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Historias de lectores

La librería desde otro punto de vista

La librería desde otro punto de vista

La librería Diógenes, una de las más célebres de Alcalá de Henares, tuvo la amabilidad de acogernos a un grupo de estudiantes y hacernos partícipes de sus entresijos e intimidades de la mano de su dueño. Nos dispensó una muy buena atención y nos animó a hacer toda clase de preguntas, lo que dio pie a abordar cuestiones muy interesantes. Creo que una de las revelaciones que más llamó mi atención es la que tiene que ver con el nombre del establecimiento: Diógenes. Resulta que la librería fue bautizada de esta manera antes de que la relación entre Diógenes y el famoso síndrome que lleva su nombre se popularizara entre la gente, ya que, de hecho, este filósofo no era alguien con tendencia a acumular indiscriminadamente, sino todo lo contrario. Al dueño le gustaba como figura histórica y por eso recurrió a su nombre para su librería. Me resulta curioso porque, incluso con la asociación errónea, Diógenes me parece un nombre muy apropiado para una librería por la tendencia que parecemos compartir todos los bibliófilos de acumular libros.

Otra cosa que me sorprendió, no por inverosímil, sino por impepinable, fue el albarán y la cantidad de trabajo administrativo que exigen hoy en día las librerías como consecuencia de la cantidad exagerada de títulos que se publican al año. Yo ya sabía que el número anual de novedades era muy elevado, lo notaba cuando, al entrar en una librería, notaba que los ejemplares expuestos en la mesa de novedades cambiaban con una frecuencia vertiginosa. Pero eso no deja de ser una prueba indicativa y hasta sugerente de la cantidad de títulos. El albarán, en cambio, no da margen a error ni a elucubraciones. Algo que me gustó especialmente en relación a esto fue que, desde la propia librería, intentan alargar la vida de las novedades cuanto sea posible. No sé hasta qué punto tienen éxito en esa empresa porque las circunstancias lo ponen muy difícil, pero que hagan gala de la sensibilidad suficiente como para querer intentarlo ya es un muy buen indicio y me inspira mucha simpatía hacia la librería.

Otra cosa llamativa de la misma es que está dividida en dos espacios muy diferenciados, ya que ocupa dos locales distintos en la misma calle, lo cual, y por lo que vi, me parece bastante útil tanto para la gestión como para el usuario o cliente.

 Gema Bonnin Sánchez

Tinta del pasado y del presente

Tinta del pasado y del presente

La Imprenta Municipal-Artes del Libro del Ayuntamiento de Madrid es la máquina del tiempo con la que hemos realizado nuestro viaje al pasado. En esta institución se exhibe una gran colección de máquinas e instrumentos de impresión que, además, aún siguen en perfecto funcionamiento. 

La exposición permanente de este peculiar lugar muestra la evolución de la impresión desde el siglo XVI, con imprentas manuales, hasta la época de la Revolución Industrial, cuando se desarrollaron las imprentas mecanizadas. Asimismo, antes de entrar en la sala de exposición, pasamos por un pequeño auditorio en el que se reproduce en bucle un vídeo sobre los orígenes de la imprenta, la encuadernación y la litografía. Esta breve grabación puede resultar muy útil para poder profundizar sobre lo que se nos mostrará en el museo y demostrar que hoy en día se siguen haciendo estas labores de impresión tan importantes.

Al entrar a la sala principal, nos encontramos con las enormes máquinas de impresión, junto a un recorrido histórico por su evolución. Sin embargo, en este lugar no solo se exhiben las distintas maquinarias de las imprentas, sino que podemos observar otros instrumentos que forman o han formado parte de ellas. Como elementos de la exposición se encuentran, por ejemplo, los tipos móviles usados en las imprentas, guardados en sus cajas con aquel orden característico que establecieron los encargados de la impresión. Seguidamente, encontramos elementos tan destacados como las piedras litográficas o su evolución: las planchas de fotograbados, con las que se conseguían impresiones en color gracias a la técnica de la cuatricromía. Por último, la exposición hace gala de hermosas portadas de libros con grabados con pan de oro o llamativos colores y formas en sus guardas. Esta sección refleja el progreso y la evolución del arte de la imprenta en las portadas y, por consiguiente, en los libros.

Aunque el recorrido pueda resultar un poco confuso -saltando de épocas si no lo sigues correctamente, puesto que no hay señales que marquen el camino- la exposición está muy bien explicada. Los carteles ayudan a los visitantes, como yo, a imaginarnos más fácilmente cómo era y aún es el trabajo de los tipógrafos. Finalmente, no solo la colección que poseen es impresionante, sino que este edificio, casi centenario y compuesto por tres plantas con diversas exposiciones y un maravilloso taller tipográfico, todavía en uso, está decorado con fuentes tipográficas que lo embellecen más incluso.

Cristina García Luque

Portadores de fuego/7

Portadores de fuego/7

—No creo que vaya a poder hacer esto durante mucho más tiempo. —Beatriz me dirigió una mirada exhausta.

Llevábamos casi dos horas caminando en línea recta por un oscuro túnel subterráneo al que habíamos accedido por una entrada de leyenda. Me había llegado a plantear que las incesables historias de Ignacio se sustentaran en la realidad de alguna forma, pero nunca me habría imaginado que hubiera de verdad un pasaje secreto en una estancia escondida del Palacio Real.

—¿Y pretendes parar después de todo el camino que hemos recorrido?

—La información que tenemos ya es increíble, tal vez sea el momento de llamar a la policía y dejar el asunto en sus manos.

—Beatriz, no creo que Ignacio hubiese pretendido nunca que la policía interviniera en esto.

—Lo sé, pero… Tienes que entender que me esté acobardando. ¿Cuánto más va a durar este túnel? Claro que quiero recuperar a mi hermano lo antes posible, pero deberíamos ser más sensatos. Llevamos dos horas sin ver más luz que la de estas horribles antorchas.

Justo en ese momento apareció por fin iluminación, entonando con lo literario de la escena en la que nos encontrábamos. Todo parecía cobrar sentido en una situación ideada por Ignacio. Beatriz y yo nos miramos y, sin decir una palabra, acordamos continuar la ruta en esa dirección. El final del túnel apareció en poco tiempo. Emanaba un fuerte olor a madera de un habitáculo con la puerta abierta. Me recorrió el cuerpo un escalofrío por miedo a lo que podría encontrarme en su interior. Me quedé paralizado. Beatriz, sin embargo, no vacilaba.

Tomó mi mano con firmeza, un gesto que me hubiera hecho saltar en cualquier otra situación con una persona a la que conocía desde hacía menos de dos días, pero que me resultó cómodo viniendo de la chica con el pelo del mismo peculiar color que Ignacio.

—Siempre tuve claro que lo conseguiríais. —Ignacio nos observaba tranquilo desde un sillón granate del estilo del mobiliario de su casa.

Beatriz no pudo hacer otra cosa que sollozar desconsoladamente. Esta vez sus manos se posaron en su rostro. No parecía poder mirar a su hermano, pero fue la primera en intervenir.

—¿Qué significa todo esto, Ignacio? ¿Por qué? — La chica le acusó, sin dejar de sollozar.

Ignacio se limitó a pedir perdón a su hermana con la mirada y sacó un rollo antiguo del cajón de un escritorio.

—Estáis delante de la última evidencia física conocida de la veracidad de los hechos contados en la Ilíada, la explicación de todas las decisiones tomadas durante los últimos años de mi trayectoria vital. Entre mis manos está el manuscrito verídico con la lista de los pretendientes de Helena de Esparta, la primera evidencia de que la historia de Homero podría haber sucedido realmente. Ha sido datado con seguridad en la era de la civilización micénica.

Estaba escondido tras el marco de uno de los cuadros del Alcázar, que las Musas salvaron del infame incendio hace dos siglos. Mis socios, contrarios a la ideología de Las Musas, se hicieron con él.

—¿Tus socios? — preguntó Beatriz, algo más calmada. Yo seguía sin poder decir nada, me sentía como un lector inmerso en la escena cumbre de la obra, expectante y demasiado emocionado, sin poder intervenir.

—Bueno… en realidad, solo conocí a uno de ellos, el primero en darme las pistas para continuar con su misión. Lo ejecutaron clandestinamente hace diez años. —Beatriz volvió a temblar, pero se contuvo y se mantuvo en silencio para seguir recibiendo la información de Ignacio.

—Soy la última persona con conocimiento empírico de que los hechos narrados en la Ilíada son reales. Lo que me hace increíblemente valioso. Sin embargo, estos todavía no pueden ser revelados al mundo. Este hecho facilitaría demasiado el trabajo a Las Musas, que pretenden que estos conocimientos vuelvan a ser suyos y sólo suyos. Si el manuscrito se hiciera público, para ellas sería muy fácil e inmediato localizarlo para volver a esconderlo de nuevo. Los únicos capaces de mantenerlo a salvo somos nosotros. Solo yo conocía sus secretos y las herramientas para que el cuadro no cayera en sus manos hasta hace unos meses, cuando decidí que tú, Hugo, serías el portador de mi legado. —Salí de mi estado de contemplación para convertirme violentamente en partícipe de la trama.

»No me queda mucho tiempo, amigo. Las Musas saben demasiado sobre mí. Aunque en nuestro último encuentro en casa de Beatriz conseguí escapar, ya conocen mi aspecto y vienen a por mí, así que este manuscrito ya no me pertenece. Es tuyo. Os debo disculpas a ambos, pues vais a tener que escapar de Madrid. La situación me ha convertido en un ente demasiado egoísta y os he puesto en peligro inminente. Nunca quise involucrarte, Beatriz, pero mi locura no me permitió mantenerme alejado de ti. Voy a lamentarlo hasta el día de mi muerte, que se aproxima tan rápido como las tramas de una secta centenaria. —La chica había dejado de llorar definitivamente. Ambos nos habíamos convertido en los protagonistas de la historia, y dentro de nosotros algo nos instaba a comportarnos de acorde con nuestro rol desde el instante en el que nos habíamos dado cuenta.

—En cuanto a ti, Hugo, sé que no me he equivocado al elegirte. Tengo la intuición de que voy a ser la última persona en morir por esta causa. —Ignacio envolvió el manuscrito en un manto granate y me lo otorgó— Hay una carta con lo último que debes saber dentro. —Casi tuve ganas de sonreír. Típico de él.

Justo entonces oímos pasos acercándose, pero Ignacio no pareció inmutarse. Por primera vez, nos transmitió una tranquilidad que nunca habíamos sido capaces de notar en él. Era consciente del destino que le aguardaba y se encontraba en paz con él.

—Son ellos —dije. Lo tenía claro.

—No podría hacerme más feliz que hayáis llegado a tiempo, confirmándome que seréis perfectamente capaces de cargar con la tarea que os he encomendado. — Abrió las puertas de un armario, el mueble más grande del habitáculo— Entrad, rápido, y corred por las lúgubres escaleras. Confiad en que me ocuparé de que Las Musas no conozcan vuestro paradero. —Nos abrazó uno a uno y nos penetró con una mirada esperanzada tras instarnos a entrar en el armario— Gracias por vuestro sacrificio.

Cerró suavemente las puertas, sin miedo, y Beatriz y yo echamos a correr por aquel pasadizo infinito como si no hubiera un mañana, aunque sí fuera a haberlo para nosotros. Ella se adelantó, pero no importaba: desde entonces no dejaría de seguir sus pasos. Pudimos vislumbrar por la rendija del armario una potente luz naranja y un olor inconfundible. El sacrificio había sido de Ignacio, y gracias a él, nadie iba a encontrarnos. Sólo nosotros nos habíamos encontrado, ahora éramos el centro de la trama.

Un nuevo capítulo comenzó cuando salimos por la boca de metro “Las Musas”

Lidia Torres Martínez

Portadores de fuego/6

Portadores de fuego/6

Le prometí a Beatriz que iba a descansar. Y eso hice.

Me tumbé en el pequeño camastro que se encontraba en mi habitación. Cerré los ojos, pero los pensamientos no dejaban de volar por mi mente, intentando unir las pistas que habíamos hallado.

«Fuego». «Libros». «Mapa de Madrid». «Alcázar». «Musas». «Ladrones». «Cuadros». «Si sirves a muchos maestros, pronto vivirás».

No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando abrí los ojos pude vislumbrar a través de la ventana los primeros rayos de luz del alba. Estaba amaneciendo. Nada parecía tener sentido. Eran señales muy dispersas que surgieron a partir de la mente de un hombre con indicios de locura.

Mi cuerpo se tensó de repente. Cómo no me había dado cuenta antes. Me levanté de un salto y fui hacia el salón. Allí encontré a Beatriz tumbada en el sofá de mi salón. Tenía los ojos cerrados, pero en su rostro se encontraba cierto aire de inquietud. Los mechones largos, rizados y cobrizos de su cabello estaban esparcidos por toda la almohada. Sus carnosos labios se encontraban entreabiertos, dejando entrar y salir la preocupación que emanaba en su mente.

—Beatriz — la llamé, mientras zarandeaba su hombro—. Despierta.

Poco a poco sus ojos empezaron a moverse, escapando del sueño y volviendo a la  realidad.

—¿Qué pasa, Hugo? — contestó mientras se incorporaba, aún somnolienta.

—Creo que he descubierto algo. —Sus ojos se abrieron como platos, convirtiendo sus lentos movimientos en ansia por saber— Desde el principio hemos estado recopilando información, sin poder encontrar una solución lógica, y he descubierto el por qué. Estamos mirando las pistas desde nuestra mente, pero es la mente de un loco quien las ideó. No podemos pensar como Hugo o Beatriz, sino como Ignacio.

—No entiendo exactamente cómo eso nos puede ayudar.

—Por ahora sabemos que la locura de Ignacio empezó con los libros. Con uno exactamente. Además, era un gran artista, y todo artista necesita una fuente de inspiración.

—¡El lienzo que pintó! Ese lienzo que tiene el mismo nombre del libro, el de su apartamento. Se inspiró en el libro, y quizás encontremos más pistas allí.

Exhausto de correr, abrí la puerta de la casa de mi amigo y nos dirigimos a su pequeño estudio. De allí emanaba un olor muy fuerte a pintura. Toda la estancia estaba repleta de lienzos de distintos tamaños.

—Aquí está —dijo Beatriz, agachándose para sacar uno de los muchos lienzos que había.

Nos dirigimos a su despacho. Quitamos todas las cosas que había sobre la mesa y lo colocamos encima.

—¿Y ahora qué?

Hice caso omiso a su pregunta y me centré en lo que tenía delante: una calle antigua de Roma. La calzada ocupaba el centro, por donde transitaban hombres, mujeres y niños con ropas de diversos colores. A los laterales había múltiples edificios. Uno de los edificios tenía el sello de un sobre.

La carta. Aquella que me envió hace tiempo. Busqué por todos los cajones. Ahí estaba. Las últimas palabras que decía eran “viejo amigo, hasta dentro de (…) “. ¿Y si no se refería a una despedida? ¿Y si en realidad se refería al interior de un lugar? Volví a mirar el cuadro y algo me llamó la atención. No había fuego. Todas las pistas apuntaban al fuego.

—No hay fuego

—¿Cómo? — preguntó, extrañada

—En el cuadro, no hay fuego. La pintura se llama “Roma, vestida de fuego” pero no hay fuego.

—¿Y si no se refiere a la Roma como ciudad? ¿Y si Roma es el nombre de alguien?

— empezó a buscar por el cuadro— Mira, ahí — señaló.

Una mujer con un vestido naranja, muy parecido al color de las llamas de fuego. Bajaba por unas escaleras que llevaba a un lugar bajo tierra.

—No puede ser— dije, temiendo estar en lo cierto.

—¿Qué pasa?

—¿Y si los cuadros nunca salieron del Alcázar? ¿Y si aquellos cuadros que pensábamos que se habían quemado siguen allí, en alguna sala subterránea, y el incendio solo fue una manera de que el resto del mundo pensara que se habían quemado y no los buscasen? Déjame otra vez el mapa de Madrid.

Corrió a su chaqueta, sacando el mapa de su interior. Lo abrí y me centré en el punto que había marcado mi amigo.

—¿Y si estas partes no son los caminos de tierra, sino túneles subterráneos? Una vez Ignacio me habló de esos túneles, pero como te mencioné el otro día, pensaba que todo eran leyendas.

Beatriz me miró con cierta iluminación en los ojos.

—Solo hay una forma de averiguarlo. Hugo, tenemos que ir allí.

Aroa Melero Sáez

Portadores de fuego/5

Portadores de fuego/5

Estaba a punto de marcharme a descansar a mi habitación cuando su voz me llamó de nuevo.

—¿Qué ocurre? — le pregunté, dándome la vuelta. Sus ojos estaban fijos en el ejemplar de la Ilíada que tenía entre las manos.

—Hay un mapa de Madrid aquí dentro. Con algo marcado.

Me acerqué a ella, frunciendo el ceño. El mapa era viejo, con un tono amarillento, pero estaba lo suficientemente actualizado para que pudiéramos reconocer los lugares.

—Es el Palacio Real — apunté, al ver el elemento que estaba marcado.

—¿Por qué está esto en tu casa? — me preguntó, todavía sin mirarme—. ¿Crees que lo dejó mi hermano?

—Supongo que sí. Le di unas llaves, aunque creía que nunca las había usado.

Vi cómo repasaba con los dedos el símbolo estampado en la esquina del mapa. Un símbolo que yo ya había visto antes y del que esta vez no podría escapar.

—¿Qué es?

Tardé un instante en contestar.

—Las Musas. — Al oírme, sus ojos se despegaron con rapidez del papel. Los tenía tan oscuros como su hermano.

—Tienes que explicarme qué es eso de las Musas — me pidió, aunque casi parecía más una orden—. Es evidente que tienen algo que ver con la desaparición de mi hermano.

— Al ver que, pese a todo, no contestaba, resopló y se separó de mi lado, comenzando a caminar por el abarrotado despacho—. ¿Por qué marcaría mi hermano el Palacio Real? Creía que todo esto tendría que ver con la antigüedad. Pero ¿qué narices tiene que ver el Palacio con Roma y Troya?

La respuesta acudió con tanta rapidez a mi mente que me pregunté cómo no lo habíamos visto antes.

—No señaló el Palacio Real — dije, acercándome de nuevo a ella y cogiendo yo mismo el mapa—. Sino el Alcázar. Estaba allí antes de que se construyera el Palacio. Es el fuego. Eso es lo que tienen en común. Igual que Roma y Troya, fue incendiado.

Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

—¿Y qué tienen que ver las Musas con el Alcázar? — Esta vez no me dejó escabullirme—. ¿Quiénes son?

—Nunca llegué a creer en ellas — le confesé, intentando que mis palabras transmitieran mi sinceridad. Y puede que también mi miedo—. Parecían fantasías de tu hermano, totalmente irreales.

Se pasó una mano por el pelo, nerviosa e impaciente.

—Necesito que seas más preciso.

—Me dijo que eran una organización antiquísima, una especie de secta que se dedicaba al arte.

—¿Coleccionistas?

—Más bien ladrones. Robaban museos y palacios. Parece ser que consideraban que solo un grupo selecto era merecedor de contemplar el arte. — Suspiré, viendo como ella se mordía el labio, concentrada en mis palabras—. Tu hermano se obsesionó con las Musas.

Quería encontrarlas, saber qué clase de tesoros escondían. Pero dejó de hablar de ellas y supuse que se había dado cuenta de que todo eran leyendas.

Mi compañera tardó unos segundos en hablar.

—Parece ser que no todas las leyendas son falsas. — Deslizando la mirada de nuevo hacia el mapa, añadió—. ¿Crees que son ellas quienes tienen a mi hermano?

—Llevan siglos escondidas — respondí, dejándome caer sobre una silla. Las perspectivas de encontrar a mi amigo parecían cada vez más imposibles—. Si dio con ellas… probablemente no les gustara.

Mis palabras la hicieron cerrar los ojos y la oí inspirar con fuerza. Su relación con mi amigo nunca había sido fácil, pero seguía siendo su hermano. Si le quería solo una pequeña parte de lo que él la adoraba a ella, sabía que cada minuto que pasaba sin saber de él era una tortura.

No me sorprendió que cambiara de tema.

—El Alcázar fue incendiado y cientos de obras de arte se perdieron en el fuego —comentó, apoyándose contra el escritorio. Intentaba ocultar su incertidumbre, pero su pierna temblorosa apenas estaba a unos centímetros de mi cuerpo —. Supongo que eso explica por qué a mi hermano le trastornaba tanto todo esto. Cualquier pintor se volvería loco pensando en ese desastre.

—Parece mentira que el fuego pueda extenderse tan rápido — agregué. En el fondo,  yo también agradecía no pensar en lo que podría haberle ocurrido a mi amigo—. El incendio empezó por unas cortinas quemadas.

Su pierna se detuvo tan rápidamente que alcé la cabeza para mirarla. Se había quedado paralizada a medio camino de recogerse el pelo, sus manos todavía congeladas entre los mechones.

—¿Y si no fue así? — me preguntó, centrando de nuevo sus penetrantes ojos en los míos. Su mirada era tan atrapante que no entendí lo que me estaba preguntando.

—¿Qué quieres decir?

—¿Y si no fue un accidente? — aclaró, levantándose de nuevo. Empezaba a darme cuenta de que caminar la ayudaba a pensar—. ¿Y si fue provocado?

Fruncí el ceño, intentando imaginar qué estaría pasando por su cerebro.

—Siempre hubo rumores de que Felipe V quería deshacerse del Alcázar, pero no creo que fuera eso. — Me encogí de hombros— Los accidentes pasan.

—No hablo del rey — casi murmuró—. ¿Y si fueron las Musas?

Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que estaba insinuando.

—Creo que no me has entendido — le dije, intentando no sonar demasiado paternalista. Tenía la sensación de que, si caía en ese error, se marcharía de mi casa en ese mismo momento—. Por más elitistas que fueran, las Musas protegían el arte. Prácticamente lo veneraban, casi como si fuera una especie de dios. El incendio del Alcázar debió de ser un golpe durísimo para ellas.

Ella no se desanimó ante mis palabras.

—¿Y si fue una distracción? — volvió a preguntar, girándose para mirarme—. Has dicho que eran ladrones. A lo mejor querían robar una obra.

—¿Un cuadro? — Negué con la cabeza, confundido—. ¿Qué cuadro podría ser tan importante para que una organización así estuviera dispuesta a dejar morir entre las llamas a cientos de otros para robarlo?

Vi como todo su cuerpo se desinflaba ante mis palabras. Evidentemente, estaba dispuesta a agarrarse a cualquier teoría, pero parecía que el cansancio también estaba haciendo mella en ella.

—No lo sé — respondió finalmente. Se pasó de nuevo una mano por el cabello caoba—. Sé que no tiene ningún sentido, pero nada de esto lo tiene. Sólo era una idea.

La vi tan destrozada que no pude evitar maldecirme por haberla hecho dudar así.

—No, perdóname tú a mí — le dije, levantándome de la silla y acercándome a ella.

Era apenas unos centímetros más alto que ella, pero su cabeza gacha hacía que la diferencia pareciera mayor—. Es una locura de idea, pero no es la teoría más extraña que he escuchado sobre ese incendio. Y las Musas, por más amantes del arte que fueran, siempre han estado dispuestas a todo para conseguir sus objetivos.

Ella no me miró, pero dejó que la acompañara a la silla donde hasta hacía unos segundos había estado sentado. Yo me arrodillé frente a ella, sin saber muy bien qué hacer.

Siempre había sido un tipo solitario, pero los integrantes de esta familia parecían ser los únicos capaces de romper todas mis barreras.

—Si las Musas son las culpables de que mi hermano haya desaparecido — murmuró al cabo de casi un minuto, cuando yo ya pensaba que se marcharía sin volver a cruzar una palabra conmigo. Levantó la cabeza y nuestros ojos, rebosantes de la misma preocupación, se cruzaron—, ¿por qué te pide que las sigas?

Hubiera dado lo que fuera por responder a todas sus preguntas.

—No lo sé — fue mi respuesta, sin embargo. Ella volvió a apartar la mirada, aunque no parecía enfadada conmigo—. Deberíamos descansar. Seguiremos investigando por la mañana.

Esta vez, no puso pegas a mi propuesta. Se levantó de la silla tras responder con un ligero asentimiento. Su vista se detuvo sobre la carta de su hermano, que cogió con dedos temblorosos.

—¿Sabes? — empezó a decir, aunque tenía la sensación de que hablaba más para sí que para que la escuchara—. A mi hermano le encantaba hablar del significado de los nombres. Decía que influenciaban en nosotros, que nunca seríamos la misma persona con un nombre distinto. Solía recordarme el mío. — Hizo una pausa y sus ojos volvieron a mirarme— Beatriz: “la bienaventurada, la que trae felicidad”. — Soltó un resoplido que carecía de humor— Parece un poco irónico.

No pude evitar acordarme de otra Beatriz, una por la que Dante habría descendido a los infiernos, aunque sería en otro lugar donde la encontrara. Mi nueva amiga había intercambiado los papeles: esta vez, sería ella quien haría lo imposible por recuperar a su hermano. ¿Me convertía eso en Dante, el eterno enamorado? ¿O quizás en Virgilio, el poeta condenado? ¿Conseguiríamos llegar al Paraíso o, por el contrario, quedaríamos atrapados en los nueve círculos del Infierno?

—Hugo significa “perspicaz” e “inteligente” — le respondí, alejando de mi cabeza mis pensamientos sobre Dante. También había sido su hermano quien me había dado esa información.

Una pequeña sonrisa se instauró en sus labios.

—Entonces a lo mejor tenemos un poco de suerte. ¿Te dijo lo que significaba el suyo?

Sí. Lo había hecho. Mirando su firma en el papel, recordé su voz grave y risueña en aquel bar perdido entre las calles de la ciudad.

—Ignacio: “el que porta el fuego”— repetí las palabras que mi amigo una vez me había dicho.

Beatriz me miró de reojo, probablemente pensando lo mismo que yo. El fuego no dejaba de perseguirnos y quizás pronto llegaría el momento en el que no pudiéramos evitar empezar a arder.

Fijándome en su pelo, tan cobrizo que casi era rojo, me pregunté si no lo habríamos hecho ya.

 

María Peláez García

Portadores de fuego/4

Portadores de fuego/4

Aún no recordaba su nombre y preguntárselo mientras le acompañaba a su piso solo iba a conseguir que perdiera la confianza que había depositado en mí. Intenté hacer memoria y recordar las veces que antes nos habíamos encontrado. Es cierto que no habían sido muchas, pero sí las suficientes para que hubiera una extraña comodidad entre nosotros.

Recordar nombres nunca había sido mi especialidad, pero lidiar con las extrañas amistades de mi hermano empezaba a serlo. Una de sus manías había sido siempre presentarme a la gente de su entorno, a aquellos que le rodeaban, amigos, compañeros de trabajo… eso le daba una extraña seguridad; en mi caso solo causaba situaciones incómodas.

Dentro de lo excepcional, esta no era de las peores. De algún modo era como si todo estuviera controlado, aún no sabía por quién, pero lo que sí estaba claro es que no se trataba de una coincidencia. Quizás era tan solo un juego de mi hermano, algo que se le había ido de las manos, como cuando éramos pequeños. La histeria que le había invadido en los últimos meses empezaba a ser difícil de tratar; yo ya no le podía ayudar y tal vez nadie podría hacerlo. ¿Era demasiado tarde?

El ruido de las llaves me devolvió a la realidad, me había limitado a hacer caso de lo que mis pasos decían por mí. Mientras mi mente trataba de buscar el sentido, mis pensamientos fueron perdiéndolo.

—Es aquí — me dijo con una sonrisa apagada, parecía no haberle importado mi silencio, quizás él también lo había necesitado.

—¡Vamos! — aquella palabra salió más fuerte de mi boca de lo que me hubiera gustado, casi como una orden, que nuevamente no pareció importarle en exceso, porque enseguida se adentró en aquel tortuoso portal y comenzó a subir las escaleras que daban entrada a su apartamento. Pronto, mis pasos alcanzaron los suyos.

Al cruzar la puerta, pude ver como una sobriedad clásica se extendía por las paredes. El olor a libro antiguo lo invadía todo. En aquel momento me resultó agradable e incluso acogedor, encajaba a la perfección con las estancias que se abrían frente a mis ojos.

Le acompañé a lo que parecía un pequeño despacho. Este estaba presidido por un gran escritorio de madera que rompía el equilibrio entre aquellas estanterías. Todo en aquel sitio tenía su lugar, excepto yo, que deambulaba perdida siguiendo los pasos de aquel hombre.

Parecía saber lo que estaba buscando o, al menos, tenía la suficiente determinación para disimularlo. Fue directo a un pequeño cajón del que parecía ser su escritorio. Al abrirlo, empezó a sacar objetos extraños, pequeños, grandes, algunos envueltos, otros tantos solo recubiertos por el polvo, pero indudablemente todos de mi hermano… Era algo que no sabría explicar pero que formaba parte de todo lo que pasaba por sus manos, era capaz de hacerlo suyo o de dejar en ello una parte de él. Verlos extendidos en la mesa hizo que la preocupación que llevaba una vida sosteniendo inundara mis ojos, del mismo modo que me había inundado la vida. Nadie hablaba de lo que era tener un hermano así.

Una mano se posó en mi hombro.

—Le encontraremos, haz lo que necesites. Entiendo que es muy duro —. Una mueca de pena llenó su rostro, aunque no dijo nada más. Mi hermano parecía ser realmente importante para él.

No pude evitar fijarme en cómo sus manos se resentían con el contacto de los recuerdos. Me obligué a volver la atención a aquellos objetos. Traté de buscar algo que se nos hubiera pasado por alto. Le pedí permiso para leer una de las cartas que yacía cerrada.

Querido Hugo: (hice acopio de su nombre)

Estoy seguro de que cuando leas esta carta, estarás en mi búsqueda.

Sigue a las Musas, yo ya lo hice.

—Hugo, ¿quiénes son las Musas? — Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—¿Por qué me preguntas eso?

—La carta, dice que las sigas, quizás ellas nos lleven a mi hermano.

—No, hace tiempo que dejé de creer en ellas. — Su voz por primera vez desde que nos conocíamos había sonado cortante.

—Pero las necesitamos, quienes quieran que sean. Además, él sabía cuando te mandó esta carta que le estarías buscando y de eso hace seis meses. Hugo, por favor…

—Le dije que no lo hiciera, que solo le traería problemas. Por un momento, pensé que me habría hecho caso, qué típico de él no hacerlo… — Su voz se fue volviendo más ronca con cada palabra. Era como si aquellos vocablos se hubieran clavado como puñales sobre su cuerpo. Fuera lo que fuera aquello, tenía a mi hermano a su merced.

Nos quedamos callados.

—Sigamos buscando. — Su voz parecía menos cortante. No estaba segura de si había aceptado buscar a las Musas o si simplemente seguiríamos analizando aquellos objetos. Todo mi cuerpo se tensó, no se trataba de un juego de mi hermano o al menos no únicamente de eso. Alcé la vista para asentir y me encontré con su rostro lleno de culpa.

—Tengo que enseñarte algo. —Se acercó al perchero donde había dejado su abrigo, de él, sacó un libro. Sabía que lo reconocería.

—Lo tenías tú. —Guardó silencio.

—Supuse que ahí estaría la respuesta, fue uno de sus últimos regalos. Cuando estaba en su piso y oí las llaves, lo guardé en mi abrigo. No sabía quién estaría detrás de esa puerta, perderlo hubiera sido como perderle a él, no me lo hubiera perdonado.

—Necesito que me digas todo lo que sabes. — Agachó la cabeza y comenzó a contarme cada uno de los detalles. Adoptó un tono de voz un tanto impersonal, pero parecía sincero.

Mi cabeza trataba de asimilar todo lo que me estaba contando, mientras trataba de buscar algo que se saliera de lo normal en el libro. Tenía que estar ahí la clave, al fin y al cabo, ese había sido el principio de su locura, quizás también fuera el de su fin.

No podía dejar de pasar las páginas, con cada una de ellas parecía volverme más frágil, mis dedos entorpecían y mi respiración empezaba a ser algo costosa. Entonces lo vi. Había una letra marcada.

Le interrumpí:

—Aquí hay algo, la “a” está marcada.

—Sigue pasando páginas, tiene que haber algo más.

— Continué recorriendo las páginas, nuevas letras aparecieron m, i, c, o, o, s.

—Mosaico, es un anagrama.

— Hugo, cogió el pequeño mosaico que estaba en la mesa, trató de examinarlo, pero no vio nada.

—¿Quién es? El del mosaico.

—Es Aquiles. Claro, eso es. La Ilíada.

Se acercó a la estantería que había detrás de mí y sacó un pequeño ejemplar. A juzgar por su apariencia tenía que ser uno de los libros más viejos de aquel lugar. Observé cómo pasaba una a una las páginas, no podía hacer mucho más. Bueno quizás sí. Estaba a punto de acabar de revisar el libro cuando arrojé contra el suelo el mosaico.

—¡¿Qué haces?! ¡¿Te has vuelto loca?!

Algunas de las teselas saltaron.

—Creo que tiene algo dentro, mira. — Aparté las pocas piedras que quedaban aferradas al marco. En el fondo un pequeño papel escrito a mano.

Querido amigo: Las cosas no siempre son como planeas. Esto empezó siendo un plan, pero se escapó de mi control. Confié en quien no debía mi vida y empieza a ser tarde. La cólera es lo único que me mantiene vivo, pero en cualquier momento acabará por vencerme causando infinitos males. Estoy seguro de que sabrás leer a través de las líneas de algunos de los libros que más hemos disfrutado juntos. Confío en ti amigo y recuerda que, si sirves a muchos maestros, pronto vivirás.

—La frase original dice: “Si sirves a muchos maestros, pronto sufrirás”, tiene que significar algo. Tu hermano jamás se equivocaría. Tiene que haber algo en la Ilíada, algo tiene que estar mal, algo se nos escapa. —Sus ojos gritaban con desesperación.

—Tranquilo, lo encontraremos. — Me acerqué a él. —¿Y si no? — No supe qué responder. Tomé el libro.

—Deberías descansar, puede que esto se alargue y necesitaremos tener energía. Volveré a revisar el libro mientras tanto.

—¿Tú no vas a descansar? —De momento estoy bien. — Traté de sonreír mientras apoyaba el libro en la mesa— Aunque no lo creas, soy una mujer fuerte.

Esta vez fue él quien sonrió.

—Está bien, en ese caso descansaré. Avísame si encuentras algo.

Volví mis ojos al libro, pero algo me llamó la atención. No podía ser. Aquello no era el mapa de Troya, era el mapa de Madrid.

 

Inmaculada Martín Lobato

Portadores de fuego/3

Portadores de fuego/3

Llevaba meses recabando información, y ahora que todas las piezas del puzle empiezan a encajar, un enorme miedo se apoderaba de mí. Esto era demasiado. Cómo no me había dado cuenta antes de sus planes, de las intenciones que tenían…mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo, y no era capaz de pensar en otra cosa. Debía ir en busca de la verdad, y si mis sospechas eran ciertas, tratar de solucionarlo y evitar miles de muertes literarias o al menos una de ellas.

Para mí la literatura siempre había sido mi zona de confort, lo que más me animaba incluso a pintar. Siempre he sido un tipo un tanto peculiar y solitario, de pocas palabras; sin embargo, eso cambió cuando conocí a mi buen amigo. Aún recuerdo aquella tarde de otoño en la que coincidimos en aquella cafetería del centro, y cómo al servirnos a uno el pedido del otro nos percatamos de que leíamos el mismo ejemplar de la Ilíada. Y es ahí cuando comenzó nuestra amistad. Desde entonces comenzaron un sinfín de charlas literarias, regalos, e incluso el sentimiento de paz que me transmitía y por el que le di una copia de las llaves de mi piso…

Un momento.

Él era el único que podía entender todo si mi ausencia se prolongaba demasiado. Era un chico joven, pero muy inteligente y sabía ver y valorar los pequeños detalles, o pequeñas pistas que podría dejarle. No sería fácil, no querría exponerle al mismo peligro que corría mi vida, pero debía intentarlo…

Una semana antes de la desaparición

Habían sido días eternos y noches en vela para dejar todo preparado, para que mi amigo pudiese hilar todas las pistas que tenía para resolver este entramado de misterios y mentiras.

No podía evitar sentirme como un personaje más de una novela policiaca, como todas aquellas que comentábamos riéndonos sobre los inesperados finales o en el extraño pero común uso de gorros y gabardinas para ser un buen detective. Pero esta vez no íbamos a comentarlo, íbamos a vivirlo. Todas las emociones, los misterios, descubrir más pistas e incluso los peligros que ello conllevaba…

Tres días antes de la desaparición

Era consciente de que hoy había sido la peor sesión con mi hermana; no sabía qué decir, cómo responder a sus miles de preguntas y cómo salir del círculo vicioso de pensamientos que me iban comiendo por dentro.

Sabía que me quedaba poco tiempo y las despedidas no estaban en la lista de cosas que hacer. Aun así, no lograba callar una vocecilla que me decía que no podía irme de aquella sala sin decirle algo que no fuese acompañado de malas caras, refunfuños o gritos.

Pero no lo hice.

Es por eso por lo que a la noche rompí todas las reglas de mi elaborado y estudiado plan y salí a la calle con un rumbo fijo. Me quedé en la calle media hora, pensando qué decir, cómo decirlo y lo más importante cómo no alarmarla o asustarla. Eso era lo más difícil. Yo era un tipo complejo y algo introvertido, pero ella sabía ver tras toda esa fachada que había construido durante años y descifrar mis verdaderos sentimientos o pensamientos.

No hallé mejor manera de disculparme que gritando hacia su ventana. Sin embargo, justo antes de alzar mi amarga voz, vislumbré una sombra tras un árbol en la otra acera. Sabía perfectamente quiénes eran. Pero era tarde, me había dado cuenta demasiado tarde y mi grito se elevó por toda la manzana. Iba a tratar de correr y huir justo cuando la vi asomarse a la ventana.

Me maldije a mí mismo por mi irresponsabilidad. Había dejado que supiesen algo más sobre mí, y con ello le había puesto en peligro a ella también, así que hui lo más rápido que pude pensando en que probablemente debería adelantar mi marcha para evitar más involucrados.

El día de la desaparición

Ya no había marcha atrás. Me iba a enfrentar a alguien a quien muchos osarían llamar el diablo. Confiaba plenamente en mi amigo, él sabría qué hacer.

Antes de salir por la puerta quise leer una vez más la carta, y con ella las últimas palabras que quizá le dedicaba a mi amigo.

“… estoy seguro de que sabrás leer a través de las líneas de algunos de los libros que más hemos disfrutado juntos, confío en ti amigo y recuerda que, si sirves a muchos maestros, pronto vivirás.”

Solo esperaba que se diese cuenta del error de aquella frase y leyese el libro del gran poeta Homero, en el que se encontraba el mapa para comenzar a desenterrar esta locura que descubrí la pasada primavera y que me llevaba persiguiendo demasiado tiempo..

 

Sofía Pulido Gertrúdix

Portadores de fuego/2

Portadores de fuego/2

Mis dedos se empezaron a colar entre la portada y la primera página de la obra literaria con un movimiento lento, aunque cargado de expectación y, aumentando lentamente la presión, las separé.

El título, en una caligrafía majestuosa e imponente, precedía la página. Unos centímetros por debajo había algo escrito a mano, con un estilo de letra mucho más pobre y despreocupado. Parecía como si aquellas palabras se hubieran escrito con la prisa más inminente y asfixiante del mundo. Reconocí esos trazos al instante. Eran de mi amigo. Comencé a leer la dedicatoria.

“Espero que algún día me puedas perdonar, no busco que entiendas lo que he hecho, pero…”

El tintineo de unas llaves al otro lado de la puerta provocó en mí el acto reflejo de cerrar el libro y ocultarlo bajo mi chaqueta. Antes de que mi mente pudiera imaginarse a quién más mi amigo le había confiado las llaves de su casa la puerta se abrió y la solución fue expuesta ante mí.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó irritada, aunque no sorprendida.

—Recordar —respondí instantáneamente.

—No merece la pena recordar cosas así, a alguien así…

—¿Qué venías buscando tú entonces? —inquirí.

—Olvidar, o, al menos, hallar la clave para ello —contestó tras haber meditado unos segundos.

—Yo me conozco un método mucho más efectivo para olvidar.

Había muchos más restaurantes por la zona, algunos más cercanos y baratos, pero el elegido debía ser el que fue. Había ido más de un viernes con mi amigo para nuestras charlas y vuelto en numerosas ocasiones para disfrutar del aroma de un buen libro mezclado con el sabor a café. Definitivamente, mi favorito. Yo me pedí lo de siempre, ella un vaso de agua.

—No era fácil —comentó ella, rompiendo el silencio.

—Nunca lo fue —aclaré con una sonrisa cargada de compasión.

—Desde bien pequeño empezó a tener comportamientos erráticos, todos ellos relacionados con el mundo de la literatura o del arte, pero lo de los últimos meses…No era normal.

—¿Qué ocurrió?

—Estaba acostumbrada a su forma de ser imprevisible y caprichosa, pero jamás le había visto tan obsesionado con algo. Me llamaba a mitad de la noche gritando, golpeando las paredes de su casa, llorando…

Supongo que su relación conmigo simplemente se limitaba a lo literario. Quizá solo se mostraba tal y como era ante las personas que era imprescindible hacerlo. Ante su psicólogo, por la intimidad tan bonita que supone esa profesión y, sobre todo, ante la pericia de la mujer que tenía delante de mí. Algunos decían que era cosa de hermanos, pero la destreza con la que sabía tratar a mi amigo no se la otorgó su vínculo con él, sino algo mucho más poderoso, algo que va dejando cicatrices: la experiencia.

—¿Obsesionado con qué? —cuestioné finalmente.

—¿No te ha llamado nada la atención de su casa? —Odiaba que contestasen mis preguntas con otras preguntas.

No supe qué responder.

—No hay ni un solo libro.

—Pensaba que se los habían llevado para investigarlos.

Negó con la cabeza.

—No se han llevado nada ni se lo van a llevar, te lo garantizo.

Sacó un paquete de tabaco que fulminé con la mirada. Ella arqueó una ceja y lo volvió a guardar mientras emitía un suspiro.

—Me pidió que me los llevase todos, que no dejase ni uno solo. Decía que incluso cuando los veía sin estar leyéndolos le provocaban… ¿Cómo dijo?

—Emociones fuertes —completé.

—Sí, algo así. Me aseguró que lo que sentía hacia ellos era tan intenso que escapaba a su conocimiento y a sus fuerzas. Esa misma noche me los llevé todos de ahí.

—Por eso me pidió que no me llevase libros a nuestras reuniones… ¿Sabes qué fue lo que le provocó eso?

—Se obsesionó por uno de ellos. Me gritó que leer no tenía sentido si no era aquel libro, que lo veía en cada parpadeo, en cada lienzo en blanco. Ese fue el único libro que no quiso que me llevara.

—¿“Roma, vestida de fuego”?

—Sí, ese mismo. Ha desaparecido de su casa, probablemente se lo llevaría consigo a donde quiera que haya ido.

Instintivamente palpé el libro envuelto en mi chaqueta. Seguía ahí. Todo iba bien. Noté que ella jugueteaba inquieta con el paquete de cigarros en su bolsillo con su mano derecha. Su izquierda estaba ocupada envolviendo y desenvolviendo una y otra vez uno de sus mechones cobrizos en su dedo índice.

—¿Te puedo preguntar por la última vez que lo viste? —lanzó.

—Fue aquí, en esta misma mesa. Él se sentó en esa silla —señalé apuntando con la cabeza hacia ella.

Su cuerpo se quedó paralizado unos segundos. Levantó su codo izquierdo de la mesa con un pavor tan inexplicable como repentino mientras se recolocaba incómodamente en su asiento.

—¿De qué estuvisteis hablando? —preguntó con miedo.

—¿Cómo fue la última vez que tú le viste? —Decidí jugar con sus reglas.

—Fue unos días antes de que su desaparición se hiciera pública, dos o tres como mucho. Al día siguiente me dijo que no estaba ahí, pero yo sé que era él a quien vi. Aquella misma tarde discutimos por teléfono. Se volvió loco. Me decía que no tenía ni idea de por lo que estaba pasando, que no sabía todo lo que se estaba callando, que desconocía las veces que tenía que calmar su conciencia.

—¿Tú qué le dijiste?

—Que la conciencia no es algo que se pueda controlar —agregó.

—¿Cuándo le viste?

—Esa noche me despertaron unos gritos, cuando me asomé por la ventana vi una sombra que miraba a mi edificio. En el momento en el que me vio aparecer soltó un berrido que fue audible a manzanas de distancia. Era su voz, te lo prometo. Me heló la sangre.

—¿Qué te dijo?

—Me pidió perdón.

Volví a apretar el libro. Recordé la dedicatoria.

“Espero que algún día me puedas perdonar”

David Castellanos Martínez

Portadores de fuego/1

Portadores de fuego/1

Alargué mi mano izquierda hasta alcanzar el borde de la tablilla. Óleo sobre madera; la inscripción “Roma, vestida de fuego” decoraba la esquina inferior izquierda. Algo me aceleró el pulso, sentí el sutil cardio golpeando mi pecho. Su firma atravesaba el cuadro de manera inusual. Yo estaba en su casa, en su solitaria casa descifrando las figuras; antes de Roma, vestida de fuego vi otras obras de las que sí me había hablado: Mujer con el corazón de perla, El bailarín de Grecia, Los cielos de Mesopotamia… todas ellas óleos sobre lienzo. Estando en su casa todo se sentía diferente.

Recordé aquella tarde del 9 de junio, vi su rostro empapelado sobre los periódicos. Titular: “Desaparecido. Pintor de 33 años en la localidad de Madrid”. Me dirigí rápidamente hacia mi casa con el aliento por delante, fuera de mí. Por el acelerado camino me perseguía constantemente el espejismo sonoro de escuchar mi nombre en su voz.

Nosotros habíamos mantenido una relación literaria por años; solíamos citarnos en algún restaurante de Madrid para analizar las magnas obras de la literatura universal, platicábamos acerca de la filosofía del mundo clásico y disfrutábamos la lectura de ciertas cartas antiquísimas. Lo hicimos cada viernes de los últimos cuatro años sin abandonar la costumbre ni por una sola semana. Tenía por costumbre dejarme un regalo al finalizar cada sesión de nuestras tardes de literatura y, precisamente, me dirigía a casa aceleradamente en busca de los últimos de sus regalos en mi posesión. Había normalizado tanto su costumbre de regalarme extravagantes objetos que no necesitaba (o, a veces, que no quería) que apenas les presté atención a la mayoría de sus regalos. Llegué a mi casa al atardecer, rebusqué y puse patas arriba la hemeroteca para encontrar sus regalos. Allí estaban, algunos cubiertos de polvo: una réplica en miniatura de un mosaico romano, un ejemplar de una antología poética hispana medieval, un collar de las indias e innumerables bártulos y armatostes que nadie querría tener en su hogar.

De entre todos ellos rescaté los más útiles para saber algo acerca de su desaparición: las llaves de su casa (fue de sus primeros regalos, me las dio a modo de considerarme fiel amigo suyo), una carta que nunca había llegado a leer y un ejemplar de un libro titulado Roma, vestida de fuego. Abrí la carta o al menos hice el intento enervado coordinando mis torpes manos. Suspiré profundamente, la carta había sido dañada por el paso del tiempo y se habían perdido ciertos fragmentos del mensaje. Leí:

“Querido mío:

Nosotros hemos recorrido los tiempos literarios (…) desde Homero hasta (…) Espero que recuerdes aquella conversación que tuvimos acerca del incendio que ocurrió en el 64 a.C. bajo el mandato de (…) (¡Lo recordé! ¡Era bajo el mandato de Nerón!).

Ahora siento que soy la mismísima Roma (…) el fuego me (…) y no sé qué más puedo hacer. Mi última visita al psicólogo fue farragosa, (…) terminó por diagnosticarme vivir una pesadilla, me prohibió toda actividad que me cause emociones fuertes y (…). Tú bien lo sabes, la literatura, fuera de ella no siento (…). Pero ahora, ahora leer me (…). Tú y yo hemos vivido todo desde la lente de la lectura, aquella vez en que (…) terminamos fatigados de ello y te di ese libro, no quiero (…) hasta que no veas su contraparte pictórica en (…). (…) viejo amigo, hasta dentro de (…) “.

Cerré la carta y la dejé suavemente sobre el escritorio. Días después me dirigí a su departamento. En esa situación me encontraba; todo era diferente. Después de ojear los lienzos alcancé aquella tablilla de madera titulada igual que el libro posado sobre mi mano derecha (libro que hasta entonces no me atreví a abrir, en la carta supuse que hablaba de ese libro en concreto ya que anteriormente había mencionado el incendio de Roma en el año 64 a.C.) y con la izquierda acaricié el título bordado a relieve. Pensé en por qué alguien tendría que dejar de leer (resonaba en mi mente “actividad que me cause emociones fuertes”), me carcomía de nervios; las figuras del cuadro, el enigmático libro que ya estaba autorizado a abrir, la desaparición de un amigo.

Anás Serroukh Eddriouache

Carta de la pilota al chófer

Carta de la pilota al chófer

Mi queridísimo Paco:

El 13 de junio hace 10 años que te fuiste y creo que no hay mejor forma de recordarte que escribiéndote una carta, la última que nos mandaremos jamás.

Aún recuerdo como olían las cartas que me mandabas desde Madrid mientras yo seguía en Candeleda. ¡Qué largos se me hicieron esos cuatro años! Madre decía que mi cuarto iba a oler demasiado a campo con tanta hoja de ahuehuete ahí colgada, pero a mí me encantaba guardármelas porque me decías que caminar por el Retiro te recordaba a mí. También guardé todas tus cartas, quería tenerte cerca mientras trabajabas para el Conde y le traías y llevabas por todo Madrid.

María no se puede creer que te declararas por una carta. Yo ya le había dicho que eras muy romántico, pero no me creyó hasta que no le conté nuestra historia; y eso que empezó de una manera muy complicada. Mis amigas no paraban de decirme lo guapo que eras y lo mucho que me mirabas. Yo no me cansaba de decirles que cómo un chico tan apuesto como tú que trabajaba para un conde en Madrid y conducía esos coches tan lujosos se iba a fijar en la “pilota”, la hija del carnicero. No solo eso, te recuerdo que por aquel entonces tú seguías con la Gloria, la hija de Don Augusto, que en paz descanse; por lo que todas las pamplinas de mis amigas no tenían ni pies, ni cabeza.

Tú venías todos los fines de semana de Madrid y yo te veía en la plaza, aunque es cierto que poco a poco te dejé de ver con la Gloria. Charito no paraba de hablar de ello a la salida de la iglesia: “El día menos pensado Francisco, el hijo de Don Felipe, está llamando a tu puerta para invitarte a un café”. La verdad que no llamaste a la puerta de casa de mi padre, quizás porque siempre le tuviste mucho respeto; pero me escribiste una carta para que tu amigo Marcelino, que volvía a Candeleda más a menudo que tú, se la diera a Charito y ella a mí.

Mis ojos releyeron la carta una y otra vez sin llegar a comprender lo que tus palabas decían. Me invitabas a un café la próxima vez que vinieras de Madrid y después a dar una vuelta por el camino del convento. El día que nos vimos no parabas de reírte y de decirme lo buena chica que te parecía. Yo te prometí que te escribiría pronto, a la misma dirección que ponía en mi carta y que te la harían llegar, ya que ibas a estar una temporada sin volver a Candeleda porque el conde se marchaba a San Sebastián y tú con él.

Así fue como nos empezamos a mandar cartas, ¿te acuerdas? Madre decía que eras un muchacho muy apuesto con gran corazón y, siendo sincera, le conquistaste la primera vez que me acompañaste a casa y os presenté formalmente. Aunque mi padre aún se mostraba reticente al pensar que su hija de 19 años se escribía con un hombre de 25 que trabajaba como chófer; mi hermano, que tú sabes que siempre te tuvo en gran estima, le lograba quitar de la cabeza esos pensamientos absurdos.

Siempre recordaré la carta en la que me decías que tenías algo muy importante que decirme, porque ese sábado me pediste matrimonio en el olivar de mi padre; o en la que te dije que tu madre estaba ya muy enferma y debías volver a Candeleda. Ahora te escribo esta última carta para recordar cómo empezó todo, hace casi 60 años gracias a una carta; para poder echar la vista atrás y afirmar que fuiste el amor de mi vida.

Siempre tuya,

Tu pilota.

Un relato de María Torres

Decisiones

Decisiones

Ella era una chica sencilla a la que solo le habían pasado cosas malas. Nunca habían sido fáciles las cosas para ella.

Aprendió a ser fuerte, más que a ser feliz. Aprendió a levantarse en vez de sanar las heridas. Vivió con grietas.

Era un ángel al que le cortaron las alas. Un libro al que le borraron las palabras. Una chica a la que le quitaron su ilusión.

“No hay tiempo de llorar” se decía ella misma, “levántate y recupérate que en pocos días vendrá otra”.

Sola. Se sentía sola.

La soledad nunca fue un problema. Al contrario, ella disfrutaba de esos pequeños momentos de paz que tenía en su habitación.

Pero incluso su soledad empezó a ser conquistada por el malestar.

Hasta aquel día.


Se despertó temprano. Hizo lo mismo de todas las mañanas: levantarse, desayunar, asearse e ir a la universidad.

Salió antes de casa, al autobús aún le quedaba media hora para llegar.

Decidió tomar otro camino a la parada. Una decisión que provocó un giro de 180º en su vida. Pasó por delante de una pequeña tiendecita. Esa que siempre miraba desde el escaparate y nunca se había atrevido a entrar.

Miró hacia la puerta. “Abierto” decía el cartel que colgaba de ella.

Tras unos minutos de debate interno, decidió pasar. La tienda era pequeña. “Parece una sala familiar” pensó. A ambos lados de la estancia había estanterías llenas de libros. En la parte superior de cada una de las baldas había distintos carteles donde se podía leer: fantasía, romance, clásicos, inglés, gastronomía… Al final, había una mesa de madera con una caja registradora. Allí se encontraba una mujer de avanzada edad.

La chica avanzó a través de todos esos libros. Algunos eran muy antiguos, mientras que otros parecían bastante nuevos. Uno en especial le llamó la atención. “¿Puedo cogerlo?” preguntó la chica a la anciana. “Por supuesto querida, puedes mirar todos los que quieras” contestó la dulce señora.

Estiró la mano y agarró un libro que estaba en una de las baldas superiores cuyo título era Amar(se) es de valientes escrito por Alejandro Ordóñez. Nunca había sido una fanática de los libros, pero decidió echarle un vistazo. Contenía pequeños poemas con títulos que atraían mucho su curiosidad: Tus defectos decía uno, A mi yo del pasado decía otro.

Se paró en una frase que decía: “no hay noche que dure eternamente, siempre saldrá el sol que le ponga fin a todas esas sombras contra las que ahora luchas”.

En ese momento le llegó un mensaje al móvil. Era Sophie, diciéndole que quedaban cinco minutos para que llegase el autobús.

Movió las manos para dejar el libro, pero una punzada de curiosidad no la dejó devolverlo a su sitio, sino que se dirigió a la señora de la mesa para comprarlo.

Salió de la tienda mirando el libro que sujetaba con sus manos.

En ese momento ella no lo sabía, pero ese libro fue el primero de muchos, los cuales le ayudaron con su proceso de sanación interno. Le acompañaron en su camino, le guiaron. Nunca más se volvió a sentir sola mientras tenía un libro en sus manos. Empezó a conocer nuevos mundos e historias que le hacían soñar mientras estaba despierta. Por fin, las grietas que sentía dentro de ella, empezaron a cicatrizar, para posteriormente ser una marca que le recordaba lo que había sufrido y que había conseguido superar.

 

Aroa Melero Sáenz.

Hasta las cenizas

Hasta las cenizas

Y lo vi arder, millones de libros alimentando las llamas. Vi cómo se consumían las páginas, cómo las palabras se desvanecían, cómo las historias se olvidaban. Nada más prender la llama que iluminó aquella noche sin luna, las campanas de la iglesia rompieron el silencio, como señal del genocidio que se estaba produciendo.

La gran masa de humo comenzó a ascender hacia el cielo estrellado, mientras que en la superficie se podía sentir el cálido abrazo de la hoguera. Pronto, aquel aire contaminado invadió cada rincón, quemó nuestros cuerpos por dentro, ennegreció nuestras almas.

Fuimos pocos los que asistimos a la despedida de los personajes que nos acompañaron durante parte de nuestras vidas, aquellos que nos enseñaron a amar y nos hicieron sentir la más pura de las tristezas. Ahora, vuestra jaula de papel está ardiendo para que por fin podáis ser libres, en forma de humo y cenizas.

Todos guardamos silencio, no por miedo, sino por respeto a aquellos que nos compartieron su sueño. Ellos son los que nos permitieron viajar a otros mundos, los que nos mostraron la belleza de las pequeñas cosas, los que hicieron florecer en nosotros una ilusión que ahora amenaza con extinguirse.

Muchos de ellos ya no están aquí para ver cómo todas sus esperanzas y fantasías quedan destruidas. Pero sabed que el legado que habéis ido sembrando a lo largo de vuestras vidas no se ha convertido en una simple lluvia negra, sino que sigue vivo dentro de nuestros corazones. Ahora somos nosotros los que tenemos que contar vuestra historia, porque ya se ha convertido en una parte de nosotros mismos. 

Y la hoguera siguió ardiendo, hasta que el fuego consumió todo, hasta que solo quedaron las cenizas.

 

Aitana Moya Sánchez.

One last story

One last story

OX10 9PP. St Mary’s Church, Cholsey. Wallingford, Oxfordshire, United Kingdom.

Alcalá de Henares (Madrid). February 23rd, 2022.

 

Dear Agatha

Normally you tell me the stories, but today I would like to be the one to tell you one. Do not have high expectations, it is not at all similar to yours.

This story begins one day a few years ago, on February 13th. I remember it because it was the day before Valentine’s Day and, at that time, my parents used to like making me and my brother participate in the moment of opening the gifts. I had already manifested clear traits of a mystery lover and my mother had the idea of trying to you. The books I had of yours on the shelf were The Murder  of Roger Ackroyd and Ten Little Niggers. This one was the first book I volunteered read on my sleeping hours, I remember that, furthermore, I devoured it on a trip to Córdoba and, while visiting the mosque, I dreamed that Emily Brent and Dr. Armstrong were actually in cahoots and, when the former died, it was because the doctor was not interested in her being alive. While visiting the Alcázar I was convinced that the doctor had gathered them all there and he was the murderer and that same night, when I arrived at the hotel and read his murder, it was the first time you left me speechless. And, in this way, the memory of my favourite novel remained linked to that beautiful city. It’s impossible for me to remember its streets without thinking of you and how you deceived me.

That’s why whenever I travelled, I could not miss one of your novels under my arm. By doing so, your essence would spread to every place I visited and it would always have its head busy trying to unmask the murderer before you did. In this way, you slipped into my day to day. Reading A Tragedy Christmas on the last day of the year, death in the clouds on the plane back from Prague… If I’m honest, when I read one of your novels away from home, I feel more yours, because I know that what drive you to create was not in Torquay. In fact, now, when I think about it, home never brought you good things. Tell that asshole Archie and Nancy. Isn’t it? Your place has always been on the remote islands awaiting justice, on Nile cruises filled with rancour, on trains departing from Istanbul loaded with revenge…

I know that it is impossible for you to read this letter, but a part of me, the dreamiest and the one who likes to smile the most, knows that you will manage to do it. That’s why the child that I still have inside me has thought of making two copies of this letter: one to send it as close as possible to what is left of you and, the other one, burnt it to free the words from the paper and let them fly free; so you can hunt them from wherever you are.

By the way, say hello to Vera from me, until now she has been your victim who has touched my heart the most, although I don’t recommend that you hang out with her a lot. Better with Poirot, perhaps now is your chance to discuss all your cases together. Many criticized you for taking it with you when you left; however, I understood you. You needed someone up there who knew how to understand you to continue talking about all those mysteries in which you lived and, if you allow me to comment, I will tell you that you made the best possible choice.

And we come to the end of the story. The story of someone who lives more in your mysteries than in the life from which you gave us the option to escape.

Sincerely yours.

David Castellanos Martínez

Nunca estarás sola, Olivia

Nunca estarás sola, Olivia

Estimados/as lectores/as, me presento yo soy Olivia, una joven niña, y en este pequeño relato os voy a contar el día que conocí la esperanza.

Como de costumbre, como todos los días, a la hora del recreo me dirigía a aquel banco de madera cercano a la zona donde todos jugaban. Siempre solía sentarme y observar cómo todos disfrutaban de sus cálidas amistades y jugaban a diversos y entretenidos juegos, pero ese día algo cambió. No me encontraba acompañada de mi frecuente y gran compañera, la soledad.

Aquel día sentía algo muy extraño al no sentir su presencia, en cambio, al sentarme en el banco notaba una nueva presencia, algo era diferente, cuando giré la cabeza, vi en el extremo del banco, algo que parecía que estaba a punto de caerse, ese objeto, absorbía mi atención, se trataba de un libro.

La curiosidad se apoderaba de mi mente y decidí agarrarlo, al observarlo, percibí que estaba bastante descuidado, con algunas páginas dañadas, subrayadas y con algunas anotaciones tomadas en sus márgenes. Al girarlo ojeé la portada, quedé sorprendida de lo hermosa que era, en el título decía Todas las hadas del reino de Laura Gallego. La portada y el título creaban en mí la necesidad de abrirlo y leerlo.

Atraída por él, pasó el tiempo del recreo y yo no podía despegarme de él, aquel libro era único, estaba confusa. No sabía si debía llevármelo, porque seguramente alguien lo había perdido, asustada decidí buscar si en alguna parte del libro se encontraba el nombre de la persona para saber si podría pedírselo, al llegar a la primera página encontré algo escrito, se leía con algo de dificultad, aquel breve fragmento manuscrito decía: Querido/a lector/a, este libro ha llegado hasta ti porque él ha decidido hacerlo, no te pide nada a cambio, solo que le cuides y valores, está contigo para acompañarte y para recordarte que nunca estarás sola, siempre que le tengas a él y, sobre todo, a ti.

Desde aquel día la soledad nunca volvió a sentarse conmigo en aquel banco, porque siempre estuve muy bien acompañada de aquel libro y de otros que fui descubriendo, y que me hicieron sumergirme en mil historias que en ellos se relataban.

 

Nerea Hernández González

Querida Elvira, hoy te escribo yo a ti

Querida Elvira, hoy te escribo yo a ti

Querida y estimada Elvira:

Me presento, mi nombre es Inma, desde hace años soy una lectora tuya y una gran admiradora de todo lo que haces: es por eso que quería escribirte esta carta en agradecimiento a todo lo que significas para mí.

Quisiera empezar diciendo que contigo pude descubrir que la poesía también tenía nombre de mujer, que no teníamos que ser sólo musas (aunque también las podíamos tener) y que cuando lo necesitara iba a poder estar armada de tus versos y de los que poco después yo empezaría a escribir.

Al igual que tú, soy un poco tímida y en ocasiones escribir las palabras era la única forma que tenía para sacarlas de mí. A veces me pasaba (más veces de las que pudiera admitir) que no las encontraba y era porque ya las habías escrito tú.

Leerte era y es, poner rima a esos ruidos del interior que no tienen nombre, abrazar a mis mayores cuando no los podía ver, ser libre, desnudarme de los demás, soltarme el pelo y que no importara, creer en el amor, en el amor sin miedo, vivirlo sin que duela, gritarlo, llorarlo, creer que algún día aquella orilla sería mía, decirle adiós al frío pero sin despedirme de mí.

Me enseñaste que el amor no es solo idilio o corazones rotos no correspondidos, sino que también es acompañarse, vivirse en el otro, cumplir los sueños de su mano, besar lento e incluso a veces irse, elegirse.

Aprendí que las emociones también pueden salir de nosotras y que no hay que arrepentirse jamás de sentir.

Elvira, tu poesía es un lugar seguro al que ir, fue un sitio donde empezar a quererme, donde empecé a creer que podía y donde nunca estoy sola, son recuerdos, son momentos donde poder ser.

Ojalá nunca dejes de vivir con tu sensibilidad, con la sencillez, con la palabra justa, tu bonita forma de ver el mundo y romperlo a viva voz cuando hay que cambiarlo.

Con el tiempo he podido darme cuenta de que la admiración no es solo a tus letras, sino que también lo es a ti, eres modelo e inspiración constante.

Gracias por ser como eres, y conseguirlo, y sobre todo por compartirte y darnos esa parte de ti en tus textos. Nos has abierto el camino a muchas poetas que venimos después y en ti hemos podido encontrar el reflejo en el que quizás algún día nos podamos mirar.

No quiero despedirme, pero tengo que terminar esta carta, gracias infinitas. Ojalá mi carta te llegue y con ella el pedacito de mí que se han llevado estas palabras.

Un abrazo,

Inmaculada Martín Lobato.

Te vas, Alfonsina

Te vas, Alfonsina

Alfonsina Storni

Playa la Perla, escollera del club argentino de mujeres.

Mar del Plata, Argentina.

23/02/2022

Querida Alfonsina,

Han llamado, han insistido, preguntan por ti. La alegría de tu hijo Alejandro necesita testigos; le hemos dicho que no estás, que has salido, que te fuiste a dormir, que no volverás. Tiene la convicción de que todo sucede por última vez; el club argentino de mujeres ha cerrado sus puertas, la última huella que dejaron tus pies fue también el último verso que se escribió en la fundación. Alejandro vive, Alejandro vivió esperándote, esperando a que despiertes.

¡Despierta! Te han compuesto una canción, “Alfonsina y el mar”. Mercedes Sosa desgarra en su voz los versos: “Por la blanda arena que lame el mar; su pequeña huella no vuelve más”. Te leemos Alfonsina, te leemos como tú leías a Horacio Quiroga. Aquella vez, desolada, escribiste “Morir como tú, Horacio, en tus cabales”. Morir como tú, Alfonsina, en tu casa de cristal, en tu abrazo de mar. Nos han llegado tus cartas y son las cartas más tristes de la literatura. Ahora sabemos que te has ido con Quiroga, con Leopoldo Lugones, con Juana de Ibarbourou y a nosotros nos has dejado esas tres cartas; ¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda es polvo por siempre y por siempre será!”

¿Recuerdas las calles de Buenos Aires? Esos arrabales últimos que clamaban con la desidia, el aroma fresco de la milonga en la voz de los gauchos, hoy han petrificado tu rostro junto a algunas parras de la capital, han nombrado en tu honor alguna de sus calles y allí duermes, eternamente. ¿Recuerdas los libros de los estantes? Tú dejaste tu esfuerzo y te empeñaste en preservarlos, eternamente, y sin pretenderlo has colocado tu nombre junto a los de tus admirados. Ahora te leemos y releemos eternamente.

Te están llamando, Alfonsina, son tu hijo y tu amado Quiroga, diles que ya despiertas, que es hora de volver, eternamente, como tus versos.

Anás Serrourkh Eddriouache.

VIVIR A TRAVÉS DE LAS PALABRAS

VIVIR A TRAVÉS DE LAS PALABRAS

No recuerdo cuando conocí a Ascanius, me refiero a la fecha, el lugar y la ocasión. En las últimas semanas he intentado recuperar algún recuerdo, pero sin éxito. Desde luego han pasado muchos, muchísimos años. A decir verdad, me impresiona pensar que ha transcurrido casi medio siglo desde que encontré su diario, y con ello, su poesía de despedida.

Recuerdo perfectamente aquella tarde de septiembre, unos pocos días después de la destrucción de Pompeya. En cuanto supe de lo sucedido, me uní a la expedición de rescate de los supervivientes, organizada por los sabios de Neapolis. Cuando llegué al taller donde trabajaba Ascanius durante los veranos, quedaban solo recipientes de cerámica que contenían ungüentos. A pesar del duelo y la tristeza por la pérdida de mi amigo, me sorprendí mucho al ver que una de aquellas vasijas contenía su diario. Se trataba de un volumen que no podía pasar desapercibido, no solo por las dimensiones, pues pesaba bastante, sino también por la tapa de color ocre, probablemente obtenida de la piel de un jabalí. 

En aquel momento, me entraron muchas ganas de leerlo, tenía la certeza de que en aquellas páginas se hallaba algo muy importante. Incapaz de contener la curiosidad, decidí leer en voz alta los pensamientos de Ascanius con el propósito de honrar su memoria. Al principio me sentía emocionada, pero también un poco desorientada. Poco a poco empecé a experimentar una especie de unión personal con el libro, doblando los márgenes de las páginas que más me gustaban. Entre las varias entradas me llamó la atención una en particular, fechada el 24 de agosto, el día que cambió la historia de miles de personas para siempre. Me sumergí completamente en la lectura, olvidándome gradualmente del entorno que me rodeaba, sintiendo una conexión emotiva con mi amigo y los eventos que contaba. Años después de este descubrimiento de su diario, sigo leyendo en voz alta su historia, para que su recuerdo perdure en la eternidad y me gustaría compartirlo hoy con ustedes:

24 de agosto del año 79 d.C. Pompeya, en proximidad del Vesubio. Dies clarus et Mane (por la mañana).

Debo admitir que en los anteriores dias no ha ocurrido ningún evento celeste que merezca mención en mis manuscritos. De hecho, tampoco ha habido mucho trabajo en el taller del maestro. He oído algunos clientes decir que los prados más allá de la ciudad han empezado a temblar. Los vecinos de Herculano, más cautos, han provisto de comida sus barcos. Un poco antes de mediodía el maestro, el erudito Plinio el Viejo, me ha dejado solo en el taller. Su sed por el conocimiento lo llevó al norte de la bahía, quería comprobar con sus propios ojos las voces de los transeúntes.

Meridies (mediodía).

Una lluvia repentina ofuscó de improviso el siniestro brillo del aire. Con estupor noté que no se trataba de gotas de agua, sino de pequeñas piedras de material poroso. Los techos de las casas parecían ofrecerse de manera espontánea como sacrificio a la extraña lluvia, mientras las ramas de los árboles se doblaban bajo el peso de aquellas piedrecitas caídas del cielo.

El sol perdió su aspecto de fuego, cediendo el paso a la oscuridad. ¿Qué pasaría si dejara que mis ojos se cerrasen? Las palabras de mi madre llenas de gloria siempre me sonaron vacías, sobre todo cuando ahora busco la salvación en esos cielos. Me tumbo en el polvo, pues no quiero engañarme a mí mismo con mentiras que pronto serán borradas por las llamas. Con mi último aliento escribo estos versos, mientras oigo el llanto incesante de la ciudad.

Nubes oscuras aplastan las colinas

Mis pulmones se llenan de cenizas ardientes

No existe distracción que pueda ocultar la realidad

Las paredes de nuestra querida ciudad se tumban

Perdóname por mis pecados, libera mi alma del presente

La tierra se burla de nuestras alas de carne y hueso

Estrecho la mano con las tinieblas de mis pensamientos

Entonces imagínate que tú y yo vivimos felizmente para siempre

Estas son las últimas palabras de mi amigo. Al menos él consiguió despedirse con ellas, quizás consciente de que su lectura permitiría conectar con su historia a todos aquellos que las escucharan. Ese es uno de los poderes de la escritura y de la lectura, hacer visibles a los que ya no están con nosotros. Espero que hayan disfrutado de su lectura, tanto como yo disfruté al encontrar ese viejo diario. 

Eleonora Perín.

IMÁGENES SUSURRANTES

IMÁGENES SUSURRANTES

Esto empieza con que cada vez que menciono que yo leo manga, cada dos por tres tengo que escuchar el comentario: “eso no es un libro” o “eso no es lectura”, y yo pienso completamente lo contrario. Me parece impresionante el trabajo que hay detrás de los mangas y la historia.

Como la mayoría de los cómics, los cómics (que pueden traducirse como "imágenes susurrantes") se originaron a partir del arte secuencial, que es una narrativa compuesta de imágenes presentadas en secuencia. Obviamente, el término "manga" fue utilizado por primera vez por el famoso artista del grabado en madera (Ukiyo-e) Katsushika Hokusai (1760-1849) en el siglo XVIII.

El manga es una parte importante de la industria editorial japonesa y representa más del 25% de todos los materiales impresos en Japón. Ofrece algo para todos los públicos, que se puede comprar en una variedad de tiendas minoristas y en línea. Los cómics más populares tienen una fuerte influencia. Muchas obras se convierten en libros, programas de televisión, dibujos animados, personajes de colección y videojuegos. De hecho, todos los aspectos de la producción de la cultura pop japonesa se originaron en la Zona Industrial Manga, que se ha convertido en la columna vertebral de la economía y la cultura de Japón.

El asombroso estilo artístico y temático de los cómics trasciende las barreras culturales y deja una marca importante y duradera en el público de todo el mundo. Como puerta de entrada a la cultura japonesa, ha atraído a una base de seguidores mundiales y ha despertado el interés global por la cultura japonesa. Sigue siendo una de las exportaciones más rentables económica y socialmente de Japón y ha ayudado a Japón a convertirse en uno de los mayores exportadores de productos culturales del planeta.

Los cómics siguen gozando de un gran atractivo a nivel mundial, pero la industria se ve gravemente afectada por el flagelo de la piratería. El manga es el tema central de los medios japoneses, proporcionando contenido fresco e innovador en casi todos los aspectos del mismo. Si el manga está amenazado, también lo están casi todos los demás medios japoneses.

Yo últimamente estoy leyendo manga en una aplicación llamada “webtoon”. Lo que me gusta de esta aplicación es que los que hacen los mangas son jóvenes artistas poco conocidos y en esa aplicación solo puedes leer mangas de ese tipo de escritores y es impresionante el talento que tienen de dibujo y de crear historias.

Para finalizar esta mini presentación quería recomendar la app que he mencionado antes, primero porque es gratuita y segundo porque el manga también ayuda muchísimo a la fomentar la creatividad y la imaginación y animar en tu mente los personajes presentados en las viñetas.

Yulia Kurkina Guetalo.

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

LA MÁQUINA DEL TIEMPO

Es precioso como un libro puede transportarte. Es cierto que yo no era muy fan de leer, lo hacía obligada, pero ahora lo pienso fríamente y doy gracias. Descubrí que en las páginas de esos libros que antes se me hacían eternas y tediosas he encontrado la inalcanzable máquina del tiempo. Con ella puedo viajar a otras épocas: hoy lucho con dragones, ayer descubrí América y mañana resolveré el caso policial más difícil del mundo.

Es precioso como un día de lluvia, en los que dejas de escuchar el mundo, puedes poner en un segundo plano el ajetreo de las calles. Solo escuchas las gotas impactar contra el frío asfalto, sales al balcón y solo escuchas, respiras el aire impregnado de ese olor tan característico de tierra mojada. Y, justo ahí, entra en juego nuestra máquina del tiempo. Se para el mundo y solo estamos las grises nubes, un café, un cigarro, mi libro favorito y yo. Me quedo mirando el humo fusionarse con la cortina de lluvia que cae frente a mí. Y abro las ya desgastadas páginas, solo hay un billete de ida. Mañana estaré somnolienta y las ojeras me acompañarán, pero valdrá la pena solo por poder salvar ese barco lleno de pasajeros que cruzan el Mississippi en busca del arca perdida.

Es precioso como una persona sacrifica lo más profundo que hay en él para plasmarlo en un libro. Deberemos agradecer a todos los que deciden cedernos un trozo de su alma y de su arte convertido en palabras. Siento que cada vez que leo un libro se queda un trozo del autor o de la autora inmerso en mí.

Ángela Cabrera Vaquero.

¿QUÉ ES PARA MI LA LECTURA?

¿QUÉ ES PARA MI LA LECTURA?

¿Qué es para mí la lectura? Muy pocas veces me he puesto a reflexionar sobre este tema. Simplemente me limito a leer y disfrutar. Hoy vengo a compartir con ustedes una historia que he tenido el gusto de descubrir.

Os voy a hablar de ella. Vista desde fuera, una chica alegre, explosiva, llena de energías, extrovertida y simpática. No tiene pinta de tener problemas de relacionarse, ni tampoco problemas personales. No obstante, según te vas fijando en ella, no hace falta mucho esfuerzo para descubrir que es una coraza lo que muestra. Suele estar riéndose e intentando sacar una sonrisa a las personas que tiene a su alrededor, no suele desentonar con nadie y siempre quiere que los que se encuentran con ella se sientan bien en el instante de su tiempo que tiene el gusto de disfrutar con ellos. Sin embargo, no suele hablar de ella, ni de lo que siente, ni de los problemas que tiene. Se nutre de problema ajenos que intenta resolver para, de este modo, poder evadirse de lo que tiene en casa, evadirse de su mente. Pero ¿qué es de lo que trata de evadirse?

Desde que le cogió el gusto a la lectura se suele envolver en sus libros de novelas románticas y de aventuras. Es una chica pasional, le encanta el amor, sin embargo, en su vida tiene muchas carencias del mismo, supongo que por eso solo le gustan las novelas románticas. Fantasea con ese amor que nos muestran en las historias novelescas, que la mayoría de las veces es irreal y ella lo sabe, pero le da igual. Le encanta leer cursiladas e imaginar que es ella la que lo vive, creerse la protagonista de la historia y querer vivirlo. Imagino que también con esas historias tan idílicas intenta evadirse de sus relaciones amorosas. Una chica con carencias afectivas que no busca ese amor en terceras personas, pero sí que genera una dependencia muy fuerte hacia quiénes son especiales para ella. No obstante, esta dependencia no es hacia personas tóxicas, la mayoría de las veces, pero eso no implica que no le limite. En cuanto a relaciones amorosas, no ha tenido muchas, creo que de lo poco que la he podido conocer, ha tenido dos, aproximadamente, pero les puedo asegurar que no se asemejan a las historias que ha leído en sus novelas. Muchas veces ha intentado creerse un personaje de sus cuentos, sentirse poderosa y poder romper con su desorden afectivo, pero sus demonios, a veces, son más fuertes.

También le encantan las novelas de aventuras, supongo que porque ella no ha vivido muchas, estudiante y siempre preparada para sacarse su curso de la mejor forma posible. En verano siempre que puede se escapa, pero nada que ver con los paisajes que describen en las historias que lee, para eso hace falta un nivel de renta mucho mayor al que ella tiene. Sin embargo, son fantásticos. Eso sí, tiene un brillo en sus ojos que me hace ver que puede conseguir todo lo que se proponga, seguramente que cuando acabe sus estudios y tenga un trabajo estable se recorrerá hasta donde pueda, como límite lo que el bolsillo le disponga y siempre recordando de donde viene, fiel a sus orígenes y a lo que ha trabajado para poder conseguir aquello de lo que creo que será capaz. A lo mejor en esos momentos es ella la que nos regala a nosotros su historia. Tengo la intuición de que también le gusta escribir, que lo hace para evadirse.

En cuanto a su familia, de ahí no os puedo contar mucho, tampoco creo que ella quiera que lo haga. Solo sé que al hablar de ella se le quiebra la voz, que ha habido momentos desagradables y que se ha sentido muy sola y no sabía cómo evadirse ni escapar de las discusiones. Al final, siempre lo conseguía poniéndose a leer la novela que estaba leyendo, evadiéndose en su historia y con un poco de música clásica. Imagino que por sus problemas familiares también disfruta compartiendo con familias ajenas o viendo la unión familiar en otras casas.

Entonces, volviendo a la pregunta del principio, ¿qué es para mi la lectura? Creo que es un método de evasión, de descubrimiento de nuevos mundos, historias y fronteras que posiblemente nunca podré descubrir, un viaje a un mundo que solo existe en mi mente y en las paginas del libro. Para mi la lectura es un método de distracción, una forma de viajar sin salir del salón de tu casa, de disfrute y de vivir la vida de otra manera.

Ágape.