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Historias de lectores

VOLVER A LEER ES POSIBLE

VOLVER A LEER ES POSIBLE

Dado a que la realidad de nuestros días se ve caracterizada por la inmediatez, muchos de los que fuimos ávidos lectores, nos hemos ido apartando de forma sutil del libro y la lectura, para ocupar cada vez más tiempo consumiendo contenidos exprés, como vídeos que duran unos pocos minutos, artículos cortos o tweets y mensajes de caracteres limitados. Esta demanda afecta también a las industrias dedicadas al entretenimiento que se ven determinadas, cada vez más, por la obligación de producir un mayor volumen de contenido, lo que resta importancia a la calidad del trabajo final, puesto que se prima la inmediatez de consumo.

Estas circunstancias provocan que las prácticas lectoras actuales sean muy diferentes a las que tenían lugar en décadas pasadas. Resulta una dualidad muy similar a la que existe entre el clásico menú del día y la incipiente avalancha de cadenas de comida rápida, pues la lectura deja de tener un espacio principal en nuestra rutina, siendo pocos, aquellos que se toman ya el tiempo para leer una novela o disfrutar de una buena comida. Esta problemática, no solo atenta contra las lecturas clásicas, sino que también perjudica a espacios como el cine o el teatro, donde se nos hace “difícil” centrar nuestra atención de forma completa en la trama, lo que supone un desafío, máxime cuando tenemos que estar un par de horas sin consultar el teléfono.

Al darme cuenta de la cantidad de tiempo que dedico a contenidos poco elaborados, llegué a la conclusión de que era necesaria una solución drástica. Por ello, y desde hace un par de meses no cuento con aplicaciones como Instagram, Wallapop, Twitter, Tick-Tock… Y, de las que he decido conservar, como YouTube o WhatsApp, he restringido el uso. El mayor inconveniente que encontraba a esta solución era el hecho de perder el contacto con muchas personas a las que no veo de forma recurrente. Pero la realidad es que, cuando frecuentaba estas redes, solo me dedicaba a consumir contenido, el tiempo empleado a la interacción directa con otros usuarios ocupaba un papel ínfimo, por lo tanto, al tener el contacto de aquellas personas con las que de verdad quiero seguir socializando, en WhatsApp o en mi agenda de contactos, supuse que mi vida social no cambiaría en gran medida.

En cuanto a los resultados de este pequeño experimento, puedo decir que he recuperado aquellos minutos antes de dormir como espacio propio de la lectura y, al eliminar el mayor foco de distracción en mi rutina, puedo percibir una mejora en el rendimiento de mis trabajos universitarios. Aunque estas son las ventajas que he podido comprobar, gracias a esta dosificación de las redes sociales, espero desarrollar un mayor ritmo lector con el tiempo. A modo de conclusión de este pequeño artículo, recomiendo a todo aquel que extrañe sostener una profunda lectura entre sus manos, que tome las medidas necesarias para hacerlo posible.

Jorge Pérez Bayo.

ESCAPE ROOM: LA BIBLIOTECA

ESCAPE ROOM: LA BIBLIOTECA

—Bien, ­¿Por dónde empezamos? —pregunta una de las chicas. 

Para ser un simple salón de juegos, aquel sitio es muy realista. Y es que ninguna de ellas había estado nunca en un escape roomLa sala es una enorme biblioteca. Grandes estanterías soportan libros de muchos tipos. Tantos que ni un experto sabría por dónde empezar el juego. Las paredes están llenas de famosos cuadros y hay unas cuantas chimeneas dentro de la habitación. Aquel sitio es oscuro y ninguno de los objetos que hay en la sala parecen una pista por la que comenzar.

De repente una grave voz en off comienza a hablar: ­"Bienvenidos a la Escape room: En la música y en la historia. Si queréis salir de aquí debéis encontrar la obra fundamental que se esconde entre todos estos libros. Cuando estéis seguros, tendréis que introducir su título en el ordenador de la entrada. Solo tendréis una oportunidad. Uno de uno. Si no lo conseguís, os quedaréis para siempre encerrados en esta biblioteca. Tenéis una hora y el juego empieza ya." 

­—¡Qué difícil! Hay un montón de libros en esta biblioteca. Ni si quiera en una hora tendríamos tiempo de verlos todos. ¿Qué hacemos?­—dice Vanesa tras escuchar aquella aterradora voz. No quiere reconocer ante sus cuatro amigas haber sentido algo de miedo al oír lo que aquel hombre ha dicho.

De repente, una chimenea se enciende. A sus pies hay un pergamino. Es Lily quien se decide a cogerlo y leerlo en voz alta para que todas sus compañeras puedan escucharlo:

—Nadie me ha herido —lee Lily.

—¿En serio pone eso? No tiene ningún sentido—comenta Marta, que reconoce estar empezando a ponerse nerviosa.

—¿Se referirá a alguna novela de guerra? —pregunta Lucía, quien tampoco sabe por dónde buscar.

En ese momento, las cinco chicas se disponen a buscar novelas de guerra en las estanterías, sin embargo, ninguna da con una pista clave. Han pasado ya diez minutos y su juego no ha avanzado nada...

¿Conseguirán nuestras protagonistas resolver el enigma que esconde esta Escape Room? ¿Las ayudarías? Únete a ellas en el siguiente enlace y descubre y resuelve todas las pistas:

https://marinagarciapoveda.wixsite.com/escaperoomlabibliote

Marina García Poveda.

¿POR QUÉ CELEBRAMOS EL DÍA DEL LIBRO?

¿POR QUÉ CELEBRAMOS EL DÍA DEL LIBRO?

El pasado 23 de abril celebramos la festividad del día del libro, un día en el que nuestros mejores aliados, los libros, se convierten en los protagonistas. Vamos a adentrarnos a descubrir y aprender todos juntos acerca de la historia de dicha festividad.

Para ello, tenemos que viajar en el tiempo al año 1923, más concretamente a Cataluña, donde el escritor, periodista y traductor valenciano Vicente Clavel Andrés, presentó la propuesta de otorgar un día a la lectura y a los libros, tratando de incentivar la compra de estos y de una manera indirecta, creo yo, de acercar la cultura a toda la sociedad independientemente de su nivel cultural o clase social.

Esta propuesta fue presentada en ese mismo año, frente a la Cámara oficial del libro de Barcelona, y tras su visto bueno, fue corroborada por el rey de España, Alfonso XIII y el presidente Miguel Primo de Rivera. Una vez aprobada, se procedió a su puesta en marcha en Barcelona. El primer día del libro fue en el año 1926, tomando como fecha para su celebración el 7 de octubre. Se escogió este día como conmemoración y homenaje a Miguel de Cervantes puesto que se pensaba que era la fecha de nacimiento del ilustre escritor de la literatura castellana.

No fue hasta 1930, cuatro años más tarde, cuando la fecha de celebración se modificó a la conocida actualmente. Esto se debió a que, hasta ese momento, se pensaba que la fecha del nacimiento de Cervantes era el 7 de octubre, pero era un dato controvertido ya que en su partida de bautismo figuraba el 9 de octubre. Ante tanta duda, se pasó la festividad a la fecha de su muerte en la que no había tanta discrepancia (a pesar que posteriormente se comprobaría que Miguel de Cervantes murió el 22 de abril del 1616), estableciendo el día del libro, en el 23 de abril, fecha que también coincide con la muerte de otro dramaturgo y gran escritor universal, William Shakespeare (1564-1616).

Pero… ¿Y la rosa y el libro?

Esta fecha también coincide con la festividad San Jorge o Sant Jordi (caballero que fue decapitado bajo las órdenes del emperador Diocleciano), patrón de Aragón y Cataluña, así como de países como Inglaterra, Grecia y Bulgaria, entre otros.

La leyenda cuenta que en Montblanc había un dragón que aterrorizaba al reino. Los habitantes para calmar su hambre, decidieron entregarle diariamente dos corderos, con el fin de que no arrasara la ciudad, pero pronto los animales fueron faltando, por lo que se pasó a entregarle un cordero y una persona.

Cuando le tocó el turno a la princesa, para ser la siguiente en ser devorada por el dragón, este la llevó a una cueva, y estando allá, la princesa vio aparecer a un caballero que clavó su espada en el dragón acabando con su vida y salvándola de una certera muerte.

De la sangre del dragón brotó un rosal rojo del que, el caballero de nombre Jorge, cortó una de sus rojas rosas y se la entregó a la princesa.

De ahí surge la tradición que, en este día de San Jorge, el amado entregue una rosa roja a su amada.

Juntando ambas festividades, actualmente es común entregar una rosa roja en celebración a la leyenda de Sant Jordi y un libro celebrando el día del libro, lo que liga ambas festividades.

Y, a modo de finalización y de reflexión, me gustaría compartir una cita de Miguel de Cervantes, propia de días como el pasado 23 de abril: El que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho.

Si queréis conocer más sobre esta historia, os recomiendo las lecturas:

¿Por qué celebramos el día del libro?

Sant Jordi, ¿Por qué se regala una rosa y un libro?

Ana Reinares Juez.

 

MI LUGAR

MI LUGAR

Cuando era pequeña odiaba leer. Se me hacía tedioso, horrible y, casi siempre, una experiencia que no quería repetir. Cada vez que me mandaban un libro en el colegio evitaba a toda costa leerlo. Cualquiera que me conozca se quedaría bastante asombrado con esta anécdota, pues los libros son un factor muy importante en mi vida. Que la lectura se convirtiera en algo fundamental fue gracias a lo que a mí me gusta llamar «Mi lugar».

Mis abuelos tienen una casa en el campo que para mí es mi segundo hogar. He pasado la mayoría de dias de fiesta y veranos de mi vida en ella. Al igual que muchas de las viviendas de nuestros abuelos, carece de ordenadores o de Internet, por lo que si no hacía bueno y no se podía utilizar la piscina, había pocas cosas con las que entretenerse. El salón es bastante amplio, tiene dos sofás colocados a modo de «L» cerca de una ventana que da al huerto de la casa y en el lado opuesto de la estancia hay otro sofá pegado a otra ventana por la que se puede ver el campo y las montañas.

Un día mi primo que vivía bastante cerca me trajo un libro para que estuviese entretenida, aunque no me gustase leer. Decidí ponerme en el sofá que da al campo y quedé asombrada por la luz que entraba por la ventana. Las horas transcurrieron y permanecí enfrascada en la lectura, cosa que nunca imaginé que pasaría. Mi familia tiende a hacer vida en el porche de la casa, por lo que no tenía que preocuparme por ningún tipo de ruido o interrupción. Aquel sofá se convirtió en mi lugar, el rincón en el que leer se volvió maravilloso y donde me pasé el resto de veranos leyendo.

Hasta ese momento, siempre había leído en mi cama, algo bastante común y cómodo, pero con varios inconvenientes. Mi casa está situada en una plaza, mucha gente se congrega en los bancos, alrededor del parque y siempre hay niños corriendo seguidos por los gritos de padres preocupados porque sus hijos no vayan detrás del balón que, de algún modo, ha acabado en la carretera colindante. En general, el ruido siempre ha sido un factor que ha hecho que leer en mi propia casa fuese algo incómodo o que tuviese que depender de la música para poder concentrarme.

A día de hoy puedo leer en más sitios como mi habitación, pero sigo necesitando la música de fondo. Llevo sin poder ir a casa de mis abuelos desde este verano y es posible que incluso pierda «Mi lugar», pues se está negociando su venta. Pero incluso si en el futuro ya no puedo estar allí, nunca perderé la sensación y el amor por la lectura que algo tan simple como un espacio con buena iluminación y silencio me otorgaron. 

Sandra Gómez Ortiz.

PEQUEÑOS NAUFRAGIOS CON BOTE SALVAVIDAS

PEQUEÑOS NAUFRAGIOS CON BOTE SALVAVIDAS

Las personas a veces necesitamos parar y desconectar, porque nos sentimos perdidos sin saber muy bien qué hacer. En esos momentos, coger y leer un libro de nuestro gusto deja un margen de error muy pequeño en lo que atañe a cumplir su función: dejar de ser nosotros mismos y nuestras circunstancias.                                           

Todo reside en comenzar a deleitarse entre sus líneas, dejarse llevar, sumergirse en el libro hasta ser otra persona, el/la protagonista de nuestro libro.

Para mí la mejor parte es cuando ya llevas más de medio libro leído y empiezas a crear posibles finales. La peor parte llega cuando lo finalizas y realmente no sabes qué hacer con tu vida. Incluso puedo suceder algo peor: ser consciente de una continuación de ese libro y no tenerla. No obstante, durante el transcurso de la lectura se incrementa el diálogo interno o al menos a mí me pasa eso. Esto es beneficioso para la gestión de las emociones. Otro recurso con el que identificar tu estado emocional es pensar en una canción y la primera que suene en tu cabeza es la que define ese momento.                                                                     

Los libros pueden ser una herramienta muy útil para muchas cosas, no solamente son una fuente de conocimiento, un libro puede ser el billete de viaje que andabas buscando, esa escapada ansiada donde conocer gente y lugares nuevos. Un libro puede ser la medicina que necesitas. Al fin y al cabo, las ideas y los gustos que nos definen reflejan también la forma que tiene cada ser humano de afrontar la vida y de vivirla, así como los libros que leemos definen nuestra forma de ser y de vivir, son esos botes salvavidas que nos rescatan de los naufragios. 

Clara M.ª García Jiménez.

NOSOTROS Y VOSOTROS

NOSOTROS Y VOSOTROS

Me sentía solo y algo sucio. El polvo iba cubriendo los bordes de mis páginas y cada día me sentía más cansado, menos esperanzado. De cuando en cuando, la misma mano, cuyo tacto había tenido el placer de sentir cerca en más de una ocasión, se acercaba a nosotros y, aunque dubitativa, siempre acababa decantándose por alguno de los compañeros que descansaban junto a mí.

Había perdido la cuenta de los días que llevaba adormilado en esa estantería de madera. Recuerdo como los mismos dedos que ahora parecían evitar rozarme, acariciaban llenos de ilusión la tapa que cubría mi cuerpo el día que me sacó de una caja repleta de otros tantos ejemplares como yo en una mañana soleada y alegre de mercado. Creo que ella iba acompañada y repetía constantemente la emoción que sentía al mecerme entre sus brazos. Decía que llevaba meses buscándome. Pensaba que la yema de sus dedos resbalaría por los pliegues de mis hojas en el mismo momento en el que llegásemos a casa. Nos sentaríamos en un sofá y compartiríamos juntos cada una de las aventuras que llevo escritas en mi interior.

Sin embargo, tras una larga espera ella siempre acaba escogiendo a otros. Entonces, me apenaba y pensaba que quizás, nunca llegaría a ser lo suficientemente bueno como para que alguien hablase a los cuatro vientos de lo fascinante que era mi historia, de lo interesante que era yo mismo.

Pero, como alguien dijo una vez: “el tiempo todo lo cura” y, abrazando a mi soledad, comprendí que quizás los libros y las personas no somos tan diferentes. Como ellas, nosotros deseábamos ser descubiertos, descifrados y queridos en mitad de una noche oscura. Como ellas, nosotros escondíamos nuestros defectos -como alguna que otra falta de ortografía o unas descripciones demasiado breves- tras los arbustos de las virtudes. Así, comprendí la razón por la que las personas y los libros se necesitan mutuamente: somos compañeros de un largo trayecto a quienes algunos llaman vida. En este camino existen diferentes etapas, en las que priman diferentes necesidades, gustos e, incluso, emociones. De esta manera, cada individuo escoge a la obra que mejor se adapte al pequeño hueco de su corazón y la trata con cariño, dejando que se convierta en una parte de él o ella.

Entonces entendí que, al igual que las personas, yo era válido y digno de afecto e interés a pesar de mis imperfecciones, solo debía esperar mi momento. Primero debía aprender a amar cada una de mis propias letras para que así, alguien pudiese adorarlas después.

Como alguien dijo una vez, el tiempo me curaría y yo descansaría feliz en esas viejas baldas hasta que llegara el momento de hacer volar la imaginación de alguien en su recorrido personal.

Ayla Chasco Arriarán.

LOS AMIGOS LECTORES

LOS AMIGOS LECTORES

Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo del reino de Castilla, había dos niños que eran muy amigos, jugaban siempre juntos y se llamaban Rodrigo y Juan. Rodrigo era hijo de un caballero muy famoso que le había enseñado a leer. Juan, sin embargo, había perdido a sus padres siendo apenas un bebé y había sido criado por su tía y su tío, quienes enseñaron a robar al niño para poder comer. Rodrigo aprendió a leer muy rápido, gracias a la ayuda de su padre, y se convirtió en escudero. Juan, por el contrario, empezó a robar cada vez de manera más frecuente y nunca le cogían.

Un día, Juan y Rodrigo se encontraron en el mercado del pueblo. Juan llevaba una gran bolsa llena de monedas de oro y Rodrigo le preguntó de dónde las había sacado, pero antes de que su amigo pudiera responderle, llegaron varios soldados armados y les atraparon y acusaron de haber robado al obispo cien monedas de oro. Rodrigo intentó convencer a los soldados de que él no las había robado y que no sabía que el otro chico había robado al obispo, pero no le creyeron. Al final ambos fueron condenados a arder en la hoguera.

Cuando ambos estuvieron atados en los palos en los que iban a ser quemados, Rodrigo rezó una oración que había leído en un libro que le había enseñado su padre y entonces el ángel Gabriel descendió desde los cielos, liberó a Rodrigo de sus ataduras y les dijo a las personas que allí estaban que él no había robado nada. Después de que Rodrigo bajara de la pira y de que el ángel Gabriel regresara a los cielos, se prendió fuego a la pira en la que estaba Juan. Juan intentó repetir las palabras que había dicho su amigo antes, pero no fue capaz. Lo intentó varias veces, pero nada ocurrió. Entonces, Juan juró a Dios que si le salvaba se haría monje mendicante, que nunca más volvería a robar y que aprendería a leer. Cuando las llamas estuvieron tan cerca de Juan que habían empezado a quemarle los pies, el ángel Rafael descendió de los cielos y liberó a Juan recordándole a Juan lo que había jurado y Juan cumplió con su palabra. Y así fue como los dos amigos consiguieron salvar sus vidas gracias a la lectura. Rodrigo se convirtió en un caballero y leía aquellos libros que los monjes le dejaban leer y Juan se convirtió en un monje y empezó a leer todos los libros que caían en sus manos.

Daniel Varela Sánchez. 

DE AYLA CHASCO PARA LOUISA MAY ALCOTT

DE AYLA CHASCO PARA LOUISA MAY ALCOTT

Querida Louisa:

Mi nombre es Ayla Chasco. Imagino que no soy la única persona que se dirige a usted para escribirle acerca de su obra Mujercitas; no obstante, no he podido resistirme a hacerlo.

Lo cierto es que hacía años que sabía que tenía que leer su libro, puesto que soy una amante de los clásicos literarios, más aún cuando estos gozan de un carácter romántico y revolucionario al mismo tiempo. No obstante, no fue hasta hace un año cuando supe que era el momento de hacerlo. Una famosa editorial sacó una colección de obras clásicas escritas por mujeres, cuya presentación era preciosa y me transmitió toda la belleza y la calma que puede presentarse en apenas una portada. Desde el primer momento me cautivó y, aunque quería dosificar la obra para disfrutarla durante un tiempo, fue imposible tratar de resistirme a leerla en menos de dos o tres semanas. Recuerdo que me costaba salir de la habitación o visitar a mis amigos cuando solo quería quedarme atrapada por un breve, aunque intenso instante, en la vida de las hermanas March.

En primer lugar, la descripción de los personajes y el trabajo invertido en ellos es tan preciso, que una puede llegar incluso a empatizar con aquellas figuras con quienes menos simpatiza (como es mi caso con Amy). El ritmo parece armonizar a la perfección con las descripciones, y hace que las páginas pasen mientras que nos encontramos en un espacio histórico y temporal completamente distinto al nuestro, aunque sumidos en una inmensa comodidad. El lector puede llegar no solo a imaginar los rasgos físicos más característicos de los protagonistas, sino que puede sentirse cerca de los personajes, como si su historia sucediese en su propia piel.

En segundo lugar, los valores que transmite la historia son, en mi opinión, trascendentales. La fortificación del vínculo familiar en momentos de escasez; el amor y comprensión a través de la simple, pero a su vez complicada acción de escuchar; encontrar la felicidad incluso en los rincones más pequeños o la importancia de luchar por aquello que nos apasiona. La forma de tratar estos principios es sutil durante todala obra y, a su vez, estos logran bucear bajo la piel de las hermanas March y hacer más que visible una evolución personal en todas ellas.

Seguidamente, he de hablar del que ha sido el personaje más fascinante de su obra: Jo. No debemos olvidar que su obra fue redactada en 1868, donde ya las actuaciones eideas de Josephine podrían considerarse revolucionarias. Deshacerse del cabello y vestir pantalones pueden parecer acciones sin importancia, pero debemos de tener presente el papel que la mujer desempañaba en dicha época, así como debemos tener en cuentala presión social a la que estaba (y está sometida). A su vez, Josephine March explotará su potencial como escritora a lo largo de la historia, donde lucha por conseguir un lugar en un ámbito donde predominan los hombres, a pesar de los cientos de imposibles que se han ido tejiendo en su cabeza. Finalmente, no solo escribirá una obra que será encuadernada y editada, sino que se siente orgullosa de ella misma, al igual que lo estamos todos los lectores. Josephine sabe escuchar a su corazón y es dueña de sus propias acciones, pensamientos y decisiones. Es una chica fascinante a la par que inspiradora.

A pesar de toda mi admiración, he de admitir que me siento descontenta con el final del libro. En mi opinión, Amy no debería de haber acabado con Laurie, pues son dos personas con corazones e intereses completamente diferentes, si bien es cierto que Amy tiene una gran evolución a nivel personal durante la obra. No obstante, Jo y Laurie comparten una conexión especial, tal y como este último le confiesa a Josephine y ella, aunque tarde, corresponde ese sentimiento. Si he de ser sincera, esperé toda la novela a que su amistad concluyese en un épico romance, no la clase de amor propio de 1868 o el de ese amor de hoy en día basado en principios y costumbres más bien dañinas, sino en un amor basado en la admiración mutua y el respeto recíproco mediante el que fue floreciendo su amistad.

En definitiva, Louisa, su obra es una de esas historias que logra llegar al corazón de cualquier persona y, por consiguiente, hace que volteemos la última página sumidos en un mar de lágrimas. Como lectora, he de decirle que esas son las mejores obras, aquellas que nos hacen sentir cada palabra redactada con cada uno de nuestros sentidos, aquellas que nos dejan una extraña sensación de vacío y tristeza cuando cerramos la tapa por última vez. El tiempo seguirá escapándose de nuestras manos eternamente, pero su libro siempre perdurará en nuestra memoria.

Un fuerte saludo,

Ayla Chasco Arriarán.

PALABRAS PARA ALFONSINA STORNI

PALABRAS PARA ALFONSINA STORNI

Querida Alfonsina:

Me llamo Julia Tierno. Soy una estudiante española, tengo 19 años y crecí en un pueblo de la Comunidad de Madrid que se llama Torremocha de Jarama.

Empecé a estudiar mi carrera el año pasado, y creo que nunca imaginé que una de las actividades fuera escribir a un escritor. Yo no podía no escribirte. Tu historia me acompaña todos los días de mi vida.

No sé si lo sabes, pero tras tu muerte Félix Luna, un escritor argentino, te escribió una canción a la que puso voz Mercedes Sosa. Yo te conocí gracias a esa canción, que me cantaba mi madre todas las noches cuando era pequeña. Tengo un recuerdo muy bonito de mi abuela, mi tío y mi madre cantando esa canción juntos, y supongo que en parte es gracias a ti.

Aunque creo que la canción idealiza mucho el momento de tu muerte (a veces creo que suena muy fuerte la palabra muerte, pero creo que es porque siento que es algo real), es una canción preciosa que no me cansaré de escuchar jamás.

El caso es que yo descubrí tus poemas y tu historia cuando estaba en cuarto de la ESO. Una profesora maravillosa que tuve (y que seguro que te encantaría) dio la misma importancia a los escritores masculinos y femeninos de la historia, y tu nombre es uno de los más importantes dentro de la poesía del siglo XX, no creo que fueras consciente de ello cuando vivías.

Me encantaría poder hablar contigo. No sé si te han hecho alguna vez la pregunta de con quién hablarías si pudieses hacerlo con alguien muerto, yo lo haría contigo. ¿Por qué el mar? Siempre que viajo y lo veo me acuerdo de ti.

Algo en lo que pienso mucho es en el amor. En todas sus formas, no solo amor romántico. Sé que tenías una relación con Horacio Quiroga, que se suicidó antes que tú, pero también sé que vivías del “amor libre”, es decir, que hacías un poco lo que querías. Y creo que, si ahora hacer lo mismo que hacías tu es difícil, que lo hicieras en ese momento es digno de admirar. Volviendo al amor, he leído que muchas personas cercanas a ti y con las que mantenías relaciones (de amistad o románticas) se suicidaron mientras tu vivías. Entiendo que, cuando no tienes a quien dar amor, te sientes vacía. Supongo que es lo que te pasó a ti.

Algo que no creo que te haga mucha gracia saber, es que quería mandar la carta a la casa donde viviste, pero la demolieron hace años. También busqué el lugar donde te suicidaste. Han construido un balneario (todo ese paseo marítimo está lleno de balnearios). De ti solo queda un monumento que han puesto en el paseo (y la gran mayoría de tu obra, que poco a poco se va haciendo más conocida).

Cuando sea profesora (es mi intención), enseñaré tus poemas. Contaré tu historia. No sé si eras consciente, pero fuiste una de las precursoras de un movimiento literario que ahora estudiamos como Modernismo. ¡Una mujer precursora de un movimiento en un mundo donde solo importan los hombres! Enhorabuena.

También he leído sobre ti que luchaste por incluir contenidos de educación sexual en la enseñanza. Siento comentarte que seguimos intentándolo sin mucho éxito.

Fuiste profesora de arte dramático. Mi intención es enseñar arte dramático también, y me encantaría representar alguno de tus poemas. Cuando estaba en bachillerato (yo estudié el bachillerato de artes escénicas), representamos un fragmento de una obra que se llama Desde Desdémona, y uno de tus poemas, Indolencia.

No sé muy bien qué más contarte. Cuando necesito despejarme te leo a ti. Eres mi fuente de inspiración. Igual en algún momento nos llegamos a conocer (si existe el cielo o el infierno, que no lo sé ni lo creo, espero que podamos charlar).

En la memoria nadie muere. Y tu memoria sigue presente.

Julia Tierno.

UNA CARTA PARA ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

UNA CARTA PARA ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

Sr. Antoine De Saint-Exupéry

Soy Laura Berzal, una Principita de 20 años a la que le hace mucha ilusión poder comunicarse con usted y agradecerle en primera persona la gran lección de vida que nos ha dado a cada uno/a de los/as lectores de su libro. Sé que todos/as los que lo hemos leído guardamos un trocito de él en nosotros/as.  

No sé cuántas veces he leído su libro, pero sí sé que es el primero que guardo en mi memoria. Me lo regaló mi abuelo cuando era pequeña y hasta hace unos años, no comprendí la gran lección de amor que me estaba proporcionando. En cuanto lo recibí, me encontré cautivada por la sencillez y el valor de sus ilustraciones. Y es justo por ello, por lo que he decidido que yo tampoco quiero ser una persona grande, así que he cogido mis ceras de colores y he querido plasmar lo que sentía. No soy muy buena dibujando, pero no quería olvidarme de lo verdaderamente importante. Las personas grandes siempre necesitan explicaciones para entenderlo todo, así que sé que para usted van a ser innecesarias.

Recuerdo que desde pequeña he pensado que El Principito era una carta de amor que se encontraba escondida en un cuento para niños/as. Ahora sé que también es una alegoría a la imaginación, pero sobre todo a la vida. A lo verdaderamente importante. Es un relato que refleja el conflicto existente entre la claridad de los niños/as y los problemas de los adultos. De hecho, es un libro que está formado por cada uno de nosotros/as. En algún momento de nuestra vida todos/as hemos sido El Principito, pero ¿eso implica que después todos/as seremos “personas grandes”? Y lo más importante, ¿todos/as seremos como aquellas “personas grandes”?

A medida que vamos creciendo, nuestra “imaginación” disminuye, de modo que acabamos conociendo únicamente aquello que podemos ver, sentir o tocar. No somos capaces de ver más allá. Sin darnos cuenta nos convertimos en eso que tanto odiábamos de pequeños/as, eso que jurábamos que nunca seriamos. De repente, el raciocinio de los adultos se apodera de nosotros/as y únicamente nos limitamos a ver la vida de dos maneras posibles, o blancas o negras.

Antoine, sé que usted entenderá el peligro de este asunto, y en parte le escribo para expresarle mi miedo. Como usted sabrá, la experiencia que nos convierte en personas independientes y adultas nos amenaza poco a poco con eliminar de nuestra percepción aquello que consideramos posible o imposible. Nos hace sumergirnos en un mundo lleno de cosas que, hasta entonces, no nos parecían importantes, privándonos del poder disfrutar de los pequeños detalles. Nos hace decir adiós a nuestra imaginación y debemos actuar siempre con raciocinio, apariencias y explicaciones. Pero Antoine, yo sé que en determinadas ocasiones no tiene nada de malo imaginarse un elefante dentro de una boa en vez de un simple sombrero. Y eso me hace preguntarme, ¿qué podemos hacer para tratar de mantener lo verdaderamente importante?

Sin darnos cuenta estamos construyendo un mundo en el que priman las cifras, el egoísmo, las apariencias y la avaricia. Estamos rodeados de monarcas, hombres de negocios, y de bebedores, pero de muy pocos zorros, rosas y Principitos. Y como bien sabemos, esto es un como baobab, si no se arranca a tiempo esta manera de vivir y pensar, ya no será posible deshacernos de ella, pues invadirá todo el planeta.

Imagino que, conociendo el planeta en el que vivimos, pensará que por poco que nos guste, esto es algo normal. Habitamos en un mundo en el que para sobrevivir, tenemos que estar pendientes de las cifras, del tiempo y de ser personas lo suficientemente serias para encajar en este sistema. Eso también lo sé yo, créame. Pero el problema no reside ahí. Para que se imagine la gravedad del asunto, tan solo le diré que mucha gente ni si quiera conoce el significado del término “domesticar” y mucho menos todo lo que implica. ¿No es algo realmente serio? Solo se conocen las cosas que se domestican, y las personas grandes ya no tienen tiempo de pararse a conocer nada. Ni si quiera tienen paciencia para hacerlo.

Es por esto por lo que estoy preocupada, Antoine. No sé qué clase de sociedad estamos dejando a las generaciones futuras. Me preocupa que los niños/as que están por venir, se encuentren rodeados de personas preocupadas por ser y formar a ciudadanos ejemplares. En lugar de únicamente dejarles ser. Ser, que sencillo y que difícil al mismo tiempo. Deberíamos observar más a los niños/as, a veces solo ellos/as tienen la solución. Citando una frase extraída de su libro: Solo los niños aplastan sus narices contra los cristales, solo los niños/as saben lo que buscan. Tienen suerte.

No sé qué sociedad estaremos dejando, lo que si sé es que todos/as los lectores de este libro tratamos de vivir el día a día a través de los ojos del Principito. Es muy bonito ver como un libro puede cambiar tanto nuestra perspectiva sobre algo tan importante como es la vida. Gracias Principito, gracias, Antoine. Gracias por hacerme valorar aún más si cabe cada puesta de sol, y por agradecer cada día más a las rosas y zorros que he ido encontrando. Es cierto eso de que lo esencial es invisible a los ojos.

Gracias por la lección, la llevaré allá donde vaya.

Ha sido un placer ponerme en contacto con usted y compartir esta pequeña reflexión. Gracias por su tiempo.

Un saludo,

Laura Berzal Gómez.

PD: Nunca he estado en el desierto de África, pero sé que cada uno/a de nosotros/as encontrará a su propio Principito. Hasta entonces, nos conformaremos con estrellas, estrellas que saben reír.

SECRETOS DE POLVO

SECRETOS DE POLVO

Nahar sacudió el polvo que se acumulaba sobre el enorme volumen. Era un libro tan grande como el atril en el que se encontraba reposando, los brazos del armatoste de hierro casi parecían tambalearse con el peso del libro. La encuadernación era de un cuero desgastado y roído, carcomido por las esquinas y cubierto por una capa imperecedera de polvo. La luz le llegaba oscilante y perpendicular, proveniente del candelabro que sujetaba con su mano izquierda: un naranja pálido que oscilaba con el viento que se colaba por las rendijas de la ventana. Ni siquiera los contrafuertes de madera eran capaces de impedir que se colaran ráfagas heladoras.

Había tardado mucho en conseguirlo, pero por fin lo tenía delante de él. Se lo había imaginado de otro modo. Más colorido, o por lo menos, sin tanto desgaste. Pero ni por asomo se lo imaginaba tan grande. ¿Cómo se supone que tan siquiera iba a poder pasar una de esas enormes hojas? Casi era tan grande como la extensión de su brazo, y eso que había crecido mucho ese otoño: más de dos palmos.

Dejó el candelabro apoyado en el soporte y sopló la cubierta. No fue la mejor de sus ideas. El polvo revoloteó hacia sus ojos, provocando un remolino de toses y lágrimas. Pero cuando logró enfocar la vista, la cubierta que se escondía apareció mucho más brillante. Ahora sí que era el libro prometido. Tenía una fina película de lo que parecía ser pan de oro, casi tan fina que se perdía con las sombras del sótano, pero para sus ojos expertos no se le escapaban los detalles. Las letras aparecían y desaparecían, según la luz que las iluminaba. Pero él se sabía el título de memoria. ¿Qué persona de Ashyr no había oído hablar de él? Dejó la portada a un lado y pasó de página. Quién iba a pensar que la magia podría empezar por leer un simple libro. 

Sergio Durango Arias

LA NIÑA QUE SE ENAMORÓ DE LA LECTURA

LA NIÑA QUE SE ENAMORÓ DE LA LECTURA

Hace no mucho tiempo vivía una niña alejada del resto de la sociedad, en Suburbia. Su madre, quien no tenía estudios, pero sabía lo básico de leer y escribir, había enseñado a la pequeña para que estuviera preparada para cuando fuera al colegio. Sin embargo, no le servía de nada saber leer si no tenía nada con lo que practicar, lo único que tenía eran unas enciclopedias que se dedicaban a coger polvo en una estantería solitaria. La niña era demasiado pequeña como para leer aquello, además de que le llamaban poco la atención, pero es que en esa casa no había demasiado dinero y menos para gastarlo en libros.

Cerca de la casa en la que ella vivía había una cantera, en ella muchas personas tiraban objetos que no les servían, que no querían o que estaban rotos, de vez en cuando sus padres y ella iban andando hasta allí para ver si lo que a alguien ya no les servía a ellos sí. Un día, al llegar allí, se encontraron con lo que sería la sorpresa más agradable que una niña podría imaginar. Alguien había tirado montones y montones de cuentos, había tantos que era muy difícil contarlos. Sin pensarlo demasiado, la niña fue corriendo y empezó a cogerlos, eran los típicos cuentos infantiles: Caperucita roja, Los tres cerditos, El patito feo… En ese momento nació una devoradora de libros.

Sus padres cargaron una carretilla con tanto libros como podían, pues sabían que para ella era muy importante, así que cuando llegaron a casa la niña cogió todos los libros y los llevó a su habitación, los colocó y empezó a leer. Algunos los leía ella sola, otros, le pedía a su madre que se los leyera antes de dormir. De cualquier forma, al final la niña no podía estar un solo día sin leer, no podía irse a la cama sin leer, no podía vivir sin los libros.

Esa niña se hizo mayor, aunque sigue siendo igual de libre cuando se encuentra sumergida entre las páginas, sigue sin poder dormir si no lee antes de meterse en la cama, sigue devorando los libros como si se tratasen del oxígeno que necesita para respirar, pero mucho más importante que eso, se propuso enseñar su amor por los libros para que todo el mundo pudiera ser libre, para que todo el mundo pudiera aprender. Porque no hay nada más bonito que un libro que hace que durante un tiempo dejes de ser tú y puedas vivir otra vida aparte de la tuya, porque, al final, quien se enamora de la lectura, vive enamorado todas sus vidas.

Ian García Cuesta.

ENTRE LIBROS

ENTRE LIBROS

"...ese tiempo especial que circula por las bibliotecas municipales, como un

caminante solitario entre los árboles del bosque".

John Berger.

 

John Berger describe a la perfección en tan pocas palabras la sensación que te inunda cada día en la Biblioteca. Habla de un tiempo especial, que parece que envuelve a todos los que allí se reúnen, pero quizás lo que más me llamaba la atención a mí era el silencio. Un silencio agradable, reconfortante, lleno de paz, como si no existiera el exterior tras las puertas de cristal de la entrada. Tan solo las estanterías plagadas de libros, todos los que iban allí cada día a sumergirse en los textos, lectores empedernidos, opositores concentrados en su estudio, y todos los compañeros, personal de limpieza y bibliotecarios, creo que, en determinados momentos, aun sin darnos cuenta, todos participábamos de esa atmósfera sosegada cada mañana.

Era agradable comenzar a reconocer algunas caras, según pasaban los días; los mismos que habían venido el día anterior a llevarse un par de ejemplares volvían al siguiente a la sala de lectura, o quizás a llevarse algún otro libro. A veces se hacía inevitable comenzar a imaginar qué les habría llevado allí a cada uno, pero cada cual, por sus motivos, todas esas personas estaban unidas por una sola cosa: los libros. En este tiempo en que Internet parece ir haciéndose con el monopolio de nuestro entretenimiento y tiempo de ocio, los libros siguen teniendo el gran poder de mover a tantas personas, de edades y condiciones tan diversas. Me sorprendió, no voy a mentir, pensé que la Biblioteca estaría mucho menos concurrida de lo que realmente estaba.

Pero sin duda alguna, no fue el silencio apacible ni la cantidad de gente movida por la lectura lo que más me llevo de mi paso por la Biblioteca Municipal. Fue algo que tampoco esperaba encontrar allí. Me sorprendió enormemente la gran labor social que allí se estaba llevando a cabo. Era en la sala reservada a la Hemeroteca donde, cada día sin excepción, llegaban varias personas en situaciones difíciles, desfavorecidas, muchas de ellas sin hogar. Allí llegaban muy temprano, nada más abrir y se quedaban hasta el último momento, ojeando revistas, utilizando los ordenadores de mesa que proporciona la Biblioteca, o, la mayoría de ellos, leyendo el periódico. Pronto me di cuenta de que la Biblioteca formaba un papel esencial en la vida de estas personas, funcionaba como lugar en el que poder pasar las horas de sus largos días, quizás la única forma que tienen de acceder a la información diaria de lo que ocurre en el mundo, o de evadirse de su propia situación. La Biblioteca les sirve de refugio en invierno, cuando hace demasiado frío para estar en la calle, y en verano cuando el sol de mediodía impide sentarse en los bancos de la Plaza Cervantes.

También a ellos les llegaba el silencio tan característico de la Biblioteca, y me gustaría pensar que les proporciona un lugar agradable donde permanecer. Porque a pesar de que la educación necesaria para poder leer, el gusto por la lectura o el tener cierto nivel cultural no es, por desgracia, algo accesible para todas las personas en nuestra sociedad, la Biblioteca sí es un lugar que abre sus puertas a todos y todas, un refugio para muchos, de una u otra manera.

 

LECTURAS EN EL ENCIERRO

LECTURAS EN EL ENCIERRO

Durante tres meses los libros han sido para mí un medio de supervivencia. En las cárceles las cartas que el preso escribe y las que recibe de su familia y amigos, se constituyen en reductos de libertad y consuelo. La escritura, los diarios y el ir tachando los días en el calendario, te dan fuerza y esperanza de lograr la libertad que se atisba en el horizonte y que tiene un día marcado para la libertad.

Hoy el futuro no tiene futuro, no sabemos cuándo podremos disfrutar de la libertad, con esta incertidumbre, no tachamos los días en el calendario, nos dejamos ir sin más pensando cómo actuaremos en el reencuentro con nuestros familiares y amigos si podremos abrazar, besar, compartir. Esta incertidumbre está pudiendo conmigo y necesito cerrar el libro.

Avelino Barriopedro.

APRENDER HISTORIA A TRAVÉS DE LA LECTURA

APRENDER HISTORIA A TRAVÉS DE LA LECTURA

Recuerdo momentos de mi infancia en los que visitábamos o nos visitaba una buena amiga de la familia, Mercedes. Yo me llevaba especialmente bien con ella y me encantaba pasar el tiempo a su lado, ya que podía pasarse hasta una hora contándome historias, y sabía muchos datos históricos, sobre todo de mi ciudad, Alcalá de Henares. Recuerdo que, en ocasiones, nos perdíamos entre las calles alcalaínas y me organizaba tours personalizados en los que me enseñaba una gran cantidad de secretos, eso a mí me fascinaba ya que me interesaba la historia en especial. Recuerdo también que me resultaba extraña la idea de que Mercedes supiera todos esos datos, ya que su profesión no tenía relación con ese tipo de temas, así que un día le pregunté:

—Merche, ¿tú por qué sabes tanto de historia?, yo también quiero.

Ella me dijo:

—Javier, este conocimiento se debe a mi pasión por los libros, tú también deberías leer, tu madre me ha dicho que no te gusta leer los libros del cole.

La verdad es que siempre que la visitábamos ella estaba leyendo en su sofá. Me quedé un rato pensando y respondí:

—Me gusta mucho lo que me enseñas y lo que aprendes, pero si hay que leer prefiero que me lo sigas contando tú.

A Ella le hizo gracia mi respuesta y me mandó aguardar un momento en el salón. Regresó y me trajo varios libros y revistas, abrió una de las revistas y comenzó a leerme un artículo sobre San Diego de Alcalá en el que hablaba sobre la costumbre alcalaína de exponer su cuerpo incorrupto cada 13 de noviembre. Ella me explicó sobre lo que hablaba el artículo y recuerdo que aluciné con que eso fuera posible. Cogí la revista y la leí para, finalmente, confirmar que era cierto. Al acabar, me preguntó si había cambiado de idea. Yo le dije que no, que seguía prefiriendo que ella me leyera. Mercedes, después de unos segundos de risa, me dijo que alucinaba conmigo, que cómo podía ser tan vago para que ni siquiera fuera capaz de leer algo que me interesaba muchísimo. En realidad, yo sí leía, lo hacía a través de ella y para mí eso era una experiencia de lectura mucho más enriquecedora.   

Javier López Oteros.

MIL Y UNA HISTORIAS DE PUMUKI

MIL Y UNA HISTORIAS DE PUMUKI

Era un viernes cualquiera y, como cada día, mi hermano y yo esperábamos en la cama una maravillosa historia.

—¡Otro de Pumuki!

—¡Sí!, otro de Pumuki —me seguía mi hermano.

—Pero si ya llevamos toda la semana con el duende…

—¡Da igual, es nuestro favorito!

—Porfaaa…

—Bueno, otro de Pumuki...

Acto seguido mi padre comenzó a narrar: Érase una vez un duende que vivía en el Bosque Verde. Estaba acostumbrado a que le molestasen constantemente, que si las brujas, que si los ogros. Pero últimamente eran los humanos, sobre todo las crías humanas, quiero decir… los niños.

—Y el niño, ¿cómo se llama?

Un día, una niña llamada Marta fue en busca de Pumuki. Necesitaba ayuda. Cuando tenía que seguir la lectura en voz alta delante de toda la clase se quedaba en blanco y era incapaz de comenzar a hablar.

—A mí también me pasa…

A Marta, con tantos nervios, le costaba mucho concentrarse —prosiguió mi padre—. Ese día, había acudido al rincón de libros en el patio para relajarse leyendo y había encontrado un libro mágico. Lo abrió y los dibujos se movían para contar la historia. En la contraportada, además, ponía: «si tú también puedes ver la historia, tienes magia dentro. Te invito a que vengas a conocerme al Bosque Verde. Att., tu duende, Pumuki». Marta se quedó desconcertada, no recordaba haber visto ese libro en el rincón de lectura, además, aquello no se trataba de una lectura, sino de las imágenes que se presentaban en su mente cuando leía. A pesar de lo extraño que resultaba, decidió acudir al Bosque Verde. Habían ido muchas veces a hacer proyectos para Naturales con el colegio y se conocía todas las cuevas y madrigueras. A las cinco, después de las actividades extraescolares, antes de ir a casa, decidió entrar en el bosque para buscar a Pumuki. Lo encontró discutiendo con un zorro que le había mojado el traje y le contó su historia:

—Hola Pumuki…

—Hola, ¿quién eres? Seguro que también vienes a quejarte por el nuevo acuerdo entre…

—Soy Marta —lo interrumpió Marta, impaciente.

—No te conozco.

—Yo tampoco. He encontrado un libro y dentro salían unas escenas que se movían.

Ponía en la parte de detrás que…

—Sí, en la contraportada puse yo que vinierais a conocerme, pero nadie ha venido. Estaba probando unos polvos complejos, ya que no es sencillo que de los textos puedan surgir buenas imágenes. Quería probarlos para ver si surgía el efecto.

—Yo veía las escenas.

—Entonces tienes magia dentro… ¿En qué decías que puedo ayudarte?

—Necesito ayuda para poder seguir la lectura en voz alta que hacemos en clase, me quedo en blanco…

—Te daré tres bellotas para cuando necesites ayuda. Lo único que debes hacer es tocar las bellotas. Te recomiendo que las lleves en el bolsillo.

—Oh, ¡muchas gracias! Y, ¿cómo te las devuelvo?

—Cuando ya no las necesites ven al bosque y tíralas en la tierra.

Al día siguiente Marta fue a clase. Ahora que tenía la ayuda, pidió para leer la primera. Tocó las bellotas que llevaba en el bolsillo y, como estaba tranquila, pudo leer en voz alta perfectamente. Pasaron unos meses y Marta ya no necesitaba tocar las bellotas para leer en alta voz. Fue al bosque a tirar las bellotas y se volvió a encontrar a Pumuki discutiendo con el zorro Lucas.

—¡Hola! Vengo a tirar las bellotas, ya no las necesito.

—Tampoco las necesitabas cuando viniste.

—¿Cómo que no? Sin tu ayuda no hubiese sido capaz de leer en clase.

—Sí que lo eras. Como te dije cuando viniste, tienes magia en tu interior. Las bellotas eran únicamente para que creyeses en la magia. En el momento en el que confiaste en la magia empezaste a ser capaz de hacer uso de tu propia magia.

—Oh…

Marta, confundida, le dio las bellotas a Pumuki. A partir de ese momento era capaz de leer en las clases en alta voz y, además, podía seguir leyendo para sí en el rincón de lectura en los patios. Ella misma, con el tiempo, se dio cuenta de que en ningún momento había tenido ningún problema para leer.

Muchas gracias, papá. Crecer a través de las historias es crucial durante la infancia.


Carmen Cañabate Álvarez.

LA LECTURA COMO AGENTE DE CAMBIO

LA LECTURA COMO AGENTE DE CAMBIO

Boris se hallaba tendido en la cama, sudoroso y agitado por una de esas pesadillas que le visitaban por las noches, cada vez con más frecuencia. Le perseguían desde hacía años a causa de un alma maltratada por un pesimismo que le había usurpado hasta el último ápice de ilusión. Esto le recordaba que era un pobre infeliz, descontento con su vida pese a haber cumplido con las expectativas que de él se esperaba. Había conseguido un trabajo y un hogar, además de permitirse comprar cualquier sandez que la publicidad le ofreciera. Pero con el paso de los años esto era insuficiente y sentía sobre los hombros una abrumadora soledad.

Tras mantenerse tendido mirando las musarañas durante un largo rato alcanzó un libro que resaltaba entre todo el desorden que reinaba en su habitación. Era un ejemplar de Farenheit 451 que había comenzado a leer hacía tiempo. Una vez sumergido en la lectura pensó lo terrible que sería erradicar la cultura literaria, sobre todo para sí mismo ya que era la única actividad que le hacía sentir verdaderamente libre. Boris era un aficionado lector de los que escaseaban en un mundo gobernado por la inmediatez y el entretenimiento de consumo. Esto le entristecía, pero no impedía que siguiera con sus lecturas, sin embargo, cada vez le resultaba más difícil encontrar buenos libros. Sus lecturas despertaban su imaginación y le invitaban a reflexionar, aunque estas reflexiones solo las compartía con su perro, Cerbero. No tenía muchos amigos y los que tenía no estaban dispuestos a escuchar sus constantes divagaciones, aunque quizás era él mismo quien no se atrevía a compartirlas.

Avanzada la mañana y absorto en su lectura empezó a experimentar una crisis existencial cuestionando su finalidad en el mundo y su felicidad entre otras muchas cuestiones. Llegó a la conclusión de que la soledad que vivía era un veneno que le consumía y la lectura era lo que le mantenía a flote. De este modo pensó que podía utilizar esa misma balsa, es decir la lectura, para ayudar a otros en su misma situación que desde luego serían muchos. Pero, ¿cómo?, ¿cómo podía vencer a la soledad y además ayudar a los pobres infelices como él? De repente le vino la idea perfecta, sencillamente debía de compartir sus libros con otras personas para que la imaginación de estas volase libre y les recordase que realmente son libres si sus mentes lo son.

Ello, además, tendría otras ventajas como que saldría de su asfixiante soledad, que era la causante de esas aterradoras pesadillas, e incluso le hizo pensar que podría provocar un cambio. Un cambio causado por el contacto entre las personas y un mayor flujo de ideas que convertiría a la gente en personas curiosas e inquietas, las mayores armas contra el cautiverio de nuestras almas. De esta forma, descubrió que su afición lectora podía convertirse en un poderoso agente de cambio que aparte de contribuir a su plenitud personal, podía también llenar el vacío cultural y reforzar las relaciones humanas que tanta falta hacían.

Lucas Joachim Drechsel.

Cuando era pequeño me gustaba imaginar que era un cazador de historias y misterios, allá a donde deambulaba llevaba conmigo un saco en el que iba recopilando aquellos objetos únicos en su especie. A veces tenía suerte y encontraba reliquias dignas del ajuar de un faraón, como un escarabajo pelotero verde que estaba perdido en el césped de mi vecina Luisa. Otras veces me encontraba objetos perdidos o abandonados, como un anillo, o una carta de amor… Mi singular actividad no tenía ningún propósito en especial, pero me gustaba recopilarlos y al final del día darles vida. Mi misterio favorito se llama Frany, un collar de gato rosa como las Betónicas silvestres que pertenecía a una gata siamesa llamada Mía, o eso me imaginé.

Sin duda tenía una necesidad de dar vida a las cosas olvidadas por el hombre, de darles un nombre y una historia, pues sus anteriores dueños se las habían arrebatado. Siempre tendré en mente un misterio que revolucionó mis esquemas, este ha sido mi preferido hasta el día de hoy y su historia, por supuesto, no tiene parangón. Un día lluvioso de octubre decidí dar una vuelta por mi querida ciudad en busca de algún que otro misterio, los días lluviosos eran peculiares porque la gente se desesperaba por huir de aquella inevitable naturaleza en estado apoteósico, los urbanitas en su intento de huida dejaban caer sin esmero alguna que otra cosa, que si se encontraban en el momento y el lugar idóneos se podían salvar. Ese día, volviendo a mi casa de la expedición vi a lo lejos algo oscuro debajo de un árbol, me acerqué y vi que era nada más y nada menos que un libro con encuadernación de cuero negro que pedía a gritos su salvación de aquella lluvia maltratadora. Cuando lo recogí me pregunté si tendría salvación, aunque estuviera debajo de un árbol, no se había salvado de las gotas que resbalaban por las hojas frondosas de aquel árbol.

En cuanto llegué a mi casa me dispuse a secarlo sin más demora. Tras la ardua tarea vi que tenía un ligero grabado en la portada, pero no era visible debido a que el cuero había perdido la forma debido al agua. En cuanto me dispuse a ojear su interior me di cuenta de que era un libro escrito a mano, sólo se podían leer algunas vagas palabras como «cuervo», «oscuridad» o «travesía», estas palabras no me ayudaban a saber su historia por lo que se me ocurrió apodarle Cuervo oscuro, las dos primeras palabras visibles que llamaron mi atención, muy acordes a su aspecto en cierto modo.

Al día siguiente entendí que el libro debía ser restaurado, ya que el agua no le había sentado bien a su cuero y a sus páginas, por lo que decidí buscar a algún librero o algún restaurador de libros que me pudiera ayudar. Tras un largo recorrido vi una pequeña tienda escondida en la esquina de una calle solitaria, me dispuse a entrar y el librero me recibió. Tras una breve conversación con el librero me aseguró que haría todo lo posible para salvarlo pero que no me aseguraba nada. La duda me carcomía, ¿de dónde había salido?, ¿era de algún famoso escritor o de un escritor amateur?, tal vez era el diario de algún o alguna joven que lo abandonaría al ver que empezaba a diluviar… No paraba de dudar y dudar, me llamaba en exceso su misterio y la necesidad de saber su historia o por lo menos si tenía algún título.

A los tres meses el librero me llamó, he identificado a tu libro, dijo, y como si de un nuevo compañero se tratase, corrí en su busca para saber su nombre. ¡Por fin!, me dije. Cuando llegué a la tienda le di las gracias al librero y le pagué lo debido, tras salir de la tienda me paré en seco y abrí la bolsa en la que estaba metido el libro, cerré los ojos con fuerza, quería que fuese una gran sorpresa, noté el tacto de cuero del libro, que era suave y mullido, e incluso olía a cuero nuevo. Rocé con mi palma su portada, su grabado poseía más definición de la que tenía antes. Entonces, abrí los ojos, Fate… encantado de conocerte al fin, Fate.

 

Iciar Payol Guerrero.

LA HISTORIA DE TU VIDA

LA HISTORIA DE TU VIDA

Me dolía la vista de estar con el móvil, pero supongo que era el único entretenimiento que me quedaba. Realmente solo había encendido la pantalla para ver la hora, pero vi una notificación de WhatsApp y acabé en Twitter y sin estar muy segura de qué hora marcaba el reloj. Debería ocupar mi mente en algo más enriquecedor, leyendo un libro, por ejemplo, como diría mi madre. Aunque, al fin y al cabo, revisar las noticias en el móvil es leer. Sacudí la cabeza con la intención de que el pensamiento se desvaneciera, como si alguien fuera a escucharlo.

Al reflexionar sobre una lectura más intensa, mi vista se dirigió rápidamente a la estantería, buscando ayuda entre los lomos de los libros. Fue un vistazo rápido ya que, inmediatamente, miré hacia un rincón de la habitación, con la mirada perdida y soltando poco a poco el hilo de mis pensamientos. Pero un destello de la imagen que acababan de recoger mis ojos relampagueó en mi subconsciente haciendo que, aun con la mirada en ninguna parte, frunciera el ceño extrañada. Hay un libro descolocado, era la idea que retumbaba en mi cabeza. Enfoqué mis ojos de nuevo y observé la estantería. Ahí estaba, uno de los libros se adelantaba al resto, saliéndose de la perfecta formación en la que estaban los demás. No es que sea una obsesa del orden, pero esa estantería estaba intacta desde hacía tiempo, ya que son historias de una época pasada y que no han vuelto a suscitar mi interés.

Me acerqué para colocarlo, pero al observarlo de cerca, no reconocí el lomo. Era oscuro y no tenía título, tampoco autor. Pensé que era debido a que se había caído la cubierta, pero cuando lo cogí para inspeccionarlo, un sudor frío resbaló por mi nuca. En el centro, una sola inscripción: La historia de tu vida, por María Mata. Debía ser una broma, yo nunca había escrito un libro y tampoco había tenido la intención de hacerlo. Lo abrí intrigada. No había editorial ni fecha de edición, tan solo un par de páginas en blanco y tras ellas, el primer capítulo: 31 de julio del 2000, once y media de la noche, Ana María nota el líquido amniótico resbalar por su pierna…. Lo cerré inmediatamente, asustada, con el corazón desbocado y el sonido de la sangre circulando en mis oídos, dejándome sorda. Es cierto, es la historia de mi vida. Cuando el pavor irracional se disipó, llegaron a mi mente preguntas a borbotones. ¿El final estaría escrito o habría páginas en blanco?, si lo estuviera, ¿me atrevería a leerlo? Conocía la respuesta a la última cuestión: no, no lo leería. No sabría decir si por miedo o porque siempre había tenido la extraña certeza de que el destino no existía y que la vida era azar. Sin embargo, me sorprendía descubrir que no habría tenido esas reparaciones leyendo la historia de un personaje ficticio, ya que siempre deseaba conocer el final, por muy doloroso que fuera cerrar una historia.

Otra duda me asaltó, ¿No es demasiado corto? Lo estudié con la mirada, llegando a la conclusión de que en esa misma estantería había libros más extensos que el que sujetaba entre mis manos. Un sentimiento pesaroso me invadió, no he vivido lo suficiente. Pero no me dejé tumbar por el pensamiento, sino que, reformulé la cuestión, ¿a caso la vida de una persona cabe en un solo libro? Al fin y al cabo, una vida no es una sucesión de acontecimientos dispuestos uno tras otro, tampoco las personas se hacen solas. No creo que existiera un libro capaz de albergar todas las conversaciones que han influido en un individuo, tampoco los pensamientos acerca de las películas que ha visto o las canciones que ha escuchado. ¿Un libro capaz de albergar los sentimientos que nos llevan a realizar ciertas acciones y que ni nosotros mismos sabemos describir? Tampoco uno que hable de las amistades que nos definen o los libros que hemos leído. La vida no es un concepto que se pueda acotar o definir en páginas y si lo fuese, debería ser digital, donde, en la historia de una persona existieran links a otras vidas, libros, historias e incluso canciones que definieron un momento en concreto.

María Mata Rey.

SOLO UN CAPÍTULO MÁS

SOLO UN CAPÍTULO MÁS

Estaban a punto de descubrirla, no se me ocurría cómo iba a conseguir escapar de aquello y tenía ganas de averiguarlo cuanto antes. No podía pensar en nada más. Llevaba todo el día dándole vueltas y por fin había llegado el momento.

«Helga se quedó inmóvil, sabía que el más mínimo ruido que hiciera significaría su final. Oyó cómo entraron en la cabaña y empezaron a rebuscar sin cuidado alguno entre todas sus pertenencias, lo que no les servía lo echaban al fuego de la chimenea que parecía hacerse cada vez más grande, les daba igual, estaban quemándolo todo, solo buscaban una cosa, y ella lo tenía. Si esos hombres conseguían arrebatarle las páginas clave que había arrancado descubrirían dónde se hallaba la isla y lo que en su interior se escondía antes que ella, pues ellos tenían el resto del libro. No podía ver nada de lo que pasaba arriba, la alfombra de piel en la que se recostaba de pequeña cubría el suelo, pero podía escuchar los pasos que avanzaban sobre ella, los tenía encima. Recuerda cuando su padre le enseñó la trampilla, “nunca se sabe” le dijo, pero ahora pensaba que él sí sabía. Se les oía enfadados, no habían encontrado lo que buscaban, quizá se vayan ya, pensó Helga, pero eso habría sido demasiado fácil.

Entonces dejó de oírse ruido, de repente todo quedó tranquilo y en silencio, pero su corazón latía más fuerte que nunca, tanto que pensaba que la iba a delatar. Una minúscula ráfaga de luz entró desde arriba, habían retirado la alfombra, iban a bajar. La trampilla se abrió y vio cómo dos hombres bajaban lentamente las escaleras, con las manos en sus espadas, dispuestos a utilizarlas en cuanto vieran que estaba ahí abajo. Helga aguardó, paciente, escondida detrás de la escalera, a que hubieran bajado, estaba en desventaja numérica y debía ser rápida si no quería que la pillaran. Apenas se veía con claridad entre la oscuridad de la estrecha y larga habitación que quedaba bajo la trampilla, pero divisó las siluetas de los dos hombres, que parecía que la llenaban entera. Esperó a que estuvieran lo más alejados posible de la escalera para salir de su escondite y empezar a subirla con la rapidez que caracterizaba al dios Hermóðr, cuando se dieron la vuelta para ir tras ella. Mientras subía, uno de ellos llegó a agarrarle el tobillo con la mano, mientras el otro subía detrás de este. Helga le atizó una patada en el brazo lo suficientemente fuerte para que se le doblara y perdiera el equilibrio cayendo sobre su compañero, consiguiendo el tiempo suficiente para terminar de subir y cerrar la trampilla. Pero cuál fue su sorpresa al descubrir que arriba no estaba sola, dos hombres más, y por supuesto Einar, le sonreían haciéndola comprender que había quedado atrapada. Parecía que los dioses no estaban de su lado esa noche. O sí.»

—¡LA CENA ESTA LISTAAAA!

«—Parece que no tienes otra opción que darnos las páginas, querida.

Siempre había odiado esa voz. Sabía que, aunque les diera las páginas iban a matarla igual, pues ya sabía demasiado y solo era un estorbo para ellos. Observó su casa, todo revuelto, todo destrozado, habían arrojado los libros que había conseguido al fuego, incluso el primero que le regaló su padre y con el que aprendió a leer.

—Me parece que no, Einar —y tras pronunciar estas palabras se sacó las páginas arrugadas del pecho de la camisa y las lanzó al fuego mientras todos observaban cómo se consumían.»

—¿No me has oído? He dicho que la cena está lista

—Si mamá, ya voy.

«Ya no podían matarla, no siendo la única que conocía el contenido de esas páginas, ahora la necesitaban y no podían hacer nada contra ello.»

Me moría de ganas de saber si la jugada de Helga había funcionado, pero mi madre me había llamado ya dos veces y tenía que ir, así que cerré el libro, coloqué el marcapáginas y lo dejé en la mesilla para luego seguir, no podía pensar en otra cosa.

 

Paula Lesaola Palacios.