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Leer y reflexionar

Tras la puerta de Jane Austen: el libro que cambió mi mirada sobre la lectura

Tras la puerta de Jane Austen: el libro que cambió mi mirada sobre la lectura

Lo único que hacía mi madre era regalarnos libros y libros e intentaba animarnos a leer desde bien pequeños a mis hermanos y a mí. No me gustaba leer, pero cuando no había otra cosa que hacer en casa, era lo que tocaba. Hasta que me regaló aquel libro que cambió mi modo de percibir la lectura.

Tenía 14 años cuando Orgullo y Prejuicio de Jane Austen nubló mi juicio durante tres días seguidos, no dormía y comía rápido para continuar leyendo. No concebía otro objetivo en ese momento que no fuese el de seguir leyendo. Ni siquiera pensaba en acabarlo, pues no era consciente de que ese libro igual que tenía principio, tenía fin.

Me regalaron el libro el 6 de enero de 2021, debido a la festividad de los Reyes Magos. Al desenvolverlo, al observar cómo era físicamente y la carta de Baltasar animándome ardientemente a leer el libro, no pude sino rendirme a su insistente petición. Mientras mis hermanos admiraban asombrados por la ventana la cantidad de nieve que estaba cayendo, yo leía plácidamente en el escritorio de mi habitación observando con extrañeza, pero sin dar importancia a aquel fenómeno meteorológico. Pues en ese momento, aquella lectura me importaba mucho más que Filomena.

Los sentimientos que me despertó la novela al leerla fueron muchos y muy variados. Nunca antes un libro había captado tanto mi atención como para poner los cinco sentidos en él, me intrigaba tanto cada acontecimiento que se narraba que no podía parar. Recuerdo que dependiendo del momento que leyese sentía una cosa u otra, en función de lo que le estuviera pasando a la protagonista. Cuando Elisabeth se enteró de la verdadera razón por la cual el señor Bingley se había alejado de su hermana, yo también me enfadé junto a ella. Cuando Lydia toma malas decisiones en la vida que la obligan a casarse con George Wickham, también me decepcioné como se decepcionó Elisabeth de su hermana pequeña. Asimismo, Elizabeth Bennet consiguió que de alguna manera me enamorase del Señor Darcy y pensara que era el hombre más noble del mundo.

Cuando acabé la novela, no me quedé ahí. Era imposible que todo hubiese acabado ahí. Busqué si había una versión cinematográfica y obligué a mis hermanos a ver la única que encontré disponible en ese momento, Orgullo y prejuicio y zombies. Pero, aun así, no me parecía suficiente. La novela causó en mí tan gran impacto que no podía sino comentarla y hablar de ella a todo el mundo. Esa era mi manera más concreta de mantenerla viva. Puesto que, una vez leída sólo podía mantener mis emociones y sentimientos hacia ella compartiéndolos con los demás. He de decir que, a pesar de que mis hermanos pensaran seguramente que me había vuelto loca, aguantaron mi locura como unos caballeros.

Tras ver que ninguna otra novela posterior me había despertado las ganas de leer como esta, intenté releer la obra unas cuantas veces, pero sin mucho éxito. Ya que no encontraba un momento oportuno como aquellas vacaciones de Navidad en las que pudiera aislarme de todo y de todos en cuatros días y dedicarme sólo a leer.

Se lo recomendé a muchas amigas, les invité a leerla para que pudiéramos hacer una reunión de lectura en la que compartiéramos nuestras impresiones acerca del libro, pero no tuve mucho éxito. Respecto al ejemplar que me regalaron los Reyes Magos, no lo conservo. Se lo regalé a una amiga muy importante para mí, para que pudiese leerlo y en cierto modo experimentar lo mismo que yo experimenté cuando lo leí.

Al leer Orgullo y Prejuicio, descubrí que me gustaban los libros clásicos. Así, empecé a leer Mujercitas de Louisa May Alcott. Leer a dos escritoras me hizo interesarme por los libros que habían sido escrito por mujeres, lo que me llevó a Agatha Christie que, a su vez, me llevó a Sherlock Holmes. Y a partir de ahí, desarrollé un gusto y hábito ante cualquier género literario. En conclusión, se podría decir que fue Jane Austen la que hizo que me empezase a gustar el mundo de la lectura y ya no leyese por pura obligación o para estar a la altura de las conversaciones que surgían en mis círculos cercanos. Sino que, realmente comencé a mirar los libros con otros ojos, ya no como el último recurso ante el aburrimiento en las vacaciones, sino como otra manera de entender el mundo. Como una nueva puerta tanto para el entretenimiento como para el saber.

Gemma Aparicio López

Letras y Refugios: Un Paseo por Mi Biblioteca Personal

Letras y Refugios: Un Paseo por Mi Biblioteca Personal

* Fragmento de la actividad académica "Mi biblioteca personal", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. Los alumnos/as debía escoger 50 libros de su biblioteca personal, inventariarlos y reflexionar sobre en qué medida estos hablan de las personas que son.

La identidad de cualquier lector no nace de la nada, sino de un momento inicial que marca la pauta de su futura curiosidad. En mi biblioteca, ese origen está representado por obras como Marimar, la sirena gruñona o Los viajes del rey Babar. Estos libros, que me acompañaron a los cinco o seis años, son los cimientos de mi edificio intelectual. Representan la etapa de la lectura compartida y el descubrimiento del código escrito. Si alguien analizara estas obras hoy, vería en sus páginas desgastadas el inicio de una vocación: la de una persona que años después elegiría la Educación para guiar a otros niños en ese mismo proceso. Cabe destacar que están guardados con especial nostalgia y cariño; además de que el segundo libro antes mencionado, fue tomado de la biblioteca del cole y finalmente acabó fundido en el mar de libros de mi estantería.

Durante los veranos de mi adolescencia, mi identidad lectora se configuró a través de la pantalla. Wattpad fue mi “biblioteca portátil”, un espacio de lectura extensiva, social y democratizada. Sin embargo, el hecho de que hoy esos títulos ocupen un lugar físico en mis estanterías (como la saga After o Perfectos Mentirosos) demuestra para mí una transición fundamental: el deseo de materializar la experiencia digital.

Para el lector humanista, el libro como objeto sigue teniendo un peso simbólico inigualable. Tener en papel lo que una vez leí en una pantalla es una forma de validar esas emociones adolescentes y otorgarles un lugar en mi historia personal. Refleja a una lectora “híbrida” que entiende la modernidad digital pero que aún busca refugio en el papel para sus ratos de ocio. Añado que a este espacio de mi estantería también le tengo un amor especial ya que me recuerda a tantas tardes de julio y agosto en el suelo de mi salón leyendo hasta la noche.

Como señalaba Borges, una biblioteca es también una biografía. Un libro destaca por su carga emocional: Memorias de una geisha. Al haberlo heredado de mi madre, este volumen deja de ser un simple libro para convertirse en un vínculo afectivo y cultural. Representa el traspaso de una sensibilidad, de una cultura familiar que me precede. En mi biblioteca, este libro “conversa” con clásicos modernos como 1984 o Fahrenheit 451, demostrando que mi identidad también se construye a través del diálogo con las distopías (las cuáles disfruto muchísimo) y la crítica social, elementos propios de mi formación humanista que busco cultivar.

Finalmente, la parte más reciente de mi biblioteca proyecta mi imagen hacia mi futuro profesional. Obras como rEDUvolution de María Acaso o los libros de Inger Enkvist y Marc Prensky no están ahí para solo el deleite, sino para la construcción de mi “yo” profesional. Aquí es donde ejerzo la lectura intensiva: subrayo, anoto y estudio estos textos. Esta sección de la estantería es la que “me representa” en mi ambición por transformar el aula. Si alguien recuperara mi biblioteca dentro de décadas, vería a una persona que no se conformó con ser una lectora pasiva, sino que buscó activamente las herramientas para ser una educadora crítica y actualizada. La convivencia entre las Princesas del Reino de la Fantasía y los tratados sobre Nuevas tecnologías aplicadas a la educación resume perfectamente mi trayectoria: soy la suma de mi fantasía infantil, mi pasión adolescente y mi compromiso docente adulto.

En conclusión, mi biblioteca no es solo un conjunto de libros; es un autorretrato. En esencia, es el mapa de una trayectoria vital que demuestra que somos en gran medida aquello que hemos leído y cómo hemos decidido conservarlo a nuestro lado a través del tiempo.

Leticia Mercedes González Zeballos

A través de mis libros

A través de mis libros

* Fragmento de la actividad académica "Mi biblioteca personal", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. Los alumnos/as debía escoger 50 libros de su biblioteca personal, inventariarlos y reflexionar sobre en qué medida estos hablan de las personas que son.

Mi biblioteca personal constituye un reflejo de mi identidad como lectora y como persona. Entre mis libros existe un claro predominio del género romántico, lo cual evidencia mi inclinación hacia este tipo de lecturas. Me considero una persona romántica no solo en el ámbito de la pareja, sino también en la forma en que me relaciono con quienes me rodean. Además, este género fue el punto de partida de mi trayectoria lectora, por lo que mantiene un valor significativo y emocional dentro de mi biblioteca.

Para mí, la lectura no es únicamente una actividad de ocio o formación, sino también un espacio personal de tranquilidad. Leer se ha convertido en una especie de refugio o “lugar seguro”, un momento de desconexión en el que puedo aislarme del entorno y encontrar calma. En este sentido, los libros funcionan como un espacio íntimo al que recurro cuando necesito estabilidad o paz, lo que refuerza el valor personal que tienen dentro de mi vida cotidiana.

Por otro lado, la organización de mis libros pone de manifiesto la importancia que tiene el orden en mi vida cotidiana. No se trata únicamente de una cuestión estética dentro de la estantería, sino de una forma de estructurar mi entorno que refleja una personalidad metódica y organizada. Asimismo, la presencia de numerosos libros pertenecientes a sagas, muchas de ellas completas, muestra una tendencia a la continuidad y al compromiso con la lectura, ya que no suelo dejar historias a medias y siento la necesidad de completar aquello que comienzo.

Del mismo modo, la inclusión de obras relacionadas con la historia responde no solo a mi formación académica, sino también a un interés personal por comprender el pasado y la evolución de la sociedad. Aunque este tipo de libros es menos numeroso dentro de mi biblioteca, disfruto de su lectura y forman una parte importante de mi desarrollo intelectual, lo que refleja una combinación entre lectura de ocio y lectura formativa, similar a la dualidad propia del lector humanista.

Por otro lado, el uso de posits en muchos de mis libros, especialmente en los de género romántico, constituye una forma de interacción directa con la lectura. Estos elementos no solo me permiten señalar fragmentos relevantes o significativos, sino que también reflejan una evolución en mi manera de leer, ya que su disposición y cantidad han ido cambiando con el tiempo. De este modo, los posits funcionan como una huella material de mi experiencia lectora, evidenciando qué partes me han marcado más en cada etapa y cómo ha ido transformándose mi relación con los textos.

Si alguien observara mi biblioteca en el futuro, probablemente podría reconstruir ciertos aspectos de mi trayectoria vital y lectora. La disposición de los libros, el uso de elementos como los posits y los cambios en la organización a lo largo del tiempo evidencian una evolución tanto en mis gustos como en mi forma de relacionarme con la lectura. En este sentido, mi biblioteca no solo actúa como un espacio de almacenamiento, sino como una representación material de mis intereses, mi personalidad y mi desarrollo personal a lo largo del tiempo.

Ainoha Pinar Prados

Nuestra lectura, nuestra generación, nuestras normas

Nuestra lectura, nuestra generación, nuestras normas

* Fragmento de la actividad académica "Mi biblioteca personal", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. Los alumnos/as debía escoger 50 libros de su biblioteca personal, inventariarlos y reflexionar sobre en qué medida estos hablan de las personas que son.

Toda mi biblioteca se almacena en tres estanterías ubicadas en la pared de mi habitación. Los libros se organizan de la misma manera en la que leemos, de izquierda a derecha. En mi caso, cuando reorganicé la habitación el pasado verano, decidí hacerlo por tipo de libros, creando los siguientes grupos: obras ilustradas, ensayos / textos académicos, teatro, novela y poesía.

Pero estos cincuenta libros no representan toda mi historia lectora. La gran mayoría de mis libros pertenecientes a mi etapa más infantil, además de otros que ya no me interesaban, los he acabado donando a proyectos como el realizado por TuuuLibrería, con la intención de hacer la lectura accesible a todo tipo de públicos. Otros libros que sigo teniendo en posesión, no los he considerado tan representativos como las cinco decenas de ejemplos aquí expuestas. También creo pertinente hablar del papel que han tenido en mi vida los libros de préstamo de bibliotecas municipales y que son imposibles de reunir en un inventario como este.

Entre los libros de la lista encontramos un porcentaje más o menos similar entre los grupos que ya he mencionado. Desde mi punto de vista y hablando con personas de mis círculos cercanos, creo que mi biblioteca destaca sobre las demás debido a la coexistencia en similar proporción de obras ilustradas, teatro, ensayos y novelas. Tal y como lo percibo, entre los grupos jóvenes el género literario más destacado es la novela; pero, aplicado a mí, y esto lo siento desde hace un par de años, la novela – y también el teatro – es una forma de distracción de la realidad. Esta es una actividad necesaria, pero no debe ser la única que se realice en cuanto a la lectura, pues el aprendizaje o la reflexión traída por los textos ensayísticos ha sido una de las maneras en las que mejores conclusiones he sacado y más me han formado como la persona que soy actualmente.

Con todo esto, no quiero colgarme a mí mismo la etiqueta de erudito o cultureta. Más bien lo contrario: reconocer la importancia de los libros más académicos o ensayísticos me parece una forma de asumir la ignorancia en según qué aspecto, pero poniendo un remedio a esta.

Otro aspecto que me gustaría recalcar es el tamaño de los libros. Es un factor clave en mi lectura del día a día, pues considero notoria mi preferencia por la lectura de muchos libros de breves páginas, por lo general, menos de 200, antes que la lectura de un gran libro. Este suceso diría que guarda una gran relación con lo que hemos acordado denominar la “generación de la inmediatez”. No es un secreto que mi generación, la generación Z (nacidos entre 1997 - 2010), nos hemos criado en un mundo en el que, por unas cosas o por otras, las esperas se han ido haciendo cada vez más cortas. Por ejemplo, si se rompía algo en casa y teníamos la capacidad de adquirir algo nuevo, se reemplazaba sin tener que esperar mucho tiempo. Junto a esta novedad del mercado respecto a generaciones pasadas, también es notorio el papel que han jugado las tecnologías como la televisión, con canales que nos dotaban de entretenimiento las veinticuatro horas del día, o las redes sociales con el scroll infinito. Es a esto a lo que achaco que prefiera antes lecturas cortas a establecer un gran compromiso lector con otro libro y que el género del teatro tenga un papel tan fundamental dentro de mis lecturas.

Miguel Ballesteros Villalpando

El cómic en decadencia

El cómic en decadencia

Cuando nuestros padres eran pequeños, el cómic era un elemento en constante auge. Bajar al quiosco y comprarte un tebeo por 25 pesetas es una sensación que las generaciones actuales no viven y que, por desgracia, tiene pinta que no van a vivir nunca. Pero ¿en qué momento se ha producido este cambio?

Los quioscos llevan años desapareciendo. En una sociedad que solo busca el título académico y el trabajo que dé dinero, por lo visto, no hay cabida para estos pequeños comercios que, cuando éramos niños, proveían al barrio de periódicos, chuches o cómics. En gran parte, la desaparición del lector de cómic se debe a la propia decadencia de estos puestos, aunque no es ésta la única razón.

Los cómics no han desaparecido como lo han hecho los quioscos; todavía existen dibujantes y puntos de venta de los mismos, pero sí ha desaparecido su base de lectores. Si comparamos la cantidad de lectores del mundo del cómic hace 40 años con la cantidad de lectores de la actualidad, se hace más que evidente esta disminución. Y, ojo, que no hablo del manga, el comic japonés, sino del cómic español; de Mortadelo y Filemón, Astérix y Obélix, Mafalda, etc.

Está claro que el mundo del manga se encuentra en auge mientras que el cómic decae cada vez más, pero ¿por qué? Yo, como lector de cómics, lo tengo claro: los precios y la distribución del cómic han cambiado. Cuando eras pequeño, si bajabas a comprar unas chuches y veías un cómic con un título atractivo, unos personajes irreverentes y un precio razonable, lo comprabas. Sin embargo, si ahora de pequeño entras en una librería (situación que ya prácticamente no se da), donde tienes cientos de opciones, y ves un cómic, con un título atractivo, personajes irreverentes, pero que cuesta 40 euros (como poco), pues es evidente que no te lo llevas, al no tener ese dinero.

Entonces, ¿cómo es que el manga cada vez es más exitoso? Esto también está claro: su distribución y precio son más accesibles. Sin ir más lejos, al entrar al Alcampo, hay stands de cómics por 35 euros y justo al lado, un stand con un manga desde 1,5 a 10 euros. Evidentemente, al observar esto, un adolescente va a comprar lo que puede permitirse, en este caso, el manga.

En definitiva, el fin del cómic, por desgracia, se encuentra próximo, sobre todo teniendo en cuenta el comportamiento de las editoriales a la hora de distribuirlo y venderlo, pero también por culpa de una sociedad que no preserva aquellos elementos significativos de sus ciudades, como los quioscos.

Mario Blanco Jaurena

Cartas que nunca envío

Cartas que nunca envío

Escribo cartas a personas que nunca envío.

Se podría considerar una cobardía, un mecanismo de evasión o incluso una forma de negación. Yo no estoy de acuerdo. Escribo al menos una carta a la semana a alguien que nunca la recibirá. Escribir no siempre tiene que ver con la comunicación entre personas; tiene que ver con la expresión, sí, pero ¿quién dice que esto no pueda incluir la expresión interior?

A veces me pregunto qué pasaría si todas las cartas que escribo las leyera su destinatario. Pero ¿son realmente los destinatarios si escribo la carta para mí misma y no para ellos? Escribo cartas de rabia, cartas de amor y todo lo que hay entre medias. A veces escribo a la gente por el simple hecho de escribir. Puede que no tenga absolutamente nada que ver con ellos y, sin embargo, siempre escribo su nombre en la parte superior de la página. Quizás sea una forma de dedicar ese momento a alguien, o quizás sea simplemente la manera de plasmar mis pensamientos en el papel.

Escribo tanto a los muertos como a los vivos, a personas de todos los rincones de mi vida. Me da tranquilidad saber que no espero una respuesta ni una reacción; esto es solo para mí.

Escribir es una de las formas más naturales de expresión humana. El propósito de la vida, tal y como lo veo, es expresarse. Ya sea esa expresión de amor, ira, disgusto, gratitud o incluso celos, nuestras vidas cotidianas como seres humanos giran en torno a estas emociones e interacciones. Aunque podemos expresarnos verbalmente, emocionalmente y de forma creativa, es la comunicación escrita la que, en mi opinión, encierra nuestra verdad más profunda.

He escrito en mi diario de forma intermitente durante la mayor parte de los últimos diez años. Yo era esa niña que tenía casi todo el material de papelería. Guardaba mis mejores bolígrafos, rotuladores e incluso papel, esperando una ocasión que justificara su uso. Por supuesto, esa ocasión rara vez llegaba, por lo que mis mejores artículos quedaban sin usar. Qué desperdicio.

A medida que fui creciendo, me di cuenta de que lo que más me emocionaba de escribir en mi cuaderno no era el material de papelería. La emoción que sentía no provenía del color del bolígrafo que usaba ni de cuántas pegatinas podía poner en la página. Me quedó claro que la emoción provenía de las propias palabras y frases que iba creando. Mi cuaderno se convirtió en un lienzo en blanco en el que podía expresarme con la mayor libertad posible. Dejé de preocuparme por la presentación de la página y empecé a escribir sin restricciones, sabiendo que mis palabras no eran para nadie más que para mí misma.

La escritura es el medio a través del cual nos expresamos. Ya sea a través de cartas de amor, correos electrónicos airados o los simples mensajes de texto que enviamos cada día, utilizamos continuamente la palabra escrita para comunicar nuestras emociones. Sin embargo, es a través de la escritura donde podemos ser más sinceros, tanto con los demás como con nosotros mismos.

Especialmente en una época llena de ruido y distracciones constantes, dedicar un rato a sentarse con nada más que un bolígrafo y un papel permite que la sinceridad salga a la luz. Antes solo me tomaba el tiempo de escribir en mi diario cuando me encontraba mal, utilizándolo como una forma de buscar respuestas. Con el tiempo, me di cuenta de que escribir también podía ayudarme a evitar llegar a ese punto en primer lugar. Dejó de ser solo una reacción para convertirse en una forma de liberación. Fue entonces cuando empecé a escribir mis cartas.

Quizás la escritura no siempre esté destinada a ser compartida. A veces existe únicamente para la persona que escribe. En un mundo en el que se espera constantemente que nos expliquemos ante los demás, escribir ofrece un espacio en el que no tenemos que hacerlo. Nos permite ser sinceros, sin miedo al juicio ajeno, y comprendernos a nosotros mismos con mayor claridad.

Si tuviera que dar un consejo, sería escribir una carta que nunca tengas intención de enviar.

Hannah Moriarty

Lo invisible habla

Lo invisible habla

Guardado en un cajón tengo un boli de tinta invisible. Quizás debería volver a usarlo como hacía cuando era pequeña para escribir mis mayores secretos. Pero ¿dónde van las palabras cuando no las vemos?

El emperador romano Cayo Tito una vez dijo: “verba volant, scripta manent” (“las palabras vuelan, lo escrito se queda”). No obstante, yo no creo que tuviese razón, porque a las palabras de hoy siempre se las acaba por llevar el viento.

La realidad de la palabra escrita ha cambiado drásticamente. Las palabras aparecen y desaparecen, los bits de las páginas borran y reescriben nuevas historias a velocidades inimaginables para alguien de la Antigüedad, como Cayo Tito. Hoy en día, plasmamos nuestras ideas en tipos de soportes nuevos, desde libros electrónicos hasta ordenadores portátiles. Todos ellos ofrecen amplias ventajas porque hacen que el mundo gire más rápido: que la información llegue antes a más sitios y que se produzca más. En cambio, al mismo tiempo, cada vez escribimos menos “a fuego lento” y, al apagar los leds de nuestras pantallas, nuestras palabras se van sin dejar cicatriz.

Esta falta de permanencia no es necesariamente negativa. Antes de que me dejasen escribir con bolígrafo, intentaba no apretar el lápiz para poder borrarlo con la goma. Recuerdo que me daba respeto escribir mal una carta o un examen porque siempre quedaba un ligero rastro de mis errores. En la universidad escribo con un teclado, pero tengo la mente desordenada y osada. No tengo miedo a equivocarme porque sé que siempre lo podré borrar y editar. Mimo mis palabras de otra forma y rara vez escribo de manera lineal.

Los soportes digitales han hecho que el proceso de escribir pase de ser cauteloso a ser móvil. La escritura ha pasado a ser un puzzle creativo, donde intentamos cuadrar las piezas allí donde encajan: haciendo primero los bordes, grupos de imágenes que encuentras, conectando piezas arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha… El problema surge cuando queremos hacer un puzzle sin paciencia. Cada vez vivimos más rápido, y nos vemos tentados a usar las sugerencias automáticas de las inteligencias artificiales o, como a mí me gusta llamarlas, negligencias artificiales.

Bajo esta realidad, diría que la tinta invisible es la forma más pura de escritura humana que tenemos en la actualidad. Es poética. Cuando escribimos en las hojas de nuestros diarios íntimos, nos enfrentamos al vacío del papel solos, sin ayudas de algoritmos que rellenen nuestras frases inconclusas y corrijan nuestros titubeos. Con ella equivocarse no supone ningún problema ni vergüenza y la escritura vuelve a fluir al ritmo del pensamiento. Además, tus palabras tampoco se borran, simplemente permanecen escondidas en tu memoria hasta ser vistas bajo la luz adecuada.

Me encantaría saber vuestra opinión, pero, la verdad, confieso que estoy cansada de leer textos con guiones chatgepetianos. En el caso de querer escribirme, solo aceptaré cartas en tinta invisible, en tinta humana.

Laura Maestre Escudero

De la revolución sentimental al ocaso del adjetivo: ¿maestros o arqueólogos de cerebros fritos?

De la revolución sentimental al ocaso del adjetivo: ¿maestros o arqueólogos de cerebros fritos?

Como bien señala Antonio Castillo Gómez en su Historia mínima del libro y la lectura (2004), el libro es un objeto y un producto cultural que muta con las prácticas de sus lectores. Si en el siglo XVIII la revolución de la lectura sentimental permitió que el lector movilizara su sensibilidad hasta romper la distinción entre el mundo del texto y su propia realidad, hoy, con la era de la digitalización, parece que estamos viviendo la deshumanización del acto de leer.

Al hilo de las múltiples entrevistas de quienes dicen que las humanidades han muerto de aburrimiento y están destinadas a desparecer con la llegada de la IA, la realidad es que las estamos enterrando nosotros bajo una montaña de eufemismos pedagógicos. El futuro de la figura del maestro y de la profesora aterra, augurando que su labor ya no será enseñar a leer, sino realizar excavaciones en los cerebros de las personas para encontrar restos de lo que alguna vez fue la capacidad de atención.

Estamos criando a la generación del swipe, sujetos que confunden la lectura digital con el bombardeo de estímulos que no dejan huella. Nos obsesionamos con la digitalización de las aulas como si una tablet fuera a obrar el milagro de la comprensión lectora, cuando lo único que estamos logrando es que el niño vea el libro como un muro de papel.

Como colaborador del departamento de Filología, Comunicación y Documentación de la Universidad de Alcalá, pienso que la paulatina desaparición del adjetivo se asemeja a esta falta de atención. Me resulta cínico ver cómo simplificamos el lenguaje en los libros de texto bajo el pretexto de la legibilidad. Estamos desnudando a los sustantivos, quitándoles sus matices, sus colores, su capacidad de calificar la realidad, convirtiendo al niño en un analfabeto con estudios. Esta falta de atención es similar a no entender la lectura, a no conocer el adjetivo. Una persona que no sabe matizar el mundo solo entenderá de blancos y negros tradicionalmente, o de likes o bloqueos actualmente. Estamos fabricando los robots que la sociedad demanda, alejándonos de esa función de la lectura que mencionaba Manguel, la de respirar.

Los manuales recuerdan que el aprendizaje es un proceso integral de mente y cuerpo. La verdadera utilitas —ya no de un maestro, sino de toda persona— no es rellenar fichas, sino ser guía que se pierde en la selva de los libros, enseñando a los que están a su cargo que leer es el acto más subversivo y humano que nos queda.

Si las humanidades son aburridas es porque hemos olvidado leer, a resolver un enigma, a jugar un juego de misterio y suspense donde el premio es una construcción de nuestro propio YO. El día que se entre en un aula y los alumnos dejen de mirar la pantalla por debajo de las mesas, para empezar a mirar diferentes mundos en un párrafo será como la profundidad que da un adjetivo bien puesto. Porque, al final, no estamos destinados a ser another brick in the wall de Pink Floyd.

Christopher Jiménez Martínez

Palabras escritas en un papel

Palabras escritas en un papel

Un buen día de sol iba yo caminando por las calles de Madrid cuando me comencé a fijar en todas las personas que tenían un aparato en su mano. Ese al que la gente llama “teléfono” o “móvil”, ese del que somos incapaces de despegarnos incluso cuando el día está soleado y las calles hablan por sí solas.

Otro día tuve que entrar en el metro y me comencé a fijar en cómo empleaba la gente el tiempo hasta llegar a su destino. De nuevo, la mayor parte se encontraba absorbida por una pantalla, llenándose de estímulos que seguramente no recordarían al día siguiente y que, por lo tanto, no les aportarían nada. En cambio, encontré a un número más reducido de personas con un libro en la mano, y me pregunté si era eso lo que hacía la gente en sus tiempos muertos antes de la invención del móvil.

Curiosa, le pregunté a mi madre si era así como ocurría en aquellos tiempos, y ella me confirmó lo que yo había intuido. La gente antes del móvil leía. Leían antes de irse a dormir, en el metro, esperando a la persona con la que habían quedado e, incluso, en sus tardes libres en casa. La gente leía, no solo para enriquecer su conocimiento, sino para entretenerse, simplemente para disfrutar de las palabras de un texto escrito en un papel. Algo curioso que mi madre me contó fue cómo su madre, mi propia abuela, le solía esconder el libro que se estuviera leyendo en ese momento cuando tenía que estudiar, ya que, si no, ella, en vez de estudiar, se ponía a leer. Y es que algo así puede parecernos incluso irónico en el mundo actual, pero nos demuestra la forma en la que concebían los libros entonces y nos hace reconocer la diferencia con cómo lo hacemos hoy en día.

Dándole vueltas a todo esto, se me vino una gran pregunta a la cabeza: ¿Está la lectura en decadencia?  Las nuevas generaciones no leen tanto como las anteriores e incluso mi madre, que forma parte de esas generaciones pasadas, me admitió que ya no lee ni un cuarto de lo que solía antes de tener un móvil. La realidad es que a la gente se le está olvidando lo que es el leer; cada vez más jóvenes lo ven como algo aburrido, algo que nunca harían durante su tiempo libre, para disfrutar. Pero la lectura es algo único, irremplazable.

Un libro te hace sentir más que una tarde entera viendo videos cortos en el móvil y, lo más importante, te hace estar presente en el momento; parar por unos instantes en una sociedad en la que nos movemos continuamente. Para mí esta es precisamente la razón por la que la lectura nunca desaparecerá, sino que sólo evolucionará hacia los nuevos contextos de la sociedad, como lleva haciéndolo toda la historia. Hoy en día, por ejemplo, una forma en la que ciertos libros se están expandiendo es mediante su publicidad por redes sociales. Estas, pese a que pueden tener aspectos negativos, son una gran forma de difundir información y productos de una manera rápida y sencilla. La llegada de los aparatos electrónicos está suponiendo un gran cambio en nuestra sociedad y en nuestras vidas, por lo que no debemos tener miedo a que la lectura se acabe, sino aprender a adaptarnos a ella en este nuevo mundo.

De esta manera, quizás la inteligencia artificial y la tecnología puedan replicar el conocimiento que obtienes de un libro, pero nunca podrán reemplazar la satisfacción de leer como acto. Porque leer es uno de los actos más elementales del ser humano, es una de las cosas que nos diferencian de otros seres vivos, y que nos ayuda a mantener nuestra humanidad.

Lucía Caramazana de Paz

LA LUZ EN LA VENTANA

LA LUZ EN LA VENTANA

Hay libros que nos transforman, libros que nos interpelan, que parece que dialogan con nosotros, que no olvidamos. Hay libros, en definitiva, que son como un amigo que nos aconseja y acompaña. En mi caso, creo que ese libro sería Rojo, blanco y sangre azul, de Casey McQuinston.

Esta novela romántica relata la historia de amor entre dos hombres. Uno de ellos es el heredero al trono del Reino Unido y el otro es el hijo de la presidenta de los Estados Unidos. Determinadas situaciones los llevarán a pasar tiempo juntos y desarrollarán su amor con bastantes altibajos mientras se dan cuenta de las vueltas que puede dar la vida. Recuerdo la ternura que me provocó el momento en el que ambos se confiesan por primera vez su amor, de una forma que hemos visto representada en varias historias conocidas y que me pareció muy real, al estar un personaje borracho y triste.

Uno de los principales sentimientos que me despertó la obra podría decirse que fue una envidia sana, ya que yo nunca he llegado a experimentar algo similar a lo que ocurre en sus páginas. Aunque, obviamente, es ficción y las cosas no suelen ser como se representan en este tipo de obras, sí que me gustaría estar en algunas de las situaciones en las que se ven los personajes. También destacaría la emoción, ya que su historia pasa por bastantes baches que hacen que no sepas muy bien cómo va a acabar, ya que muchas historias de categoría LGTBIQ+ suelen tener un final bastante negativo.

No llegaría a decir que el libro ha cambiado mi vida, pero sí que lo veo como una lectura que te hace desear estar en el lugar de los protagonistas y que te lleva a fantasear con cómo sería tu vida si experimentases lo mismo que los personajes. A su vez, te hace sentir o pensar cosas que quizás no te habías replanteado, como el qué haría yo si estuviera en esa situación. ¿Haría lo mismo que ellos?, ¿seguiría otro camino?, ¿sería un buen novio? Lo que te hace madurar si no has pasado por esas preguntas antes y ver el mundo de otras maneras o con otras perspectivas.

Imagino que a algunas personas las llevará a ver la vida de una forma más fantasiosa, mientras que a otras las traerá a la realidad. En mi caso, confieso estar en el primer grupo… sin dejar de sentir, cuando llegué finalmente a la última página, cierta decepción de lo que es y será la realidad en sí.

Roberto Simón Guillén Coto

UN ALTO EN EL CAMINO

UN ALTO EN EL CAMINO

Si tuviera que elegir el libro que más me ha conectado a nivel emocional y empático en los últimos tiempos, este es, sin lugar a dudas, El regalo de Eloy Moreno. Desde la primera página, sentí que no solo leía una historia ajena, sino que alguien me hablaba directamente a mí, a mis miedos y frustraciones. Fue una lectura que me hizo detenerme, mirar hacia dentro y cuestionarme cosas que solía evitar. Es un libro que no solo me conmovió, sino que me interpeló profundamente, haciendo que la lectura se convirtiera en una experiencia sentimental. 

El regalo narra la historia de una persona que, de manera inesperada, se ve obligada a hacer un alto en el camino. Su vida, dominada por la rutina, el estrés y la desconexión con lo esencial, da un giro cuando pierde su coche y termina viajando con un guitarrista desconocido hacia un lugar enigmático llamado “la Isla”. Durante este viaje forzado, el protagonista comienza a reencontrarse con aspectos de sí mismo que había olvidado o dejado atrás: su infancia, sus sueños, los vínculos auténticos y la belleza de lo cotidiano. Ya en la Isla, conoce a distintos personajes que representan formas alternativas de vivir, lo que lo lleva a cuestionarse su modo de vida y a abrirse a una nueva mirada del mundo. El regalo es una metáfora sobre la importancia de detenerse, escuchar y reconectar con lo que realmente importa. Más que una simple narración, es una invitación a despertar, a recuperar la ilusión y a valorar lo esencial que, muchas veces, dejamos de lado por vivir con prisa. 

Uno de los momentos que más me impactó fue cuando el protagonista sufre el robo de su coche y, a lo largo del día, ve cómo le arrebatan también el resto de sus pertenencias. Esta secuencia tiene una gran carga simbólica, porque se conecta con el final del libro de una manera profunda. Si nada de esto hubiera ocurrido, si el protagonista no hubiera experimentado ese golpe de realidad, probablemente no habría sido capaz de hacer el cambio que necesitaba.

Después de leerlo, se lo recomendé inmediatamente a una amiga muy cercana con la que suelo hablar de libros. A los pocos días ella también lo había leído, y recuerdo que nos pasamos horas discutiendo sobre él. Fue una conversación muy sincera, en la que salieron temas personales que normalmente no tocamos. Después de leerlo también lo comenté con mi primo, que me lo había prestado. Fue una conversación muy honesta, hacía mucho que no nos sincerábamos tanto.   

Creo que El regalo no solo cambió mi forma de leer, sino también mi forma de mirar la vida. Me ayudó a frenar en un momento en que todo iba demasiado rápido. Me empujó a recuperar pasiones olvidadas, a valorar más el presente, a pasar tiempo con las personas que quiero sin esperar a que “haya tiempo”. Me enseñó, o más bien me recordó, que vivir no es solo cumplir con obligaciones, sino también disfrutar, sentir, estar presente. Fue, como su título indica, un verdadero regalo. 

Marta Justicia Rodríguez

 

UN LIBRO QUE ME HA CAMBIADO LA VIDA: "CRIAR CON SALUD MENTAL"

UN LIBRO QUE ME HA CAMBIADO LA VIDA: "CRIAR CON SALUD MENTAL"

Criar con salud mental de la escritora María Velasco es un libro que habla de la importancia de cuidar la salud mental tanto de los hijos como de los padres. La autora aborda temas tan importantes como las necesidades emocionales que pueden tener los niños, la construcción de apegos seguros o el manejo de conflictos cotidianos en el entorno familiar.

Leí el libro a mediados del año 2024, en un momento importante para mí: acababa de nacer mi hermano pequeño. Mi nuevo hermanito, mis numerosos primos pequeños y mi vocación docente provocaron que me interesara muchísimo. Como hermana y prima, sabía que quería ayudar a que crecieran en un entorno estable y empático y, como futura docente, deseaba que mis futuros alumnos puedan crecer con confianza, amor propio y autoestima.  

Leerlo me generó sentimientos encontrados, me hizo recordar mi infancia y reflexionar sobre cómo me criaron. Me di cuenta de que mi madre, sin saberlo, aplicó varios de los consejos del libro: siempre estuvo atenta a nuestras necesidades emocionales, fomentando un apego seguro que hoy nos permite confiar en ella y ser independientes. Aunque hubo dificultades durante la adolescencia, mis padres hicieron todo lo posible para que mi hermano y yo creciéramos felices, incluso cuando ya no estaban juntos.

Al terminar el libro, lo comente con mi padre y mi tía, a los que, al tener niños pequeños, creí que les vendría bien leer este libro. Nada me gustaría más que mis familiares puedan saber cómo criar a sus niños de la mejor manera posible para que lleguen a ser en el futuro personas seguras y responsables.

La lectura de Criar con salud mental ha tenido un gran impacto en mí. Ya que me hizo replantear las creencias sobre la crianza, valorar más las emociones y priorizar el vínculo con los niños por encima de la obediencia. Me ayudó a poder sanar aspectos personales y a prepararme para ser una adulta y futura madre más consciente y comprensiva con mis hijos.

Ainoha Plasencia Barrantes

LA ROSALÍA

LA ROSALÍA

A veces escuchamos canciones que resuenan en todo el mundo. Las cantamos, conocemos al intérprete, pero no sabemos que hay detrás de ellas.

El Roman de Flamenca es una novela de autor anónimo del siglo XIII, que se desarrolla en Francia. En ella se narra como la bella Flamenca es prometida a Archimbaud en un matrimonio de conveniencia. Por desgracia, cuando la madre de Flamenca informa a Archimbaud de que su hija es deseada por muchos hombres, este, llevado por sus celos, la encierra en una torre. Solo se le permite salir para ir a misa, donde conoce a Guillem, un caballero que quiere rescatarla. Se las ingenian para verse a escondidas y surge el amor. El tema principal de la obra son los celos.

Esta historia, anónima y desconocida, es en la que se basa “El mal querer” (2018), disco de la famosísima cantautora española Rosalía, que ha dado la vuelta al mundo. Todos conocemos alguna de sus canciones, pero quizá ignorábamos que, como muchas otras, vienen de un libro.

CAP. 3. CELOS: PIENSO EN TU MIRÁ

ROMAN FLAMENCA 

CELOS 

Por su gran sufrimiento se retorcía las manos,

y poco le faltaba para romper a llorar.

Y no veía el momento

de ir al encuentro de su mujer

a su habitación para zurrarla

 

Me da miedo cuando sale’

Sonriendo pa’ la calle

Porque todo’ pueden ve’

Los hoyuelitos que te salen 

 

CAP. 8. ÉXTASIS: DI MI NOMBRE

ROMAN FLAMENCA

DI MI NOMBRE

Ojos, boca, manos no cesan,

sino que el uno al otro se besan y se estrechan.

Nada finge uno a otro,

sino que toda duda

ha desaparecido entre ellos,

Y hazme rezar sobre tu cuerpo

y en la esquina de tu cama

y en el último momento

dime mi nombre a la cara

y en el último momento

dime mi nombre a la cara

Miguel Ángel Sanz García

LAS HUELLAS DE MI BIBLIOTECA

LAS HUELLAS DE MI BIBLIOTECA

Una biblioteca es algo muy personal, es un reflejo de nuestra identidad, de nuestros intereses, experiencias y aspiraciones. A través de los libros que poseemos en ella, dejamos huellas de nuestras preocupaciones y momentos vitales. Si en un futuro alguien encontrara mi biblioteca seguramente podría intuir varios aspectos de mi vida.

En mis estanterías algunos géneros destacan de manera evidente, mostrando lo que es de especial interés para mí. Encontramos libros como Ana Karenina de Lev Tolstói, Cumbres borrascosas de Emily Brontë u Orgullo y prejuicio de Jane Austen, que manifiestan mi apreciación hacia los grandes clásicos de la literatura.

Desde la perspectiva profesional, mi biblioteca refleja un interés por la educación y la enseñanza, lo que confirma mi formación en el Doble Grado de Humanidades y Magisterio de Educación Primaria. Novelas como Nada de Carmen Laforet o La ladrona de libros de Markus Zusak, muestran un trasfondo educativo y social, así como mi firme creencia en la literatura como herramienta esencial para la enseñanza y reflexión en el aula. Además, títulos como Una habitación propia de Virginia Woolf, entre otros, manifiestan mi sensibilidad hacia cuestiones de género y mi cierta preocupación por que se realce la importancia de la voz femenina en la literatura, pero sobre todo en la sociedad.

Un género que también me apasiona es el thriller y el misterio; de hecho, ocupa un espacio muy importante en mi biblioteca, destacando a Jöel Dicker, uno de mis escritores favoritos del momento, con libros como La verdad sobre el caso Harry Quebert. Además, encontramos otras obras de misterio como Los renglones torcidos de Dios de Torcuato Luca de Tena, que muestran un gusto por el suspense y la complejidad de la naturaleza humana a través de los giros inesperados y las historias bien construidas.

Por último, la novela histórica también tiene un lugar relevante en mi biblioteca, como se puede observar en títulos como Sin novedad en el frente de Erich Maria Remarque y La enfermera de Auschwitz de Mario Escobar. Estos manifiestan mi curiosidad hacia los acontecimientos del pasado y su impacto trascendental en la humanidad, así como una sensibilidad hacia los relatos de lucha y resiliencia.

En resumen, mi biblioteca personal no muestra simplemente mis gustos literarios, sino que también es un reflejo de mi identidad. A través de sus páginas, se puede distinguir a una estudiante que será futura docente, con inquietudes intelectuales y sus propios valores, los cuales han guiado su vida, y su manera de comprender el mundo. A pesar de que cada persona vive la lectura de una forma distinta, para mí, los libros son mucho más que una simple distracción, son una huella de mi recorrido personal.

Mercedes San Miguel González

¿CRECEMOS PARA LEER O LEEMOS PARA CRECER?

¿CRECEMOS PARA LEER O LEEMOS PARA CRECER?

Leer implica descubrirse a uno mismo, descubrir el mundo que nos rodea a través de la lectura. Leer, casi tanto como respirar, es nuestra función esencial. Desde la antigüedad, la lectura y la escritura han sido fundamentales para la vida. En el Antiguo Egipto, solo una minoría de la población tenía acceso a la alfabetización y los escribas pasaban por un proceso de formación especializado. Así como los escribas egipcios dedicaban años al estudio para dominar la lectura y la escritura, nosotros también crecemos a través de los libros. Desde que somos pequeños, aprendemos a leer para comunicarnos, para entender el mundo que nos rodea y para cumplir con las exigencias de la sociedad.

Sin embargo, hay una pregunta que va más allá de la simple adquisición de esta capacidad: ¿leemos solo porque crecemos y nos vemos en la necesidad de hacerlo, o es la lectura la que nos permite evolucionar, expandir nuestra mente y crecer? Leer no es solo descodificar palabras; es adentrarse en mundos nuevos, cuestionar ideas, conocer otras perspectivas y, sobre todo, desafiar nuestra propia forma de pensar. Los libros nos permiten viajar en el tiempo, explorar universos inalcanzables y comprender realidades distintas a la nuestra.

Cada libro que leemos deja una huella en nuestra mente y en nuestro corazón, moldeando nuestra forma de ver el mundo y de interactuar con él. En la infancia, la lectura suele ser una actividad obligatoria, parte del proceso de aprendizaje escolar. Sin embargo, conforme crecemos, descubrimos que la lectura también puede ser un acto de placer y crecimiento personal. Hay quienes ven los libros como simples herramientas académicas y quienes los consideran puertas a nuevas dimensiones del conocimiento. Leer es como viajar a mundos desconocidos sin necesidad de moverte de tu asiento.

Hemos podido observar que, en los últimos años, ha surgido una tendencia a romantizar la lectura, presentándola como una actividad casi mágica, asociada a imágenes idílicas de lectores con tazas de café, estanterías repletas de libros y momentos de absoluta tranquilidad. Esto hace que quienes no ven la lectura como algo especial se sientan motivados y la disfruten, dejando de verla como una tarea aburrida para convertirla en un momento de aprendizaje y entretenimiento. Hay lectores que, al igual que sus precedentes humanistas, organizan su propio studiolo, un espacio de lectura donde se pueden seleccionar obras o explorar lecturas placenteras, entre otras tareas, y en el que el silencio y la soledad adquieren un valor esencial.

Algo en lo que rara vez nos paramos a pensar, pero que nos define al leer, son las emociones que la lectura nos despierta, como cuando los personajes nos hacen reír o nos transmiten sus deseos sintiéndonos identificados, o cuando nos conmovemos por una trágica historia ante un final inesperado o, simplemente, la satisfacción, o a veces nostalgia, de cerrar las últimas páginas de un libro que anhelabas terminar.

A todos los que me estáis leyendo desde este maravilloso blog, os animo a seguir descubriendo el inmenso poder que tiene la lectura y dejaros descubrir por ella. Que cada libro os inspire, os enseñe y os haga crecer, no solo en el tiempo, sino también en conocimiento. Leer, casi como respirar, es algo natural, esencial y lleno de vida.

Leyla Akalay Acdhi

DISCORDIA POR EL ESPECIAL

DISCORDIA POR EL ESPECIAL

Hoy en día vivimos en una sociedad capitalista en la que el postureo puede más que el interés genuino. Cuando era pequeña era muy ingenua y pensaba que solo había un par de ediciones diferentes de cada libro. Evidentemente, al crecer me di cuenta de que no era así y me chocó mucho que se hicieran tantas ediciones diferentes de algunas obras en la misma editorial. Claro que esto, en su momento, tampoco me parecía un tema de tanta trascendencia.

Sin embargo, últimamente parece que leer se ha vuelto popular. Yo me acuerdo de que cuando estaba en el colegio y me quedaba leyendo en los recreos, el resto de niños me miraban fatal y me llamaban rara o friki. Ahora ya no es así, ahora todo el mundo lee. Y, por desgracia, cuando algo se pone de moda en España, hay gente de más que se sube al carro.

No puede ser que se haya vuelto tan frecuente que de cada libro popular se haga una edición especial. Plataformas como Instagram y TikTok fomentan el coleccionismo y la competencia. En el lanzamiento de un libro hay gente apostada frente a las tiendas horas antes de su apertura, lista para arrasar con las ediciones especiales (e ignorar las normales) en cuestión de horas. No puede ser que haya personas que, con toda la ilusión, hayan buscado la edición especial y no solo se encuentren con que está agotada, sino que, encima, vean cómo estas son revendidas en plataformas como Wallapop y Vinted a precios desorbitados.

Este fenómeno ocurre con infinidad de libros, entre ellos los que aparecen en la foto. Son los tres primeros tomos de la saga Empíreo de Rebecca Yarros, titulados Alas de Sangre, Alas de hierro y Alas de Ónix. Son ediciones especiales y la única diferencia entre estas y las ediciones normales de tapa dura son los cantos. Donde en una edición normal vemos el blanco de las hojas, en las ediciones especiales tenemos los cantos de colores y decorados con siluetas de dragones. Por este pequeño (aunque bonito) detalle, hay gente peleándose por el último ejemplar, o vendiendo una sola de estas ediciones por 50, 70 o 150 €. Las dinámicas de las ofertas no son ajenas al mundo del libro: en el caso de comprar dos, puedes encontrarlos por 200 €, mientras que, si deseas adquirir los tres, he llegado a verlos por más de 400 €.

Estos libros, cuyo precio de 25 € en la tienda yo ya consideraba caro, se vuelven totalmente inaccesibles en la reventa. Este fenómeno es muy curioso, porque solo pasa en España. En Italia, el mismo libro podría costar, en un formato caro, sobre 18 €, mientras que en nuestro país estos productos se encarecen por encima de la media de Europa, principalmente por la protección de los valores culturales del mercado del libro.

Personalmente creo es una lástima que para algunas personas las ediciones se hayan convertido únicamente en un producto de compraventa y que solo se valoren en función de cuánto dinero de ellas se pueda sacar. Es una pena, porque, para mí (y para muchos otros), relajarse y leer un buen libro es un grandísimo placer que, por los precios desorbitados de los últimos tiempos, no todo el mundo puede permitirse.

Carla Palacios

 

¿A QUIÉN NOS DIRIGIMOS CUANDO ESCRIBIMOS UN DIARIO?

¿A QUIÉN NOS DIRIGIMOS CUANDO ESCRIBIMOS UN DIARIO?

Hace un tiempo, mi familia y yo nos reunimos para celebrar el cumpleaños de mi primo. Le regalaron un cuaderno precioso, de tapa dura, con una portada decorada con motivos vintage, para que lo usara como diario. Él agradeció el obsequio, pues le encanta escribir (siempre dice que de mayor quiere publicar un libro), pero después de dar las gracias, dijo que el cuaderno era demasiado bonito: “total, en cuanto empiece a escribir en él, no voy a permitir que nadie lo vea”, añadió. 

Esto último se me quedó grabado en la cabeza toda la tarde. ¿Para qué escribe o para quién escribe mi primo en su diario? Al intentar dar respuesta a esta pregunta, una se encuentra primero reflexionando sobre sus propias experiencias. Por desgracia, esto no resultó fructífero en mi caso: a pesar de los múltiples intentos a lo largo de mi vida por empezar un diario, nunca he sido capaz de llevarlo a cabo durante más de tres días seguidos. Al comentarlo con más personas, me di cuenta de que esta es la experiencia general cuando se trata de redactar las propias memorias. Y es que, para la mayoría de la gente, escribir algo que nadie va a leer (a menudo, ni siquiera nosotros mismos) resulta un tanto absurdo.

Probablemente haya gente cuya opinión entre en conflicto con la afirmación anterior. Con ella, para nada se pretenden negar los beneficios terapéuticos que llevar un diario pueda tener. No obstante, para muchas personas, una característica intrínseca de lo escrito es su función última de ser leído. Si un texto no se lee, entonces carece de sentido.

Algo parecido se creía ya en la Antigüedad clásica, época en la que se tenía la concepción de que las producciones escritas cobraban vida únicamente cuando eran leídas. Esa lectura, además, se solía realizar en voz alta, pues la lectura en silencio se hacía complicada con un idioma como es el griego antiguo, escrito sin espacios ni pausas mediante la scriptio continua. Esta noción del texto otorgó al mismo un carácter “mágico”, en tanto en cuanto el propio objeto que contuviera el escrito debía “apoderarse” de quien lo leyera para convertirse así en algo, hasta cierto punto, animado (creencia de la que viene el concepto de los llamados objetos parlantes).

Hoy en día, hay algunos ejemplos que demuestran que esta concepción antigua no se ha perdido del todo. Uno de los más sonados, que seguro a más de un lector le viene a la cabeza, es el Diario de Tom Riddle, objeto clave en la famosa saga de literatura infantil Harry Potter, que consiste precisamente en un diario que adquiere vida a medida que es leído por otra persona. No es este, ni mucho menos, el único ejemplo. En la época contemporánea existen otros muchos diarios, tanto reales como ficticios, que demuestran que las memorias pueden tener un sentido más trascendental: el subversivo o político. Es el caso del famosísimo Diario de Ana Frank, o el cuaderno en el que hace sus anotaciones el protagonista de 1984, Winston. En esta obra, George Orwell expone de manera clara el poder que pueden tener los pensamientos y, por ende, los escritos que de ellos surgen (aunque sean, supuestamente, solo para nuestra vida privada). En este caso, en su diario el protagonista apela directamente a las personas del futuro que puedan llegar a leer lo que escribe, utilizándolo como una forma de comunicación con generaciones venideras.

Estos ejemplos demuestran que, quizás, no sea cierto que escribamos solo para el momento presente. Tal vez, cuando escribimos en nuestros diarios, tenemos, en el fondo, el anhelo de que nuestras historias sean descubiertas por alguien en el futuro o, incluso, por una versión mayor de nosotros mismos en un momento de reminiscencia. A lo mejor esperamos que, de algún modo, el paso del tiempo otorgue a nuestras memorias, que desde el presente nos parecen deslavazadas, una consistencia mayor. Pero, para ello, alguien tiene que leerlas.

Andrea Sánchez García

ADICTOS AL "TRUE CRIME"

ADICTOS AL "TRUE CRIME"

En esta era del entretenimiento digital nos encontramos con el auge imparable de las series de true crime, aquellas que nos sumergen en los entresijos de los delitos reales más espeluznantes. Desde documentales como Conversaciones con asesinosLas cintas de Ted Bundy, hasta la actual serie El caso Asunta, pasando por distintos podcasts, estas producciones han capturado la atención del gran público, generando debates, teorías y una imparable necesidad de conocer más sobre los oscuros recovecos de la mente criminal.

Pero ¿qué es lo que nos atrae tanto de estas narraciones? La respuesta podría encontrarse en nuestra propia historia como seres humanos. Antes de la era de Netflix y los podcasts de true crime, existían unos escritos de temática similar que cautivaban a las masas: las coplas de ciego, que, a su vez, formaban parte del género conocido como literatura de cordel.

Las coplas de ciego eran relatos populares impresos en pequeños folletos y vendidos en las calles, que narraban crímenes reales, tragedias y sucesos sensacionales. Así como las series de true crime nos sumergen en los detalles más íntimos de los crímenes contemporáneos, las coplas de ciego ofrecían una ventana al lado oscuro de la sociedad en épocas pasadas. Se llegó, incluso a hacer adaptaciones de algunos de estos textos. ¿Quién no conoce la obra Bodas de Sangre de Federico García Lorca inspirada en el crimen de Níjar de 1928?

Pero esto no es todo, la conexión entre las series de true crime y las coplas de ciego va más allá de la temática compartida. Ambas formas de narrativa exploran la psicología humana, examinando las motivaciones detrás de los actos más atroces y, en muchos casos, dando lecciones de moralidad al receptor. Además, este tipo de relatos satisfacen una necesidad innata en las personas de acceder a narrativas impactantes y emocionantes, incluso morbosas. Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos hemos buscado historias que nos hagan reflexionar sobre nuestra propia condición, que nos mantengan al borde del asiento y que nos dejen con un sinfín de preguntas sin respuesta. Compartimos el deseo de entender lo inexplicable, de adentrarnos en lo desconocido y de encontrar un sentido en el caos que nos rodea.

Así que, mientras nos sumergimos en la última temporada de nuestra serie de true crime favorita, o mientras hojeamos una antigua copla de ciego, recordemos que, en última instancia, somos aficionados a la exploración de la condición humana en todas sus facetas, incluso las más oscuras y perturbadoras. Y quizás, a través de estas historias, podamos arrojar un poco de luz sobre los rincones más sombríos de nuestra propia existencia.

Por último, pero no menos importante, para aquellos interesados en explorar más sobre las coplas de ciego y su impacto cultural, recomiendo el libro Ensayo sobre Literatura de Cordel de Julio Caro Baroja, una obra fundamental que arroja luz sobre esta fascinante forma de narrativa popular.

Teresa Trinidad

"EL LECTOR": MEMORIA HISTÓRICA, ANALFABETISMO Y LECTURA

"EL LECTOR": MEMORIA HISTÓRICA, ANALFABETISMO Y LECTURA

En 2008 se estrenó El lector, una película dirigida por Stephen Daldry basada en la novela homónima del escritor Bernhard Schlink.

Ambientada en la Alemania de la posguerra, se trata de una cinta realmente interesante no solo por el contexto histórico en el que se desarrolla su trama, sino también por explorar temas y emociones tan profundas y universales como la culpa, la vergüenza o el secreto a través de una conmovedora y trágica historia de amor, la de sus protagonistas, Michael Berg y Hanna Schmitz.

Daldry nos narra la vida de Michael en varias etapas, comenzando en 1958, cuando es un estudiante de Derecho. En este momento es cuando entabla contacto con Hanna, una mujer misteriosa y considerablemente mayor que él. Durante su breve pero intensa relación, Michael descubre que Hanna disfruta enormemente cuando él le lee en voz alta, lo que se acaba convirtiendo en un ritual entre ellos. Sin embargo, todo lo que juntos (y al margen del mundo real) han construido termina abruptamente cuando Hanna desaparece sin dejar rastro.

Años después, cuando Michael está realizando las prácticas de su carrera, debe asistir a un juicio y ve a Hanna entre los acusados. Al parecer, Hannah había trabajado como guardiana en un campo de concentración nazi. A lo largo del juicio, Michael descubre que es analfabeta, lo que, sin duda, podría haber cambiado la sentencia, ya que su incapacidad para leer y escribir le eximen, en cierto modo, de haber participado consciente y voluntariamente en los crímenes del nazismo de los cuales se le acusa. Hanna carga con la culpa, a pesar de que se demuestra que no sabe leer cuando se le entregan como prueba y se le pide que los lea en voz alta unos informes que supuestamente ella misma había redactado ordenando la ejecución de varios prisioneros.

El lector revela, como lo hacen pocas películas recientes, la importancia de la lectura y parte de la historia de esta. Resulta conmovedor ver cómo en un momento en el que la propaganda nazi lo inundaba todo, ocultaba información, censuraba libros, perseguía a intelectuales, quemaba bibliotecas e impedía el progreso de la sociedad alemana y casi del mundo entero, leer fue un arma de resistencia clave para miles de personas y el único medio de conocer la verdad.

La atención que se presta al analfabetismo va más allá de la denuncia del acceso desigual a la cultura entre hombres y mujeres, o entre clases sociales, que ha existido a lo largo de la historia, pues ser analfabeto en esta película representa mucho más que la falta de habilidad para leer o escribir, simboliza una barrera emocional y ética que impide a los personajes enfrentarse a su pasado y también a ellos mismos.

Por otro lado, El lector nos permite reflexionar en torno a los modos en los que se puede leer, incluso sin estar alfabetizado o, dicho de otro modo, a la inmensidad de tipos de lectores que existen. Hannah es analfabeta, pero lee escuchando leer a Michael. Asimismo, el acto de leer se nos muestra como un acto íntimo, capaz de unir a dos personas completamente distintas por su edad, su nivel sociocultural, sus ideas, sus aspiraciones, etc., y al tiempo como un acto de poder, pues quedan expuestas y a la vista de todos las barreras que el analfabetismo impone en la vida de Hanna, afectando este a sus decisiones morales y a las consecuencias legales de sus actuaciones, y también a su manera de entender el amor, de amar y de ser amada.

Finalmente, El lector aborda de una manera tan magistral como delicada la complejidad de la memoria histórica, mostrando cómo las generaciones posteriores al Holocausto han luchado y luchan por comprender tal horror y porque se haga justicia. En esto, la cultura escrita juega también un papel fundamental. Hace falta saber leer e interpretar los documentos conservados para evitar versiones únicas de la historia y llegar a la verdad, y hace falta preservar los recuerdos de las víctimas y honrar su memoria inscribiéndola en placas, monumentos, etc., que reparen el daño sufrido y dignifiquen sus nombres. A ello contribuye, sin duda, esta extraordinaria película que todos/as deberíamos ver.

Paula Manzanero Marcos

LEER EN PAPEL

LEER EN PAPEL

En nuestra era digitalizada, rodeados como estamos constantemente de pantallas iluminadas, es fácil olvidarse de la belleza de adentrarse en las páginas de un libro impreso y de las sensaciones que de ello se desprenden. Sentir el peso del libro en las manos, el olor del papel (nuevo o viejo), de su suavidad o de su aspereza, de la emoción de abrir y cerrar el soporte, escuchar el paso de una página a otra, de anotar en los márgenes o en el interlineado aquello que nos viene a la mente al leer, de marcar con un punto de lectura (sea cual sea este) el lugar por el que hemos de proseguir esta… En este mundo tan cambiante, tan ruidoso, tan agitado, tan líquido e inmaterial, leer en papel es algo que debemos reivindicar y practicar.

La lectura es una experiencia intelectual y sensorial, y ese proceso físico que leer implica cuando tenemos ante nosotros un libro impreso dota de significado también a la misma y nos permite comprender su milenaria historia, que no es sino la historia de todos los lectores, desde los que por vez primera pasaron las páginas de los códices del Imperio romano hasta los que gustan de buscar entre las estanterías de las librerías o los anaqueles de las bibliotecas hoy los libros que se sumarán a su bagaje personal y/o profesional.  

Frente a la lectura que realizamos en los ordenadores y los dispositivos electrónicos, la  lectura en papel nos aleja de las abundantes y repetitivas distracciones modernas y de la celeridad del mundo digital. Leer en papel es un acto que nunca podrá imitar la tecnología, porque no hay refugio sereno o cálido tras una fría y movediza pantalla; solo lo hay y podrá haberlo en las páginas de los libros, en donde el bullicio o el caos no tienen cabida, y entre las que resulta posible evadirse de las realidades (también de las virtuales) y encontrarnos con nosotros/as mismos.

Lucía Guerrero Ávila