Lo invisible habla
Guardado en un cajón tengo un boli de tinta invisible. Quizás debería volver a usarlo como hacía cuando era pequeña para escribir mis mayores secretos. Pero ¿dónde van las palabras cuando no las vemos?
El emperador romano Cayo Tito una vez dijo: “verba volant, scripta manent” (“las palabras vuelan, lo escrito se queda”). No obstante, yo no creo que tuviese razón, porque a las palabras de hoy siempre se las acaba por llevar el viento.
La realidad de la palabra escrita ha cambiado drásticamente. Las palabras aparecen y desaparecen, los bits de las páginas borran y reescriben nuevas historias a velocidades inimaginables para alguien de la Antigüedad, como Cayo Tito. Hoy en día, plasmamos nuestras ideas en tipos de soportes nuevos, desde libros electrónicos hasta ordenadores portátiles. Todos ellos ofrecen amplias ventajas porque hacen que el mundo gire más rápido: que la información llegue antes a más sitios y que se produzca más. En cambio, al mismo tiempo, cada vez escribimos menos “a fuego lento” y, al apagar los leds de nuestras pantallas, nuestras palabras se van sin dejar cicatriz.
Esta falta de permanencia no es necesariamente negativa. Antes de que me dejasen escribir con bolígrafo, intentaba no apretar el lápiz para poder borrarlo con la goma. Recuerdo que me daba respeto escribir mal una carta o un examen porque siempre quedaba un ligero rastro de mis errores. En la universidad escribo con un teclado, pero tengo la mente desordenada y osada. No tengo miedo a equivocarme porque sé que siempre lo podré borrar y editar. Mimo mis palabras de otra forma y rara vez escribo de manera lineal.
Los soportes digitales han hecho que el proceso de escribir pase de ser cauteloso a ser móvil. La escritura ha pasado a ser un puzzle creativo, donde intentamos cuadrar las piezas allí donde encajan: haciendo primero los bordes, grupos de imágenes que encuentras, conectando piezas arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha… El problema surge cuando queremos hacer un puzzle sin paciencia. Cada vez vivimos más rápido, y nos vemos tentados a usar las sugerencias automáticas de las inteligencias artificiales o, como a mí me gusta llamarlas, negligencias artificiales.
Bajo esta realidad, diría que la tinta invisible es la forma más pura de escritura humana que tenemos en la actualidad. Es poética. Cuando escribimos en las hojas de nuestros diarios íntimos, nos enfrentamos al vacío del papel solos, sin ayudas de algoritmos que rellenen nuestras frases inconclusas y corrijan nuestros titubeos. Con ella equivocarse no supone ningún problema ni vergüenza y la escritura vuelve a fluir al ritmo del pensamiento. Además, tus palabras tampoco se borran, simplemente permanecen escondidas en tu memoria hasta ser vistas bajo la luz adecuada.
Me encantaría saber vuestra opinión, pero, la verdad, confieso que estoy cansada de leer textos con guiones chatgepetianos. En el caso de querer escribirme, solo aceptaré cartas en tinta invisible, en tinta humana.
Laura Maestre Escudero