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NIHIL NOVI SUB SOLE: ¿TERMINARÁ EL E-BOOK CON EL TRADICIONAL LIBRO IMPRESO?

NIHIL NOVI SUB SOLE: ¿TERMINARÁ EL E-BOOK CON EL TRADICIONAL LIBRO IMPRESO?

 

Tú que deseas que mis libritos estén contigo en todas partes y quieres tenerlos como compañeros de viaje, compra los que el pergamino oprime en pequeñas páginas; deja la biblioteca para los grandes libros grandes, a mí una sola mano me abarca (Marcial, Epigramas, I. 2, siglo I).

 

En estas líneas encontramos el que podría ser el primer anuncio de la Historia del Libro. En ellas es el propio códice el que se dirige a sus lectores hablándoles de las ventajas que pueden encontrar en él (es pequeño, manejable y, al estar realizado en pergamino y no en papiro, considerablemente más barato). Nos situamos en la Roma Imperial y estamos ante una de las mayores revoluciones de la Historia de la Lectura: la invención del codex. Tendremos que esperar catorce siglos para asistir a la otra gran revolución material del libro, cuando a mediados del siglo XV Johannes Gutenberg inventó la imprenta de tipos móviles y en 1456 editó la famosa Biblia de Gutenberg, también conocida como la Biblia de las 42 líneas, llamada así por el número de líneas que aparecían en cada página. Con ella inauguramos lo que conocemos como la Edad de la Imprenta. A partir de ese momento, la imprenta irá abriéndose paso entre la tradición manuscrita y el libro impreso se irá colando poco a poco en las casas del público lector. Los eruditos e intelectuales al principio se mostrarán reacios ante este gran avance, pero con el tiempo descubrirán que la rapidez, la precisión y la difusión que conoce el libro gracias a este invento recompensa con creces el encanto y el prestigio que daban los libros manuscritos. Eso sí, no debemos olvidar que ambos convivieron durante siglos y que, en los primeros años de la imprenta, las ediciones se hacían simulando a los manuscritos (los llamados incunables), que incluso reservaban un espacio para iluminaciones en color y otros detalles finales que debían realizarse a mano.

 

No estoy segura de que la revolución de la que hoy somos protagonistas sea comparable con la sucedida en pleno Renacimiento europeo. El e-book constituye un nuevo soporte de lectura que, como es obvio, nos habla de nuevas prácticas lectoras y de un nuevo público que tiene otras necesidades para las cuales el papel impreso se ha quedado obsoleto. Pero, ¿hasta qué punto podemos afirmar que esto sea cierto? ¿El e-book es fruto de una verdadera necesidad o del marketing empresarial del mundo capitalista? Sin lugar a dudas le falta uno de los rasgos esenciales para que cualquier soporte funcione: el abaratamiento del producto. Si hoy decidiéramos adquirir un e-book nos costaría entre 200 y 600 euros dependiendo de las funciones que eligiéramos (capacidad de memoria, tamaño de la pantalla, posibilidad de leer varios formatos, acceso WIFI, etc.). En España podemos optar a cinco marcas diferentes: Papyre, Jetbook, Cybook de Bokeen, iLiad de IRex y diferentes modelos de la marca Sony. Todos ellos se nos presentan como una de las grandes innovaciones del siglo XXI, que nos permitirán leer desde cualquier parte del mundo con sólo pulsar una tecla. Los grandes comerciales de este producto nos ofrecen una biblioteca de miles de ejemplares en un aparato fácil de manejar por ser ligero y pequeño, en un soporte que nos permite anotar, subrayar y personalizar nuestros textos. Además, garantizan que el invento de la tinta electrónica hace que la lectura sea más cómoda, sin que terminemos con los ojos achicharrados por la luminosidad de la pantalla (lo que nos sucede a los que estamos acostumbrados a trabajar con ese maldito instrumento sin el cual no podríamos sobrevivir: el ordenador). A esto me refiero cuando hablo de necesidades que no lo son tanto… ¿Cuántos libros somos capaces de leer a lo largo de nuestra vida? ¿Para qué queremos tener mil o dos mil libros en formato electrónico, si tenerlos ahí no significa que los vayamos a leer? ¿Y qué es un texto sin su lector?

 

No obstante, parece que todo son ventajas, pero yo, una romántica empedernida que sella, firma y fecha cuidadosamente todos sus libros, me niego a entrar dentro de este fervor tecnológico de muchos coetáneos míos, que piensan que cualquier cosa novedosa, cara, snob y moderna, es mejor que lo que tenemos y por ello debemos ir corriendo a nuestro centro comercial más cercano y comprarlo. Da igual que después lo vayas a usar o que tengas olvidado en un rincón de tu casa, ya lo has comprado y ya puedes presumir de ello.

 

Por otro lado, creo que a los precursores del e-book se les ha olvidado algo esencial que entra dentro de las utilidades del libro impreso y que una fría pantalla en la que bailan letras no te puede ofrecer. A lo largo de la Historia del Libro éste no sólo se ha usado para leer, también ha sido un símbolo de distinción social y de poder. Si en la Edad Media los libros debían permanecer en los monasterios y se realizaban costosos manuscritos que, en muchas ocasiones, eran obras de arte para ser exhibidas más que para ser leídas, en el siglo XVIII un buen burgués debía poseer una biblioteca que mostrar a sus amigos cuando éstos vinieran a su casa, y hoy, y no pretendamos engañarnos, en cualquier despacho de alguien que se pretenda intelectual veremos estanterías llenas y repletas de libros. ¿Qué pasará cuando esos libros se introduzcan en un pendrive o en una tarjeta de memoria? ¿Cómo mostraremos entonces los libros que poseemos y que marcan nuestra existencia? ¿Qué haremos cuándo enseñamos a alguien nuestra casa, tendremos una estancia reservada para el e-book y afirmaremos «Bueno, y aquí es dónde leo»?

 

Marco Tulio Cicerón afirmaba que una casa sin libros era como un cuerpo sin alma, y yo sigo estando de acuerdo con él. Con todo esto no quiero decir que el e-book no pueda ser un instrumento útil que seguramente todos acabaremos usando de una o de otra forma, pero, sin duda, estoy convencida de que por mucho que usemos esta nueva tecnología los verdaderos amantes de la lectura no dejarán de coger ese libro impreso y enfrascarse en su contenido sin tener que preocuparse de que se queda sin batería, porque las palabras impresas permanecen siempre y porque hay algo en los libros viejos que les hace irremediablemente irresistibles.

 

Guadalupe Adámez Castro.

 

2 comentarios

Erika Fdez. -

Me ha gustado mucho este post, y creo que es un tema muy actual sobre el que tratar. Mi opinión es contraria a la tuya, aunque comparto el gusto por los libros y en especial por los libros antiguos. Pero creo que eso no nos convierte en lectores, al menos en buenos lectores. Como bien dices, el libro ha sido un símbolo de distinción, y aún hoy, una buena colección es algo de lo que muchos se sienten orgullosos de mostrar. Pero el que se acerca a un libro con una finalidad más allá de la del "fetichismo" o el orgullo de coleccionista, poco le importa si el formato es más o menos ideal. Yo tengo un libro electrónico y, para mi gusto, es poco cómodo para la lectura. Sin embargo me resulta un recurso muy útil en otros aspectos, como la posibilidad de elaborar una biblioteca personal(según el gusto o necesidad de cada uno) a un precio muy bajo y sin necesidad de espacio (y esto es algo que no podemos obviar hoy en día). Lo que quiero decir es que yo también prefiero el libro tradicional, pero no rechazo las nuevas posibilidades que ofrece la tecnología. Al hombre siempre le cuesta mucho aceptar cambios, por eso se producen de manera tan lenta. Se aferra a lo conocido y rechaza lo nuevo, a veces con tanto convencimiento, que mitifica lo que en otro momento fue la innovación y el objeto de rechazo. El movimiento es una necesidad humana.

Sergio -

¡Qué grande eres!. Gracias por el artículo. Es curioso, pero a mi modo de ver tenemos la oportunidad (buena y mala) de sentir ese conflicto generacional en el que el ser humano siempre se suele ver involucrado. Ésta vez somos el Cronos que devora a su hijo. Lo malo es que aunque no queramos ya todos conocemos el final del mito. jejeje.

Un saludo Guadalupe ^^