, de perseguir sueños aunque pensemos que al resto les va a sonar raro, de decir las cosas como queremos decirlas (a ver, aquí he de hacer un inciso: no está bien decir las cosas que queremos decir siendo malas personas, por favor, ante todo civismo, que últimamente no queda mucho de eso y la gente se olvida de que eso siempre suma), de hacer las cosas que nos gusta hacer y de respirar como queremos respirar. Hay muchísimas, pero muchísimas cosas que todos anhelamos hacer, decir… y todo por el «qué dirán», por miedo a arriesgar, por conformismo, por timidez o, a lo mejor, porque no pensamos que algo como lo que queremos hacer «pegue» con nosotros. Pero todos ellos son crasos errores.

Al igual que no hay dos libros iguales, tampoco hay dos personas iguales. Todo lleva su tiempo, todo llega en su momento, es solo cuestión de… probar. Supongo que eso podríamos aplicarlo al mundillo de la magia de las historias ajenas, de la tinta y papel, del arte de leer, porque quiero pensar que, para determinar un sentimiento, un gusto, una opinión, puede que también sea cuestión de eso, de… probar.

Paula Sánchez Barrientos.

OTROS TIEMPOS

OTROS TIEMPOS

Recuerdo cuando era niña oír leer a mi abuelo. Él leía murmurando, muy despacio, pronunciando cada sílaba con claridad, palabra a palabra hasta que terminaba una frase, y entonces la repetía en voz alta con más fluidez. Su gesto era de sorpresa, como si acabasen de darle una gran noticia, mientras que su voz sonaba a una mezcla de confusión y diversión. Cuando terminaba la frase, me miraba y sonreía, después continuaba con su lectura, que nunca se prolongaba más de unas cuantas frases de una noticia del periódico o las instrucciones de algún producto.

A medida que fui creciendo, y con ello leyendo con más fluidez, me di cuenta de que había algo extraño en su manera de leer. Yo avanzaba, cada vez leía libros más complejos y era capaz ya de leer en voz baja, pero él continuaba leyendo con la misma inocencia y timidez que poco a poco yo iba perdiendo.

Una tarde de verano hace ya muchos años, los dos estábamos sentados tranquilamente en la cocina mientras escuchábamos la radio. Él cogió una revista que estaba encima de la mesa y comenzó a leer el titular que aparecía en la portada. Entonces me armé de valor y le pregunté que por qué leía tan despacio. Él se paró y levantó la vista para mirarme, se quedo pensando durante unos segundos, buscando las palabras exactas. Entonces comenzó a explicarme que él no sabía leer de otra forma, que con once años había dejado la escuela, en su casa había necesidad y tuvo que ponerse a trabajar para unos albañiles portugueses que construían casas.  Yo le miré asombrada, pues no me imaginaba a alguien de mi edad dejando la escuela para trabajar en una obra, él al notar que estaba estupefacta me dijo: Cariño, eran otros tiempos.

Ahora que soy más mayor, y especialmente en estos días de incertidumbre, puedo llegar a entender esa frase. Uno tiene que vivir con las circunstancias que le tocan. Mi abuelo leía así porque no pudo estudiar, sus tiempos no eran los míos. Para un niño de una familia pobre en la Galicia rural no había muchas opciones. Lo que para mí resulta casi tan fácil como respirar, para él era un lujo. El leía para sobrevivir, para poder entender el mundo que le rodeaba, para no perderse… aunque si lo pensamos bien no es tan diferente de cómo leemos nosotros.

Nuestros abuelos conocieron un mundo que nosotros no, y por eso no debemos olvidar nunca que leer es un privilegio.

Fátima Permuy Valín.

NONENAL

NONENAL

Aquel ajado rostro parecía ocultarse entre la penumbra y el trémulo de ya solo un cuarto de vela. Bajo unos límpidos ojos cansados, trasparentes como dos canicas de cristal enterradas en unos párpados caídos, que dejaban solamente una exigua rendija de visión, en parte, debido a la ausencia de pestañas, no se hallaba más latir que el de navegar por las letras abisales de aquel rozado libro, bañado en años, estigmas y soledades.

Había pasado demasiado tiempo ya, pero como si aquella tinta hubiese sido vomitada por la mismísima Medusa, él yacía petrificado. Sólo sus pupilas y el interior de sus vísceras parecían estallar en tormenta.  

Ya no quedaba cera cuando levantó su arrugada y huesuda mano del velador. Amanecía; con la larga y rolliza uña azafranada de su dedo pulgar, recorrió tan aprisa como delicadamente todas las páginas hasta llegar a la primera que ahora lo cerraba.

Seguido se incorporó con aparente dificultad, tardo y jadeante. Atenazó el ultimado libro y paciente avanzó hasta situarse debajo de una gran estantería sumándolo a la cantidad ingente que allí reposaban. Una vida entera depositada que hoy parecía lo suficientemente grande como para cobijarlo en su sombra.

Juan Marínez Córdoba

EL DÍA QUE LEÍ EL MIEDO

EL DÍA QUE LEÍ EL MIEDO

No había forma de conciliar el sueño y ya era muy tarde. Daba vueltas en la cama sin saber en qué postura ponerme, en qué más pensar ni qué hacer. Me incorporé sobre la cama y encendí la luz de la mesa de noche. Abrí uno de los cajones, el último concretamente. Ese que nunca se abre porque solo sirve para acumular aquello que no sabes si tirar o guardar. Entre revistas, la caja de un antiguo teléfono, algún cable y una gorra, encontré una libreta, algo pesada y con fotos metidas entre las páginas.

Las fotos eran recientes, la más antigua tendría cuatro años. Sin embargo, aquella libreta era preciosa, de color morado con letras grabadas que cumplía casi los diez años. Lo recuerdo como si fuese ayer, fue un regalo de mi tío. Siempre que iba a casa de mis abuelos invadía su biblioteca y buscaba obras bastante impropias para un niño de diez años. Obras de Edgar Allan Poe o la de El Exorcista (hay que admitir que mi tío tenía unos gustos algo siniestros). Me podía pasar noches enteras leyendo fragmentos del libro, preguntado aquello que no entendía y por supuesto fantaseando y escribiendo mil historias parecidas. Dejaba la habitación llena de folios con mala letra y tachones. El día que me regaló esa libreta me dijo: «Ya tienes donde escribir sin que se pierda, intenta escribir todos los días una línea». Ipso facto abrí la libreta y vi una bonita dedicatoria con una frase que jamás conseguí cumplir pero que me marcó en aquel momento, nulla diez sine línea, que significaba: ningún día sin una línea.

Comencé a leer el contenido de la libreta, tenía apuntadas partes de letras de canciones que me gustaban, citas célebres, alguna reflexión, entradas de tipo diario… Me detuve en una página que comenzaba con el título El Miedo. Faltas de ortografía y no muy buena expresión pues era una de las primeras entradas que hacía. Pero en cuanto al contenido, no tenía palabras. No sabía que con esa edad tenía esa opinión, no lo recordaba.  Hablaba de que el miedo era algo que formaba parte de nosotros desde que nacemos hasta que morimos y que quizás cuando morimos es porque ya hemos superado todos nuestros temores después de toda una vida. Por ejemplo, si me tiro desde un rascacielos, ¿por qué me muero realmente? ¿por el impacto contra el suelo o por superar el miedo a la caída ya que he sido capaz de saltar? ¿si me muero por causas naturales, es porque por fin he superado el miedo a vivir? Durante la vida, ¿tenemos miedo a esta? Hablaba también de lo que tiene para mi acompañarse de buenos compañeros durante la vida, de que las personas estamos fabricadas para estar acompañadas, para compartir nuestros mejores y peores momentos y exprimir ambos al máximo.

Hoy en día, casi siete años después, continúo pensando igual, con la salvedad de que antes lo admitía sin pudor en una libreta. Ahora es todo más difícil, o así nos lo ponemos, pero me di cuenta de que, en estos días de aislamiento, quizás lo que más me pese no es el no salir de casa, si no el sentimiento de soledad por no poder estar con todos los míos. Cerré la libreta, apagué la luz y me dispuse a dormir después de haber hecho una de las lecturas más raras, pero a la vez más constructiva en mucho tiempo. Después de haberme leído a mí mismo, a mi propio interior, a mi pasado, mi presente y a mi miedo.

Salvador Barreiro Miguel.

LA ÚLTIMA VEZ

LA ÚLTIMA VEZ

Yo tenía un vuelo programado, no sabía de su existencia, pero lo tenía. El día que recibí aquella notica estaba junto a Luna y Galia, mis mejores amigas desde que tengo memoria. Aquella notica cambió mi mundo, pero estuve semanas sin saber de su existencia, hacía mi vida normal, sin pensar en el futuro y a rienda suelta, como siempre.

Un par de meses antes, Bethany, la hija de Luna, había cumplido 3 años. Luna pasó un embarazo complicado, ser madre a los 17 no es fácil para nadie, pero desde que nació ese hermoso ser de luz todo cambió.  El día de su cumpleaños no supe que comprar y opté por comprarle El Soldadito de Plomo, no le hizo gracia, ella prefería… ella quería el Furby que tenía en mi habitación.  Yo era su tía, o «yía», como me llamaba ella.

Yo vivía con mis abuelos, con Victoria y David, hijos de mis abuelos, y Lucyana, hija de Victoria. Mi madre ya no estaba y había dejado la universidad, el marketing no era lo mío, opte por un año sabático. Luna estudiaba medicina y ya había empezado las practicas. A veces, se quedaba a hacer guardia en la clínica.

Un día Bethany se quedó a dormir conmigo, Luna tenía guardia. Recuerdo que cuando la dejó en mi casa Bethany llevaba un suéter rosa y un short diminuto, como ella. Luna me dijo que había puesto lo necesario y un libro por si la nena no dormía, no pensé que ese libro sería el que le compré. Aquel día note a Luna extraña, no solía dejarme a la nena cuando su madre estaba en casa, pero me dio igual, adoraba a Bethany.

Bethany se sentía tranquila y era normal, conocía a mi familia, todos los fines de semana Luna y ella iban a mi casa, éramos literalmente inseparables. Estaba poniéndole el pijama cuando me di cuenta del libro, lo dejé en mi mesita de noche y me llevé a la nena a cenar, mi abuela le había preparado una especie de papilla. Después de tomarse la papilla estuvo jugando con Lucyana en el salón hasta las 10 de la noche.

Era la hora de dormir y lleve a Beth a la habitación. Nos pusimos a ver Disney Channel Junior un rato. Beth tomo el libro de mi mesita de noche y dijo en su idioma «yee fofavoi». Estaba pidiendo que le leyera, pero no me apetecía leerle y seguimos viendo la tele, no sabía lo que eso significaría después.

Dos días después de aquello, estaba con Luna, Beth y Galia en mi casa. Tratábamos de animar a Galia porque no pasaba un buen momento, cuando de pronto recibí la llamada de mi madre, una llamada en la que literalmente me decía «te queda una semana en Lima, el viernes 21 tienes un vuelo a las 18 horas». Recuerdo que era una llamada privada, pero detrás de la puerta estaban mis dos mejores amigas y mi abuela y habían escuchado la conversación. No pude contener el llanto de las tres.

Aquella vez fue el último día que vi a mis dos mejores amigas. Aquella semana no paré de hacer cosas, aunque mi cabeza estaba en otro lado, ¿cómo procesar una idea así en tan poco tiempo? ¿Cómo iba a dejar a Lucyana? ¿Cómo iba a dejar a mis abuelos? ¿Cómo iba a dejar a Rocko? ¿Cómo se tomaría Rocko la noticia? ¿Seguiríamos juntos a distancia tras cinco años de noviazgo? La respuesta a esta última pregunta fue no. Pensaba en absolutamente todo, pero pensaba más en Beth, la vida de ellas no era fácil y siempre sentí la necesidad de protegerles. Esa semana pasó volando.

El libro que le compré a Beth se había quedado en mi habitación y no esperé hasta el día que me iba para ir a su casa y dejárselo, aquella vez fue la última vez que pude verle, estaba junto a su abuela. Era como si Beth supiese que no nos veríamos por un buen tiempo porque no me soltaba y no dejaba de llorar para que no me fuese, pero tuve que dejarla. Dejé a mi pequeña Beth en la ventana de su casa mientras yo me subía al coche.

La despedida de todos me dolió. Al llegar a Madrid no dejé de pensar en nadie, pero en especial en Beth, sobre todo en la vez que me pidió leerle El soldadito de Plomo. Debí leerle aquella vez. Hoy han pasado cuatro años de aquello y solo espero el día en que la vuelva a ver para leerle ese libro.

 

Arellis Carla.

EL LIBRO PERDIDO DE ZEUS

EL LIBRO PERDIDO DE ZEUS

Se dice que en la antigua Grecia existía un libro que podía crear la ruina de la persona a quien se lo regalaban. Este libro fue creado cuando Pandora abrió la caja que Zeus le había regalado, contenedor de todos los males del mundo terrenal. El libro fue pasando de manos en manos, creando la ruina de familias y descendientes de las mismas, hasta que este libro llegó a las manos de Aeneas Katsaros. Este muchacho vivía con su familia en un pequeño pueblo a las afueras de Esparta. La peculiaridad de este muchacho es que a él no le habían regalado el libro, sino que se lo había encontrado en la biblioteca de su abuelo, que falleció tras recibir el impacto de un rayo. Se dice que Zeus le había castigado por poseer el libro. El muchacho sintió gran cariño por el libro como si estuviera destinado a él y lo guardó.

Esparta entró en guerra contra Persia y estos endurecieron el registro de soldados y por lo tanto Aeneas tuvo que acudir a la guerra. En el primer combate, Aeneas no era consciente de lo duro que era la guerra y de lo mal que se pasaba. Durante el primer ataque los persas lanzaron una lluvia que inundó el cielo de flechas. Fueron muchos los espartanos abatidos y a Aeneas le acertaron justo en el corazón, pero el mismo libro que mató a su abuelo y que creaba la desdicha de quien lo recibiera, parecía haberle protegido. Aeneas entró en un profundo sueño y de repente vio caer del cielo un rayo super poderoso, era Zeus y se presentaba ante él. Zeus, con larga barba blanca y con un rayo en sus manos, le pidió el libro de vuelta.

—¿Porque el libro me ha salvado? —preguntó Aeneas.

—El libro solo crea la desdicha de quien lo utiliza y no me lo devuelve. El libro tiene poderes mágicos, pero solo puede ser utilizado una vez, si no el libro comienza a crear desgracias y problemas al portador. Tu abuelo, como tantos otros, descubrió los beneficios de dicho libro y al no querer devolverlo, tuve que castigarle. Por lo tanto, Aeneas Katsaros, ¿me devuelves el libro? —le dijo Zeus.

Aeneas se quedó embobado observando el libro ya que parecía atraerle cada vez más, pero tuvo una visión de su abuelo en la que le decía: «Aeneas siempre que tengas suerte en la vida agradéceselo a los dioses». Aeneas extendió la mano y le devolvió el libro a Zeus. Este le miró y le sonrió. Mientras despertaba Aeneas escuchaba en su voz «los dioses os sonríen…».

Esparta ganó la guerra.

 

Carlos Manuel Taboada Ventura.

DEMETRIO

DEMETRIO

— Odio Alemán.

— Ya empezamos –—susurré, no llevaba ni una hora estudiando para la recuperación y ya se estaba quejando.

— De verdad que lo odio.

— Pues haberlo aprobado en su día Julia, a mí qué me cuentas –—de verdad que a veces no la soportaba.

— ¿Qué lees? —preguntó.

Quería ignorarla, no solo porque ella necesitaba concentrarse, sino también porque no tengo ganas de hablar con nadie, solo quiero estar tranquila. Ni siquiera sé por qué he venido a la facultad, mis exámenes terminaron hace dos días y lo tengo todo aprobado, con lo bien que estaría en mi casa con mis perros.

— El sueño de una noche de verano —decidí responder al fin mientras daba un sorbo a mi Coca Cola Zero. Bien de cafeína a las diez de la mañana cuando la cafetera del bar del edificio no funciona.

— Ni idea, ¿de quién es?

— Julia… —respondí con resignación— ¿dónde ha quedado tu cultura general? Es una comedia de Shakespeare.

— Chica, yo qué sé –—volvió a fijar la mirada en sus apuntes y yo seguí leyendo.

…Y por ella se dice que el amor es niño, siendo tan a menudo engañado en la elección. Y como en sus juegos perjuran los muchachos traviesos, así el rapaz amor es perjurado en todas partes; pues antes de ver Demetrio los ojos de Hermia me juró de rodillas que era sólo mío; más apenas sintió el calor de su presencia, deshiciéronse sus juramentos como el grano al sol…

— Hallo Paula —no me lo puedo creer, pensé— wie geht es dir? Gott sei dank und dir.

— Julia —le dije con la poca paciencia que me quedaba— para tu mente, por favor.

— Mira, Marta, estás insoportable hoy, no sé qué te pasa —la ignoré y seguí leyendo.

… Yo le avisaré la fuga de la bella Hermia, y mañana por la noche le acompañaré al bosque para perseguirla; que si por este aviso me queda agradecido, recibiré en ello un alto aprecio, aunque si aspiro a mitigar mi pena, sólo es poder mirarlo a la ida y a la vuelta…

— Mira que es tonta —se me escapó un comentario a media voz.

— ¿Decías?

— Nada, el personaje, que me pone un poco histérica.

— ¿Por qué?

— Pues porque… —el sonido de las puertas del bar interrumpió lo que iba a ser una larga explicación acerca de la sororidad y la dependencia emocional que a veces sufrimos las mujeres por parte de machitos que juegan con nosotras. El que faltaba, pensé, rodeado de sus amigos del Doble Grado acababa de aparecer como si mis pensamientos le invocaran. Julia, que ya se olía el panorama, bajó la cabeza hacia sus apuntes. Yo, por mi parte, y con el libro abierto de par en par apoyado en la mesa, me dediqué a observarle. Ni siquiera se dignó a mirarme, pero sabía de sobra que yo estaba allí.

— Mamen, ponme uno de bacon y queso —dijo con su estruendosa voz. Era como si siempre quisiera llamar la atención.

— Enseguida Iván —respondió la cocinera. Yo no podía dejar de mirarle con el mayor desprecio que mi mirada podía transmitir. Ya no iba a agachar más las orejas por él. 

De repente, algo hizo que hubiera un cruce de miradas entre nosotros, y no solo eso, sino que, a la vez, la cara de Iván al ver mi mirada fría y furtiva cambió en milésimas de segundo.

Ya no jugarás más conmigo, Demetrio.

 

Juno.

NADA ES LO QUE PARECE

NADA ES LO QUE PARECE

El pasado verano Ana y yo estábamos hablando sobre los libros que nos habían gustado. Ella me habló sobre La metamorfosis de Fran Kafka, que narra la historia de Gregorio Samsa un comerciante que mantiene a su familia con su sueldo, pero de repente un día se convierte en un insecto. Esta historia me recordó a un fragmento que estaba escribiendo, por lo que decidí compartirlo con ella:

Charlie era el padre de una familia de Nueva York muy conservador y, por lo tanto, cuando él estaba en casa había que hacer las cosas tal y como sus padres le habían enseñado. Las semanas en casa eran rutinarias, todos los domingos había que ataviarse con las mejores galas para escuchar el sermón aleccionador del padre David, y una vez purificados podíamos volver a casa para degustar la comida. Un día tuvimos una comida especial, pues era el primer fin de semana que teníamos a Trump como presidente y eso en casa era motivo de celebración. Tras una comida y sobremesa llenas de halagos hacia el electo presidente y los numerosos beneficios que supondría la construcción de la fortaleza que textualmente “Nos separará de esos negros que no son dignos de nuestro dinero ni de nuestro país” llegaba un lunes más.

Para ir a la oficina, Charlie pasaba cada día por el Bronx, hecho que resulta curioso, ya que dicho camino le suponía un desvío de más de diez minutos, pero la satisfacción que a este le producía ver y regocijarse de las condiciones en las que vivían muchas de aquellas personas era mucho mayor que quedarse un rato más remoloneando en la cama. Esta postura de superioridad frente a los que él llamaba “los sucios negros” siempre la había mantenido en su círculo más íntimo, pero la victoria de Trump le dio el impulso para sacar a la luz la cara más oscura de su personalidad creyéndose, pues, con derecho de agredir a quien consideraba inferiores. Dichas agresiones empezaron a aumentar de forma exponencial, primero fueron los malos gestos y las miradas de desprecio, tras ver que con esto solo conseguía que sus víctimas apartasen de él la mirada, agachando la cabeza, empezaron las agresiones verbales con frases entre las que destacaban “Negros de mierda” o “Volved a vuestro País”. De igual forma, al no crear el revuelo que deseaba, pasó a las agresiones físicas eso sí, siempre hacia aquellos que eran más indefensos como los ancianos o hacia aquellas mujeres que se encontraban en una clara desventaja en cuanto a fuerza física.

Tras estas acciones que Charlie llamaba de “limpieza” volvía a casa orgulloso, hasta tal punto que con unas cuantas copas de vino era capaz de contarlas muy satisfecho y con todo lujo detalle a sus amigos, los cuales, en lugar de reprenderle y compadecerse de sus víctimas, únicamente se sorprendieron por unas diminutas manchas en forma de lunares que tenía Charlie por el principio del pecho a las cuales no les había dado importancia alguna.

El odio que tenía era tan grande que le producía una sed de violencia insaciable, lo que le llevó a la situación más crítica hasta el momento. Cuando ya había terminado por aquel día su “limpia” y se disponía a volver a casa pasó por su lado un niño, que por su aspecto no podía tener más de diez años, tenía el pelo más negro, recogido en unas curiosas y cuidadas trenzas de raíz y la piel más oscura que había visto hasta entonces, era muy delgado y bajito, es más, parecía que la mochila que llevaba colgada en la espalda iba a absorberle en cualquier momento, y no sabéis la suerte que hubiera sido eso… La inocencia que desprendía aquel niño paseando por la calle reactivó el odio de Charlie, que por ese día debería haber estado satisfecho. Cuando el niño salió de la calle principal, Charlie intentó aparcar el coche en el primer sitio libre, pero ante la falta del mismo y su ansia de violencia lo dejó en segunda fila con las luces de emergencia encendidas, se dirigió hacia el maletero, cogió el bate de beisbol que utilizaba su hijo mayor en los entrenamientos y, con paso firme pero sigiloso, se dirigió hacia el muchacho y de un golpe seco a la altura de los gemelos consiguió tirarlo al suelo. Allí siguió asestándole golpes hasta que el chico dejo de gritar al perder el conocimiento.

Tras este acto tan atroz Charlie volvió a casa y siguió haciendo su vida como si nada, pero a la hora de quitarse la ropa del trabajo para acomodarse se percató de que las marcas negras que tenía por el pecho empezaron a hacerse más grandes y a extenderse por el cuerpo, pero siguió sin darle importancia. A la mañana siguiente, su despertador fueron los gritos de su mujer pues Charlie había adquirido por completo el tono de piel de quien tanto odiaba.

Laura Sánchez Gomes.

SER O NO SER

SER O NO SER

Todo comenzó el verano pasado. La mañana del 15 de julio terminé de hacer la maleta y me dispuse a salir por la puerta. De repente, escuché un fuerte golpe en el piso contiguo, en el cual vivía Marta, una mujer de unos cuarenta años con la que mantenía muy buena relación. No le di demasiada importancia al golpe que había escuchado y decidí partir en dirección a la estación de autobuses mientras revisaba mentalmente si se me olvidaba algo. Cuando apenas me quedaban dos minutos para llegar, eché en falta lo más importante. Se me había olvidado mi obra favorita, la que llevaba siempre a todos lados, Hamlet.

Regresé a toda prisa y, cuando fui a meter la llave en la cerradura, pude oír cómo mi vecina Marta gritaba. ¿Estaría en peligro? Fue entonces cuando decidí llamar al timbre, pero nadie contestó, así que insistí y llamé por segunda vez. Se escuchaban pasos acercándose a la puerta, pero la puerta seguía cerrada. Fue en ese momento cuando me empecé a poner nerviosa, temiendo por la integridad de Marta. Dejé de llamar al timbre y comencé a golpear la puerta de manera insistente. De repente, y sin que me lo esperase, la puerta se abrió de golpe. Detrás de ésta se encontraba un hombre, alto, moreno, de una edad cercana a la de Marta. Con un tono serio y una sonrisa algo forzada me preguntó si necesitaba algo y que, si seguía así, acabaría tirando la puerta abajo.

—¿Dónde está Marta? —Fue lo primero que pregunté.

—Marta está en el baño, no se encuentra muy bien —me dijo él.

Pero en su mirada noté algo raro. Mantenía una sonrisa nerviosa que me dejaba entrever que algo extraño estaba pasando dentro de esa casa.

—¿Puedo verla? Necesito hablar con ella, —continué diciendo.

Y justo en ese instante, un segundo antes de que aquel hombre me diese una respuesta, Marta empezó a gritar mi nombre y a pedir ayuda de manera incesante. El hombre cerró la puerta con violencia. Sin moverme del sitio, cogí mi móvil, llamé a la policía y les conté todo lo que había sucedido en cuestión de segundos. Enseguida vinieron dos patrullas de policía y comenzaron a golpear la puerta mientras amenazaban con tirarla abajo si no les obedecían. Así tuvo que ser. Los cuatro agentes entraron en la casa en fila de a uno, lentamente y dando pasos cortos. El último de ellos me ordenó que me quedase al margen, por lo que me quedé a unos metros de la puerta. Pasados unos tres minutos aproximadamente, dos de los policías salieron de la casa con aquel hombre esposado, intentando controlar su ira, mientras le informaban de sus derechos.

Entonces decidí adentrarme en la casa, pues la incertidumbre de no saber qué estaba pasando y cómo estaba Marta, me tenía en ascuas. Efectivamente, Marta estaba en el baño, sentada en el suelo, recién incorporada gracias a la ayuda de los policías. Pude observar restos de espuma en la comisura de su boca. Entre lágrimas y de manera desconsolada, Marta se levantó y me abrazó. Me dijo que le había salvado la vida. Aquel hombre misterioso era su hermano, quien había intentado matarla echándole unas gotas de veneno en el café. Me explicó que el motivo era que sus padres, recientemente fallecidos en un accidente de tráfico, habían dejado toda su herencia en manos de Marta, y, por lo tanto, dejado a su hermano fuera del testamento. Afortunadamente todo acabó bien. El día comenzó olvidando mi libro de Hamlet en casa y, al final, la realidad superó a la ficción y Hamlet se convirtió en una historia cotidiana, la cual viví más cerca de lo que me hubiera gustado. Un acontecimiento que me recordó a mi obra favorita.

 

Andrea Zorrilla.

UNA HISTORIA A LA HORA DE LA MERIENDA

UNA HISTORIA A LA HORA DE LA MERIENDA

El ladrido de un perro, los cantos de unos pajarillos, el estruendo de una persiana levantándose, el rugido del viento de abril. Todos esos sonidos son audibles desde mi cuarto, menos el más común en la ciudad: el motor de un coche. Miro por la ventana: nada, todo sigue igual. Es inevitable no sentir un escalofrío por todo el cuerpo cada vez que contemplo esta escena. Da igual la hora del día a la que mire, el resultado será el mismo. Suspiro y miro el reloj, las 18:02, puedo permitirme desconectar un poco. Me levanto del escritorio y voy a la estantería a escoger un libro, ¿qué puedo leer hoy? Aún no he acabado El niño del pijama de rayas», pienso. Pero no me convence, necesito animarme. Me desespero. Muevo con tanta efusividad los libros que acabo tirando algunos. Mi instinto me pide que me aparte para que no me aplasten un pie.

Cuando veo que todos los libros que tenían que caer se encuentran en el suelo, me dispongo a recogerlos. Bajo la misma estrella, Perdona si te llamo amor, Buenos días, Princesa... ¡qué cursi soy con tanta novela romántica! Me agacho y me presto atención a un cuarto libro un poco viejo: La montaña parlante, un libro de Tea Stilton, ¿de qué año será esto? Cojo el libro y lo ojeo por encima mientras me dirijo al escritorio. Se me escapa una sonrisa conforme avanzo en la lectura. Le tengo mucho cariño a este libro rosa. Recuerdo la ilusión con la que recibí ese libro como si hubiera ocurrido ayer, aunque fue ya hace diez años…

***

Llamé al timbre emocionada varias veces, tanto que mi madre me tuvo que pedir que parara porque al final lo iba a quemar.

Abrieron la puerta y ahí estaba.

–¡Ayyyy madre! ¿Quién está aquí?

–¡Abuela! –me abalancé sobre ella y le di un fuerte abrazo –¿Y el abuelo?

–Ha bajado a tomar algo con los amigos, ahora subirá para comer. –me dio un sonoro beso mientras asentía. Me adentré en el pasillo para llegar al salón y sentarme en el sofá a ver los dibujos animados. Toda la casa olía que alimentaba. No había nada como la comida de la abuela.

Al cabo de unos veinte minutos se escuchó el sonido de la puerta abrirse. Me levanté de un brinco del sofá y me asomé para ver quién era.

–¡Abuelitoo! –fui corriendo a darle un abrazo.

–¡Hola, cariño! –me dio un beso en la frente –Mira, tengo algo para ti. Le miré muy atenta, ¿un regalo? ¡Pero no es mi cumpleaños!

Observé que mi abuelo metía la mano en una bolsa y sacaba algo. Me dio un objeto pesado, cuadrado y de color rosa.

La cara se me iluminó y me quedé boquiabierta.

–¿Era ese el que querías? –me dijo mientras sonreía. No supe ni qué decir.

Le miré y lancé mi mejor sonrisa.

–¡Sí! ¡Muchas gracias, jo! ¡Pero no hacía falta! Tenía dinero para comprarlo yo...

–Anda no digas tontería, con la ilusión que me hace. –sonrió de nuevo. Estaba tan contenta que me iba a estallar el corazón.

–¡Esta noche os lo leo! –y acto seguido fui corriendo a la habitación a dejarlo sobre la mesilla para no ensuciarlo ni estropearlo –¡Qué feliz soy!

***

El tono del móvil me saca de mis pensamientos. Me están llamando. Me giro y lo cojo corriendo.

–Hola, abuela, ¿cómo estás?

–Hola, cielo, muy bien, ya he merendado y todo, ¿tú qué haces?

–Nada –le digo mientras sigo pasando páginas del libro –, estaba leyendo el libro ese rosa con la montaña naranja que me regaló el abuelo hace años.

–¡Ah, sí! Ya me acuerdo, –se ríe sin ganas –no sé quién tenía más ganas de comprar el libro si tú o él. – Suspiro y sonrío.

–Sí... me hizo mucha ilusión cuando me lo compró y me gustó mucho más cuando me lo acabé. Es un libro bonito.

–Sí, sí, me acuerdo que nos leíste un poco a tu abuelo y a mi esa noche. A él le encantaba siempre que le leías. –noto que suspira.

–Abuela, ¿te leo un poco hoy también? –sonrío, aunque no puede verme.

–Bueno... un poquito. Seguro que el abuelo también te escucha.

–Sí... –me aclaro la garganta y comienzo la lectura en voz alta. –Los ojos le brillaban de alegría. –cada vez me vienen más recuerdos a la cabeza– Mientras descargaban el equipaje, Pamela, que aún estaba dormida, –noto que me emociono y cojo aire con fuerza –Entreabrió los ojos y olfateó el aire. –sigo como puedo y suelto lentamente el aire.

Abuelo, allá donde estés, siempre te leeré un poco, como esa noche, igual que todas las demás en las que traía un nuevo libro a tu casa. Siempre con la misma ilusión y tú siempre tan atento para escucharme.

Te quiero.

 

Natalia Pérez Ramírez.

LEER ES PARA LA MENTE LO QUE EL EJERCICIO FÍSICO PARA EL CUERPO

LEER ES PARA LA MENTE LO QUE EL EJERCICIO FÍSICO PARA EL CUERPO

Los olvidadizos tienen en la escritura y la lectura su mejor herramienta.

Es dinamita pura para la imaginación.

Enseña que el mundo entero puede ser como un libro.

Rejuvenece a la vez que nos hace sabios.

 

Eleva el alma.

Se alivia la soberbia leyendo un buen libro.

 

Proporciona palabras para expresar sentimientos, emociones, creencias.

Autocomprensión. 

Reduce la pobreza, la marginación, la exclusión y la injusticia.

A veces cuando leo, descubro el universo.

 

Las palabras de un padre o una madre, escritas hace tiempo, los vuelven vivos.

Acaba por volverse una actividad de tiempo completo. 

 

Mejora la visión de las cosas y permite ver lo que antes nunca se había visto.

Enriquece los sueños.

Nos permite estar siempre acompañados, aunque también respeta nuestra soledad. 

Transporta nuestra mente a través de todo el espacio y el tiempo.

Evita enfermedades, intoxicaciones y envenenamientos.

 

Leer en la biblioteca, es como un safari en la selva pero sin víctimas.

Obliga a escribir.

 

Que te roben una lágrima, un suspiro, una risa o el aliento, vale la pena si el ladrón es un buen libro.

Un gozo que, cultivado, puede durar toda nuestra vida.

Es descubrir, explorar, escuchar.

 

Es algo sumamente productivo.

Leer, a veces, espanta.

 

Exige lo mejor de nosotros mismos.

Jamás es tiempo perdido.

Enriquece insospechadamente.

Recibir mucho a cambio de casi nada.

Constructora de sociedades y de sueños.

Ilumina.

Cultiva la humildad.

Invertir en nosotros mismos.

Obliga a aprender a escuchar.

 

Frenéticamente y en vehículos en movimiento, puede ocasionar mareos.

Intercambia.

Sirve también como un espejo.

Irradia energía.

Conduce a paradojas y se hace imposible aburrirse.

Ordena el alma.

Evita costosas reparaciones y composturas.

Salva.

 

Podemos leer en todas partes.

Ayuda a leer los síntomas, los rasgos, el clima, los rostros, las estrellas.

Regala amigos.

Abre innumerables puertas e ilumina innumerables caminos.

 

Es siempre perfecto.

Leer es hablar con los muertos por los ojos.

 

Cambia vidas.

Un gobierno que no alienta lectores, no tiene esperanza.

Ejercer el derecho de leer es el principio de la sabiduría.

Revela su inagotable riqueza a la luz de un gran libro.

Placer de ver cómo nuestra mente crea universos.

Ocupa tu corazón.

 

Rocío García Díaz

 

Bibliografía:

- Sánchez Velasco, C.A., 100 beneficios de la lectura.

http://blog.utp.edu.co/alejandropinto/files/2011/04/100-Beneficios-de-La-Lectura.pdf

ALFONSINA STORNI

ALFONSINA STORNI

―Déjame sola: oyes romper los brotes, ―leía Sofía en alto, con voz triste y melancólica.

―te acuna un pie celeste desde arriba

y un pájaro te traza unos compases

para que olvides. Gracias... Ah, un encargo;

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido... ―Y con lágrimas en los ojos, Sofía cerró el libro y se quedó sentada, quieta, pensando en lo que acababa de leer.

― ¿Qué te pasa? ―Le preguntó con tono de preocupación Martina.

― ¿A mí? Nada. Estaba leyendo.

―No me mientas, Sofía, no sabes. ― Martina miró fijamente el libro que Sofía tenía entre sus manos. ― ¿Es esto por lo que lloras? Cuéntame de qué va.

Y después de un largo suspiro Sofia comenzó a hablar.

―Es el último poema que escribió Alfonsina Storni, Me voy a dormir. Dos días después de publicarlo se suicidó arrojándose al mar.

― ¿Se suicidó? ¿Por qué? ―Martina preguntó, pero conocía perfectamente la historia.

Sofía no lo recordaba, pero esa misma historia que estaba a punto de contar la escucharon por primera vez en una clase de Literatura Universal juntas, donde se conocieron.

―No tuvo una vida fácil que digamos... Era pobre, su padre alcohólico, su marido se suicidó. A ella le detectaron esquizofrenia, un cáncer de mama y numerosas depresiones. Por eso acabó suicidándose y en este poema lo anuncia, pero nadie fue capaz de darse cuenta. ― Sofía no era capaz de terminar la frase. Una ola de emociones le abordó y rompió a llorar.

―Ya está, Sofía. ―Le dijo Martina mientras le abraza fuertemente. ―Vamos a hacer otra cosa para que te despejes, venga.

Martina sabía que Sofía se quedaba muy afectada cada vez que leía algo de Alfonsina, pero esa vez fue diferente. Esa vez a Sofia no se le había pasado tan rápido como otras veces, pero tuvo una idea que podía encantar a Sofía.

(Dos semanas más tarde)

― ¿Qué haces? ¿Dónde vas con una mochila? ¿Y las sillas? ¿Te vas?

― Nos vamos. ― Dijo Martina con un pañuelo en la mano, y con un gesto le indicó que se lo tenía que poner en los ojos.

― Si, bueno… No, Martina, dime a dónde vamos.

Después de mucha cabezonería de Sofía, Martina consiguió meterla en el coche con los ojos vendados. Aunque Sofía se sintió un poco incomoda, confiaba plenamente en Martina. Cuando se iban acercando al destino, Martina puso una canción.

― ¿Qué es esto, Martina? Vaya canción...

― Cállate y escucha la letra. ― Martina subió la canción, estaba sonando Alfonsina y el mar de Mercedes Sosa. ―Ya puedes quitarte el pañuelo, hemos llegado.

Cuando se lo quitó, Sofía se lanzó a Martina. Después de un largo abrazo le miró a los ojos, llenos de lágrimas y le preguntó que por qué estaban ahí. Mientras caminaban por la playa, Sofia se dio cuenta de que estaban en el Mar de la Plata. Cuando, por fin, terminaron de andar, se pararon delante de una estatua. Sofía, perpleja, preguntó:

― ¿Por qué me has traído aquí, Martina?

― Porque quería regalarte algo y no he encontrado un lugar mejor para dártelo que este.

Martina sacó de su mochila un paquete y se lo dio. Por la forma, Sofía ya se podía imaginar qué era. Cuando lo abrió sus pensamientos se volvieron realidad. Los libros que nunca había podido conseguir, la biografía de Alfonsina e incluso libros que no llegaron ni a ser editados, ahora eran suyos. Ese momento se convirtió en el más especial que la pareja vivió junta jamás.

 

Andrea Alba López

CARTA A CHRISTOPHER PAOLINI

CARTA A CHRISTOPHER PAOLINI

Dear Christopher Paolini:

I don´t know how to start this letter, or what to say in it. I have tried it several times, but emotions manage to cloud my words.

I met “Eragon” when I was twelve years old. I saw him on a bookshelf,with that magical blue, with a beautiful dragon in the frame.

Bright scales, deep look, and a lot of desire to read it. That´s how my adventure in the world of reading began. An adventure that still continues and helps me travel, learn and especially all… Feel.

I spent many hours reading in the morning: the appearance of Brom and hislessons,Saphira´s first flight, Eragon´s love and admiration for Arya, the wars that would unite the different races, Angela's charisma, the return of the ancient dragons, the junctionof a broken family… the end of a tyrant king.

I lived and felt it all. I read every word as if it were the last and I spent every second to imagine how it would continue. I looked forward to the last book and with it I felt that a part of me was staying there, flying over Saphira, fighting next to Eragon, but I didn´t care, I gladly gave that piece of me because good stories have to stay with us and, thus, I promise you, years later, that I continue reading your books as excited as the first day and the only thing I can say is… Thanks  you. Thanks for all.

Thank you for the smiles, imagination, happiness, tears… Thank you for guiding me and becoming the humanist that I am. Thank you for helping me find a shelter in the words. I have never been good at conveying mi emotions and I don´t know if I have managed to make you feel a piece of my inside, but it doesn´t matter, just remember that the little piece inside me is multiplied by a thousand.

Argetlam, atra gülai un ilian tauthr ono un atra ono waisé skölir frá rauthr

 

Noelia Martín López

CARTA A MIGUEL DELIBES

CARTA A MIGUEL DELIBES

Querido Miguel Delibes,

Abordo e inicio esta carta con la admiración y la ilusión de poder comunicarme con un escritor nacional tan consagrado como usted, y, presupongo, que con la misma inquietud y nerviosismo que siente cualquier lector al escribir a uno de sus autores favoritos. Soy consciente de que al dirigirme a una Fundación, la Fundación Miguel Delibes, esta carta será una más entre muchas, pero aun así antes de continuar me gustaría presentarme. Mi nombre es Aurora Rivera, y actualmente curso mi segundo año de carrera en la Universidad de Alcalá. Hace un par de semanas se propuso en la asignatura “Historia de la Lectura”, escribir una carta a un escritor o escritora, y fue en ese momento cuando decidí aprovechar la oportunidad y dirigirme a usted, lo que en otras circunstancias nunca me hubiera planteado. Una vez concluidas las presentaciones, es momento de reanudar la carta.

Siempre se ha considerado que su renombre como escritor fue gracias a, entre otras, novelas como “El camino” y “Cinco horas con Mario”, pero en esta ocasión le escribo por otra de sus novelas, “El príncipe destronado”. Considero que dentro de su trayectoria como novelista se trata de una obra bastante desapercibida, y que, de hecho, ni siquiera se encuentra entre sus obras ejemplares, pues en más de una ocasión se ha tachado de ser una novela con una trama excesivamente sencilla y, por tanto, una novela que no estaba a la altura de su excelente prosa. Si bien, aun pudiendo entender la postura anterior, mi opinión difiere. Realmente lo que convierte la obra en una novela preciosa, no es tanto su argumento o su trama, sino el trasfondo de la misma y lo que esta, fruto de una narración tan natural y creíble, insinúa; pues al final, la novela consigue que en ciertos aspectos, e incluso de manera constante, se pueda reconocer la propia infancia. Es decir, esta cándida historia ofrece, a través del personaje de Quico, su inocencia y sus travesuras, y mediante un viaje basado en la introspección y la nostalgia; la posibilidad de trasladarse en el tiempo, e inevitablemente rememorar y analizar momentos entrañables de la infancia.

Aunque han pasado cerca de seis años desde mi lectura de la novela, la recuerdo como una novela muy enriquecedora a nivel personal, así como también reflexiva y adictiva, pues inexplicablemente con el transcurso de la historia surge la necesidad de acompañar y proteger al pequeño Quico en su día a día.  He de reconocer que, puesto que fue una lectura obligatoria durante la etapa de secundaria y dado que lamentablemente no había leído con anterioridad ninguna obra suya, al comienzo de la misma carecía de expectativas, y supongo que por esa misma razón disfruté tanto de la novela. Sin embargo, resulta curioso y llamativo que, aun considerando “El príncipe destronado” una obra excelente y de fácil lectura, no tiendo a invitar a su lectura. ¿Por qué?, puede que inconscientemente, al sentirla como una novela tan significativa e importante en mi trayectoria como lectora, temo que se desvalorice o no se aprecie esa bonita reflexión asociada a ella.

No obstante, pese a mis ganas y mi necesidad de continuar comentando otras de sus novelas, especialmente “El camino”, ha llegado el momento de concluir esta carta. Es por ello que, aunque precipitadamente, me despido de usted, el gran Delibes, con el respeto que merece y sintiéndome muy afortunada de poder escribirle mi honesta opinión sobre su obra “El príncipe destronado”.

Atentamente,

Aurora Rivera.

 

CARTA A LAURA GALLERO

CARTA A LAURA GALLERO

Estimada Laura:

Tus libros han estado presentes en varias etapas de mi vida y muy diferentes entre ellas. Desde que nos mandaron leer en Primaria “Crónicas de la Torre” hasta hace unos pocos años con “Todas las hadas del reino”. Pero sin ninguna duda tengo clara mi elección sobre con qué libro me quedaría.

La lectura en mi vida ha tenido muchas idas y venidas, he tenido épocas en las que devoraba libros y otras de sequía en las que no quería saber nada. Fue un libro tuyo el que me devolvió la ilusión y las ganas de volver a leer.

En 2012 mi abuelo me regaló un libro por mi cumpleaños. Debo decir que él fue quien me enseñó a escribir mi nombre cuando era bien pequeña, siempre se preocupaba por cómo me iba en clase y me animaba a sacar las mejores notas que podía. También se preocupaba por los demás nietos, pero estaba claro que por mucho que intentara disimularlo yo era su favorita, aunque quizá este feo decirlo. Sin embargo, yo por esa época había dejado un poco los libros de lado y dediqué mi tiempo a centrarme en los típicos problemas de adolescentes que empiezan a conocer el mundo, así que le agradecí el regalo y lo dejé cogiendo polvo en la estantería de mi habitación. En julio de ese mismo año mi abuelo falleció. Me llevo mi proceso superarlo, la verdad, sobre todo porque empecé meses más tarde a comprender que en realidad no le iba a ver más. Fue un año después, reordenando la habitación cuando me encontré el libro en la estantería y lo abrí por la primera página: “Feliz cumpleaños. Te quiero. Fdo: Pepe”. Lloré y abracé el libro como si mi abuelo me lo volviera a regalar y me tumbé en la cama para empezar a leer. Así fue como “Donde los árboles cantan” se convirtió en mi libro favorito. Así fue como empecé a adentrarme en la historia de Viana y a vivirla como si fuera la mía propia mientras recordaba a quien me la regaló. Y así fue como, leyendo, volví a recobrar ilusión y ganas de conocer más historias. Por ello te lo agradezco, porque, aun sin pretenderlo, supiste estar en el momento oportuno en la estantería de mi habitación.

Soy estudiante de Magisterio y Humanidades (después de haberme cambiado de la carrera de Periodismo y Comunicación Audiovisual), tengo 21 años y pocas cosas claras en la vida, pero algo que desde hace mucho tiempo he querido es escribir un libro de fantasía. Siempre he tenido la cabeza en otros mundos, en mundos como los que relatas en tus libros y me gustaría plasmar el mío propio algún día. Es por eso que me haría mucha ilusión y me gustaría que me contaras, si no es un secreto, de dónde sacas la inspiración para crear todos esos mundos tuyos y personajes de tus libros. Gracias de antemano.

Con todo mi afecto y cariño.

Paula.

CARTA A MARIO BENEDETTI

CARTA A MARIO BENEDETTI

Querido Mario, salvador.

Tu no me conoces, nunca oíste hablar de mi,

nunca escuchaste mi voz,

nunca te estremeció mi lamento.

Cada mañana madrugué,

al amanecer,  

cada mañana,

después de una ducha de agua templada,

vestirme apresurado,

 sin ingerir alimento, sin ungüentos ni perfumes.

Cada mañana me acompañabas en mi viaje,

un viaje de ida y vuelta por el subsuelo.

Cada estación, cada capítulo,

cada carta en el metropolitano,

durante seis meses leí, releí.

Me acompañabas de esperanza,

anestesiando mi debilidad, impotente

Encarcelado en esos vagones,

entre desconocidos te soportaba en mis manos,

entre mis dedos, su piel agrietada, rayada como tu lomo.

La libertad robada, la libertad,

mi libertad entre tus líneas se desahogaba, vomitaba feliz.

Tu prisión era la mía, era la misma, diacronismo,

ese arco imaginario que nos unía.

Mi vagón era mi libertad encarcelada,

entre almas extrañas somnolientas,

tus palabras insuflaban pasión, emoción irreflexiva.

Lágrimas fugaces como las estrellas desplazándose a gran velocidad hasta ocultarse a mi mirada, leía,

releía tus desahogos.

Tus invenciones, tus esperanzas, sufrimientos, tu transcurrir, diacronismo,

arco de luz que nos unía.

Tu prisión en mi vagón,

apresado en mi libertad,

siempre de pie,

listo,

presto para correr,

para volar ese arco luminoso que me llevaba a ti.

Meses de sacrificios,

ritual,

de entregar mi conciencia consciente,

de pie,

erecta, a tus palabras.

Palabras olvidadas,

como criminal que olvida sus crímenes para sostenerse.

En esos vagones,

te olvidaba,

abandonaba durante unas horas,

en la superficie,

bajo el sol,

tu destino subterráneo, el mío.

 

Juan Francisco Muñoz Buenestado.