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Portadores de fuego/7

Portadores de fuego/7

—No creo que vaya a poder hacer esto durante mucho más tiempo. —Beatriz me dirigió una mirada exhausta.

Llevábamos casi dos horas caminando en línea recta por un oscuro túnel subterráneo al que habíamos accedido por una entrada de leyenda. Me había llegado a plantear que las incesables historias de Ignacio se sustentaran en la realidad de alguna forma, pero nunca me habría imaginado que hubiera de verdad un pasaje secreto en una estancia escondida del Palacio Real.

—¿Y pretendes parar después de todo el camino que hemos recorrido?

—La información que tenemos ya es increíble, tal vez sea el momento de llamar a la policía y dejar el asunto en sus manos.

—Beatriz, no creo que Ignacio hubiese pretendido nunca que la policía interviniera en esto.

—Lo sé, pero… Tienes que entender que me esté acobardando. ¿Cuánto más va a durar este túnel? Claro que quiero recuperar a mi hermano lo antes posible, pero deberíamos ser más sensatos. Llevamos dos horas sin ver más luz que la de estas horribles antorchas.

Justo en ese momento apareció por fin iluminación, entonando con lo literario de la escena en la que nos encontrábamos. Todo parecía cobrar sentido en una situación ideada por Ignacio. Beatriz y yo nos miramos y, sin decir una palabra, acordamos continuar la ruta en esa dirección. El final del túnel apareció en poco tiempo. Emanaba un fuerte olor a madera de un habitáculo con la puerta abierta. Me recorrió el cuerpo un escalofrío por miedo a lo que podría encontrarme en su interior. Me quedé paralizado. Beatriz, sin embargo, no vacilaba.

Tomó mi mano con firmeza, un gesto que me hubiera hecho saltar en cualquier otra situación con una persona a la que conocía desde hacía menos de dos días, pero que me resultó cómodo viniendo de la chica con el pelo del mismo peculiar color que Ignacio.

—Siempre tuve claro que lo conseguiríais. —Ignacio nos observaba tranquilo desde un sillón granate del estilo del mobiliario de su casa.

Beatriz no pudo hacer otra cosa que sollozar desconsoladamente. Esta vez sus manos se posaron en su rostro. No parecía poder mirar a su hermano, pero fue la primera en intervenir.

—¿Qué significa todo esto, Ignacio? ¿Por qué? — La chica le acusó, sin dejar de sollozar.

Ignacio se limitó a pedir perdón a su hermana con la mirada y sacó un rollo antiguo del cajón de un escritorio.

—Estáis delante de la última evidencia física conocida de la veracidad de los hechos contados en la Ilíada, la explicación de todas las decisiones tomadas durante los últimos años de mi trayectoria vital. Entre mis manos está el manuscrito verídico con la lista de los pretendientes de Helena de Esparta, la primera evidencia de que la historia de Homero podría haber sucedido realmente. Ha sido datado con seguridad en la era de la civilización micénica.

Estaba escondido tras el marco de uno de los cuadros del Alcázar, que las Musas salvaron del infame incendio hace dos siglos. Mis socios, contrarios a la ideología de Las Musas, se hicieron con él.

—¿Tus socios? — preguntó Beatriz, algo más calmada. Yo seguía sin poder decir nada, me sentía como un lector inmerso en la escena cumbre de la obra, expectante y demasiado emocionado, sin poder intervenir.

—Bueno… en realidad, solo conocí a uno de ellos, el primero en darme las pistas para continuar con su misión. Lo ejecutaron clandestinamente hace diez años. —Beatriz volvió a temblar, pero se contuvo y se mantuvo en silencio para seguir recibiendo la información de Ignacio.

—Soy la última persona con conocimiento empírico de que los hechos narrados en la Ilíada son reales. Lo que me hace increíblemente valioso. Sin embargo, estos todavía no pueden ser revelados al mundo. Este hecho facilitaría demasiado el trabajo a Las Musas, que pretenden que estos conocimientos vuelvan a ser suyos y sólo suyos. Si el manuscrito se hiciera público, para ellas sería muy fácil e inmediato localizarlo para volver a esconderlo de nuevo. Los únicos capaces de mantenerlo a salvo somos nosotros. Solo yo conocía sus secretos y las herramientas para que el cuadro no cayera en sus manos hasta hace unos meses, cuando decidí que tú, Hugo, serías el portador de mi legado. —Salí de mi estado de contemplación para convertirme violentamente en partícipe de la trama.

»No me queda mucho tiempo, amigo. Las Musas saben demasiado sobre mí. Aunque en nuestro último encuentro en casa de Beatriz conseguí escapar, ya conocen mi aspecto y vienen a por mí, así que este manuscrito ya no me pertenece. Es tuyo. Os debo disculpas a ambos, pues vais a tener que escapar de Madrid. La situación me ha convertido en un ente demasiado egoísta y os he puesto en peligro inminente. Nunca quise involucrarte, Beatriz, pero mi locura no me permitió mantenerme alejado de ti. Voy a lamentarlo hasta el día de mi muerte, que se aproxima tan rápido como las tramas de una secta centenaria. —La chica había dejado de llorar definitivamente. Ambos nos habíamos convertido en los protagonistas de la historia, y dentro de nosotros algo nos instaba a comportarnos de acorde con nuestro rol desde el instante en el que nos habíamos dado cuenta.

—En cuanto a ti, Hugo, sé que no me he equivocado al elegirte. Tengo la intuición de que voy a ser la última persona en morir por esta causa. —Ignacio envolvió el manuscrito en un manto granate y me lo otorgó— Hay una carta con lo último que debes saber dentro. —Casi tuve ganas de sonreír. Típico de él.

Justo entonces oímos pasos acercándose, pero Ignacio no pareció inmutarse. Por primera vez, nos transmitió una tranquilidad que nunca habíamos sido capaces de notar en él. Era consciente del destino que le aguardaba y se encontraba en paz con él.

—Son ellos —dije. Lo tenía claro.

—No podría hacerme más feliz que hayáis llegado a tiempo, confirmándome que seréis perfectamente capaces de cargar con la tarea que os he encomendado. — Abrió las puertas de un armario, el mueble más grande del habitáculo— Entrad, rápido, y corred por las lúgubres escaleras. Confiad en que me ocuparé de que Las Musas no conozcan vuestro paradero. —Nos abrazó uno a uno y nos penetró con una mirada esperanzada tras instarnos a entrar en el armario— Gracias por vuestro sacrificio.

Cerró suavemente las puertas, sin miedo, y Beatriz y yo echamos a correr por aquel pasadizo infinito como si no hubiera un mañana, aunque sí fuera a haberlo para nosotros. Ella se adelantó, pero no importaba: desde entonces no dejaría de seguir sus pasos. Pudimos vislumbrar por la rendija del armario una potente luz naranja y un olor inconfundible. El sacrificio había sido de Ignacio, y gracias a él, nadie iba a encontrarnos. Sólo nosotros nos habíamos encontrado, ahora éramos el centro de la trama.

Un nuevo capítulo comenzó cuando salimos por la boca de metro “Las Musas”

Lidia Torres Martínez

Portadores de fuego/6

Portadores de fuego/6

Le prometí a Beatriz que iba a descansar. Y eso hice.

Me tumbé en el pequeño camastro que se encontraba en mi habitación. Cerré los ojos, pero los pensamientos no dejaban de volar por mi mente, intentando unir las pistas que habíamos hallado.

«Fuego». «Libros». «Mapa de Madrid». «Alcázar». «Musas». «Ladrones». «Cuadros». «Si sirves a muchos maestros, pronto vivirás».

No sé cuánto tiempo estuve así, pero cuando abrí los ojos pude vislumbrar a través de la ventana los primeros rayos de luz del alba. Estaba amaneciendo. Nada parecía tener sentido. Eran señales muy dispersas que surgieron a partir de la mente de un hombre con indicios de locura.

Mi cuerpo se tensó de repente. Cómo no me había dado cuenta antes. Me levanté de un salto y fui hacia el salón. Allí encontré a Beatriz tumbada en el sofá de mi salón. Tenía los ojos cerrados, pero en su rostro se encontraba cierto aire de inquietud. Los mechones largos, rizados y cobrizos de su cabello estaban esparcidos por toda la almohada. Sus carnosos labios se encontraban entreabiertos, dejando entrar y salir la preocupación que emanaba en su mente.

—Beatriz — la llamé, mientras zarandeaba su hombro—. Despierta.

Poco a poco sus ojos empezaron a moverse, escapando del sueño y volviendo a la  realidad.

—¿Qué pasa, Hugo? — contestó mientras se incorporaba, aún somnolienta.

—Creo que he descubierto algo. —Sus ojos se abrieron como platos, convirtiendo sus lentos movimientos en ansia por saber— Desde el principio hemos estado recopilando información, sin poder encontrar una solución lógica, y he descubierto el por qué. Estamos mirando las pistas desde nuestra mente, pero es la mente de un loco quien las ideó. No podemos pensar como Hugo o Beatriz, sino como Ignacio.

—No entiendo exactamente cómo eso nos puede ayudar.

—Por ahora sabemos que la locura de Ignacio empezó con los libros. Con uno exactamente. Además, era un gran artista, y todo artista necesita una fuente de inspiración.

—¡El lienzo que pintó! Ese lienzo que tiene el mismo nombre del libro, el de su apartamento. Se inspiró en el libro, y quizás encontremos más pistas allí.

Exhausto de correr, abrí la puerta de la casa de mi amigo y nos dirigimos a su pequeño estudio. De allí emanaba un olor muy fuerte a pintura. Toda la estancia estaba repleta de lienzos de distintos tamaños.

—Aquí está —dijo Beatriz, agachándose para sacar uno de los muchos lienzos que había.

Nos dirigimos a su despacho. Quitamos todas las cosas que había sobre la mesa y lo colocamos encima.

—¿Y ahora qué?

Hice caso omiso a su pregunta y me centré en lo que tenía delante: una calle antigua de Roma. La calzada ocupaba el centro, por donde transitaban hombres, mujeres y niños con ropas de diversos colores. A los laterales había múltiples edificios. Uno de los edificios tenía el sello de un sobre.

La carta. Aquella que me envió hace tiempo. Busqué por todos los cajones. Ahí estaba. Las últimas palabras que decía eran “viejo amigo, hasta dentro de (…) “. ¿Y si no se refería a una despedida? ¿Y si en realidad se refería al interior de un lugar? Volví a mirar el cuadro y algo me llamó la atención. No había fuego. Todas las pistas apuntaban al fuego.

—No hay fuego

—¿Cómo? — preguntó, extrañada

—En el cuadro, no hay fuego. La pintura se llama “Roma, vestida de fuego” pero no hay fuego.

—¿Y si no se refiere a la Roma como ciudad? ¿Y si Roma es el nombre de alguien?

— empezó a buscar por el cuadro— Mira, ahí — señaló.

Una mujer con un vestido naranja, muy parecido al color de las llamas de fuego. Bajaba por unas escaleras que llevaba a un lugar bajo tierra.

—No puede ser— dije, temiendo estar en lo cierto.

—¿Qué pasa?

—¿Y si los cuadros nunca salieron del Alcázar? ¿Y si aquellos cuadros que pensábamos que se habían quemado siguen allí, en alguna sala subterránea, y el incendio solo fue una manera de que el resto del mundo pensara que se habían quemado y no los buscasen? Déjame otra vez el mapa de Madrid.

Corrió a su chaqueta, sacando el mapa de su interior. Lo abrí y me centré en el punto que había marcado mi amigo.

—¿Y si estas partes no son los caminos de tierra, sino túneles subterráneos? Una vez Ignacio me habló de esos túneles, pero como te mencioné el otro día, pensaba que todo eran leyendas.

Beatriz me miró con cierta iluminación en los ojos.

—Solo hay una forma de averiguarlo. Hugo, tenemos que ir allí.

Aroa Melero Sáez

Portadores de fuego/5

Portadores de fuego/5

Estaba a punto de marcharme a descansar a mi habitación cuando su voz me llamó de nuevo.

—¿Qué ocurre? — le pregunté, dándome la vuelta. Sus ojos estaban fijos en el ejemplar de la Ilíada que tenía entre las manos.

—Hay un mapa de Madrid aquí dentro. Con algo marcado.

Me acerqué a ella, frunciendo el ceño. El mapa era viejo, con un tono amarillento, pero estaba lo suficientemente actualizado para que pudiéramos reconocer los lugares.

—Es el Palacio Real — apunté, al ver el elemento que estaba marcado.

—¿Por qué está esto en tu casa? — me preguntó, todavía sin mirarme—. ¿Crees que lo dejó mi hermano?

—Supongo que sí. Le di unas llaves, aunque creía que nunca las había usado.

Vi cómo repasaba con los dedos el símbolo estampado en la esquina del mapa. Un símbolo que yo ya había visto antes y del que esta vez no podría escapar.

—¿Qué es?

Tardé un instante en contestar.

—Las Musas. — Al oírme, sus ojos se despegaron con rapidez del papel. Los tenía tan oscuros como su hermano.

—Tienes que explicarme qué es eso de las Musas — me pidió, aunque casi parecía más una orden—. Es evidente que tienen algo que ver con la desaparición de mi hermano.

— Al ver que, pese a todo, no contestaba, resopló y se separó de mi lado, comenzando a caminar por el abarrotado despacho—. ¿Por qué marcaría mi hermano el Palacio Real? Creía que todo esto tendría que ver con la antigüedad. Pero ¿qué narices tiene que ver el Palacio con Roma y Troya?

La respuesta acudió con tanta rapidez a mi mente que me pregunté cómo no lo habíamos visto antes.

—No señaló el Palacio Real — dije, acercándome de nuevo a ella y cogiendo yo mismo el mapa—. Sino el Alcázar. Estaba allí antes de que se construyera el Palacio. Es el fuego. Eso es lo que tienen en común. Igual que Roma y Troya, fue incendiado.

Sus ojos se entrecerraron ligeramente.

—¿Y qué tienen que ver las Musas con el Alcázar? — Esta vez no me dejó escabullirme—. ¿Quiénes son?

—Nunca llegué a creer en ellas — le confesé, intentando que mis palabras transmitieran mi sinceridad. Y puede que también mi miedo—. Parecían fantasías de tu hermano, totalmente irreales.

Se pasó una mano por el pelo, nerviosa e impaciente.

—Necesito que seas más preciso.

—Me dijo que eran una organización antiquísima, una especie de secta que se dedicaba al arte.

—¿Coleccionistas?

—Más bien ladrones. Robaban museos y palacios. Parece ser que consideraban que solo un grupo selecto era merecedor de contemplar el arte. — Suspiré, viendo como ella se mordía el labio, concentrada en mis palabras—. Tu hermano se obsesionó con las Musas.

Quería encontrarlas, saber qué clase de tesoros escondían. Pero dejó de hablar de ellas y supuse que se había dado cuenta de que todo eran leyendas.

Mi compañera tardó unos segundos en hablar.

—Parece ser que no todas las leyendas son falsas. — Deslizando la mirada de nuevo hacia el mapa, añadió—. ¿Crees que son ellas quienes tienen a mi hermano?

—Llevan siglos escondidas — respondí, dejándome caer sobre una silla. Las perspectivas de encontrar a mi amigo parecían cada vez más imposibles—. Si dio con ellas… probablemente no les gustara.

Mis palabras la hicieron cerrar los ojos y la oí inspirar con fuerza. Su relación con mi amigo nunca había sido fácil, pero seguía siendo su hermano. Si le quería solo una pequeña parte de lo que él la adoraba a ella, sabía que cada minuto que pasaba sin saber de él era una tortura.

No me sorprendió que cambiara de tema.

—El Alcázar fue incendiado y cientos de obras de arte se perdieron en el fuego —comentó, apoyándose contra el escritorio. Intentaba ocultar su incertidumbre, pero su pierna temblorosa apenas estaba a unos centímetros de mi cuerpo —. Supongo que eso explica por qué a mi hermano le trastornaba tanto todo esto. Cualquier pintor se volvería loco pensando en ese desastre.

—Parece mentira que el fuego pueda extenderse tan rápido — agregué. En el fondo,  yo también agradecía no pensar en lo que podría haberle ocurrido a mi amigo—. El incendio empezó por unas cortinas quemadas.

Su pierna se detuvo tan rápidamente que alcé la cabeza para mirarla. Se había quedado paralizada a medio camino de recogerse el pelo, sus manos todavía congeladas entre los mechones.

—¿Y si no fue así? — me preguntó, centrando de nuevo sus penetrantes ojos en los míos. Su mirada era tan atrapante que no entendí lo que me estaba preguntando.

—¿Qué quieres decir?

—¿Y si no fue un accidente? — aclaró, levantándose de nuevo. Empezaba a darme cuenta de que caminar la ayudaba a pensar—. ¿Y si fue provocado?

Fruncí el ceño, intentando imaginar qué estaría pasando por su cerebro.

—Siempre hubo rumores de que Felipe V quería deshacerse del Alcázar, pero no creo que fuera eso. — Me encogí de hombros— Los accidentes pasan.

—No hablo del rey — casi murmuró—. ¿Y si fueron las Musas?

Tardé unos segundos en darme cuenta de lo que estaba insinuando.

—Creo que no me has entendido — le dije, intentando no sonar demasiado paternalista. Tenía la sensación de que, si caía en ese error, se marcharía de mi casa en ese mismo momento—. Por más elitistas que fueran, las Musas protegían el arte. Prácticamente lo veneraban, casi como si fuera una especie de dios. El incendio del Alcázar debió de ser un golpe durísimo para ellas.

Ella no se desanimó ante mis palabras.

—¿Y si fue una distracción? — volvió a preguntar, girándose para mirarme—. Has dicho que eran ladrones. A lo mejor querían robar una obra.

—¿Un cuadro? — Negué con la cabeza, confundido—. ¿Qué cuadro podría ser tan importante para que una organización así estuviera dispuesta a dejar morir entre las llamas a cientos de otros para robarlo?

Vi como todo su cuerpo se desinflaba ante mis palabras. Evidentemente, estaba dispuesta a agarrarse a cualquier teoría, pero parecía que el cansancio también estaba haciendo mella en ella.

—No lo sé — respondió finalmente. Se pasó de nuevo una mano por el cabello caoba—. Sé que no tiene ningún sentido, pero nada de esto lo tiene. Sólo era una idea.

La vi tan destrozada que no pude evitar maldecirme por haberla hecho dudar así.

—No, perdóname tú a mí — le dije, levantándome de la silla y acercándome a ella.

Era apenas unos centímetros más alto que ella, pero su cabeza gacha hacía que la diferencia pareciera mayor—. Es una locura de idea, pero no es la teoría más extraña que he escuchado sobre ese incendio. Y las Musas, por más amantes del arte que fueran, siempre han estado dispuestas a todo para conseguir sus objetivos.

Ella no me miró, pero dejó que la acompañara a la silla donde hasta hacía unos segundos había estado sentado. Yo me arrodillé frente a ella, sin saber muy bien qué hacer.

Siempre había sido un tipo solitario, pero los integrantes de esta familia parecían ser los únicos capaces de romper todas mis barreras.

—Si las Musas son las culpables de que mi hermano haya desaparecido — murmuró al cabo de casi un minuto, cuando yo ya pensaba que se marcharía sin volver a cruzar una palabra conmigo. Levantó la cabeza y nuestros ojos, rebosantes de la misma preocupación, se cruzaron—, ¿por qué te pide que las sigas?

Hubiera dado lo que fuera por responder a todas sus preguntas.

—No lo sé — fue mi respuesta, sin embargo. Ella volvió a apartar la mirada, aunque no parecía enfadada conmigo—. Deberíamos descansar. Seguiremos investigando por la mañana.

Esta vez, no puso pegas a mi propuesta. Se levantó de la silla tras responder con un ligero asentimiento. Su vista se detuvo sobre la carta de su hermano, que cogió con dedos temblorosos.

—¿Sabes? — empezó a decir, aunque tenía la sensación de que hablaba más para sí que para que la escuchara—. A mi hermano le encantaba hablar del significado de los nombres. Decía que influenciaban en nosotros, que nunca seríamos la misma persona con un nombre distinto. Solía recordarme el mío. — Hizo una pausa y sus ojos volvieron a mirarme— Beatriz: “la bienaventurada, la que trae felicidad”. — Soltó un resoplido que carecía de humor— Parece un poco irónico.

No pude evitar acordarme de otra Beatriz, una por la que Dante habría descendido a los infiernos, aunque sería en otro lugar donde la encontrara. Mi nueva amiga había intercambiado los papeles: esta vez, sería ella quien haría lo imposible por recuperar a su hermano. ¿Me convertía eso en Dante, el eterno enamorado? ¿O quizás en Virgilio, el poeta condenado? ¿Conseguiríamos llegar al Paraíso o, por el contrario, quedaríamos atrapados en los nueve círculos del Infierno?

—Hugo significa “perspicaz” e “inteligente” — le respondí, alejando de mi cabeza mis pensamientos sobre Dante. También había sido su hermano quien me había dado esa información.

Una pequeña sonrisa se instauró en sus labios.

—Entonces a lo mejor tenemos un poco de suerte. ¿Te dijo lo que significaba el suyo?

Sí. Lo había hecho. Mirando su firma en el papel, recordé su voz grave y risueña en aquel bar perdido entre las calles de la ciudad.

—Ignacio: “el que porta el fuego”— repetí las palabras que mi amigo una vez me había dicho.

Beatriz me miró de reojo, probablemente pensando lo mismo que yo. El fuego no dejaba de perseguirnos y quizás pronto llegaría el momento en el que no pudiéramos evitar empezar a arder.

Fijándome en su pelo, tan cobrizo que casi era rojo, me pregunté si no lo habríamos hecho ya.

 

María Peláez García

Portadores de fuego/4

Portadores de fuego/4

Aún no recordaba su nombre y preguntárselo mientras le acompañaba a su piso solo iba a conseguir que perdiera la confianza que había depositado en mí. Intenté hacer memoria y recordar las veces que antes nos habíamos encontrado. Es cierto que no habían sido muchas, pero sí las suficientes para que hubiera una extraña comodidad entre nosotros.

Recordar nombres nunca había sido mi especialidad, pero lidiar con las extrañas amistades de mi hermano empezaba a serlo. Una de sus manías había sido siempre presentarme a la gente de su entorno, a aquellos que le rodeaban, amigos, compañeros de trabajo… eso le daba una extraña seguridad; en mi caso solo causaba situaciones incómodas.

Dentro de lo excepcional, esta no era de las peores. De algún modo era como si todo estuviera controlado, aún no sabía por quién, pero lo que sí estaba claro es que no se trataba de una coincidencia. Quizás era tan solo un juego de mi hermano, algo que se le había ido de las manos, como cuando éramos pequeños. La histeria que le había invadido en los últimos meses empezaba a ser difícil de tratar; yo ya no le podía ayudar y tal vez nadie podría hacerlo. ¿Era demasiado tarde?

El ruido de las llaves me devolvió a la realidad, me había limitado a hacer caso de lo que mis pasos decían por mí. Mientras mi mente trataba de buscar el sentido, mis pensamientos fueron perdiéndolo.

—Es aquí — me dijo con una sonrisa apagada, parecía no haberle importado mi silencio, quizás él también lo había necesitado.

—¡Vamos! — aquella palabra salió más fuerte de mi boca de lo que me hubiera gustado, casi como una orden, que nuevamente no pareció importarle en exceso, porque enseguida se adentró en aquel tortuoso portal y comenzó a subir las escaleras que daban entrada a su apartamento. Pronto, mis pasos alcanzaron los suyos.

Al cruzar la puerta, pude ver como una sobriedad clásica se extendía por las paredes. El olor a libro antiguo lo invadía todo. En aquel momento me resultó agradable e incluso acogedor, encajaba a la perfección con las estancias que se abrían frente a mis ojos.

Le acompañé a lo que parecía un pequeño despacho. Este estaba presidido por un gran escritorio de madera que rompía el equilibrio entre aquellas estanterías. Todo en aquel sitio tenía su lugar, excepto yo, que deambulaba perdida siguiendo los pasos de aquel hombre.

Parecía saber lo que estaba buscando o, al menos, tenía la suficiente determinación para disimularlo. Fue directo a un pequeño cajón del que parecía ser su escritorio. Al abrirlo, empezó a sacar objetos extraños, pequeños, grandes, algunos envueltos, otros tantos solo recubiertos por el polvo, pero indudablemente todos de mi hermano… Era algo que no sabría explicar pero que formaba parte de todo lo que pasaba por sus manos, era capaz de hacerlo suyo o de dejar en ello una parte de él. Verlos extendidos en la mesa hizo que la preocupación que llevaba una vida sosteniendo inundara mis ojos, del mismo modo que me había inundado la vida. Nadie hablaba de lo que era tener un hermano así.

Una mano se posó en mi hombro.

—Le encontraremos, haz lo que necesites. Entiendo que es muy duro —. Una mueca de pena llenó su rostro, aunque no dijo nada más. Mi hermano parecía ser realmente importante para él.

No pude evitar fijarme en cómo sus manos se resentían con el contacto de los recuerdos. Me obligué a volver la atención a aquellos objetos. Traté de buscar algo que se nos hubiera pasado por alto. Le pedí permiso para leer una de las cartas que yacía cerrada.

Querido Hugo: (hice acopio de su nombre)

Estoy seguro de que cuando leas esta carta, estarás en mi búsqueda.

Sigue a las Musas, yo ya lo hice.

—Hugo, ¿quiénes son las Musas? — Un escalofrío recorrió su cuerpo.

—¿Por qué me preguntas eso?

—La carta, dice que las sigas, quizás ellas nos lleven a mi hermano.

—No, hace tiempo que dejé de creer en ellas. — Su voz por primera vez desde que nos conocíamos había sonado cortante.

—Pero las necesitamos, quienes quieran que sean. Además, él sabía cuando te mandó esta carta que le estarías buscando y de eso hace seis meses. Hugo, por favor…

—Le dije que no lo hiciera, que solo le traería problemas. Por un momento, pensé que me habría hecho caso, qué típico de él no hacerlo… — Su voz se fue volviendo más ronca con cada palabra. Era como si aquellos vocablos se hubieran clavado como puñales sobre su cuerpo. Fuera lo que fuera aquello, tenía a mi hermano a su merced.

Nos quedamos callados.

—Sigamos buscando. — Su voz parecía menos cortante. No estaba segura de si había aceptado buscar a las Musas o si simplemente seguiríamos analizando aquellos objetos. Todo mi cuerpo se tensó, no se trataba de un juego de mi hermano o al menos no únicamente de eso. Alcé la vista para asentir y me encontré con su rostro lleno de culpa.

—Tengo que enseñarte algo. —Se acercó al perchero donde había dejado su abrigo, de él, sacó un libro. Sabía que lo reconocería.

—Lo tenías tú. —Guardó silencio.

—Supuse que ahí estaría la respuesta, fue uno de sus últimos regalos. Cuando estaba en su piso y oí las llaves, lo guardé en mi abrigo. No sabía quién estaría detrás de esa puerta, perderlo hubiera sido como perderle a él, no me lo hubiera perdonado.

—Necesito que me digas todo lo que sabes. — Agachó la cabeza y comenzó a contarme cada uno de los detalles. Adoptó un tono de voz un tanto impersonal, pero parecía sincero.

Mi cabeza trataba de asimilar todo lo que me estaba contando, mientras trataba de buscar algo que se saliera de lo normal en el libro. Tenía que estar ahí la clave, al fin y al cabo, ese había sido el principio de su locura, quizás también fuera el de su fin.

No podía dejar de pasar las páginas, con cada una de ellas parecía volverme más frágil, mis dedos entorpecían y mi respiración empezaba a ser algo costosa. Entonces lo vi. Había una letra marcada.

Le interrumpí:

—Aquí hay algo, la “a” está marcada.

—Sigue pasando páginas, tiene que haber algo más.

— Continué recorriendo las páginas, nuevas letras aparecieron m, i, c, o, o, s.

—Mosaico, es un anagrama.

— Hugo, cogió el pequeño mosaico que estaba en la mesa, trató de examinarlo, pero no vio nada.

—¿Quién es? El del mosaico.

—Es Aquiles. Claro, eso es. La Ilíada.

Se acercó a la estantería que había detrás de mí y sacó un pequeño ejemplar. A juzgar por su apariencia tenía que ser uno de los libros más viejos de aquel lugar. Observé cómo pasaba una a una las páginas, no podía hacer mucho más. Bueno quizás sí. Estaba a punto de acabar de revisar el libro cuando arrojé contra el suelo el mosaico.

—¡¿Qué haces?! ¡¿Te has vuelto loca?!

Algunas de las teselas saltaron.

—Creo que tiene algo dentro, mira. — Aparté las pocas piedras que quedaban aferradas al marco. En el fondo un pequeño papel escrito a mano.

Querido amigo: Las cosas no siempre son como planeas. Esto empezó siendo un plan, pero se escapó de mi control. Confié en quien no debía mi vida y empieza a ser tarde. La cólera es lo único que me mantiene vivo, pero en cualquier momento acabará por vencerme causando infinitos males. Estoy seguro de que sabrás leer a través de las líneas de algunos de los libros que más hemos disfrutado juntos. Confío en ti amigo y recuerda que, si sirves a muchos maestros, pronto vivirás.

—La frase original dice: “Si sirves a muchos maestros, pronto sufrirás”, tiene que significar algo. Tu hermano jamás se equivocaría. Tiene que haber algo en la Ilíada, algo tiene que estar mal, algo se nos escapa. —Sus ojos gritaban con desesperación.

—Tranquilo, lo encontraremos. — Me acerqué a él. —¿Y si no? — No supe qué responder. Tomé el libro.

—Deberías descansar, puede que esto se alargue y necesitaremos tener energía. Volveré a revisar el libro mientras tanto.

—¿Tú no vas a descansar? —De momento estoy bien. — Traté de sonreír mientras apoyaba el libro en la mesa— Aunque no lo creas, soy una mujer fuerte.

Esta vez fue él quien sonrió.

—Está bien, en ese caso descansaré. Avísame si encuentras algo.

Volví mis ojos al libro, pero algo me llamó la atención. No podía ser. Aquello no era el mapa de Troya, era el mapa de Madrid.

 

Inmaculada Martín Lobato

Portadores de fuego/3

Portadores de fuego/3

Llevaba meses recabando información, y ahora que todas las piezas del puzle empiezan a encajar, un enorme miedo se apoderaba de mí. Esto era demasiado. Cómo no me había dado cuenta antes de sus planes, de las intenciones que tenían…mi cabeza no paraba de darle vueltas a todo, y no era capaz de pensar en otra cosa. Debía ir en busca de la verdad, y si mis sospechas eran ciertas, tratar de solucionarlo y evitar miles de muertes literarias o al menos una de ellas.

Para mí la literatura siempre había sido mi zona de confort, lo que más me animaba incluso a pintar. Siempre he sido un tipo un tanto peculiar y solitario, de pocas palabras; sin embargo, eso cambió cuando conocí a mi buen amigo. Aún recuerdo aquella tarde de otoño en la que coincidimos en aquella cafetería del centro, y cómo al servirnos a uno el pedido del otro nos percatamos de que leíamos el mismo ejemplar de la Ilíada. Y es ahí cuando comenzó nuestra amistad. Desde entonces comenzaron un sinfín de charlas literarias, regalos, e incluso el sentimiento de paz que me transmitía y por el que le di una copia de las llaves de mi piso…

Un momento.

Él era el único que podía entender todo si mi ausencia se prolongaba demasiado. Era un chico joven, pero muy inteligente y sabía ver y valorar los pequeños detalles, o pequeñas pistas que podría dejarle. No sería fácil, no querría exponerle al mismo peligro que corría mi vida, pero debía intentarlo…

Una semana antes de la desaparición

Habían sido días eternos y noches en vela para dejar todo preparado, para que mi amigo pudiese hilar todas las pistas que tenía para resolver este entramado de misterios y mentiras.

No podía evitar sentirme como un personaje más de una novela policiaca, como todas aquellas que comentábamos riéndonos sobre los inesperados finales o en el extraño pero común uso de gorros y gabardinas para ser un buen detective. Pero esta vez no íbamos a comentarlo, íbamos a vivirlo. Todas las emociones, los misterios, descubrir más pistas e incluso los peligros que ello conllevaba…

Tres días antes de la desaparición

Era consciente de que hoy había sido la peor sesión con mi hermana; no sabía qué decir, cómo responder a sus miles de preguntas y cómo salir del círculo vicioso de pensamientos que me iban comiendo por dentro.

Sabía que me quedaba poco tiempo y las despedidas no estaban en la lista de cosas que hacer. Aun así, no lograba callar una vocecilla que me decía que no podía irme de aquella sala sin decirle algo que no fuese acompañado de malas caras, refunfuños o gritos.

Pero no lo hice.

Es por eso por lo que a la noche rompí todas las reglas de mi elaborado y estudiado plan y salí a la calle con un rumbo fijo. Me quedé en la calle media hora, pensando qué decir, cómo decirlo y lo más importante cómo no alarmarla o asustarla. Eso era lo más difícil. Yo era un tipo complejo y algo introvertido, pero ella sabía ver tras toda esa fachada que había construido durante años y descifrar mis verdaderos sentimientos o pensamientos.

No hallé mejor manera de disculparme que gritando hacia su ventana. Sin embargo, justo antes de alzar mi amarga voz, vislumbré una sombra tras un árbol en la otra acera. Sabía perfectamente quiénes eran. Pero era tarde, me había dado cuenta demasiado tarde y mi grito se elevó por toda la manzana. Iba a tratar de correr y huir justo cuando la vi asomarse a la ventana.

Me maldije a mí mismo por mi irresponsabilidad. Había dejado que supiesen algo más sobre mí, y con ello le había puesto en peligro a ella también, así que hui lo más rápido que pude pensando en que probablemente debería adelantar mi marcha para evitar más involucrados.

El día de la desaparición

Ya no había marcha atrás. Me iba a enfrentar a alguien a quien muchos osarían llamar el diablo. Confiaba plenamente en mi amigo, él sabría qué hacer.

Antes de salir por la puerta quise leer una vez más la carta, y con ella las últimas palabras que quizá le dedicaba a mi amigo.

“… estoy seguro de que sabrás leer a través de las líneas de algunos de los libros que más hemos disfrutado juntos, confío en ti amigo y recuerda que, si sirves a muchos maestros, pronto vivirás.”

Solo esperaba que se diese cuenta del error de aquella frase y leyese el libro del gran poeta Homero, en el que se encontraba el mapa para comenzar a desenterrar esta locura que descubrí la pasada primavera y que me llevaba persiguiendo demasiado tiempo..

 

Sofía Pulido Gertrúdix

Portadores de fuego/2

Portadores de fuego/2

Mis dedos se empezaron a colar entre la portada y la primera página de la obra literaria con un movimiento lento, aunque cargado de expectación y, aumentando lentamente la presión, las separé.

El título, en una caligrafía majestuosa e imponente, precedía la página. Unos centímetros por debajo había algo escrito a mano, con un estilo de letra mucho más pobre y despreocupado. Parecía como si aquellas palabras se hubieran escrito con la prisa más inminente y asfixiante del mundo. Reconocí esos trazos al instante. Eran de mi amigo. Comencé a leer la dedicatoria.

“Espero que algún día me puedas perdonar, no busco que entiendas lo que he hecho, pero…”

El tintineo de unas llaves al otro lado de la puerta provocó en mí el acto reflejo de cerrar el libro y ocultarlo bajo mi chaqueta. Antes de que mi mente pudiera imaginarse a quién más mi amigo le había confiado las llaves de su casa la puerta se abrió y la solución fue expuesta ante mí.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó irritada, aunque no sorprendida.

—Recordar —respondí instantáneamente.

—No merece la pena recordar cosas así, a alguien así…

—¿Qué venías buscando tú entonces? —inquirí.

—Olvidar, o, al menos, hallar la clave para ello —contestó tras haber meditado unos segundos.

—Yo me conozco un método mucho más efectivo para olvidar.

Había muchos más restaurantes por la zona, algunos más cercanos y baratos, pero el elegido debía ser el que fue. Había ido más de un viernes con mi amigo para nuestras charlas y vuelto en numerosas ocasiones para disfrutar del aroma de un buen libro mezclado con el sabor a café. Definitivamente, mi favorito. Yo me pedí lo de siempre, ella un vaso de agua.

—No era fácil —comentó ella, rompiendo el silencio.

—Nunca lo fue —aclaré con una sonrisa cargada de compasión.

—Desde bien pequeño empezó a tener comportamientos erráticos, todos ellos relacionados con el mundo de la literatura o del arte, pero lo de los últimos meses…No era normal.

—¿Qué ocurrió?

—Estaba acostumbrada a su forma de ser imprevisible y caprichosa, pero jamás le había visto tan obsesionado con algo. Me llamaba a mitad de la noche gritando, golpeando las paredes de su casa, llorando…

Supongo que su relación conmigo simplemente se limitaba a lo literario. Quizá solo se mostraba tal y como era ante las personas que era imprescindible hacerlo. Ante su psicólogo, por la intimidad tan bonita que supone esa profesión y, sobre todo, ante la pericia de la mujer que tenía delante de mí. Algunos decían que era cosa de hermanos, pero la destreza con la que sabía tratar a mi amigo no se la otorgó su vínculo con él, sino algo mucho más poderoso, algo que va dejando cicatrices: la experiencia.

—¿Obsesionado con qué? —cuestioné finalmente.

—¿No te ha llamado nada la atención de su casa? —Odiaba que contestasen mis preguntas con otras preguntas.

No supe qué responder.

—No hay ni un solo libro.

—Pensaba que se los habían llevado para investigarlos.

Negó con la cabeza.

—No se han llevado nada ni se lo van a llevar, te lo garantizo.

Sacó un paquete de tabaco que fulminé con la mirada. Ella arqueó una ceja y lo volvió a guardar mientras emitía un suspiro.

—Me pidió que me los llevase todos, que no dejase ni uno solo. Decía que incluso cuando los veía sin estar leyéndolos le provocaban… ¿Cómo dijo?

—Emociones fuertes —completé.

—Sí, algo así. Me aseguró que lo que sentía hacia ellos era tan intenso que escapaba a su conocimiento y a sus fuerzas. Esa misma noche me los llevé todos de ahí.

—Por eso me pidió que no me llevase libros a nuestras reuniones… ¿Sabes qué fue lo que le provocó eso?

—Se obsesionó por uno de ellos. Me gritó que leer no tenía sentido si no era aquel libro, que lo veía en cada parpadeo, en cada lienzo en blanco. Ese fue el único libro que no quiso que me llevara.

—¿“Roma, vestida de fuego”?

—Sí, ese mismo. Ha desaparecido de su casa, probablemente se lo llevaría consigo a donde quiera que haya ido.

Instintivamente palpé el libro envuelto en mi chaqueta. Seguía ahí. Todo iba bien. Noté que ella jugueteaba inquieta con el paquete de cigarros en su bolsillo con su mano derecha. Su izquierda estaba ocupada envolviendo y desenvolviendo una y otra vez uno de sus mechones cobrizos en su dedo índice.

—¿Te puedo preguntar por la última vez que lo viste? —lanzó.

—Fue aquí, en esta misma mesa. Él se sentó en esa silla —señalé apuntando con la cabeza hacia ella.

Su cuerpo se quedó paralizado unos segundos. Levantó su codo izquierdo de la mesa con un pavor tan inexplicable como repentino mientras se recolocaba incómodamente en su asiento.

—¿De qué estuvisteis hablando? —preguntó con miedo.

—¿Cómo fue la última vez que tú le viste? —Decidí jugar con sus reglas.

—Fue unos días antes de que su desaparición se hiciera pública, dos o tres como mucho. Al día siguiente me dijo que no estaba ahí, pero yo sé que era él a quien vi. Aquella misma tarde discutimos por teléfono. Se volvió loco. Me decía que no tenía ni idea de por lo que estaba pasando, que no sabía todo lo que se estaba callando, que desconocía las veces que tenía que calmar su conciencia.

—¿Tú qué le dijiste?

—Que la conciencia no es algo que se pueda controlar —agregó.

—¿Cuándo le viste?

—Esa noche me despertaron unos gritos, cuando me asomé por la ventana vi una sombra que miraba a mi edificio. En el momento en el que me vio aparecer soltó un berrido que fue audible a manzanas de distancia. Era su voz, te lo prometo. Me heló la sangre.

—¿Qué te dijo?

—Me pidió perdón.

Volví a apretar el libro. Recordé la dedicatoria.

“Espero que algún día me puedas perdonar”

David Castellanos Martínez

Portadores de fuego/1

Portadores de fuego/1

Alargué mi mano izquierda hasta alcanzar el borde de la tablilla. Óleo sobre madera; la inscripción “Roma, vestida de fuego” decoraba la esquina inferior izquierda. Algo me aceleró el pulso, sentí el sutil cardio golpeando mi pecho. Su firma atravesaba el cuadro de manera inusual. Yo estaba en su casa, en su solitaria casa descifrando las figuras; antes de Roma, vestida de fuego vi otras obras de las que sí me había hablado: Mujer con el corazón de perla, El bailarín de Grecia, Los cielos de Mesopotamia… todas ellas óleos sobre lienzo. Estando en su casa todo se sentía diferente.

Recordé aquella tarde del 9 de junio, vi su rostro empapelado sobre los periódicos. Titular: “Desaparecido. Pintor de 33 años en la localidad de Madrid”. Me dirigí rápidamente hacia mi casa con el aliento por delante, fuera de mí. Por el acelerado camino me perseguía constantemente el espejismo sonoro de escuchar mi nombre en su voz.

Nosotros habíamos mantenido una relación literaria por años; solíamos citarnos en algún restaurante de Madrid para analizar las magnas obras de la literatura universal, platicábamos acerca de la filosofía del mundo clásico y disfrutábamos la lectura de ciertas cartas antiquísimas. Lo hicimos cada viernes de los últimos cuatro años sin abandonar la costumbre ni por una sola semana. Tenía por costumbre dejarme un regalo al finalizar cada sesión de nuestras tardes de literatura y, precisamente, me dirigía a casa aceleradamente en busca de los últimos de sus regalos en mi posesión. Había normalizado tanto su costumbre de regalarme extravagantes objetos que no necesitaba (o, a veces, que no quería) que apenas les presté atención a la mayoría de sus regalos. Llegué a mi casa al atardecer, rebusqué y puse patas arriba la hemeroteca para encontrar sus regalos. Allí estaban, algunos cubiertos de polvo: una réplica en miniatura de un mosaico romano, un ejemplar de una antología poética hispana medieval, un collar de las indias e innumerables bártulos y armatostes que nadie querría tener en su hogar.

De entre todos ellos rescaté los más útiles para saber algo acerca de su desaparición: las llaves de su casa (fue de sus primeros regalos, me las dio a modo de considerarme fiel amigo suyo), una carta que nunca había llegado a leer y un ejemplar de un libro titulado Roma, vestida de fuego. Abrí la carta o al menos hice el intento enervado coordinando mis torpes manos. Suspiré profundamente, la carta había sido dañada por el paso del tiempo y se habían perdido ciertos fragmentos del mensaje. Leí:

“Querido mío:

Nosotros hemos recorrido los tiempos literarios (…) desde Homero hasta (…) Espero que recuerdes aquella conversación que tuvimos acerca del incendio que ocurrió en el 64 a.C. bajo el mandato de (…) (¡Lo recordé! ¡Era bajo el mandato de Nerón!).

Ahora siento que soy la mismísima Roma (…) el fuego me (…) y no sé qué más puedo hacer. Mi última visita al psicólogo fue farragosa, (…) terminó por diagnosticarme vivir una pesadilla, me prohibió toda actividad que me cause emociones fuertes y (…). Tú bien lo sabes, la literatura, fuera de ella no siento (…). Pero ahora, ahora leer me (…). Tú y yo hemos vivido todo desde la lente de la lectura, aquella vez en que (…) terminamos fatigados de ello y te di ese libro, no quiero (…) hasta que no veas su contraparte pictórica en (…). (…) viejo amigo, hasta dentro de (…) “.

Cerré la carta y la dejé suavemente sobre el escritorio. Días después me dirigí a su departamento. En esa situación me encontraba; todo era diferente. Después de ojear los lienzos alcancé aquella tablilla de madera titulada igual que el libro posado sobre mi mano derecha (libro que hasta entonces no me atreví a abrir, en la carta supuse que hablaba de ese libro en concreto ya que anteriormente había mencionado el incendio de Roma en el año 64 a.C.) y con la izquierda acaricié el título bordado a relieve. Pensé en por qué alguien tendría que dejar de leer (resonaba en mi mente “actividad que me cause emociones fuertes”), me carcomía de nervios; las figuras del cuadro, el enigmático libro que ya estaba autorizado a abrir, la desaparición de un amigo.

Anás Serroukh Eddriouache

Carta de la pilota al chófer

Carta de la pilota al chófer

Mi queridísimo Paco:

El 13 de junio hace 10 años que te fuiste y creo que no hay mejor forma de recordarte que escribiéndote una carta, la última que nos mandaremos jamás.

Aún recuerdo como olían las cartas que me mandabas desde Madrid mientras yo seguía en Candeleda. ¡Qué largos se me hicieron esos cuatro años! Madre decía que mi cuarto iba a oler demasiado a campo con tanta hoja de ahuehuete ahí colgada, pero a mí me encantaba guardármelas porque me decías que caminar por el Retiro te recordaba a mí. También guardé todas tus cartas, quería tenerte cerca mientras trabajabas para el Conde y le traías y llevabas por todo Madrid.

María no se puede creer que te declararas por una carta. Yo ya le había dicho que eras muy romántico, pero no me creyó hasta que no le conté nuestra historia; y eso que empezó de una manera muy complicada. Mis amigas no paraban de decirme lo guapo que eras y lo mucho que me mirabas. Yo no me cansaba de decirles que cómo un chico tan apuesto como tú que trabajaba para un conde en Madrid y conducía esos coches tan lujosos se iba a fijar en la “pilota”, la hija del carnicero. No solo eso, te recuerdo que por aquel entonces tú seguías con la Gloria, la hija de Don Augusto, que en paz descanse; por lo que todas las pamplinas de mis amigas no tenían ni pies, ni cabeza.

Tú venías todos los fines de semana de Madrid y yo te veía en la plaza, aunque es cierto que poco a poco te dejé de ver con la Gloria. Charito no paraba de hablar de ello a la salida de la iglesia: “El día menos pensado Francisco, el hijo de Don Felipe, está llamando a tu puerta para invitarte a un café”. La verdad que no llamaste a la puerta de casa de mi padre, quizás porque siempre le tuviste mucho respeto; pero me escribiste una carta para que tu amigo Marcelino, que volvía a Candeleda más a menudo que tú, se la diera a Charito y ella a mí.

Mis ojos releyeron la carta una y otra vez sin llegar a comprender lo que tus palabas decían. Me invitabas a un café la próxima vez que vinieras de Madrid y después a dar una vuelta por el camino del convento. El día que nos vimos no parabas de reírte y de decirme lo buena chica que te parecía. Yo te prometí que te escribiría pronto, a la misma dirección que ponía en mi carta y que te la harían llegar, ya que ibas a estar una temporada sin volver a Candeleda porque el conde se marchaba a San Sebastián y tú con él.

Así fue como nos empezamos a mandar cartas, ¿te acuerdas? Madre decía que eras un muchacho muy apuesto con gran corazón y, siendo sincera, le conquistaste la primera vez que me acompañaste a casa y os presenté formalmente. Aunque mi padre aún se mostraba reticente al pensar que su hija de 19 años se escribía con un hombre de 25 que trabajaba como chófer; mi hermano, que tú sabes que siempre te tuvo en gran estima, le lograba quitar de la cabeza esos pensamientos absurdos.

Siempre recordaré la carta en la que me decías que tenías algo muy importante que decirme, porque ese sábado me pediste matrimonio en el olivar de mi padre; o en la que te dije que tu madre estaba ya muy enferma y debías volver a Candeleda. Ahora te escribo esta última carta para recordar cómo empezó todo, hace casi 60 años gracias a una carta; para poder echar la vista atrás y afirmar que fuiste el amor de mi vida.

Siempre tuya,

Tu pilota.

Un relato de María Torres

Libros físicos versus audiolibros: ¿Cuál es mejor?

Libros físicos versus audiolibros: ¿Cuál es mejor?

Vivimos en una época en la que conviven libros en físico y audiolibros. Sin embargo, ¿cuál de los dos medios es superior? ¿Cuál es la mejor manera de consumir un libro? Comparemos los pros y los contras de los dos formatos para ver si uno se destaca por encima del otro.

Los beneficios e inconvenientes de los libros físicos

Empezando con los beneficios, la sensación de sostener un libro en tus manos es diferente a cualquier otra cosa. Sentir su peso, disfrutar de la portada y ese olor a libro nuevo (o viejo) realmente le da una ventaja sobre cualquier otro medio. Además, tener libros en físico te permite tener una biblioteca que no solo es una buena decoración, sino que también están a plena vista todo lo que has leído y planeas leer, cosa que dice mucho sobre ti. Otra ventaja es que no necesitas usar un dispositivo ni asegurarte de que esté cargado para poder leer. Además, a diferencia de los audiolibros sujetos a constantes cambios y ediciones por parte de los autores y empresas, una vez que poseas una copia de un libro no se le pueden producir cambios. Leer un libro en físico también conlleva beneficios médicos: reduce el tiempo frente a las pantallas y fomenta la relajación. Finalmente, a menudo puedes encontrar libros baratos o incluso gratis.  

Ahora bien, respecto a los inconvenientes, si bien es verdad que existen libros gratis o de segunda mano, lo cierto es que muchas veces pueden llegar a ser bastante caros. Además, se dañan fácilmente a diferencia de los audiolibros.  Otra desventaja es que ocupan espacio y son pesados, cosa que puede dificultar su almacenamiento y su lectura en determinados lugares. También son inconvenientes para disfrutar de la lectura antes de dormir, pues su necesidad de una luz estropea el ambiente oscuro. Por último pero no menos importante, no son buenos para el medio ambiente: gastar dinero en un libro de papel que mata árboles parece contraproducente cuando existen opciones mucho más ecológicas como los audiolibros.

Pros y contras de los audiolibros

La ventaja más grande que le encuentro a los audiolibros es que el único espacio que ocupan es en el dispositivo en el que se almacenan, lo que los hace extremadamente fáciles de mover, conservar y de leer en cualquier lugar. No presentan ningún tipo de inconveniente físico. Además, no es necesario permanecer inmóvil para disfrutarlos, pues no tienes que sostener el libro en tus manos. Esto abre la puerta a la multitarea. Otro factor es que muchas veces la lectura de libros grandes se hace menos intimidante; no solo porque no ves el grosor de la obra, sino también porque los audiolibros presentan la posibilidad de ajustar la velocidad: puedes reducir la velocidad o ampliarla según tu preferencia.

En cuanto a las deficiencias de los audiolibros, lo primordial es su dependencia de la batería pues cualquier dispositivo que uses necesita o bien tener la batería cargada o bien permanecer enchufado. Por no decir que la medida en que puedas disfrutar del libro depende mucho del narrador del libro, su voz y entonación, entre otras cosas. Si el narrador o narradores no se esfuerzan o su trabajo no es de tu agrado, es posible que dejes el libro por completo incluso si la trama te atrajo inicialmente, cosa que jamás ocurriría con un libro físico.

¿Es uno realmente mejor que el otro?

Tras esta breve reflexión, no considero que ninguno se destaque claramente sobre el otro. Se podría decir que la respuesta varía según la preferencia de cada persona. Aun así, no creo que sea necesario elegir uno de los dos medios pues es posible utilizar ambos. Siempre que se esté consumiendo un libro, el formato que te permite hacerlo no importa mucho.

Rebekah Evelynn Davis

Una breve historia de la lectura

Una breve historia de la lectura

Érase una vez, nuestro ancestro más antiguo conocido. En el siglo II nació Papel. Un cortesano chino llamado Ts`ai Lun, le había dado a luz con seda, bambú y redes de pesca. Rápidamente Papel fue muy famoso y, como sirvió incansablemente para la nación, esta lo conservó con cautela dejando en secreto las circunstancias de su nacimiento; pues se temían que su querido fuera secuestrado.

 Nuestra familia crecía y cambiaba por años, él tuvo descendencia: Kozo, Mitsumanta y Gampi, se llamaron. Sin embargo, la discreción de la nación se acabaría en el siglo VI d.C. pues el monje budista Dam Jing no podía permitir que nuestra familia se quedara encerrada por más tiempo en solo un rincón del mundo, así se llevó a nuestra familia a la tierra de Japón, su tierra.

A nuestros familiares les gustó la experiencia, sin embargo, jamás imaginaron que irían más allá del mar oriental. En el siglo XVI d.C. unos piratas de aguas extrajeras los secuestraron en Samarcanda y se lo llevaron Arabia para desentrañar sus secretos. No lloréis por esta tragedia porque nuestra familia haya donde fuera siempre estará viva mientras haya quién de su legado defienda. Entonces, las siguientes generaciones fueron de cáñamo y lino que crecerían con una educación pasadas por agua: deshilachados primero, maceados de las hilachas de aguas segundo y después sumergidos en un tamiz que recogía las fibras maceradas filtrando agua. Finalmente fueron prensados y secados para luego ser cubiertos en una película de almidón de arroz.

Tampoco nos podemos olvidar de vuestras abuelas que tendrían un inicio más hermoso floreciendo del papiro. Ellas también viajarían hasta la Grecia Arcaica, donde solo les interesaba los trabajos que más importancia daban los griegos así que, en un principio, eran filósofas y científicas. No sería hasta el siglo V a.C. cuando se darían cuenta que las historias también eran dignas de atención, así que algunas de sus descendientes se dedicaron a enseñar canciones a los aedos y rapsodas. Mas tarde los sofistas se fijaron que tenían grandes talentos para la educación así que estos también las contrataron. Su fama fue tal que hasta las rocas les quisieron imitar, aunque su objetivo era otro, honrar a los muertos concretamente.

Del siglo V a.C. al I a.C. Don Códice y Don Volumen tampoco se quedarán atrás porque expandirían sus empresas con todo tipo de géneros: cartas de amor, obras trágicas… Aunque también es verdad que estos se llevaban bastante mal, mientras uno era pequeño y pasional con gran entusiasmo para cualquier viaje, el otro era más sabio, portando más conocimiento, pero muy vago para irse a otro lado. Por ello discutían muy a menudo, al igual que sus seguidores por motivos empresariales, funcionales, etc. Había de todo.

¡Oh! ¿y os he hablado ya del tío-abuelo segundo? Ya sabéis, el Códice eclesiástico, ¿no? ¿el que hablaba a dos columnas y nació de piel animal? ¿ese de la edad media que solo se dignaba a enseñar a unos pocos adinerados? ¿sí? ¿no? ¿ese que vestía con pinturas brillantes? ¿ahora sí? Perfecto, pues en ese caso continuamos.

Por suerte para vosotros, vuestro padre era menos selectivo en cuanto a profesiones se refería, así que este dio a innumerables hijos de todo tipo de género: enciclopedia, sumas y comprendidos diccionarios. Es una lástima que en la Alta Edad Media muchos fallecieran por culpa de los ignorantes que querían doblegar el pensamiento de los demás, en fin, la vida sigue. Por fortuna para nuestra demografía, en el siglo XV la imprenta aseguró nuestro legado y protección después de los peligros que superamos. Llegó la generación de los Libros, sí, esos si los conocéis muy bien ¿verdad? En ese caso, ya os sabréis el resto y aquí termino el cuento.

Y antes de que me empecéis a proclamar la razón de vuestros apellidos “¿por qué nosotros somos parte de la familia Lectura si estamos hecho de materia viva?” Pues la respuesta es bastante simple. Los Lectores formáis parte de ella porque sois su vida misma, sin nadie que leyera a nuestras parientes de materia muerta, estas habrían fallecido para siempre.

Triana Maceda Martín

Decisiones

Decisiones

Ella era una chica sencilla a la que solo le habían pasado cosas malas. Nunca habían sido fáciles las cosas para ella.

Aprendió a ser fuerte, más que a ser feliz. Aprendió a levantarse en vez de sanar las heridas. Vivió con grietas.

Era un ángel al que le cortaron las alas. Un libro al que le borraron las palabras. Una chica a la que le quitaron su ilusión.

“No hay tiempo de llorar” se decía ella misma, “levántate y recupérate que en pocos días vendrá otra”.

Sola. Se sentía sola.

La soledad nunca fue un problema. Al contrario, ella disfrutaba de esos pequeños momentos de paz que tenía en su habitación.

Pero incluso su soledad empezó a ser conquistada por el malestar.

Hasta aquel día.


Se despertó temprano. Hizo lo mismo de todas las mañanas: levantarse, desayunar, asearse e ir a la universidad.

Salió antes de casa, al autobús aún le quedaba media hora para llegar.

Decidió tomar otro camino a la parada. Una decisión que provocó un giro de 180º en su vida. Pasó por delante de una pequeña tiendecita. Esa que siempre miraba desde el escaparate y nunca se había atrevido a entrar.

Miró hacia la puerta. “Abierto” decía el cartel que colgaba de ella.

Tras unos minutos de debate interno, decidió pasar. La tienda era pequeña. “Parece una sala familiar” pensó. A ambos lados de la estancia había estanterías llenas de libros. En la parte superior de cada una de las baldas había distintos carteles donde se podía leer: fantasía, romance, clásicos, inglés, gastronomía… Al final, había una mesa de madera con una caja registradora. Allí se encontraba una mujer de avanzada edad.

La chica avanzó a través de todos esos libros. Algunos eran muy antiguos, mientras que otros parecían bastante nuevos. Uno en especial le llamó la atención. “¿Puedo cogerlo?” preguntó la chica a la anciana. “Por supuesto querida, puedes mirar todos los que quieras” contestó la dulce señora.

Estiró la mano y agarró un libro que estaba en una de las baldas superiores cuyo título era Amar(se) es de valientes escrito por Alejandro Ordóñez. Nunca había sido una fanática de los libros, pero decidió echarle un vistazo. Contenía pequeños poemas con títulos que atraían mucho su curiosidad: Tus defectos decía uno, A mi yo del pasado decía otro.

Se paró en una frase que decía: “no hay noche que dure eternamente, siempre saldrá el sol que le ponga fin a todas esas sombras contra las que ahora luchas”.

En ese momento le llegó un mensaje al móvil. Era Sophie, diciéndole que quedaban cinco minutos para que llegase el autobús.

Movió las manos para dejar el libro, pero una punzada de curiosidad no la dejó devolverlo a su sitio, sino que se dirigió a la señora de la mesa para comprarlo.

Salió de la tienda mirando el libro que sujetaba con sus manos.

En ese momento ella no lo sabía, pero ese libro fue el primero de muchos, los cuales le ayudaron con su proceso de sanación interno. Le acompañaron en su camino, le guiaron. Nunca más se volvió a sentir sola mientras tenía un libro en sus manos. Empezó a conocer nuevos mundos e historias que le hacían soñar mientras estaba despierta. Por fin, las grietas que sentía dentro de ella, empezaron a cicatrizar, para posteriormente ser una marca que le recordaba lo que había sufrido y que había conseguido superar.

 

Aroa Melero Sáenz.

Hasta las cenizas

Hasta las cenizas

Y lo vi arder, millones de libros alimentando las llamas. Vi cómo se consumían las páginas, cómo las palabras se desvanecían, cómo las historias se olvidaban. Nada más prender la llama que iluminó aquella noche sin luna, las campanas de la iglesia rompieron el silencio, como señal del genocidio que se estaba produciendo.

La gran masa de humo comenzó a ascender hacia el cielo estrellado, mientras que en la superficie se podía sentir el cálido abrazo de la hoguera. Pronto, aquel aire contaminado invadió cada rincón, quemó nuestros cuerpos por dentro, ennegreció nuestras almas.

Fuimos pocos los que asistimos a la despedida de los personajes que nos acompañaron durante parte de nuestras vidas, aquellos que nos enseñaron a amar y nos hicieron sentir la más pura de las tristezas. Ahora, vuestra jaula de papel está ardiendo para que por fin podáis ser libres, en forma de humo y cenizas.

Todos guardamos silencio, no por miedo, sino por respeto a aquellos que nos compartieron su sueño. Ellos son los que nos permitieron viajar a otros mundos, los que nos mostraron la belleza de las pequeñas cosas, los que hicieron florecer en nosotros una ilusión que ahora amenaza con extinguirse.

Muchos de ellos ya no están aquí para ver cómo todas sus esperanzas y fantasías quedan destruidas. Pero sabed que el legado que habéis ido sembrando a lo largo de vuestras vidas no se ha convertido en una simple lluvia negra, sino que sigue vivo dentro de nuestros corazones. Ahora somos nosotros los que tenemos que contar vuestra historia, porque ya se ha convertido en una parte de nosotros mismos. 

Y la hoguera siguió ardiendo, hasta que el fuego consumió todo, hasta que solo quedaron las cenizas.

 

Aitana Moya Sánchez.

One last story

One last story

OX10 9PP. St Mary’s Church, Cholsey. Wallingford, Oxfordshire, United Kingdom.

Alcalá de Henares (Madrid). February 23rd, 2022.

 

Dear Agatha

Normally you tell me the stories, but today I would like to be the one to tell you one. Do not have high expectations, it is not at all similar to yours.

This story begins one day a few years ago, on February 13th. I remember it because it was the day before Valentine’s Day and, at that time, my parents used to like making me and my brother participate in the moment of opening the gifts. I had already manifested clear traits of a mystery lover and my mother had the idea of trying to you. The books I had of yours on the shelf were The Murder  of Roger Ackroyd and Ten Little Niggers. This one was the first book I volunteered read on my sleeping hours, I remember that, furthermore, I devoured it on a trip to Córdoba and, while visiting the mosque, I dreamed that Emily Brent and Dr. Armstrong were actually in cahoots and, when the former died, it was because the doctor was not interested in her being alive. While visiting the Alcázar I was convinced that the doctor had gathered them all there and he was the murderer and that same night, when I arrived at the hotel and read his murder, it was the first time you left me speechless. And, in this way, the memory of my favourite novel remained linked to that beautiful city. It’s impossible for me to remember its streets without thinking of you and how you deceived me.

That’s why whenever I travelled, I could not miss one of your novels under my arm. By doing so, your essence would spread to every place I visited and it would always have its head busy trying to unmask the murderer before you did. In this way, you slipped into my day to day. Reading A Tragedy Christmas on the last day of the year, death in the clouds on the plane back from Prague… If I’m honest, when I read one of your novels away from home, I feel more yours, because I know that what drive you to create was not in Torquay. In fact, now, when I think about it, home never brought you good things. Tell that asshole Archie and Nancy. Isn’t it? Your place has always been on the remote islands awaiting justice, on Nile cruises filled with rancour, on trains departing from Istanbul loaded with revenge…

I know that it is impossible for you to read this letter, but a part of me, the dreamiest and the one who likes to smile the most, knows that you will manage to do it. That’s why the child that I still have inside me has thought of making two copies of this letter: one to send it as close as possible to what is left of you and, the other one, burnt it to free the words from the paper and let them fly free; so you can hunt them from wherever you are.

By the way, say hello to Vera from me, until now she has been your victim who has touched my heart the most, although I don’t recommend that you hang out with her a lot. Better with Poirot, perhaps now is your chance to discuss all your cases together. Many criticized you for taking it with you when you left; however, I understood you. You needed someone up there who knew how to understand you to continue talking about all those mysteries in which you lived and, if you allow me to comment, I will tell you that you made the best possible choice.

And we come to the end of the story. The story of someone who lives more in your mysteries than in the life from which you gave us the option to escape.

Sincerely yours.

David Castellanos Martínez

Clubs de lectura. Leer, charlar y vincularse frente al productivismo.

Clubs de lectura. Leer, charlar y vincularse frente al productivismo.

Si pienso en un club de lectura pienso en mujeres que hablan alrededor de té o café sobre un libro que han elegido, que quizá les ha hecho pelearse para seleccionarlo, que les ha emocionado, aburrido, intrigado, enfadado o alegrado. Si pienso en un club de lectura pienso en lo cotidiano y lo atemporal que es hablar con tus amigas de aquello que te remueve y te renueva. Si pienso en un club de lectura pienso en luchar en medio de un productivismo salvaje por guardar espacios para leer, para charlar; para charlar de lo leído sin más pretensiones que eso: leer y charlar.

Esta visión de lo que es un club de lectura está, por supuesto, sesgada por mi tiempo y mi contexto. Si fuera un burgués del siglo dieciocho, o un obrero de comienzos del veinte posiblemente tendría imágenes muy distintas de qué o para qué es un club de lectura. Pero desde mi presente, mi género, mi edad y mi contexto, un club de lectura es la excusa perfecta para hacer de manera organizada lo que más nos gusta hacer de manera espontánea: hablar sobre aquello que nos importa (y, casi siempre, aquello que nos importa puede ser encontrado en un libro).

Las alumnas de Historia de la Lectura de este curso así lo pensaban cuando pidieron montar el Club de Lectura en el que hace unos meses nos embarcamos, y gracias a ellas, a su compromiso por crear espacios propios, bonitos y fructíferos en la universidad, es que nos encontramos a las puertas de la segunda sesión del Club de Lectura, que tendrá lugar mañana, día 21 de abril, en el aula 10 del Colegio de Málaga.

En la sesión anterior (que tuvo lugar el 30 de marzo y fue dirigida por el profesor Antonio Castillo) pudimos detenernos a observar Fahrenheit 451 desde nuestros ojos de chicas de en torno a 20 años. Hablamos sobre la diferencia de ritmos con respecto a la distopía que estamos acostumbradas a consumir, sobre la presencia de las redes sociales en nuestras vidas, sobre lo aterrador que es vivir dejando de lado los vínculos y los detalles y, sobre todo, hablamos de los libros como cemento para las relaciones, como herramienta para luchar contra el olvido y el egoísmo. Hablamos de libros, vínculos y personas que son (aunque no sabría especificar en qué orden) mis tres cosas favoritas.

Mañana volvemos a ponernos manos a la obra comentando 84, Charing Cross Road de Helene Hanff y podremos, o al menos así lo espero, seguir pensando y ensayando sobre qué tienen los libros que conectan de tal forma a las personas.

Eva Granados Sanz

Nunca estarás sola, Olivia

Nunca estarás sola, Olivia

Estimados/as lectores/as, me presento yo soy Olivia, una joven niña, y en este pequeño relato os voy a contar el día que conocí la esperanza.

Como de costumbre, como todos los días, a la hora del recreo me dirigía a aquel banco de madera cercano a la zona donde todos jugaban. Siempre solía sentarme y observar cómo todos disfrutaban de sus cálidas amistades y jugaban a diversos y entretenidos juegos, pero ese día algo cambió. No me encontraba acompañada de mi frecuente y gran compañera, la soledad.

Aquel día sentía algo muy extraño al no sentir su presencia, en cambio, al sentarme en el banco notaba una nueva presencia, algo era diferente, cuando giré la cabeza, vi en el extremo del banco, algo que parecía que estaba a punto de caerse, ese objeto, absorbía mi atención, se trataba de un libro.

La curiosidad se apoderaba de mi mente y decidí agarrarlo, al observarlo, percibí que estaba bastante descuidado, con algunas páginas dañadas, subrayadas y con algunas anotaciones tomadas en sus márgenes. Al girarlo ojeé la portada, quedé sorprendida de lo hermosa que era, en el título decía Todas las hadas del reino de Laura Gallego. La portada y el título creaban en mí la necesidad de abrirlo y leerlo.

Atraída por él, pasó el tiempo del recreo y yo no podía despegarme de él, aquel libro era único, estaba confusa. No sabía si debía llevármelo, porque seguramente alguien lo había perdido, asustada decidí buscar si en alguna parte del libro se encontraba el nombre de la persona para saber si podría pedírselo, al llegar a la primera página encontré algo escrito, se leía con algo de dificultad, aquel breve fragmento manuscrito decía: Querido/a lector/a, este libro ha llegado hasta ti porque él ha decidido hacerlo, no te pide nada a cambio, solo que le cuides y valores, está contigo para acompañarte y para recordarte que nunca estarás sola, siempre que le tengas a él y, sobre todo, a ti.

Desde aquel día la soledad nunca volvió a sentarse conmigo en aquel banco, porque siempre estuve muy bien acompañada de aquel libro y de otros que fui descubriendo, y que me hicieron sumergirme en mil historias que en ellos se relataban.

 

Nerea Hernández González

Lenguas minoritarias y literatura

Lenguas minoritarias y literatura

Cuando se habla con alguien de por qué ha decidido aprender un idioma, a menudo la demografía es un factor principal en sus aspiraciones. No es de extrañar, ya que las principales lenguas del mundo abren puertas a una gran variedad de oportunidades laborales y turísticas en todo el planeta.

Sin embargo, el aprendizaje de idiomas no sólo supone un beneficio económico: es una actividad que puede enriquecer el alma y permitirnos descubrir culturas fascinantes, de una forma que no se vislumbra fuera de su expresión nativa. Sólo esto ya es motivo suficiente para acercarse a una lengua minoritaria y ahondar en los secretos que encierra.

En los últimos años, debido a diversos factores, la posición de las lenguas minoritarias en el mundo se ha cuestionado cada vez más. Con la salida del Reino Unido de la Unión Europea, cada vez se reclama más la posibilidad de que todas las naciones hablen su lengua materna, en lugar del inglés, lengua oficial de sólo dos países de la UE, y que en muchos casos se habla únicamente de manera deficiente. En la literatura, las lenguas minoritarias también se escuchan cada vez más.

Aunque es preferible leer la literatura en lenguas minoritarias a través de la lengua en la que fue escrita, no es en absoluto una necesidad. El inglés Clive Boutle por ejemplo, ha dedicado la última parte de su vida a esta cuestión, traduciendo al inglés la literatura de comunidades "no descubiertas". Procesos como éste permiten a los emigrantes de dichas comunidades y a los lectores en general conectar con un arte al que no habrían tenido acceso de otro modo. Aunque la literatura española e inglesa es excelente y hay mucho donde elegir, las 7.198 lenguas restantes (cálculo aproximado) contienen otros tesoros que los lectores podrían saborear si les dieran la oportunidad.

La relación entre la literatura y las lenguas minoritarias y su resurgimiento es bastante profunda. Para muchas lenguas que fueron suprimidas, los primeros pasos hacia el renacimiento llegaron con la literatura. El catalán resurgió en el siglo XIX gracias al movimiento cultural nacionalista de la Renaixença, que recuperó el idioma como lengua literaria. El irlandés, por su parte, también resurgió gracias a Conradh na Gaeilge - la Liga Gaélica. Estas lenguas minoritarias siguen ocupando su lugar en el mundo literario, a pesar de tener un margen de éxito limitado.

Como irlandés, siempre me he sentido privilegiado por haber podido conectar con la literatura escrita en lengua irlandesa (Gaeilge) de una manera tan íntima. Para mí, esto es aún más notable en el caso de la literatura procedente de las Islas Blasket (Na Blascaodaí). Obras como An tOileánach (El Isleño), Peig, y Fiche Bliain ag Fás (Veinte Años de Crecimiento), ofrecen al lector una visión de una cultura que desapareció cuando la vida en la isla se hizo demasiado dura y los isleños se vieron obligados a marcharse. Sin embargo, gracias a esta literatura, esta cultura no ha caído en el olvido, sino que permanece en su forma más pura como memorias escritas por los isleños, cuya forma de comunicarse es a menudo dolorosamente bella, a pesar de la dureza de sus vidas. El carácter autobiográfico de estas obras es también fascinante. La actitud de Tomás Ó Croitheann en An tOileánach, por ejemplo, recuerda a veces el distanciamiento emocional de Meurseault en El extranjero, de Albert Camus, ya que el autor dedica pocas líneas a la muerte de su esposa, más allá de quejarse del trabajo extra que se vería obligado a realizar como consecuencia de dicha muerte. Estas historias y muchas otras se pueden saborear gracias al trabajo de traducción.

Aunque todavía haya un tesoro de literatura en lenguas minoritarias por descubrir, gracias a que, tanto la traducción como el aprendizaje de idiomas, se benefician de la tecnología moderna, sin duda nos encontramos en un buen momento para la lectura.

James Gregory Neville

El fenómeno Booktok

El fenómeno Booktok

No es de extrañar que los jóvenes hoy en día desarrollen parte de su vida a través de las redes sociales. Incluso me aventuraría a decir que los niños mayores de diez años han usado al menos una en algún momento de su corta existencia. Todos los adolescentes dominan este nuevo mundo digital. Hasta ahora hemos oído hablar mucho de algunas de estas redes sociales, como Instagram, Tiktok, Twitter, WhatsApp… Plataformas virtuales donde podemos chatear con amigos, compartir fotos, buscar vídeos y ver y acceder a numerosas informaciones. Pero, ¿y si te dijese que los lectores hemos conseguido adentrarnos en este mundo y conquistar parte de él?

Cuando tenía 15 años, me instalé la aplicación de Tiktok, donde encontré vídeos de bailes, nueva música…, pero fue aproximadamente al inicio de la pandemia del Covid-19 cuando empezaron a aparecerme vídeos sobre editoriales, best sellers y distintos géneros literarios. Todo esto podría haberse quedado ahí, unos pocos vídeos en la pandemia que desaparecerían con el tiempo, pero pasó justo lo contrario: los amantes de los libros CONQUISTAMOS Tiktok, creando una zona exclusiva para lectores que se conoce hoy en día como Booktok.

Booktok es un pequeño apartado de Tiktok que permite descubrir nuevos títulos, compartir retos literarios, las tendencias del momento…, llegando a “salvar” algunos libros que en su momento no tuvieron tanto éxito. Un ejemplo de esto último es la saga de Acotar, cuyo primer libro se escribió el 5 de mayo de 2015, pero es en 2021 cuando ha adquirido gran fama mundial gracias a esta aplicación. Una de las mayores ventajas de Booktok es que la comunidad de lectores que ha creado ha ido en aumento, por lo que no es solo una red social para conocer nuevos libros, sino que también es una muy buena forma de que las editoriales promocionen las obras que publican.  

Como en toda red social, en Booktok existen los conocidos influencers que son personas que destacan en estos canales de comunicación y que de alguna forma influyen en la vida de quienes los siguen, ya sea con opiniones, moda u otras tendencias. En este caso su tarea consiste en hacer reseñas sobre los libros que leen, colaborar con las editoriales para promocionar nuevas lecturas, recomendar obras…

Creo que Booktok es una de las zonas más sanas de todas las redes sociales, ya que no perjudica a nivel personal a quienes lo usan, sino que es una gran familia de lectores compartiendo su gusto por los libros.

Booktok no solo me ha ayudado a descubrir muchos de mis libros favoritos, sino que me ha abierto un nuevo mundo lleno de gente con los mismos gustos que yo, ayudándome a descubrir qué tipo de camino quiero seguir: una vida ligada estrechamente a la lectura.

Aroa Melero Sáenz.

Querida Elvira, hoy te escribo yo a ti

Querida Elvira, hoy te escribo yo a ti

Querida y estimada Elvira:

Me presento, mi nombre es Inma, desde hace años soy una lectora tuya y una gran admiradora de todo lo que haces: es por eso que quería escribirte esta carta en agradecimiento a todo lo que significas para mí.

Quisiera empezar diciendo que contigo pude descubrir que la poesía también tenía nombre de mujer, que no teníamos que ser sólo musas (aunque también las podíamos tener) y que cuando lo necesitara iba a poder estar armada de tus versos y de los que poco después yo empezaría a escribir.

Al igual que tú, soy un poco tímida y en ocasiones escribir las palabras era la única forma que tenía para sacarlas de mí. A veces me pasaba (más veces de las que pudiera admitir) que no las encontraba y era porque ya las habías escrito tú.

Leerte era y es, poner rima a esos ruidos del interior que no tienen nombre, abrazar a mis mayores cuando no los podía ver, ser libre, desnudarme de los demás, soltarme el pelo y que no importara, creer en el amor, en el amor sin miedo, vivirlo sin que duela, gritarlo, llorarlo, creer que algún día aquella orilla sería mía, decirle adiós al frío pero sin despedirme de mí.

Me enseñaste que el amor no es solo idilio o corazones rotos no correspondidos, sino que también es acompañarse, vivirse en el otro, cumplir los sueños de su mano, besar lento e incluso a veces irse, elegirse.

Aprendí que las emociones también pueden salir de nosotras y que no hay que arrepentirse jamás de sentir.

Elvira, tu poesía es un lugar seguro al que ir, fue un sitio donde empezar a quererme, donde empecé a creer que podía y donde nunca estoy sola, son recuerdos, son momentos donde poder ser.

Ojalá nunca dejes de vivir con tu sensibilidad, con la sencillez, con la palabra justa, tu bonita forma de ver el mundo y romperlo a viva voz cuando hay que cambiarlo.

Con el tiempo he podido darme cuenta de que la admiración no es solo a tus letras, sino que también lo es a ti, eres modelo e inspiración constante.

Gracias por ser como eres, y conseguirlo, y sobre todo por compartirte y darnos esa parte de ti en tus textos. Nos has abierto el camino a muchas poetas que venimos después y en ti hemos podido encontrar el reflejo en el que quizás algún día nos podamos mirar.

No quiero despedirme, pero tengo que terminar esta carta, gracias infinitas. Ojalá mi carta te llegue y con ella el pedacito de mí que se han llevado estas palabras.

Un abrazo,

Inmaculada Martín Lobato.

Te vas, Alfonsina

Te vas, Alfonsina

Alfonsina Storni

Playa la Perla, escollera del club argentino de mujeres.

Mar del Plata, Argentina.

23/02/2022

Querida Alfonsina,

Han llamado, han insistido, preguntan por ti. La alegría de tu hijo Alejandro necesita testigos; le hemos dicho que no estás, que has salido, que te fuiste a dormir, que no volverás. Tiene la convicción de que todo sucede por última vez; el club argentino de mujeres ha cerrado sus puertas, la última huella que dejaron tus pies fue también el último verso que se escribió en la fundación. Alejandro vive, Alejandro vivió esperándote, esperando a que despiertes.

¡Despierta! Te han compuesto una canción, “Alfonsina y el mar”. Mercedes Sosa desgarra en su voz los versos: “Por la blanda arena que lame el mar; su pequeña huella no vuelve más”. Te leemos Alfonsina, te leemos como tú leías a Horacio Quiroga. Aquella vez, desolada, escribiste “Morir como tú, Horacio, en tus cabales”. Morir como tú, Alfonsina, en tu casa de cristal, en tu abrazo de mar. Nos han llegado tus cartas y son las cartas más tristes de la literatura. Ahora sabemos que te has ido con Quiroga, con Leopoldo Lugones, con Juana de Ibarbourou y a nosotros nos has dejado esas tres cartas; ¡Se quiebran los vasos y el vidrio que queda es polvo por siempre y por siempre será!”

¿Recuerdas las calles de Buenos Aires? Esos arrabales últimos que clamaban con la desidia, el aroma fresco de la milonga en la voz de los gauchos, hoy han petrificado tu rostro junto a algunas parras de la capital, han nombrado en tu honor alguna de sus calles y allí duermes, eternamente. ¿Recuerdas los libros de los estantes? Tú dejaste tu esfuerzo y te empeñaste en preservarlos, eternamente, y sin pretenderlo has colocado tu nombre junto a los de tus admirados. Ahora te leemos y releemos eternamente.

Te están llamando, Alfonsina, son tu hijo y tu amado Quiroga, diles que ya despiertas, que es hora de volver, eternamente, como tus versos.

Anás Serrourkh Eddriouache.

ENTREVISTA AL PROFESOR ANTONIO CASTILLO GÓMEZ

ENTREVISTA AL PROFESOR ANTONIO CASTILLO GÓMEZ

Entrevista realizada al Prof. Dr. Antonio Castillo Gómez sobre su último libro El placer de los libros inútiles y otras lecturas en los Siglos de Oro (2018).

Antonio Castillo Gómez es Catedrático de Ciencias y Técnicas Historiográficas de la Universidad de Alcalá, desde donde también dirige el Seminario Interdisciplinar de Estudios sobre Cultura Escrita (SIECE) y el Grupo de Investigación de Alto Rendimiento LEA (Lectura, Escritura y Alfabetización).

Entre sus publicaciones destacan Escrituras y escribientes: prácticas de la cultura escrita en una ciudad del Renacimiento (1997), Historia mínima del libro y de la lectura (2004), Entre la pluma y la pared: una historia social de la escritura en los Siglos de Oro (2006) y Leer y oír leer: estudios sobre la lectura en los Siglos de Oro (2016). Además, sus obras han sido traducidas a diferentes idiomas como el francés, el italiano, el inglés, el catalán o el portugués. Para conocer mejor sus publicaciones os remitimos a la Página Web del SIECE y DIALNET.  

A lo largo de su trayectoria ha recibido diferentes premios y distinciones, el último ha sido el Premio a la Excelencia Investigadora en Ciencias Humanas y Sociales concedido por la Universidad de Alcalá en el año 2020.

En primer lugar, profesor, ¿qué quiere expresar con la sentencia del título: “el placer de los libros inútiles”?

La idea de los “libros inútiles” la tomé de la obra De bene disponenda bibliotheca (Madrid, 1631), de Francisco de Araoz. Este texto se inscribe en el género de los libros sobre libros, muy de moda en aquellos tiempos. En ellos se prescribían las obras que debían componer la biblioteca de quien pretendiera ser considerado/a culto/a, al tiempo que se daban consejos sobre el modo de ordenarla conforme al valor que se asignaba entonces a las distintas materias. Para este autor y otros como él, entre las menos relevantes estaban las “historias fantásticas”, esto es, las obras de ficción y entretenimiento, que consideraba “inútiles” porque de ellas no se derivaba un saber práctico. No obstante, reconocía que podían servir para distraerse siempre que no fomentaran “ningún desenfreno”. Dado que el objeto de mi libro son las lecturas corrientes (desde las novelas de caballerías a las relaciones de sucesos, las gacetas o incluso los pasquines y los anuncios publicitarios), me pareció que dicha expresión venía como anillo al dedo.

 ¿Por qué cree que la obra del Quijote sirve como hilo conductor de diferentes pasajes que observamos en su obra?

El Quijote, además de otras muchas virtudes, ofrece un excelente fresco de la realidad que vivió Cervantes. Lo he utilizado en este libro, al igual que en otros de mis trabajos, porque contiene imágenes muy oportunas sobre usos y significados de la cultura escrita en los siglos XVI y XVII. Por un lado, como obra de ficción nos acerca principalmente a las representaciones del escrito, es decir, al papel que Cervantes asigna a la escritura y a la lectura o a la participación de estas en el desarrollo de la novela. Por otro, si contrastamos las numerosas referencias quijotescas con lo que sabemos por otro tipo de textos de la época o por la documentación de archivo, se percibe la utilidad que tiene la obra para conocer distintos aspectos de la cultura escrita en los Siglos de Oro. En el caso de la lectura nos desvela muchas maneras de efectuarla, desde la solitaria y ensimismada que practica Alonso Quijano a la comunitaria en voz alta de los segadores que se hospedaban en la venta de Juan Palomeque el Zurdo. Este pasaje, en concreto, ha sido estudiado por diversos autores y algunos lo han considerado inverosímil por el elevado analfabetismo de la época. Sin embargo, diversas investigaciones con fuentes de archivos, especialmente inquisitoriales, han mostrado su verosimilitud, pues está perfectamente documentado que la lectura en alta voz era bastante habitual. Además de una forma de distracción y sociabilidad, entre los analfabetos, como el mundo rural manchego que Cervantes retrata en el Quijote, sirvió para que pudieran conocer ciertas obras oyéndolas. Por eso, como he mostrado en otro de mis libros – Leer y oír leer. Ensayos sobre la lectura en los Siglos de Oro (2016) –, cuando tratamos de conocer cómo, qué, quiénes y dónde se leía en aquellos tiempos es necesario tener en cuenta esa diversidad de formas, espacios y sentidos de la lectura, desde su expresión erudita hasta otras modalidades más corrientes.

¿Por qué es importante la figura del pintor Antonio de Puga durante los Siglos de Oro? 

Su mayor o menor importancia es algo que deben sopesar los/as historiadores/as del arte. Personalmente me interesa porque algunos de sus cuadros se alejan de la norma dominante y manifiestan un interés por la vida cotidiana que no aparece en muchos pintores del Barroco español, muy deudores de la Contrarreforma. En el caso concreto del cuadro que reproduzco en el libro, Sopa de pobres, lo que me llamó la atención es el cartel que aparece pegado en el muro. Este detalle -un indicio, conforme a las tesis de Carlo Ginzburg -  permite ver que dichos productos de comunicación eran más normales de lo que pensamos, pese a que no se hayan conservado muchos ejemplares en archivos y bibliotecas. Esto último no debe sorprendemos pues hoy día sucede lo mismo con muchos carteles, panfletos y productos similares, sobre todo con aquellos que se distribuyen sin depósito legal.

 ¿Por qué son importantes los lectores callejeros durante los siglos XVI y XVII?

No se trata tanto de que sean importantes o no, sino que nos acercan a situaciones de lectura y a lectores que normalmente quedan en los márgenes de la historia y de la literatura. Cuando pensamos en la lectura tendemos a fijarnos más en la que se realiza sobre libros, en los lectores cultos y en formas de leer que acontecen en espacios cerrados, principalmente en el despacho personal o en la biblioteca. Al poner el foco en estas situaciones y en esos lectores olvidamos muchos otros textos que circulaban (y circulan) a diario por la calle. Por eso me detengo en este lugar, en las prácticas de lectura desarrolladas ahí y en las personas que de pronto escuchaban leer un bando de la autoridad, se paraban delante de un edicto o de un anuncio publicitario para leerlo o formaban corrillos donde se leían gacetas y relaciones con las noticias de actualidad (como si fueran los periódicos de hoy día) y hasta pasquines.

Durante toda la obra, explica en algunas ocasiones, que hay diferenciación entre la Historia de la lectura y la Historia de la literatura, pero ¿tienen alguna similitud entre ellas?

Hablo de diferencias porque, en mi opinión, la Historia de la Literatura se enfoca mucho a los autores, las obras, estilos y corrientes literarias establecidos por ciertos sectores académicos; pero muy a menudo se olvida de la lectura, que es uno de los fines principales, si no el principal, de todo texto, sea literario o no. Partiendo de esta idea mi propuesta es que la Historia de la Literatura y la Historia de la lectura deben confluir en mayor medida: primero, porque no podemos renunciar a quienes en cada momento dan verdadero sentido a los textos, es decir, a los lectores y a las lectoras; y segundo, porque debemos también considerar que la producción textual de cada época trasciende algunos de los textos que integran el patrimonio literario de nuestra cultura. Si el destino principal de un libro es ser leído, ¿por qué la Historia de la Literatura se olvida tan a menudo de la lectura y de los/as lectores/as? Recordemos a este respecto que Jorge Luis Borges presumía más de lo que había leído que de lo que había escrito, como afirmó en los primeros versos de su poema «Un lector» (Elogio de la sombra, 1969), verdadero testigo de su pasión por la lectura: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído». Algo de esto es lo que pretendo señalar cuando sostengo que la Historia de la Literatura no puede dar la espalda a la Historia de la lectura.

Por último, profesor, ¿cómo surgió la idea de escribir este libro?

En realidad, el hecho de escribirlo fue fruto del encargo que el Servicio de Publicaciones del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (hoy Editorial CSIC) me hizo a finales de 2018 para que impartiera la conferencia del Día del libro de 2019. Al pensar en el tema inmediatamente quise enmarcarlo en los trabajos que vengo realizando desde hace unos años en torno a la cultura y la comunicación escrita en los Siglos de Oro. Por un lado, quise incidir en formas de leer y en textos ajenos a los cánones habituales en los estudios sobre el libro y la lectura, de ahí la atención a la circulación y apropiación de hojas sueltas y todo tipo de textos «menores» en la calle y en otros espacios similares. Y por otro, me interesó proceder de este modo porque así podía acercarme a la recepción y consumo de esos textos por parte de lectores y lectoras comunes, indagando expresamente en las clases subalternas, que son las que más interés me despiertan. Como historiador, entiendo que la Historia debe restituir las voces de todos y de todas con independencia de la edad, la clase social, la condición sexual o la etnia. Enfocarse en quienes han sufrido y sufren diferentes formas de marginación es casi una obligación frente a tantos otros estudios volcados en las elites. Incluso diría que puede ser un acto de justicia histórica e historiográfica.

Gracias, profesor.

Entrevista realizada por Alma Jaraiz.