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Historias de lectores

Portadores de fuego/4

Portadores de fuego/4

Aún no recordaba su nombre y preguntárselo mientras le acompañaba a su piso solo iba a conseguir que perdiera la confianza que había depositado en mí. Intenté hacer memoria y recordar las veces que antes nos habíamos encontrado. Es cierto que no habían sido muchas, pero sí las suficientes para que hubiera una extraña comodidad entre nosotros.

Recordar nombres nunca había sido mi especialidad, pero lidiar con las extrañas amistades de mi hermano empezaba a serlo. Una de sus manías había sido siempre presentarme a la gente de su entorno, a aquellos que le rodeaban, amigos, compañeros de trabajo… eso le daba una extraña seguridad; en mi caso solo causaba situaciones incómodas.

Dentro de lo excepcional, esta no era de las peores. De algún modo era como si todo estuviera controlado, aún no sabía por quién, pero lo que sí estaba claro es que no se trataba de una coincidencia. Quizás era tan solo un juego de mi hermano, algo que se le había ido de las manos, como cuando éramos pequeños. La histeria que le había invadido en los últimos meses empezaba a ser difícil de tratar; yo ya no le podía ayudar y tal vez nadie podría hacerlo. ¿Era demasiado tarde?

El ruido de las llaves me devolvió a la realidad, me había limitado a hacer caso de lo que mis pasos decían por mí. Mientras mi mente trataba de buscar el sentido, mis pensamientos fueron perdiéndolo.

—Es aquí — me dijo con una sonrisa apagada, parecía no haberle importado mi silencio, quizás él también lo había necesitado.

—¡Vamos! — aquella palabra salió más fuerte de mi boca de lo que me hubiera gustado, casi como una orden, que nuevamente no pareció importarle en exceso, porque enseguida se adentró en aquel tortuoso portal y comenzó a subir las escaleras que daban entrada a su apartamento. Pronto, mis pasos alcanzaron los suyos.

Al cruzar la puerta, pude ver como una sobriedad clásica se extendía por las paredes. El olor a libro antiguo lo invadía todo. En aquel momento me resultó agradable e incluso acogedor, encajaba a la perfección con las estancias que se abrían frente a mis ojos.

Le acompañé a lo que parecía un pequeño despacho. Este estaba presidido por un gran escritorio de madera que rompía el equilibrio entre aquellas estanterías. Todo en aquel sitio tenía su lugar, excepto yo, que deambulaba perdida siguiendo los pasos de aquel hombre.

Parecía saber lo que estaba buscando o, al menos, tenía la suficiente determinación para disimularlo. Fue directo a un pequeño cajón del que parecía ser su escritorio. Al abrirlo, empezó a sacar objetos extraños, pequeños, grandes, algunos envueltos, otros tantos solo recubiertos por el polvo, pero indudablemente todos de mi hermano… Era algo que no sabría explicar pero que formaba parte de todo lo que pasaba por sus manos, era capaz de hacerlo suyo o de dejar en ello una parte de él. Verlos extendidos en la mesa hizo que la preocupación que llevaba una vida sosteniendo inundara mis ojos, del mismo modo que me había inundado la vida. Nadie hablaba de lo que era tener un hermano así.

Una mano se posó en mi hombro.

—Le encontraremos, haz lo que necesites. Entiendo que es muy duro —. Una mueca de pena llenó su rostro, aunque no dijo nada más. Mi hermano parecía ser realmente importante para él.

No pude evitar fijarme en cómo sus manos se resentían con el contacto de los recuerdos. Me obligué a volver la atención a aquellos objetos. Traté de buscar algo que se nos hubiera pasado por alto. Le pedí permiso para leer una de las cartas que yacía cerrada.

Querido Hugo: (hice acopio de su nombre)

Estoy seguro de que cuando leas esta carta, estarás en mi búsqueda.

Sigue a las Musas, yo ya lo hice.

—Hugo, ¿quiénes son las Musas? — Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—¿Por qué me preguntas eso?

—La carta, dice que las sigas, quizás ellas nos lleven a mi hermano.

—No, hace tiempo que dejé de creer en ellas. — Su voz por primera vez desde que nos conocíamos había sonado cortante.

—Pero las necesitamos, quienes quieran que sean. Además, él sabía cuando te mandó esta carta que le estarías buscando y de eso hace seis meses. Hugo, por favor…

—Le dije que no lo hiciera, que solo le traería problemas. Por un momento, pensé que me habría hecho caso, qué típico de él no hacerlo… — Su voz se fue volviendo más ronca con cada palabra. Era como si aquellos vocablos se hubieran clavado como puñales sobre su cuerpo. Fuera lo que fuera aquello, tenía a mi hermano a su merced.

Nos quedamos callados.

—Sigamos buscando. — Su voz parecía menos cortante. No estaba segura de si había aceptado buscar a las Musas o si simplemente seguiríamos analizando aquellos objetos. Todo mi cuerpo se tensó, no se trataba de un juego de mi hermano o al menos no únicamente de eso. Alcé la vista para asentir y me encontré con su rostro lleno de culpa.

—Tengo que enseñarte algo. —Se acercó al perchero donde había dejado su abrigo, de él, sacó un libro. Sabía que lo reconocería.

—Lo tenías tú. —Guardó silencio.

—Supuse que ahí estaría la respuesta, fue uno de sus últimos regalos. Cuando estaba en su piso y oí las llaves, lo guardé en mi abrigo. No sabía quién estaría detrás de esa puerta, perderlo hubiera sido como perderle a él, no me lo hubiera perdonado.

—Necesito que me digas todo lo que sabes. — Agachó la cabeza y comenzó a contarme cada uno de los detalles. Adoptó un tono de voz un tanto impersonal, pero parecía sincero.

Mi cabeza trataba de asimilar todo lo que me estaba contando, mientras trataba de buscar algo que se saliera de lo normal en el libro. Tenía que estar ahí la clave, al fin y al cabo, ese había sido el principio de su locura, quizás también fuera el de su fin.

No podía dejar de pasar las páginas, con cada una de ellas parecía volverme más frágil, mis dedos entorpecían y mi respiración empezaba a ser algo costosa. Entonces lo vi. Había una letra marcada.

Le interrumpí:

—Aquí hay algo, la “a” está marcada.

—Sigue pasando páginas, tiene que haber algo más.

— Continué recorriendo las páginas, nuevas letras aparecieron m, i, c, o, o, s.

—Mosaico, es un anagrama.

— Hugo, cogió el pequeño mosaico que estaba en la mesa, trató de examinarlo, pero no vio nada.

—¿Quién es? El del mosaico.

—Es Aquiles. Claro, eso es. La Ilíada.

Se acercó a la estantería que había detrás de mí y sacó un pequeño ejemplar. A juzgar por su apariencia tenía que ser uno de los libros más viejos de aquel lugar. Observé cómo pasaba una a una las páginas, no podía hacer mucho más. Bueno quizás sí. Estaba a punto de acabar de revisar el libro cuando arrojé contra el suelo el mosaico.

—¡¿Qué haces?! ¡¿Te has vuelto loca?!

Algunas de las teselas saltaron.

—Creo que tiene algo dentro, mira. — Aparté las pocas piedras que quedaban aferradas al marco. En el fondo un pequeño papel escrito a mano.

Querido amigo: Las cosas no siempre son como planeas. Esto empezó siendo un plan, pero se escapó de mi control. Confié en quien no debía mi vida y empieza a ser tarde. La cólera es lo único que me mantiene vivo, pero en cualquier momento acabará por vencerme causando infinitos males. Estoy seguro de que sabrás leer a través de las líneas de algunos de los libros que más hemos disfrutado juntos. Confío en ti amigo y recuerda que, si sirves a muchos maestros, pronto vivirás.

—La frase original dice: “Si sirves a muchos maestros, pronto sufrirás”, tiene que significar algo. Tu hermano jamás se equivocaría. Tiene que haber algo en la Ilíada, algo tiene que estar mal, algo se nos escapa. —Sus ojos gritaban con desesperación.

—Tranquilo, lo encontraremos. — Me acerqué a él. —¿Y si no? — No supe qué responder. Tomé el libro.

—Deberías descansar, puede que esto se alargue y necesitaremos tener energía. Volveré a revisar el libro mientras tanto.

—¿Tú no vas a descansar? —De momento estoy bien. — Traté de sonreír mientras apoyaba el libro en la mesa— Aunque no lo creas, soy una mujer fuerte.

Esta vez fue él quien sonrió.

—Está bien, en ese caso descansaré. Avísame si encuentras algo.

Volví mis ojos al libro, pero algo me llamó la atención. No podía ser. Aquello no era el mapa de Troya, era el mapa de Madrid.

 

Inmaculada Martín Lobato

Portadores de fuego/3

Portadores de fuego/3

Llevaba meses recabando información, y ahora que todas las piezas del puzle empiezan a encajar, un enorme miedo se apoderaba de mí. Esto era demasiado. Cómo no me había dado cuenta antes de sus planes, de las intenciones que tenían…mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo, y no era capaz de pensar en otra cosa. Debía ir en busca de la verdad, y si mis sospechas eran ciertas, tratar de solucionarlo y evitar miles de muertes literarias o al menos una de ellas.

Para mí la literatura siempre había sido mi zona de confort, lo que más me animaba incluso a pintar. Siempre he sido un tipo un tanto peculiar y solitario, de pocas palabras; sin embargo, eso cambió cuando conocí a mi buen amigo. Aún recuerdo aquella tarde de otoño en la que coincidimos en aquella cafetería del centro, y cómo al servirnos a uno el pedido del otro nos percatamos de que leíamos el mismo ejemplar de la Ilíada. Y es ahí cuando comenzó nuestra amistad. Desde entonces comenzaron un sinfín de charlas literarias, regalos, e incluso el sentimiento de paz que me transmitía y por el que le di una copia de las llaves de mi piso…

Un momento.

Él era el único que podía entender todo si mi ausencia se prolongaba demasiado. Era un chico joven, pero muy inteligente y sabía ver y valorar los pequeños detalles, o pequeñas pistas que podría dejarle. No sería fácil, no querría exponerle al mismo peligro que corría mi vida, pero debía intentarlo…

Una semana antes de la desaparición

Habían sido días eternos y noches en vela para dejar todo preparado, para que mi amigo pudiese hilar todas las pistas que tenía para resolver este entramado de misterios y mentiras.

No podía evitar sentirme como un personaje más de una novela policiaca, como todas aquellas que comentábamos riéndonos sobre los inesperados finales o en el extraño pero común uso de gorros y gabardinas para ser un buen detective. Pero esta vez no íbamos a comentarlo, íbamos a vivirlo. Todas las emociones, los misterios, descubrir más pistas e incluso los peligros que ello conllevaba…

Tres días antes de la desaparición

Era consciente de que hoy había sido la peor sesión con mi hermana; no sabía qué decir, cómo responder a sus miles de preguntas y cómo salir del círculo vicioso de pensamientos que me iban comiendo por dentro.

Sabía que me quedaba poco tiempo y las despedidas no estaban en la lista de cosas que hacer. Aun así, no lograba callar una vocecilla que me decía que no podía irme de aquella sala sin decirle algo que no fuese acompañado de malas caras, refunfuños o gritos.

Pero no lo hice.

Es por eso por lo que a la noche rompí todas las reglas de mi elaborado y estudiado plan y salí a la calle con un rumbo fijo. Me quedé en la calle media hora, pensando qué decir, cómo decirlo y lo más importante cómo no alarmarla o asustarla. Eso era lo más difícil. Yo era un tipo complejo y algo introvertido, pero ella sabía ver tras toda esa fachada que había construido durante años y descifrar mis verdaderos sentimientos o pensamientos.

No hallé mejor manera de disculparme que gritando hacia su ventana. Sin embargo, justo antes de alzar mi amarga voz, vislumbré una sombra tras un árbol en la otra acera. Sabía perfectamente quiénes eran. Pero era tarde, me había dado cuenta demasiado tarde y mi grito se elevó por toda la manzana. Iba a tratar de correr y huir justo cuando la vi asomarse a la ventana.

Me maldije a mí mismo por mi irresponsabilidad. Había dejado que supiesen algo más sobre mí, y con ello le había puesto en peligro a ella también, así que hui lo más rápido que pude pensando en que probablemente debería adelantar mi marcha para evitar más involucrados.

El día de la desaparición

Ya no había marcha atrás. Me iba a enfrentar a alguien a quien muchos osarían llamar el diablo. Confiaba plenamente en mi amigo, él sabría qué hacer.

Antes de salir por la puerta quise leer una vez más la carta, y con ella las últimas palabras que quizá le dedicaba a mi amigo.

“… estoy seguro de que sabrás leer a través de las líneas de algunos de los libros que más hemos disfrutado juntos, confío en ti amigo y recuerda que, si sirves a muchos maestros, pronto vivirás.”

Solo esperaba que se diese cuenta del error de aquella frase y leyese el libro del gran poeta Homero, en el que se encontraba el mapa para comenzar a desenterrar esta locura que descubrí la pasada primavera y que me llevaba persiguiendo demasiado tiempo..

 

Sofía Pulido Gertrúdix

Portadores de fuego/2

Portadores de fuego/2

Mis dedos se empezaron a colar entre la portada y la primera página de la obra literaria con un movimiento lento, aunque cargado de expectación y, aumentando lentamente la presión, las separé.

El título, en una caligrafía majestuosa e imponente, precedía la página. Unos centímetros por debajo había algo escrito a mano, con un estilo de letra mucho más pobre y despreocupado. Parecía como si aquellas palabras se hubieran escrito con la prisa más inminente y asfixiante del mundo. Reconocí esos trazos al instante. Eran de mi amigo. Comencé a leer la dedicatoria.

“Espero que algún día me puedas perdonar, no busco que entiendas lo que he hecho, pero…”

El tintineo de unas llaves al otro lado de la puerta provocó en mí el acto reflejo de cerrar el libro y ocultarlo bajo mi chaqueta. Antes de que mi mente pudiera imaginarse a quién más mi amigo le había confiado las llaves de su casa la puerta se abrió y la solución fue expuesta ante mí.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó irritada, aunque no sorprendida.

—Recordar —respondí instantáneamente.

—No merece la pena recordar cosas así, a alguien así…

—¿Qué venías buscando tú entonces? —inquirí.

—Olvidar, o, al menos, hallar la clave para ello —contestó tras haber meditado unos segundos.

—Yo me conozco un método mucho más efectivo para olvidar.

Había muchos más restaurantes por la zona, algunos más cercanos y baratos, pero el elegido debía ser el que fue. Había ido más de un viernes con mi amigo para nuestras charlas y vuelto en numerosas ocasiones para disfrutar del aroma de un buen libro mezclado con el sabor a café. Definitivamente, mi favorito. Yo me pedí lo de siempre, ella un vaso de agua.

—No era fácil —comentó ella, rompiendo el silencio.

—Nunca lo fue —aclaré con una sonrisa cargada de compasión.

—Desde bien pequeño empezó a tener comportamientos erráticos, todos ellos relacionados con el mundo de la literatura o del arte, pero lo de los últimos meses…No era normal.

—¿Qué ocurrió?

—Estaba acostumbrada a su forma de ser imprevisible y caprichosa, pero jamás le había visto tan obsesionado con algo. Me llamaba a mitad de la noche gritando, golpeando las paredes de su casa, llorando…

Supongo que su relación conmigo simplemente se limitaba a lo literario. Quizá solo se mostraba tal y como era ante las personas que era imprescindible hacerlo. Ante su psicólogo, por la intimidad tan bonita que supone esa profesión y, sobre todo, ante la pericia de la mujer que tenía delante de mí. Algunos decían que era cosa de hermanos, pero la destreza con la que sabía tratar a mi amigo no se la otorgó su vínculo con él, sino algo mucho más poderoso, algo que va dejando cicatrices: la experiencia.

—¿Obsesionado con qué? —cuestioné finalmente.

—¿No te ha llamado nada la atención de su casa? —Odiaba que contestasen mis preguntas con otras preguntas.

No supe qué responder.

—No hay ni un solo libro.

—Pensaba que se los habían llevado para investigarlos.

Negó con la cabeza.

—No se han llevado nada ni se lo van a llevar, te lo garantizo.

Sacó un paquete de tabaco que fulminé con la mirada. Ella arqueó una ceja y lo volvió a guardar mientras emitía un suspiro.

—Me pidió que me los llevase todos, que no dejase ni uno solo. Decía que incluso cuando los veía sin estar leyéndolos le provocaban… ¿Cómo dijo?

—Emociones fuertes —completé.

—Sí, algo así. Me aseguró que lo que sentía hacia ellos era tan intenso que escapaba a su conocimiento y a sus fuerzas. Esa misma noche me los llevé todos de ahí.

—Por eso me pidió que no me llevase libros a nuestras reuniones… ¿Sabes qué fue lo que le provocó eso?

—Se obsesionó por uno de ellos. Me gritó que leer no tenía sentido si no era aquel libro, que lo veía en cada parpadeo, en cada lienzo en blanco. Ese fue el único libro que no quiso que me llevara.

—¿“Roma, vestida de fuego”?

—Sí, ese mismo. Ha desaparecido de su casa, probablemente se lo llevaría consigo a donde quiera que haya ido.

Instintivamente palpé el libro envuelto en mi chaqueta. Seguía ahí. Todo iba bien. Noté que ella jugueteaba inquieta con el paquete de cigarros en su bolsillo con su mano derecha. Su izquierda estaba ocupada envolviendo y desenvolviendo una y otra vez uno de sus mechones cobrizos en su dedo índice.

—¿Te puedo preguntar por la última vez que lo viste? —lanzó.

—Fue aquí, en esta misma mesa. Él se sentó en esa silla —señalé apuntando con la cabeza hacia ella.

Su cuerpo se quedó paralizado unos segundos. Levantó su codo izquierdo de la mesa con un pavor tan inexplicable como repentino mientras se recolocaba incómodamente en su asiento.

—¿De qué estuvisteis hablando? —preguntó con miedo.

—¿Cómo fue la última vez que tú le viste? —Decidí jugar con sus reglas.

—Fue unos días antes de que su desaparición se hiciera pública, dos o tres como mucho. Al día siguiente me dijo que no estaba ahí, pero yo sé que era él a quien vi. Aquella misma tarde discutimos por teléfono. Se volvió loco. Me decía que no tenía ni idea de por lo que estaba pasando, que no sabía todo lo que se estaba callando, que desconocía las veces que tenía que calmar su conciencia.

—¿Tú qué le dijiste?

—Que la conciencia no es algo que se pueda controlar —agregó.

—¿Cuándo le viste?

—Esa noche me despertaron unos gritos, cuando me asomé por la ventana vi una sombra que miraba a mi edificio. En el momento en el que me vio aparecer soltó un berrido que fue audible a manzanas de distancia. Era su voz, te lo prometo. Me heló la sangre.

—¿Qué te dijo?

—Me pidió perdón.

Volví a apretar el libro. Recordé la dedicatoria.

“Espero que algún día me puedas perdonar”

David Castellanos Martínez

Portadores de fuego/1

Portadores de fuego/1

Alargué mi mano izquierda hasta alcanzar el borde de la tablilla. Óleo sobre madera; la inscripción “Roma, vestida de fuego” decoraba la esquina inferior izquierda. Algo me aceleró el pulso, sentí el sutil cardio golpeando mi pecho. Su firma atravesaba el cuadro de manera inusual. Yo estaba en su casa, en su solitaria casa descifrando las figuras; antes de Roma, vestida de fuego vi otras obras de las que sí me había hablado: Mujer con el corazón de perla, El bailarín de Grecia, Los cielos de Mesopotamia… todas ellas óleos sobre lienzo. Estando en su casa todo se sentía diferente.

Recordé aquella tarde del 9 de junio, vi su rostro empapelado sobre los periódicos. Titular: “Desaparecido. Pintor de 33 años en la localidad de Madrid”. Me dirigí rápidamente hacia mi casa con el aliento por delante, fuera de mí. Por el acelerado camino me perseguía constantemente el espejismo sonoro de escuchar mi nombre en su voz.

Nosotros habíamos mantenido una relación literaria por años; solíamos citarnos en algún restaurante de Madrid para analizar las magnas obras de la literatura universal, platicábamos acerca de la filosofía del mundo clásico y disfrutábamos la lectura de ciertas cartas antiquísimas. Lo hicimos cada viernes de los últimos cuatro años sin abandonar la costumbre ni por una sola semana. Tenía por costumbre dejarme un regalo al finalizar cada sesión de nuestras tardes de literatura y, precisamente, me dirigía a casa aceleradamente en busca de los últimos de sus regalos en mi posesión. Había normalizado tanto su costumbre de regalarme extravagantes objetos que no necesitaba (o, a veces, que no quería) que apenas les presté atención a la mayoría de sus regalos. Llegué a mi casa al atardecer, rebusqué y puse patas arriba la hemeroteca para encontrar sus regalos. Allí estaban, algunos cubiertos de polvo: una réplica en miniatura de un mosaico romano, un ejemplar de una antología poética hispana medieval, un collar de las indias e innumerables bártulos y armatostes que nadie querría tener en su hogar.

De entre todos ellos rescaté los más útiles para saber algo acerca de su desaparición: las llaves de su casa (fue de sus primeros regalos, me las dio a modo de considerarme fiel amigo suyo), una carta que nunca había llegado a leer y un ejemplar de un libro titulado Roma, vestida de fuego. Abrí la carta o al menos hice el intento enervado coordinando mis torpes manos. Suspiré profundamente, la carta había sido dañada por el paso del tiempo y se habían perdido ciertos fragmentos del mensaje. Leí:

“Querido mío:

Nosotros hemos recorrido los tiempos literarios (…) desde Homero hasta (…) Espero que recuerdes aquella conversación que tuvimos acerca del incendio que ocurrió en el 64 a.C. bajo el mandato de (…) (¡Lo recordé! ¡Era bajo el mandato de Nerón!).

Ahora siento que soy la mismísima Roma (…) el fuego me (…) y no sé qué más puedo hacer. Mi última visita al psicólogo fue farragosa, (…) terminó por diagnosticarme vivir una pesadilla, me prohibió toda actividad que me cause emociones fuertes y (…). Tú bien lo sabes, la literatura, fuera de ella no siento (…). Pero ahora, ahora leer me (…). Tú y yo hemos vivido todo desde la lente de la lectura, aquella vez en que (…) terminamos fatigados de ello y te di ese libro, no quiero (…) hasta que no veas su contraparte pictórica en (…). (…) viejo amigo, hasta dentro de (…) “.

Cerré la carta y la dejé suavemente sobre el escritorio. Días después me dirigí a su departamento. En esa situación me encontraba; todo era diferente. Después de ojear los lienzos alcancé aquella tablilla de madera titulada igual que el libro posado sobre mi mano derecha (libro que hasta entonces no me atreví a abrir, en la carta supuse que hablaba de ese libro en concreto ya que anteriormente había mencionado el incendio de Roma en el año 64 a.C.) y con la izquierda acaricié el título bordado a relieve. Pensé en por qué alguien tendría que dejar de leer (resonaba en mi mente “actividad que me cause emociones fuertes”), me carcomía de nervios; las figuras del cuadro, el enigmático libro que ya estaba autorizado a abrir, la desaparición de un amigo.

Anás Serroukh Eddriouache

Carta de la pilota al chófer

Carta de la pilota al chófer

Mi queridísimo Paco:

El 13 de junio hace 10 años que te fuiste y creo que no hay mejor forma de recordarte que escribiéndote una carta, la última que nos mandaremos jamás.

Aún recuerdo como olían las cartas que me mandabas desde Madrid mientras yo seguía en Candeleda. ¡Qué largos se me hicieron esos cuatro años! Madre decía que mi cuarto iba a oler demasiado a campo con tanta hoja de ahuehuete ahí colgada, pero a mí me encantaba guardármelas porque me decías que caminar por el Retiro te recordaba a mí. También guardé todas tus cartas, quería tenerte cerca mientras trabajabas para el Conde y le traías y llevabas por todo Madrid.

María no se puede creer que te declararas por una carta. Yo ya le había dicho que eras muy romántico, pero no me creyó hasta que no le conté nuestra historia; y eso que empezó de una manera muy complicada. Mis amigas no paraban de decirme lo guapo que eras y lo mucho que me mirabas. Yo no me cansaba de decirles que cómo un chico tan apuesto como tú que trabajaba para un conde en Madrid y conducía esos coches tan lujosos se iba a fijar en la “pilota”, la hija del carnicero. No solo eso, te recuerdo que por aquel entonces tú seguías con la Gloria, la hija de Don Augusto, que en paz descanse; por lo que todas las pamplinas de mis amigas no tenían ni pies, ni cabeza.

Tú venías todos los fines de semana de Madrid y yo te veía en la plaza, aunque es cierto que poco a poco te dejé de ver con la Gloria. Charito no paraba de hablar de ello a la salida de la iglesia: “El día menos pensado Francisco, el hijo de Don Felipe, está llamando a tu puerta para invitarte a un café”. La verdad que no llamaste a la puerta de casa de mi padre, quizás porque siempre le tuviste mucho respeto; pero me escribiste una carta para que tu amigo Marcelino, que volvía a Candeleda más a menudo que tú, se la diera a Charito y ella a mí.

Mis ojos releyeron la carta una y otra vez sin llegar a comprender lo que tus palabas decían. Me invitabas a un café la próxima vez que vinieras de Madrid y después a dar una vuelta por el camino del convento. El día que nos vimos no parabas de reírte y de decirme lo buena chica que te parecía. Yo te prometí que te escribiría pronto, a la misma dirección que ponía en mi carta y que te la harían llegar, ya que ibas a estar una temporada sin volver a Candeleda porque el conde se marchaba a San Sebastián y tú con él.

Así fue como nos empezamos a mandar cartas, ¿te acuerdas? Madre decía que eras un muchacho muy apuesto con gran corazón y, siendo sincera, le conquistaste la primera vez que me acompañaste a casa y os presenté formalmente. Aunque mi padre aún se mostraba reticente al pensar que su hija de 19 años se escribía con un hombre de 25 que trabajaba como chófer; mi hermano, que tú sabes que siempre te tuvo en gran estima, le lograba quitar de la cabeza esos pensamientos absurdos.

Siempre recordaré la carta en la que me decías que tenías algo muy importante que decirme, porque ese sábado me pediste matrimonio en el olivar de mi padre; o en la que te dije que tu madre estaba ya muy enferma y debías volver a Candeleda. Ahora te escribo esta última carta para recordar cómo empezó todo, hace casi 60 años gracias a una carta; para poder echar la vista atrás y afirmar que fuiste el amor de mi vida.

Siempre tuya,

Tu pilota.

Un relato de María Torres

Decisiones

Decisiones

Ella era una chica sencilla a la que solo le habían pasado cosas malas. Nunca habían sido fáciles las cosas para ella.

Aprendió a ser fuerte, más que a ser feliz. Aprendió a levantarse en vez de sanar las heridas. Vivió con grietas.

Era un ángel al que le cortaron las alas. Un libro al que le borraron las palabras. Una chica a la que le quitaron su ilusión.

“No hay tiempo de llorar” se decía ella misma, “levántate y recupérate que en pocos días vendrá otra”.

Sola. Se sentía sola.

La soledad nunca fue un problema. Al contrario, ella disfrutaba de esos pequeños momentos de paz que tenía en su habitación.

Pero incluso su soledad empezó a ser conquistada por el malestar.

Hasta aquel día.


Se despertó temprano. Hizo lo mismo de todas las mañanas: levantarse, desayunar, asearse e ir a la universidad.

Salió antes de casa, al autobús aún le quedaba media hora para llegar.

Decidió tomar otro camino a la parada. Una decisión que provocó un giro de 180º en su vida. Pasó por delante de una pequeña tiendecita. Esa que siempre miraba desde el escaparate y nunca se había atrevido a entrar.

Miró hacia la puerta. “Abierto” decía el cartel que colgaba de ella.

Tras unos minutos de debate interno, decidió pasar. La tienda era pequeña. “Parece una sala familiar” pensó. A ambos lados de la estancia había estanterías llenas de libros. En la parte superior de cada una de las baldas había distintos carteles donde se podía leer: fantasía, romance, clásicos, inglés, gastronomía… Al final, había una mesa de madera con una caja registradora. Allí se encontraba una mujer de avanzada edad.

La chica avanzó a través de todos esos libros. Algunos eran muy antiguos, mientras que otros parecían bastante nuevos. Uno en especial le llamó la atención. “¿Puedo cogerlo?” preguntó la chica a la anciana. “Por supuesto querida, puedes mirar todos los que quieras” contestó la dulce señora.

Estiró la mano y agarró un libro que estaba en una de las baldas superiores cuyo título era Amar(se) es de valientes escrito por Alejandro Ordóñez. Nunca había sido una fanática de los libros, pero decidió echarle un vistazo. Contenía pequeños poemas con títulos que atraían mucho su curiosidad: Tus defectos decía uno, A mi yo del pasado decía otro.

Se paró en una frase que decía: “no hay noche que dure eternamente, siempre saldrá el sol que le ponga fin a todas esas sombras contra las que ahora luchas”.

En ese momento le llegó un mensaje al móvil. Era Sophie, diciéndole que quedaban cinco minutos para que llegase el autobús.

Movió las manos para dejar el libro, pero una punzada de curiosidad no la dejó devolverlo a su sitio, sino que se dirigió a la señora de la mesa para comprarlo.

Salió de la tienda mirando el libro que sujetaba con sus manos.

En ese momento ella no lo sabía, pero ese libro fue el primero de muchos, los cuales le ayudaron con su proceso de sanación interno. Le acompañaron en su camino, le guiaron. Nunca más se volvió a sentir sola mientras tenía un libro en sus manos. Empezó a conocer nuevos mundos e historias que le hacían soñar mientras estaba despierta. Por fin, las grietas que sentía dentro de ella, empezaron a cicatrizar, para posteriormente ser una marca que le recordaba lo que había sufrido y que había conseguido superar.

 

Aroa Melero Sáenz.

Hasta las cenizas

Hasta las cenizas

Y lo vi arder, millones de libros alimentando las llamas. Vi cómo se consumían las páginas, cómo las palabras se desvanecían, cómo las historias se olvidaban. Nada más prender la llama que iluminó aquella noche sin luna, las campanas de la iglesia rompieron el silencio, como señal del genocidio que se estaba produciendo.

La gran masa de humo comenzó a ascender hacia el cielo estrellado, mientras que en la superficie se podía sentir el cálido abrazo de la hoguera. Pronto, aquel aire contaminado invadió cada rincón, quemó nuestros cuerpos por dentro, ennegreció nuestras almas.

Fuimos pocos los que asistimos a la despedida de los personajes que nos acompañaron durante parte de nuestras vidas, aquellos que nos enseñaron a amar y nos hicieron sentir la más pura de las tristezas. Ahora, vuestra jaula de papel está ardiendo para que por fin podáis ser libres, en forma de humo y cenizas.

Todos guardamos silencio, no por miedo, sino por respeto a aquellos que nos compartieron su sueño. Ellos son los que nos permitieron viajar a otros mundos, los que nos mostraron la belleza de las pequeñas cosas, los que hicieron florecer en nosotros una ilusión que ahora amenaza con extinguirse.

Muchos de ellos ya no están aquí para ver cómo todas sus esperanzas y fantasías quedan destruidas. Pero sabed que el legado que habéis ido sembrando a lo largo de vuestras vidas no se ha convertido en una simple lluvia negra, sino que sigue vivo dentro de nuestros corazones. Ahora somos nosotros los que tenemos que contar vuestra historia, porque ya se ha convertido en una parte de nosotros mismos. 

Y la hoguera siguió ardiendo, hasta que el fuego consumió todo, hasta que solo quedaron las cenizas.

 

Aitana Moya Sánchez.

One last story

One last story

OX10 9PP. St Mary’s Church, Cholsey. Wallingford, Oxfordshire, United Kingdom.

Alcalá de Henares (Madrid). February 23rd, 2022.

 

Dear Agatha

Normally you tell me the stories, but today I would like to be the one to tell you one. Do not have high expectations, it is not at all similar to yours.

This story begins one day a few years ago, on February 13th. I remember it because it was the day before Valentine’s Day and, at that time, my parents used to like making me and my brother participate in the moment of opening the gifts. I had already manifested clear traits of a mystery lover and my mother had the idea of trying to you. The books I had of yours on the shelf were The Murder  of Roger Ackroyd and Ten Little Niggers. This one was the first book I volunteered read on my sleeping hours, I remember that, furthermore, I devoured it on a trip to Córdoba and, while visiting the mosque, I dreamed that Emily Brent and Dr. Armstrong were actually in cahoots and, when the former died, it was because the doctor was not interested in her being alive. While visiting the Alcázar I was convinced that the doctor had gathered them all there and he was the murderer and that same night, when I arrived at the hotel and read his murder, it was the first time you left me speechless. And, in this way, the memory of my favourite novel remained linked to that beautiful city. It’s impossible for me to remember its streets without thinking of you and how you deceived me.

That’s why whenever I travelled, I could not miss one of your novels under my arm. By doing so, your essence would spread to every place I visited and it would always have its head busy trying to unmask the murderer before you did. In this way, you slipped into my day to day. Reading A Tragedy Christmas on the last day of the year, death in the clouds on the plane back from Prague… If I’m honest, when I read one of your novels away from home, I feel more yours, because I know that what drive you to create was not in Torquay. In fact, now, when I think about it, home never brought you good things. Tell that asshole Archie and Nancy. Isn’t it? Your place has always been on the remote islands awaiting justice, on Nile cruises filled with rancour, on trains departing from Istanbul loaded with revenge…

I know that it is impossible for you to read this letter, but a part of me, the dreamiest and the one who likes to smile the most, knows that you will manage to do it. That’s why the child that I still have inside me has thought of making two copies of this letter: one to send it as close as possible to what is left of you and, the other one, burnt it to free the words from the paper and let them fly free; so you can hunt them from wherever you are.

By the way, say hello to Vera from me, until now she has been your victim who has touched my heart the most, although I don’t recommend that you hang out with her a lot. Better with Poirot, perhaps now is your chance to discuss all your cases together. Many criticized you for taking it with you when you left; however, I understood you. You needed someone up there who knew how to understand you to continue talking about all those mysteries in which you lived and, if you allow me to comment, I will tell you that you made the best possible choice.

And we come to the end of the story. The story of someone who lives more in your mysteries than in the life from which you gave us the option to escape.

Sincerely yours.

David Castellanos Martínez

Nunca estarás sola, Olivia

Nunca estarás sola, Olivia

Estimados/as lectores/as, me presento yo soy Olivia, una joven niña, y en este pequeño relato os voy a contar el día que conocí la esperanza.

Como de costumbre, como todos los días, a la hora del recreo me dirigía a aquel banco de madera cercano a la zona donde todos jugaban. Siempre solía sentarme y observar cómo todos disfrutaban de sus cálidas amistades y jugaban a diversos y entretenidos juegos, pero ese día algo cambió. No me encontraba acompañada de mi frecuente y gran compañera, la soledad.

Aquel día sentía algo muy extraño al no sentir su presencia, en cambio, al sentarme en el banco notaba una nueva presencia, algo era diferente, cuando giré la cabeza, vi en el extremo del banco, algo que parecía que estaba a punto de caerse, ese objeto, absorbía mi atención, se trataba de un libro.

La curiosidad se apoderaba de mi mente y decidí agarrarlo, al observarlo, percibí que estaba bastante descuidado, con algunas páginas dañadas, subrayadas y con algunas anotaciones tomadas en sus márgenes. Al girarlo ojeé la portada, quedé sorprendida de lo hermosa que era, en el título decía Todas las hadas del reino de Laura Gallego. La portada y el título creaban en mí la necesidad de abrirlo y leerlo.

Atraída por él, pasó el tiempo del recreo y yo no podía despegarme de él, aquel libro era único, estaba confusa. No sabía si debía llevármelo, porque seguramente alguien lo había perdido, asustada decidí buscar si en alguna parte del libro se encontraba el nombre de la persona para saber si podría pedírselo, al llegar a la primera página encontré algo escrito, se leía con algo de dificultad, aquel breve fragmento manuscrito decía: Querido/a lector/a, este libro ha llegado hasta ti porque él ha decidido hacerlo, no te pide nada a cambio, solo que le cuides y valores, está contigo para acompañarte y para recordarte que nunca estarás sola, siempre que le tengas a él y, sobre todo, a ti.

Desde aquel día la soledad nunca volvió a sentarse conmigo en aquel banco, porque siempre estuve muy bien acompañada de aquel libro y de otros que fui descubriendo, y que me hicieron sumergirme en mil historias que en ellos se relataban.

 

Nerea Hernández González

Querida Elvira, hoy te escribo yo a ti

Querida Elvira, hoy te escribo yo a ti

Querida y estimada Elvira:

Me presento, mi nombre es Inma, desde hace años soy una lectora tuya y una gran admiradora de todo lo que haces: es por eso que quería escribirte esta carta en agradecimiento a todo lo que significas para mí.

Quisiera empezar diciendo que contigo pude descubrir que la poesía también tenía nombre de mujer, que no teníamos que ser sólo musas (aunque también las podíamos tener) y que cuando lo necesitara iba a poder estar armada de tus versos y de los que poco después yo empezaría a escribir.

Al igual que tú, soy un poco tímida y en ocasiones escribir las palabras era la única forma que tenía para sacarlas de mí. A veces me pasaba (más veces de las que pudiera admitir) que no las encontraba y era porque ya las habías escrito tú.

Leerte era y es, poner rima a esos ruidos del interior que no tienen nombre, abrazar a mis mayores cuando no los podía ver, ser libre, desnudarme de los demás, soltarme el pelo y que no importara, creer en el amor, en el amor sin miedo, vivirlo sin que duela, gritarlo, llorarlo, creer que algún día aquella orilla sería mía, decirle adiós al frío pero sin despedirme de mí.

Me enseñaste que el amor no es solo idilio o corazones rotos no correspondidos, sino que también es acompañarse, vivirse en el otro, cumplir los sueños de su mano, besar lento e incluso a veces irse, elegirse.

Aprendí que las emociones también pueden salir de nosotras y que no hay que arrepentirse jamás de sentir.

Elvira, tu poesía es un lugar seguro al que ir, fue un sitio donde empezar a quererme, donde empecé a creer que podía y donde nunca estoy sola, son recuerdos, son momentos donde poder ser.

Ojalá nunca dejes de vivir con tu sensibilidad, con la sencillez, con la palabra justa, tu bonita forma de ver el mundo y romperlo a viva voz cuando hay que cambiarlo.

Con el tiempo he podido darme cuenta de que la admiración no es solo a tus letras, sino que también lo es a ti, eres modelo e inspiración constante.

Gracias por ser como eres, y conseguirlo, y sobre todo por compartirte y darnos esa parte de ti en tus textos. Nos has abierto el camino a muchas poetas que venimos después y en ti hemos podido encontrar el reflejo en el que quizás algún día nos podamos mirar.

No quiero despedirme, pero tengo que terminar esta carta, gracias infinitas. Ojalá mi carta te llegue y con ella el pedacito de mí que se han llevado estas palabras.

Un abrazo,

Inmaculada Martín Lobato.

Te vas, Alfonsina

Te vas, Alfonsina

Alfonsina Storni

Playa la Perla, escollera del club argentino de mujeres.

Mar del Plata, Argentina.

23/02/2022

Querida Alfonsina,

Han llamado, han insistido, preguntan por ti. La alegría de tu hijo Alejandro necesita testigos; le hemos dicho que no estás, que has salido, que te fuiste a dormir, que no volverás. Tiene la convicción de que todo sucede por última vez; el club argentino de mujeres ha cerrado sus puertas, la última huella que dejaron tus pies fue también el último verso que se escribió en la fundación. Alejandro vive, Alejandro vivió esperándote, esperando a que despiertes.

¡Despierta! Te han compuesto una canción, “Alfonsina y el mar”. Mercedes Sosa desgarra en su voz los versos: “Por la blanda arena que lame el mar; su pequeña huella no vuelve más”. Te leemos Alfonsina, te leemos como tú leías a Horacio Quiroga. Aquella vez, desolada, escribiste “Morir como tú, Horacio, en tus cabales”. Morir como tú, Alfonsina, en tu casa de cristal, en tu abrazo de mar. Nos han llegado tus cartas y son las cartas más tristes de la literatura. Ahora sabemos que te has ido con Quiroga, con Leopoldo Lugones, con Juana de Ibarbourou y a nosotros nos has dejado esas tres cartas; ¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda es polvo por siempre y por siempre será!”

¿Recuerdas las calles de Buenos Aires? Esos arrabales últimos que clamaban con la desidia, el aroma fresco de la milonga en la voz de los gauchos, hoy han petrificado tu rostro junto a algunas parras de la capital, han nombrado en tu honor alguna de sus calles y allí duermes, eternamente. ¿Recuerdas los libros de los estantes? Tú dejaste tu esfuerzo y te empeñaste en preservarlos, eternamente, y sin pretenderlo has colocado tu nombre junto a los de tus admirados. Ahora te leemos y releemos eternamente.

Te están llamando, Alfonsina, son tu hijo y tu amado Quiroga, diles que ya despiertas, que es hora de volver, eternamente, como tus versos.

Anás Serrourkh Eddriouache.

VIVIR A TRAVÉS DE LAS PALABRAS

VIVIR A TRAVÉS DE LAS PALABRAS

No recuerdo cuando conocí a Ascanius, me refiero a la fecha, el lugar y la ocasión. En las últimas semanas he intentado recuperar algún recuerdo, pero sin éxito. Desde luego han pasado muchos, muchísimos años. A decir verdad, me impresiona pensar que ha transcurrido casi medio siglo desde que encontré su diario, y con ello, su poesía de despedida.

Recuerdo perfectamente aquella tarde de septiembre, unos pocos días después de la destrucción de Pompeya. En cuanto supe de lo sucedido, me uní a la expedición de rescate de los supervivientes, organizada por los sabios de Neapolis. Cuando llegué al taller donde trabajaba Ascanius durante los veranos, quedaban solo recipientes de cerámica que contenían ungüentos. A pesar del duelo y la tristeza por la pérdida de mi amigo, me sorprendí mucho al ver que una de aquellas vasijas contenía su diario. Se trataba de un volumen que no podía pasar desapercibido, no solo por las dimensiones, pues pesaba bastante, sino también por la tapa de color ocre, probablemente obtenida de la piel de un jabalí. 

En aquel momento, me entraron muchas ganas de leerlo, tenía la certeza de que en aquellas páginas se hallaba algo muy importante. Incapaz de contener la curiosidad, decidí leer en voz alta los pensamientos de Ascanius con el propósito de honrar su memoria. Al principio me sentía emocionada, pero también un poco desorientada. Poco a poco empecé a experimentar una especie de unión personal con el libro, doblando los márgenes de las páginas que más me gustaban. Entre las varias entradas me llamó la atención una en particular, fechada el 24 de agosto, el día que cambió la historia de miles de personas para siempre. Me sumergí completamente en la lectura, olvidándome gradualmente del entorno que me rodeaba, sintiendo una conexión emotiva con mi amigo y los eventos que contaba. Años después de este descubrimiento de su diario, sigo leyendo en voz alta su historia, para que su recuerdo perdure en la eternidad y me gustaría compartirlo hoy con ustedes:

24 de agosto del año 79 d.C. Pompeya, en proximidad del Vesubio. Dies clarus et Mane (por la mañana).

Debo admitir que en los anteriores dias no ha ocurrido ningún evento celeste que merezca mención en mis manuscritos. De hecho, tampoco ha habido mucho trabajo en el taller del maestro. He oído algunos clientes decir que los prados más allá de la ciudad han empezado a temblar. Los vecinos de Herculano, más cautos, han provisto de comida sus barcos. Un poco antes de mediodía el maestro, el erudito Plinio el Viejo, me ha dejado solo en el taller. Su sed por el conocimiento lo llevó al norte de la bahía, quería comprobar con sus propios ojos las voces de los transeúntes.

Meridies (mediodía).

Una lluvia repentina ofuscó de improviso el siniestro brillo del aire. Con estupor noté que no se trataba de gotas de agua, sino de pequeñas piedras de material poroso. Los techos de las casas parecían ofrecerse de manera espontánea como sacrificio a la extraña lluvia, mientras las ramas de los árboles se doblaban bajo el peso de aquellas piedrecitas caídas del cielo.

El sol perdió su aspecto de fuego, cediendo el paso a la oscuridad. ¿Qué pasaría si dejara que mis ojos se cerrasen? Las palabras de mi madre llenas de gloria siempre me sonaron vacías, sobre todo cuando ahora busco la salvación en esos cielos. Me tumbo en el polvo, pues no quiero engañarme a mí mismo con mentiras que pronto serán borradas por las llamas. Con mi último aliento escribo estos versos, mientras oigo el llanto incesante de la ciudad.

Nubes oscuras aplastan las colinas

Mis pulmones se llenan de cenizas ardientes

No existe distracción que pueda ocultar la realidad

Las paredes de nuestra querida ciudad se tumban

Perdóname por mis pecados, libera mi alma del presente

La tierra se burla de nuestras alas de carne y hueso

Estrecho la mano con las tinieblas de mis pensamientos

Entonces imagínate que tú y yo vivimos felizmente para siempre

Estas son las últimas palabras de mi amigo. Al menos él consiguió despedirse con ellas, quizás consciente de que su lectura permitiría conectar con su historia a todos aquellos que las escucharan. Ese es uno de los poderes de la escritura y de la lectura, hacer visibles a los que ya no están con nosotros. Espero que hayan disfrutado de su lectura, tanto como yo disfruté al encontrar ese viejo diario. 

Eleonora Perín.

IMÁGENES SUSURRANTES

IMÁGENES SUSURRANTES

Esto empieza con que cada vez que menciono que yo leo manga, cada dos por tres tengo que escuchar el comentario: “eso no es un libro” o “eso no es lectura”, y yo pienso completamente lo contrario. Me parece impresionante el trabajo que hay detrás de los mangas y la historia.

Como la mayoría de los cómics, los cómics (que pueden traducirse como "imágenes susurrantes") se originaron a partir del arte secuencial, que es una narrativa compuesta de imágenes presentadas en secuencia. Obviamente, el término "manga" fue utilizado por primera vez por el famoso artista del grabado en madera (Ukiyo-e) Katsushika Hokusai (1760-1849) en el siglo XVIII.

El manga es una parte importante de la industria editorial japonesa y representa más del 25% de todos los materiales impresos en Japón. Ofrece algo para todos los públicos, que se puede comprar en una variedad de tiendas minoristas y en línea. Los cómics más populares tienen una fuerte influencia. Muchas obras se convierten en libros, programas de televisión, dibujos animados, personajes de colección y videojuegos. De hecho, todos los aspectos de la producción de la cultura pop japonesa se originaron en la Zona Industrial Manga, que se ha convertido en la columna vertebral de la economía y la cultura de Japón.

El asombroso estilo artístico y temático de los cómics trasciende las barreras culturales y deja una marca importante y duradera en el público de todo el mundo. Como puerta de entrada a la cultura japonesa, ha atraído a una base de seguidores mundiales y ha despertado el interés global por la cultura japonesa. Sigue siendo una de las exportaciones más rentables económica y socialmente de Japón y ha ayudado a Japón a convertirse en uno de los mayores exportadores de productos culturales del planeta.

Los cómics siguen gozando de un gran atractivo a nivel mundial, pero la industria se ve gravemente afectada por el flagelo de la piratería. El manga es el tema central de los medios japoneses, proporcionando contenido fresco e innovador en casi todos los aspectos del mismo. Si el manga está amenazado, también lo están casi todos los demás medios japoneses.

Yo últimamente estoy leyendo manga en una aplicación llamada “webtoon”. Lo que me gusta de esta aplicación es que los que hacen los mangas son jóvenes artistas poco conocidos y en esa aplicación solo puedes leer mangas de ese tipo de escritores y es impresionante el talento que tienen de dibujo y de crear historias.

Para finalizar esta mini presentación quería recomendar la app que he mencionado antes, primero porque es gratuita y segundo porque el manga también ayuda muchísimo a la fomentar la creatividad y la imaginación y animar en tu mente los personajes presentados en las viñetas.

Yulia Kurkina Guetalo.

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Es precioso como un libro puede transportarte. Es cierto que yo no era muy fan de leer, lo hacía obligada, pero ahora lo pienso fríamente y doy gracias. Descubrí que en las páginas de esos libros que antes se me hacían eternas y tediosas he encontrado la inalcanzable máquina del tiempo. Con ella puedo viajar a otras épocas: hoy lucho con dragones, ayer descubrí América y mañana resolveré el caso policial más difícil del mundo.

Es precioso como un día de lluvia, en los que dejas de escuchar el mundo, puedes poner en un segundo plano el ajetreo de las calles. Solo escuchas las gotas impactar contra el frío asfalto, sales al balcón y solo escuchas, respiras el aire impregnado de ese olor tan característico de tierra mojada. Y, justo ahí, entra en juego nuestra máquina del tiempo. Se para el mundo y solo estamos las grises nubes, un café, un cigarro, mi libro favorito y yo. Me quedo mirando el humo fusionarse con la cortina de lluvia que cae frente a mí. Y abro las ya desgastadas páginas, solo hay un billete de ida. Mañana estaré somnolienta y las ojeras me acompañarán, pero valdrá la pena solo por poder salvar ese barco lleno de pasajeros que cruzan el Mississippi en busca del arca perdida.

Es precioso como una persona sacrifica lo más profundo que hay en él para plasmarlo en un libro. Deberemos agradecer a todos los que deciden cedernos un trozo de su alma y de su arte convertido en palabras. Siento que cada vez que leo un libro se queda un trozo del autor o de la autora inmerso en mí.

Ángela Cabrera Vaquero.

¿QUÉ ES PARA MI LA LECTURA?

¿QUÉ ES PARA MI LA LECTURA?

¿Qué es para mí la lectura? Muy pocas veces me he puesto a reflexionar sobre este tema. Simplemente me limito a leer y disfrutar. Hoy vengo a compartir con ustedes una historia que he tenido el gusto de descubrir.

Os voy a hablar de ella. Vista desde fuera, una chica alegre, explosiva, llena de energías, extrovertida y simpática. No tiene pinta de tener problemas de relacionarse, ni tampoco problemas personales. No obstante, según te vas fijando en ella, no hace falta mucho esfuerzo para descubrir que es una coraza lo que muestra. Suele estar riéndose e intentando sacar una sonrisa a las personas que tiene a su alrededor, no suele desentonar con nadie y siempre quiere que los que se encuentran con ella se sientan bien en el instante de su tiempo que tiene el gusto de disfrutar con ellos. Sin embargo, no suele hablar de ella, ni de lo que siente, ni de los problemas que tiene. Se nutre de problema ajenos que intenta resolver para, de este modo, poder evadirse de lo que tiene en casa, evadirse de su mente. Pero ¿qué es de lo que trata de evadirse?

Desde que le cogió el gusto a la lectura se suele envolver en sus libros de novelas románticas y de aventuras. Es una chica pasional, le encanta el amor, sin embargo, en su vida tiene muchas carencias del mismo, supongo que por eso solo le gustan las novelas románticas. Fantasea con ese amor que nos muestran en las historias novelescas, que la mayoría de las veces es irreal y ella lo sabe, pero le da igual. Le encanta leer cursiladas e imaginar que es ella la que lo vive, creerse la protagonista de la historia y querer vivirlo. Imagino que también con esas historias tan idílicas intenta evadirse de sus relaciones amorosas. Una chica con carencias afectivas que no busca ese amor en terceras personas, pero sí que genera una dependencia muy fuerte hacia quiénes son especiales para ella. No obstante, esta dependencia no es hacia personas tóxicas, la mayoría de las veces, pero eso no implica que no le limite. En cuanto a relaciones amorosas, no ha tenido muchas, creo que de lo poco que la he podido conocer, ha tenido dos, aproximadamente, pero les puedo asegurar que no se asemejan a las historias que ha leído en sus novelas. Muchas veces ha intentado creerse un personaje de sus cuentos, sentirse poderosa y poder romper con su desorden afectivo, pero sus demonios, a veces, son más fuertes.

También le encantan las novelas de aventuras, supongo que porque ella no ha vivido muchas, estudiante y siempre preparada para sacarse su curso de la mejor forma posible. En verano siempre que puede se escapa, pero nada que ver con los paisajes que describen en las historias que lee, para eso hace falta un nivel de renta mucho mayor al que ella tiene. Sin embargo, son fantásticos. Eso sí, tiene un brillo en sus ojos que me hace ver que puede conseguir todo lo que se proponga, seguramente que cuando acabe sus estudios y tenga un trabajo estable se recorrerá hasta donde pueda, como límite lo que el bolsillo le disponga y siempre recordando de donde viene, fiel a sus orígenes y a lo que ha trabajado para poder conseguir aquello de lo que creo que será capaz. A lo mejor en esos momentos es ella la que nos regala a nosotros su historia. Tengo la intuición de que también le gusta escribir, que lo hace para evadirse.

En cuanto a su familia, de ahí no os puedo contar mucho, tampoco creo que ella quiera que lo haga. Solo sé que al hablar de ella se le quiebra la voz, que ha habido momentos desagradables y que se ha sentido muy sola y no sabía cómo evadirse ni escapar de las discusiones. Al final, siempre lo conseguía poniéndose a leer la novela que estaba leyendo, evadiéndose en su historia y con un poco de música clásica. Imagino que por sus problemas familiares también disfruta compartiendo con familias ajenas o viendo la unión familiar en otras casas.

Entonces, volviendo a la pregunta del principio, ¿qué es para mi la lectura? Creo que es un método de evasión, de descubrimiento de nuevos mundos, historias y fronteras que posiblemente nunca podré descubrir, un viaje a un mundo que solo existe en mi mente y en las paginas del libro. Para mi la lectura es un método de distracción, una forma de viajar sin salir del salón de tu casa, de disfrute y de vivir la vida de otra manera.

Ágape. 

LA BIBLIOTECA DE LOS LIBROS ABANDONADOS

LA BIBLIOTECA DE LOS LIBROS ABANDONADOS

En la ciudad de Ankara, en Turquía, concretamente en el municipio de Cankaya, se ha creado una de las mayores bibliotecas con la mejor de las intenciones: hacer accesible a todo el mundo el conocimiento.

Esta biblioteca está compuesta por miles de libros abandonados.

Los basureros de las calles de Ankara encontraban cada día libros que la gente ya no quería en sus casas y, por lo tanto, desechaban. Libros de todos los géneros, tamaños y colores.

Movidos por la impotencia que les causaba que hubiera gente que no pudiera disfrutar de aquellos libros, se les ocurrió la idea de recopilar todos los libros encontrados en la calle, rescatarlos, clasificarlos y trasladarlos a una fábrica abandonada.

Fue un ardua tarea que les llevó meses y que les mantuvo doblemente ocupados, ya que además de realizar su trabajo, se encargaban de clasificar y almacenar los libros en la fábrica.

Pero todo esfuerzo tiene su recompensa, y así consiguieron crear una biblioteca con mas de 6.000 libros de todo tipo de géneros (novelas históricas, románticas, fantasía, etc.) y que hoy está abierta al público y es accesible para todo aquel que quiera.

Esta iniciativa ha conseguido llegar a miles de personas, y crear conciencia de lo importante que es no desperdiciar el conocimiento que nos aportan los libros.

Pincha aquí para conocer mejor esta iniciativa. 

María García González. 

 

 

UN LIBRO DE CORAZÓN

UN LIBRO DE CORAZÓN

Todos y todas tenemos una historia especial que nos ha marcado por alguna razón que desconocemos y hoy os vengo a contar la mía. Espero que os toméis un momento para leerla y poder disfrutar casi tanto como lo hice yo la primera vez que escuché esta bonita historia. Dice así:

Un joven muchacho pasaba todos los veranos en un pequeño pueblo llamado Estella de la Vera. Allí, trabajaba como vendedor en el pequeño mercadillo del pueblo para poder costearse los estudios de medicina. Con lo que ganaba durante los tres meses de verano pagaba los libros del curso siguiente. Ese verano, debido a las malas cosechas, el pueblo se encontraba en un pequeño bache económico y el joven no logró ganar lo suficiente como para pagar sus costosos libros.

El penúltimo día de verano, el joven, desesperado y sin saber que hacer se echó a llorar en un banco de la plaza principal del pueblo. De pronto, se acercó una mujer de bello rostro y facciones amigables y le preguntó qué le pasaba. El joven, sollozando, le contó su desdicha. Tras una gran charla y unas cuantas lágrimas logró calmarse. Le agradeció de corazón las palabras y el tiempo que aquella mujer desconocida le había regalado. Al día siguiente, el muchacho preparó las maletas para marcharse a la gran ciudad, sin tener muy claro el rumbo que iba a tomar su vida. Sin embargo, al salir por la puerta principal de su casa, se tropezó con una pila de libros y cayó estrepitosamente al suelo. El joven, asombrado, fue a mirarlos y no lo podía creer, ¡Eran los libros que necesitaba! Se percató de que encima de los mismos había una nota: "De mi corazón al tuyo". Sin pensarlo dos veces fue corriendo a la casa de la mujer del día anterior.

Al llegar, el muchacho balbuceando le preguntó que cuánto le debía. A lo que la mujer desconocida le respondió que no le debía nada y añadió con una amplia sonrisa: -Mi madre siempre nos ha enseñado que nunca se debe aceptar el pago de una acción de caridad. El muchacho solo pudo responderle que se lo agradecía, "de todo corazón". Al regresar a casa, nuestro protagonista, no solo se sentía mucho más fuerte, sino que su fe en las personas se había hecho mucho mayor.

Años más tarde, desgraciadamente, la mujer enfermó gravemente. Los médicos de su pueblo estaban muy confundidos, no sabían que le ocurría. Finalmente, tras muchas pruebas, decidieron enviarla al hospital de la ciudad, donde especialistas pudieran encargarse de su rara enfermedad y cuidarla. El médico, al ver a la paciente, decidió encargarse del caso y lo estudió con gran detalle y dedicación. Finalmente, decidió que lo mejor era someterla a una complicada y muy costosa operación.

Tras una gran lucha, y muchas horas de operación, la mujer consiguió vencer la batalla. Después de unos días de recuperación y reposo, la mujer volvió a casa. El médico, tras revisar la factura, la envió a su casa. Ella, con mucha preocupación, abrió la carta esperando ver un precio desorbitado por la costosa operación, sabiendo que jamás podría pagarla. Sin embargo, para su sorpresa, el precio se encontraba tachado, y debajo aparecían las siguientes palabras: "Pagado hace muchos años con unos libros". Lágrimas de alegría inundaron sus ojos y dio gracias.

Espero que la hayáis disfrutado y, os animo, si queréis, a que contéis las historias que os marcaron y guardasteis como un pequeño tesoro.

Jon Martinicorena Larriu.

EN AQUELLA SOLITARIA HABITACIÓN

EN AQUELLA SOLITARIA HABITACIÓN

Allí, en aquella solitaria habitación alejada de cualquier mundanal ruido, Alicia contempló las palabras de la Dra. Wyatt en silencio mientras observaba la pared que había frente a ella con la mirada perdida. Quizás, la mujer tenía razón. Quizás, esto la ayudaría a superar el dolor de su pérdida, el mismo que se había convertido en su compañero durante tanto tiempo, y el mismo que no había podido hacer desaparecer por mucho que le dijera la psicóloga con la que llevaba meses trabajando sin éxito alguno.

Biblioterapia.

Aquella palabra le ponía los pelos de punta cada vez que la escuchaba, pues el propio concepto de la misma significaba abrir una puerta a recuerdos que no hacían más que atormentar su mente con falsas esperanzas y promesas que se habían diluido con el tiempo. La misma palabra que representaba todo lo que su madre había sido y aquello que había dejado de ser tras aquel catastrófico accidente.

Linda Brown, escritora y editora querida por todos los que la conocían, había dejado un hueco imposible de llenar en el corazón de su hija, la misma que había crecido rodeada de libros e historias que llenaron su vida de alegría y relatos sobre mundos inesperados. La misma que guardó todo ejemplar que encontró en su casa en cajas y las guardó en el sótano bajo llave para no ser vistos otra vez.

Pero, quizás, pensó, era el momento de dejarlo ir. A lo mejor, era posible que aquello que había mantenido alejado de ella fuese, precisamente, la clave para superar la depresión y la angustia que oscurecían su vida cada día que pasaba. Posiblemente, la Dr. Wyatt estaba en lo cierto y debía enfrentarse a su miedo, ese en el que se habían convertido los libros desde la muerte de su madre, para superarlo por fin.

Con ello en mente, la joven se levantó del sillón y se dirigió a las escaleras que llevaban a ese lugar que no había pisado desde aquello, obligándose a sí misma a calmar el latido de su corazón mientras sus pies bajaban por los escalones y se detenían frente a la puerta de madera. Una vez allí, sus dedos la abrieron, temblorosos, y dieron pie al inicio de la recuperación de Alicia Brown.

En los meses siguientes a aquel día, la joven pasó infinitas horas sentada en su sillón, que había pertenecido a su madre antes que a ella, con un libro en la mano y una taza de café en la mesita que había junto a él, leyendo y recuperando sentimientos que ella había creído perdidos desde el fatídico accidente que acabó con la vida de Linda. Y, con el tiempo, Alicia incluso se decidió a escribir una novela que relatase la historia de aquello que la había llevado a recuperar la esencia de aquello que definía a las Browns, a ella y a su madre, y que no era otra cosa que el amor por los libros. Una novela que empezaba con las siguientes palabras:

En aquella solitaria habitación…

María del Valle Ibáñez.

UREÑA, EL PUEBLO DE LAS LIBRERIAS

UREÑA, EL PUEBLO DE LAS LIBRERIAS

Urueña es un pueblo medieval situado en la provincia de Valladolid y es, sin duda, el pueblo español con mayor cantidad de librerías por número de habitantes. 

Con tan solo 180 habitantes puede presumir de tener 11 librerías, contando con una librería por cada 16 habitantes.

¿Cómo pueden sobrevivir estas librerías con tan pocos vecinos? Este suceso ocurre gracias a que en 2007 este pueblo se convirtió en una Villa del Libro, a través del proyecto europeo Book Twon, convirtiendo a este pequeño  pueblo en una parada necesaria para los amantes de los libros.

En este contexto, creo preciso mencionar que la primera librería que abrió sus puertas en Ureña lo hizo en el año 1992, con el nombre de Alcaraván, y que llamó la atención de personas tan importantes como Miguel Delibes. Posteriormente las librerías se fueron especializando y apoderándose de nombres cuanto menos curiosos: El rincón del Ábrego, de autor, poesía y libros viejos; Enoteca, especializada en vinos; La bodega literaria, con libros antiguos, viejos y usados sobre Medicina, Farmacia o Ciencia; La boutique del cuento, especializada en desplegables y literatura infantil; o El Páramo, para coleccionistas, son algunas de las que más destacan.

Además, las librerías de este pueblo también pueden presumir de los libros que albergan y ponen a la venta puesto que, en su mayoría, estas librerías venden libros muy antiguos y ejemplares raros, lo que hace que este municipio vallisoletano sea un lugar de visita obligada para los bibliófilos. 

Urueña no solo destaca por sus librerías, sino que también fue el lugar que vio nacer al El Cisco, que gracias a dos periodistas vallisoletanos se convirtió en el periódico más pequeño del mundo, y se estuvo publicando desde 2012 hasta el verano de 2017.

Todo ello ha provocado que este pequeño pueblo se haya convertido en un paraíso para cientos de lectores y lectoras. 

Carmen García-Miguel Hernández.

LA LECTURA A TRAVÉS DE MIS OJOS

LA LECTURA A TRAVÉS DE MIS OJOS

Desde una perspectiva personal, y para comenzar con buen pie, he de decir que no soy una gran fan de la lectura, por lo menos en este momento de mi vida. Si es verdad que puedo recordar mis años de infancia rodeados de libros infantiles, sí, pero no sólo se trataba de eso, sino de esa ansia de leer sin parar, a cualquier momento. Miro atrás y quizá anhelo ese sentimiento, la lectura como un medio de entretenimiento, de diversión.

Actualmente sigo leyendo, pero ya no es con ese objetivo de pasar un buen rato, sino de estar informada, de educarme, de aprender y de trabajar para conocer nuevas visiones del mundo. Hablo de un tipo de lectura que está relacionada con la vida de estudiante y, además, de lecturas derivadas de un interés por las situaciones o problemas actuales, que considero importantes. Se trata de una lectura enfocada a alguien que quiere conocer más sobre el mundo real, por decirlo de alguna manera. O al menos así es como lo enfoco yo.

En estos dos últimos dos años, con todos los cambios que hemos tenido que afrontar, he descubierto que la lectura, aparte de ser un medio de diversión o evasión, es una fuente de conocimiento inagotable, especialmente en lo que atañe a los movimientos humanos revolucionarios o al conocimiento de ciertas luchas que, de no ser por lo leído en las redes sociales, no hubiera tenido la oportunidad de conocer en profundidad. Gracias a esta era tecnológica, en la que toda la información está a un solo click, he podido averiguar y leer numerosas informaciones en las que espero profundizar durante el resto de mi vida. Quién sabe, quizás consiga lograr algún cambio, por pequeño que sea. 

Si bien, también creo que la lectura es una forma de escapar la realidad en la que te encuentras, sobre todo con novelas fantásticas o ese tipo de géneros que giran en torno a “realidades irreales”. Pienso que es una tarea importante, disponer de un momento y olvidar los problemas o responsabilidades que tengas para sumergirte en un libro y poder viajar libremente. Yo lo veo como "un puente a otras realidades", algo parecido a la sensación que tienes cuando te dedicas a ver una serie, te sientes parte de la historia, te insertas en ese mundo ficticio. Comento este paralelismo porque, como ya he señalado no soy muy amante de la lectura, y me considero una persona que conecta más con la cultura y el mundo audiovisual como las series y películas.

Dicho esto, reconozco y puedo observar la magia inherente que existe en los libros, como pueden transformarte y trasladarte a otros lugares. Tampoco es que me avergüence de no ser una gran lectora, o alguien que no lea frecuentemente, pues es también cosa de gustos de cada persona, pero si considero que leer puede abrirte la mente y ofrecerte ciertas cosas que te completen como persona. Por todo lo expuesto, estoy intentando dar una segunda oportunidad a la lectura y comenzar a leer libros como un medio para entretenerme, volver a tener esa curiosidad por los libros que tenía de pequeña. Quizá lo consiga, o quizá no, pero si algo puedo sacar en claro de todo esto, es que la lectura está presente en mi vida, de una manera directa o indirecta, y se puede convertir en un factor importante dentro de la misma. 

Claudia González Fernández.