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El primer libro que subrayé

El primer libro que subrayé

Soy de la opinión —siempre lo he sido— de que los libros tienen que cambiarnos de algún modo. Cuando terminas un libro, pierdes una parte del alma que ni siquiera sabías que tenías y que, sin embargo, te deja incompleto para siempre. Si un libro no te remueve y no cambia algo dentro de ti, entonces ha fallado como libro. Por eso me resulta tan complicado elegir una sola lectura, una sola amistad peligrosa, un solo libro que me haya cambiado la vida porque, ¿cuál no lo ha hecho? Creo que podría medir mi vida en libros, cada uno de ellos ligado a una emoción, a un momento, a una etapa, incluso a una persona. Por esto he decidido ceñirme a otros criterios para escoger la lectura.

El peligro de estar cuerda de Rosa Montero fue el primer libro que subrayé. Nunca antes había marcado un libro (aquello era casi una aberración para mí), pero había demasiadas frases, demasiadas reflexiones que quería retener, a las que quería regresar sin detenerme en leer de nuevo toda la obra. Así que elegí el subrayador amarillo más chillón que tenía y empecé a embadurnar las impolutas hojas de papel. “Somos lo que subrayamos en los libros” escuché una vez. He escogido este libro porque en él encontré una parte de mí.

Lo leí por primera vez cuando tenía diecisiete años, en el final del verano posterior al segundo curso de Bachillerato, cuando atravesaba una complicada época personal. Lo había comprado un año antes en la Feria del Libro y me lo llevé firmado por la autora, pero tenía una larga lista de libros pendientes y lo dejé en la estantería, acumulando polvo. Agradezco haberlo hecho. Con los libros ocurre como con las canciones; uno no siempre está preparado para entender lo que dice la letra y si lo hubiera leído entonces o incluso unos meses más tarde, no hubiese sido capaz de apreciarlo; de entenderlo. 

En apariencia, se trata de un volumen bastante corriente, con una cubierta que refleja a la perfección el contenido del volumen. Tres niñas se aferran a una barra de ballet mientras fijan la mirada en un elemento más allá de la imagen; una última la utiliza para colgarse de ella bocabajo, mientras esboza una mueca (encuentro pocas cosas más rompedoras que una niña oponiéndose a las instrucciones de una clase de ballet).

Pero, como es lógico, el verdadero tesoro es su contenido. El Peligro de estar cuerda es, en esencia, un ensayo sobre la genialidad (por extensión, también sobre la locura). Recuerdo leerlo a principios del mes de septiembre, tan solo unos días antes de comenzar el primer curso de Universidad. Seguía anocheciendo bastante tarde, pero el calor se había reducido considerablemente y sobre las ocho empezaba a refrescar. Era el mejor momento para salir fuera, leer y leer. Recuerdo sentir que aquel libro me hablaba, nombraba y materializaba pensamientos que circulaban inconexos por mi mente. Por encima de todo, aquel libro me permitió sentir aceptación. El peligro de estar cuerda es, para mí, un libro que hace abrazar aquellas excentricidades que, día tras día, uno se esfuerza en ocultar bajo una capa de normalidad (“una de las cosas buenas que fui descubriendo con los años es que ser raro no es nada raro” confiesa la autora). Es un libro sobre la intensidad de sentir la vida y aquellos pequeños momentos que la construyen (simplemente leer bajo las últimas luces del verano); pero también sobre cómo la vida asusta, precisamente, si se siente con demasiada intensidad.

El peligro de estar cuerda no cambió quién era yo, pero sí cómo percibía una parte de mí, y también cómo me aproximaba a la realidad que conozco. Es un libro que se llevó un trocito de alma, quizá un poco más grande que los demás, que está guardado en cada una de las frases subrayadas en amarillo chillón.

Carmen Martínez Narros

Tras la puerta de Jane Austen: el libro que cambió mi mirada sobre la lectura

Tras la puerta de Jane Austen: el libro que cambió mi mirada sobre la lectura

Lo único que hacía mi madre era regalarnos libros y libros e intentaba animarnos a leer desde bien pequeños a mis hermanos y a mí. No me gustaba leer, pero cuando no había otra cosa que hacer en casa, era lo que tocaba. Hasta que me regaló aquel libro que cambió mi modo de percibir la lectura.

Tenía 14 años cuando Orgullo y Prejuicio de Jane Austen nubló mi juicio durante tres días seguidos, no dormía y comía rápido para continuar leyendo. No concebía otro objetivo en ese momento que no fuese el de seguir leyendo. Ni siquiera pensaba en acabarlo, pues no era consciente de que ese libro igual que tenía principio, tenía fin.

Me regalaron el libro el 6 de enero de 2021, debido a la festividad de los Reyes Magos. Al desenvolverlo, al observar cómo era físicamente y la carta de Baltasar animándome ardientemente a leer el libro, no pude sino rendirme a su insistente petición. Mientras mis hermanos admiraban asombrados por la ventana la cantidad de nieve que estaba cayendo, yo leía plácidamente en el escritorio de mi habitación observando con extrañeza, pero sin dar importancia a aquel fenómeno meteorológico. Pues en ese momento, aquella lectura me importaba mucho más que Filomena.

Los sentimientos que me despertó la novela al leerla fueron muchos y muy variados. Nunca antes un libro había captado tanto mi atención como para poner los cinco sentidos en él, me intrigaba tanto cada acontecimiento que se narraba que no podía parar. Recuerdo que dependiendo del momento que leyese sentía una cosa u otra, en función de lo que le estuviera pasando a la protagonista. Cuando Elisabeth se enteró de la verdadera razón por la cual el señor Bingley se había alejado de su hermana, yo también me enfadé junto a ella. Cuando Lydia toma malas decisiones en la vida que la obligan a casarse con George Wickham, también me decepcioné como se decepcionó Elisabeth de su hermana pequeña. Asimismo, Elizabeth Bennet consiguió que de alguna manera me enamorase del Señor Darcy y pensara que era el hombre más noble del mundo.

Cuando acabé la novela, no me quedé ahí. Era imposible que todo hubiese acabado ahí. Busqué si había una versión cinematográfica y obligué a mis hermanos a ver la única que encontré disponible en ese momento, Orgullo y prejuicio y zombies. Pero, aun así, no me parecía suficiente. La novela causó en mí tan gran impacto que no podía sino comentarla y hablar de ella a todo el mundo. Esa era mi manera más concreta de mantenerla viva. Puesto que, una vez leída sólo podía mantener mis emociones y sentimientos hacia ella compartiéndolos con los demás. He de decir que, a pesar de que mis hermanos pensaran seguramente que me había vuelto loca, aguantaron mi locura como unos caballeros.

Tras ver que ninguna otra novela posterior me había despertado las ganas de leer como esta, intenté releer la obra unas cuantas veces, pero sin mucho éxito. Ya que no encontraba un momento oportuno como aquellas vacaciones de Navidad en las que pudiera aislarme de todo y de todos en cuatros días y dedicarme sólo a leer.

Se lo recomendé a muchas amigas, les invité a leerla para que pudiéramos hacer una reunión de lectura en la que compartiéramos nuestras impresiones acerca del libro, pero no tuve mucho éxito. Respecto al ejemplar que me regalaron los Reyes Magos, no lo conservo. Se lo regalé a una amiga muy importante para mí, para que pudiese leerlo y en cierto modo experimentar lo mismo que yo experimenté cuando lo leí.

Al leer Orgullo y Prejuicio, descubrí que me gustaban los libros clásicos. Así, empecé a leer Mujercitas de Louisa May Alcott. Leer a dos escritoras me hizo interesarme por los libros que habían sido escrito por mujeres, lo que me llevó a Agatha Christie que, a su vez, me llevó a Sherlock Holmes. Y a partir de ahí, desarrollé un gusto y hábito ante cualquier género literario. En conclusión, se podría decir que fue Jane Austen la que hizo que me empezase a gustar el mundo de la lectura y ya no leyese por pura obligación o para estar a la altura de las conversaciones que surgían en mis círculos cercanos. Sino que, realmente comencé a mirar los libros con otros ojos, ya no como el último recurso ante el aburrimiento en las vacaciones, sino como otra manera de entender el mundo. Como una nueva puerta tanto para el entretenimiento como para el saber.

Gemma Aparicio López

Letras y Refugios: Un Paseo por Mi Biblioteca Personal

Letras y Refugios: Un Paseo por Mi Biblioteca Personal

* Fragmento de la actividad académica "Mi biblioteca personal", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. Los alumnos/as debía escoger 50 libros de su biblioteca personal, inventariarlos y reflexionar sobre en qué medida estos hablan de las personas que son.

La identidad de cualquier lector no nace de la nada, sino de un momento inicial que marca la pauta de su futura curiosidad. En mi biblioteca, ese origen está representado por obras como Marimar, la sirena gruñona o Los viajes del rey Babar. Estos libros, que me acompañaron a los cinco o seis años, son los cimientos de mi edificio intelectual. Representan la etapa de la lectura compartida y el descubrimiento del código escrito. Si alguien analizara estas obras hoy, vería en sus páginas desgastadas el inicio de una vocación: la de una persona que años después elegiría la Educación para guiar a otros niños en ese mismo proceso. Cabe destacar que están guardados con especial nostalgia y cariño; además de que el segundo libro antes mencionado, fue tomado de la biblioteca del cole y finalmente acabó fundido en el mar de libros de mi estantería.

Durante los veranos de mi adolescencia, mi identidad lectora se configuró a través de la pantalla. Wattpad fue mi “biblioteca portátil”, un espacio de lectura extensiva, social y democratizada. Sin embargo, el hecho de que hoy esos títulos ocupen un lugar físico en mis estanterías (como la saga After o Perfectos Mentirosos) demuestra para mí una transición fundamental: el deseo de materializar la experiencia digital.

Para el lector humanista, el libro como objeto sigue teniendo un peso simbólico inigualable. Tener en papel lo que una vez leí en una pantalla es una forma de validar esas emociones adolescentes y otorgarles un lugar en mi historia personal. Refleja a una lectora “híbrida” que entiende la modernidad digital pero que aún busca refugio en el papel para sus ratos de ocio. Añado que a este espacio de mi estantería también le tengo un amor especial ya que me recuerda a tantas tardes de julio y agosto en el suelo de mi salón leyendo hasta la noche.

Como señalaba Borges, una biblioteca es también una biografía. Un libro destaca por su carga emocional: Memorias de una geisha. Al haberlo heredado de mi madre, este volumen deja de ser un simple libro para convertirse en un vínculo afectivo y cultural. Representa el traspaso de una sensibilidad, de una cultura familiar que me precede. En mi biblioteca, este libro “conversa” con clásicos modernos como 1984 o Fahrenheit 451, demostrando que mi identidad también se construye a través del diálogo con las distopías (las cuáles disfruto muchísimo) y la crítica social, elementos propios de mi formación humanista que busco cultivar.

Finalmente, la parte más reciente de mi biblioteca proyecta mi imagen hacia mi futuro profesional. Obras como rEDUvolution de María Acaso o los libros de Inger Enkvist y Marc Prensky no están ahí para solo el deleite, sino para la construcción de mi “yo” profesional. Aquí es donde ejerzo la lectura intensiva: subrayo, anoto y estudio estos textos. Esta sección de la estantería es la que “me representa” en mi ambición por transformar el aula. Si alguien recuperara mi biblioteca dentro de décadas, vería a una persona que no se conformó con ser una lectora pasiva, sino que buscó activamente las herramientas para ser una educadora crítica y actualizada. La convivencia entre las Princesas del Reino de la Fantasía y los tratados sobre Nuevas tecnologías aplicadas a la educación resume perfectamente mi trayectoria: soy la suma de mi fantasía infantil, mi pasión adolescente y mi compromiso docente adulto.

En conclusión, mi biblioteca no es solo un conjunto de libros; es un autorretrato. En esencia, es el mapa de una trayectoria vital que demuestra que somos en gran medida aquello que hemos leído y cómo hemos decidido conservarlo a nuestro lado a través del tiempo.

Leticia Mercedes González Zeballos

A través de mis libros

A través de mis libros

* Fragmento de la actividad académica "Mi biblioteca personal", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. Los alumnos/as debía escoger 50 libros de su biblioteca personal, inventariarlos y reflexionar sobre en qué medida estos hablan de las personas que son.

Mi biblioteca personal constituye un reflejo de mi identidad como lectora y como persona. Entre mis libros existe un claro predominio del género romántico, lo cual evidencia mi inclinación hacia este tipo de lecturas. Me considero una persona romántica no solo en el ámbito de la pareja, sino también en la forma en que me relaciono con quienes me rodean. Además, este género fue el punto de partida de mi trayectoria lectora, por lo que mantiene un valor significativo y emocional dentro de mi biblioteca.

Para mí, la lectura no es únicamente una actividad de ocio o formación, sino también un espacio personal de tranquilidad. Leer se ha convertido en una especie de refugio o “lugar seguro”, un momento de desconexión en el que puedo aislarme del entorno y encontrar calma. En este sentido, los libros funcionan como un espacio íntimo al que recurro cuando necesito estabilidad o paz, lo que refuerza el valor personal que tienen dentro de mi vida cotidiana.

Por otro lado, la organización de mis libros pone de manifiesto la importancia que tiene el orden en mi vida cotidiana. No se trata únicamente de una cuestión estética dentro de la estantería, sino de una forma de estructurar mi entorno que refleja una personalidad metódica y organizada. Asimismo, la presencia de numerosos libros pertenecientes a sagas, muchas de ellas completas, muestra una tendencia a la continuidad y al compromiso con la lectura, ya que no suelo dejar historias a medias y siento la necesidad de completar aquello que comienzo.

Del mismo modo, la inclusión de obras relacionadas con la historia responde no solo a mi formación académica, sino también a un interés personal por comprender el pasado y la evolución de la sociedad. Aunque este tipo de libros es menos numeroso dentro de mi biblioteca, disfruto de su lectura y forman una parte importante de mi desarrollo intelectual, lo que refleja una combinación entre lectura de ocio y lectura formativa, similar a la dualidad propia del lector humanista.

Por otro lado, el uso de posits en muchos de mis libros, especialmente en los de género romántico, constituye una forma de interacción directa con la lectura. Estos elementos no solo me permiten señalar fragmentos relevantes o significativos, sino que también reflejan una evolución en mi manera de leer, ya que su disposición y cantidad han ido cambiando con el tiempo. De este modo, los posits funcionan como una huella material de mi experiencia lectora, evidenciando qué partes me han marcado más en cada etapa y cómo ha ido transformándose mi relación con los textos.

Si alguien observara mi biblioteca en el futuro, probablemente podría reconstruir ciertos aspectos de mi trayectoria vital y lectora. La disposición de los libros, el uso de elementos como los posits y los cambios en la organización a lo largo del tiempo evidencian una evolución tanto en mis gustos como en mi forma de relacionarme con la lectura. En este sentido, mi biblioteca no solo actúa como un espacio de almacenamiento, sino como una representación material de mis intereses, mi personalidad y mi desarrollo personal a lo largo del tiempo.

Ainoha Pinar Prados

Nuestra lectura, nuestra generación, nuestras normas

Nuestra lectura, nuestra generación, nuestras normas

* Fragmento de la actividad académica "Mi biblioteca personal", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. Los alumnos/as debía escoger 50 libros de su biblioteca personal, inventariarlos y reflexionar sobre en qué medida estos hablan de las personas que son.

Toda mi biblioteca se almacena en tres estanterías ubicadas en la pared de mi habitación. Los libros se organizan de la misma manera en la que leemos, de izquierda a derecha. En mi caso, cuando reorganicé la habitación el pasado verano, decidí hacerlo por tipo de libros, creando los siguientes grupos: obras ilustradas, ensayos / textos académicos, teatro, novela y poesía.

Pero estos cincuenta libros no representan toda mi historia lectora. La gran mayoría de mis libros pertenecientes a mi etapa más infantil, además de otros que ya no me interesaban, los he acabado donando a proyectos como el realizado por TuuuLibrería, con la intención de hacer la lectura accesible a todo tipo de públicos. Otros libros que sigo teniendo en posesión, no los he considerado tan representativos como las cinco decenas de ejemplos aquí expuestas. También creo pertinente hablar del papel que han tenido en mi vida los libros de préstamo de bibliotecas municipales y que son imposibles de reunir en un inventario como este.

Entre los libros de la lista encontramos un porcentaje más o menos similar entre los grupos que ya he mencionado. Desde mi punto de vista y hablando con personas de mis círculos cercanos, creo que mi biblioteca destaca sobre las demás debido a la coexistencia en similar proporción de obras ilustradas, teatro, ensayos y novelas. Tal y como lo percibo, entre los grupos jóvenes el género literario más destacado es la novela; pero, aplicado a mí, y esto lo siento desde hace un par de años, la novela – y también el teatro – es una forma de distracción de la realidad. Esta es una actividad necesaria, pero no debe ser la única que se realice en cuanto a la lectura, pues el aprendizaje o la reflexión traída por los textos ensayísticos ha sido una de las maneras en las que mejores conclusiones he sacado y más me han formado como la persona que soy actualmente.

Con todo esto, no quiero colgarme a mí mismo la etiqueta de erudito o cultureta. Más bien lo contrario: reconocer la importancia de los libros más académicos o ensayísticos me parece una forma de asumir la ignorancia en según qué aspecto, pero poniendo un remedio a esta.

Otro aspecto que me gustaría recalcar es el tamaño de los libros. Es un factor clave en mi lectura del día a día, pues considero notoria mi preferencia por la lectura de muchos libros de breves páginas, por lo general, menos de 200, antes que la lectura de un gran libro. Este suceso diría que guarda una gran relación con lo que hemos acordado denominar la “generación de la inmediatez”. No es un secreto que mi generación, la generación Z (nacidos entre 1997 - 2010), nos hemos criado en un mundo en el que, por unas cosas o por otras, las esperas se han ido haciendo cada vez más cortas. Por ejemplo, si se rompía algo en casa y teníamos la capacidad de adquirir algo nuevo, se reemplazaba sin tener que esperar mucho tiempo. Junto a esta novedad del mercado respecto a generaciones pasadas, también es notorio el papel que han jugado las tecnologías como la televisión, con canales que nos dotaban de entretenimiento las veinticuatro horas del día, o las redes sociales con el scroll infinito. Es a esto a lo que achaco que prefiera antes lecturas cortas a establecer un gran compromiso lector con otro libro y que el género del teatro tenga un papel tan fundamental dentro de mis lecturas.

Miguel Ballesteros Villalpando

El sudor de mis abuelos convertido en letras

El sudor de mis abuelos convertido en letras

Nací en Benamargosa, un pequeño pueblo de la Axarquía malagueña donde la tierra y el campo marcaban nuestro ritmo de vida y donde el tiempo parece avanzar de otra manera. Crecí rodeado de personas que aprendieron a resistir antes que a soñar. Mi familia ha vivido siempre trabajando bajo el sol, entre limones, mangos y aguacates, con la dignidad admirable de aquellos que llenan las carencias con sonrisas.

En mi casa nunca hubo grandes discursos sobre literatura o filosofía. No porque no se valoraran, sino porque la vida muchas veces no deja espacio para detenerse a pensar en esas cosas. Quizás el arte se entienda de manera distinta, tal vez se aprecie más ese duende del que hablaba Lorca y que he visto en mi abuelo desde bien pequeño. Despertarme escuchando a mi abuelo cantar coplas es una sensación difícilmente explicable con palabras, así como ese duende misterioso, pues volviendo a citar al magnánimo Lorca “solo el misterio nos hace vivir”.

Y, sin embargo, precisamente de esa tierra he salido yo, alguien obsesionado con las letras y con la necesidad de entender el mundo a través de las humanidades. Por eso pienso tantas veces en mi madre embarazada de mí trabajando en la biblioteca del pueblo, una biblioteca pequeña, silenciosa, casi vacía la mayor parte del tiempo. Me gusta imaginarla allí, ordenando libros mientras yo todavía no había nacido, rodeado ya de historias. Hay algo profundamente simbólico en esa imagen. Como si mi vida como futuro escritor hubiera empezado antes incluso de aprender a caminar.

Con el tiempo, aquella biblioteca terminó cerrando. Precisamente por eso sigo recordándola tanto, porque en este tipo de lugares, donde casi todo parece escrito de antemano, una biblioteca puede convertirse en una ventana por la que escapar. Una posibilidad. Un sitio desde el que imaginar otras vidas.

En mi entorno, muchos jóvenes han terminado atrapados por destinos que parecían inevitables, como abandonar los estudios demasiado pronto para dedicarse a trabajar, como resignarse a una vida que no eligieron o como perderse demasiado pronto. Perderse es frecuente en pueblos donde las oportunidades parecen quedar siempre lejos, o ni siquiera se llegan a plantear. Yo podría haber seguido ese mismo camino. Por eso agradezco profundamente las oportunidades que he tenido. Entender que podía estudiar y pensar el mundo de otra manera ha sido un privilegio construido sobre el esfuerzo de quienes vinieron antes de mí. Las humanidades no me alejaron de mi realidad, sino que me enseñaron a entenderla de otra manera.

Cada libro que sostengo entre las manos lleva, de alguna forma, el sudor de mis abuelas y abuelos. Ellos no pudieron dedicar su vida a la cultura (más bien a la agricultura), pero trabajaron para que las siguientes generaciones tuvieran la posibilidad de elegir otro camino. Y creo que pocas veces nos paramos a pensar en eso, en cuántas personas han sostenido, sin saberlo, la vida intelectual de otras. Detrás de cada estudiante, de cada lector, de cada persona que puede permitirse pensar libremente y escribir, suele haber alguien que se pasó la vida trabajando para hacerlo posible.

Por eso nunca he sentido vergüenza de mis raíces, ni siquiera cuando llegué a Madrid con mi madre en busca de oportunidades y se reían de mi acento. Al contrario. Todo lo que soy empezó allí, en los caminos de tierra, en la escasa agua del río, en las conversaciones cotidianas, en el cansancio de mi abuelo al volver del campo y en la humildad de una familia que, pese a no hablar nunca de cultura, me enseñó el valor más importante de todos: el sacrificio por aquellos a quienes amas.

Y aunque hoy mis pasiones sean el arte y la escritura, no sueño con alejarme de mi tierra. A veces imagino mi futuro y me veo regresando a mi campo, cuando todo en esta vida vaya más despacio. Volver a la tierra de mi familia y escribir desde allí, rodeado del mismo paisaje que me vio crecer a mí y a mis antepasados. Espero, algún día, hacer valer las heridas de sus manos y el sudor de sus frentes.

Ángel Cristóbal Rodríguez Lavado

El cómic en decadencia

El cómic en decadencia

Cuando nuestros padres eran pequeños, el cómic era un elemento en constante auge. Bajar al quiosco y comprarte un tebeo por 25 pesetas es una sensación que las generaciones actuales no viven y que, por desgracia, tiene pinta que no van a vivir nunca. Pero ¿en qué momento se ha producido este cambio?

Los quioscos llevan años desapareciendo. En una sociedad que solo busca el título académico y el trabajo que dé dinero, por lo visto, no hay cabida para estos pequeños comercios que, cuando éramos niños, proveían al barrio de periódicos, chuches o cómics. En gran parte, la desaparición del lector de cómic se debe a la propia decadencia de estos puestos, aunque no es ésta la única razón.

Los cómics no han desaparecido como lo han hecho los quioscos; todavía existen dibujantes y puntos de venta de los mismos, pero sí ha desaparecido su base de lectores. Si comparamos la cantidad de lectores del mundo del cómic hace 40 años con la cantidad de lectores de la actualidad, se hace más que evidente esta disminución. Y, ojo, que no hablo del manga, el comic japonés, sino del cómic español; de Mortadelo y Filemón, Astérix y Obélix, Mafalda, etc.

Está claro que el mundo del manga se encuentra en auge mientras que el cómic decae cada vez más, pero ¿por qué? Yo, como lector de cómics, lo tengo claro: los precios y la distribución del cómic han cambiado. Cuando eras pequeño, si bajabas a comprar unas chuches y veías un cómic con un título atractivo, unos personajes irreverentes y un precio razonable, lo comprabas. Sin embargo, si ahora de pequeño entras en una librería (situación que ya prácticamente no se da), donde tienes cientos de opciones, y ves un cómic, con un título atractivo, personajes irreverentes, pero que cuesta 40 euros (como poco), pues es evidente que no te lo llevas, al no tener ese dinero.

Entonces, ¿cómo es que el manga cada vez es más exitoso? Esto también está claro: su distribución y precio son más accesibles. Sin ir más lejos, al entrar al Alcampo, hay stands de cómics por 35 euros y justo al lado, un stand con un manga desde 1,5 a 10 euros. Evidentemente, al observar esto, un adolescente va a comprar lo que puede permitirse, en este caso, el manga.

En definitiva, el fin del cómic, por desgracia, se encuentra próximo, sobre todo teniendo en cuenta el comportamiento de las editoriales a la hora de distribuirlo y venderlo, pero también por culpa de una sociedad que no preserva aquellos elementos significativos de sus ciudades, como los quioscos.

Mario Blanco Jaurena

¿La «fast fashion» de los libros? El impacto de BookTok en la lectura

¿La «fast fashion» de los libros? El impacto de BookTok en la lectura

En los últimos años, los contenidos breves en las redes sociales han ganado cada vez más popularidad y este aumento ha influido en nuestra forma de leer, incluyendo cómo descubrimos y leemos libros. A través de plataformas como TikTok e Instagram ha surgido la tendencia «BookTok», que ha incrementado las tasas de lectura entre determinados grupos de edad, así como en ciertas categorías de libros. Esto también ha favorecido la creación de comunidades lectoras y el descubrimiento de nuevos autores. Si bien este es sin duda un aspecto positivo de las redes sociales, también plantea una cuestión importante: de si BookTok ha fomentado o no una forma de lectura más superficial y guiada por las tendencias, en la que los libros son productos para consumir en lugar de para disfrutar y aprender de ellos. 

No se puede negar que esta nueva tendencia tiene muchos aspectos positivos. Como se ha comentado anteriormente, se ha producido un aumento sustancial en el número de jóvenes lectores. Una encuesta reciente de la Asociación de Editores reveló que casi dos tercios de las personas de entre dieciséis y veinticinco años habían descubierto su pasión por la lectura a través de la comunidad lectora de TikTok. Esto es especialmente relevante si tenemos en cuenta que, según los informes, los estudiantes universitarios pasan actualmente una media de entre ocho y diez horas al día frente a las pantallas. La plataforma de redes sociales también ha permitido a autores desconocidos ganar más popularidad a través de la aplicación.

Sin embargo, al analizar esta situación más de cerca, es importante cuestionar la estabilidad y la longevidad de esta tendencia. La corriente de BookTok surgió a finales de 2019 y sigue siendo un hashtag muy utilizado en la actualidad. Sin embargo, es importante evaluar las microtendencias dentro de esta tendencia a mayor escala. La mayoría de los libros que se hacen populares aumentan su fama rápidamente gracias a unos pocos vídeos virales. Es habitual que este tipo de creador de contenido publique un vídeo en el que muestra una reacción emotiva ante la novela que haya leído recientemente, y con el que interactúan miles, o millones, de usuarios. Naturalmente, esto da lugar a un enorme aumento de la demanda de la novela.

El problema con este incremento repentino de la popularidad de una novela es que, en ocasiones, puede ser temporal. Por lo general, un libro que se vuelve viral en TikTok permanece en el punto de mira durante un máximo de dos a cuatro meses antes de que su popularidad decaiga y los lectores pasen al siguiente libro.

BookTok también ha contribuido al aumento de la popularidad de géneros literarios específicos. Por lo general, los libros románticos, de fantasía y para jóvenes adultos dominan las últimas tendencias en las redes sociales. Esto se debe en parte a que los algoritmos tienden a recomendar contenido similar a lo que los usuarios ya han visto, creando un ciclo en el que los mismos libros y géneros siguen dominando las redes sociales. Como resultado, otros tipos de literatura, como los clásicos, las obras históricas o los autores menos conocidos, pueden recibir menos atención. Algunos críticos incluso afirman que leer en BookTok puede convertirse en algo «performativo», lo que significa que los libros a veces se utilizan como parte de una imagen online en lugar de simplemente para el disfrute personal. Los vídeos que muestran grandes colecciones de libros, reacciones emotivas o listas de «libros imprescindibles» pueden crear presión para leer ciertos títulos con el fin de participar en las tendencias online. Además de esto, algunos creadores han sido acusados de leer por encima los libros que recomiendan, e incluso, en ocasiones, lo admiten. Una creadora, Allyson Faye, escribió en una publicación: «Admito sin reservas que leo por encima grandes partes de los libros #BookTok». Las redes sociales premian el consumo rápido y la producción constante de contenido. Evidentemente, los creadores de contenido han recurrido a la lectura rápido y superficial para mantenerse al día con la demanda constante de las tendencias en redes sociales. 

En última instancia, BookTok ha conseguido despertar el interés por la lectura y acercar los libros a un público más amplio. Sin embargo, también plantea dudas sobre si los libros se están convirtiendo en productos guiados por tendencias pasajeras. Quizás la cuestión más importante no sea si BookTok hace que las personas lean más, sino qué tipo de lectores está creando.

Helen Rosa Heffernan

Mar de pensamientos

Mar de pensamientos

Viernes 8 de mayo, 22:00, mis colegas y yo estamos bajando las escaleras del metro en dirección hacia Moncloa para celebrar el cumpleaños de Jorge. Nos montamos en el metro, disfruto de nuestras voces y del tintineo de las botellas dentro de las bolsas de plástico.

Nos sentamos frente a frente ocupando los 8 sitios de las filas y comentamos el plan de la noche. En este instante mi mirada se desvía de la conversación hacia un cartel pegado cerca de la ventana contraria a mí. Intento leerlo desde la distancia, pero, como casi siempre, me he dejado las gafas en casa y me levanto, ajeno a la conversación que entablaban mis acompañantes.

Se trata de una de las muchas impresiones que encontramos diariamente en el metro, partes de textos que observan cómo miles de transeúntes suben y bajan del vagón, muchos desconocedores de la existencia de estas, mirando las pantallas de sus teléfonos, hablando con sus compañeros o simplemente tratando de llegar a su destino. Me fijo y el autor me habla de lo mucho que añora el mar, de que, aunque él se considerase de Madrid —dado que allí había vivido toda su vida— echaba de menos su vida en Montevideo y Barcelona. Recordaba esos tiempos con cercanía y exactitud, como si de ayer se tratase. Sin embargo, se da cuenta de que son tiempos pasados y no le cuesta reconocer que esa añoranza tiene cara en ambos lugares. ¿De quiénes se tratará?, me quedo pensando.

Justo en ese momento, recuerdo el mar de Mallorca, sus playas bañadas en agua cristalina y la compañía de mis amigos después de la EVAU; mismos amigos con los que, dos años después, estoy montado en el metro. Recuerdo el hotel en el que estábamos alojados y todas aquellas cosas que vivimos, los garitos cutres, los amaneceres y, como el autor, una cara. ¿Qué será de esa persona? ¿Cómo recordará ese viaje? ¿Se acordará de mí de la misma forma en la que yo me acuerdo de ella? La voz de mi cabeza se entremezcla con el ruido de los vagones, los avisos de las paradas y el entrar y salir de gente. Esa cara ocupa ahora mismo mi mente, con nombre y apellidos, pero su significado para mí es ajeno al que ahora tiene en mi vida. De repente escucho que me llaman: “Empanao, que nos vamos”. Vuelvo en mí y tardo en recordar dónde estoy mientras mis amigos se ríen, fruto del ensimismamiento en el que me había encontrado durante los últimos 40 minutos.

Salimos y solo puedo pensar en cómo el mar, al igual que la mente, nos acerca y aleja recuerdos de los que, por mucho que creamos, pocas veces podemos escapar. El mar y la mente, las olas y los recuerdos, siempre en un vaivén que solamente si nos paramos a mirar podremos sentir cómo terminan por mojar nuestros pies. Supongo que la nostalgia habrá hecho estragos en el recuerdo, pero gracias a estas lecturas que encontramos en nuestro día a día, podemos transportarnos a otros lugares a los que con otros medios no podemos.

Víctor Fernández Ricote

Cartas que nunca envío

Cartas que nunca envío

Escribo cartas a personas que nunca envío.

Se podría considerar una cobardía, un mecanismo de evasión o incluso una forma de negación. Yo no estoy de acuerdo. Escribo al menos una carta a la semana a alguien que nunca la recibirá. Escribir no siempre tiene que ver con la comunicación entre personas; tiene que ver con la expresión, sí, pero ¿quién dice que esto no pueda incluir la expresión interior?

A veces me pregunto qué pasaría si todas las cartas que escribo las leyera su destinatario. Pero ¿son realmente los destinatarios si escribo la carta para mí misma y no para ellos? Escribo cartas de rabia, cartas de amor y todo lo que hay entre medias. A veces escribo a la gente por el simple hecho de escribir. Puede que no tenga absolutamente nada que ver con ellos y, sin embargo, siempre escribo su nombre en la parte superior de la página. Quizás sea una forma de dedicar ese momento a alguien, o quizás sea simplemente la manera de plasmar mis pensamientos en el papel.

Escribo tanto a los muertos como a los vivos, a personas de todos los rincones de mi vida. Me da tranquilidad saber que no espero una respuesta ni una reacción; esto es solo para mí.

Escribir es una de las formas más naturales de expresión humana. El propósito de la vida, tal y como lo veo, es expresarse. Ya sea esa expresión de amor, ira, disgusto, gratitud o incluso celos, nuestras vidas cotidianas como seres humanos giran en torno a estas emociones e interacciones. Aunque podemos expresarnos verbalmente, emocionalmente y de forma creativa, es la comunicación escrita la que, en mi opinión, encierra nuestra verdad más profunda.

He escrito en mi diario de forma intermitente durante la mayor parte de los últimos diez años. Yo era esa niña que tenía casi todo el material de papelería. Guardaba mis mejores bolígrafos, rotuladores e incluso papel, esperando una ocasión que justificara su uso. Por supuesto, esa ocasión rara vez llegaba, por lo que mis mejores artículos quedaban sin usar. Qué desperdicio.

A medida que fui creciendo, me di cuenta de que lo que más me emocionaba de escribir en mi cuaderno no era el material de papelería. La emoción que sentía no provenía del color del bolígrafo que usaba ni de cuántas pegatinas podía poner en la página. Me quedó claro que la emoción provenía de las propias palabras y frases que iba creando. Mi cuaderno se convirtió en un lienzo en blanco en el que podía expresarme con la mayor libertad posible. Dejé de preocuparme por la presentación de la página y empecé a escribir sin restricciones, sabiendo que mis palabras no eran para nadie más que para mí misma.

La escritura es el medio a través del cual nos expresamos. Ya sea a través de cartas de amor, correos electrónicos airados o los simples mensajes de texto que enviamos cada día, utilizamos continuamente la palabra escrita para comunicar nuestras emociones. Sin embargo, es a través de la escritura donde podemos ser más sinceros, tanto con los demás como con nosotros mismos.

Especialmente en una época llena de ruido y distracciones constantes, dedicar un rato a sentarse con nada más que un bolígrafo y un papel permite que la sinceridad salga a la luz. Antes solo me tomaba el tiempo de escribir en mi diario cuando me encontraba mal, utilizándolo como una forma de buscar respuestas. Con el tiempo, me di cuenta de que escribir también podía ayudarme a evitar llegar a ese punto en primer lugar. Dejó de ser solo una reacción para convertirse en una forma de liberación. Fue entonces cuando empecé a escribir mis cartas.

Quizás la escritura no siempre esté destinada a ser compartida. A veces existe únicamente para la persona que escribe. En un mundo en el que se espera constantemente que nos expliquemos ante los demás, escribir ofrece un espacio en el que no tenemos que hacerlo. Nos permite ser sinceros, sin miedo al juicio ajeno, y comprendernos a nosotros mismos con mayor claridad.

Si tuviera que dar un consejo, sería escribir una carta que nunca tengas intención de enviar.

Hannah Moriarty

Lo invisible habla

Lo invisible habla

Guardado en un cajón tengo un boli de tinta invisible. Quizás debería volver a usarlo como hacía cuando era pequeña para escribir mis mayores secretos. Pero ¿dónde van las palabras cuando no las vemos?

El emperador romano Cayo Tito una vez dijo: “verba volant, scripta manent” (“las palabras vuelan, lo escrito se queda”). No obstante, yo no creo que tuviese razón, porque a las palabras de hoy siempre se las acaba por llevar el viento.

La realidad de la palabra escrita ha cambiado drásticamente. Las palabras aparecen y desaparecen, los bits de las páginas borran y reescriben nuevas historias a velocidades inimaginables para alguien de la Antigüedad, como Cayo Tito. Hoy en día, plasmamos nuestras ideas en tipos de soportes nuevos, desde libros electrónicos hasta ordenadores portátiles. Todos ellos ofrecen amplias ventajas porque hacen que el mundo gire más rápido: que la información llegue antes a más sitios y que se produzca más. En cambio, al mismo tiempo, cada vez escribimos menos “a fuego lento” y, al apagar los leds de nuestras pantallas, nuestras palabras se van sin dejar cicatriz.

Esta falta de permanencia no es necesariamente negativa. Antes de que me dejasen escribir con bolígrafo, intentaba no apretar el lápiz para poder borrarlo con la goma. Recuerdo que me daba respeto escribir mal una carta o un examen porque siempre quedaba un ligero rastro de mis errores. En la universidad escribo con un teclado, pero tengo la mente desordenada y osada. No tengo miedo a equivocarme porque sé que siempre lo podré borrar y editar. Mimo mis palabras de otra forma y rara vez escribo de manera lineal.

Los soportes digitales han hecho que el proceso de escribir pase de ser cauteloso a ser móvil. La escritura ha pasado a ser un puzzle creativo, donde intentamos cuadrar las piezas allí donde encajan: haciendo primero los bordes, grupos de imágenes que encuentras, conectando piezas arriba, abajo, a la izquierda, a la derecha… El problema surge cuando queremos hacer un puzzle sin paciencia. Cada vez vivimos más rápido, y nos vemos tentados a usar las sugerencias automáticas de las inteligencias artificiales o, como a mí me gusta llamarlas, negligencias artificiales.

Bajo esta realidad, diría que la tinta invisible es la forma más pura de escritura humana que tenemos en la actualidad. Es poética. Cuando escribimos en las hojas de nuestros diarios íntimos, nos enfrentamos al vacío del papel solos, sin ayudas de algoritmos que rellenen nuestras frases inconclusas y corrijan nuestros titubeos. Con ella equivocarse no supone ningún problema ni vergüenza y la escritura vuelve a fluir al ritmo del pensamiento. Además, tus palabras tampoco se borran, simplemente permanecen escondidas en tu memoria hasta ser vistas bajo la luz adecuada.

Me encantaría saber vuestra opinión, pero, la verdad, confieso que estoy cansada de leer textos con guiones chatgepetianos. En el caso de querer escribirme, solo aceptaré cartas en tinta invisible, en tinta humana.

Laura Maestre Escudero

Descubrir la lectura desde el otro lado de la caseta

Descubrir la lectura desde el otro lado de la caseta

Hay recuerdos que se quedan pequeños cuando intentamos contarlos con palabras y, para mí, la Feria del Libro de Madrid es uno de ellos.

Desde que era pequeña, ir a la Feria era mucho más que un simple paseo; era una de esas fechas sagradas que esperas todo el año sin ser consciente de por qué. Recuerdo caminar por El Retiro de la mano de mi familia, detenerme en cada caseta queriendo mirar todos los libros y sentir que aquel lugar tenía una magia especial. Siempre volvía a casa con una historia nueva entre las manos y esa felicidad tan difícil de explicar que solo aparece en la infancia. Yo entonces no lo sabía, pero estaba creando recuerdos que se quedarían conmigo para siempre.

El año pasado tuve la suerte de trabajar allí por primera vez y nunca imaginé todo lo que iba a sentir viviendo la Feria desde el otro lado de la caseta. Porque cuando eres pequeña, ves los libros; pero cuando estás dentro, empiezas a ver también a las personas. Y creo que eso fue lo que más me emocionó.

Todavía recuerdo a los niños entrando en la caseta con los ojos completamente abiertos, acercándose a los cuentos con una ilusión imposible de fingir. Algunos abrazaban los libros contra el pecho antes incluso de comprarlos, como si fueran tesoros que temieran perder. Y mientras los miraba, no podía evitar verme reflejada en ellos; yo también fui esa niña que sentía que un libro nuevo era el mejor regalo del mundo.

También me llegaron especialmente al corazón los abuelos. Nunca olvidaré a tantos de ellos buscando libros para sus nietos, con una ilusión casi tan grande como la de los propios niños. Entraban preguntando recomendaciones porque tenían niños de edades muy distintas y gustos muy variados, y querían encontrar la historia perfecta para cada uno de ellos. Escuchaban cada sugerencia con una atención preciosa, como si no estuvieran eligiendo únicamente un libro, sino un momento que iba a quedarse en su familia para siempre.

Y hubo algo que me emocionó profundamente: las familias que volvían días después para agradecerme las recomendaciones, contándome con una sonrisa que habían disfrutado juntos de la lectura o que aquel libro había sido un descubrimiento para todos. En esos instantes sentía algo muy difícil de explicar, como si una pequeña parte de mí se quedara también en cada historia que se llevaban.

Había veces en las que levantaba la vista y veía todo aquello desde dentro de la caseta: las filas interminables, las manos sujetando libros con cuidado, las sonrisas y el ruido de las páginas pasando… y sentía algo muy difícil de explicar. Era como si, durante unas semanas, el mundo se volviera un lugar más bonito, más humano y más lleno de vida.

Trabajar allí me hizo comprender que los libros nunca son solo papel y tinta. Son recuerdos de infancia, conversaciones y niños descubriendo mundos que los acompañarán siempre. Porque en la Feria no solo se venden historias: allí se crean recuerdos. Y creo que hay pocas cosas más especiales en este mundo que eso.

Alba García Martín

De la revolución sentimental al ocaso del adjetivo: ¿maestros o arqueólogos de cerebros fritos?

De la revolución sentimental al ocaso del adjetivo: ¿maestros o arqueólogos de cerebros fritos?

Como bien señala Antonio Castillo Gómez en su Historia mínima del libro y la lectura (2004), el libro es un objeto y un producto cultural que muta con las prácticas de sus lectores. Si en el siglo XVIII la revolución de la lectura sentimental permitió que el lector movilizara su sensibilidad hasta romper la distinción entre el mundo del texto y su propia realidad, hoy, con la era de la digitalización, parece que estamos viviendo la deshumanización del acto de leer.

Al hilo de las múltiples entrevistas de quienes dicen que las humanidades han muerto de aburrimiento y están destinadas a desparecer con la llegada de la IA, la realidad es que las estamos enterrando nosotros bajo una montaña de eufemismos pedagógicos. El futuro de la figura del maestro y de la profesora aterra, augurando que su labor ya no será enseñar a leer, sino realizar excavaciones en los cerebros de las personas para encontrar restos de lo que alguna vez fue la capacidad de atención.

Estamos criando a la generación del swipe, sujetos que confunden la lectura digital con el bombardeo de estímulos que no dejan huella. Nos obsesionamos con la digitalización de las aulas como si una tablet fuera a obrar el milagro de la comprensión lectora, cuando lo único que estamos logrando es que el niño vea el libro como un muro de papel.

Como colaborador del departamento de Filología, Comunicación y Documentación de la Universidad de Alcalá, pienso que la paulatina desaparición del adjetivo se asemeja a esta falta de atención. Me resulta cínico ver cómo simplificamos el lenguaje en los libros de texto bajo el pretexto de la legibilidad. Estamos desnudando a los sustantivos, quitándoles sus matices, sus colores, su capacidad de calificar la realidad, convirtiendo al niño en un analfabeto con estudios. Esta falta de atención es similar a no entender la lectura, a no conocer el adjetivo. Una persona que no sabe matizar el mundo solo entenderá de blancos y negros tradicionalmente, o de likes o bloqueos actualmente. Estamos fabricando los robots que la sociedad demanda, alejándonos de esa función de la lectura que mencionaba Manguel, la de respirar.

Los manuales recuerdan que el aprendizaje es un proceso integral de mente y cuerpo. La verdadera utilitas —ya no de un maestro, sino de toda persona— no es rellenar fichas, sino ser guía que se pierde en la selva de los libros, enseñando a los que están a su cargo que leer es el acto más subversivo y humano que nos queda.

Si las humanidades son aburridas es porque hemos olvidado leer, a resolver un enigma, a jugar un juego de misterio y suspense donde el premio es una construcción de nuestro propio YO. El día que se entre en un aula y los alumnos dejen de mirar la pantalla por debajo de las mesas, para empezar a mirar diferentes mundos en un párrafo será como la profundidad que da un adjetivo bien puesto. Porque, al final, no estamos destinados a ser another brick in the wall de Pink Floyd.

Christopher Jiménez Martínez

Lo que queda después de leerte

Lo que queda después de leerte

* Carta enviada a la Fundación Mario Benedetti como parte de la actividad académica "Carta a un autor/a desconocido/a", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura

Estimado Mario Benedetti:

No sé muy bien cómo se empieza una carta dirigida a alguien que ya no está, pero supongo que, de alguna manera, los escritores nunca se van del todo mientras alguien siga leyendo lo que escribieron. Yo he llegado a tus libros bastante tiempo después de que los escribieras, pero aun así ha sido como encontrarse con alguien que entiende cosas que uno mismo todavía no sabe explicar del todo.

Lo primero que me llamó la atención de tus textos fue lo directos que son. No parecen escritos para impresionar ni para complicar las cosas, sino para decir algo que de verdad merece la pena decir. Y justo por eso funcionan. A veces da la sensación de que hablas de cosas muy simples —la rutina, el amor, la nostalgia o las pequeñas dudas de cada día—, pero cuando terminas de leer te das cuenta de que en realidad estabas hablando de cosas bastante más profundas.

En mi caso, leer algunos de tus poemas ha sido como encontrar frases que describen sensaciones que uno ha tenido alguna vez pero que nunca había sabido poner en palabras. Eso me parece una de las cosas más curiosas de la lectura: que alguien que escribió hace años, en otro país y en otro contexto, pueda decir algo que de repente parece encajar con lo que está viviendo un lector en ese momento.

También me gusta que en muchos de tus textos haya una mezcla entre cierta melancolía y, al mismo tiempo, una forma tranquila de mirar la vida. No es una tristeza exagerada ni dramática, sino más bien una manera honesta de reconocer que la vida tiene momentos complicados, pero también pequeños instantes que merecen la pena.

Supongo que por eso tus textos siguen circulando tanto entre lectores jóvenes. No porque hablen de grandes acontecimientos, sino porque hablan de lo cotidiano de una forma que sigue teniendo sentido hoy. Y, al final, eso demuestra algo bastante interesante: que los libros pueden atravesar el tiempo y seguir encontrando nuevos lectores que los hacen suyos.

No sé si alguna vez imaginaste que alguien, muchos años después y desde otro país, acabaría escribiéndote una carta simplemente para decirte que tus palabras siguen llegando. Pero, de alguna manera, eso también forma parte del viaje de los libros y de la lectura.

Un saludo y gracias por las palabras que dejaste escritas.

Atentamente, un lector del siglo XXI,

Xiker Casado Moreno

Palabras escritas en un papel

Palabras escritas en un papel

Un buen día de sol iba yo caminando por las calles de Madrid cuando me comencé a fijar en todas las personas que tenían un aparato en su mano. Ese al que la gente llama “teléfono” o “móvil”, ese del que somos incapaces de despegarnos incluso cuando el día está soleado y las calles hablan por sí solas.

Otro día tuve que entrar en el metro y me comencé a fijar en cómo empleaba la gente el tiempo hasta llegar a su destino. De nuevo, la mayor parte se encontraba absorbida por una pantalla, llenándose de estímulos que seguramente no recordarían al día siguiente y que, por lo tanto, no les aportarían nada. En cambio, encontré a un número más reducido de personas con un libro en la mano, y me pregunté si era eso lo que hacía la gente en sus tiempos muertos antes de la invención del móvil.

Curiosa, le pregunté a mi madre si era así como ocurría en aquellos tiempos, y ella me confirmó lo que yo había intuido. La gente antes del móvil leía. Leían antes de irse a dormir, en el metro, esperando a la persona con la que habían quedado e, incluso, en sus tardes libres en casa. La gente leía, no solo para enriquecer su conocimiento, sino para entretenerse, simplemente para disfrutar de las palabras de un texto escrito en un papel. Algo curioso que mi madre me contó fue cómo su madre, mi propia abuela, le solía esconder el libro que se estuviera leyendo en ese momento cuando tenía que estudiar, ya que, si no, ella, en vez de estudiar, se ponía a leer. Y es que algo así puede parecernos incluso irónico en el mundo actual, pero nos demuestra la forma en la que concebían los libros entonces y nos hace reconocer la diferencia con cómo lo hacemos hoy en día.

Dándole vueltas a todo esto, se me vino una gran pregunta a la cabeza: ¿Está la lectura en decadencia?  Las nuevas generaciones no leen tanto como las anteriores e incluso mi madre, que forma parte de esas generaciones pasadas, me admitió que ya no lee ni un cuarto de lo que solía antes de tener un móvil. La realidad es que a la gente se le está olvidando lo que es el leer; cada vez más jóvenes lo ven como algo aburrido, algo que nunca harían durante su tiempo libre, para disfrutar. Pero la lectura es algo único, irremplazable.

Un libro te hace sentir más que una tarde entera viendo videos cortos en el móvil y, lo más importante, te hace estar presente en el momento; parar por unos instantes en una sociedad en la que nos movemos continuamente. Para mí esta es precisamente la razón por la que la lectura nunca desaparecerá, sino que sólo evolucionará hacia los nuevos contextos de la sociedad, como lleva haciéndolo toda la historia. Hoy en día, por ejemplo, una forma en la que ciertos libros se están expandiendo es mediante su publicidad por redes sociales. Estas, pese a que pueden tener aspectos negativos, son una gran forma de difundir información y productos de una manera rápida y sencilla. La llegada de los aparatos electrónicos está suponiendo un gran cambio en nuestra sociedad y en nuestras vidas, por lo que no debemos tener miedo a que la lectura se acabe, sino aprender a adaptarnos a ella en este nuevo mundo.

De esta manera, quizás la inteligencia artificial y la tecnología puedan replicar el conocimiento que obtienes de un libro, pero nunca podrán reemplazar la satisfacción de leer como acto. Porque leer es uno de los actos más elementales del ser humano, es una de las cosas que nos diferencian de otros seres vivos, y que nos ayuda a mantener nuestra humanidad.

Lucía Caramazana de Paz

A Gloria, que nos enseñó el poder de sentir

A Gloria, que nos enseñó el poder de sentir

* Carta enviada a la Fundación Gloria Fuertes a como parte de la actividad académica "Carta a un autor/a desconocido/a", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. 

Querida Gloria:

Quería escribirle esta carta y así poder expresarle mi más honesta admiración. Sus poemas me acompañan, como si alguien me abrazase el corazón. Siento que sus palabras siguen vivas en cada verso que leo. A ti no te gustaba que te tratasen de usted, así que a partir de ahora intentaré no hacerlo.

Vivimos en un tiempo que asfixia. Se nos empuja a correr, a resistir, a no quebrarnos nunca. Se nos dice que sentir demasiado es una debilidad, que la pasión debe moderarse para no incomodar. Y yo me pregunto: ¿cuándo sobra una emoción?, ¿qué sería del ser humano si dejase de sentir?

El amor mueve al ser humano; sin embargo, silenciamos la ternura para no parecer ingenuos, silenciamos la pasión por miedo a desbordarnos, al igual que silenciamos el dolor para no parecer frágiles. Mientras tanto, el mundo se llena de guerras, de injusticias, de soledades que pasan desapercibidas, y me angustia pensar dónde queda el amor cuando dejamos de acompañarnos, cuando miramos hacia otro lado, cuando nos acostumbramos al sufrimiento ajeno. Como decías en uno de tus poemas: “No disparar donde haya niños. Stop. En el cielo no necesitamos más ángeles. Stop.” Ojalá se haga caso algún día a tus palabras.

Corremos tanto que olvidamos mirar el camino, y en el camino hay vidas enteras desplegándose sin ruido, cada una con su historia. Al ser humano lo acompañan el amor y el dolor. Ambos nos mueven y nos detienen; con ellos empezamos, cambiamos y nos transformamos. No hay amor sin dolor, no hay ser humano sin los dos.

Yo me siento humana a través de la poesía. En ella me escucho; en ella dejo que mi corazón hable sin miedo; en ella me permito amar y sangrar. Agradezco poder seguir sintiendo, seguir emocionándome, seguir creyendo que esa capacidad de conmovernos es lo que nos hace humanos y lo que nadie debería arrebatarnos.

Creo, Gloria, que todos somos poetas. Algunos, quizá, viven con más miedo; otros corren demasiado deprisa para detenerse a sentir. Pero estoy convencida de que, en el fondo, todos albergamos ese lugar donde el mundo nos duele y nos maravilla al mismo tiempo.

Si algo he aprendido de tus poemas, es que sentir es un acto de valentía. Y que, pese a todo, vale la pena seguir haciéndolo.

Tus poemas de amor y desamor me han acompañado en momentos en que no sabía cómo nombrar mis sentimientos, y cada verso tuyo me devuelve algo que creía perdido: la capacidad de sentir con libertad y de escribir desde el alma. Como a usted le pasaba, a mí tampoco me cuesta trabajo escribir; siempre que se hace desde el corazón, parece que las palabras ya estuviesen escritas de antes. Necesitaban ser escritas, solo fluyen.

Me gustaría algún día poder abrirme ante el papel y compartir mis sentimientos con otros, acompañando a las personas con la misma fuerza y cercanía que lo haces tú. Gracias por devolvernos la ilusión de escribir, de emocionarnos y de conectar con lo más profundo de nosotros mismos. Gracias por poner en palabras lo que el corazón no es capaz de decir.

Con el corazón agradecido,

Lucía Checa Hernández.

Carta a Alana S. Portero

Carta a Alana S. Portero

* Carta enviada a la editorial de la autora como parte de la actividad académica "Carta a un autor/a desconocido/a", en el marco de la asignatura Historia de la Lectura. 

Querida Alana S. Portero:

Espero que se encuentre bien. Como no he podido encontrar una dirección más cercana a usted, la envío a la de su editorial, ¡mi principal deseo es que esta carta le llegue!

Me llamo Hannah Kenny y, como explica la carta adjunta a este sobre, le escribo a una autora a la que admiro como parte de una asignatura llamada «Historia de la lectura» en la Universidad de Alcalá. Usted es esa autora. En primer lugar, me gustaría disculparme por cualquier error en mi redacción, ya que el español no es mi lengua materna. Solo estoy aquí estudiando durante mi año Erasmus en el extranjero, con la esperanza de mejorarlo. Si hay alguien a quien me gustaría que revisara mi redacción y, al mismo tiempo, a quién no querría ni cerca de ella, sería una autora como usted, cuya habilidad y talento respeto y admiro enormemente.

El semestre pasado leí su libro La mala costumbre como parte de una asignatura que cursé llamada «Literatura y representaciones de la sexualidad». ¡Fue el primer libro completo que leí en español! No sé qué opina usted sobre escribir en los libros, pero mi ejemplar de La mala costumbre está lleno de anotaciones.

Como le mencioné, la clase para la que estoy escribiendo explora la historia de la lectura. Comenzamos por los orígenes de las tradiciones orales y los textos antiguos, y estamos a punto de comenzar nuestra unidad sobre la escritura en la Edad Media. Sé que usted tiene formación como medievalista y me gustaría saber cómo ha influido esa formación en su escritura. Al leer La mala costumbre, me llamó la atención la complejidad de las referencias, que incluyen alusiones literarias, iconografía católica, mitología e incluso estrellas del pop. Leí una entrevista suya en la que decía que «music and pop stars are the mythology of the present», lo que me parece una forma increíble de expresarlo. ¿Cómo equilibra todas estas influencias en su escritura? ¿Piensa en ellas conscientemente como diferentes tradiciones que funcionan juntas, o se mezclan de forma natural durante su proceso?

También me llamó mucho la atención su decisión de mantener al personaje principal sin nombre. Del mismo modo, su afirmación de que la novela, aunque por supuesto es una historia trans, es en esencia la historia de una mujer que alcanza la madurez. Cuando leí la frase «Era todas las mujeres», me impactó mucho. Su escritura hizo que fuera increíblemente fácil, incluso inevitable, conectar con la protagonista, lo que me hizo derramar innumerables lágrimas a lo largo de la novela. Me preguntaba cómo llegó a la decisión de que ella permaneciera sin nombre y qué cree que le permitió hacer como narradora que nombrarla podría haberle impedido hacer.

Otra cosa que me quedó grabada fue la forma en que escribe sobre la hermandad y la comunidad femenina con tanta reverencia. Pienso especialmente en los momentos en los que la protagonista o Margarita están cerca de estos espacios de mujeres, pero aún no forman parte de ellos por completo, como el pequeño momento en el que Margarita se queda en silencio en la puerta en lugar de participar más activamente en la conversación. Me pregunto si ha habido momentos en su propia vida en los que ha sentido ese mismo respeto hacia la comunidad femenina y cómo ha abordado la captura y la inmortalización de esas interacciones en el libro.

Su amor por Madrid también se transmite de forma muy vívida. La ciudad cobra vida en la novela, especialmente en las descripciones de los paseos nocturnos de la protagonista desde la Gran Vía hasta su casa. Me siento muy agradecida por poder ver y recorrer las mismas rutas y calles que la protagonista recorre en Madrid, y por tener su escritura fresca en mi mente mientras lo hago. Ha cambiado para siempre mi visión de la ciudad, para mejor. En mi asignatura a menudo discutimos cómo el contexto social influye tanto en la lectura como en la escritura. La descripción de San Blas como un barrio de clase trabajadora me llamó mucho la atención; su familia hace todo lo posible, aunque no siempre puede apoyarla de la manera que ella necesita para aceptarse plenamente a sí misma. Esa dinámica me pareció muy poderosa y honesta. Me preguntaba cómo aborda la escritura sobre las clases sociales en la novela, especialmente en relación con la familia, el amor y las limitaciones.

Otra cosa que me llamó la atención es que los actos de resistencia en el libro a menudo parecen coincidir con momentos de violencia, física o de otro tipo. Tenía curiosidad por saber si fue una elección deliberada, con el fin de resaltar la crueldad del mundo en el que se mueve la protagonista, o si simplemente surgió de forma natural al contar la historia de la forma más veraz posible.

En cualquier caso, si lee esto, le agradezco mucho que me haya prestado sus ojos y su tiempo, aunque haya sido por poco tiempo. Gracias de nuevo por escribir un libro tan conmovedor y por inmortalizar una historia tan emotiva.

Un saludo cordial,

Hannah Frances Kenny

Entre tinta y pensamientos

Entre tinta y pensamientos

Escribir, poner palabras en un papel. Suena a algo tan simple... Y es que, hoy en día, ¿Quién no sabe escribir? Escribimos para todo, todo el rato, y nos quejamos cuando tenemos que hacerlo. Sin embargo, escribir es mucho más que un acto mecánico, o al menos, así lo veo yo.

Desde pequeña siempre he sido “la escritora” de la familia. Me pasaba el día escribiendo cualquier cosa: cartas a mi familia, mi diario, cómo había sido mi día o en qué estaba pensando. Mis trabajos favoritos siempre eran aquellos en los que había que escribir, y no sé la cantidad de historias y “libros” sin terminar que hay por mi casa. Siempre recordaré cómo mi profesora de primaria, Vivi, me insistía en que se me daba muy bien y que no dejara de hacerlo nunca. Y no lo he hecho; parece absurdo, pero sigo teniendo un diario en el que escribo siempre y que voy cambiando cuando termino.

Siempre he sido muy tímida y una persona a la que le cuesta hablar. Supongo que la escritura para mí era una vía de escape, una forma de poder expresarme sin tapujos y hacerlo con mucha más facilidad que hablando con una persona. Por lo general, la gente que me conoce siempre ha sabido que me gusta escribir. Todos han recibido alguna carta mía, aunque me hace gracia como esto todavía sorprende a alguna amiga que he conocido más tarde, en la universidad; quizá solo conocían a la “Malena divertida”, pero esta también soy yo.

Muchas veces mi madre me preguntaba qué escribía, y la verdad es que lo escribo todo. Por un lado, me gusta tener por escrito el transcurso de mi día a día, pues me da pánico la idea de que se me puedan olvidar los buenos momentos y me encanta releer y recordar por lo que he pasado. Por otro lado, lo que más me gusta escribir es lo que tengo en la cabeza. Esto es algo que recomiendo a todo el mundo, y alguna amiga ha seguido mi consejo. Cuando alguien me dice que lo está pasando mal o que no deja de darle vueltas a algo, mi consejo siempre es que lo escriba. Escribe eso que tienes en la cabeza todo el día y no te deja tranquila, desahógate en el papel y suéltalo todo. Normalmente, cuando termino, cierro mi libreta y no la vuelvo a leer. Me ayuda muchísimo a despejar la mente y aclarar mis ideas. Aun así, de vez en cuando me gusta leer lo que escribí hace unos años, ver las preocupaciones que tenía en ese entonces y cómo me parecen tonterías hoy en día.

Creo que escribir es una cura para el alma. Me ha ayudado tanto, en tantos momentos de la vida, que muchas veces no sé cómo explicárselo a alguien que no lo hace. Mi único objetivo con estas palabras es dar un consejo: escribe. Quizá, si no lo has hecho nunca, te cueste un poco más o te de pereza, pero hazlo. Creo que la escritura es algo fundamental y que nos une a todos. Escríbele una carta a tu madre recordándole lo mucho que la quieres y todo lo que te cuesta decirle en persona, escríbele a tu amiga contándole cómo te hace sentir o qué es lo que te pasa. Por último, escribe para ti, coge una hoja y empieza a escribir, sin pensar, habla contigo misma, y verás cómo aprendes y te conoces mucho más de lo que soñabas.

Malena Benito

ANTES DE LA BIBLIOTECARIA

ANTES DE LA BIBLIOTECARIA

El tren avanzaba por las vías oxidadas lentamente hasta que se detuvo justo a mis pies. Abrí la puerta para poder respirar ese olor concentrado tan característico de los vagones y subí a la planta de arriba para poder sentarme. Iba de camino a una entrevista de trabajo para ser taquillera del cine más grandioso que había en toda la ciudad. Estaba muy nerviosa.

Cuando subí los escalones plastificados por la suciedad y algún que otro chicle, vi que sólo quedaba un asiento. Pensé que el destino me había brindado la oportunidad de sentarme y así lo hice. Mis vaqueros azules, que me llegaban hasta la rodilla, se acomodaron en el terciopelo del asiento. Mis botas altas marrones no permitían que se me viese ningún centímetro de piel entre el pantalón y ellas, y mi camisa roja ancha hacía el contraste perfecto con mi cabello rubio. Sentía que la entrevista iba a marchar sobre ruedas, pero la confianza no me quitaba el miedo y las inseguridades. «Todo puede ir bien aun estando nerviosa», pensé para autoconvencerme. Me puse los cascos para calmarme con la música de una cantante japonesa que había descubierto hacía poco y fue entonces cuando las luces del vagón empezaron a parpadear.

Las letras del libro que estaba leyendo se empezaron a distorsionar. No sentía que me marease, pero la mirada confundía todas las palabras en mi mente. Alcé la mirada por si algún otro pasajero en ese vagón con aire concentrado sabría darme una solución a lo que estaba ocurriendo dentro de mí, y, para mi sorpresa, todos me estaban mirando.

No me sentí incómoda al verme observada por un vagón lleno de mentes pensantes, pero sí cuando me percaté de que todas esas miradas no eran desconocidas. El señor que tenía más cerca, con barba blanca, tenía el iris de los ojos en forma de relámpago; la mujer de al lado, en forma de corazón, y la de más al fondo, en forma de serpiente.

Algunas otras tenían tatuada en la mirada una corona, y era su pelo o su vestimenta lo que me hacía saber quiénes eran. Al fondo del vagón sobresalía una lanza y, un poco más a la derecha, pude apreciar a una señora muy mayor que se levantó para preguntarme si tenía algún amor escondido del que poder sacar provecho. Un lobo y también un ladrón se podían distinguir entre la multitud, e incluso un dinosaurio, que desaparecía cada vez que intentaba despertarme de ese misterioso sueño que estaba teniendo en el vagón.

De pronto, un gran destello apareció delante de mí, cegando toda mi visión a esas miradas familiares. Sentí que era una señal divina, y me acordé de que yo siempre confié en la existencia de los dioses grecorromanos.

—No soy ningún dios, no pienses eso —no sabía quién de tantos personajes me había soltado esas palabras al oído derecho hasta que volvió a asesorarme —: Nadie está hablando contigo. Lo único que debes saber es que tienes que seguir a tu corazón.

El destello blanco desapareció y el vagón volvió a la normalidad. No había ningún ser extraño, y sentadas junto a mí, estaban simplemente otras muchas personas con vidas tan ajetreadas como la mía. Me quité los cascos y cerré el libro; ya había llegado a mi parada. Cuando cogí el bolso que había apoyado entre mis pies, el señor de enfrente me guiñó el ojo. Fue entonces cuando supe lo que realmente había ocurrido. Fue una señal para que siguiera lo que mi corazón me pedía a gritos en aquel momento: ser la nueva bibliotecaria de mi ciudad. Ser la gran guardiana de las muchas historias que amo.

Jorge Vázquez Rodríguez

LAS DISTINTAS FORMAS DE LEER

LAS DISTINTAS FORMAS DE LEER

* La versión extendida de este artículo se publicó también en mi blog personal.

Se dice que no hay nada como un buen libro —un libro analógico—. Pero hoy en día las maneras de leer son muy variadas y no sería correcto decir que la lectura en papel es simplemente mejor. Todas las formas de lectura —la física, la digital y la oral— tienen sus ventajas, sus desventajas y su lugar. Por ello, quiero dar un punto de vista equilibrado acerca de ellas y una visión para el futuro.

La lectura digital es normalmente la categoría menos prestigiosa, y entiendo bien el porqué. Sin embargo, es esencial destacar también su lado positivo. Lo más importante es que es la forma más accesible y flexible de leer. Mientras que un libro físico tiene unas formas fijas, se pueden cambiar fácilmente el tamaño del texto, la fuente y los colores de un texto digital. Por otro lado, estos textos se pueden hacer fácilmente accesibles al usar una lectura de voz electrónica o una máquina de braille. Un texto digital se puede compartir casi sin coste y sin dificultad a todas las personas del mundo, inmediatamente, y por eso los textos comunales como Wikipedia, Fandom y documentos compartidos pueden existir de una manera en la que no sería posible de forma física. Además, es muy fácil guardar y organizar el texto digital. Una tarjeta de memoria promedia puede almacenar más de 15 mil libros y se puede buscar fácilmente una palabra o frase, saltar directamente a una página, un capítulo, un título o una sección marcada, o copiar y guardar automáticamente una cita o una referencia, lo que ayuda mucho en el estudio profundo de un texto.

Sin embargo, hay importantes problemas. Todos conocemos la tensión ocular de las pantallas digitales: típicamente emiten su propia luz en vez de reflejar la que hay en el ambiente y mirar directamente estas luces causa que los ojos parpadeen alrededor de un 40% menos de lo normal. Los estudios muestran que cuando leemos así recordamos menos, lo que se explica también por las características físicas del texto. Un libro analógico tiene un diseño de portada, tamaño, texto... únicos, que nuestra mente ubica y comprende en función de su localización en el libro. En cambio, en la lectura digital a menudo usamos el modo deslizamiento (scroll) y casi siempre en los mismos dispositivos, lo que impide la creación de estas conexiones y reduce la concentración al leer. Una posible solución para la tensión ocular es el e-paper, que refleja la luz, normalmente por contener tinta física que se mueve bajo la pantalla en tiempo real para crear el texto. El problema es que por ahora tarda bastante en actualizar, y por eso se usa principalmente en tabletas particulares, pero va mejorando y se puede usar para cada vez más tareas.

El asunto que no va a resolver la tecnología es el tema del control. Podemos prestar, guardar, leer y anotar un texto físico de la manera que nos apetezca. Pero no siempre es tan sencillo en el mundo digital. Como ejemplo, si "compras" un libro de Kindle, solo puedes leerlo dentro de la aplicación de Kindle, y Amazon puede editar o borrarlo por control remoto, o simplemente dejar de existir algún día. Otro problema clave son las plataformas de redes sociales. Aunque son sin duda útiles y una revolución en nuestra capacidad de leer, tienen un lado muy oscuro a causa de la promoción de contenido de odio, negatividad y superficialidad, que suele generar más interacción, y por su profunda influencia en lo que leemos y difundimos en línea. Yo soy informático y no apoyo nada los sistemas cerrados y bajo el control de una sola empresa para su beneficio. Pero sé que podemos usar la tecnología para bien, como una herramienta liberadora para la gente, y creo que las formas abiertas de publicar información, basadas en estándares y formatos universales, son lo que deberíamos apoyar para que esto ocurra.

La lectura tiene una muy larga tradición de oralidad y me parece que los audiolibros y los podcasts son una continuación de esta. Al ser escuchados, se pueden "leer" de una forma más relajada, mientras se va caminando o viajando, o haciendo tareas repetitivas. Aunque no son tan adecuados para el estudio en profundidad, por ser más complejo cambiar entre secciones, releer y pausar para pensar acerca de una idea, y por la reducida velocidad, están muy bien para leer ampliamente sobre temas diferentes y para escuchar historias.

Empecé diciendo que no hay nada como un buen libro analógico. Pero espero que, con el avance de la tecnología y un cambio en cómo la usamos, la lectura digital pueda mejorar y facilitar la lectura. Sin embargo, creo que el libro físico y el audiolibro (leído por humanos) van a seguir vigentes durante mucho tiempo y que lo mejor es, precisamente, tener abiertas todas estas opciones.

James Heppell