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AEDO

ESTIMADO D. ANTONIO...

ESTIMADO D. ANTONIO...

Estimado D. Antonio:

Me ofrecieron, hace unos días, que le escribiera una carta para hacérsela llegar, pero entre unas cosas y otras, el tiempo ha pasado y, de pronto, me veo con la necesidad de que le tengo que escribir para contarle que nuestro amigo Fernando Ibáñez hace una semana que decidió emprender el último y el más largo viaje que puede hacer un ser humano.

¡Qué sencilla es la muerte, qué sencilla,

Pero qué injustamente arrebatada;

No sabe andar despacio y acuchilla

Cuando menos se espera su turbia cuchillada!

Quiero recordarle que, hace un año, Fernando le escribió una bonita carta en la que le hacía llegar su admiración por su gran obra. Había tenido la suerte de disfrutar viajando con su familia, hace mucho tiempo,  a través de escenarios sorianos en donde usted, don Antonio, supo recrear su pluma. ¡Cómo se notaba a nuestro amigo que estaba disfrutando al describir sus vivencias! Porque Fernando escribía muy bien y, además, últimamente con una pluma preciosa, regalo de su familia por Navidad. Según él, era con pluma como realmente se tenía que escribir. Nada de bolígrafos y menos aún de ordenadores.

Ahora, sus amigos nos encontramos con que Fernando se ha ido sin despedirse de nosotros; demasiado deprisa, sin ser el momento. Y como sé que usted le va a ver muy pronto, necesito que le diga que cada tarde seguimos encontrándonos con su presencia en clase, en los pasillos y las escaleras de la Facultad, en la cafetería, y que no nos importaría que se comiera de nuevo las galletas que nos ponen con el café con leche… ¡Ojalá que pudiera hacerlo!

Antes de despedirme le ruego que cuando le vea, le entregue este mensaje (y disculpe que no sea obra suya, don Antonio):

A las aladas almas de las rosas,

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas.

Compañero del alma, compañero.

 Atentamente,

Elisa Nuez Patiño.

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA

CARTA A ALBERTO VÁZQUEZ-FIGUEROA

Estimado Sr. Vázquez-Figueroa:

Soy una estudiante de segundo curso del Grado en Humanidades de la Universidad de Alcalá. Cuando hace unos días me dijeron que tenía que escribir una carta a un autor del cual hubiera leído algún libro, inmediatamente me vino a la memoria aquel título suyo que data de principios de los noventa y, que a pesar del tiempo transcurrido, no sé por qué, o sí, dejó una huella especial en mí. Recuerdo que la historia me conmovió profundamente, y que la fluidez de la narrativa me produjo cierta “envidia”. Es una cualidad que siempre he admirado.

Como quiera que esta carta se lleva a cabo dentro del contexto de la asignatura "Historia de la Lectura", me ha parecido oportuno rescatar un pasaje de la obra que se me antoja harto interesante, pues el haber aprendido a leer bien podría haber cambiado el destino del protagonista.

Tristemente, convendrá conmigo, o no, pues a pesar de estar escribiéndole no sé si está Usted todavía entre nosotros (esta indagación he preferido dejarla para después de terminar esta epístola), que por más que hayamos cambiado de siglo la dramática historia que contiene su Best Seller de finales del siglo XX sigue siendo hoy una realidad.

La obra a la que me refiero comienza así:

Si usted quiere que le cuente mi historia, señor, yo se la cuento. No entiendo de qué puede servirle a nadie una historia semejante, pero si ha venido desde tan lejos por conocerla, sus razones tendrá y no soy quién para negárselas.

Chico, como su progenitora lo llamaba, pues no le había puesto ni nombre, cuenta que su madre, puta, borracha, ladrona y probablemente drogadicta, cuya ocupación no era otra que la más antigua del mundo que las mujeres profesan, que no lo tenía para quererle, sino para hacerle partícipe de sus desgracias. Y en una de las ocasiones en las que su madre iba a “ocuparse” le pidió, como tantas otras, que saliera del minúsculo cuarto hediondo en el que habitaban. Chico lo hizo. Pero, en esa ocasión, para no volver.

Se trasladó al centro de la ciudad con un amigo, Ramiro, cuya amistad había nacido a fuerza de encontrarse vagabundeando por las calles del barrio mientras sus madres estaban “ocupadas”.  A partir de ese momento comienzan juntos un periplo hasta que Ramiro decide aprender a leer. No así Chico, que dice al respecto de la decisión de su amigo:

Ramiro quería aprender a leer. Para él las letras eran como una cosa mágica; una especie de hechizo o brujería que podría llevarle a mundos muy distintos, y siempre insistía en el detalle de que si ninguno de cuantos vivíamos en las alcantarillas sabíamos leer, mientras que la mayoría de los que estaban fuera sí sabían, estaba claro que conocer las letras tenía que servir de mucho. Yo le respondía que si me tocaban veinte mil pesos a la lotería poco necesitaba saber leer para vivir fuera de allí [...]. 

El saber leer, ese acto tan habitual para muchos, y del que otros están privados solo por el hecho de haber nacido en un lugar donde da la impresión de que los dioses se confabulan y permiten tropelías, no fue algo que interesara a Chico, un niño que vino al mundo en un ámbito en el que ni su madre, por no tener, tenía ni cariño para darle. El haber tomado la decisión de aprender a leer bien podría haber cambiado el rumbo de su vida. Pues él mismo, en un acto quizá de arrepentimiento, acabaría diciendo... 

A veces me pregunto qué hubiera sido de mi vida si hubiera seguido el ejemplo de Ramiro.

Y yo me pregunto, mejor dicho, le pregunto: ¿con qué talante una persona, en este caso Usted, se sienta frente a otra, el protagonista, y recibe ese chorro de drama y miseria, no solo, que ya es bastante, de la vida del protagonista, sino también del “terrible drama de miseria y desarraigo” de los niños abandonados que se ven abocados a buscarse el sustento en la calle cada día desde muy temprana edad?

Sr. Vázquez-Figueroa, por inconcebible que nos parezca ese fenómeno social, del que dio buena cuenta su magnífico libro, y que entonces ya “reclamaba profundos cambios sociales”, hoy, en los albores del XXI, sigue siendo, lamentablemente, una realidad. Y no solo en las grandes ciudades de América Latina. Aún hay muchos Chicos en el mundo que no saben leer.

¡Por cierto! Hablaba de “Sicario”.

Afectuosamente,

Mª Carmen Rodríguez Andrés.

P. D. Ya sé que sigue Usted aquí y muy cerca de la ciudad cervantina. ¡Qué sea por mucho tiempo!

CARTA A D. BENITO PÉREZ GALDÓS

CARTA A D. BENITO PÉREZ GALDÓS

Querido D. Benito:

Disculpe si me dirijo a Vd. en un tono tan intimista, pero mi admiración por sus obras me hace quererlas y, como consecuencia, quererle a Vd. por escribirlas. Este pensamiento no es solamente mío, y como prueba de la gran admiración que sentimos todos los españoles en general, le adjunto una fotografía suya que el Banco de España decidió poner en los billetes de 1.000 pesetas que circulaban por España hace algunos años.

He tenido la ocasión y el placer de leer, así como de ver representadas en el teatro o trasladadas a la televisión, algunas de sus obras más representativas e interensates, como "Doña Perfecta" o "Electra" (se preguntará qué es eso de la televisión, así que sin entrar en detalles le diré que es un artilugio semejante a una caja que contiene gran cantidad de cables que permiten ver y oír cualquier cosa desde la propia casa, por muy lejos que se encuentre uno, pero este aspecto será objeto de explicación más profunda si continuamos con nuestra relación epistolar).

Y volviendo a lo que le quiero decir en esta carta, he observado en su literatura que de forma reiterada utiliza dos tipos de argumentaciones sobre las que se desenvuelven casi todos los personajes de sus novelas. Por un lado, y debido al gran conocimiento que posee de la sociedad de su tiempo, le permite centrarse de una forma casi constante en la figura del "cacique", un ser corrupto, dominante, manipulador, despiadado, me atrevería a decir también que inculto en algunas ocasiones, que lo domina todo y a todos.

Por otro lado, su opinión sobre el clero, es decir, la Iglesia y los miembros que la componen, a los cuales retrata como seres más interesados en acercarse a los grandes y poderosos que en socorrer y ayudar a los más necesitados, cuya miseria material e intelectual no parece molestarles demasiado, sujetos a unas prácticas más impuestas que sentidas, como mandaban las buenas costumbres en aquellos momentos.

Pues bien, para su conocimiento y tranquilidad (dicho esto en sentido metafórico, porque a Vd. conocimiento y tranquilidad le sobran), le diré que de estos dos aspectos mencionados, el primero sigue en auge cada día más y no porque no hayamos avanzado en el campo cultural y del saber, sino porque nuestra condición humana es inalterable a lo largo del tiempo y no se deja influir por cuestiones de tipo moral o social por muy ilustrado que se pueda ser. Respecto al segundo, sí creo que hemos cambiado considerablemente, y aunque le parezca casi imposible, aquí y ahora en esta España nuestra se puede creer o no creer en Dios e incluso decirlo abiertamente, ser practicante o no, es más, yo diría que se ha convertido en un acto social en muchos casos. Eso sí, creo que la gran mayoría de personas que hoy se acercan a la Iglesia y a sus ritos lo hacen convencidos y sin presión ninguna. En esto hemos conseguido que cada uno piense y actúe según sus convencimientos religiosos, nos hemos liberado de costumbres más o menos arbitrarias del pasado y hemos superado la famosa frase del "que dirán".

En fin, con mi carta solo pretendía manifestarle la gran admiración que siento por Vd. y aprovechar para informarle de algunas novedades que se han producido en nuestra sociedad durante su larga ausencia. ¡Cómo hemos evolucionado en poco más de un siglo! Y ya que resulta del todo imposible poder felicitarle personalmente, allá donde esté deseo hacerle estas palabras.

Una ferviente lectora suya,

Asunción Cobo Gómez.

¡QUE VUELVAN LOS AEDOS!

Los aedos, como vimos el otro día en clase, eran artistas que recitaban y cantaban poemas y relatos en la antigua Grecia al compás de la música.

 

Yo pienso que la poesía cantada une mucho más y creo que algo parecido ocurrió en nuestra historia contemporánea con la llamada canción protesta (canciones que versionaban poemas de conocidos autores que se mostraron contrarios a la dictadura franquista).

La canción protesta no sólo consiguió unir a la gente en una sola voz, sino que también logró recuperar y difundir a los grandes poetas de nuestro tiempo, como Miguel Hernández o Antonio Machado, e inscribirlos en nuestra memoria colectiva. Cantautores como Joan Manoel Serrat o Paco Ibáñez fueron algunos de los que pusieron música a las palabras de estos y otros autores. Paco Ibáñez, por ejemplo, canta, con solo la ayuda de un instrumento musical, su guitarra (como los aedos con la lira), poemas de Rafael Alberti, recobrando su memoria y dando a conocer su obra al gran público.

 

Contando mi experiencia, yo nunca había leído a Miguel Hernández o a Alberti ni a muchos otros autores hasta que escuché las canciones de estos cantautores, y es que en la Grecia antigua no cometieron error alguno al unir poesía con música, ya que se recuerda mejor. Al oír la canción se incentiva la sensibilidad y se promueve la lectura y, lo más importante, se motiva la reflexión. Quizás no sea el método más “ético” de conocer los poemas de los más grandes de la Literatura, pero sí uno de los que más atraen.

Quizás así, si se cantara más, la crisis de la Historia de la Lectura terminaría, no ya solo cantando poemas de viejos y nuevos poetas, sino otras obras que nos hagan imaginar las historias que narran. No debemos olvidar que la lectura en alta voz hacía que todos escuchasen lo mismo, una ventaja que no comparte, por el contrario, la lectura en silencio.

Si en la actualidad se escucha mucho más música que se lee, en mi opinión, unir las dos cosas sería una muy buena alternativa. Aquí dejo unos links para que podáis escucharlos. Ya veréis al hacerlo cómo desgraciadamente todo ha cambiado muy poco...

 http://www.poesi.as/index1.htm

http://www.poesi.as/mh39nc.htm

http://www.poesi.as/bopalabr.htm

RECUERDOS RELATADOS

Después de recorrer todo Ponterville durante una larga tarde, estaba muy cansada. Subí a mi habitación y me puse el pijama. No entendía cómo las figuritas de madera de mi padre decoraban toda la casa, ni tampoco entendía esa sensación de que hubiera alguien más en ella. Decidí tumbarme en la cama e intentar dormir. Pero fue inútil, muchas preguntas galopaban por mi cabeza a paso firme pidiendo respuestas sin saber que éstas, a su vez, formulaban más y más preguntas.

De pronto, algo rebotó en el cristal de la ventana despertándome de todas mis dudas. Me levanté y anduve hacia el ventanal. No había nada. Abrí la ventana intentando descubrir qué había sido. Nada. Sentí el frío rozándome en la rostro, esa salada brisa marina acariciaba mi cara y me hacía sentir relajada. Observé el océano, enorme y profundo, bello pero a la vez oscuro, tan oscuro que era incapaz de sumergirme en él. En la orilla vi cómo una pareja jugueteaba con las pequeñas olas que llegaban hasta ella, reían y eran felices, parecían despreocupados, simplemente tenían que hacerse feliz el uno al otro. Nada más. Más allá, en la lejanía del mar, vislumbré un barco pequeño que se iluminaba una y otra vez por la potente luz de un faro.

Decidí cerrar la ventana para que no entrase el frío y cogí la linterna de mi maleta. Abrí la puerta y comencé a bajar las escaleras. Todo estaba a oscuras y se podían oír los ronquidos de algunos inquilinos. Un ruido similar al de la ventana se oyó en la planta baja. El miedo empezó a apoderarse de mí. Bajé el último escalón cuando la puerta de la cocina se cerró de golpe. Pensé en volver a mi habitación, pero pude ver la ventana del salón abierta y el baile de las cortinas moviéndose al mismo compás que el aire que entraba. Eso había sido la causa de que la puerta se cerrase. El ruido volvió a sonar detrás de mí, haciéndome sentir un calor en la nuca, como un suspiro. Me giré y vi la abierta la puerta de la habitación donde mi padre construía sus figuritas de madera. Estaba iluminada. El ruido volvió a sonar, procedía de allí. Paso a paso tembloroso intenté llegar hasta la sala. mis piernas se movían sin que mi cerebro enviase esa señal, sentía la necesidad de ir, como si una fuerza me llevara hasta allí. Llegué hasta la puerta, el ruido se intensificaba y mi respiración cada vez era más potente y rápida. Comencé a explorar la habitación, pero la luz se apagó. Moví la linterna de lado a lado viendo montones de cajas, pero la linterna también se apagó. Me quedé quieta, cerré los ojos muy fuerte sintiendo el temblor de todo mi cuerpo. El sonido cambió produciendo un lloriqueo. Chillé. Abrí los ojos y empecé a correr, pero me tropecé con una de las cajas y caí al suelo junto a ellas. Miré al frente y lo vi. Me miraba. De repente aquel ser se quedó inmóvil a la vez que la bombilla del techo alumbró la sala de nuevo.

Gemma Soldevilla Jiménez.

HISTORIAS DE PUTAS

Pero fue justamente anoche cuando iba con uno de mis vestidos de guarrilla salidilla cuando cometí un pequeñísimo error.

Es cierto que iba vestida como una puta: vestido rojo que me cubría tan solo unos dedos bajo mis ingles, un escote de vértigo y unos tacones negros de quince centímetros. Pero sincera, juro que no estaba trabajando. Me había tomado la noche libre para dar un paseo y aclararme las ideas.

Me había ido de casa de mis padres porque no aguantaba más, pensando que trabajaría un tiempo como prostituta y en cuanto reuniera suficiente dinero me metería de cabeza a seguir con mis estudios de Medicina, pero entonces Fendi, Gucci y todos sus compis se cruzaron en mi camino. Los mensajes no paraban de llegar a mi perfil y era un dinero tan sumamente fácil y a menudo tan placentero, que me costaba muchísimo negarme y volver a coger bisturíes y demás. Pero de nuevo prometo que justamente ayer no estaba trabajando.

Paseé Gran Vía arriba, Gran Vía abajo, hasta que justamente me detuve en una bocacalle hacia la zona de Chueca para entrar en un bar a mear. Al no ser de noche, la mayoría de discotecas estaban cerradas y los bares abiertos pedían cinco euros por entrada, y aunque les aseguré que únicamente quería mear, me dijeron que si entraba en el baño vería suficientes cosas como para quejarme por cinco euros.

Si hubiera sido cualquier otro día habría entrado encantada pagando por mi consumición y observando hombres follando unos con otros, pero aquel día no tenía el chichi para tonterías y muchos menos tenía el chichi para mariquitas. Así que negué con la cabeza y me alejé un poco hasta que encontré un cómodo árbol en el que orinar. Cual perra, me puse de cuclillas, me alcé el vestido, me bajé las bragas hasta los tobillos y comencé a mear. Parecía que hubiera estado una semana sin ir al baño. Una vez me limpié con un pañuelo de papel que llevaba en el bolso me subí las bragas y me bajé el vestido. Me miré en un retrovisor y sonreí con mis preciosos dientes blancos. Perfecta. Fue entonces cuando un policía hijo de puta me dio dos golpes en el hombro:

-¿Sabe que acaba de orinar en la vía pública?- le miré extrañada. Un tío de no más de cuarenta, feo y con el pelo grasiento acababa de tocar mi vestido de mil doscientos euros. –Lo siento pero voy a tener que multarla.

-¿Por mear en la calle?- él asiente -¿Es en serio? ¿A caso está prohibido mear?

-Sí. Lo siento, señorita- me mira de arriba a abajo. -Pero mear en la vía pública está penado con hasta quinientos euros.

-¿Quinientos putos euros por echar un pis en un árbol?- él asiente, no sin antes volverme a mirar con entre desprecio y asco. -¿Y los perros? Ellos se cagan por todas partes. Y los niños, esos se pasan el día meando en las aceras...

-Los perros son perros y los niños niños- No me quedo satisfecha con la respuesta, pero me quedo menos satisfecha cuando me extiende la multa bajo la atenta mirada de algunos transeúntes y me dice -y las putas sois putas.

Puede que aún fueran los restos del copazo que me tomé como postre o puede simplemente que fuera mi orgullo de mujer, pero un tío feo con el pelo grasiento no iba a llamarme puta, y mucho menos en mi día libre. La ira se apoderó de mí, así que le abofeteé la cara. Teniendo en cuenta que era más alta que él no tuve problemas. Fue como golpearle a un viejo verde del metro que te mete mano bajo la falda. Él comenzó a gritar "alteración del orden público" y otros dos compañeros llegaron corriendo. Preguntaron por lo que pasaba y entonces la gente comenzó a acercarse a nosotros. Parecía un Gran Hermano en directo en las calles de Madrid.

Yo intenté controlarme mientras contaba la historia de cómo había tenido que mear en un árbol porque no me parecía justo pagar cinco euros por un pis de nada, y que el policía de pelo grasiento, omitiendo lo de su pelo claro, me había llamado puta.

-Porque lo es. Mire cómo va vestida. Además, la puta me ha pegado una ostia.

Me lancé sobre él. Aunque intenté clavarle uno de mis tacones en el ojo, los dos policías me sujetaron los brazos, así que únicamente conseguí derribar al horripilante policía de pelo grasiento mientras gritaba de nuevo "alteración del orden público".

-Joputa, abrón- intentaba llamarle hijo de puta y cabrón, pero entre la ira, los nervios y que dos policías tiraban de mí, no logré acertar con todas las letras.

La gente empezó a aplaudirme cuando yo, cual luchadora o cazadora de vampiros, intentaba darle patadas. Los muy idiotas me sujetaban la cintura y los brazos, pero tenía mis preciosas y largas, y por supuesto depiladas, piernas para dar patadas al pelo grasiento. Conseguí el propósito de clavarle un tacón en el estómago. Aunque no vi sangre, me sentí fuerte y feminista. Los dos policías intentaban meterme en el coche policial mientras que la gente me aplaudía a mí y les abucheaba a ellos. Hinqué mis tacones en la parte superior del coche evitando que pudieran meterme. Había visto demasiados desalojos últimamente en la televisión y sabía las mejores formas de alargar esa agonía, así que por mucho que empujaran mis tacones de quince centímetros no les dejé maniobrarme cual pieza de lego. Pero a los treinta segundos uno me enganchó de una de las piernas y consiguieron meterme dentro. No quería tampoco arriesgarme a romperme unos zapatos de quinientos euros.

Antes de que cerraran la puerta la gente gritaba que estaban de mi parte y que irían a la comisaría. Yo realmente no sabía si decían la verdad, si cuando llegara allí y estuviera metida en un calabozo, llegarían todos a una como los de "Fuenteovejuna" y contarían lo sucedido. De cualquier modo, el hijo de puta del policía me sonrió y me hizo un gesto obsceno con la lengua. Uno de los dos policías que me había metido al coche lo vio, pero no le dijo nada, únicamente negó con la cabeza y cuando se disponía a cerrar la puerta del coche no pude evitar gritarle con todas mis fuerzas:

-¡Hijoputa! Lávate ese puto pelo grasiento.

Él se quedó bizco por unos segundos mientras yo sonreía a mi nuevo club de fans y les saludaba con la cabeza, puesto que llevaba las esposas puestas tras la espalda. Intenté mirarme en el retrovisor delantero acercándome a los asientos de los policías para comprobar el estado de mis mejillas y ojos. El negro de los párpados no se había corrido y el pintalabios se encontraba impecable. Uno de los dos policías sostenía mi bolso, y recé para que no lo abriera, únicamente encontraría condones, y seguro que eso no diría mucho a mi favor. Reconoceré que uno de los polis era guapo, bastante guapo. Pero eso no importaba.

Me habían, al parecer, detenido. Iba esposada a la espalda, y aunque eso ocurriera más a menudo de lo que me gustaría, no pensaba acabar en un juicio por haber pegado a un policía que me había llamado puta y mucho menos pagar quinientos euros por mear en la calle. Seguro de que el pis era bueno para el árbol o, como mínimo, para los pájaros que tuvieran sed. Visto de cierta manera estaba haciéndole un favor al planeta entero.

Acabé sentada dentro de un calabazo, no sin antes captar la mayoría de miradas de la comisaría. No agaché la cabeza ni un segundo. No tenía nada de lo que avergonzarme. Había tenido un comportamiento justo y feminista. Nadie me empujó porque andaba con pasado decidido e ignoraba los silbidos de los detenidos. Aunque les sonreí cuanto pude. Me confiscaron el bolso y me metieron junto a una travesti. Mi primer impulso fue pedir un cambio  de celda, no porque no me gustasen las travestis ni mucho menos, sino porque Pamela, aunque más tarde me enteré de que se trataba de Pascual, llevaba un tatuaje de Cristo ardiendo en llamas en su hombro derecho. No es que yo fuera una fiel creyente y me lanzase de rodillas a rezar a diario (he dicho rezar), pero si me dio respeto y algo de miedo. Supe que no me cambiarían de celda, y que no habría ninguna celda cómoda, con ducha y espejos para revisar mi maquillaje, así que me conformé con hablar con Pamela.

La habían detenido por practicarle una mamada a un tío en plena calle Fuencarral. Calle en la que a menudo compro ropa. Pero nunca había visto felaciones en plena tarde. Lo que una se pierde por unos cuantos trapitos de firma. Era la segunda vez que le encerraban por lo mismo, pero no le habían denunciado ni multado por ello.
Yo pregunté por el hombre en cuestión y me arrepentí nada más hacerlo, puesto que esa preguntilla de nada a Pamela no le sentó nada bien y corrió a golpear a los barrotes de la celda con sus tacones de veinte centímetros o más. No me extraña que pareciera una giganta. Tenía una espalda el triple de ancha que la mía y me sacaba dos cabezas al menos. Vista de frente, yo tampoco me atrevería a multarla.

Pamela estaba furiosa porque al tío al que se la chupaba le habían dejado irse sin más, y estaba segura de que a ella le habían detenido por ser travesti, pues si hubiera sido una guapa española con pechos y vagina de nacimiento no habría tenido ningún problema. Intenté calmarla, pero yo misma me sentí furiosa. Aunque claro, fui incapaz de atizar a los barrotes con mis preciosos zapatos. Una conocía los límites.

Carlos Yebra Castillo.

TRIBULACIONES DE UN CHINO EN CHINA

TRIBULACIONES DE UN CHINO EN CHINA

Estimado Sr. Verne:

Se dice que los tipos de lectura van por épocas a lo largo de la vida de un lector. Los gustos cambian según van pasando los años y ese detalle se puede apreciar en los libros que se encuentran en las bibliotecas de nuestros propios hogares.

Hace algunos días, buscando un libro de consulta me encontré con su maravillosa obra Las tribulaciones de un chino en China y me vinieron a la memoria todos los títulos nacidos de su pluma que he leído a lo largo de mi incansable vida de lectora.

El ejemplar que tengo en mis manos es de una edición de 1961 que hizo la Editorial Mateu de Barcelona, de la que no he encontrado referencias actuales y, tiene las hojas amarillentas, pero se mantiene muy bien encuadernado. Sí, ya sé que estará ahora mismo y, ante mis datos, echando cuentas sobre edades, pero también le tengo que decir que desde muy pequeña empecé a leer. Recuerdo, porque lo recuerdo muy bien, que mi primera sensación de que entendía algo, de que las letras que estaba juntando tenían un significado en mi mente, fue intentando leer un tebeo de hadas. De pronto ya no miraba solamente las imágenes, como era lo habitual, sino que estaba descubriendo que una roca de la playa, en donde estaba la princesa, era portadora de una inmensa cantidad de piedras preciosas.

Pero volvamos a nuestro tema. Las tribulaciones de un chino en China no parece ser hijo suyo. Lo que quiero decir, es que los lectores de sus obras estamos acostumbrados a que sean muy científicas y serias. Ésta es totalmente opuesta a todas las que he leído de usted, pues es divertidísima (no pretendo decir que las otras obras no lo sean) y sin olvidar su Ciencia, personaliza al protagonista con sus famosos toques del futuro (los lectores asisten a una graciosa explicación sobre la cobertura de una póliza de riesgo, tal y como se haría en este momento). Otro punto en que difiere mucho este relato del resto de su obra está en que hay un tema de amor entre sus protagonistas, Kin-Fo y la señorita Le-u. Unos guardaespaldas norteamericanos, Craig y Fry y un argumento con tanta aventura que el lector lo pasa genial hasta finalizar la lectura. ¡Y no aparece el capitán Nemo! Cosa curiosa porque es un personaje al que usted le somete a continuos, podríamos decir, cameos en muchas de sus obras.

Sr. Verne, aprovecho esta carta para agradecerle los buenos momentos que nos ha hecho pasar a todas las generaciones pasadas y presentes de sus lectores,  que seguiremos disfrutando siempre al leerle de nuevo, porque es usted un escritor magnífico.

Reciba mis más cordiales saludos,

Elisa Nuez Patiño.

COMO AGUA PARA CHOCOLATE

COMO AGUA PARA CHOCOLATE

INGREDIENTES:

1 lata de sardinas

½ chorizo

1 cebolla

Orégano

1 lata de chiles serranos

10 teleras

Manera de hacerse: la cebolla tiene que estar firmemente picada. Les sugerimos ponerse un pequeño trozo de cebolla en la mollera con el fin de evitar el molesto lagrimeo que se produce cuando uno la está cortando…

 

Estimada Sra. Esquivel:

Efectivamente, le escribo esta carta para hablar sobre su bella obra Como agua para chocolate, la cual me ha dejado una huella muy profunda desde que la leí hace algunos años durante un curso de literatura en la ciudad española donde vivo, Alcalá de Henares. No se hace idea del número de veces que la nombro, pues al igual que su protagonista, Tita, soy buena amante de la cocina y siempre que preparo alguna reunión familiar o de amigos me da por pensar lo que ocurriría si también influyeran mis sentimientos y estado de ánimo en las comidas que hago, porque por muy joviales que nos podamos sentir, ¿quién no ha pasado un mal momento que le haya coincidido con el deber de tener que cocinar? Espero no llegar a pasar por el trance de la protagonista de su libro, más que nada, por el bien de los invitados...

Su historia en Como agua para chocolate es impresionante. En toda ella se encuentra un cúmulo de sentimientos que hace que el lector tome partido rápidamente por la figura más débil de su historia. A Tita, como a tantas otras muchas mujeres aún en la actualidad, se le niegan derechos fundamentales, sobre todo, el de la felicidad. Ha nacido para, como mujer que es, cuidar a su madre hasta el fin de sus días pasando a su hermana el derecho a casarse, a tener hijos y a llevar una vida a la que no logra sacar ningún rendimiento bueno. ¿Podríamos ver en su protagonista algo así como una Cenicienta del siglo XX? Tita no tiene madrastra, pero sí que tiene una madre que dispone de su vida en exclusividad.

Deseo comentarle que cuando leí su obra me llamó poderosamente la atención la forma en que combina el contarnos un drama con muchas recetas de cocina que parecen exquisitas, además de muchos remedios caseros para toda una serie de circunstancias que se le puedan a uno presentar.

Aunque un poco tarde, le doy mi más enhorabuena por haber tenido tanta valentía como para plasmar en su obra una triste realidad en la que aún viven muchas mujeres en estos comienzos del siglo XXI.

Con todo mi afecto,

Elisa Nuez Patiño.

CARTA PARA LA SRA. HANFF

CARTA PARA LA SRA. HANFF

Mi muy estimada Sra. Hanff:

Estos días me han propuesto que escriba una carta a un escritor o escritora que admire y con ello he encontrado la oportunidad de poder dirigirle a usted estas letras que llevaba tiempo queriendo enviarle, pero que, por diversas circunstancias, hasta ahora no las he podido redactar.

En primer lugar, deseo presentarme. Soy una mujer de edad madura y gran consumidora de lectura. No puedo pasar ante una librería sin pararme en los escaparates para ver qué nuevos títulos han salido, así que cuando voy a los grandes almacenes trato de pasar disimuladamente por el departamento de libros, que casualmente suelen estar puestos en la misma entrada del establecimiento, lo que me hace tener que torcer la cara para otro lado aunque mi cuerpo vaya en dirección recta.

Por casualidad cayó en mis manos su obra 84, Charing Cross Road. Permítame que le dé detalles del cuándo y del cómo de que esto pasara. Tengo una librería a la que habitualmente acudo para adquirir mis libros y hablando con su propietario, Javier, a quien pido mis libros a través del correo electrónico, no sé cómo sucedió, pero buscó y sacó una pequeña novela, con una portada muy atractiva y nos pusimos a hablar sobre ella. Yo no la conocía, pero el entusiasmo con que me detalló el argumento me animó a llevármela a casa, comenzando a leerla esa misma noche.

Qué gran sorpresa me fui llevando según avanzaba en la lectura. Qué gran trabajo consiguió hacer usted solo con el intercambio de las cartas que a través de 20 años llevaron a cabo sus protagonistas: el señor Fank Doel, trabajador responsable y meticuloso de la librería Marks & Co. de Londres, y la señorita Helene Hanff, norteamericana, amante de la lectura de ediciones especiales que no duda en escribir a otro continente para adquirir las obras que le interesan aunque sea en la etapa de la posguerra, con todas las dificultades que ello podía conllevar en las comunicaciones.

La relación entre ambos personajes que usted describe en su obra es admirable, pues a pesar de la larga correspondencia que llegaron a mantener nunca se conocieron. Pero lo que más me enterneció al leer 84, Charing Cross Road, fue su forma de reflejar una etapa durísima, en donde Europa estaba destruida por las bombas, un Londres con largas colas para hacerse con los alimentos necesarios para sobrevivir. Y de pronto, gracias a los libros, un grupo de buenas personas se ven beneficiadas por la llegada, en fechas muy importantes, desde Estados Unidos, de hermosas latas de jamón cocido, huevos para hacer sus bizcochos e incluso auténticos lujos como las medias de “cristal” que conseguían elevar por unos instantes la dignidad personal de muchos de sus protagonistas. 

Quisiera parafrasear sus propias palabras: “Yo viví aquello…” . Por mi edad tuve la suerte de no vivir un desastre como es la guerra, aunque los datos me llegaran por boca de mis propios padres. “Yo estuve allí…”. Visité Londres en varias ocasiones, pero la ciudad que encontré no tenía nada que ver con la descrita en su obra, aunque aún se encuentren comercios con el mismo aspecto antiguo que bien pudieran pasar por Marks & Co., Libreros. “Yo me emocioné…”. Totalmente, porque por primera vez en mis muchísimos años de lectora he terminado llorando de emoción al concluir su obra. Y la volveré a leer y estoy segura de que volveré a llorar ante tantos sentimientos como se desprenden en sus párrafos.

Reciba los más cordiales saludos de su mayor admiradora,

 Elisa Nuez Patiño.

HISTORIA DE UNA HISTORIA

HISTORIA DE UNA HISTORIA

Noté que unas manos temblorosas me agarraban y cogían para echarme un ojo. Sentí la fría sensación de presión sobre mí que, aunque no es muy coherente, adoraba. Tuve esa agradable sensación de que aquellas manos volcaban sobre mí toda su tristeza, desesperación y desahogo, como siempre habían hecho.

Tuve la curiosidad y, sin poder hablar, le pregunte qué le estaba pasando, pues hacía falta mediar palabras entre ella y yo para que empezase a desahogarse. Petra me abrazó contra su pecho mientras algunas lágrimas caían por sus mejillas sonrosadas de haber estado llorando antes. Me dio mucha pena verle pasarlo tan mal y le invité a que me contara lo que le había pasado.

Ella, poco a poco, me fue contando su día. Un chico de su clase, que le gustaba, se había acercado a ella y a su mejor amiga, Lorena. Petra se quedó muy quieta, pues tenía miedo de que se esfumara como la brisa en primavera y apenas respiró. Sin embargo, Lorena no se quedó callada y habló con él.

Petra se preocupó porque no le salían las palabras y, en cierto modo, intentó articular alguna, pero los nervios le habían secado la boca y la garganta. Además, allí, frente al chico, empezó a tener mucho calor y se dio cuenta de que sus mejillas se ponían coloradas. Ella intentó que su amiga dejara de hablar con él, pero lejos de conseguirlo presenció cómo Lorena, conocedora de su mayor secreto, se iba con aquel dulce y alegre muchacho, desapareciendo en la lejanía y dejándola a ella sola, triste y con la sensación de tener un hoyo en el pecho en el lugar donde debería estar su corazón.

En ese momento me confesó que yo era su mejor amigo, su mayor confidente, su mayor secreto, y que el día que yo me acabara, no encontraría otro diario mejor.

Carmen García Terriza.

¿QUÉ MEJOR QUE UN BUEN LIBRO?

¿QUÉ MEJOR QUE UN BUEN LIBRO?

Ahora que estamos iniciando un nuevo cuatrimestre corto, pero estoy convencido que muy intenso, recomiendo una receta que a mí me da siempre buenos resultados. Cuando las fuerzas se resientan, hacer un paréntesis, coger un buen libro y empezar a leer. Veréis cómo se cargan de nuevo las pilas. Voy a compartir con vosotros algunas de mis lecturas a través de este blog. Y me gustaría que también vosotros me propongáis algo tentador que leer. Estoy abierto a cualquier género, autor, época... Tan solo pongo una condición: que sea un buen libro.

¿Qué os parece para empezar una novela corta de la autora norteamericana Edith Wharton titulada El día del entierro, publicada por la editorial Rey Lear en su colección “Breviarios de Rey Lear”?  Durante algo menos de una hora disfrutaréis de esta auténtica joya. La autora, nacida en Nueva York en el año 1862, fue una de las escritoras americanas más populares de principios del siglo XX. En el año 1921 ganó el Premio Pulitzer por su obra La edad de la inocencia, que quizás conozcáis por la versión cinematográfica dirigida por Martín Scorsese en el año 1993 y que protagonizó  la actriz Michelle Pfeiffer. Su extensa obra literaria incluye numerosos relatos y novelas cortas como la que os recomiendo. Edith, mujer especialmente moderna para el tiempo que le tocó vivir, de carácter fuerte, feminista y de vocación solidaria, tuvo una vida bastante interesante que merece la pena conocer (pero, esta tarea os la dejo ya a vosotros).

El día del entierro trascurre durante el día en el que entierran a la esposa del protagonista. Ambrose siente remordimientos por la muerte de su esposa, pero en lugar de asumir su responsabilidad culpa de ella a su amante y decide dejarla, aunque en el momento del encuentro con ella, la historia tomará una dirección distinta que no voy a desvelar aquí. Edith Wharton nos introduce con maestría en la mente del prototipo de hombre americano, infiel, machista y patriarcal que conoció muy de cerca en la persona de su marido.

Creedme. Merece la pena deleitarse con esta breve novela. Pero, si yo no os he convencido escribiendo estas líneas, seguro que sí lo hará su comienzo: Su esposa había dicho: “Si no la dejas, me tiro por el balcón”. Él no la dejó y su esposa se tiró por el balcón.

Bartolomé González Jiménez.

EL TÍO STEVE Y YO (PARTE 1)

EL TÍO STEVE Y YO (PARTE 1)

Mi relación con Stephen King nació de una cita horrible allá en mayo de 2013. Yo me encontraba sentado frente a alguien, digamos Mr. Bored, cuando el mayor interés que sentía por la cita eran las burbujas que hacía la coca-cola al caer de la botella al vaso, cuando él en un alarde de imaginación mientras me hablaba de su aburridísima vida soltó que había sido aconsejado a leer "La Cúpula" de Stephen King. Por alguna extraña razón captó mi atención lo suficiente como para dejar a un lado las burbujas y centrarme en lo que decía. Al parecer, a varios amigos suyos les había enganchado totalmente el libro y hablaban maravillas sobre él. Yo únicamente pude decir que había visto las típicas películas basadas en sus libros ("El Resplandor", "Misery" y la mini serie de "IT").

Una vez que conseguí librarme, al terminar la comida, me fui paseando hacia el centro en busca de una librería pensando en Stephen King y en esa supuesta maravilla de libro. Recordaba a mi padre en sus lecturas veraniegas con un libro de bolsillo del autor bajo la sombrilla en la playa, pero personalmente nunca me había fascinado. Para mí el terror únicamente existía en formato de DVD, con películas con las que pasar miedo y ver la sangre. Nada de imaginarme a un hombre escondido en el armario, sino ver el armario y la típica rubia universitaria abriéndolo, desnuda.

Pese a todo entré en la tienda de libros y busqué por las estanterías hasta que llegué a la sección de “Terror y Ciencia-Ficción”. Todos los libros tenían sus lomos de color negro, salvo unos cuantos en blanco, y fueron justamente esos los del tito Steve. Pese a que había grandes ediciones preciosas de distintos libros sobre la llamada "Torre Oscura", la misma "Cúpula" o la novela con el asesinato de Kennedy de fondo, el gastar treinta euros en una novela duele bastante, por lo que únicamente decidí fijarme en los tomos de bolsillo.

Sopesé el hecho del precio de la subida del IVA meses antes, buscando el equivalente de la típica calidad/precio de la comida con la cantidad/precio de los libros. ¿Gastarme ocho euros en un libro de doscientas o trescientas páginas? ¿Un libro que ni siquiera sé si me iba a gustar? Así que ahí me encontraba yo, con dos libros del tito Steve: en una manos el "Resplandor" con sus diez euros y sus correspondientes quinientas páginas frente a "IT", con sus once euros y sus más de mil páginas. La decisión fue fácil: más del doble de páginas por un euro más. Quizá también influyera en mí que existe un elevado porcentaje de la población que siente fobia a los payasos, quizá era el momento de odiarles yo también.

Me dio miedo, no la elección en sí, sino el hecho de comprar un libro de una temática que no había leído nunca, y que seguramente lo acabaría dejando tras unas cien páginas, pues si algo sé es que cuando un libro no engancha o no te hace disfrutar lo mejor es dejarlo cogiendo polvo sobre la estantería. Pero no. Tardé justamente tres días de un fin de semana para devorarlo de principio a fin. El domingo por la noche mis ojos inyectados en sangre no sabían diferenciar entre la "o" y la "u". ¿Mereció la pena? Sí. Aunque posiblemente fuera la peor cita de toda mi vida, saqué algo bueno y fue esa relación extraña con el tito Steve, cuyo extraño arte desde mayo de 2013 y tras unas veinte obras suyas leídas he aprendido a descubrir.

Es posible que el género de Terror y Ciencia-Ficción no esté bien mirado, y que únicamente en los libros de texto se tengan en cuenta a Poe, Frankenstein y Lovecraft. Quizá sea porque el Terror no sea igual de bueno que las obras de carácter romántico o histórico, pero no podemos quitar mérito a alguien como el tito Steve, con una larga lista de obras publicadas, con varios cuentos y con una de las sagas más vendidas de la Historia de la literatura. Quizá nunca gane un gran premio literario, seguramente no vuelva a estar ninguna vez más en la lista de libros más vendidos del "New York Times" (únicamente estuvo entre los diez mejor libros del año con su obra el 22 de noviembre de 1963). Seguramente Oprah nunca ponga alguno de sus libros como lectura veraniega. Pero el tito Steve tiene magia en sus manos.

"IT" resultó ser interesante, adictivo casi al noventa por cien. ¿Fallos? Quizá uno que recuerde tras un año de la lectura: sobraban algunas páginas. Quizá sobraban unas cien, algo de paja que en algún capítulo se hacía ligeramente espeso. ¿Lo mejor? Que no le importa matar a quien se ponga en el camino, las vueltas de tuerca y la imaginación al desarrollar ciertos planos. Los personajes de los niños eran realmente maravillosos, cada uno puedes recordarlo como alguien de tu grupo de amigos del colegio. Los valores de la amistad y ese famoso "creer es ver" se hacía latente y te hacía sentir un gran cariño por ellos.

Así que ese mismo domingo, y tras mi total aprobación, me metí en Amazon e hice una compra que contenía: "El cementerio de animales", "El misterio de Salems Lot", "El Resplandor", "La Cúpula" y "Misery". Porque si algo podemos adjudicarle al tito Steve es que tiene una amplia colección de best sellers a sus espaldas.

Carlos Yebra Castillo.

CARTA A CARLOS RUIZ ZAFÓN

CARTA A CARLOS RUIZ ZAFÓN

Estimado Carlos Ruiz Zafón:

No sé si mi carta acabará en sus manos o si mis palabras se quedarán en el más profundo olvido, pero sea como sea, me gustaría que estas letras de agradecimiento llegaran hasta usted.

No sé muy bien por donde empezar, quizás por darle las gracias por convertirme en lectora, porque que yo desde chiquitita no amaba los libros, no me gustaba leer, pero, sin embargo, desde que leí "El príncipe de la niebla" para realizar un trabajo escolar obligatorio ya no pude parar de leerle. Lo que en un principio iba a ser un trabajo tortuoso y aburrido acabó siendo el principio de mi pasión por su obra. Sus libros se volvieron una droga para mí. Me encantaban hasta el punto de llegar a crear en mi propia casa una especie de librería personal donde todos sus libros forman parte de mi colección y en la que "La Sombra del viento" siempre ocupará un lugar muy especial por ser la mejor novela suya que he leído. Sí, me siento como Isaac en el Cementerio de los libros olvidados.

La verdad que no sé de quién estoy más enamorada, si de usted o de Daniel. Pero una cosa tengo clara. Que tengo que darle las gracias por hacerme amar la lectura y la escritura, porque usted también me ha proporcionado el gusto de escribir. Incluso me gustaría acabar obras y publicarlas, y cómo no, llegar a darle las gracias en persona e incluso hacerle la competencia en este mundo tan difícil en el que subsistir como es el mundo literario.

La carta está llegando a su fin, por lo que no me gustaría despedirme de usted sin escribirle algo que usted mismo dijo y que me hizo reflexionar: "Hay peores cárceles que las palabras”.

Se despide atentamente otra loca de los dragones que conoce un poco más los rincones de Barcelona y que espero que su nombre, Gemma Soldevilla Jiménez, esté, al menos por un instante, en su mente

Gemma Soldevilla Jiménez.

EL MIEDO A LA SOLEDAD

Volvía a estirar el brazo. Necesitaba cerciorarme de que él no estaba. Que se había largado. Mi mundo se desmoronaba un poco más cada día. Los secretos. Odiaba los secretos, odiaba no poder hablar o desahogarme con mis amigas. Me odiaba por no habérselo contado y fingir que soy feliz, que estoy bien, porque no lo estoy.

A veces pienso que me he vuelto loco, pero ¿quién no se habría vuelto totalmente loco en mi lugar? Mi novio me deja y me entero de mi enfermedad. No quería ser una víctima, no quería ser esa víctima que necesita que le abracen cada día y dar lástima.
Cada vez que pienso en la mirada de compasión de esa jodida doctora me dan ganas de lanzarme por la ventana.

Tengo muchísimo miedo. Tengo miedo a lo que me pueda pasar, miedo a lo que conlleve y miedo a la reacción de las chicas. ¿Cómo se lo tomarán? ¿Y si realmente me miran con lástima y si incluso me preparan magdalenas cada semana? ¿Y si acabo solo? No quiero morir, aunque empiece a volverme loco, aunque mi pelo se convierta en restos inertes alrededor de mi cabeza, aunque ningún tío esté dispuesto a tener una relación…, no quiero morir. Tengo miedo a no despertar. Tengo un miedo terrible a que una noche apague las luces y no vuelva a abrir los ojos.

Pero no creo que sea capaz, no creo que pueda seguir adelante, estoy jugando en el estadio cuatro, están a punto de lanzarme la bola y tengo dos opciones: utilizar el bate o abandonar la partida. Basta decir que desde que él se largó y me dejó solo, mis ganas de jugar aunque fuera al scattergories se esfumaron. Por ende, mis ganas de luchar, de batear fuerte, se habían desbanecido al enterarme del cáncer, quizá fuera cobarde, quizá sencillo, pero no creía que fuera capaz de seguir con la medicación y el tratamiento.

Y lo peor es que me lo he buscado yo, no digo que me lo merezca, no creo que por tomar el sol sin protección cada verano en Benidorm me hayan salido los dichosos bultitos, no creo que por ello merezca enfermar y morir. No lo creo. Pero es cierto que me lo he buscado yo. Es una enfermedad que la he encontrado por mis actos. Quizá la suerte influyera, pero ha sido mi culpa. Todos salimos a la calle cada día, sonrientes del día tan sumamente soleado que hay fuera, olvidándonos por completo la gran bola de cáncer que es en realidad esa estrella de fuego que nos hace tostarnos cada verano.

¿Qué si hubiera preferido una enfermedad venérea? Posiblemente sí, al fin y al cabo la habría conseguido por tener sexo sin protección, nada que ver con el uso de nivea y su dichoso balón. ¿Significa esto que acabaré sentado en una habitación acolchada durante el resto de mi vida? ¿Con miedo a que me rechacen por tener pelo de rata moribunda? ¿Y si me extirpan un testículo? ¿El otro seguirá funcionando? ¿Y si no hay nadie que me sostenga la mano mientras sigo dormido por la anestesia de la operación? ¿Y si despierto solo? ¿Y si él no viene para reunirse conmigo?

Apago la luz mientras me acurruco en la cama. Dejo que las sábanas me atrapen mientras comienzo a estirar lentamente el brazo. Pero él no está. No está.

Él no iba a volver, yo lo sabía, era evidente. Jamás volvería a estar en mi cama. ¿Cómo iba a volver? No lo hará. Es imposible. Pero, ¿por qué? ¿Por qué se fue? ¿Por qué tuvo que irse justamente él? Yo era feliz, pese a los últimos meses, yo era feliz. No pensaba en esas veces que había otros. No pensaba en ellos. Era feliz, de acuerdo, no todos los días que duró la relación, ni a todas horas, pero era bastante feliz.

Pero no entiendo por qué se fue. Tuvo que ser mi culpa. ¿Fue realmente mi culpa? Sí, soy yo quien lo ocasionó. Fue mi culpa. Aunque a veces no quiera verlo así, aunque mis amigas me suplicasen que no lo viera de esa manera, tenía claro que yo era el culpable de que él se fuera.

Cuando ocurrió, cuando él se fue, me pasé tres días en la cama. No salí de ella, tan solo para hacer pis y comer bollos de chocolate que me traían mis amigas. No podía creerlo, me negaba a que fuera verdad. No podía ser, no tenía sentido. Me hinchaba a valiums para poder pegar ojo por las noches y del chute me pasaba el día medio adormilado y sin dejar de llorar. Le quería. Le quería muchísimo y me dejó solo.

Yo había soportado constantes engaños, sus incontables escarceos con otros mientras yo esperaba sentado a la mesa con la cena caliente en el horno, esperando a que viniera, para luego sonreír y fingir, fingir quizá porque le quería demasiado como para decirle adiós, o fingir simplemente por el miedo a que se fuera, por el miedo a quedarme solo, por el miedo a que nunca más me sacaran a la pista de baile.

No me atrevía a salir de casa, el mundo real me daba demasiado miedo y no tenía valor para enfrentarme a él. Cada día realmente parecía más duro que el anterior, porque cada día que pasaba era más evidente que él no volvería. Nunca había dejado de quererle, es cierto quizá que mi amor por él pareció ir en un ligero descenso desde que me propuso lo de la relación abierta, pero aún así, el día que se fue, le seguía queriendo muchísimo y habría hecho lo que hubiera estado en mi mano porque volviera.

El tiempo no lo hacía más fácil, porque cada día que pasaba era no únicamente otro día más sin él, sino un día más en que me daba cuenta de que él no volvería. Que me había dejado. Me había dejado solo.Todo se volvía horrible y sin sentido. Cada día le veía: iba a tirar la basura y ahí estaba él. Tan alto y guapo. Con el pendiente en la oreja izquierda. Pero no era él. Ni siquiera se le parecía. Mi mente me comenzaba a causar muy malas pasadas cada día creyendo verle donde no estaba. A menudo le veía sentado en un autobús o incluso una vez le vi anunciar cereales en la televisión.
Tenía que ser él, pero no era él. A veces preso de la desesperación corría al teléfono y empezaba a marcar, dejaba escuchar los tonos y su voz me ofrecía dejar un mensaje. No dejaba mensaje. Pero me consolaba escuchar su voz. ¿Relajarme? No está claro. Nada está claro desde que se fue.

A diario paseas entre la gente, intentas evitar mirarles a la cara, toda la calle está plagada de él. Cada persona a la que miras directamente, aunque sea calvo o lleve el pelo verde, es él. No volverá. Lo sabes. Sabes que no lo hará. Intento no pensar, evitar pensar en que él ya no está y no volverá. Pero no es fácil. Esperas verle, esperas que el tiempo pase y le recuperes. Pero cada mañana te das cuenta al despertar que el otro lado está frío. Está vacío. Lo estará mucho tiempo. No puedes hacerle volver, por muchos planes que intentes diseñar, él no volverá. Nadie vuelve. No, nadie lo hace. Cada día esperas que se meta en tu ducha y te enjabone la espalda, pero no ocurre, ni ocurrirá. No volverá. Cada noche me meto en la cama esperando que vuelva, que llame al telefonillo, que abra con sus llaves y se meta conmigo en la cama. Notarle en mi espalda.

Me odio por ello. Me odio por volver a pensarlo. Hacía dos meses que me había dado cuenta de la realidad. Hacía algo más de dos meses que había aceptado que él no volvería, que mi vida había cambiado y debía pasar página. Pero con el tema del cáncer todo había vuelto a mí. Mi desesperación, mi dolor y la angustia por su abandono me golpeaban de nuevo en la cara cada noche.

Conseguí aceptar que no volvería a verle. Aceptar que seguía con mi vida, aunque sin olvidarle, sin olvidar toda nuestra historia, pero seguía caminando. Lo había aceptado, lo había entendido, pero ahora de nuevo me veía impulsado a hacerme preguntas, a desear que volviera, a esperar realmente que algún día volvería de verdad. Que  llegaría y olvidaríamos todo. Que estaría a mi lado.

Me quede dormido. Pero en plena noche me desperté y, de nuevo, como cada noche, alargué el brazo entre sollozos. Pero ahora no estaba vacío. Había algo o alguien. Su olor invadió la habitación. Él había vuelto. Me senté en la cama y le miré. Estaba realmente guapo. No veía gran cosa y me daba miedo encender la luz por si eso le hacía alejarse de mí, por si le hacía desaparecer de nuevo, por si me mostraba la realidad:

-¿Has vuelto?

-No Fran, pero tenía que decirte algo.

-¿Cómo es posible que estés aquí?

-Siempre estaré contigo, jamás dejaré de amarte, pero debes seguir. Debes seguir. Debes seguir aunque no esté contigo. Debes cuidarte y ni se te ocurra pensar en no seguir el tratamiento. Debes hacerlo Fran. Debes hacerlo por ti y por mí, por nosotros. Debes luchar por vivir. Te vigilaré. Estaré atento de ti y jamás dejaré que te sientas solo... Siempre estaré contigo. Te quiero.

-Yo también te quiero.

Él desaparece justo después de besarme en una mejilla, pero su lado de la cama pese a todo está helado. Me recorre un escalofrío... Él está muerto. No volverá. Nadie vuelve de allí. Aunque es un consuelo saber que siempre estará junto a mí, guíandome. Justo en ese instante noto un cosquilleo en mi mejilla. Sí, lo estará.

Carlos Yebra Castillo.

"SI MUERO, DEJAD EL BALCÓN ABIERTO"

"SI MUERO, DEJAD EL BALCÓN ABIERTO"

Dicen que una de las cosas que se deben hacer antes de morir es escribir un libro. Puede ser por el hecho de sentirse realizado o simplemente por tachar esa tarea de la “lista de cosas que hay que hacer en la vida”. Aunque yo siempre he pensado que va mucho más allá. Con un libro puedes dejar marcadas tus inquietudes, educar al lector y entretenerlo, pero, sobre todo, ser recordado. Los libros marcan, dejan huella o incluso pueden señalar el antes, el después o el fin de la existencia. Y si no que se lo digan a nuestro más recordado poeta, dramaturgo y prosista español de la Generación del 27, Federico García Lorca. Hoy estas palabras van dedicadas a él, un maestro del lenguaje cuya inquietud era ésa, ser recordado, aunque a su vez fuese la causa de su muerte, ya que por sus ideas políticas fue asesinado durante la Guerra Civil española. Un 19 de agosto de 1936. En Granada, su Granada.

Pero, la razón por la que quiero hablar de Lorca no es contar su historia, sino porque quiero destacar que pocos poetas escriben versos dedicados a amigos para que los lectores puedan tener constancia de esas personas. Y eso es algo que Lorca sí que hizo, pasar a un segundo plano y centrarse en su buen amigo y torero de profesión Ignacio Sánchez Mejías, a quien dedicó los siguientes versos que tanto he escuchado en boca de Enrique Morente y que nos podrían enseñar a todos un poco de solidaridad y humildad, máxime en estos tiempos que corren, en la que ambas cosas hacen tanta falta.

 "No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos".

Federico García Lorca, Alma ausente (1935).

 

Gemma Soldevilla Jiménez.

UNA NUEVA COMEDIA DE LOPE

UNA NUEVA COMEDIA DE LOPE

¡Magnífica noticia! El investigador y profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona Alejandro García-Reidy ha encontrado una obra de Lope de Vega que estaba perdida, según he podido saber hace unos días por distintos artículos de prensa que han difundido la buena nueva. Este fantástico hallazgo es una comedia de enredo escrita por Lope entre los años 1613 y 1614, titulada Mujeres y Criados. Ambientada en Madrid, sus protagonistas son dos hermanas y sus galanes, cuya historia acaba desembocando en un juego de identidades confundidas con las que Lope vuelve a poner en jaque a las jerarquías sociales y el honor de su tiempo.

Aunque la autoría no siembra duda alguna, la letra del manuscrito encontrado no pertenece realmente a Lope de Vega, sino al director de la Compañía Teatral que compró la obra, Pedro Valdés, gracias a quien la misma se estrenó en el siglo XVII. Parece ser que era habitual que los directores hicieran copias de las obras para emplearlas en los ensayos y en las representaciones, según explica el profesor García-Raidy.

Se tenía noticia de que esta obra existió porque se conservan dos páginas sin firmar en la Biblioteca Nacional de España, pero se desconocía la obra completa, que es la que ahora se ha “desenterrado”. La obra completo ha aportado nuevos matices sobre la vida y obra del escritor. Y, como no podía de ser de otra manera, en ella vuelve a aparecer el gran Lope, el maestro de los maestros, demostrando una vez más su buen hacer como dramaturgo, ya que es una comedia madura y vivaz en la que ponen en juego de forma magistral todos los recursos teatrales propios de la época. Se trata de una obra que, además de poseer una gran calidad poética, rebosa de enredos amorosos, burlas, equívocos y todo el repertorio característico de las comedias del momento.

Para mí, que soy amante del teatro, opinar sobre un “monstruo del teatro” como es Lope de Vega resulta una tarea complicada, pero sí he de decir algo llamativo de sus obras. Entre otras muchas cualidades, hay dos aspectos que me llaman poderosamente la atención: por un lado, comprobar su gran capacidad para resolver las enrevesadas tramas que poseen muchas de sus comedias, llevándonos al desenlace final de las mismas de una forma natural, sin buscar ningún tipo de artificio, conectando mediante la palabra y el gesto la continuidad de la obra; y, por otro lado, transmitir a los espectadores, de una forma sutil, un mensaje social sin que nadie pueda darse por aludido o pueda sentirse ofendido. Conseguir esto solo es posible cuando se tiene una pluma como la de Lope de Vega.

Transcribo un fragmento de esta genial comedia recién descubierta, que publicará la editorial Gredos la próxima primavera:

Don Pedro

- "Amor, que nunca das lo que prometes

y como niño pides lo que has dado,

que no hay segura edad, que no hay estado

que no turbes, derribes y inquietes.

Amor, que no hay libranza que no acetes

y al tiempo de pagarla ya has quebrado,

aunque luego te rindes despreciado

y siempre a los cobardes acometes.

Amor, vestido de incostantes lunas,

hijo de la esperanza y del desprecio,

necio mil veces y discreto algunas,

¿quién de discreto te ha de dar el precio,

pues donde descansas más, más importunas?

Importunar es condición de necio".

Aunción Cobo Gómez.

OFICIO DE LECTOR. JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD, PREMIO CERVANTES 2012

OFICIO DE LECTOR. JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD, PREMIO CERVANTES 2012

Con motivo de la concesión del Premio Cervantes a D. José Manuel Caballero Bonald en noviembre de 2012, que le fue entregado en nuestra Universidad el pasado 23 de abril de 2013, se ha escrito mucho. Se ha hablado infinitamente tanto de su obra como de su persona en todos los medios, incluida la prensa digital, por lo que no es mi intención abundar aquí en análisis y comentarios que otros más eruditos ya han realizado y expuesto con maestría. Lo que quiero tan sólo es señalar el interés de su último libro publicado, Oficio de lector, que tiene un título tan significativo para nosotros, inmersos en esta asignatura de "Historia de la Lectura" que ya toca a su fin. Podría ser un buen libro, sin duda, para iniciar las lecturas vacacionales y tal vez rolasen a vocacionales.

En este libro, el Sr. Caballero Bonald escribe sobre la obra de escritores que ha leído y a los que contempla desde su mirada especial, lúcida e irónica, con el virtuoso dominio del lenguaje que lo caracteriza. La crítica ha dicho que es "un enriquecedor manual de literatura escrito desde la pasión lectora" (Vicente Alberto Serrano, DiariodeAlcalá.es, 1-3-2013). Su título, Oficio de lector, no es gratuito, sino clarificador y definitorio. La palabra “oficio” tiene múltiples significados y usos  y entre ellos aparece un término que se utiliza para hacer referencia "a aquella actividad laboral que no requiere de estudios formales". Es desde esta atalaya donde analizó el paisaje de lecturas que quería contemplar. Me gustan sus miradas, su percepción desde las orillas, y me congratulo por ello, pues siempre me parecieron esenciales las orillas.

Isabel García Conde.

ÁNCORA Y DELFÍN

ÁNCORA Y DELFÍN

Vespasiano, en sus monedas, estampó un jeroglífico que mostraba un ancla y un delfín enlazados. Con ello expresaba una combinación de velocidad y lentitud, Festina lente, con gran riqueza de significado.

Erasmo, en sus Adagios, esa vasta colección de proverbios que llegó a alcanzar casi cuatro mil ensayos, ofrecía a los jóvenes ilustrados lecciones sobre moralidad y latinidad, aunque también resultaron útiles como manual de lectura, pues incluían textos resumidos para el desarrollo de la técnica de lectura o el arte de leer. Pero Erasmo no sólo compiló proverbios, dotándoles de una hermosa envoltura y exponiéndolos de manera atrayente para los lectores modernos, sino que investigó y localizó las fuentes clásicas, comprobando las alteraciones sufridas a lo largo de la historia en la literatura grecorromana.

Entre el gran tesoro clásico Erasmo dio con el adagio Festina Lente (“Apresúrate lentamente”), frase muy comprimida, pero no por ello menos sugerente, pues venía a decir que la prisa y la obstinación eran más nocivas que provechosas, utilizando esta lección humanística como punto de apoyo de una amplia gama de materiales clásicos. Así, pues, halló en este jeroglífico un pretexto para recorrer infinitud de caminos de escritos pictóricos, interesado más en su naturaleza que en su forma. Se remontó a los asombrosos textos de Horapolo y Chaeremont, que hicieron uso de las cualidades de los objetos naturales para impartir lecciones morales y físicas. Festina Lente, al integrar las propiedades naturales del ancla y del delfín, era para Erasmo un fragmento de “los misterios de la filosofía más antigua”.

Pues bien, todo esto lo comparte con nosotros Anthony Grafton, tan sólo me he limitado a coger algunas de sus frases, aunque tal vez las he ordenado de distinta manera a como él las expone en su texto "El lector humanista", pero sólo pretendo compartir con vosotros uno más de tantos guiños que los textos me regalan y que me hacen sencillamente feliz al descubrirlos.

Áncora y Delfín. Por ello eligió el impresor veneciano Aldo Manuzio este emblema para su imprenta. Un emblema que mucho tiempo después siguió ligado al mundo editorial, pues la Editorial Destino, fundada en 1942, lo convirtió también en su logotipo. He contemplado tantas veces este incondible anagrama, todo un jeroglífico, sin saber, sin preguntarme el por qué de ese curioso diseño. En estos días, leyendo a Grafton, lo he sabido y he experimentado la sencilla alegría de una plenitud cualquiera.

Isabel García Conde.

GUIÑO CORTAZARIANO

GUIÑO CORTAZARIANO

Con esto del encargo de escribir aquellas cartas, inopinadamente comencé a recordar libros en los que aparece correspondencia diversa. Debe ser que la mente recién se ajustó a esos parámetros. Es algo que me parece de fábula, porque no más vas leyendo una y otra y otra, que casi percibes en tamaña cuarta dimensión a la persona en la que, de pronto, te colás en su vida.

Eso me vino a suceder con Cartas a los Jonquiéres, de este escritor tan celebrado y tan prolífico, tan creativo y con tantos mundos posibles por los que se paseaba a diario... Y reconozco que ya me leí tantísismo suyo que, como viste, hasta se me pegó su forma de decir parrafadas. Así que te podrás hacer una idea de que me interesa profundo pero, recorriendo tanta misiva que aparece en el libro, me vino a sorprender con matices nuevos, con ternuras murmurantes, con complicidades silogísticas.

También me contó inesperadamente discursos cadenciosos, curiosidades humorísticas, asuntos de arte, de literatura... , coyunturas privadas que, con tanta generosidad, otros decidieron regalarme; bueno, mejor no me paso y recapitulo con salto ágil de innegable atractivo y reconozco cabal que nos regalaron a todos.

En fin, no más quise escribir las cuatro lineas por mi devota admiración a tal cronopio.

Isabel García Conde.

LIBRO IMPRESO VERSUS LIBRO DIGITAL

LIBRO IMPRESO VERSUS LIBRO DIGITAL

¿Hasta qué punto merece la pena renunciar a lo "auténtico" por "comodidad"?

Decimos que los libros electrónicos son mejores que los impresos porque son más manejables, porque contienen una infinidad de opciones a pesar de lo poco que "abultan"; también decimos que en un libro electrónico podemos hacer todo lo que se puede hacer en un impreso: subrayar, marcar la página, hacer anotaciones, etc. 

Me he bajado al móvil una aplicación para pintar. Es una competente aplicación que simula bastante bien el trazo y los colores. Diría que es bastante cómodo, no me gasto dinero en materiales para pintar, no mancho ni ocupo espacio efectivo y puedo hacerlo en cualquier momento. Es cómodo, sí. Pero no siento apenas nada al pintar. No siento inspiración creativa alguna, no me absorbe, no me apasiona... y, sin embargo, es más cómodo y más económico.

Vamos a una tienda y en cuanto nos acercamos a las vitrinas sentimos la necesidad de tocar lo expuesto -y ya si hay un cartelito tipo "no tocar", la necesidad se vuelve imperiosa- aunque no vayamos a comprar nada, aunque no seamos unos expertos en texturas. Podríamos decir que es una característica nuestra como seres humanos: necesitamos tocar, sentir las cosas. Existe una relación directamente proporcional entre tocar -tocar "de verdad"- y sentir.

Llevamos más de una década en la que nuestras relaciones pasan de ser "de carne y hueso" a ser virtuales -chats, redes sociales, videoconferencias, etc.-. "Es más cómodo, más rápido, más económico". Sí, y no obstante, nuestras relaciones son cada vez menos profundas, sacrificadas o duraderas. Somos más individualistas y estamos menos dispuestos a hacer favores, porque eso nos fastidia nuestra comodidad, nuestro hábito de tomar atajos ante la vida. Sufrimos "la insoportable levedad del ser" porque la carga, que nos llevaría a vivir la vida a ras del suelo, a experimentar vivencias auténticas, de claroscuro, de costes de oportunidad, no es cómoda ni es económica. Será por eso que las relaciones más tormentosas son las que calan hasta los huesos...

Alexandra Ignat Macsutovici.